Cada gobierno tiene sus indulgentes. Pero el gobierno de Blum, desde la primera hora, ha sido notable por el número y el celo de los adversarios que lo han celebrado. Ha tenido la aprobación de los oportunistas y el estímulo de los tibios. Ha tenido el homenaje de los moderados y el entusiasmo de los pacifistas. Todo lo que es mediocre, inconsistente, esclavizado en nuestra sociedad ha hecho su procesión. Tales son las grandes pasiones que este gobierno «revolucionario» despierta hoy en día.
No hay nada que decir sobre este espectáculo. Es bueno que un gobierno que toma sus ideas para el cambio de la agenda de los funcionarios y que ha acordado con la pequeña burguesía radical las reformas sociales, encuentre sus mejores propagandistas en las clases que dice amenazar y entre los hombres que aborrecen los desórdenes. Hay entre estas sombras de reformistas y estas sombras de conservadores una alianza tácita que ya se ha convertido en una alianza declarada. Aquellos que creen que pueden defenderse confiando en aquellos que los amenazan se comportan tan bien como aquellos que afirman cambiar algo poniéndose cómodos en lo existente. El acuerdo que unos y otros hacen es un digno comercio de imposturas.
Esta asociación, más o menos secreta, de espantosos políticos sin coraje y capitalistas sin capacidad nacional que defienden sus ganancias, constituye el grueso del régimen. Obligados aparentemente a no hacer nada, destinados a neutralizarse a través de concesiones recíprocas, en realidad se apoyan mutuamente para hacer el mal que está dentro de su respectiva competencia, añaden su propia fechoría al poder de dañar a sus supuestos adversarios. De ahí la fuerza de este gobierno de nada que es aquel de Blum. De ahí el carácter detestable de lo que se llama seriamente el experimento Blum. Este socialista, teórico sin doctrina, no tocará los sucios privilegios de las congregaciones económicas, pero sí concluirá la ruina de la economía nacional con un refuerzo, desordenado e inconsistente, del estatismo; sus asociados, los beneficiarios de los grandes comités industriales, no le impedirán, en política exterior, seguir los pasos de todas las Internacionales y buscar aventuras catastróficas, pero sí le impedirán, en política interior, emprender cualquier reforma social válida. Una hermosa unión, una santa alianza que es un conglomerado de intereses soviéticos, judíos y capitalistas. Todo lo que es antinacional, todo lo que es antisocial será aprovechado.
Sería absurdo, en estas condiciones, esperar de la oposición legal y tradicional algo serio contra un gobierno que, por sí mismo, no es nada, pero que representa mucho a causa de los poderosos intereses que defiende. De hecho, la oposición está hoy en día cancelada.
La oposición, que desapareció del Parlamento donde nunca tuvo mucho poder, que desapareció de los grupos, disueltos o no, y que nunca perteneció a las masas, sólo puede vivir hoy en unas pocas mentes que son bastante dueñas de sí mismas y están lo suficientemente desinteresadas como para soportar el costo de un libre pensamiento y correr el riesgo de una acción ilegal y, si es necesario, a la fuerza.
Esta oposición, esfuerzo de unos pocos y de algunos equipos, que no necesita ni números ni dinero, sino ideas fuertes y justas y grandes sentimientos, creemos que es la más necesaria y fructífera hoy en día. Es necesaria porque sólo ella da la eficacia indispensable a los llamados a la razón y al orden que suelen ser objeto de burla por parte de la gente en el poder. Sólo ella añade a los consejos de una buena política las promesas de sanciones que convertirán a los ministros irresponsables en culpables castigados o ejecutados. Finalmente, ella rectifica nuestro repulsivo régimen como debe serlo. No hay nada más moral que esta acción que se ejerce sobre los dirigentes, para enderezarlos y conducirlos lo mejor posible, precisamente recurriendo a su mayor mezquindad, a su cobardía. Es bueno, es hermoso que estas personas que creen tener todo el poder, que niegan a voluntad la justicia y las leyes, que parecen ser amos de la hermosa sangre francesa, de repente sientan sus debilidades y sean llamados a la razón por el miedo. Este terror, que por un tiempo les da la apariencia de seres mejorados, es la única reacción saludable que se puede esperar de ellos. Por sí sola sería suficiente para sacar a la luz los beneficios del terrorismo.
Esta palabra puede escandalizar a muchos. No importa, porque no necesita, precisamente, el apoyo de muchos. Y el método que significa no es un método de propaganda, sino un método de acción que se hace válido por la imposibilidad de actuar de otra manera en un momento en que es necesario actuar y que se justifica por el bien que aporta al gran número de personas que lo condenan. Es obvio que, si estamos dispuestos a soportarlo todo, podremos criticar este método libremente. Pero también es cierto que, si reconocemos la necesidad de hacer algo en un momento determinado, al mismo tiempo debemos estar preparados para hacerlo todo, por todos los medios y en primer lugar por la violencia. No estamos entre los que consideran preferible ahorrarse una revolución o que hipócritamente hablan de una revolución espiritual, apacible. Es una esperanza absurda y cobarde. Es necesario que haya una revolución, porque no cambiamos un régimen que lo sujeta todo, que tiene sus raíces en todas partes, sino que lo suprimimos, lo derribamos. Es necesario que esta revolución sea violenta, porque no sacamos de un pueblo tan debilitado como el nuestro las fuerzas y las pasiones propias de una renovación con medidas decentes, sino con sacudidas sangrientas, con una tormenta que lo estremezca para despertarlo. Ésta no es una tarea que ofrezca descansos, pero no debe haber, precisamente, descansos. Por eso el terrorismo se nos presenta en este momento como un método de salvación pública.

«Le Terrorisme, mèthode de salut public» de Maurice Blanchot, publicado en Combat, núm. 7, julio de 1936. 

Opina que es gratis