RACISMO: Creencia en la superioridad inherente de una raza con respecto a las demás y, por tanto, en su derecho a dominar.
SEXISMO: Creencia en la superioridad inherente de un sexo y, por tanto, en su derecho a dominar. HETEROSEXISMO: Creencia en la superioridad inherente de un modelo de amor y, por tanto, en su derecho a dominar.

HOMOFOBIA: Miedo a los sentimientos de amor inspirados por las personas de nuestro propio sexo y, por tanto, odio a esos sentimientos manifestados en los demás.

Los cuatro tipos de ceguera definidos más arriba derivan de la misma raíz: la incapacidad para reconocer el concepto de diferencia en cuanto fuerza humana dinámica, que lejos de amenazar la definición del propio ser contribuye a enriquecerla siempre que existan objetivos compartidos.

La comunidad Negra ha superado en gran medida, cuando menos verbalmente, el concepto de relaciones sexuales que refleja la expresión “dos pasos por detrás del hombre” y que en los años 60 se defendía a veces como deseable. Eran tiempos en que las fuerzas racistas presentaban el mito del matriarcado Negro como una enfermedad social para tratar de desviar nuestra atención de las verdaderas fuentes de la opresión de la población Negra.

Para las mujeres Negras, así como para los hombres Negros, es un axioma que si no nos definimos a nosotros mismos, otros nos definirán en beneficio suyo y detrimento nuestro. La aparición- de mujeres Negras definidas por sí mismas, dispuestas a analizar nuestro poder e intereses y a luchar por ellos en el seno de nuestras comunidades, es un componente esencial de la lucha por la liberación de la población Negra. La imagen de la mujer angoleña que lleva a un niño de la mano y empuña un fusil con la otra no es romántica ni fantasiosa. El hecho de que las mujeres Negras de este país se unan para examinar las fuentes de nuestro poder y de nuestros apoyos, así como para reconocer nuestros intereses comunes en lo social, lo cultural, lo emocional y lo político, constituye un avance que no puede sino contribuir a reforzar el poder de la comunidad Negra en su conjunto. Ciertamente, nunca lo mermará. Pues sólo de la unión de individuos realizados, mujeres y hombres, pueden surgir auténticos progresos. Las antiguas relaciones sexuales jerarquizadas, basadas en el modelo de dominio y subordinación entré partes desiguales, no han valido de nada a nuestro pueblo ni a las personas que lo componen.

Las mujeres Negras que nos definimos a nosotras mismas y definimos nuestros objetivos más allá de la esfera de las relaciones sexuales estamos capacitadas para aportar a cualquier empeño el impulso propio de las personas realizadas y, por tanto, poderosas. Las mujeres Negras y los hombres Negros que reconocen que el desarrollo de sus capacidades e intereses particulares no redunda en una pérdida para el otro sexo, no malgastan energías batallando para dominarse unos a otros. Podemos concentrarnos en luchar contra las fuerzas económicas, políticas y sociales que, desde el núcleo de la sociedad, actúan para desgarrarnos y desgarrar a nuestros hijos y nuestro mundo.

Pese a la oposición que ello suscita, las mujeres Negras se empeñan cada vez más en unirse para analizar y modificar las manifestaciones de la sociedad que nos hacen sufrir una opresión distinta de la que sufren los hombres Negros. Y esto no constituye una amenaza para los hombres Negros. Sólo la consideran una amenaza aquellos hombres Negros que optan por personificar las manifestaciones de la opresión a la mujer. Por ejemplo, ningún hombre Negro se ha visto nunca obligado a tener un hijo no deseado o al que no pudiera mantener. La esterilización obligatoria y la falta de medios para abortar son armas de la opresión de la mujer Negra, tal como lo es la violación. Sólo aquellos hombres Negros que están inseguros en cuanto a los medios para autodefinirse ven como una señal amenazadora a la unión mediante la que las mujeres Negras pretenden realizarse y protegerse.

Los ataques contra el lesbianismo se están empleando hoy día en la comunidad Negra con objeto de ocultar el verdadero rostro del racismo/sexismo. Las mujeres Negras que están unidas entre sí por fuertes vínculos, ya sean políticos o emocionales, no son enemigas de los hombres Negros. Sin embargo, con harta frecuencia, algunos hombres Negros tratan de dominar por el miedo a esas mujeres Negras que, en realidad, no son sus

enemigas sino sus aliadas. Esta táctica se materializa en amenazas de rechazo emocional: “Su poesía no estaba del todo mal, pero no había quien aguantara a esa panda de tortilleras”. Al hablar así, el hombre Negro está advirtiendo veladamente a toda mujer Negra presente e interesada en tener una relación con un hombre (como lo está la mayoría) que: 1) si desea que él tome en consideración lo que hace debe evitar toda alianza que no sea la que tiene con él; y que 2) cualquier mujer que aspire a conservar su amistad y/o su apoyo, hará bien en no dejarse “corromper” por los intereses específicos de las mujeres.

Si la amenaza de estigmatizarlas, vilipendiarlas y/o aislarlas emocionalmente no basta para que las mujeres Negras vuelvan dócilmente al redil, o para persuadidas de que eludan su mutuo trato en los ámbitos político y emocional, entonces el dominio del terror puede expresarse físicamente, tal como ocurrió en la universidad del Estado de Nueva York a finales de la década de 1970, cuando las mujeres Negras trataron de unirse para luchar por los intereses que les concernían. Aquéllas que se atrevieron a indagar en las posibilidades de establecer una conexión feminista con las mujeres no Negras recibieron llamadas telefónicas amenazadoras. Intimidadas por tales amenazas de violencia y por la retirada del apoyo de los hombres Negros, algunas de estas mujeres se volvieron en contra de sus hermanas. Pero cuando, pese a las amenazas, surgió una coalición feminista, la oleada de histeria que recorrió el campus dejó un saldo de varias mujeres Negras apaleadas y violadas. Tanto si fueron las amenazas de los hombres Negros las que provocaron directamente dichas agresiones como si sólo sirvieron para inflamar el clima de hostilidad en que se produjeron, el resultado fue el mismo para las mujeres víctimas de los ataques.

La guerra, la cárcel y “la calle” han diezmado las filas de los hombres Negros en edad casadera. La furia que muchas mujeres Negras heterosexuales dirigen contra las mujeres blancas que salen con hombres Negros tiene sus raíces en esta ecuación sexual desequilibrada propia de la comunidad Negra: todo lo que amenaza con intensificar aún más el desequilibrio despierta profundos y activos resentimientos. Más se trata de un resentimiento anticonstructivo dado que sólo actúa en sentido horizontal. De él nunca podrá derivarse una auténtica mejora del problema, pues no pone en tela de juicio las líneas verticales de poder y autoridad, ni tampoco los supuestos sexistas que establecen las reglas del juego de la competición. El racismo de las mujeres blancas cuando está menos enturbiado por su propia opresión sexual resulta más fácil de abordar el problema del racismo. En estos casos, la situación no depende tanto de la mujer no Negra como del hombre Negro que escapa de sí mismo dándoles las espalda a sus hermanas o que, haciendo suyo el miedo de los hombres blancos, ve la fortaleza de la mujer como un desafío en lugar de como un valor positivo.

A menudo el rotundo mensaje que los hombres Negros transmiten a las mujeres Negras es: “Soy el único trofeo que merece la pena ganar, un bien escaso, y no vayas a olvidarte de que tengo otros recursos. De manera que si aspiras a estar conmigo, ya puedes quedarte quietecita en tu sitio, es decir, separada de tus amigas, si no te llamaré ‘lesbiana’ y no querré saber nada de ti”. Las mujeres Negras estamos programadas para definirnos en función de las exigencias de los hombres y para competir entre nosotras en lugar de identificar nuestros intereses y centrarnos en ellos.

La táctica de fomentar la hostilidad horizontal con el objeto de ocultar otros problemas más acuciantes de la opresión dista mucho de ser novedosa y no se emplea solamente para minar las relaciones entre las mujeres. Esa misma táctica sirve para promover la segregación de las mujeres y los hombres de la comunidad Negra. Así, por ejemplo, cuando se debate la contratación y el despido de personal docente Negro en las universidades suele alegarse que las mujeres Negras tienen mayores facilidades para ser contratadas que los hombres. Y, por ese motivo, se resta importancia a la problemática de los ascensos y los cargos de las mujeres Negras, pues se considera que, al fin y al cabo, “están arrebatándoles puestos a los hombres Negros”. De esta forma desperdiciamos energías en enfrentarnos entre nosotros por las migajas que nos echan en lugar de concentrar nuestras energías en sumar fuerzas y luchar por que haya una proporción más realista de profesores Negros. Ésta sería una batalla vertical contra la política racista de la estructura académica, una batalla que podría dar lugar a auténticos cambios de poder. Y es la alta jerarquía del sistema establecido la que aspira al inmovilismo y se beneficia de estas mezquinas guerras domésticas, aparentemente interminables.

En la comunidad Negra se están desperdiciando hoy día muchísimas energías en la histeria antilesbiana, que desvía nuestra atención de las verdaderas necesidades. Lo cierto es que en todas nuestras comunidades han existido desde hace largo tiempo mujeres que se identificaban con otras mujeres, que buscaban un destino propio y trataban de llevarlo a la práctica sin apoyo de los hombres. Tal como señaló Yvonne Flowers, del York College, en un debate reciente, en muchas de nuestras infancias fue figura habitual esa tía soltera, sin hijos o con ellos, cuya casa y recursos eran un socorrido refugio para distintos miembros de la familia. Y en las familias de las comunidades Negras actuales no es la lesbiana Negra quien maltrata o viola a las niñas pequeñas para descargar su frustración enfermiza.

Los ataques contra las lesbianas Negras han arreciado tanto por parte de los hombres Negros como de las mujeres Negras heterosexuales. Pero así como la existencia de mujeres Negras que se definen a sí mismas no constituye una amenaza para los hombres Negros que también lo hacen, las lesbianas Negras sólo representan una amenaza emocional para aquellas mujeres Negras que viven como un problema sus sentimientos de camaradería y amor hacia sus hermanas. Llevamos demasiado tiempo sometidas a presiones encaminadas a que nos veamos mutuamente con desconfianza, como eternas rivales, o bien como el rostro visible del rechazo a nuestro propio ser.

Y, sin embargo, las mujeres Negras siempre se han unido para ayudarse mutuamente, aun cuando lo hicieran con inquietud y enfrentándose a otras alianzas que militaban en contra de esa unión. Nos hemos unido para mejorar nuestros conocimientos, fortalecernos y lograr apoyos, y lo hemos logrado aun cuando nuestra unión giraba en torno a un hombre. Basta examinar las relaciones estrechas, aunque también complejas y comprometidas, de las mujeres africanas que compartían marido, o la historia de las guerreras amazonas del antiguo Dahomey, que constituían el principal y más aguerrido cuerpo de guardia del rey. Basta pensar en el prometedor poder que detentan hoy día las Asociaciones Mercantiles de Mujeres de África Occidental y en los gobiernos que han prosperado o se han hundido bajo su impulso.

Al narrar su vida, una mujer efik-ibibio de Nigeria, de 92 años, rememora el amor que sentía por otra mujer: Tenía una amiga a la que revelaba mis secretos. Ella era muy dada a guardar los secretos. Éramos como marido y mujer. Éramos uña y carne y mi marido y el suyo conocían nuestra relación. En el pueblo nos apodaron las gemelas. Cuando las cosas se torcían con mi marido, ella restablecía la paz. Muchas veces enviaba a mis hijos a trabajar para ella como muestra de gratitud por su bondad. Mi marido tuvo la suerte de conseguir más parcelas de terreno que el suyo, y le entregó algunas a ella, pese a que no éramos parientes.

Los fon de Dahomey, de la costa occidental africana, siguen practicando doce tipos distintos de matrimonio. Uno de ellos se denomina “entregar la cabra al macho cabrío”, y consiste en que una mujer con medios propios se casa con otra mujer, que luego podrá tener hijos o no tenerlos; si los tiene, se les considera miembros del linaje de la primera mujer. Los matrimonios de esta clase son a veces un medio de dotar de herederos a una mujer de medios propios que desea permanecer “libre” y, otras veces, son relaciones lesbianas. Este tipo de matrimonios se practican en lugares repartidos por toda África, entre diferentes pueblos. Las mujeres que entablan estas relaciones son aceptadas como miembros de la comunidad con toda normalidad; se las juzga por el lugar que ocupan en la comunidad y no por su sexualidad.

Toda mujer Negra recuerda con una parte de su ser los antiguos usos practicados en otros lugares, los tiempos en que disfrutábamos de una hermandad de trabajo, juego y poder, pero otras partes menos funcionales de nosotras nos llevan a vernos con mutua suspicacia. En interés de la segregación, se nos ha enseñado a que veamos a nuestras hermanas como eternas sospechosas, despiadadas rivales en la competición por el bien escaso que son los hombres, ese trofeo fundamental sin el cual no podemos legitimar nuestra existencia. Esta deshumanizadora negación del propio ser no es menos letal que la deshumanización del racismo, a la que está estrechamente aliada.

Si los recientes ataques contra las lesbianas de la comunidad Negra se basan exclusivamente en la aversión a la idea del contacto sexual entre miembros del mismo sexo (contacto que siempre fue habitual en la mayoría de los espacios femeninos del continente africano), entonces ¿por qué la idea de que los hombres Negros tengan contacto sexual se acepta con mucha mayor facilidad o, al menos, no suscita tanta atención? ¿Será porque la supuesta amenaza no es otra que la existencia de mujeres Negras definidas y motivadas por sí mismas, que ni temen ni sufrirán el justo castigo de los dioses por no buscar necesariamente su rostro en los ojos de un hombre, aun cuando ese hombre les haya dado hijos? Las familias de la comunidad Negra al frente de las cuales hay mujeres no siempre constituyen una situación por defecto.

La distorsión de las relaciones que afirma “Estoy en desacuerdo contigo y, por tanto, debo destruirte” deja en manos del pueblo Negro victorias que no lo son, nos deja vencidos en cualquier lucha compartida. Esta psicología agresiva se basa en la falacia de que el hecho de que tú te reafirmes en tu ser es un ataque contra mí; o de que el hecho de que yo me defina a mí misma impedirá u obstaculizará tu propia definición. El supuesto de que un sexo necesita de la aquiescencia del otro para existir nos impide movernos juntos, en tanto que personas autodefinidas, hacia una meta común.

Este proceder es un error que prevalece en los pueblos oprimidos. Se funda en la falsa creencia de que la libertad es un bien limitado a dividir entre todos, y que la proporción más jugosa de libertad será el botín del vencedor o del más fuerte. Así pues, en lugar de luchar juntos por ampliar horizontes, nos peleamos entre nosotros para obtener el trozo más grande del pastel que se nos ofrece. Las mujeres Negras luchamos entre nosotras por los hombres en lugar de tratar de descubrirnos y poner nuestro ser y nuestros recursos al servicio de un cambio duradero; las mujeres Negras y los hombres Negros nos peleamos entre nosotros por adquirir mayores derechos a la libertad, cuando en realidad deberíamos considerar que la lucha de unas y otros se encamina a los mismos y vitales objetivos comunes; las mujeres Negras y blancas se enfrentan para decidir quiénes están más oprimidas en lugar de centrarse en las áreas en las que nuestras causas coinciden. (Esta última segregación se ve agravada por el racismo intransigente que, con excesiva frecuencia, las mujeres blancas no pueden o no quieren resolver en sí mismas.)

En un congreso de literatura Negra celebrado hace poco, una mujer Negra heterosexual afirmó que apoyar el lesbianismo era apoyar la muerte de nuestra raza. Postura que refleja o bien un intenso miedo, o bien un razonamiento defectuoso, dado que, una vez más, adscribe un falso poder a la diferencia. En opinión del racista, el pueblo Negro es tan poderoso que la presencia de uno solo de sus miembros basta para contaminar a todo un linaje; para el heterosexista, las lesbianas son tan poderosas que la presencia de una sola de ellas tiene el potencial de contaminar a todo su sexo. Desde esta perspectiva, se supone que si no se erradica el lesbianismo de la comunidad Negra, todas las mujeres Negras se volverán lesbianas. Se supone, asimismo, que las lesbianas no tienen hijos. Pero dichas suposiciones son patentemente falsas.

Las mujeres Negras debemos tratar de resolver todas las realidades de nuestra vida que nos hacen correr riesgos por el hecho de ser mujeres Negras, ya sean homosexuales o heterosexuales. En 1977, en Detroit, Patricia Cowan, una joven actriz Negra, fue invitada a presentarse a una audición para una obra teatral titulada “Martillo”, y después el joven Negro autor de la obra la mató a martillazos. Patricia Cowan no fue asesinada por ser Negra. Fue asesinada por ser una mujer Negra y su causa es la de todas nosotras. No ha quedado registrado en la historia si Patricia Cowan era lesbiana o no lo era, tan sólo sabemos que tenía un hijo de cuatro años.

De los cuatro grupos de mujeres Negras y blancas, y hombres Negros y blancos, somos las mujeres Negras la que tenemos el peso específico más bajo. Lo que constituye una preocupación vital para todas nosotras, nos acostemos con quien nos acostemos.

En nuestra condición de mujeres Negras, tenemos el deber y la responsabilidad de definirnos a nosotras mismas y de buscar aliados para luchar por las causas comunes: con los hombres Negros en la lucha contra el racismo, y con las mujeres Negras y blancas en la lucha contra el sexismo. Más, por encima de todo, en nuestra condición de mujeres Negras tenemos el derecho y la responsabilidad de reconocernos unas a otras sin miedo y de amar a nuestra manera. Las mujeres Negras lesbianas y heterosexuales compartimos toda una historia de unión y poder, y ni nuestra identidad sexual ni nuestras diferencias deben llevarnos a olvidarla.


Audre Geraldine Lorde fue una escritora afroamericana, feminista, lesbiana y activista por los derechos civiles. Como poeta es especialmente conocida por su dominio técnico y expresión emocional con los cuales expresa ira e indignación por las injusticias civiles y sociales que observó a lo largo de su vida.​
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