¿Cara oculta de la sociedad del conocimiento?

Dos tesis.

Dos tesis básicas desvelan una «sociedad de la incultura» que -¡gran paradoja!- se desarrolla de forma paralela y amenazadora con la «sociedad del conocimiento». En cierto sentido, es incluso su necesaria consecuencia hasta hoy inadvertida, la «sombra» que proyecta su luz, sus contrastes y sus contradicciones.

En primer lugar, a inicios del siglo XXI, estamos inmersos por lo que respecta al conocimiento en un inmenso proceso malthusiano: con las crecientes interrelaciones que genera la globalización e Internet, el crecimiento hiperbólico en la información disponible es muy superior al de la capacidad de los individuos para procesar dicha información. A pesar de las ayudas informáticas, bibliográficas, documentalistas, etc., la condición humana tiene unos límites biológicos y neuronales que impiden, a largo plazo, seguir la mencionada progresión geométrica de los conocimientos. Dada pues la creciente desproporción entre la capacidad colectiva para crear saber y la capacidad individual para asumirlo e integrarlo vitalmente, parece justificado y quizás inevitable el advenimiento de una «sociedad de la ignorancia» (Brey), «del desconocimiento» (Innerarity) o «de la incultura» (Mayos).

En segundo lugar, por encima de otras perspectivas similares, la denominación «sociedad de la incultura» parece describir más adecuadamente las paradojas y contradicciones que hoy emanan tras la «sociedad del conocimiento». Pues, continuará aceleradamente el proceso de creciente especialización de los expertos, con lo cual a medio plazo no se prevé el colapso del conocimiento experto ni de los técnicos especializados. Salvando los aspectos específicos destacadas por Innerarity, la «sociedad del conocimiento» científico-tecnológica podrá determinar lo que en cada caso será considerado como «cierto», «establecido por la ciencia» o «más adecuado tecnológicamente».

Ahora bien, sí que cabe dudar de que la mayoría de la población pueda tener un conocimiento, cultura o «sabia» composición general del estado global de los saberes humanos y sus problemáticas. Es decir continuará el conocimiento especializado y experto, pero aumentarán las dificultades de la gente (fuera del propio campo de especialización) para disponer de una «cultura» general o «capacidad de hacerse cargo» reflexivamente de las problemáticas humanas en conjunto. Ello no es accesorio pues, si la mayoría de la población no puede interiorizar tal conocimiento general, resultarán altamente problemáticas sus decisiones políticas a través del voto y la participación democrática.

Es imprescindible pues preguntarnos: ¿Puede prescindir la humanidad -especialmente una humanidad organizada democráticamente- de una tal cultura general en sus ciudadanos? ¿Una «sociedad de la incultura» puede continuar siendo democrática y/o hacerse cargo de sus problemas crecientemente complejos? ¿Puede continuar la actual construcción de la «sociedad del conocimiento» sin que paralelamente estemos labrando también una «sociedad de la incultura»?

Proceso malthusiano.

La globalización y la potente interrelación impulsada por las actuales tecnologías de la comunicación y la información (TIC) genera un claro proceso malthusiano en el conocimiento. El crecimiento hiperbólico en la información generada colectivamente es muy superior al aumento meramente aritmético en las posibilidades de los individuos para procesar dicha información.

El lúcidamente pesimista economista y demógrafo británico Robert Malthus[20] ya formuló una tesis parecida llamada «ley de Malthus». Decía: la producción de alimentos tiende a crecer a largo plazo según una progresión aritmética (del tipo: 2, 4, 6, 8, 10, 12, 14, 16, 18, 20, 22…, ó 2x), en cambio la población humana total y a largo plazo tiende aumentar en progresión geométrica (del tipo: 1, 2, 4, 9, 16, 25, 36, 49, 64, 81, 100, 121…, ó x2). A largo plazo y más allá de puntuales circunstancias favorables o desfavorables tanto en la producción de alimentos como en la población, la mencionada diferencia en sus respectivas tasas de crecimiento conlleva -afirma Malthus- que todas los incrementos alimenticios sean inevitablemente consumidos por el crecimiento demográfico; de tal manera que la mayoría de la humanidad tiende a vivir siempre en el límite de depauperación, si no se aplican drásticas políticas de moderación demográfica.

Pues bien, una ley muy similar a la de Malthus se cierne sobre las sociedades avanzadas, del conocimiento y sus culturas democráticas[21]. El saber producido colectivamente gracias a las TIC e Internet amenaza superar las capacidades cognitivas individuales de la gente. La actual «sociedad red» teorizada por Manuel Castells genera una progresión geométrica de enlaces, informaciones y conocimientos. La veloz circulación por sus nodos posibilita una gran interactividad, productividad y creatividad, permitiendo que proliferen exponencialmente las nuevas ideas o informaciones, y que, cada vez más, sean desarrolladas colectivamente y pasen a formar parte, simultáneamente, del patrimonio de todos y de nadie[22]. La enormidad de saber relevante producido amenaza superar las capacidades de la gente común; no tanto en cuanto expertos en algún campo especializado, como en tanto que ciudadanos que tienen que decidir democráticamente y con conocimiento de causa sobre procesos crecientemente complejos.

Ciertamente y al menos a medio plazo, esa amenazante obsolescencia cognitiva en los individuos no se producirá en su campo profesional, especializado y donde sean expertos; pero sí en aquellos conocimientos generales que precisan para, en tanto que ciudadanos con derecho a voto, poder decidir democráticamente y con conocimiento de causa sobre los procesos crecientemente complejos que configuran la vida humana actual. No cabe duda de que la profesionalización y especialización laboral de los ciudadanos -en tanto que trabajadores- recibirá suficiente apoyo de todo tipo para garantizar a medio plazo que, en general, se alcancen los altos estándares productivos de la «sociedad del conocimiento», ni es necesario poner de manifiesto nuevamente cómo aumenta la distancia entre la gente y los países que han logrado incorporar las nuevas herramientas tecnológicas y adaptarse a las recientes exigencias cognitivas, y los que no.

Sí que es momento, en cambio, de plantear la duda, objetivamente justificable, de qué se hagan similares esfuerzos para preparar y formar los individuos en tanto que ciudadanos y para que puedan hacer frente a las exigencias responsables de sus decisiones políticas y de voto en cuestiones de gran complejidad e importancia para todos. La habitual limitación a lo meramente productivo a corto plazo (sin duda uno de los peores vicios de nuestra sociedad) suele dejar, cada vez con mayor frecuencia, las cuestiones políticas, éticas y sociales a largo plazo y que atañen al conjunto, a merced de la benevolencia o responsabilidad individual. Como si se tratara de algo sin importancia o de mucho menor interés, se relega todo ello no sólo a la responsabilidad individual, sino al espacio de «tiempo libre» o de «ocio», en una competencia totalmente desproporcionada con los alicientes, tentaciones, diversiones y propuestas de consumo desaforado que la sociedad «del consumo» y «del espectáculo» ofrece.

Frente a la creciente obsolescencia cognitiva de los ciudadanos (que son la condición última de la democracia), poco pueden hacer a largo plazo las mejoras en la alfabetización de la población, en documentalística, en facilitar el acceso a la información o, incluso, los notables e indudables avances tecnológicos pues, en última instancia, deben ser ciudadanos de a pie y con sus concretas dotaciones neuronales o fisiológicas, los que se hagan cargo de la información generada colectivamente y en constante crecimiento exponencial. En última instancia, también y necesariamente han de ser ciudadanos de a pie los que deciden democráticamente a partir de su buen entender personal sobre las cuestiones humanas más complejas.

La incultura como peligro para la democracia.

Hay un consenso bastante generalizado entre los analistas sobre que, en la actualidad, es constatable la creciente incapacidad de muchos ciudadanos para ejercer con rigor su voto y tutela democráticos. Gran parte de la ciudadanía se desentiende de lo público común y se retira a lo privado, ya sea a un ocio banalmente reducido a mera diversión, ya sea profesionalmente a un trabajo superespecializado y fragmentario.

La evolución de la sociedad moderna ha tendido a magnificar la vida privada en detrimento de la pública, de la política colectiva y de la buena salud de la democracia. Puede parecer una paradoja, pero la misma modernidad que edificó la democracia, la está banalizando o debilitando su salud a medida que desvía los esfuerzos e intereses de los ciudadanos hacia lo privado. Por una parte, la vida profesional «privada» concentra y exige cada vez más los esfuerzos continuados de la población. Además, otra amplísima parte del tiempo y disponibilidades restantes se dedican a una vida aún más «privada» de ocio, consumo y diversión.

El ciudadano moderno siente una indudablemente fuerte presión para que mantenga y acreciente su capacitación productiva, profesional, especializada y experta. Sin ninguna dura siente una muy similar presión para consumir los más variados productos y llenar satisfactoriamente su tiempo de ocio y esparcimiento. Nada que objetar a todo ello pues son claramente las dos dimensiones clave de la actual sociedad avanzada: conocimiento y alta productividad tecnológica, pero también consumo y espectáculo. No obstante muchas veces se obvia el precio pagado por ello, el costo subyacente de relegar a la vida política «pública» a un segundo plano. Por ello languidece y se debilita la exigencia ciudadana de atender colectiva y democráticamente a las dificultades globales crecientemente complejas de las sociedades actuales.

Evidentemente no olvidamos que, desde hace décadas, las posibilidades de la representación democrática minimizan el creciente interés y obsolescencia cognitiva de los ciudadanos frente a los complejos problemas públicos. Se considera y se tiende -a nuestro parecer excesivamente- a desplazar muchas cuestiones del debate ciudadano, remitiéndolas a la decisión (o al menos mediación) de «comités expertos», de «informes técnicos» o de los foros políticos «profesionales» dentro y fuera de los partidos. La poca preparación o disponibilidad de los ciudadanos para hacerse cargo de todos los complejos entresijos de lo público y de lo político es la causa de la actual incultura política y debilidad democrática. Ahora bien, suele ser una razón muchas veces esgrimida pero pocas veces analizada a fondo y, aún menos, con decidida voluntad de enmendarla.

El resultado es claro: cada vez más importantes asuntos que atañen a todos y afectan al común se deciden en canales para-democráticos alejados de la ciudadanía, del ejercicio más directo de la democracia y limitados a expertos y políticos profesionales. No es extraño, en contrapartida, que gran parte de la política democrática (a veces simplemente «demoscópica») pase a centrarse en la lucha para influir emotivamente en el cuerpo electoral a través de los grandes medios de comunicación.

El actual dominio de la propaganda epidérmica, dirigida a las pasiones de las masas, casi sin argumentos ni datos fiables, y que busca sobre todo la movilización o manipulación demoscópica, aumenta la obsolescencia cognitiva creciente por parte del ciudadano de a pie. La razón es simple: éste no tan sólo debe dedicar sus esfuerzos para hacerse una opinión fundamentada de los problemas colectivos y su posible solución política, si no que además debe dedicar un importante esfuerzo adicional para mirar de encarar los problemas democráticos con una mínima ecuanimidad. A pesar de ser muy conscientes y críticos con la actual deriva propagandista de la democracia, y que sin duda aumentan los efectos del proceso malthusiano en el conocimiento, no profundizaremos en ello para seguir más puramente nuestro hilo argumentativo.

Las cuestiones económicas y políticas básicas son hoy de una complejidad que, ¡superando a los especialistas, cómo no va superar a los ciudadanos medios! Baste recordar la sorpresa unánime y no prevista a corto plazo por ningún analista -en 1989- ante hechos tan importantes como la caída del muro de Berlín, del «telón de acero» y de la URSS; o la sorpresa de los cracs en la bolsa de «las empresas.com», luego de las «hipotecas» y -finalmente- de la profunda crisis económica que hoy padecemos. El sociólogo Ulrich Beck[23] avisó sobre el enorme incremento del riesgo en las sociedades avanzadas simplemente por su aumento de complejidad, la integración global y la velocidad con que todo circula[24].

En otro orden de cosas, las posibilidades actuales en bioingeniería, genética, trasplantes o simplemente de intervenir científicamente en la gestión de la vida han provocado un comprensible y a veces virulento debate ciudadano. Muchas veces éste se lleva a cabo con prejuicios y posiciones emotivas muy infundadas; ello no debe extrañar pues cualquier ciudadano que haya querido hacerse una opinión fundamentada sobre los grandes debates bioéticos actuales, claramente queda superado por su creciente complejidad y sus múltiples implicaciones.

En los ejemplos mencionados vemos que, ciertamente, el conocimiento experto y especializado continúa con relativa buena salud (teniendo en cuenta los límites apuntados por Innerarity), pero no es así en cambio por lo que respecta a la capacitación de los ciudadanos de a pie para hacerse cargo racional y democráticamente de los problemas humanos actuales. Tiene razón por ello, Antoni Brey al denunciar el advenimiento de una sociedad de la «ignorancia»; aunque nosotros preferimos hablar de «sociedad de la incultura» en la medida que sobre todo amenaza al saber y la cultura generales sin los cuales el individuo está inerme, desconcertado e incapacitado para toda reflexión o decisión política que vaya más allá de «intuir» los problemas y «reaccionar emotivamente» a ellos.

¿Alienación postmoderna?

Se ha convertido en un tópico vincular la «condición postmoderna» con el enorme incremento de las actitudes cínicas, desconcertadas, angustiadas, nihilistas, «pasotas», «escapistas»… Evidentemente tiene que ver con una profunda crisis de valores, pero nos proponemos apuntar que seguramente también tienen que ver con la percepción -por gran parte de la población- de que hoy las convicciones, las certezas y las verdades ya no son igualmente posibles como ayer.

A pesar que nadie duda del enorme incremento en el conocimiento colectivamente disponible por la humanidad, los individuos perciben que sus convicciones, certezas, verdades y consolidados valores «personales» han disminuido en número, en solidez y en seguridad. Inconscientemente, la gente intuye que un proceso malthusiano en el saber «corroe» las certezas, los valores y los ideales que les acompañaban; pues cada vez más les falta la cultura y perspectiva globales necesarias para acogerlos y defenderlos racionalmente. La sociedad, los valores y los saberes han perdido su anterior solidez y hoy se muestran fluidos, líquidos (como ha teorizado Zygmunt Bauman[25]).

En la modernidad, y durante siglos, la identidad de las personas solía estar muy vinculada al trabajo o a la profesión ejercida (Weber hablaba de «vocación»), que -se suponía- era para toda la vida -al menos si era exitosa. El sociólogo Richard Sennett denuncia la «corrosión del carácter» que a su parecer produce el capitalismo avanzado, pues: «¿Cómo pueden perseguirse objetivos a largo plazo en una sociedad a corto plazo? ¿Cómo sostener relaciones sociales duraderas? ¿Cómo puede un ser humano desarrollar un relato de su identidad e historia vital en una sociedad compuesta de episodios y fragmentos? (…) el capitalismo del corto plazo amenaza con corroer el carácter, en especial aquellos aspectos del carácter que unen a los seres humanos entre sí y brindan a cada uno de ellos una sensación de un yo sostenible»[26].

Todo lo anterior apunta a lo que podemos llamar la «alienación postmoderna». En plena «sociedad del conocimiento», una amenazante «alienación postmoderna» se cierne -paradójicamente- sobre la sociedad humana con mayor tasa de crecimiento cognoscitivo y en la circulación de las informaciones, provocando una paralela y hasta ahora inapreciada «sociedad de la incultura». En una dialéctica sorprendente y paradojal (aunque no tanto como podría pensarse), la capacidad humana colectiva de multiplicar exponencialmente los enlaces cognitivos y los saberes participa -de no mediar algún elemento corrector- en la creciente obsolescencia cultural de la mayoría de la población. Sencillamente, los individuos aisladamente y fuera de su especialización profesional son manifiestamente incapaces a largo plazo para seguir el ritmo exponencial de la producción cognitiva colectiva, global y especializada.

Hablando con sencillez, la sociedad del conocimiento, ultraespecializada y a lomos de las TIC[27], amenaza a sus ciudadanos con la obsolescencia en todos los campos en los que no sean expertos profesionales. Brevemente: la sociedad del conocimiento no sólo se solapa con la sociedad de la incultura, si no que la crea o -al menos- la pone en toda su evidencia. La expertez y la ultraespecialización (al menos tal y como se desarrollan en nuestras sociedades avanzadas) conllevan la creciente incultura a que nos vemos abocados -en tanto que ciudadanos de a pie- para hacernos cargo personalmente de lo global y común al género humano.

Se suele considerar y es ya un tópico, que la «sociedad del conocimiento» evidencia, finalmente y con toda contundencia, que la especialización de los expertos profesionales «triunfa» por encima de los viejos «sabios» contemplativos y de los «hombres cultos» del Renacimiento. Aparentemente es el triunfo definitivo de los científicos, ingenieros y tecnólogos por encima de los humanistas y los filósofos. De poco sirve argumentar que la ciencia está cada vez más supeditada a la aplicación tecnológica y que los científicos cada vez se convierten en meros gestores tecnológicos. Tampoco relativiza el tópico anterior, argumentar que cada vez más los científicos se sienten meros instrumentos de un proceso productivo que no controlan ni, a veces, conocen en su globalidad. Como ya sucedió en el famoso Proyecto Manhattan que llevaría a la bomba atómica, los científicos pierden el control y agencia autónoma de su investigación dentro de las macroestructuras en las que hoy están inscritos. Unas veces se dice que es por «seguridad», otras para evitar el «espionaje industrial», pero muchas veces es simplemente un resultado de ultraespecialización y la jerarquización institucional.

En la actualidad hay consenso general en qué también resulta imposible al científico hacerse cargo globalmente de los múltiples avances en el conjunto de las teorías, áreas y disciplinas científicas. Ello es un claro efecto del proceso malthusiano en los saberes que afecta a la actual «sociedad del conocimiento», pero insistimos que no prevemos por esta dirección el colapso o radical obsolescencia cognitiva a medio plazo. La «alienación postmoderna» que parece ser la consecuencia inadvertida de ese proceso se manifiesta más bien en la incultura y la obsolescencia cognitiva que amenaza con incapacitarnos para el ejercicio responsable de la ciudadanía democrática.

Además y como hemos apuntado, la creciente separación entre ciudadanía y las instituciones democráticas sólo se intenta compensar recurriendo a «políticos profesionales», a «expertos» y a «comités técnicos». Se olvida que éstos, dada su ultraespecialización y la lógica dependencia de las reglas internas de su «gremio», están abocados a lo que los griegos clásicos llamaban «idiotez»[28] o, al menos, una notable «ceguera» respecto al conjunto del mundo, de lo humano y de las necesidades globales hoy. Una vez más la especialización en un aspecto, provoca la ceguera o inatención respecto a lo común, compartido y humano en general.

El postmodernismo ha destacado la importancia de la sociedad del conocimiento, de las tecnologías de la comunicación y la información (p.e. Jean- Frangois Lyotard o Gianni Vattimo) pero también de otros aspectos de la sociedad contemporánea muy vinculados con lo que llamamos «sociedad de la incultura». Nos referimos por ejemplo a la «sociedad del espectáculo» teorizada por Guy Debord y los situacionistas, la cultura «del simulacro» denunciada por Jean Baudrillard o la «era del vacío» analizada por Gilíes Lipovetsky[29].

Muy similarmente pero bastante antes, Jorge Luis Borges anticipó magistralmente en «La biblioteca de babel»[30] la angustiante y paradójica sensación que provoca el proceso malthusiano en el saber: «A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. {…} La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. {…} Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.»

La sociedad postmoderna del conocimiento y las TIC ha creado los medios para que la creación colectiva del saber pueda expandirse exponencialmente y subsista sin necesitar a la conciencia, memoria, reflexión… de ningún humano individual o en concreto. La «sociedad del conocimiento» hace posible que el saber exista por los nodos de Internet con independencia de cualquiera de nosotros. Por ello, en la actualidad no importa si jamás nadie llega a interesarse por algunos aspectos concretos y, por supuesto, si es imposible que ningún individuo pueda conocer la totalidad del conocimiento creado colectivamente y nadie pueda hacerse cargo de la estructura del conjunto. Eso es lo que Antoni Brey llama «sociedad de la ignorancia», Daniel Innerarity «sociedad del desconocimiento» y nosotros «sociedad de la incultura» (o en virtud de la época donde se evidencia: «alienación postmoderna»).

Notas

[1] The Guardian, 22 de mayo de 2005. Puede consultarse la entrevista completa en http://www.guardian.co.uk/science/2005/may/22/comment.observercomment <<

[2] Aristóteles. Metafísica, 980a-982b7 <<

[3] Peter F. Druker. The Age of Discontinuity: Guidelines to Our Changing Society. Harper & Row, 1969. <<

[4] Firtz Machlup. The Production and Distribution of Knowledge in the United States. Princeton Univ Press, 1962. <<

[5] Karl Marx en su debate con el economista alemán Friedrich Lict, 1845. <<

[6] Manuel Castells. The Information Age: Economy, Society, and Culture. Blackwell Publishers, 1996-2003. <<

[7] Gilles Lipovetsky. Les temps hypermodernes. Grasset, 2004. <<

[8] Donella H. Meadows, Jorgen Randers, Dennis L. Meadows. Limits to Growth: The 30-Year Update. Chelsea Green, 2004. <<

[9] Alfons Cornella. Com sobreviure a la Infoxicació.

http://www.infonomia.com/img/pdf/sobrevivir_infoxicacion.pdf <<

[10] Neil Postman. Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business. Penguin Books, 1985. <<

[11] Jeroen Boschma, Inez Groen. Generatie Einstein, slimmer sneller en socialer: communiceren met jongeren van de 21ste eeuw. Pearson Education, 2006. <<

[12] John C. Beck, Mitchell Wade. The Kids are Alright: How the Gamer Generation is Changing the Workplace. Harvard Business School Press, 2006. <<

[13] Alan Sokal, Jean Bricmont. Impostures intellectuelles. Odile Jacob, 13. 1997. <<

[14] Russell Jacoby. The Last Intellectuals: American Culture in the Age of Academe. Basic Books, 1987. <<

[15] Allan Bloom. The Closing of the American Mind. New. Simon & Schuster, 1987. <<

[16] The Matrix. Wachowski brothers. Warner Bros, 1999. <<

[17] José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas. Revista de Occidente, 1930. <<

[18] Giovanni Sartori. Homo videns. Televisione e post-pensiero. Laterza, 1997. <<

[19] Este modelo está siendo sometido a crítica desde varios ángulos y por diversos autores. Desde el punto de vista de la sostenibilidad, por el anteriormente citado Limits to Growth. Como modelo para aportar felicidad al ser humano, por ejemplo en El fetiche del crecimiento, de Clive Hamilton, e incluso poniendo en duda la misma idea de progreso, en varios trabajos de John Gray. <<

[20] Robert Malthus (1766-1834) fue educado según los principios pedagógicos de Rousseau, renunció a su ordenación como sacerdote anglicano al casarse y fue profesor de economía en una nueva institución universitaria destinada a formar los funcionarios de ultramar del Imperio británico. En 1798, influido por Adam Smith y David Hume, publicó anónimamente su célebre Ensayo sobre el principio de la población por lo que afecta a la futura mejora de la sociedad, que provocó una enorme polémica. En 1804 apareció una edición ya firmada por su autor, ampliada y corregida con las investigaciones de los viajes de Malthus por gran parte de Europa. También publicó Observaciones sobre los efectos de las leyes de granos, Investigación sobre la naturaleza y progreso de la renta y Principios de economía política. <<

[21] Véase mi conferencia L’alienació postmoderna en la UPEC (Universitat Progressista d’Estiu de Catalunya), pronunciada el julio del 2008. <<

[22] Véanse los libros de Manuel Castells: (2006) La Sociedad red. Una visión global, Madrid: Alianza, y (2004) Sociedad del conocimiento, Barcelona: UOC. <<

[23] Véanse básicamente los libros de Ulrich Beck: (2002) La sociedad del riesgo global (Madrid: Siglo XXI), (2006) La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad (Barcelona: Paidós) y (2008) La sociedad del riesgo mundial: en busca de la seguridad perdida (Barcelona: Paidós). <<

[24] El sociólogo alemán Ulrich Beck define la actualidad en términos de «sociedad del riesgo», precisamente porque la creciente interrelación mundial comporta e incrementa muchos peligros. Un ejemplo muy claro fue la rápida propagación global de la sida, que ya tuvo un antecedente en la famosa «peste negra» de mediados del siglo XIV. Recordemos que la peste negra pudo viajar en los barcos que por mar enlazaban por primera vez en la historia el Extremo Oriente (donde brotó la enfermedad) y los más ricos y populosos puertos del Mediterráneo. Evidentemente hoy las muy superiores posibilidades de rapidísima y masiva circulación de mercancías y personas acentúan los riesgos. <<

[25] Destacamos los libros de Zygmunt Bauman: (2003) Modernidad líquida, México: FCE; (2003) Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil, Madrid: S.XXI; (2007) Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores, Barcelona: Paidós; y (2007) Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre, Barcelona: Tusquets. <<

[26] Richard Sennett (2000: 25) La Corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Barcelona: Anagrama. <<

[27] Alfons Cornella ha creado para denominar ese fenómeno el agudo neologismo «infoxicación». <<

[28] En el sentido griego etimológico de incapaz por estar totalmente aislado o separado de aquello de lo que se trata. Políticamente se aplicaba a aquellos que sólo atendían a sus intereses privados y eran incapaces de valorar o atender a los intereses comunes. <<

[29] Complementada por sus obras sobre El crepúsculo del deber o La sociedad de la decepción. <<

[30] Cito per les Obras completas 1923-1972, Buenos Aires: Emecé, pp.468 i 470s. Subrayados de G.M. <<

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