Seguro fue un error. Sin duda. Porque si la defensa de la libertad es una convicción real, se protege en todos los casos. ¿O no?

“Que la pandemia no sea un pretexto para el autoritarismo” es el título del manifiesto que difundió la Fundación Internacional Libertad (FIL) y que, como todo lo que hace y dice, tuvo garantizada amplia repercusión internacional gracias a que la mayoría de los medios tradicionales, los más influyentes, también son sus amigos en la cruzada contra el populismo (de izquierda, con el de derecha no hay que meterse demasiado).

Lo bueno es que el texto fue breve.

Lo malo es que comienza con una mención a los empleados de la sanidad pública y privada que “combaten el coronavirus valerosamente”. Qué sorpresa. Resulta que ahora los valoran, pero José María Aznar, Mauricio Macri y Álvaro Uribe, algunos de los firmantes estrella del manifiesto, no pensaron en los trabajadores cuando gobernaron y recortaron los presupuestos de la salud.

Aznar, por ejemplo, es un emblema de las políticas que empobrecieron los servicios públicos en España y que explican, en gran parte, la tragedia vivida en ese país durante la pandemia. Macri no sólo aplicó ajustes y dejó a los argentinos sumidos en una crisis económica con un combo de inflación, pobreza, endeudamiento y devaluación. También se dio el lujo de degradar el Ministerio de Salud para convertirlo en una secretaría, lo que hoy adquiere otra dimensión. Y Uribe, el expresidente colombiano, quizá debería estar más preocupado por las decenas de denuncias que hay en su contra, ya sea por presunta corrupción o por las añejas sospechas de sus vínculos con los paramilitares. 

Aquí hay que reconocer que Mariano Rajoy se llamó a silencio y, en esta ocasión, no firmó el manifiesto. Debe estar muy concentrado preparando sus presentaciones en tribunales luego de que su carrera política acabara por los escándalos de corrupción del Partido Popular que investiga la Justicia española y que, además, siguen salpicando a Aznar.

En su escrito, los libertarios se preocupan porque “en varios países impera un confinamiento con mínimas excepciones, la imposibilidad de trabajar y producir, y la manipulación informativa”. Claro, en la lista de 150 firmantes abundan los empresarios y sus intelectuales/ideólogos de siempre, los que hoy colman páginas y programas con irritadas presiones para que los gobiernos terminen las cuarentenas. Para volver a producir, así sea a costa de la salud y la vida de la población. Lo más raro es que critiquen la manipulación informativa que suele jugar a su favor.

El club, obvio, denuncia a Venezuela, Cuba y Nicaragua. Dice que la pandemia les sirve de pretexto a los regímenes de Nicolás Maduro, Miguel Díaz-Canel y Daniel Ortega “para aumentar la persecución política y la opresión”. La prueba es que jamás condenan las represiones y persecuciones del gobierno de Sebastián Piñera en Chile y de la autoproclamada presidenta de Bolivia, Jeanine Áñez, la líder emanada de un golpe de Estado, mucho menos el permanente y peligroso autoritarismo ejercido por Bolsonaro.

Con la pandemia, la FIL ahora también suma al “eje del mal” a España, Argentina y México, países en los que la derecha perdió las elecciones. Lo que no deja de impresionar es que reprenda y advierta sobre el supuesto “peligro” que representan Pedro Sánchez, Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador, como si Aznar, Macri y Uribe hubieran hecho buenos gobiernos en sus propios países, como si los resultados de sus presidencias les otorgaran alguna autoridad moral, intelectual y política. En el caso del mexicano Ernesto Zedillo, otro de los firmantes, baste decir que dejó más pobreza de la que recibió, saldo calcado en los gobiernos neoliberales.

El manifiesto también acusa que hay “dirigentes con un marcado sesgo ideológico que pretenden utilizar las duras circunstancias para acaparar prerrogativas políticas y económicas que en otro contexto la ciudadanía rechazaría resueltamente”. Lo firman expresidentes y exfuncionarios que hicieron de la represión y la intolerancia un sello de sus gobiernos. Que ajustaron a más no poder. Que denostaron el papel del Estado en favor de la iniciativa privada con resultados que hoy se están padeciendo. Y que fueron y siguen siendo avalados, justificados por una élite que se suma al escrito, miembros de una casta intelectual cubierta de privilegios económicos y de alta exposición pública, beneficiarios de la desigualdad y ajenos a las luchas de justicia social.

Si no fuera porque las políticas aplicadas por los firmantes empobrecieron o violentaron de diferentes formas a los países que gobernaron, sería hasta gracioso que denunciaran el “marcado sesgo ideológico” de sus rivales que les ganaron en las urnas. Como si ser de derecha y defender a las empresas y (todavía) al neoliberalismo en general y publicar manifiestos no formaran parte de prácticas ideológicas.

“A ambos lados del Atlántico resurgen el estatismo, el intervencionismo y el populismo con un ímpetu que hace pensar en un cambio de modelo alejado de la democracia liberal y la economía de mercado”, alertan en su manifiesto, sin reconocer los nefastos resultados que tuvieron esas políticas económicas a las que tanto apelan y que la pandemia expuso como nunca antes. 

Pareciera que tienen muchos puntos ciegos. O que, como escribió el analista argentino Luciano Galup, prefieren seguir manejando “agendas ficción/capricho” que nada tienen que ver con las urgencias de la actualidad.

En esa narrativa, predomina la obsesión contra sus antagonistas ideológicos. Son los únicos enemigos a vencer, un peligro permanente para el mundo que conciben. Con los populistas aliados, en cambio, siempre habrá un amplio margen de tolerancia. Un margen a la derecha.