Por Ana Iparraguirre

Nelson Mandela aseguraba que nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. La intolerancia racial no es algo innato sino adquirido. Y esto puede ser pensado en relación a lo que ocurre en los Estados Unidos. El abuso policial que derivó en la muerte del afroamericano George Floyd es fruto de divisiones raciales profundas, que han sido exacerbadas por el discurso que Donald Trump viene teniendo desde su campaña electoral. Y para echar más leña al fuego el presidente de los Estados Unidos, tras los hechos de violencia que se generaron luego del asesinato de Floyd, tuiteó: “Cuando comienzan los saqueos, comienzan los disparos”. Nada menos que la frase dicha por uno de los policías que había reprimido las protestas por los derechos civiles de los afroamericanos durante los años ´60.

El abuso policial sobre las minorías no es nuevo y los estadounidenses lo saben. De acuerdo a un estudio de Pew Research realizado en 2019, el 67 por ciento de los adultos asegura que los negros son tratados por la policía de manera menos justa que los blancos. Tras el gobierno de Barack Obama, cuando muchos tuvieron esperanzas de que comenzara un periodo post racial, llegó Trump y esas ilusiones se vieron deshechas. Según la misma encuesta, el 65 por ciento de los estadounidenses dice que es más habitual que las personas expresen puntos de vista racistas o racialmente insensibles desde que Trump fue elegido presidente y el 56 por ciento asegura que Trump empeoró las relaciones raciales.

La luz al final del túnel

A pesar de la oscuridad de este momento trágico, la muerte de Floyd podría tener un impacto significativo en el resultado de las elecciones presidenciales de noviembre, si la ira de la sociedad (de los afroamericanos y de tantos otros) es canalizada en una alta participación electoral.

Entonces, ¿la muerte de Floyd será sólo un eslabón más en la cadena o podrá tener un impacto más profundo en la política de los Estados Unidos? Si miramos la historia reciente, parece no haber razones para entusiasmarse. Michelle Obama enumera en su autobiografía “Becoming” una larga lista de abusos policiales sobre afroamericanos incluyendo la de Eric Gardner, quien -al igual que Floyd- fue víctima de choke hold, una práctica policial ya prohibida que consiste en sujetar a la persona fuertemente alrededor del cuello restringiendo su respiración.

Sin embargo, esta vez hay una diferencia ya que la muerte de Floyd ocurrió en un año electoral y el porcentaje de afroamericanos que emitan su voto puede afectar significativamente el resultado de la elección. Si bien los afroamericanos votan masivamente por los demócratas, su nivel de participación no es lineal: en 2012 alcanzó su pico histórico con la elección de Barack Obama -llegando al 67 por ciento- para caer 7 puntos cuatro años más tarde. De hecho, más de un tercio de los votantes de Obama (el 36 por ciento) que no fue a votar en 2016 eran afroamericanos. Esta caída en participación del electorado afroamericano explica parcialmente el triunfo de Trump.

Las condiciones están dadas para que el candidato demócrata Joe Biden coopte el apoyo del electorado afroamericano dada su cercanía con Barack Obama. Esto se hizo evidente en el triunfo que tuvo en la primaria de Carolina del Sur, donde sacó 41 puntos de ventaja sobre sus oponentes entre los votantes negros. Sin embargo, su camino no está allanado y tiene mucho trabajo por hacer para consolidar el apoyo de la comunidad negra.

En una entrevista reciente, Biden cometió el error de asegurar que los votantes negros que no lo apoyaran “no son negros”. Inmediatamente, tuvo que salir a disculparse, pero algunas encuestas indican que el apoyo de los afroamericanos al candidato demócrata está 10 puntos por debajo del que tenía Hillary Clinton hacia el final de la campaña de 2016. Es imprescindible, entonces, que Biden no pierda de vista la importancia de conseguir los votos de esta parte del electorado.

Por otro lado, la pandemia y el miedo a los contagios al ir a votar puede afectar también la participación de los afroamericanos. La alternativa propuesta al voto presencial es emitir el voto por correo, pero la participación de los afroamericanos por este modo de votación en la última elección fue de 11 por ciento, un porcentaje que representa menos de la mitad del voto blanco por correo. Trump y los republicanos, conscientes del escepticismo de los votantes afroamericanos hacia el voto por correo, comenzaron a agitar acusaciones, indicando que es más factible que haya fraude a pesar de la falta de evidencias en este sentido.

En el documental realizado por Netflix sobre Michelle Obama, la exprimera dama definió como “trauma” el hecho de que tantos afroamericanos no hayan ido a votar en 2016. La muerte de George Floyd, quizás, pueda revertir esa tendencia y transformarse en la punta de lanza de un movimiento que derive en la mayor participación de la comunidad negra con un impacto electoral significativo. Sólo hace falta dejar la ira de lado para transformar el enojo en acción.

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