Por ANDRÉS REYNALDO

Pasan los días y la dictadura no ve moverse ficha. Trump no les quita el embargo, la Unión Europea no suelta billete, el mundo no le da bola al interferón ni al PrevengHo Vir (ese alarmante extracto de hígado y corazón de pato), la escuadra americana le ha parado el narcotráfico y en Andorra dicen que los médicos y enfermeros cubanos solo dan la talla como cuidadores.

Mientras tanto, el pueblo va perdiendo la paciencia. Cierto, con el letárgico paso de las almas muertas. Pero la va perdiendo. Esas colas tumultuosas con un calor que fermenta la bacteria en las chancletas de goma. El jabón de producción nacional al precio de una botella de Merlot. La policía violando niñas. Repatriados y turistas del ñangarismo clamando en CNN para que los saquen hacia las tierras del hand sanitizier y el fast food. Y la viceministra de Cultura que llama públicamente a su marido (el más parlanchín de los hijos de Fidel) por el mote de Roberto “Nabo Duro”.

¡Siá cará, Raúl!

Lamento no haber tenido la idea, ni disponer del tiempo, para llevar desde febrero una bitácora sobre el drama y la picaresca del virus chino en la Isla. Aquel que lo haga dejará un excepcional testimonio. No porque yo esté seguro de que ha llegado el final de la dictadura. Probablemente, no. Pero aquí Raúl está cruzando una curva hacia eventos que no ya no puede controlar a palos ni con un éxodo. Bueno, quizás a palos. Muchos, muchos palos.

La urgencia de la situación destaca en el denodado esfuerzo por vender las pociones del gabinete de los doctores Castro y promover las virtudes del personal médico insular. De las pociones, por el momento, ni un pomo. Ni siquiera un bulbo de interferón para Maduro. Como sabe el lector, el interferón se debe a los estudios sobre interferencia viral de Alick Isaacs y Jean Lindenmann en Londres, 1957. Es un medicamento complejo con varias reconocidas marcas en el mercado. La versión castrista, Interferón Alpha-2B Recombinado, es una mezcla arrancapescuezo con una leyenda negra en los hospitales de la Isla. ¡Interferón o Muerte!

Mejor le va a la trata de médicos. Prensa favorable les sobra, a desdén de los hechos. Desde El Nuevo Herald hasta The New York Times. Aún así, hay reveses. En Andorra, los organismos sanitarios no tienen cómo acomodar al contingente después de haberlos visto en acción. Se habla de bestiales acometidas de entubamiento, audaces combinaciones prescriptivas, lega consternación frente a modernos equipos… en fin. Luego de un escarceo diplomático, corrigieron: están en una fase de adiestramiento.

La trama andorrana huele a queso. El contingente está pagado por un enigmático multimillonario de la criptomoneda, Alexis Sirkia, que vive en Tailandia con dos esposas, lo cual unos admiran y otros compadecen. El padre de Alexis fue un finlandés que levantó su imperio comerciando (en remedo del título de Andrzej Wajda) “zafiros y diamantes”. Un detalle: en foto tomada cuando el contingente salía de Cuba, sus miembros llevan máscaras Honeywell N95, fabricadas en EEUU. Por lo demás, las preferidas del Pentágono.

Una fuente familiarizada con las altas esferas de la ciencia castrista me advierte de otro negocio: el alquiler de la población para estudios de campo en vacunas y medicamentos. No es nuevo, me aclara. Desde fines de los años 60, el sistema escolar, las fuerzas armadas, los Comités de Defensa y otras organizaciones de masas conducen extensas campañas de vacunación.

Asimismo, en medio de la escasez, aparecían enormes volúmenes de medicamentos que la población asumía como entusiasta tendencia terapéutica. Según mi amigo, buena parte de estas iniciativas servían a la observación de farmacéuticas e instituciones extranjeras que pagaban a precio de oro. Pasándose cualquier barrera ética.

¿Recuerdas la abundancia del Ciprovit? ¿Cuántas vacunas te pusieron en la primaria? ¿Te dieron en un hospital un medicamento que nunca más volviste a ver? Algunas de estas mediciones, dice la fuente, tuvieron y/o aún tienen como escenario a naciones recipientes de la ayuda internacionalista. ¿Por qué en un contingente destinado a combatir, digamos, la malaria, se incluye a especialistas de otras ramas?

¿Qué sabemos de lo que ocurre en hospitales militares y prisiones? ¿Cuáles medicamentos, procedentes de qué firmas, se pusieron a prueba en los centros de reclusión de los pacientes de sida? Ojo, insiste la fuente, a la terca presión de las farmacéuticas norteamericanas y europeas, y sus peones en los parlamentos y la prensa (hasta en Miami) a favor del levantamiento del embargo.

Créalo o no. Como diría Guillermo Cabrera Infante: las circunstancias lo hacen creíble. Pero no queda duda de la dual categoría del cubano en la zoología fantástica de los Castro: lo mismo es buey que conejillo de Indias.