Acabo de volver de una visita a Gran Bretaña. Teniendo en cuenta mi antipatía a los viajes, que no ha cambiado, nunca creí que pasearía por las calles de Londres o que llegaría a estar bajo las piedras de Stonehenge, pero así ha sido. Por supuesto, fui en trasatlántico tanto a la ida como a la vuelta, ya que nunca viajo en avión.

La travesía fue todo un éxito. El tiempo fue benigno; el servicio me suministró todo lo que (¡ay!) puedo comer y los ingleses mostraron una amabilidad impecable hacia mí, aunque se quedaban mirando mi vestimenta multicolor.

Especialmente simpático me resultó Steve Odell, director publicitario de Mensa, la organización de gente con elevado coeficiente intelectual que más o menos patrocinó mi visita. Steve me acompañó a todas partes, me enseñó los lugares turísticos, evitó que cayera en las zanjas y bajo los coches, y siempre mantuvo lo que él denominaba «la tradicional reserva británica».

En general, me las arreglé para comprender lo que me decían, pese a la curiosa forma de hablar que tienen los ingleses. Sin embargo, hubo en cierta ocasión una muchacha a la que no pude entender y debí pedirle que hablara más despacio. A ella pareció divertirle mi dificultad para entenderla, aunque yo lo atribuí, claro, a su imperfecto dominio del idioma.

Usted —señalé—, puede entenderme.

—Claro que le entiendo —replicó—. Usted habla despacio, en un pastoso yanqui.

Me palpé la barbilla, disimuladamente, antes de darme cuenta que la pobrecilla se refería a mi dicción lenta.

Pero supongo que lo más inaudito del viaje (que incluyó tres discursos, tres recepciones, innumerables entrevistas ante los diversos medios de comunicación y cinco horas firmando autógrafos en cinco librerías de Londres y Birmingham) lo constituyó el ser nombrado vicepresidente de International Mensa.

Di por supuesto que el honor se me concedía en atención a mi reconocida inteligencia, pero estuve meditando sobre ello en los cinco días de mi viaje de vuelta a bordo del Queen Elizabeth Two, y me sorprendió lo poco que sabía en cuanto a inteligencia. Presumo que soy inteligente, pero ¿cómo puedo saberlo?

Por eso creo que sería mejor pensar sobre esto. ¿Y dónde mejor que aquí, junto a mis amables amigos y lectores?

Una creencia común relaciona la inteligencia con: 1) la acumulación rápida de unidades y de conocimiento; 2) la retención de dichas unidades; y 3) el recuerdo ágil de las mismas cuando es necesario.

El individuo medio, enfrentado a alguien como yo, por ejemplo, que exhibe en abundancia todas esas características, está predispuesto a colocar la etiqueta de «inteligente» al que hace ostentación de ellas y a hacerlo en mayor medida cuanto más espectacular es la exhibición.

Con toda certeza, esto es erróneo. Se pueden poseer las tres características y, sin embargo, dar muestras de estupidez evidente. Y, por otra parte, se puede pasar desapercibido en tales aspectos y mostrar señales inequívocas de lo que seguramente sería considerado como inteligencia.

Durante la década de 1950, la nación se hallaba infestada de programas televisivos en los que se pagaba grandes cantidades de dinero a quienes podían responder con rapidez preguntas difíciles. Se supo que algunos de estos programas no fueron del todo honestos, pero eso no tiene importancia.

Los millones de personas que los contemplaban creían que la gimnasia mental indicaba inteligencia[9]. El concursante más notable fue un empleado de Correos de San Louis que, en lugar de aplicar su pericia a un tema, tal como hicieron los demás, escogió todo el conjunto de temas objetivos. Hizo una gran exhibición de su destreza y conmocionó a la nación entera. Incluso, poco antes de que decayera la novedad del programa-concurso, se planeó enfrentar a este hombre con todos los aspirantes en otro espacio que iba a titularse «Venza al genio».

¿Genio? ¡Pobre hombre! Apenas tenía capacidad para vivir mediocremente y su habilidad para memorizar con rapidez le servía menos que si hubiera sido equilibrista.

Pero no todo el mundo iguala la inteligencia a la acumulación y rápida evocación de fechas, nombres y acontecimientos. En realidad, muy a menudo se asocia a la inteligencia la falta de esta misma cualidad. ¿Nunca han oído hablar del profesor distraído?

Según cierta norma popular, todos los profesores y personas inteligentes son, por lo general, distraídos, y ni siquiera recuerdan sus propios nombres sin hacer un gran esfuerzo. ¿Qué es, pues, lo que les convierte en inteligentes?

Supongo que la explicación sería ésta: una persona muy inteligente aplica en tal medida el intelecto a su propio campo de conocimiento, que posee muy poco cerebro reservado para otra cosa. Al profesor distraído, por consiguiente, se le perdonan todos los fallos en favor de su pericia en el terreno que ha elegido.

Pero ésta tampoco puede ser la conclusión, porque dividimos las categorías del conocimiento en una jerarquía y reservamos nuestra admiración sólo para algunas, clasificando en ellas a los malabaristas afortunados y considerándolos como los únicos «inteligentes».

Pensemos, por ejemplo, en un joven que posee un conocimiento enciclopédico sobre el béisbol, sus reglas, sus métodos, su historia, sus jugadores y sus hechos más notorios. Se concentra tanto en esta materia que se distrae en extremo por lo que respecta a las matemáticas, la gramática, la geografía y la historia. Su éxito en un campo no excusa sus fracasos en otros: ¡es un necio! Por otra parte, el mago matemático que no puede, por más que se lo expliquen, distinguir a un bateador en una carrera, es, no obstante, inteligente.

En nuestras opiniones, asociamos de alguna forma las matemáticas y la inteligencia, pero no a ésta y el béisbol. E incluso una comprensión media de las matemáticas basta para obtener la etiqueta de inteligente, mientras que el conocimiento total del béisbol no significa nada en ese aspecto (aunque, quizá, mucho en otros).

Por eso el profesor distraído es inteligente, ya que aprende, memoriza y recuerda muchas cosas relacionadas con cierta categoría que se asocia a la inteligencia. Y no importa que no recuerde su nombre, qué día es, si ha comido o no, o si debe acudir a una cita (y, a este respecto, es interesante lo que se cuenta de Norbert Wiener).

¿Y cuáles son estas categorías asociadas a la inteligencia?

Podemos eliminar toda categoría cuya excelencia radique sólo en el esfuerzo o coordinación muscular. Por muy admirable que sea un gran jugador de béisbol, un campeón de natación, un pintor, un escultor, un flautista o un violonchelista, por más éxito, fama o afectos que tengan, la pericia en estos campos no es indicativa, por sí misma, de inteligencia.

Es más bien en la categoría teórica donde encontramos una asociación con la inteligencia. Estudiar la técnica de la carpintería y escribir un libro sobre sus diversos estilos a lo largo de la historia, constituye un medio seguro de demostrar inteligencia, aunque ni una sola vez se haya podido clavar un clavo sin golpearse un dedo.

Y si nos centramos en el terreno del pensamiento, es evidente que estaremos más dispuestos a relacionar la inteligencia con ciertos campos antes que con otros. Es casi seguro que nos infundirá más respeto un historiador que un escritor deportivo, un filósofo que un dibujante, etc.

Para mí es una conclusión inevitable: nuestras nociones sobre inteligencia son una herencia directa de la época de los antiguos griegos, cuando se despreciaban las artes mecánicas como algo adecuado sólo a los artesanos y esclavos, en tanto que se respetaba las «artes liberales» (derivado de la palabra latina que significa «hombres libres») porque no tenían utilidad práctica y, por tanto, eran apropiadas para hombres libres.

Tan falto de objetividad es nuestro juicio de la inteligencia, que podemos ver ante nuestros ojos el cambio de su medida. Hasta hace muy poco, la educación más conveniente para los jóvenes de buena posición consistía en gran medida en inculcarles de la forma más ruda (con golpes, si era necesario) los grandes escritores clásicos latinos. El desconocimiento del latín era un grave handicap para cualquiera que pensara entrar en el grupo de los inteligentes.

Claro está, podríamos señalar la diferencia que existe entre «culto» e «inteligente», y decir que, después de todo, la declamación errónea del latín sólo caracterizaba a un inculto…, pero eso es pura teoría. En la práctica, el hombre inteligente pero no culto siempre es rebajado y subestimado y, como mucho, se le concede que es «listo de nacimiento» o que posee un «sentido común agudo». Las mujeres, que no recibían educación, eran tontas por no saber latín, y ésa fue la excusa para no educarlas (Sí, es un círculo vicioso, pero es el tipo de razonamiento utilizado para justificar todas las grandes injusticias de la historia).

Pero veamos cómo cambian las cosas. El latín solía ser el signo de la inteligencia, mientras que ahora es la ciencia, cosa de la que yo me beneficio. No sé más latín que el que mi mente, cual papel cazamoscas, ha captado por casualidad, pero conozco muy bien la ciencia. De forma que, sin haber cambiado una sola célula cerebral, podría haber sido un estúpido en 1775 y una inteligencia excepcional en 1975.

Se podría objetar que lo que cuenta no es el conocimiento en sí, ni siquiera la categoría del conocimiento, propiamente hablando, sino la utilización que se hace de él. Podría argumentarse que lo que cuenta es la forma en que se exhibe y maneja el conocimiento, el ingenio, originalidad y creatividad con que se pone en acción. Sí, hay una medida de la inteligencia.

Y a decir verdad, aunque la enseñanza, la literatura y la investigación científica son profesiones muy asociadas a la inteligencia, todos sabemos que existen profesores, escritores e investigadores necios. Puede faltar creatividad o, si lo prefieren, inteligencia, y sin embargo, darse una cierta competencia mecánica.

Pero si lo que vale es la creatividad, también es cierto que sólo será válida en terrenos autorizados y apropiados. Un músico inculto, ineducado, quizá incapaz de leer una partitura, es posible que pueda acoplar notas y tiempos en tal forma que cree, con brillantez, toda una nueva escuela musical. Pero esto, por sí mismo, no le otorgará el título de «inteligente». Se trata simplemente de uno de tantos «genios creativos» con un «don divino». Si no sabe cómo lo hace y no puede explicarlo hasta después de haberlo hecho[10], ¿cómo puede ser considerado inteligente?

El crítico que estudia la música, una vez compuesta, y al final, con gran esfuerzo, concluye que no se trata tan sólo de un ruido desagradable según las viejas normas, sino que es un gran logro siguiendo ciertas reglas nuevas… sí, es inteligente (¿Pero cuántos críticos cambiarían ustedes por un Louis Armstrong?).

Y en tal caso, ¿por qué se considera inteligente al brillante genio científico? ¿Suponen ustedes que conoce cómo se formaron sus teorías o que puede explicarles cómo sucedió todo? ¿Puede el gran escritor explicar cómo escribe para que ustedes lo hagan igual que él?

Yo no soy un gran escritor, si me comparo con cualquier modelo de los que respeto, pero tengo mis peculiaridades y algo valioso para esta ocasión: soy una persona, en general aceptada como inteligente, a la que puedo escudriñar desde dentro.

Pues bien, mi pretensión más clara y evidente a la inteligencia reside en la naturaleza de mi trabajo, en el hecho de que escribo muchos libros y en numerosos campos usando una prosa compleja pero clara, desplegando un gran dominio del conocimiento al hacerlo.

¿Y qué?

Nadie me enseñó a escribir. A los once años ya había desarrollado el arte básico de escribir. Y, es cierto, no puedo explicar a ninguna otra persona en qué consiste ese arte básico.

Acaso algún crítico, que sepa mucha más teoría literaria que yo (o más de la que me importaría conocer), puede analizar mi obra, si lo desea, y explicar mucho mejor que yo mismo qué hago y por qué. ¿Le haría eso más inteligente a él que a mí? Sospecho que sí, para mucha gente.

Resumiendo, no conozco ninguna forma de definir la inteligencia que no dependa de lo subjetivo y convencional.

Llegamos, pues, al tema de la comprobación de la inteligencia, la determinación del «coeficiente intelectual».

Si no existe definición objetiva de la inteligencia, tal como yo sostengo y creo con firmeza, y lo que llamemos inteligencia es sólo una creación de la cultura en boga y el prejuicio subjetivo, ¿qué demonios es lo que medimos con un test de inteligencia?

Me disgusta atacar el test de inteligencia, porque a mí me beneficia. Por lo normal, obtengo más de 160 cuando paso la prueba, y aun así se me subestima sin remedio porque casi siempre termino el test en menos tiempo del permitido.

De hecho, lleno de curiosidad, obtuve un libro en rústica que contenía un buen número de tests distintos para medir el coeficiente intelectual. Cada una de las pruebas disponía de un tiempo límite de media hora. Las realicé todas, lo más honestamente que pude, respondiendo algunas preguntas al instante, otras pensando un poco, otras por intuición y otras no hubo forma de contestarlas. Y como es lógico, me equivoqué en algunas respuestas.

Después de terminar, calculé el resultado según las instrucciones y resultó que yo tenía un coeficiente de 135… ¡Pero esperen! No había aceptado el límite de media hora que se me ofreció, sino que acabé cada sección de la prueba en un récord de quince minutos y proseguí así hasta el final. Por lo tanto, doblé la cuenta y decidí que mi coeficiente intelectual era de 270 (Estoy seguro de que tal acción no está justificada, pero la cifra 270 complace mi sentido de apreciación personal, y por eso insisto en ella).

Pero por mucho que esto satisfaga mi vanidad, y por mucho que me guste ser vicepresidente de Mensa, una organización que basa la admisión de sus miembros en el coeficiente intelectual, debo insistir, con toda sinceridad, que esto no significa nada.

Después de todo, ¿qué es lo que mide un test de inteligencia sino las habilidades asociadas con la inteligencia por los individuos que elaboran el test? Y dichos individuos están sometidos a las presiones y prejuicios culturales que son causa de una definición subjetiva de la inteligencia.

Así, partes importantes de cualquier test de inteligencia miden la amplitud del vocabulario del individuo, pero las palabras que deben definirse son las que pueden encontrarse leyendo obras literarias consagradas. Ninguno pide la definición de «doblete», «ojos de serpiente» o «jazz rápido», por la sencilla razón de que quienes prepararon los tests no conocen tales términos o les avergüenza conocerlos.

Ocurre algo parecido con las pruebas de conocimiento matemático, lógica, visualización de formas y todas las demás. Se comprueba la cultura de moda, lo que los hombres cultos consideran el criterio de la inteligencia, es decir, el de sus propias mentes.

Todo el asunto es un mecanismo automático. Hombres que controlan intelectualmente una sección dominante de la sociedad se definen como inteligentes, elaboran tests, una serie de aberturas que sólo dejan pasar a mentes como las suyas, obteniendo así más pruebas de «inteligencia» y más ejemplos de «persona inteligente», y, por consiguiente, más motivo para elaborar nuevos tests del mismo género. ¡Más círculos viciosos!

Y cuando se etiqueta a alguien como «Inteligente», de acuerdo con tales tests y criterios, deja de tener valor cualquier manifestación de estupidez. Lo que cuenta es la etiqueta, no el hecho. Puesto que no me gusta burlarme de otras personas, me limitaré a poner dos ejemplos de estupidez rematada que yo mismo protagonicé (pero puedo ofrecerles doscientos, si quieren).

1) Un domingo, algo no iba bien con mi coche y no sabía qué hacer. Por fortuna, mi hermano menor, Stan, vivía muy cerca y le llamé porque es una persona muy atenta. Se presentó enseguida, examinó la situación, cogió el listín y empezó a telefonear en busca de alguna estación de servicio, mientras yo permanecía con la boca abierta. Por fin, después de un fracaso tras otro, Stan me dijo con tono de pena:

—Con lo inteligente que eres, Isaac, ¿por qué no te haces socio de la Asociación Automovilística Americana?

—Oh —repliqué—, ya pertenezco a la AAA.

Le enseñé el carnet. Stan me dedicó una mirada larga, extraña, y telefoneó a la AAA. Al cabo de media hora pude seguir conduciendo.

2) En una reciente convención de ciencia-ficción, me encontraba sentado en la habitación de Ben Bova (editor de Analog), esperando con impaciencia que llegara mi esposa. Por fin, sonó el timbre de la puerta. Me levanté de golpe, grité: «¡Aquí está Janet!», abrí una puerta de par en par y me precipité contra el retrete…, mientras Ben abría la puerta de la habitación a mi esposa.

A Stan y Ben les encanta contar estas anécdotas, y lo hacen sin mala intención. Lo que con toda seguridad sería una prueba de estupidez es convertido en una excentricidad amable, porque yo poseo la etiqueta de «inteligente».

Esto nos lleva a una cuestión grave. En años recientes se ha hablado de diferencias raciales en relación con el coeficiente intelectual. Hombres como William B. Shockley, premio Nobel de física, señalan que las pruebas realizadas muestran un coeficiente medio mucho más bajo en los negros que en los blancos, y esto ha provocado toda una conmoción.

Las numerosas personas que, por una u otra razón, han llegado ya a la conclusión de que los negros son «inferiores», celebran disponer de un argumento científico para suponer que la indeseable posición en que se encuentran los negros es, al fin y al cabo, culpa de ellos mismos.

Por supuesto, Shockley detesta el prejuicio racial (con sinceridad, estoy convencido) y afirma que no podemos tratar de forma inteligente los problemas raciales si, aparte de los motivos políticos, ignoramos un descubrimiento científico indudable; que deberíamos investigar el tema con todo cuidado y estudiar la desigualdad intelectual del hombre. No se trata de un problema de blancos contra negros; en apariencia, ciertos grupos de blancos tienen menos capacidad intelectual que otros grupos de la misma raza, etc.

Pero en mi opinión todo el asunto es un fraude colosal. Puesto que la inteligencia, tal como yo lo veo, es un tema de definición subjetiva y dado que los intelectuales dominantes del sector social que predomina sobre los otros la han definido, en buena lógica, en forma que les favorece a ellos, ¿a qué nos referimos al decir que el coeficiente intelectual medio de los negros es inferior al de los blancos? Lo que estamos afirmando es que la subcultura negra es diferente, en esencia, a la subcultura blanca dominante, y que los valores de los negros son lo bastante distintos de los de los blancos dominantes como para que los negros obtengan peores resultados que los blancos en los tests de inteligencia elaborados con todo esmero por los blancos.

Para que los negros obtuvieran en conjunto tan buenos resultados como los blancos, deberían abandonar su propia subcultura y adoptar la blanca, adaptándose más estrechamente a la orientación de los tests intelectuales. Es posible que no quieran hacerlo; y aunque quisieran, las actuales condiciones les harían muy difícil cumplir su deseo.

Para exponerlo con la mayor sencillez: los negros americanos se han desarrollado en una subcultura creada para ellos, sobre todo por obra de los blancos, y han sido mantenidos en ella, sobre todo por obra de los blancos. Los valores de dicha subcultura son inferiores, por definición, a los de la cultura dominante, de forma tal que el coeficiente intelectual de los negros sea, por fuerza, más bajo; y este coeficiente inferior se utiliza luego como excusa para reproducir las mismas condiciones que lo originaron. ¿Un círculo vicioso? Sí, claro.

Pero resulta que yo no quiero ser un tirano intelectual, ni insistir en que lo que digo es la verdad.

Digamos que estoy equivocado; que existe una definición objetiva de inteligencia, que puede ser medida con exactitud y que el coeficiente intelectual medio de los negros está por debajo del de los blancos, no por diferencias culturales, sino a causa de una inferioridad intelectual innata y biológica. ¿Y ahora qué? ¿Cómo deberían tratar los blancos a los negros?

Es una pregunta muy difícil de responder, pero es posible que lleguemos a alguna conclusión si partimos de la situación contraria. ¿Qué pasaría si hacemos pruebas a los negros y averiguamos, con más o menos asombro, que acaban por mostrar un coeficiente intelectual superior al de los blancos, por término medio?

¿Cómo deberíamos considerarlos en tal caso? ¿Les concederíamos un voto doble? ¿Les daríamos cargos de preferencia, sobre todo en el Gobierno? ¿Les cederíamos los mejores asientos en el autobús y el teatro? ¿Les asignaríamos retretes más limpios que los de los blancos y una escala salarial más elevada por término medio?

Estoy completamente seguro de que la respuesta sería una negativa decidida, vigorosa y blasfema, para cada una de estas preguntas o cualquier otra similar. Si se hiciera público que los negros poseen coeficientes intelectuales más altos que los blancos, sospecho que muchos blancos afirmarían enseguida, con gran ardor, que el coeficiente intelectual no puede medirse con exactitud y que, aunque fuera posible hacerlo, carece de importancia; que una persona sigue siéndolo sin importar su erudición, su educación elegante, sus groserías y sus disparates; que todo lo que una persona necesita es el sentido común ordinario; que todos los hombres son iguales en los fabulosos Estados Unidos y que todos esos malditos profesores de izquierdas y sus tests de inteligencia sería mejor que desaparecieran…

Bien, si vamos a ignorar el coeficiente intelectual cuando somos nosotros los que estamos en el punto más bajo de la escala, ¿por qué prestarle una atención tan devota cuando son ellos los que se encuentran en tal situación?

Pero aguarden. Tal vez me equivoque de nuevo. ¿Cómo puedo saber la reacción de los dominantes ante una minoría con elevado coeficiente intelectual? Al fin y al cabo, respetamos a los intelectuales y profesores hasta cierto punto, ¿no es verdad? O sea que estamos refiriéndonos a minorías oprimidas y, para empezar, una minoría con elevado coeficiente intelectual no sería oprimida. Por tanto la situación artificial establecida por mí al suponer que los negros alcanzaban un coeficiente más alto es sólo un muñeco de paja, y derribarlo no tiene ningún mérito.

¿Es cierto? Consideremos a los judíos, que, durante cerca de dos mil años, han sido echados a patadas por los gentiles siempre que éstos encontraban la vida demasiado aburrida. ¿Lo hacían porque los judíos, como grupo, tenían un coeficiente intelectual bajo? Nunca he oído a nadie sostener esta opinión, por muy antisemita que fuera, ¿saben?

Yo mismo no pienso que los judíos, como grupo, tengan un coeficiente intelectual muy elevado. El número de judíos necios que he conocido en toda mi vida es enorme. Pero ésta no es la opinión de los antisemitas, cuya visión de los judíos otorga a éstos una inteligencia gigantesca y peligrosa. Aunque constituyan menos del 0,5 por ciento de la población de un país, siempre están a punto de «hacerse con el poder».

¿Y por qué no, si tienen un coeficiente intelectual elevado? Oh no, porque esa inteligencia es simplemente «sagacidad», «astucia vulgar» o «perspicacia aislada», y lo que en realidad cuenta es que carecen de virtudes cristianas, nórdicas, teutónicas, o del tipo que convenga.

En resumen, si una persona se halla en el extremo podrido del juego del poder, cualquier excusa servirá para mantenerla allí. Si se considera que posee un coeficiente intelectual bajo, será despreciada y retenida ahí por tal motivo. Si se considera que tiene un coeficiente intelectual alto, será temida y retenida ahí por tal motivo.

Por tanto, sea cual fuere el significado del coeficiente intelectual, se está utilizándolo actualmente como juego para fanáticos.

Me permitirán que termine, pues, ofreciéndoles mi punto de vista particular. Cada uno de nosotros forma parte de diversos grupos que corresponden a las diversas formas de subdividir a la humanidad. En cada una de estas formas, un individuo concreto puede ser superior a otros del grupo, o inferior, o una u otra cosa, o ambas a la vez, según la definición y la circunstancia.

Debido a ello, los términos «superior» e «inferior» no tienen un significado útil. Objetivamente, la palabra es «diferente». Cada uno de nosotros es diferente. Yo soy diferente, usted es diferente, y usted, y usted…

Es dicha diferencia lo que constituye la gloria del Homo sapiens y la mejor salvación posible, porque lo que uno no puede hacer, otros sí, y cuando alguien no puede prosperar, otros sí, gracias a una amplia gama de condiciones. Creo que deberíamos valorar estas diferencias como el activo principal de la raza humana, y no intentar nunca, como individuos, utilizarlas para hacer miserables nuestras vidas.


(Thinking About Thinking)
Fantasy & Science Fiction, Enero de 1975)

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