Actualmente, las industrias nacionales y globales del sexo están aumentando su volumen y sus niveles de rentabilidad (IBISWorld, 2007; Poulin, 2005). Muchos problemas que ahora se reconocen como intrínsecamente ligados a la industria, como los daños a la salud de las mujeres y las niñas (Jeffreys, 2004), el crimen organizado y la corrupción (M. Sullivan, 2007), la trata (Farr, 2004; Monzini, 2005) y la sexualización temprana de las niñas (American Psychological Association, 2007), crecen a un ritmo constante. En este contexto, es sorprendente que muchas teóricas e investigadoras sobre la prostitución que se definen a sí mismas como feministas, o cuyas preocupaciones principales son los intereses de la mujer, estén usando cada vez más eufemismos al abordar el tema de la prostitución. El lenguaje de las teóricas feministas sobre la prostitución se vio afectado por la normalización de la industria en las últimas décadas del siglo xx. Aunque algunas permanecieron críticas (Barry, 1995; Jeffreys, 1997; Starky Whisnant, 2004), muchas empezaron a usar un vocabulario más a tono con el de los economistas neoliberales, como Milton Friedman, que abogaban por la despenalización de la prostitución y su tratamiento como si fuera cualquier otra industria. Para describir la experiencia de las prostitutas, se empezaron a usar palabras como “agencia”, “libre empresa” y “decisión razonada”. Estos enfoques constituyen una victoria de las relaciones públicas de la industria internacional del sexo. En este capítulo, analizaré críticamente el lenguaje neoliberal y las ideas que muchas feministas han adoptado para ver si se adecúan a las nuevas realidades. Los principales vectores del vocabulario neoliberal en relación con la prostitución son los organismos vinculados al trabajo sexual, creados o subvencionados por los gobiernos para entregar preservativos a las prostitutas y a los hombres para prevenir la trasmisión del VIH. Este “dinero para el sida” ha creado una poderosa fuerza de organizaciones por los derechos de las trabajadoras del sexo que adoptan la posición de que la prostitución es como cualquier otro trabajo y ahora un sector útil del mercado que debe ser despenalizado. Los líderes de este movimiento sostienen que los fondos para el sida han sido cruciales en el éxito del argumento a favor de la despenaüzación (Doezema, 1998b). La organización internacional que reúne a todos estos grupos se llama NetWork of Sex Work Projects (NSWP) [Red de Proyectos de Trabajo Sexual] y, basada en la idea neoliberal de la prostitución, coordina una campaña internacional por la despenalización a través del trabajo de activistas como Laura Agustín (2004, 2006b) y Jo Doezema (1998b). Jo Doezema, vocero de la NSWP, explica que el dinero para el sida le dio un gran impulso a la campaña. Dice: “El impuso original para la NSWP vino del inmenso interés en las trabajadoras del sexo por la pandemia del sida”. Se invirtió gran cantidad de recursos en proyectos e investigaciones destinados a evitar que las trabajadoras del sexo propagaran el sida (Murphy y Ringheim, s/f). Kamala Kempadoo, una importante investigadora en el área del turismo sexual y la prostitución en el Caribe que apoya la idea del sexo como trabajo, se hace eco de la importancia del dinero del sida: “Parte del trabajo de prevención del sida ha contribuido a la formación de nuevas organizaciones de trabajadoras del sexo, y a fortalecer a las trabajadoras del sexo en otras áreas más allá de las cuestiones de salud” (Kempadoo, 1998: 19). Con el advenimiento de los fondos para el sida, las activistas a favor de las trabajadoras del sexo reforzaron sus plataformas y autoridad como expertas en una supuesta crisis de la salud pública, que hizo posible la creación de un fuerte grupo internacional a favor del sexo como trabajo. Las activistas del sexo como trabajo a veces dirigen su furia contra los que señalan los perjuicios de la prostitución, y esa furia puede influenciar a las feministas que en el pasado habían criticado la prostitución y hacerlas cambiar de posición (B. Sullivan, 1994). Un ejemplo de esta furia, Cheryl Overs, se refiere al trabajo académico de las feministas que discuten el tráfico de mujeres y critican la prostitución como “la pavada sobre la esclavitud sexual que se produce en el campo de los estudios de género norteamericanos” (Doezema, 1998a: 206). La influencia de esa posición es evidente en el área de política internacional de la salud, en el ONUSIDA y la OIT (Oriel, de próxima aparición). Esta posición es cómoda para los gobiernos y las agencias de la ONU porque no discute el derecho de los hombres a pagar por sexo. Representa un regreso al siglo xix, antes de que las feministas inglesas iniciaran la campaña contra las leyes destinadas a regular las enfermedades contagiosas en 1860 Qeffreys, 1985a). En esa época, la conducta prostibularia de los hombres, es decir, su derecho a comprar mujeres para tener sexo, no era cuestionable. Hubo sobrevivientes a la prostitución que armaron organizaciones en los años ochenta y noventa en los Estados Unidos desde un punto de vista muy diferente, organizaciones como WHISPER (Women Hurt in Systems of Prostitution Engaged in Revolt) [Mujeres perjudicadas por los sistemas de prostitución y comprometidas en la revuelta] (Giobbe, 1990), SAGE (Standing Against Global Exploitatíon) [Presentes contra la explotación global] (Hotaling, 1999) y Breaking Free (V. Cárter, 1999). Todos estos grupos sostienen que la prostitución debería ser considerada un modo de violencia contra la mujer, pero sus posiciones no han producido tanta influencia tal vez debido a que no se ajustan tan bien a las prácticas y las políticas de la economía neoliberal. La posición del sexo como trabajo sedujo especialmente a las feministas socialistas porque estaban preparadas para ver la prostitución como un asunto de derechos de los trabajadores más que como una cuestión de violencia contra la mujer. La teoría del feminismo socialista se ha centrado menos en la violencia contra la mujer y más en cuestiones de trabajo y economía. La idea del sexo como trabajo ha tenido una influencia considerable en el debate feminista también debido a que muchas académicas y activistas con diferentes posturas están dispuestas a escuchar y respetar las perspectivas de esas mujeres que se representan a sí mismas a partir de la experiencia de la prostitución y los voceros de las organizaciones de trabajadoras del sexo han sido generalmente acríticos (Jeffreys, 1995). Al existir grupos de trabajadoras del sexo que decían que la prostitución era una experiencia positiva, un ejercicio de elección personal y debía ser considerada un trabajo legítimo, fae difícil para algunas oponerse. El hecho de que hubiera sobrevivientes expresando perspectivas tan diferentes y que la opción del trabajo sexual involucrara una elección consciente no causó tanta preocupación como debería haberlo hecho. Por otra parte, las feministas radicales no estaban preparadas para considerar a la prostitución un trabajo ordinario debido a su propia trayectoria en investigaciones y trabajos sobre la violencia contra la mujer, en particular la violencia sexual. Reconocían las semejanzas entre la experiencia de las mujeres prostituidas y las víctimas de violaciones, en tanto ambas tenían que disociarse emocionalmente de sus cuerpos para sobrevivir y sufrían síntomas de shock postraumático, así como de sentimientos negativos hacia su cuerpo y hacia sí mismas 0effreys, 1997; Farley, 2003). Kathy Miriam, la filósofa feminista, explica la aparente motivación positiva detrás de la adopción de la posición del sexo como trabajo. Dice que esta postura “presenta los derechos de las trabajadoras del sexo en términos de una política de ‘reconocimiento’” que hace de “la ‘identidad’ su punto de apoyo moral/político y busca reconceptualizar los daños al status, por ejemplo el estigma de la degradación, como un perjuicio básico o una injusticia inflingida sobre ciertos grupos identitarios” (Miriam, 2005: 7). Cuando este enfoque se aplica a la prostitución, “la estigmatización de las prostitutas -más que de la estructura de la práctica misma- se convierte en una injusticia básica que debe ser reconsiderada por los que abogan a favor del sexo como trabajo” (ibíd.). Miriam explica que si bien este enfoque podría perfectamente estar fundado en la motivación positiva de pedir justicia para un grupo estigmatizado, hace muy difícil advertir las “relaciones de dominación y subordinación” que subyacen a la prostitución, en particular, aquellas que exceden el obvio uso de la fuerza. Aunque el impulso de tomar la posición del sexo como trabajo podría ser visto como progresista de parte de muchas teóricas y activistas que la adoptaron, el lenguaje y los conceptos de esta postura son justamente aquellos que mejor se ajustan a la actual ideología económica del neoliberalis- mo. El lenguaje y los conceptos pueden, como señala Miriam, virar hacia el individualismo de la libre elección, algo que está muy lejos de las políticas de género, raza y clase que están en la base tanto del socialismo como del feminismo radical. Pueden incluso ir tan lejos como para apoyar el libre mercado y el desregulacionismo que se ajusta más a los intereses de la industria del sexo que a los de las mujeres y jóvenes atrapadas por la industria. En la medida en que las feministas radicales se han centrado más en la política de lo personal -por ejemplo, cómo las relaciones de poder están presentes en las relaciones cotidianas entre varones y mujeres-, han ocupado un lugar menos importante que las feministas socialistas en la teorización de la política internacional. Aquellas feministas radicales que han trabajado en el área de la política internacional tienden a concentrarse en cuestiones de violencia contra la mujer, incluyendo la prostitución (Kelly, 2000; Jeffreys, 1997; Barry, 1995). La posición del sexo como trabajo, por lo tanto, ha sido predominante en la teoría política del feminismo internacional, a través del trabajo de las feministas socialistas que privilegian los derechos de los trabajadores o el enfoque de las políticas de la identidad.

La prostitución como un trabajo reproductivo

Un efecto de la posición del sexo como trabajo es que muchas teóricas feministas de la economía política internacional han homologado la prostitución con el trabajo doméstico dentro de la categoría de “trabajo reproductivo” (Peterson, 2003; Jyoti Sanghera, 1997). Así, cuando las feministas más críticas de la globalización mencionan la prostitución, lo hacen de tina manera no problemática, ya que el trabajo reproductivo pertenece a una zona del trabajo femenino que ellas tienden a valorizar, como un modo de compensar las formas en que el trabajo femenino, en particular el que se realiza en la casa y sin salario, ha sido habitualmente ignorado en la teoría económica. Teóricas como Spike Peterson (2003), Barbara Ehrenreich y Arlie Hochschild (2003) han señalado que el “sector de servicios”, que se ha vuelto más y más significativo en los países ricos del mismo modo que la manufactura se manda a los países pobres, representa en gran medida el trabajo que las mujeres siempre han llevado adelante, sin remuneración, en la esfera privada. Una vez que este trabajo se comercializa como “servicios”, •recibe su pago bajo la forma de trabajo doméstico o de cuidado de taños, ancianos, etc. De manera poco convincente, estas teóricas meten la prostitución dentro de esta lógica con la idea de que e’ “sexo como trabajo” sea pagado como “servicio sexual”. Identificai la prostitución con las formas de trabajo reproductivo es un erroi categórico. El trabajo doméstico se ajusta a esta categoría de ur modo que no lo hace la prostitución, en particular debido a que e “trabajo reproductivo” se define como “socialmente necesario”, e incluso los hombres pueden, aunque no lo hagan demasiado en la actualidad, hacerlo también, cosa que no ocurre con la prostitución. La idea de “necesidad social” en relación con la prostitución se aplica sobre todo a los varones. La prostitución es una idea construida socialmente (Jeffreys, 1997) y una conducta necesaria para mantener el dominio masculino, pero de ninguna manera es una actividad necesaria para las mujeres. Hay otro problema en considerar “servicios sexuales” como parte del trabajo reproductivo. Esto podría implicar que proveer acceso sexual a los hombres es una parte más de las tareas de la mujer en el hogar, lo que destruiría décadas de trabajo feminista destinado a terminar con la obligación de que las mujeres mantengan relaciones sexuales indeseadas y sin conexión, para ellas, con el placer. La prostitución puede tercerizar esa parte de las obligaciones femeninas que se dan con el dominio masculino y por las cuales la mujer es despreciada y particularmente maltratada. No es lo mismo que limpiar o cocinar pasteles. Un buen ejemplo de esto es el hecho de que la juventud y la inexperiencia son los aspectos más valorados de una joven a la que se induce a la prostitución. Sus habilidades nunca la hacen tan valiosa como lo es la primera vez que es violada, algo que puede ocurrir a los 10 años (Saeed, 2001). Las criadas no son más valoradas cuando son niñas y cuando no saben lo que hacen. Es más provechoso ver la prostitución como la tercerización de la subordinación femenina más que como una tercerización de una forma ordinaria de trabajo del área de los servicios desempeñado casualmente por la mujer.

Elección y agencia

La posición del sexo como trabajo despliega un enfoque individualista, representa los diversos aspectos de la prostitución, como el strip-tease, como diferentes áreas en las que las mujeres pueden ejercer elección y agencia o incluso aumentar su poder (Hanna, 1998; Schweitzer, 1999; Liepe-Levinson, 2002; Egan, 2006). Este enfoque se contradice de manera intensa con la industrialización de la prostitución que se ha dado en las últimas décadas. Como señala Carole Pateman, cuando las feministas socialistas adoptan este enfoque con respecto a la prostitución, terminan haciendo caso omiso del contexto y siendo mucho más positivas de lo que lo serían con respecto a cualquier otra forma de trabajo, en las cuales advierten las relaciones de subordinación y dominio (Pateman, 1988). Hasta hace muy poco, la posición del sexo como trabajo estaba fundamentalmente confinada a abordar formas de prostitución en Occidente, donde se supone que las prostitutas son prostitutas por “elección”, ya que tenían la posibilidad de otras ocupaciones para subsistir. Sin embargo, ahora el uso de este lenguaje individualista e incluso la teoría de la elección racional han sido extendidos para describir las situaciones no occidentales más diferentes. Alys Willman-Navarro, por ejemplo, usa el lenguaje de la elección racional en “Trabajo sexual y dinero” (2006), publicado en un número de la revista Research for Sex Work. La revista difunde material de organizaciones de trabajadoras del sexo de distintos países. Willman-Navarro analiza investigaciones que muestran que las prostitutas en Calcuta y México tienen sexo sin preservativo con prostituidores que saben que “las trabajadoras del sexo que están dispuestas a tener sexo sin protección son compensadas por hacerlo, mientras que aquellas que prefieren usar preservativo ganan menos”, una diferencia de dinero que puede representar el 79% de las ganancias totales (Willman-Navarro, 2006: 18). Estas investigaciones, dice la autora, muestran a las trabajadoras del sexo como “agentes racionales que responden a incentivos” (ibíd.: 19). La “elección” entre la posibilidad de morir por VIH/sida o de alimentar y pagar por la escolarización de los niños no ofrece alternativas reales ni califica como ejercicio de la “agencia”. Sin embargo, Willman-Navarro mantiene su enfoque con optimismo: “En Nicaragua me encontré con trabajadoras del sexo que apenas llegaban a fin de mes. También con otras que mandan a sus hijos a algunas de las mejores escuelas de la capital. No hacían esto porque recibían cantidades de efectivo en una noche de suerte, sino a través de años de elecciones racionales”. Las mujeres que están en la prostitución, nos cuenta este relato, pueden ser empresarias exitosas si actúan racionalmente. Otro ejemplo de este enfoque individualista puede encontrarse en el trabajo de Travis Kong (2006) sobre mujeres prostituidas en Hong Kong. La determinación de Kong con respecto a las mujeres como autorrealizadas y poseedoras de decisión propia conduce a un enfoque individualista bastante opuesto a lo que la investigación misma revela en relación con las condiciones de existencia de las mujeres. Kong adopta el enfoque de moda y define la prostitución como trabajo emocional. El concepto de trabajo emocional, desarrollado por Arlie Hochschild (1983) es muy útil para analizar muchos trabajos realizados por mujeres, tanto el asalariado como el no asalariado; por ejemplo, el trabajo de asistencia en la cabina de un avión. Cuando este concepto se traslada a la prostitución, donde lo que se le hace tanto al interior como al exterior del cuerpo femenino está en el corazón mismo del “trabajo”, sugiere cierta reticencia a reconocer los detalles físicos involucrados y requiere una partición entre el cuerpo y la mente. Una gran parte del trabajo “emocional” de la prostitución es la construcción de modos de disociar el cuerpo y la mente coií el objetivo de sobrevivir al abuso (Farley, 2003). Este no es un componente habitual del “trabajo emocional”. Kong dice que ella usará una “concepción postes- trueturalista del poder y de la formación de identidades” y agrega: “Representaré a mis entrevistadas como si desarrollaran las habilidades del trabajo emocional del sexo a cambio del dinero de los clientes […] sostengo que el mayor problema no se da con respecto a la transacción comercial […] sino en relación con el estigma social, la vigilancia y los peligros del lugar de trabajo” (Kong, 2006: 416). Estas mujeres son “trabajadoras independientes”, dice Kong, quien además expresa cierta decepción acerca de cuán “apolíticas y convencionales” son, en contraste con “la imagen de la minoría sexual y políticamente transgresora que ha sido construida a través del modelo de agencia de feminismo pro prostitución” (Kong, 2006: 415). Sin embargo, cuando se mencionan los datos en crudo sobre sus condiciones de trabajo, todo parece referirse al uso del cuerpo más que de la mente: “En la medida en que ellos hayan eyaculado adentro nuestro […] ellos no violarán a otras mujeres […] no perderán la cabeza cuando lleguen a casa […] no eyacularán adentro de sus mujeres cuando lleguen a la casa” (Kong, 2006: 420). El ejempío dado sobre el desarrollo de sus “técnicas de trabajo” consiste en que “tienen que aprender a hacer fellatíos” (Kong, 2006; 423). Es interesante advertir que el informe del 2007 sobre el estado de la industria del sexo en Australia indica, para beneficio de quienes quieren poner un burdel, que el trabajo no requiere capacitación laboral (IBISWorld, 2007).

El enfoque poscolonial

Algunas exponentes de la posición del sexo como trabajo pueden ser muy críticas de esas feministas que persiguen la abolición de la prostitución y la trata de mujeres. Una de las críticas más importantes es que las feministas que buscan la abolición de la prostitución “victimizan” a las prostitutas al no reconocerles ningún tipo de “agencia”. Esta crítica ha sido utilizada contra las campañas antitrata y las feministas que persiguen el fin de la prostitución, de las que se dice que “victimizan” a las mujeres prostituidas (Kapur, 2002). No es una crítica acuñada hace poco, pero ha sido particularmente común entre las feministas liberales para criticar el movimiento contra la violación y la pornografía, tal como ocurre en el trabajo de la norteamericana Katie Roiphe (Roiphe, 1993; Denfeld, 1995). Las feministas liberales norteamericanas de comienzos de los años noventa sostenían que era importante reconocer la agencia sexual de las mujeres. Decían que machacar sobre la violencia sexual y los daños que sufren las mujeres en manos de los hombres era una falta de respeto a las elecciones sexuales de las mujeres y a su libertad sexual. Es interesante advertir que esta idea ha sido retomada por las feministas de la teoría poscolonial y usada para criticar a las feministas radicales, tal como ocurre en el trabajo de Ratna Kapur (2002). Kapur dice que aquellas que “articulan” el “sujeto victimiza- do”, al sugerir que las mujeres prostituidas están oprimidas o son dañadas, basan sus argumentos en un “esencialismo genérico” y en generalizaciones que reflejan los problemas de las mujeres heterosexuales, de clase media, blancas y occidentales (Kapur, 2002: ó). Esta acusación supone que aquellas que afirman que las mujeres están oprimidas son “clasistas” por el simple hecho de hacer esa afirmación. Estas ideas están basadas en el “esencialismo cultural” y representan a estas mujeres también como víctimas de su cultura, dice Kapur. Aquellas que se dedican a trabajar contra la violencia son culpables de estas prácticas racistas y clasistas. Kapur identifica a Catharine MacKiimon y Kathleen Barry en especial, y a las que integran las campañas contra la trata que “se enfocan en la violencia y la victimización”. Las campañas contra la violencia contra la mujer dice, “han llevado a las feministas de regreso a un discurso proteccionista y conservador” (ibíd.: 7). Las feministas antiviolencia son acusadas de usar “metanarrativas”, de borrar las diferencias entre las mujeres y de una falta de complejidad que “define un sujeto que es minuciosamente impotentizado y condenado” (ibíd.: 10). Sin embargo, no es solo a las feministas “occidentales” a las que Kapur critica con estos solecismos, sino también a las de la India que casualmente participan en las campañas contra la violencia. Ellas también niegan la “posibilidad de elección o agencia” al afirmar que “el trabajo sexual” en el sudeste asiático es una forma de explotación (ibíd.: 26). Kapur critica lo que percibe como una alianza, en el terreno de los derechos humanos, entre “las feministas occidentales y las de la India” y cuyo resultado, “el sujeto-víctima, se ha convertido en un sujeto decontextualizado, ahistórico, disfrazado superficialmente como la víctima de la dote^ de los asesinatos por el honor o la víctima de la trata y la prostitución” (ibíd.: 29). Otro argumento que Kapur presenta es que la prostitución es transgresora. Esta idea se ajusta a la posición pro libertad sexual de la nueva izquierda que condujo a la promoción de la pornografía en manos de aquellos que crearon la “contracultura” de los años sesenta y setenta (véase Jeffreys, 1990-1991). Argumenta que el enfoque correcto para las teóricas feministas es, por lo tanto, “centrarse en los momentos de resistencia” e interrumpir la “narrativa lineal producida por las campañas VAW (Violence Against Women) [Violencia contra la mujer] y así “complejizar el binarismo occidental y no solo occidental” (ibíd.: 29). Kapur explica que ha decidido realzar a la “trabajadora del sexo” porque “su reclamo como madre, animadora, trabajadora y objeto sexual interrumpe las normas sexuales y familiares dominantes. En la India poscolonial, sus intervenciones también desafían y transforman las normas culturales dominantes. Desde una ubicación periférica, la trabajadora sexual presenta un desafío normativo al negociar su identidad negada o marginalizada en el marco de los discursos más estables y dominantes” (ibíd.: 31). Sin embargo, la idea de que las mujeres prostituidas transgreden las normas sociales de la heterosexualidad y la familia patriarcal no está clara de ninguna manera ni en la India ni en Pakistán, donde proliferan formas de prostitución familiar (Saeed, 2001; Agrawal, 2006b). En su trabajo sobre la prostitución familiar en Bombay en los años veinte y treinta, Ashwini Tambe refuta específicamente la idea de que las mujeres prostituidas sean vistas como transgresoras (lambe, 2006). Ella remarca las semejanzas entre familia y prostíbulo, y señala que la teoría feminista está equivocada al localizar la prostitución siempre “fuera del ámbito oficial de las instituciones familiares” (Tambe, 2006: 220). La autora critica la idea -sostenida por aquellas a las que llama “radicales del sexo”- de que la prostitución tiene la capacidad de “atentar contra el vínculo entre sexo y relaciones a largo plazo y que permite el despliegue de sexualidades no domesticadas que enfrentan el mandato de pasividad femenina” (ibíd.: 221). “¿Qué hacemos con las trabajadoras del sexo que efectivamente están domesticadas?”, se pregunta (ibíd.: 221). Tambe cita estudios nacionales de la India que muestran que “amigos y conocidos” son responsables del ingreso a la prostitución del 32% de las mujeres prostituidas y que el 82% de las mujeres prostituidas en Bombay han tenido y criado hijos en prostíbulos. Una estructura familiar semejante existe en los prostíbulos de Calcuta, dice Tambe, y muchas mujeres prostituidas permanecen en los burdeles porque nacieron allí. En su investigación histórica, ella descubre que los maridos y las madres son quienes llevan a jóvenes y mujeres a los prostíbulos, y las mujeres que los regentean adoptan roles maternales hacia las jóvenes que les llegan. Los miembros de una familia introducen a las jóvenes en la prostitución a través del sistema devadasi y, en aquellas castas tradicionalmente dedicadas al “entretenimiento”, las mujeres y las jóvenes han mantenido familias enteras mediante la prostitución combinada con la danza y la música. Tambe “advierte contra” la celebración del “potencial liberador del trabajo sexual y de la vida en el burdel” y critica a las “radicales del sexo” que sostienen que “el trabajo sexual puede ser una fuente de agencia y resistencia” (ibíd.: 236-7). Sin embargo, Kapur va más allá en su mirada romántica sobre la prostitución y afirma que la agencia de las mujeres, que la posición contra la violencia ha transformado en “víctimas”, se debe al “reconocimiento de que el sujeto poscolonial puede bailar -y lo hace-a través del tembloroso edificio del género y la cultura y puede aportar a este proyecto la posibilidad de imaginar una política más inclusiva y transformadora” (Kapur, 2002: 37). En un comentario laudatorio sobre el trabajo de Kapur, Jane Scoular simplifica las bases de este acercamiento, que ella identifica como “posmoderno”. Afirma que la producción teórica que busca “mantener cierta distancia crítica de los factores estructurales opresivos” permite a los teóricos “resistir al intento de ver el poder como algo que desborda y consume al sujeto” y, de este modo, crear un espacio para una teoría feminista “transformadora” que busca “utilizar el potencial disruptivo del sujeto ‘resistente’ y contra-hegemónico para desafiar las relaciones jerárquicas” (Scoular, 2004: 352). Si las relaciones de poder están desestimadas, es más fácil ver “bailar” a las mujeres prostituidas. Muy por el contrario, La industria de la vagina se opone diametralmente a la idea de mantener una distancia de los “factores estructurales” que subyacen a la prostitución y busca en cambio hacerlos más visibles. El enfoque de Kapur encuentra su eco en el trabajo de Jo Doezema, que argumenta que las feministas “occidentales” victimizan a las mujeres prostituidas del Tercer Mundo (Doezema, 2001). Ella también critica brutalmente el trabajo de las feministas de la campaña contra la trata como Kathleen Barry y la CATW (Coalition Against Traffkking in Women) [Coalición contra la trata de mujeres], acusándolas, en su actitud hacia las prostitutas del Tercer Mundo, de lo que ella denomina “neo-colonialismo” (ibíd.). La idea de que “las mujeres del Tercer Mundo -y las prostitutas en particular- son víctimas de su cultura (retrógrada y bárbara) permea la retórica de CATW”, dice Doezema (2001: 30). Es dura en su crítica a las feministas involucradas en acciones contra la trata; dice que están involucradas en “relaciones de dominación y subordinación” (ibíd.: 23) de manera tal que aquí las feministas son el opresor, en una construcción que muy eficazmente borra de la escena la dominación masculina. Sin embargo, al igual que Kapur, tiene que asumir el problema de que, como ella misma admite, muchas feministas hindúes también son abolicionistas y están involucradas en la CATW. En su relato, estas mujeres son “engañadas” al aceptar úna visión colonial sobre la prostitución y dejar de lado sus propios intereses. Aunque en sus trabajos más recientes Doezema es incansablemente positiva en relación con la prostitución, es interesante advertir que era bastante inocente con respecto a los daños de la prostitudón tal como la experimentó ella misma en Ámsterdam antes de involucrarse en la NSWP. En una entrevista de mediados de la década del noventa, dice que “los prostíbulos son realmente una mierda” (Chapkis, 1997: 177) y que “una está todo el tiempo tironeada entre tratar de evitar que el cliente le haga hacer cosas que una no quiere y, a la vez, tratar de satisfacerlo” (ibíd.: 119). En una ocasión, trabajando como acompañante, ella tenía un “cliente” que estaba “realmente borracho y un poco chiflado y […] en realidad no pienso mucho en eso” (ibíd.: 119). Ella estuvo tan en peligro que -según dice- no se lo contó a sus amigos porque ellos “hubieran dicho ‘tienes que parar y no volver a hacer esto’. Yo no quería parar; por eso, nunca se me ocurrió decirle a nadie” (ibíd.: 120). También explica que “frente a casi todo el mundo, yo lo presentaba como algo más positivo de lo que es, porque todos ya tienen una idea bastante negativa y entonces uno tiende a hablar solo de las cosas que están bien o que son graciosas” (ibíd.: 120). En otras palabras, ella deliberadamente pone en segundo plano los peligros de la prostitución que ha vivido. Su actitud hacia el hecho de haber tenido sexo indeseado, algo que fuera del contexto prostibulario podría llamarse acoso sexual o asalto sexual, es la del autoenculpamiento: “Claro, hay momentos en los que tengo que aguantar algo que el cliente quiere y yo no, porque estoy muy cansada o porque no sé cómo decir que no quiero. Sin embargo, aprendí a manejarlo y, en lugar de pensar ‘Ah, soy la peor puta del mundo’, pienso ‘Bueno, la próxima vez va a ser mejor”’ (ibíd.: 122). Hoy en día, Doezema y otras colegas activistas del trabajo sexual minimizan los daños de la prostitución con el objeto de lograr la despenalización de la industria. Esta minimización de los daños es una práctica común entre las mujeres prostituidas, que habitualmente bloquean o reducen la propia experiencia de la violencia tanto dentro como fuera de la prostitución (Kelly y Radford, 1990; Gorkoff y Runner, 2003).

Respuestas del feminismo radical al enfoque decisionista

El abordaje de la industria de la prostitudón a partir del enfoque a favor del sexo como trabajo ha sido desafiado profundamente y en muchos niveles por las críticas del feminismo radical. Las teóricas del feminismo radical han sido agudamente críticas en particular de lo que identifican como el individualismo liberal de las investigadoras y activistas que enfatizan la importancia de la “agencia” y se concentran en la libertad de acción individual de la prostituta en lugar de concentrarse en las opresivas relaciones de poder en las que está inmersa (Pateman, 1988; Miriam, 2005). El enfoque decisionista es usado en la teoría feminista en relación con otros asuntos desde el velo, el maquillaje y la moda hasta las prácticas sexuales. Rosalind Gilí ha abordado los problemas relacionados con la política de la apariencia (Gilí, 2007) y explica que una mirada que se centra en “las elecciones autónomas” “se hace cómplice, en lugar de crítica, de los discursos neoliberales y posfeministas que ven a los individuos como actores emprendedores, racionales y autorregulados” (Gilí, 2007: 74). Quienes escriben a favor del sexo como trabajo justamente practican este enfoque problemático que ella critica en su interpretación de la experiencia de mujeres que han sido capturadas por la trata: “Se requiere que el sujeto neoliberal asuma completa responsabilidad por su historia de vida como si esta fuera el resultado de una serie de elecciones deliberadas” (ibíd.). Gilí se pregunta por qué la teoría feminista ha incorporado tanto el lenguaje de la elección y sugiere que la razón es que una perspectiva posfeminista ya no permite reconocer la opresión de las mujeres: “¿Hay un subtexto para esto? Un subtexto posfeminista que ya no ve a las mujeres como sujetos oprimidos” (ibíd.). Kathy Miriam aborda el modo en que se utiliza el enfoque basado en la “agencia” especialmente en relación con el tráfico de mujeres y provee una buena descripción del problemático individualismo liberal que subyace a este abordaje (Miriam, 2005). Ella sostiene que el enfoque del sexo como trabajo “depende de un modelo de agencia contractual y liberal que oculta, y al mismo tiempo presupone, la instancia de la demanda en la institución de la prostitución” y también oculta las relaciones de poder dentro de las cuales las mujeres son prostituidas (Miriam, 2005:2). El enfoque de las feministas radicales, por otra parte, “desafía al feminismo a teorizar el poder y la agencia fuera del modelo UberaP’ (ibíd.: 2). Las relaciones de poder en las que la prostitución tiene lugar se fundan, explica Miriam, usando el excelente desarrollo de este concepto en el trabajo de Pateman (1988), en el derecho de los varones al sexo. Bajo la dominación masculina, explica Miriam, “las mujeres pueden negociar cualquier otra cosa, excepto el derecho de los hombres a ser sexualmente atendidos, que es innegociable” (ibíd.: 14).

El hecho de que el derecho masculino al sexo no pueda ser cuestionado es lo que produce grandes desafíos para las feministas que luchan contra la prostitución: “Esta relación legitimada y establecida que se define por el derecho masculino a exigir acceso a las mujeres es la principal concepción del poder masculino en juego para el movimiento feminista que busca abolir la prostitución” (ibíd.: 13). Bajo un sistema político en el que la demanda masculina se entiende como simple pulsión -necesidad sexual o iniciación sexual-, la idea de las mujeres como capaces de expresar “agencia sexual”, una idea central para la posición a favor del sexo como trabajo, se torna problemática. Pueden expresar “agencia” solo respondiendo a la demanda y permitiendo el acceso; no hay otra opción posible. Sin embargo, como la pulsión sexual masculina es considerada un hecho de la vida, la demanda de prostitución en sí no es cuestionable. El lobby a favor del sexo como trabajo no puede ver esto porque “considera el poder masculino invisible como dominación y solo inteligible como fuerza coercitiva” (ibíd.). Miriam sostiene un punto muy importante y es que la agencia y la opresión no se contradicen entre sí. Las mujeres ejercen su agencia para sobrevivir a las relaciones de poder y a las circunstancias opresivas en las que se encuentran. La tarea de la teoría para el feminismo radical es, sostiene Miriam, “teorizar la libertad en términos de la agencia política femenina (como poder de); esta tarea requiere entender que la libertad no es negociar lo que es inevitable en una situación dada, sino la capacidad de transformar radicalmente la situación y/o determinarla” (ibíd.: 14). La aceptación general en el seno del activismo feminista de la teoría del sexo como trabajo representa un modo de adecuarse a la construcción masculina dominante sobre la pulsión sexual masculina y el derecho de los varones a disponer del cuerpo de las mujeres. En este sentido, es una derrota a la idea de que el feminismo puede recrear el sexo como igualdad erótica (Jeffreys, 1990/91) y liberar a la mujer de la tiranía del derecho masculino.

Las ganancias de las mujeres prostituidas

A pesar de que en el enfoque del sexo como trabajo muchas mujeres podrían considerar que están ejercitando su “agencia”, es poco probable que obtengan grandes beneficios económicos, aunque es posible que ganen más que otras mujeres sin capacitación. El enfoque que enfatiza la decisión racional de las mujeres para ingresar a la prostitución basándose en la ganancia que pueden hacer (Willman-Navarro, 2006) se contradice con un análisis más crítico y calculado de manera más cuidadosa. Han comenzado a realizarse algunas investigaciones que abordan la economía de la prostitución desde el punto de vista de las mujeres prostituidas. Aunque la prostitución conforma un sector del mercado global cada vez más rentable, las ganancias van fundamentalmente a aquellos que controlan el negocio más que a las mujeres en particular. Las prostitutas de Hong Kong, por ejemplo, ganan apenas lo suficiente para sobrevivir. Al abordar a las “trabajadoras sexuales” que migran de China a Hong Kong, la ONG Zi Teng (2006) explica que la fuerza de trabajo en la zona rural de China tiene un excedente de 150 millones de personas. Las altas tasas de desempleo hacen que las mujeres se muden a Hong Kong e ingresen en la prostitución, donde ganan unos magros $20 por “servicio” y tienen un promedio de tres clientes por día. Zi Teng describe el abuso físico que sufren y el peligro de que les roben. Como es habitual en la prostitución, ellas practican el sexo sin preservativo para obtener los pocos clientes que son capaces de átraer. La mayoría de las mujeres prostituidas que Zi Teng consultó “no insistirían en que sus clientes usen preservativo”. Sin embargo, Zi Teng no ve esto como algo positivo como Willman-Navarro (2006), sino que explica que no usar preservativo es resultado de la falta de voluntad del cliente y de la preocupación por parte de la prostituta por no “perjudicar el negocio” (Zi Teng, 2006: 30). Esta situación no es mucho más diferente para las prostitutas de Nueva York. En el estudio “Las trabajadoras sexuales y las finanzas” realizado en la ciudad de Nueva York, Juhu Thukral advierte que 52 mujeres que entrevistó no consideran la prostitución un trabajo regular (Thukral, 2006: 22). Las mujeres “entran y salen del trabajo sexual” y “el dinero por tener sexo se gana rápido y se gasta rápido”, lo que mantiene a las mujeres en el mundo de la prostitución. La mitad de las mujeres querían ahorrar dinero, pero les resultaba muy difícil. Treinta y ocho por ciento de las participantes dijeron que “no cumplían regularmente con sus metas financieras con su trabajo […] Las cuatro mujeres traídas de otro lado reportaron haber sido física y verbalmente abusadas cuando anduvieron cortas de dinero” (ibíd.: 23). La situación de las migrantes es especialmente delicada: “Las mujeres de la trata rara vez pueden quedarse con el dinero que ganan, que según el informe es solo cerca de $13 por cliente, o apenas más de la mitad de las ganancias de una sesión de $25 en un burdel de inmigrantes latinas” (ibíd.: 23). La necesidad de hacer algún dinero se contrapone con el deseo de mantenerse a salvo; por eso, una de las entrevistadas afirma que ella solo podía “salir con los clientes estando drogada”. Si no era así, prefería morir de hambre antes que estar con gente extraña. Las mujeres prostituidas en la ciudad de Nueva York podrían obtener mayores beneficios económicos de la prostitución que las mujeres de los países pobres; sin embargo, no necesariamente es así. Un informe del 2006 sobre los prostíbulos legales y la industria del strip-tease en Australia, bastante optimista en cuanto a la creciente rentabilidad de la industria, dta una encuesta realizada en Sydney que señala que después de lo que recibe el burdel, un tercio de las mujeres gana hasta $500 semanales, cerca de un 20% gana entre $800 y $1.000, y otro 20% gana más de $1.000 (IBISWorld, 2007). Ciertamente, estas no son grandes ganancias y es probable que estén limitadas a los pocos años que una mujer permanece en la industria. No revelan lo que pueden ganar las mujeres al dejar la industria. Sin embargo, el informe sostiene que los salarios promedio han disminuido en los últimos cinco años como resultado de la mayor competitividad. Al parecer, el éxito de la industria podría perjudicar a las mujeres prostituidas. Existe un estudio particularmente impresionante que rastrea el efecto de la prostitución en el futuro económico de una mujer durante todo el ciclo de su vida. A través de 8 casos y 54 entrevistas, Linda DeRiviere analiza la economía de la prostitución en la vida de las mujeres prostituidas en Canadá. La mayoría de las mujeres eran indígenas y habían trabajado en varios lugares de prostitución (DeRiviere, 2006). DeRiviere explica que “la bibliografía norteamericana contemporánea está llena de debates sobre la prostitución como empresa con fines de lucro, una iniciativa que le da poder a las mujeres, llevada adelante por actores racionales, interesados en maximizar la rentabilidad” (ibíd.: 367). “La mayoría sugiere que la prostitución es financieramente lucrativa” y homologa “el intercambio sexual con las habilidades  empresariales”. Así, representa la “elección” de ingresar al “trabajo del sexo” como una decisión racional en la que los individuos “evalúan costos y beneficios o las ganancias esperables si se asume este estilo de vida”. DeRiviere, por el contrario, analiza la prostitución en Winnipeg, Canadá, a lo largo de toda la vida de una persona. Generalmente, la prostitución comienza en la adolescencia -algunos estudios muestran que el 96% de las mujeres entran a la prostitución antes de los diecisiete años- y supone ciertos “costos colaterales” tales como la pérdida de educación, habilidades, experiencias de trabajo y entrenamiento en el lugar de trabajo, que podrían permitir que las mujeres dejaran la prostitución para tener otro tipo de ocupación. Es una situación temporaria para muchas mujeres, pero tiene un efecto permanente en la productividad y en los ingresos de toda una vida. La mayor parte de las mujeres que participaron de la investigación de DeRiviere eran indígenas (90,3%). Según explica la investigadora, en Canadá las mujeres indígenas constituyen la mayor parte de las mujeres prostituidas (véase también Gorkoff y Runner, 2003; Farley y Lynne, 2004). Las ganancias en bruto de las entrevistadas eran $27.071, pero las mujeres no recibieron ese dinero porque $10.068 anuales o 37,2% de ese total correspondían a “las transferencias a proxenetas, socios y dueños de agencias de acompañantes”. Las drogas y el alcohol que se necesitan para que las mujeres sobrevivan a la prostitución y se distancien del abuso sumaban $12.617 o 46,6%, y las pérdidas por incidentes y otros llegaban a $2.305 u 8,5%. Por lo tanto, luego de cubrir los costos, las ganancias netas constituyen menos de un 8% de las ganancias en bruto. Como consecuencia de los problemas de salud mental y física que resultan de la prostitución, las mujeres que participaron de la investigación sufrieron una reducción de las ganancias de toda una vida, que, según la estimación de DeRiviere, excede bastante a las ganancias. A partir de sus ocho casos de estudio, ella concluye que “el beneficio directo y personal es solo una pequeña porción de las ganancias. Tales beneficios son a corto plazo en relación con los años de trabajo de un individuo, y los costos resultantes de la prostitución son altos” (DeRiviere, 2006: 379).

EL DESARROLLO DE LA PROSTITUCIÓN

A pesar de los efectos negativos de la prostitución en la vida individual de la mujer, ha habido una tendencia dentro de la teoría feminista a ser optimistas y positivas con respecto a la contribución de las prostitutas en su “desarrollo”. Las feministas que teorizan sobre la prostitución no han prestado suficiente atención crítica al rol de la prostitución en el desarrollo, y las diferentes formas en que la prostitución está vinculada al desarrollo no han sido incluidas en los estudios del desarrollo. Si los investigadores mencionan siquiera la prostitución, es generalmente en el contexto de cuán provechosos son los envíos de dinero de las mujeres prostituidas para el desarrollo de las economías de sus países de origen. Aquellas que adoptan el enfoque del sexo como trabajo ven la prostitución de mujeres que “migran por trabajo” -es decir, de aquellas que han sido extorsionadas económicamente, ya que las mujeres de los países pobres no tienen los recursos ni saben cómo “migrar”- como algo beneficioso para los países en vías de desarrollo. Aunque la prostitución no produce grandes ganancias para la mayoría de las mujeres prostituidas, estas logran enviar a sus países de origen lo máximo que pueden luego de cubrir lo mínimo indispensable para sobrevivir. Esto se contrasta con la conducta de los inmigrantes varones, quienes en general gastan más de lo que ganan, incluyendo gastos que les permiten actuar como prostituidores de sus propias compatriotas u otras en sus lugares de trabajo (Pesar y Mahler, 2003). Laura Agustín, por ejemplo, sostiene en un artículo titulado “Contribuir al ‘desarrollo’: dinero obtenido de la venta de sexo” que la prostitución es econonómicamente valiosa. Es beneficiosa, dice, porque “estudios recientes revelan que la cantidad de dinero enviado a casa por las inmigrantes se usa para financiar importantes proyectos sociales y estructurales entendidos como ‘desarrollo’ […] esto incluye desde el dinero ganado por recolectar frutillas […] hasta ofrecer sexo […] estos montos significan lo mismo, más allá de cómo se hayan obtenido, y se usan para financiar proyectos edilicios, pequeños negocios y cooperativas agrícolas para familias, comunidades y regiones completas” (Agustín, 2006b: 10). También dice que “muchas culturas tienen su propio modo de entender el desarrollo y los inmigrantes que envían dinero a casa contribuyen a la realización de esas ideas, incluyendo aquí los millones que venden sexo” (ibíd.: 10).

Jyoti Sanghera sostiene lo mismo. Dice que las mujeres prosti tuidas contribuyen al desarrollo de sus “extensas comunidades cul torales al financiar la construcción de escuelas, recintos religiosos oficinas de correo y otros espacios de servicio público. Las reme sas de ganancias desde el exterior ayudan al gobierno a afrontar 1; deuda nacional del país” (Sanghera, 1997: 10). Sanghera inclust dice que es útil alentar a los gobiernos para que incorporen el valo de la prostitución en sus economías: “Las sociedades que permitei que el negocio del sexo florezca y prolifere podrían incluirlo en su, finanzas gubernamentales” (ibíd.). Este enfoque positivo no considera los daños de la prostitución en el curso de la vida y en las posibilidades económicas de quienes la ejercen. No considera los gasto: en los que deben incurrir los Estados para mantener a las mujeres 3 a las jóvenes una vez que, debido a la edad o a problemas de salud c mentales, ya no tienen valor para la industria, ni tampoco los gasto: destinados al control policial y la actuación del sistema legal involucrado en combatir la trata y otros problemas estructurales de h industria. No hay duda de que la prostitución de las mujeres ha tenido ur rol significativo en el desarrollo de muchas economías nacionales y que continúa teniéndolo. La cuestión es si esto debe ser condenado o celebrado. El rol de la esclavitud en la construcción de la supremacía económica británica durante el siglo xix, por ejemplo, se considera motivo de vergüenza, no de celebración (Fryer, 1989). No es evidente que la contribución de mujeres que han sido prostituidas forzosamente para pagar deudas deba recibir un tratamiento positivo. Hay evidencia de los modos en que la prostitución de las jóvenes y las mujeres ha contribuido al desarrollo económico de Japón y Australia. La instauración del sistema de “mujeres de confort militar” para el ejército japonés en los años treinta y cuarenta descansa en el fenómeno del karayuki-san de la segunda mitad del siglo xix (Tanaka, 2002). Mujeres jóvenes y muchachas de áreas rurales pobres eran raptadas, engañadas y ofrecidas o vendidas por sus padres a los traficantes a través de métodos muy similares a los usados hoy en día en la trata de mujeres. Se las sacaba de Japón y se las vendía a prostíbulos de países vecinos, en especial a China y a la costa este de Rusia. Las niñas, algunas de ellas de siete años, eran criadas y educadas en los prostíbulos de los centros principales de la industria: Vladivostok, Shangai y Singapur. Se las traficaba a burdeles en el sudeste asiático, la India, Australia, Hawai, la costa este de los Estados Unidos e incluso Ciudad del Cabo. En las décadas que siguieron a 1868, los números crecieron rápidamente. El tráfico de karayuki-san se acerca bastante al tráfico de la actualidad. Las jóvenes eran vendidas a los bnrdeles por $500-800, quedaban atadas por la deuda y obligadas a trabajar para pagarla durante muchos años. Muchas de ellas nunca volvían a sus casas y muchas se suicidaban. En 1910, el número de karayuki-san registradas era de más de 19.000, mientras que la cantidad de prostitutas en actividad en Japón era solo de 47.541. El tráfico estaba bien organizado y establecido a través de organizaciones como la Yakuza, Yuki Tanaka usa el trabajo de las historiadoras feministas japonesas de los años cincuenta para sostener que esta forma de trata fue crucial para el desarrollo industrial y el veloz crecimiento de Japón durante este período. Sin embargo, su importancia fue rápidamente dejada de lado en las investigaciones. Esta omisión fue tal vez similar a la omisión del rol de la esclavitud negra en el desarrollo del capitalismo británico, comparación realizada muy recientemente (Fryer, 1989). El sistema de la prostitución doméstica legal de Japón, con su alta carga impositiva, también desempeñó un papel importante en “la recaudación de dinero público cuando el gobierno necesitó grandes sumas para construir las bases de la infraestructura económica” (Tanaka, 2002: 138). El negocio de la prostitución externa, sin embargo, fue un recurso importante para la adquisición de las tan requeridas divisas extranjeras. Una prueba de su importancia es el hecho de que, de un total de 1.000.000 yenes enviados a Japón por los residentes en Vladivostok, 630.000 yenes venían de las ganancias de la prostitución. La mayoría de los residentes japoneses en Singapur, uno de los centros de la trata, están vinculados a los servicios de la industria de la prostitución, incluyendo vendedores de autos, modistos, fotógrafos, médicos y administradores de prostíbulos. La trata japonesa siguió a las karayuki-san, no al revés. Como señala Tanaka: “Se puede decir que la trata japonesa internacional y moderna se desarrolló a partir de ese tráfico a pequeña escala que le siguió a la expansión del tráfico de mujeres japonesas a la región del Pacífico asiático” (Tanaka, 2002: 170). Incluso después de la Segunda Guerra Mundial, remarca Tanaka, la prostitución de mujeres locales fue utilizada en la reconstrucción económica, ya que se las incluía en el nuevo “sistema de confort militar”, esta vez para recolectar dólares de los soldados americanos. También explica que la industria del sexo en Japón estaba tan enlazada al desarrollo del capitalismo japonés que sería “inusual encontrar otra nación que haya explotado a las mujeres sexualmen- te a tal escala” (ibíd.: 182). Como narra Susan Brownmiller en el prefacio al libro de Tanaka: “La falta de ley moral que acompaña al capitalismo crudo y rudimentario no es muy diferente de la brutal explotación sexual que acompaña los tiempos de guerra” (Brownmiller, 1975: xvi). Esta falta de ley moral ha continuado creando la industria de la prostitución en países comprometidos hoy con la canallada del capitalismo del libre mercado. Otros países asiáticos pobres siguieron el ejemplo japonés un siglo más tarde cuando Filipinas y Tailandia hicieron de la venta del cuerpo de las mujeres algo vital para sus economías. El trabajo de Raelcne Francés sobre la historia de la prostitución en Australia aporta valiosa información acerca de cómo la trata de niñas japonesas fue utilizada allí (Francés, 2007). Se las llevó a ciudades mineras como Kalgoorlie en el oeste de Australia y se las forzó a trabajar para pagar la deuda del traslado. Estaban destinadas al servicio sexual de los trabajadores de esas áreas aisladas durante el siglo xix y han desempeñado un papel importante en el desarrollo económico de Australia. La prosperidad de Australia hoy en día está en deuda con la prostitución de esas mujeres que vivieron en condiciones de servidumbre. La prostitución de mujeres convictas -muchas de las cuales ya estaban prostituidas antes de ser transportadas o se prostituyeron a bordo de los barcos que las trajeron a Australia, mujeres que en muchos casos no tenían otra oportunidad para sobrevivir al llegar al país- fue también necesaria para la fundación de Australia como una economía funcional. Francés explica que quienes prostituyeron a las convictas fueron aquellos que estaban a cargo de cuidarlas y que instalaron burdeles en los lugares que las alojaban no bien bajaban de los barcos (ibíd.). Esta no es la única forma de esclavitud utilizada en el desarrollo económico de Australia, ya que también se esclavizó a los aborígenes y también se utilizó a gente de las islas del estrecho de Torres para una variedad de trabajos esclavos. Sin embargo, la contribución de las prostitutas a la prosperidad australiana, en particular aquellas vinculadas a la industria minera, no ha sido muy remarcada. Francés también investiga los modos en que las mujeres aborígenes fueron raptadas o intercambiadas por regalos. Fueron utilizadas tanto para servicios sexuales como domésticos y también otras formas de trabajo en áreas remotas del oeste y el norte de Australia, en establecimientos agrícolas y ganaderos, por los buscadores de perlas en Broome, por los pescadores y mercaderes de Indonesia en las costas del norte (Francés, 2007). Lamentablemente, en la actualidad el desarrollo económico de muchos países depende cada vez más de la prostitución de las mujeres, y esto tiene que ser una preocupación de la bibliografía feminista sobre la globalización. Los trabajos feministas pertenecientes a los estudios del desarrollo han empezado a abordar el problema de la violencia contra la mujer, pero todavía no el de la prostitución (Sweetman, 1998a). Las organizaciones no gubernamentales (ONG) involucradas en el desarrollo se preocupan cada vez más por aliviar la violencia que ya existe en las culturas patriarcales, pero el hecho de que la violencia contra la mujer puede ser resultado del proceso de desarrollo es algo que recién comienza a advertirse. Caroline Sweetman comenta que “hay pruebas de que la violencia contra la mujer aumenta en intensidad en aquellos lugares donde las relaciones de género se transforman y los privilegios masculinos son desafiados” (Sweetman, 1998b: 5). Pide a las organizaciones para el desarrollo que reconozcan “la existencia de la violencia contra la mujer como una barrera para el desarrollo” (ibíd.: 6). Sin embargo, en la ONG Papua Nueva Guinea los esfuerzos por darle a la mujer más oportunidades están bloqueados por el hecho de que puede llegar a cuestionarse el dominio de sus compañeros varones y resultar en una agresión a las mujeres que quieren asistir a clases. En la medida en que el desarrollo económico tiene lugar, las estructuras tradicionales de dominación masculina se debilitan también de otros modos. La vida en los pueblos -donde las mujeres y las niñas estaban protegidas por varones que adquirían derechos sobre ellas a través de restricciones cultures tradicionales- empieza a ser reemplazada por el crecimiento urbano, la creación de rutas para camiones y campamentos mineros, y las muchachas y las mujeres se mueven con más libertad y participan de las actividades económicas también. Todo esto contribuyó a producir una ola de extrema violencia contra mujeres y niñas, incluyendo un incremento en los índices de violaciones llevadas adelante por bandas (Jenkins, 2006). El desarrollo de la violencia contra la mujer tiene lugar en relación con los cambios económicos en muchos países de Latinoamérica, por ejemplo, las ciudades fronterizas en México y Guatemala (Amnistía Internacional, 2006c) y resulta en cientos de asesinatos anuales de mujeres y niñas. En Camboya, las violaciones por parte de bandas han aumentado considerablemente como respuesta a la creciente movilidad y participación económica de las mujeres (Jejeebhoy et al., 2005). Tal es así que el 61% de los estudiantes universitarios admite haber participado en este actividad contra jóvenes prostitutas, promotoras y otras mujeres jóvenes en el mercado de trabajo que son vistas como alejadas de los roles tradicionales. La violencia contra la mujer es una de las áreas más importantes para los estudios del desarrollo que empieza a recibir atención, pero el modo en que la prostitución se liga al desarrollo está mucho menos estudiado. La prostitución se crea, incluso en culturas que no conocieron ninguna forma previa de dicha práctica, para servir a los trabajadores varones en proyectos de desarrollo económico como la minería y la explotación forestal. Afecta negativamente la salud y las oportunidades de las mujeres y de las jóvenes de temprana edad y debilita los modos en que tradicionalmente se relacionan los hombres y las mujeres (Wardlow, 2007). Cynthia Enloe, cuyo trabajo siempre abre nuevos horizontes en los modos de llamar la atención acerca de los daños sufridos por las mujeres en el desarrollo internacional económico y militar, señala el problema de la prostitución de niñas y mujeres, por ejemplo, en las plantaciones de banana en Brasil (Enloe, 1989). La minería y la explotación forestal perjudican a las muchachas del mismo modo. Las niñas son prostituidas en la industria forestal de las islas Salomón {Taranaki Daily News, 2007). Un estudio de una iglesia de Melanesia descubrió que “los trabajadores malayos en las islas Salomón estaban involucrados en horribles abusos sexuales de niñas del pueblo que fueron violadas, vendidas en matrimonio y usadas para la pornografía” (ibíd.). En una pequeña zona, “se explotó” a setenta y tres niñas. La industria forestal está dominada por los malayos, pero la madera talada se envía a China para proyectos como la construcción del estadio olímpico de Beijing. Un isleño que trabajó en una zona forestal explicaba que “había siete hombres malayos ahí y cada uno de ellos estaba casado con una joven de trece o catorce años. No estaban interesados en chicas de mayor edad, como dieciocho años. No sé cuál era el arreglo, si tenían dinero o no. Pero seguramente sí” (ibíd.). Una niña de nueve años que fue entrevistada dijo que su padre la había llevado al lugar donde “había visto hombres malayos tocando los pechos de las niñas” que estaban en la casa. Solían hacer eso. Mientras comían, con una mano tomaban la cuchara (para comer) y con la otra, los pechos de una niña. Las niñas son vendidas por los padres para formar “matrimonios” temporarios. La venta de esposa es una práctica cultural nociva en las islas Salomón y, por eso, esta nueva forma de prostitución es meramente un resultado de la tradición patriarcal. En el puerto de Honiara, se informa que hay niñas incluso de doce años que trabajan como “vacas de mar”, que es el término local para referirse a las niñas prostituidas. Trabajan en los cargueros que se detienen en el puerto para recolectar el atún de los pescadores locales (Callinan, 2006). Un estudio de UNICEF de 2004 encontró docenas de ejemplos de abuso sexual infantil “desde la prostitución de menores a la producción de pornografía infantil, turismo sexual infantil y matrimonios por conveniencia”. Nueve niños de entre seis y catorce años sobrevivían en las calles acostándose con la tripulación de los barcos pesqueros japoneses. Uno comentó: “Es bastante doloroso, pero necesitaba el dinero para comer” (ibíd.). El trabajo de Shamima Ali (2006) para UNICEF sobre la violencia contra las niñas en 14 islas del Pacífico demuestra los modos en que el desarrollo económico crea problemas de violencia sexual contra mujeres y niñas, incluyendo la prostitución (Ali, 2006). Ella documenta la misma costumbre que tienen los padres de vender a las niñas a los trabajadores forestales y mineros en Papúa Nueva Guinea disfrazada de una costumbre original, que es la de darlas en matrimonio por una compensación, una costumbre que “ha sido modificada para adaptarse a las necesidades de los hombres de la familia” (ibíd.: 6). Incluso el ingreso a la educación puede tener efectos perjudiciales sobre las niñas, ya que algunos maestros solicitan sexo a sus estudiantes como un modo de pagar la cuota escolar (ibíd.). El trabajo de Carol Jenkins sobre las transformaciones en la cultural sexual de Papúa Nueva Guinea como resultado del desarrollo económico y la importación de pornografía explica que, desde los años treinta en adelante, los administradores australianos, así como los mineros y los policías, intercambiaban mercancías para acceder a mujeres locales (Jenkins, 2006: 27). Sin embargo, la minería se menciona como una contribución al crecimiento de la prostitución ya en 1900. Desde los comienzos, cuando los colonizadores empezaron a desarrollar la minería, se creó una industria de la prostitución, en una cultura en la que no había existido, para los trabajadores locales. En 1970, cuando la prostitución había sido registrada en las áreas urbanas y rurales, contribuyó a la propagación de la sífilis. Las consecuencias negativas del desarrollo económico en relación con la prostitución de mujeres y niñas deben ser tomadas con seriedad. Las preocupaciones éticas que se consideran en relación con los avances mineros y forestales deben incluir la prostitución junto a cuestiones como los derechos territoriales, los derechos humanos y la destrucción ambiental. Los daños de la prostitución quizás pueden hacerse visibles si los cuerpos de las niñas son considerados parte del entorno ambiental. Las discusiones sobre derechos humanos e igualdad de género en relación con la minería ahora incluyen consideraciones sobre la violencia contra la mujer y el VIH, pero todavía no sobre la prostitución (Macdo- nald, 2003). La prostitución es un serio obstáculo para la creación de una “globalización justa5’, que es el objetivo formulado por la Organización Internacional del Trabajo.
Conclusión Cuando la teoría feminista sobre la prostitución ubica esta práctica en el marco del trabajo que permite a las mujeres hacer uso de su “elección” y “agencia” y representa a las mujeres vendidas y atadas a trabajar para pagar la deuda como “inmigrantes laborales”, sirve a los fines de normalización de la industria y apoyo de su crecimiento. Embellece los daños que sufren las mujeres y las niñas que son prostituidas y hace muy difícil para las activistas feministas construir una oposición a la construcción de las industrias de la prostitución como parte del desarrollo económico para reclamar un trabajo digno para las mujeres. Tal posición también apoya la campaña de la industria de la prostitución, de las organizaciones de trabajadoras del sexo y de algunos gobiernos para legalizar o despenalizar la prostitución. Para que la industria prospere, la tolerancia es buena, pero la legalización es mejor. Por eso, el enfoque que las teóricas del feminismo decidan tomar tiene importantes implicaciones. El crecimiento de la industria multiplica los daños que son una parte integral de la prostitución y de otras formas de explotación sexual, sean legales o no. La industria del sexo no puede ser aislada, puesta al margen del resto de la sociedad, para que los varones abusen de las mujeres en la reclusión de la industria. Concentrarse en la “elección” y la “agencia” es profundamente inadecuado para abordar las condiciones en las que la vasta mayoría de mujeres y niñas ingresan a la prostitución y luchan por sobrevivir dentro de ella, tal como se demostrará en los siguientes capítulos.

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