Durante la década del 30 algunos republicanos españoles creían que no había que parar en medios para combatir a la derecha. Por consiguiente, tomaron la ley en sus manos, violando así una norma básica de la conducta civilizada, y se pusieron a fusilar sin juicio previo a individuos sospechosos de simpatizar con la derecha, y en particular con los llamados ‘nacionales’. Así como estos se ensañaban con los maestros y los intelectuales, aquéllos la emprendían contra sacerdotes y señoritos y profanaban templos. Estos actos de barbarie, casi todos impunes, le restaron a la República el apoyo de mucha gente, tanto en el país como en el exterior.

Hubo quienes tuvieron la impresión de que no se luchaba por defender la República democrática contra los facciosos y sus aliados alemanes e italianos, sino que se intentaba hacer una revolución social que acabara en la anarquía. Hoy día muchos miembros del partido de la guerra nuclear global, aunque demócratas, están dispuestos a aliarse con neofascistas, e incluso a morir, con tal de aplastar al comunismo y aun a los movimientos campesinos y de liberación del dominio extranjero. Estos individuos, celosos defensores de los derechos humanos en sus propios países, profesan un anticomunismo visceral y adoptan la misma máxima maquiavélico-leninista de sus enemigos, a saber, El fin justifica los medios.

En consecuencia, apoyan a todos los regímenes autoritarios de derecha, combaten a todos los de izquierda, e insisten en proseguir la carrera armamentista que nos está arrastrando al abismo. Su consigna es Better
dead than red, o sea, “Más vale muertos que rojos”.

El principio maquiavélico-leninista es falso y peligroso. Los medios de que nos valemos para conseguir nuestros
fines importan tanto como éstos. Si torturamos a los malos, nos maleamos nosotros mismos, Si matamos legalmente a los asesinos, nos convertimos nosotros mismos en asesinos. Si combatimos el terrorismo de las pequeñas bandas de fanáticos con el terrorismo de Estado, nos convertimos nosotros mismos en terroristas y asesinos de culpables e inocentes por igual. Si adherimos a alianzas militares agresivas o seguimos acumulando armamento ofensivo, con el pretexto de salvaguardar paz aumentamos el peligro de guerra. Si perseguimos a los enemigos de la libertad, en lugar de limitarnos a defendernos de ellos, conculcamos la libertad. Si censuramos la prensa opositora por reaccionaria, nos convertimos nosotros mismos en reaccionarios. Si prohibimos las creencias irracionales, coartamos la libertad de pensamiento y con ello favorecemos el irracionalismo. Si
imponemos por la fuerza una ideología por racional y buena que ella nos parezca, caemos en el dogmatismo y quizá incluso en el fanatismo. En suma, si el medio es malo, la mejor de las metas se torna inalcanzable.
Es vedad que no se puede hacer una tortilla sin romper huevos, pero esta regla no puede tomarse por parangón en política, ya que no hay nada malo en romper huevos. La metáfora adecuada es otra, a saber, el remedio no debe matar al enfermo. Hay remedios desagradables y operaciones dolorosas, pero unos y otros son justificables si salvan la salud, e injustificables si la empeoran. Toda acción humana, por buenos que sean sus efectos, tiene efectos colaterales negativos. Debemos estar dispuestos a apechugar con estos si la meta vale la pena, pero a condición de que los medios elegidos no comprometan la meta misma. Si rompemos los huevos empleando cartuchos de dinamita no lograremos hacer la tortilla, e incluso pondremos en peligro nuestra propia vida.

Puesto que los medios importan tanto como los fines, toda vez que nos propongamos alcanzar una finalidad dada
debemos pensar bien antes de actuar: debemos hacer un análisis de probables costos y beneficios. Una finalidad de este análisis debiera ser el impedirnos emplear medios cuyo coste exceda el valor de lo que nos proponemos conseguir. De lo contrario imitaremos al general norteamericano que ordenaba el bombardeo de aldeas vietnamitas para salvarlas del comunismo. O imitaremos a Stalin, quien, con el pretexto de salvar la pureza del comunismo, ordenaba el fusilamiento de todos los comunistas de quienes sospechaba que discrepaban de él.
Si amamos a una persona, nos abstendremos de besarla cuando estamos aquejados de una enfermedad contagiosa.

Si somos demócratas auténticos no intentaremos imponer la democracia, porque ésta sólo se aprende participando desde abajo en la gestión de la cosa pública: desde arriba a lo sumo se puede dar buen ejemplo. Si apreciamos más la paz que la victoria, accederemos a destruir todas las armas ofensivas y a desmantelar todas las alianzas ofensivas. Si nos interesa el progreso político no ayudaremos a los enemigos de la libertad ni encarcelaremos a los disidentes, a menos que cometan actos criminales.

Una persona sólo es racional a medias, conocedora a medias, y decente a medias, si escoge medios malos para
lograr sus fines, por admirables que éstos sean. Una sociedad de beneficencia no es tal si trafica con drogas, o arrea con los ahorros depositados en un banco, para hacerse de medios para auxiliar a los menesterosos. Un gobierno no es bueno si se prepara para la guerra sin esforzarse por mantener o alcanzar la paz. (Si vis pacem, para pacem.)

Un político no es racional, conocedor ni decente si no entiende que los medios importan tanto como los fines, y que en los tiempos que corren el problema supremo es el de la posibilidad de omnicidio. El dilema supervivencia o extinción es el dilema político y moral supremo de nuestro tiempo. Político, porque resulta de la confrontación de dos regímenes políticos y, como tal, sólo podrá ser resuelto por medio de negociaciones políticas, o sea, de concesiones mutuas y de cooperación activa para apagar todos los focos posibles de conflicto internacional.
Y es también el problema moral supremo, no sólo porque involucra la posibilidad del asesinato en escala máxima, sino también porque, como ha dicho el R. P. Theodore Hessburgh, rector de la universidad católica norteamericana de Notre Dame, si no quedase gente por efecto de la hecatombe nuclear, tampoco quedarían problemas morales por resolver.

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