La semana pasada, el banco central más importante del mundo – la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos-, anunció el inicio inmediato de compras de Fondos Cotizados (ETFs, por sus siglas en inglés) que poseen bonos corporativos.

La Fed puede hacer esto y más por el (ilegítimo) privilegio que tiene de crear dinero “de la nada” (en realidad, de la deuda) para “salvar” la economía. Recordemos que, a diferencia de otras autoridades monetarias, la Fed tiene el mandato dual de la estabilidad de precios y maximizar el empleo.

Esta es la excusa perfecta para abusar de su poder de creación monetaria, para lo cual manipula los precios más importantes en la economía – las tasas de interés- a través de operaciones de compra y venta masivas en el mercado de bonos.

Desde luego, la justificación parece impecable: “estamos salvando la economía de la debacle, inyectando la liquidez necesaria por medio de oleadas infinitas de dólares”.

Esta estrategia de compra de ETFs de deuda corporativa, se inscribe en la vieja receta de siempre: “cuando una burbuja de deuda y crédito explote, inflemos otra inyectando más liquidez, deuda y crédito, aunque la burbuja que explotará después sea todavía más grande”.

En los hechos, que la Fed esté rescatando a empresas comprando su deuda corporativa a través de ETFs, encierra un gran riesgo moral, pues las empresas ahora saben que pueden ser menos responsables en sus emisiones crediticias, pues cada vez que se enfrenten a situaciones inesperadas como un gran desplome económico –en este caso a consecuencia de la pandemia de COVID-19 y el confinamiento-, serán salvadas.

El problema pues, no es la emisión de deuda per se. Estamos hablando de un mercado de decenas de millones de millones de dólares (trillions, en inglés) que debería ser como cualquier otro, en el que las malas o irresponsables empresas que quiebran desaparecen, los acreedores toman los activos que deja la compañía, y las compañías exitosas triunfan.

El tema es que el “salvamento” de la Fed no es otra cosa que una artera manipulación de los mercados, de los que toma “dinero bueno” para ayudar a empresas sobreendeudadas que, si no pueden sostenerse por sí mismas, deberían desaparecer.

Desde luego, el sofisma es que si no se salvara a esas compañías, se desencadenaría una serie de quiebras que agravaría la situación de emergencia económica al punto de una nueva Gran Depresión.