No es necesario ser especialista en asuntos económicos y financieros para decir que la ayuda a los países poco desarrollados, por parte de los países poderosos, no ha pasado de las bellas palabras, de las generosas declaraciones de principios y los discursos oficiales. Tema de «mesa redonda», de entrevistas a personalidades por radio y televisión, de conferencias internacionales, en las que se oyen, se oyen, se oyen palabras y nada más que palabras, mientras en los países subdesarrollados la situación se agrava de día en día, aumentan en proporciones catastróficas la desocupación, la miseria y el hambre, y se hace crónica la inestabilidad política.

Que se ha hecho algo, no lo dudamos. Pero que se hace y se hará cada vez menos, tampoco hay que ocultarlo. Los que planearon la ayuda en formas de inversión de capital —ayuda e inversión ya suena raro— contaron con obtener ganancias importantes; no era tal ayuda, entonces, y se han decepcionado al darse cuenta que lo que se les pedía era que invirtieran en aquellos países, a fin de evitar que el mundo se precipitara al terrible dilema de países y minorías inmensamente ricas y países y mayorías inmensamente pobres. Se les pedía que sacrificaran, un poco, sus ganancias al principio de seguridad internacional, de seguridad colectiva.

Pero al problema de la inversión no rentable en la proporción que los países industrializados y poderosos esperaban se añaden otros problemas. El de la seguridad. No les ofrece garantía alguna o, como se escribe en cierta prensa, «ningún atractivo», invertir en países donde está por averiguarse si los Gobiernos representan a los pueblos o son simples clanes de intereses menores o grupos políticos que responden a formas de explotación primaría de las riquezas de esos países.

La madeja se complica. Al optimismo e ilusiones de los primeros momentos suceden el pesimismo y el desinterés. ¿Cómo se va a ayudar a países que no hacen nada? Pero también, ¿cómo van a poder hacer algo esos países si la ayuda no va a los pueblos? ¿Y cómo podría ir a los pueblos? Este es el punto neurálgico de la cuestión. Buscar y encontrar la forma de que el desarrollo de dichos países esté no sólo en manos de los Gobiernos, sino de otros grupos de poder, en lo que ya se llama una economía concertada.

O bien, como ya también se anuncia, crear un impuesto internacional de solidaridad con los países subdesarrollados, a fin de prestarles la ayuda urgente que necesitan en la actualidad. El manejo de este impuesto estaría en manos de las Naciones Unidas. Por otra parte, siendo que dichos países en vías de desarrollo no necesitan solamente de capitales, sino de ayuda técnica, a través del organismo de las Naciones Unidas que se ocupara del cobro y distribución del impuesto se pondrían a disposición del «tercer mundo» los expertos y cuantos elementos fueran necesarios.

Muchas son, insistimos, las necesidades de aquellos países atrasados en su desarrollo agrícola e industrial. Mientras en los países avanzados todo, o casi todo, el trabajo agrícola se realiza con maquinaria, en muchos, si no en la mayoría de los países subdesarrollados, se emplean bestias y hombres: siguen con los sistemas del tiempo de los faraones. Mujeres, mujeres hemos visto en alguno de esos países tirando de los arados. Y esto, repitámoslo, en tiempo en que el hombre va al cosmos, estamos en vísperas de llegar a la Luna y poseemos máquinas electrónicas que hacen manejables las cifras inmensísimas, inabarcables por la cabeza humana, de lo que se gasta en cada viaje interplanetario o cada día de las guerras sucias o localizadas.

Hay, por lo tanto, la ayuda de cuadros técnicos de que tanto necesitan los países del «tercer mundo», cuadros que planificarían las posibilidades de su rápido desarrollo, de un pronto avance en su producción agrícola industrial. Sin embargo, no debe callarse, muchos de esos cuadros, y sería el caso de preguntar a la UNESCO y a la FAO, son resistidos por los que ahora explotan las economías de miseria de esos países, explotación que significa el empobrecimiento de los mismos, aniquilación de sus riquezas, destrucción de sus bosques, agotamiento de sus industrias de extracción y, lo más grave, destrucción por falta de alimentos, exceso de trabajo, climas insalubres y malas condiciones de vida, del capital humano.

Sin entrar al terreno político, que aquí tocamos tangencialmente y que es, sin duda, la llave de la cuestión, subrayaremos las atingencias del problema con los agobiadores déficits agrícolas de los países subdesarrollados y el crecimiento de su población. Por una parte, la producción agrícola no ha aumentado y, aunque hubiera habido algunas alzas sensibles, éstas se ven anuladas, reducidas a cero, dice un diario francés, por el aumento demográfico. Hablando en números, en los trece últimos años, la producción agrícola por habitante en los desarrollados aumentó el 15 por 100, pero sólo aumentó el 1 por 100 en los países del «tercer mundo». Esta descompensación, este desequilibrio, obliga a pensar, en primer lugar, en un desarrollo en aumento de la agricultura, tal y como se anunció en la última reunión de la FAO, en Roma.

Tuvimos oportunidad de asistir, como espectadores, a algunas de las sesiones de este organismo internacional, de oír muchas cosas, de leer muchas más, y allí nos propusimos escribir este comentario, pues la conclusión que sacamos es que la ayuda a los países en vías de desarrollo —duele eso de subdesarrollados— no pasará del campo «verbal».

Y la tal ayuda…

¿No sería mejor pensar en que esos pueblos no fueran explotados inmisericordemente y lograr, y éste es el caso de América latina, que las materias primas se pagaran al precio que corresponde? ¿Y que la tan cacareada ayuda no se destinara sólo a las fuerzas de «opresión», sino fuera también a instituciones que, previa planificación, se encargaran de una racional aplicación de los fondos al efectivo desarrollo de aquellos países?

Todo será posible cuando se pase de la ayuda «verbal» a la ayuda efectiva y esto, desgraciadamente, no será pronto.

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