Cada vez que habla del tema, hace trompita y pone cara de serio. Es el gesto con que arranca con temas que, él ya sabe, no le van a caer bien a esos enemigos jurados, los periodistas. La primera fue el 19 de marzo, cuando la pandemia estaba tomando fuerza a nivel mundial y ni siquiera él podía ya negarla. Ese jueves, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se puso serio, hizo trompita y recomendó al mundo tomar algo llamado cloroquina para evitar contagiarse con el coronavirus. Casi todos los médicos de este ancho mundo levantaron la cabeza, miraron la pantalla y se quedaron asombrados.

Como prácticamente todos los doctores en serio le cayeron encima, recordándole que él se dedicó a otras cosas antes de llegar a presidente, Trump fue bajando el tono de sus recomendaciones. Sus minions le siguieron la corriente, subiendo la apuesta. El presidente brasileño Jair Bolsonaro también recomendó la droga, el ex gobernador de Nueva York y ahora abogado y operador de Trump, Rudy Giuliani, dijo que era “cien por cien efectiva”. Twitter terminó borrando videos de estos y otros personajes menos famosos recomendando la supuesta droga milagrosa.

Hicieron bien, porque la cloroquina y la hidroxicloroquina, ambas usadas para tratar varias enfermedades desde hace años, pasaron de ser recetadas por quince mil médicos por mes, más que nada reumatólogos, a ser recetadas por 140.000. Con asombro, la asociación profesional de farmacéuticos informó que hasta los pedicuros estaban dándole recetas a sus clientes… Fue tal el desmadre que algunos gobernadores rápidos de reflejos prohibieron terminantemente que se recetara alguna de estas medicaciones sin poner de qué enfermedad se trataba. Toda receta que dijera algo así como “preventivo del coronavirus” quedaba invalidada.

Trump, como es su estilo, no citó ninguna fuente seria para su afirmación temeraria. Dijo una vaguedad sobre “un estudio francés”, que resultó ser pequeño y más anecdótico que otra cosa, en el estilo “los pacientes que tomaron cloroquina se curaron”. Esto será cierto pero no tiene gran validez porque no demuestra que se curaron porque tomaban cloroquina, o si se curaron a pesar de la cloroquina o si da lo mismo. Con la misma validez, otro estudio francés indicó anecdóticamente que los fumadores parecen contagiarse menos del coronavirus, lo que podría demostrar que la nicotina al fin sirve para algo. En Manaos, Brasil, suspendieron un amago de estudio en serio cuando los pacientes empezaron a tener ataques cardíacos.

Esta semana, Trump reveló, con satisfacción, que lleva dos semanas tomando cloroquina, y que se la recetó su médico personal. Es notable: mientras el establishment médico recomienda desde la Casa Blanca que la gente no se automedique y que no se crea las panaceas diversas, el jefe de esa misma Casa Blanca se automedica con una panacea.

La cloroquina se usa regularmente y después de muchos años de pruebas serias, en el tratamiento de varias enfermedades inflamatorias y autoinmunes. El reumatismo, la artritis, el lupus, la esclerodermia, la saroidosis, la rosácea y varias formas de rosácea son curadas regularmente con alguna de las cloroquinas. También se usan para la profilaxis y el tratamiento del paludismo, la malaria, la amebiasis y la leishmaniosis.

Pero si esta lista tranquiliza a alguien, hay que seguir leyendo el vademécum, porque las cloroquinas son bestias bravas, peligrosas. Los médicos que las usen reciben advertencias rigurosas para vigilar las retinas de sus pacientes, especialmente si son chicos, controlar la glucemia en sangre, y estar de ojo a los riñones y el hígado. Si una paciente está en tratamiento prolongado, tiene que tomar también anticonceptivos porque las cloroquinas son durísimas con los embarazos. Una advertencia sombría da una idea: en caso de paludismo, “valorar riesgo/beneficio”.

De hecho, bajo tratamiento con estos compuestos se recomienda ni siquiera manejar, porque los efectos secundarios incluyen dolores de cabeza, mareos, somnolencia y estados de confusión. Quien haya tomado la breve dosis que se recomienda antes de viajar a regiones con malaria habrá recibido la extraña advertencia de su especialista: no le extrañe tener diarrea, pérdida de apetito… y pesadillas. Las cloroquinas afectan hasta el inconsciente.

Estos compuestos que tanto fascinan a Trump son sintéticos de un viejo conocido, este natural. Los primeros jesuitas que llegaron al Perú observaron que los incas tomaban un extracto de corteza del árbol cinchona cuando subían las montañas. El extracto, comprobaron ellos también subiendo montañas, controlaba la fiebre y te calmaba los temblores. Por extensión, los indígenas usaban el mismo caldo amarguísimo para tratar enfermedades febriles, como la malaria. Para el siglo 17, la corteza se exportaba a Europa con dos nombres, “corteza de los jesuitas” o “quina”, que quiere decir corteza en quechua. El tratamiento, versión europea, era una cucharada de corteza finamente pulverizada, mezclada en un vaso de vino o cerveza.

Ya en esos tiempos la corteza era en sí materia peligrosa, porque si bien curaba al enfermo, podía causar fiebre y temblores al sano. Recién a fines del siglo 19 se difundió la idea de tomar dosis muy bajas, con agua y azúcar, para prevenir las fiebres. En 1820, los químicos franceses le ahorraron el polvo a los pacientes y a los viajeros cuando lograron aislar el principio activo de la corteza, y la bautizaron quinina. A partir de entonces, la corteza se transformó en un insumo para la industria farmacéutica.

Lo que la llevó a tener un destino muy peculiar, de manos de los ingleses. A medida que el Imperio Británico se expandió por los trópicos, las fiebres se cargaron a más y más colonizadores, soldados y funcionarios. Los viejos mapas en Africa y Asia tenían zonas marcadas como “tumba del hombre blanco” por las bajas de la malaria y el paludismo. Con lo que se hizo obligatorio tomar quinina todos los días, con el problema que hasta en sus formas sintéticas, la droga es amarga como la hiel. Primero se usó con agua y azúcar, y cuando se inventó el agua carbonatada, con soda y azúcar. De ahí nace el agua tónica, que se llama así por el “tónico”, la quinina. Y, los ingleses siendo ingleses, de ahí nace también el gin tonic, una manera agradable de tragar la medicina.

Lo que nadie sabe es si la cloroquina sirve para curar la covid-19, y no hay ni siquiera un estudio trucho que indique que la previene. Esta moda alimentada por presidentes creó un boom en el mercado de estas drogas y un problema para los narcos que usaban el barato polvo de quinina para cortar la heroína y la cocaína. Trump dice que hay “fuertes y poderosos indicios” de que la cloroquina sí funciona, pero no menciona ningún estudio serio porque no existe tal cosa. Tal vez le guste porque un efecto que a veces tiene el tratamiento es que uno tiene un tostado muy lindo, ya que el compuesto activo se fija y activa las melaninas. Y seguramente no le gustará enterarse que otro efecto secundario posible del uso prolongado de cloroquina es la pérdida de cabello.


Con información de Página 12

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