(Oh, Keen-Eyed Peerer Into the Future)
Fantasy & Science Fiction, Octubre de 1974)

Soy un gran aficionado a las charlas de sobremesa y también a escribir artículos para las revistas más conocidas. En una parte sustancial del trabajo que yo hago, se me pide que hable sobre tal o cual aspecto del futuro. En una época no demasiado lejana, he hablado o escrito sobre el futuro de aspectos sociales tales como la publicidad por correspondencia, el programa espacial, las zonas verdes, los supermercados, los anticonceptivos y los aparatos de propulsión.

¿Y qué es lo que me convierte en futurólogo experto? ¿Cuáles son mis credenciales?

Soy un escritor de ciencia-ficción. Sólo eso.

¡Cuán respetable se ha hecho la ciencia-ficción! Es admirable esa sensación, casi de espanto, que puede provocar un escritor de ciencia-ficción sólo por el hecho de serlo. ¿Y por qué? ¿De qué se han alimentado nuestros escritores para llegar a ser tan formidables?

Fundamentalmente, el cambio se debe al rasgo de predicción que introdujo la SF. Hemos sido buenos adivinos.

Se trata de algo que ya he discutido antes («Future? Tense!» Junio de 1965), pero eso fue hace nueve años y desde entonces he vuelto a pensar sobre el tema. Por lo tanto, lo que quiero hacer ahora, con ocasión del vigésimo quinto aniversario de FSF, es discutir más sistemáticamente el tema de la predicción en SF, aunque de forma algo solapada, y presentar a su consideración las Tres Leyes de la Futúrica[3].

Para empezar, quiero desmentir que la predicción exacta sea la preocupación fundamental del escritor de ciencia-ficción, o ni siquiera una importante preocupación secundaria. Ni debe serlo.

El escritor de ciencia-ficción es un escritor, ante todo, y su preocupación fundamental y predominante, si es honrado en la práctica de su oficio, consiste en elaborar un buen relato y supeditarlo todo a ese fin. Su segunda preocupación, dado que también es un ser humano con necesidades humanas, es escribir un tipo de relato que se venda y que le ayude a vivir con decoro.

Si el escritor de ciencia-ficción, en el proceso de escribir un buen relato y procurarse una vida decente, también se las ingenia para realizar una predicción que finalmente parece confirmarse, pues mucho mejor…, pero seguirá siendo un producto derivado, más o menos accidental, de lo que él hace.

Y con todo, la predicción exacta ocurre en la ciencia-ficción mucho más a menudo de lo que podría esperarse de la simple casualidad. ¿Y por qué no? El escritor de ciencia-ficción, elaborando sus sociedades futuras, debe basarlas, consciente o inconscientemente, en la sociedad actual, y al hacerlo desarrolla por fuerza un camino para llegar a ellas. En pocas palabras, tanto si lo sabe como si no, emplea las Tres Leyes de la Futúrica.

La Primera Ley puede expresarse así: «Lo que ahora sucede continuará sucediendo». O dicho de otra forma: «Lo que ocurrió en el pasado ocurrirá en el futuro» (Si esto les recuerda mucho la vieja perogrullada «La historia se repite», no se equivocan. Toda mi «Trilogía de las Fundaciones»[4] fue guiada conscientemente por la Primera Ley).

Para entrar en detalles sobre el funcionamiento de la Primera Ley utilizaré dos ejemplos extraídos de mis propios relatos: el primero (que se menciona brevemente en «Future? Tense!») en el que violé a propósito la Primera Ley, y otro (no mencionado en el artículo anterior) en el que la observé.

Primero, la violación…

En la primavera de 1953, el monte Everest era centro de atención. Después de treinta años de pruebas, fracasó el séptimo intento para escalar la montaña.

Y ello pese a lo que cada tentativa había aprendido de sus predecesoras y al equipo cada vez más complejo que se iba utilizando. Por la Primera Ley, deducimos que las mejoras en conocimientos y equipo continuarán y que, por consiguiente, el monte Everest llegará a ser escalado.

Intentar predecir el día exacto, el nombre del escalador o cualquiera de los detalles más sutiles, no es futurología, claro está, sino hablar por hablar. Y la técnica de la ciencia-ficción no tiene nada que ver con eso.

En la primavera de 1953, quería escribir un cuento sobre el monte Everest, y no descubrí nada interesante en la predicción de la Primera Ley en cuanto a que se lograría escalarlo. Así las cosas, ¿qué podía hacer?

En lugar de eso, pensé en alguna condición interesante que originara el fallo de la predicción. Busqué un relato que constituyera una violación deliberada de la Primera Ley.

(No tiene que ser por fuerza algo malo. La Primera Ley de la Futúrica, a diferencia de la Primera Ley de la Termodinámica, puede ser violada. Supongamos que estuviera escribiendo un relato en 1900 sobre un futuro que incluyera el viaje espacial. Partiendo del hecho de que el hombre, en el siglo pasado, había aprendido a gobernar velocidades cada vez mayores, podría pensar que la Primera Ley predecía el logro final por parte del hombre de velocidades de quinientos mil kilómetros por segundo. Por lo tanto, para componer un relato interesante violaría la predicción si supusiera un cierto tipo de límite de velocidad cósmica situado en los trescientos mil kilómetros por segundo. Habría sido maravilloso hacerlo, porque en 1905, Einstein llegó exactamente a ese límite de velocidad y lo convirtió en una constante).

Pude inventar diversos motivos para abortar la inevitabilidad de que se escalara el monte Everest. Podría existir un precipicio escarpado, cristalino, situado en los últimos doscientos metros y en el que fueran inútiles las piquetas. Podría tratarse de un misterioso campo de fuerza que bloqueara la cima. O de una capa de gases venenosos a unos nueve kilómetros de altura, que sólo tocara tierra en la cumbre de la montaña más elevada.

El efecto abortivo que elegí fue el de que existían en realidad los Abominables Hombres de las Nieves y que, en verdad, se trataba de marcianos que habían establecido un puesto de observación en la Tierra para vigilar nuestro planeta. Como es lógico, se preocupaban de que los terrestres intrusos vestidos como escaladores se retiraran o fueran capturados.

El relato, titulado «Everest», tenía sólo mil palabras y lo vendí el 7 de abril de 1953 al precio de treinta centavos por palabra.

Pueden estar seguros de que consideré la presencia de marcianos en la cima del monte Everest como un hecho casi imposible y que estaba convencido de que mi «predicción» era falsa y que la montaña sería escalada (Claro que, debo admitirlo, en 1900 también habría considerado un límite de velocidad cósmica como algo imposible). Con todo, tenía la lógica certeza de que la montaña seguiría siendo inaccesible durante algún tiempo, o al menos hasta que se publicara mi relato.

Cuando aquello sucedió, perdí la apuesta. A las once y media de la mañana del 29 de mayo de 1953, menos de dos meses después de la venta de mi cuento, Edmund Hillary y Tenzing Norgay alcanzaron la cumbre del monte Everest y, no hace falta decirlo, no encontraron marcianos ni Abominables Hombres de las Nieves. Habían hecho anticuado mi relato antes de que se publicara.

Claro que los editores no estaban dispuestos a perder treinta dólares (y, en aquella época, tampoco a mí me habría gustado devolver el dinero), y el cuento fue publicado pese a todo. Apareció en el número de diciembre de 1953 de Universe Science Fiction, que se puso a la venta en octubre. Así que me encontré en la situación de haber predicho que el monte Everest nunca sería escalado, cinco meses después de que lo hubiera sido.

¡No es uno de mis logros más brillantes!

Tuve más fortuna con un cuento muy anterior, «Trends»[5], que fue escrito un mes antes de cumplir mis diecinueve años y vendido un mes después de mi cumpleaños. Apareció en el número de julio de 1939 de Astounding Science Fiction.

Trataba del primer vuelo alrededor de la Luna y del regreso a la Tierra (sin haber aterrizado en el satélite). Situé en 1973 un primer intento fracasado y en 1978 una segunda tentativa con éxito. Dado que el acontecimiento real se produjo, triunfalmente, en 1968, puede verse que fui una década demasiado conservador.

Claro que, con diecinueve años aún no cumplidos, yo sabía muy poco sobre la técnica de los cohetes y mis nociones sobre lo que podría ser un primer vuelo a la Luna eran erróneas hasta el absurdo en todos los aspectos. Ni el Gobierno ni el Ejército estaban involucrados. No había computadores, correcciones intermedias, vuelos orbitales preliminares, maniobras de aterrizaje, ni tampoco rusos.

Sólo para que comprendan lo despistado que estaba, les diré que me di cuenta vagamente de que el cohete no podía lanzarse desde la ciudad de Nueva York. Así que debía buscar otro sitio, en los confines del mundo conocido, al menos para mí. Hice despegar la nave cerca del Río Hudson, en la proximidad de Jersey City.

Sinceramente, era un cuento terrible, pero nadie se quejó entonces, y ha figurado cinco veces (la quinta en 1973) en antologías. Todas aquellas tonterías sobre cohetes no eran lo importante, ¿comprenden? Lo esencial del relato era la existencia de una gran oposición a la exploración espacial por parte de mucha gente. El inventor de mi nave espacial era perseguido por esta oposición y forzado a ocultarse.

Se trataba de la primera vez, en la historia de la ciencia-ficción, en que se reflejaba la oposición a la exploración espacial. Hasta entonces, los escritores de ciencia-ficción o bien ignoraron la reacción del público ante el vuelo espacial o supusieron que era entusiástica. Y no sólo antes, sino también después de «Trends» (A decir verdad, H. G. Wells se había referido en una de sus obras a un cohete que era asaltado por la multitud, pero el hecho ocurría después de una guerra futura, por lo que había buenos motivos para odiar y temer tales artefactos. En mi relato, existía una oposición a la misma noción de exploración espacial).

¿Cómo pudo, pues, este jovencito de apenas diecinueve años y muy ingenuo para su edad considerar algo que tantas cabezas más veteranas y sesudas no pudieron hacer ni antes ni después? Se lo explicaré.

Por aquel entonces yo asistía a la Universidad de Columbia, y no les sorprenderá mucho saber que no podía pagarme los gastos. Buscaba dinero por donde podía, y por quince dólares al mes trabajé para un profesor de sociología que estaba escribiendo un libro titulado «La oposición social al cambio tecnológico».

Mi tarea consistía en recopilar y mecanografiar para él todas las referencias, y al hacerlo descubrí que existía una resistencia exacerbada a todo cambio tecnológico significativo que agitara la tranquila corriente de la sociedad humana: desde el descubrimiento de la escritura al intento de construir en la práctica una máquina voladora más pesada que el aire.

Al momento apliqué la Primera Ley de la Futúrica y me dije: «Si esto ha sucedido siempre, continuará sucediendo y existirá resistencia a la exploración espacial». Y escribí «Trends».

La cuestión real no es por qué yo pude ver este punto, sino por qué no lo hizo el resto del mundo. La respuesta se halla incluida en la Segunda Ley de la Futúrica: «Considera con seriedad lo obvio, porque poca gente lo advertirá».

Con toda seguridad, no debo extenderme sobre ello ante un público de ciencia-ficción. Es obvio, era obvio y ha sido obvio durante mucho tiempo que los recursos petrolíferos mundiales eran muy limitados y que el resultado de permitir que ese límite nos alcanzara, de repente, sería desastroso, por más que mucha gente se aferrara a la idea contraria.

En realidad, las personas que, como yo mismo, señalaron con insistencia lo obvio, fueron denunciados por «agoreros» y despreciados.

Sin embargo, tales cuestiones obvias no son ignoradas por los escritores de ciencia-ficción. Forzados por la necesidad profesional de considerar diversos futuros posibles, aplican la Segunda Ley a la construcción de obras literarias y, dejando aparte lo obvio, se convierten en perspicaces adivinos del futuro.

El primer relato sobre la superpoblación que recuerdo haber leído, y el que me hizo empezar a pensar en la inevitabilidad de la miseria si nuestra política de población seguía inalterada, fue Earth, the Marauder», de Arthur J. Burks, que apareció en los números de julio, agosto y septiembre de 1930 de Astounding Stories.

El primer relato sobre el agotamiento de las fuentes energéticas que recuerdo haber leído, y el que me hizo empezar a pensar en la inevitabilidad de la miseria si nuestra política energética seguía inalterada, fue «The Man who Awoke», de Laurence Manning, que apareció en el número de marzo de 1933 de Wonder Stories.

Así que hemos estado advirtiendo sobre esto en la ciencia-ficción durante más de cuarenta años. Y pese a ello, nuestros expertos hombres de estado y dirigentes continúan siendo sorprendidos por las «crisis de población» y las «crisis energéticas» y siguen actuando como si tales crisis surgieran de la nada, sin previo aviso, justo dos días antes.

(Y con todo, las revistas de ciencia ficción fueron clasificadas durante décadas como «disparatada literatura de evasión». ¡Evasión! Nosotros, los chiflados de la ciencia-ficción, nos evadíamos en un mundo de superpoblación, déficit de energía, etcétera, etcétera…, y gozamos del privilegio de atormentarnos durante cuarenta años con los temas que todos esos hombres prácticos, lectores de la literatura más prestigiada, están empezando ahora a considerar).

Pero prosigamos. Al aplicar la Primera Ley de la Futúrica, no debemos caer en el error de suponer que el «continuará sucediendo» forma una curva absolutamente perfecta, sin altibajos.

No, la curva esta repleta de baches, a veces pronunciados e inesperados.

No hay forma de predecir cuándo se producirá uno de ellos, o cuán dilatado será, o qué características tendrá: volvemos a encontrarnos con el azar. Sin embargo, es importante estar atento a los baches y tenerlos en cuenta a la hora de predecir el futuro. Y, siendo así, los escritores de ciencia-ficción, que deben crear nuevas sociedades dada la naturaleza de su profesión, se encuentran mejor preparados a menudo para ver e interpretar esos baches que los científicos y, todavía más, que los no entendidos.

Por la Primera Ley, se podría argumentar que en 1880, dado que la humanidad aumentaba sin cesar su capacidad para explotar los recursos energéticos de la Tierra, era inevitable pensar que los hombres descubrirían finalmente alguna fuente aún desconocida en aquellos tiempos. Pero no se podía decir por anticipado de qué fuente se trataba.

Sin embargo, en 1900, cuando se había descubierto ya la energía nuclear, la Primera Ley dejaba muy claro que la tecnología, en un proceso uniforme de desarrollo, proseguiría tal proceso y que la energía nuclear sería adecuada a las necesidades prácticas del hombre.

H. G. Wells realizó al momento esta suposición y en 1902 escribió relatos sobre bombas atómicas. Pero muchos científicos brillantes y de buena fe, incluso premios Nobel de física, mantuvieron en la década de 1930 su convicción de que la energía nuclear nunca sería controlada. Los escritores de ciencia-ficción, al llegar a este punto particular, demostraron espectacularmente estar más en lo cierto que los científicos, y por eso los científicos, desconcertados por este hecho, se muestran ahora más propensos a emplear la Primera Ley y ser generosos en sus predicciones.

No obstante, si los científicos mantuvieron su conservadurismo en cuanto al tema de la energía nuclear, fue debido a que en los años treinta no pareció existir una forma muy clara de dominarla. Incluso en 1933, Manning pudo escribir su relato sobre el agotamiento de la energía sin considerar la posibilidad de la energía nuclear como substituto.

Pero en 1939, al anunciarse la fisión del uranio, un físico (Leo Szilard) comprendió al instante la inevitabilidad de una bomba nuclear, al igual que numerosos escritores de ciencia-ficción (sobre todo, John Campbell), porque era su trabajo considerar tal tipo de cosas.

El resultado fue que, mientras los Estados Unidos desarrollaban en el secreto más total la bomba nuclear, los escritores de ciencia-ficción, durante toda la Segunda Guerra Mundial, escribieron sin reservas sobre bombas nucleares y sus consecuencias (Dicho sea de paso, yo nunca lo hice. Estaba ocupado con mi serie de las Fundaciones y mis relatos de robots, y pensé que las bombas nucleares eran un tema muy manido y no valía la pena desperdiciar el tiempo con ellas. ¡Otro de mis logros más esplendorosos!).

Por fin, «Deadline», de Cleve Cartmill, aparecido en marzo de 1944 en Astounding Science Fiction, inquietó a los funcionarios de seguridad americanos. Se entrevistaron con John Campbell con relación al tema y se encontraron con que no podían hacer nada. Pasar de la fisión del uranio a la bomba nuclear era fácil e inevitable (para los escritores de ciencia-ficción), y prohibir los relatos que trataran el asunto acabaría con todo el secreto.

Insisto en que fue la predicción de la bomba nuclear lo que más asombró al mundo exterior, y lo que más contribuyó a la respetabilidad de la ciencia-ficción. Y sin embargo, era una predicción tan fácil que no merece ninguna admiración. El mundo exterior debería haberse maravillado de su propia estupidez y no de nuestra sabiduría.

Para lograr predicciones de particular importancia es útil emplear la Tercera Ley de la Futúrica, que en su forma más sencilla puede formularse así: «Considerar las consecuencias». La predicción de un invento es muy fácil, ¿pero qué le ocurrirá a la sociedad cuando ese invento sea puesto en acción?

Citaré un párrafo de mi anterior artículo «Future? Tense!»: «… la predicción importante no es la del automóvil, sino la del problema de aparcamiento; no la de la radio, sino la de los seriales radiofónicos; no la del impuesto sobre la renta, sino la de la declaración de la misma; no la de la bomba, sino la de sus consecuencias» (Frederik Pohl, mi estimado y viejo amigo, citó este párrafo de memoria en una editorial de Galaxy y, no pudiendo recordar dónde lo había leído, o quién lo había dicho, lo inició con la frase «Un sabio dijo una vez…». Cuando le informé rápidamente en dónde había leído el párrafo y le expliqué que, sin saberlo, había llamado a su estimado y viejo amigo, Isaac Asimov, «sabio», se enfadó muchísimo).

El ejemplo más maravilloso en cuanto a descubrir una consecuencia que escapó por completo a todos los grandes dirigentes mundiales fue el de «Solution Unsatisfactory», de Anson Macdonald (Robert A. Heinlein), aparecido en Astounding Science Fiction de mayo de 1941. Heinlein predijo el «Proyecto Manhattan» y la creación de un arma nuclear que pondría fin a la Segunda Guerra Mundial. Eso era fácil. Pero también predijo las consecuencias, cosa mucho más difícil de hacer. En aquella época, por lo que sé, nadie hizo nada parecido.

Por supuesto, la Tercera Ley puede emplearse para una de las funciones fundamentales de la ciencia-ficción: la sátira. Se pueden considerar las consecuencias y escoger una poco probable que pueda parecer tan lógica como para iluminar fantásticamente la insensatez humana. El susodicho Frederik Pohl sabe hacerlo muy bien y ha escrito diversos relatos para mostrar las consecuencias ridículas, pero lógicas, que resultan de seguir tendencias actuales.

Por lo que a mí respecta, y en general, no he cultivado la sátira, al no ser satírico por naturaleza. Pero de vez en cuando lo hago. Por ejemplo, escribí un artículo satírico para una conocida revista, en el que intenté, en parte, tratar el problema de la inflación, teniendo en mente la Tercera Ley. Éstas son las consecuencias que pongo en consideración:

Pensemos en la inflación. Es un problema grave en la actualidad. Los precios suben de tal forma que la miseria y el sufrimiento no quedan limitados a la gente pobre, acostumbrados a ellos. En vez de eso, personas de buena posición, como ustedes o yo, están empezando a sufrir, y eso es penoso e injusto.

Debo admitir que encontrar una solución me costó bastante, porque no sé nada sobre ekonomía (¿se escribe así?). Por fortuna, hace poco escuché a un banquero discutir ciertos gráficos que indicaban el curso posible de los años siguientes. Al ser banquero, lo sabía todo en el terreno ekonómico.

El mencionado banquero señaló una tendencia ascendente (Era algo significativo. Pero no sé si se refería a un crecimiento del producto nacional o a que las mujeres llevarían la falda más corta). Dijo que la tendencia le parecía satisfactoria, pero que suponía un cuatro por ciento de paro. «Sería mucho mejor —opinó— si tuviéramos un cinco por ciento de paro, porque eso mantendría la inflación dentro de unos límites».

La intensidad de aquella revelación me cegó. ¡La inflación se solucionaba con el desempleo! Cuantos más parados, menos gente que tuviera dinero. Con menos dinero para derrochar tontamente, no habría razón para aumentar los precios, y se acabaría con la inflación. Me sentí muy orgulloso de haber escuchado a un economista tan inteligente.

Entonces el problema se reduce a esto: ¿Cómo conseguiremos suficientes parados?

El inconveniente es que el desempleo no es ocupación muy popular y apenas si existen voluntarios. No es nada sorprendente, a la vista del desprecio con que se considera la profesión de parado. Muchísimas veces hemos dicho a un amigo: «¿Por qué esos holgazanes no dejan de vivir bien y se buscan un empleo?» (Y esto es exactamente lo que a uno no le interesa que hagan, si es que queremos acabar con la inflación).

Pero analicemos la situación con lógica. Usted, en su posición privilegiada de ejecutivo y con su sueldo exorbitante, contribuye a la inflación cada día que pasa, en tanto que esos pobres diablos con zapatos agujereados, pegados a sus botellas de vino en barrios de mala muerte, combaten la inflación con una fuerza desesperada. Entonces, ¿cómo podemos despreciarlos? ¿Quién de ustedes se merece más de la sociedad?

Si queremos vencer la inflación, debemos reconocer en el parado a nuestro luchador de vanguardia contra esa plaga, y darle todos los honores que se merece.

A decir verdad, lo hacemos hasta cierto punto. Les pagamos el seguro de paro y la seguridad social. No es mucho dinero, pero no puede ser más: si pagamos mucho a los desempleados, la inflación se disparará.

Pero si su sueldo debe ser pequeño, ¿por qué acompañarlo con un desprecio tan abierto? El dinero no lo es todo, ya lo saben, y cualquier persona desempleada se contentaría con su ración si tan sólo recibiera un poco de la gratitud que tan abundantemente se merece.

¿Por qué no saludar a esos esforzados y sufridos soldados que se encuentran en las trincheras del frente, en la guerra contra la inflación, con unas palabras amables, con unas palmaditas en la espalda? Que sepan que estamos apoyándoles y que les tenemos en gran aprecio. Eso sí, no hay que darles ni un céntimo. Es fundamental no entregarles dinero.

También el gobierno puede ayudar. Se podría hacer una campaña de reclutamiento para el servicio de desempleo, premiando con la cruz de plomo y el haz de cucharas soperas a los que se convirtieran en parados siguiendo la llamada del deber. Debería reconocerse el patriotismo de ciertos grupos minoritarios que contribuyeran a la lucha por encima de sus posibilidades. Los carteles de reclutamiento deberían decir: «El Tío Sam quiere que TÚ dejes tu trabajo».

Hombres y mujeres se unirían en masa bajo la bandera del paro. El objetivo del cinco por ciento se alcanzaría con toda facilidad. Es más, se superaría, porque los americanos no se desentienden de sus obligaciones para con la patria.

¡Y se lograría contener la inflación!

Supongo que por medio de la Tercera Ley estoy criticando a nuestro sistema económico, o a nuestra postura endurecida hacia el parado, o a nuestra tendencia a hacer de la guerra algo romántico. En realidad no estoy seguro, porque me limito a escribir. No hago un análisis.

Pero cualquiera que fuese el objeto de la sátira, resultó muy violenta. La conocida revista, que aceptó el artículo, me pidió que eliminara los párrafos anteriores y que cambiara alguna otra cosa. Estuve de acuerdo, porque enseguida pensé que podría utilizar el pasaje en otra publicación, tal como acabo de hacer.

El rechazo del fragmento es importante. Una de las dificultades al predecir es que el vaticinio de lo obvio resulta a veces peligroso, política y socialmente. La gente no quiere ver alterada su comodidad o que ridiculicen sus prejuicios. No les gusta oír que deben sacrificar algo suyo en favor de los pobres de hoy en día, o para sus propios descendientes del mañana. No quieren que se rían de ellos a causa de su estupidez. Lo que más les gusta escuchar es que «todo va bien y no debes preocuparte».

Y en general eso es exactamente lo que se les dice, de forma que nadie se atreve a mencionar esta o aquella molestia potencial hasta que se hace tan inmensa y dominante que es imposible seguir ignorándola.

Pero mi pasaje sobre la inflación se puede publicar en una revista de ciencia-ficción, al igual que cualquier otro (siempre que esté lo bastante bien escrito), sin importar lo molesto que resulte para la comodidad, o lo disgustante que sea para el gastrónomo social.

La auténtica esencia de la ciencia-ficción consiste en considerar lo desagradable si a ello nos obliga la tarea de generalizar las tendencias sociales y científicas. Y lo maravilloso del lector de ciencia-ficción es que aceptará lo desagradable y lo mirará cara a cara.

Si pudiéramos conseguir que todo el mundo hiciera eso, aún habría una esperanza para la humanidad.

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