El ministro de Gobierno del gobierno que nadie eligió en Bolivia tiene miedo. Arturo Murillo sabe que, de jugar limpio, la candidatura que él impulsó para que la presidenta Jeanine Áñez se quede en el poder no tiene futuro y que, en esas condiciones, a él le espera una cita con la justicia.

Murillo ha tratado de jugar al sherif con una violencia que en su patetismo no ha dejado de doler. Su abuso indiscriminado de las herramientas del Estado es precisamente uno de los culpables del fracaso de Áñez, a quien maneja sin descaro y cuya popularidad se hunde en sentido contrario al aumento de las arbitrariedades del ministro, apodado El Bolas por su propio jefe, Samuel Doria Medina.

Así, El Bolas, anda buscando una alianza con la única candidatura que podría vencer Luis Arce, sucesor de Evo Morales. Por eso ha tocado la puerta de Carlos Mesa con el rabo entre las ídem: sabe que en una alianza le va la vida: cualquier gobierno en donde él no meta la mano le mete mano. 

Y con razón: sus espectáculos tristes, cómo las ídem, mostrando esposas y anunciando cárcel como si de un juez se tratase a quien quiera que disienta con el gobierno que sería transitorio pero quiere cumplir un año, han derivado en delitos graves contra los derechos humanos. 

No lo digo yo: lo dice la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Lo dice Human Right Watch. Lo ha dicho hasta la OEA, socia del gobierno pero no hasta el punto ciego de consentir el espectáculo del shérif de barrio que encierra tuiteros y propone robar el salario de los empleados públicos.

Ante la inminencia de las elecciones, Murillo anunció que anunciaría una alianza con Carlos Mesa que desconocieron en su partido, en el otro y hasta en su casa. El Bolas quiere que la alianza se haga pero su patrón, no. Doria Medina nunca antes estuvo tan cerca de asegurarse el poder y ahora, ante la caída del proyecto, prefiere morir (¡carajo!) que unirse a Mesa. 

Murillo no tiene el salvavidas millonario de su dueño y piensa en su futuro: Chonchocoro o el exilio. A menos que logre convencer a Mesa de aceptarlo entre sus filas, así sea como el operador del gobierno que le asegure una victoria nada clara. 

Pero el Bolas es capaz de meterlas si es que tiene que salvar el cuello, haciendo ganar a su rival con tal de que su responsabilidad en la muerte de al menos 30 personas quede en el olvido. 

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