En el 44, en el mes de octubre, vine a Roma para buscar trabajo. Mi marido había muerto durante el invierno. En Roma había una editorial en la que mi marido había trabajado durante años. El editor se encontraba entonces en Suiza, pero la editorial había reanudado su actividad inmediatamente después de la liberación de Roma. Pensaba que si pedía trabajo en aquella editorial me lo darían, y sin embargo pedirlo me disgustaba, porque pensaba que me lo darían un poco por compasión, porque era viuda y tenía hijos que mantener; hubiese querido que alguien me diera un puesto sin conocerme y por mis habilidades. Lo malo es que yo no tenía habilidades. Me había entretenido con estos pensamientos durante la ocupación alemana. En aquellos momentos estaba con mis hijos en la campiña toscana. Había pasado la guerra, después había sobrevenido el silencio que sigue a la guerra y por último los americanos habían llegado a la campiña inmóvil y a los pueblos convulsionados. Nos trasladamos a Florencia, dejé a los niños en Florencia con mis padres y vine a Roma. Quería trabajar porque no tenía dinero, sin embargo, si me hubiese quedado con mis padres, habría podido vivir. Pero la idea de que mis padres me mantuvieran me fastidiaba muchísimo, además, quería que mis hijos volvieran a tener una casa conmigo. Hacía tiempo que no teníamos casa. Habíamos vivido, durante aquellos meses de guerra, en casa de parientes y de amigos, en conventos o en albergues. Mientras viajaba hacia Roma en un coche que se paraba cada media hora, acariciaba sueños de trabajos interesantes, como hacer de niñera o escribir la sección de sucesos para algún diario. El obstáculo principal para mis propósitos de trabajo consistía en que no sabía hacer nada. No me había licenciado, porque me había bloqueado ante un suspenso en latín (materia que, por aquellos años, no suspendía nadie). No sabía lenguas extranjeras, aparte de un poco de francés, y no sabía escribir a máquina. Durante mi vida, exceptuando criar a mis hijos, hacer las tareas domésticas con extrema lentitud y poca destreza, y escribir novelas, no había hecho nunca nada. Por otra parte, siempre había sido muy vaga. Mi pereza no consistía en dormir hasta tarde por la mañana (siempre me he despertado al alba y levantarme nunca me ha costado) sino en perder un tiempo infinito sin hacer nada y fantaseando. Esto había provocado que yo no consiguiera llevar a término estudio o trabajo alguno. Me dije que había llegado la hora de deshacerme de este defecto. La idea de dirigirme a aquella editorial, donde me acogerían por piedad y comprensión, me pareció de pronto la más lógica, aunque me resultaran molestos los motivos por los que me acogerían. En aquella época había leído un libro que me parecía bueno: era Jeunesse sans Dieu, de Odon von Horvath, autor del que no sabía nada excepto que había muerto joven por el impacto de un árbol que le cayó encima a la salida de un cine, en París. Pensé que lo primero que haría cuando entrara en la editorial sería traducir y publicar aquel libro que tanto me había gustado.

En Roma cogí un cuarto en una pensión cerca de Santa Maria Maggiore. Lo principal de aquella pensión era que no costaba casi nada. Sabía por experiencia que, durante aquellos años de guerra y de posguerra, las pensiones se convertían con facilidad en algo parecido a los cuarteles y los campamentos. Aquella estaba entre pensión y colegio. En ella vivían estudiantes, refugiados y viejos sin hogar. En las escaleras resonaba de vez en cuando un gong, de sonido sordo y grave, que llamaba a alguien al teléfono. En el comedor común se consumían platos frugales, que consistían en queso Roma, castañas hervidas y brócoli. Durante las comidas, cada tanto sonaba una campanilla y la directora de la pensión leía algunos pensamientos suyos de exhortación a la simplicidad.

Hablé con un amigo, que dirigía la editorial en ausencia del editor. Mi amigo era bajo y rollizo, redondo y saltarín como una pelota. Cuando sonreía, miles de pequeñas arrugas le plisaban la cara de niño chino, pálida, astuta y afable. Además de la editorial, tenía otras muchas ocupaciones. Me dijo que, por el momento, me contrataría por media jornada; cuando volviera el editor, mi situación se definiría con mayor claridad. Me dijo que fuera al despacho a la mañana siguiente, y me dijo que en la pensión donde yo estaba había una chica que también trabajaba en la editorial, como administrativa, y que por la mañana podría ir con ella.

Cuando volví a la pensión, subí las escaleras y llamé a una habitación, dos plantas más arriba que la mía. Me abrió una chica guapa. De cabello moreno y rizado y mejillas rosadas. Le pregunté si a la mañana siguiente podíamos ir juntas. Me respondió que tenía que ir a no sé qué banco y que cogería otro camino. Era amable, pero reservada y fría. Bajé las escaleras con un sentimiento confuso de incomodidad, y destruida por un mortal complejo de inferioridad. Aquella chica debía de trabajar desde hacía años, quizá desde siempre, su trabajo era de carácter administrativo, y por lo tanto concreto, constante y necesario. Además vivía con ella un hermanito suyo de nueve años, al que mantenía con su trabajo. Yo no sabía si sería capaz de mantener a mis hijos.

Aquella fue una noche inquieta y llena de pensamientos angustiosos. Me decía que todos, de pronto, al verme en aquel despacho, descubrirían el enorme mar de ignorancia y pereza que había en mí. Pensaba en el amigo que me había contratado y en el editor lejano pero tal vez a punto de regresar. A mi amigo había intentado explicarle que no tenía ninguna clase de título, que no sabía inglés, que no sabía hacer nada. Me había contestado que no importaba, y que ya haría algo. Pero no le había dicho nada sobre mi pereza, sobre ese vicio que tenía de caer en la inercia y en la ensoñación en cuanto tenía la obligación de hacer cualquier cosa. No había pensado nunca en semejante vicio con verdadero horror. Aquella noche lo contemplé con espanto y con horror profundo. Había sido siempre una mala alumna. Todo lo que había empezado había quedado sin acabar. Me resonaban en los oídos los versos de Villon:

Hé Dieu! Si j’eusse étudié
au temps de ma jeunesse folle,
et à bonnes moeurs couche molle
mais quoi! Je fuyoie l’école
comme fait le mauvais enfant…

La verdad es que tampoco sabía bien el francés. Mi juventud no había sido folle, sino desganada y confusa.

Por la mañana llegué al que iba a ser mi despacho, una casita de planta baja, rodeada por un jardincillo. Encontré a mi amigo, la chica con las mejillas rosadas sentada delante de una calculadora, y dos mecanógrafas. Mi amigo me ofreció una silla ante una mesa y me entregó un folio donde decía: «normas tipográficas». Así supe que perché y affinché llevaban acento agudo, pero que y caffè y lacchè llevaban acento grave. Después me dio un texto mecanografiado: era una traducción de Gösta Berling. Tenía que revisar la versión italiana y corregir los acentos. Mi amigo, dando saltos por la habitación como una pelota, me dijo que no debía atormentarme por no tener un título, cosa que no indignaría en absoluto a nuestro ahora común jefe, que tampoco tenía ninguno. Le pregunté cuál sería, después de Gösta Berling, mi segundo trabajo. Me di cuenta con horror de que no lo sabía. Tenía tal miedo de caer en la pereza, que me sumergí en aquella revisión y en tres días había terminado. Mi amigo me trajo entonces una copia francesa de las memorias de la esposa de Lenin. Traduje de manera precipitada una treintena de páginas, pero entonces mi amigo me dijo que había cambiado de idea y que aquel libro no se publicaría. Me dio una traducción de Homo ludens. Un día me encontré al editor en la puerta del despacho. Lo conocía desde hacía tiempo, pero nunca habíamos intercambiado más de cinco palabras. Y durante los años en que no nos habíamos visto habían sucedido tantas cosas que era como si nos viésemos por vez primera. Lo sentía amigo y desconocido a la vez. Con estos sentimientos se mezclaba la idea de que ahora era mi jefe, es decir alguien que podía echarme de aquel despacho en un instante. Me abrazó y se ruborizó, porque era tímido, y parecía contento y no demasiado sorprendido de que yo trabajara allí. Me dijo que esperaba de mí proyectos e ideas. Sofocada por la timidez y por la emoción, le dije que quizá podría traducirse y publicarse Jeunesse sans Dieu. No sabía nada de aquel libro y le conté deprisa la historia del cine y de la caída del árbol. Tenía muchas cosas que hacer y se fue enseguida. Durante los días siguientes no volví a verlo, pero la chica de mejillas rosadas vino a decirme que me habían aumentado el contrato a jornada completa. Nunca hablaba con aquella chica, pero cuando nos veíamos en el pasillo nos sonreíamos, unidas por el recuerdo y la perspectiva de sonidos de campanilla y brócoli.

Un día me enteré de que estábamos a punto de mudarnos a una nueva sede. Me disgusté, porque me había acostumbrado a aquel despacho, y sobre todo a un mandarino que veía desde mi ventana. El nuevo despacho estaba en el centro. Las salas eran inmensas, con alfombras y butacas. Pedí que me concedieran un cuartito al final de un pasillo. Allí estaría sola, y podría aprender a trabajar, porque la sensación de no ser buena en el trabajo seguía persiguiéndome. Mi amigo también se había refugiado en una sala para él solo. Las salas se fueron llenando poco a poco de nuevas mecanógrafas y nuevos empleados. Los nuevos empleados se paseaban arriba y abajo por las alfombras y dictaban a las mecanógrafas páginas y páginas de las que yo captaba, al pasar, palabras de las que no entendía nada. O bien recibían en el salón alguna visita con la que mantenían misteriosas entrevistas. Mi amigo me dijo que a él, todos aquellos empleados nuevos y todas aquellas nuevas mecanógrafas le parecían innecesarios. También le parecían innecesarios las alfombras, el salón, las visitas y las entrevistas. Comprendí que los nuevos empleados tenían ideas políticas distintas a las suyas. Él aparecía deprimido, y ya no saltaba, sino que se sentaba apartado e inmóvil a su mesa y su cara, que ya no se fruncía al sonreír, estaba apagada y triste como la luna. Al verlo desanimado y lánguido tuve de súbito la sensación de que estaba, como yo, y quizá más que yo, afectado por una ilimitada pereza.

Me sentía muy sola en aquel despacho y nunca le dirigía la palabra a nadie. Mi constante preocupación era que no fuesen descubiertas mi gran ignorancia, mi enorme pereza y mi absoluta ausencia de ideas. Cuando conseguí que se solicitaran los derechos de Jeunesse sans Dieu, supe que ya los había comprado otro editor. Había sido mi única idea y se la había llevado el viento. Para defenderme de la pereza, trabajaba con furia y urgencia, inmersa en un total aislamiento y en perfecto silencio. Lo único que no dejaba de preguntarme era de qué modo se conectaba mi trabajo, si lo hacía, con aquella vida intensa y para mí incomprensible que llenaba las salas y hormigueaba por ellas. Pedí que me hicieran una llave e iba al despacho también los domingos.

Enero de 1969

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