Para ser sincera, debo decir que mi época no me inspira más que odio y aburrimiento. No sé si el odio que siento es justo o si es debido a que me he vuelto vieja y retrógrada, tediosa e hipocondríaca. Creo que mucha gente de mi generación se hace esta misma pregunta.

Tengo la impresión de que el odio y el aburrimiento empezaron en mí en un momento determinado. No sé precisar ese momento en el tiempo, pero sé que todo sucedió de golpe, y no poco a poco. Fue hace algunos años, quizá cinco o seis años. Antes, todo aquello que mis contemporáneos perseguían y amaban nunca me resultaba odioso ni extraño; todo lo que despertaba curiosidad, seducía y atraía a la gente de mi alrededor, me despertaba curiosidad, me seducía y me atraía también a mí. Sin embargo, de pronto sentí que ya no era así; que yo seguía persiguiendo en mí cosas que a los demás les tenían sin cuidado y a la inversa. Y lo que deleitaba a mis iguales, a mí no me inspiraba más que rechazo. Si tuviera que traducir lo que me ha ocurrido en una imagen, diría que tengo la sensación de que de golpe el mundo se ha cubierto de hongos y que a mí esos hongos no me interesan.

Querría discernir, de todos modos, si es un hecho que debo explicar con mi vejez, personal y privada, o si por el contrario de golpe ha tomado forma en mí un odio justo. Esta conducta de indiferencia o de repulsión por las curiosidades, las inclinaciones y las costumbres que nos rodean en nuestro presente, me parece en sí misma por lo menos necia y reprobable. Rechazar el presente, aislarse en la nostalgia de un pasado ya muerto, significa negarse a pensar.

Me parece más necia todavía, sin embargo, y aún más censurable, la conducta contraria, o sea, obligarnos a nosotros mismos a venerar y a seguir todo cuanto de nuevo comparece a nuestro alrededor. Esta es una ofensa todavía peor contra la verdad. Supone tener miedo de mostrarnos como somos, es decir, cansados, desabridos, ya inmóviles y viejos. Supone sentir terror a ser dejados al margen, sentir terror de vernos rechazados, con nuestras inútiles nostalgias, en nuestros reinos de ruinas.

Que nuestra añoranza de un mundo desaparecido es inútil, no cabe duda. En efecto, aquel mundo, tal como era, no podrá volver jamás. Y por otra parte, no está claro que eso sea lamentable. El hecho de que nosotros sintamos la necesidad de añorarlo, porque era el mundo que hospedaba nuestra juventud, no implica más que una inclinación sentimental, una debilidad de nuestro espíritu. Pero dicho esto, lo que también está claro es que al ser humano le resulta totalmente imposible establecer qué cosas le son útiles y qué cosas le son inútiles. El ser humano no lo sabe.

Pienso que lo que más detesto de mi tiempo es precisamente una falsa concepción de lo útil y de lo inútil. Hoy se considera útil la ciencia, la tecnología, la sociología, el psicoanálisis, la liberación de los tabúes del sexo. Todo esto se considera útil, y está rodeado de veneración. El resto se desprecia como inútil. Pero en el resto hay un montón de cosas. Cosas a las que se tacha de inútiles porque no aportan al destino de la humanidad ningún provecho palpable. Sería difícil enumerarlas, porque son infinitas. Entre ellas están el juicio moral del individuo, la responsabilidad individual. La conducta moral individual. Entre ellas está la espera de la muerte. Todo lo que constituye la vida del individuo. Entre ellas está el pensamiento solitario, la fantasía y la memoria, el lamento por los tiempos perdidos, la melancolía. Todo lo que forma la vida de la poesía. Una palabra como esta, abandonada, escarnecida y humillada, parece hoy tan antigua e impregnada de viejas lágrimas y de polvo, como si fuera el espectro mismo de la inutilidad, que uno se avergüenza hasta de pronunciarla.

Puesto que se abandona y se maltrata todo aquello que forma la vida del individuo, dado que se veneran y se santifican los dioses de la existencia colectiva, el pensamiento solitario no se tiene en cuenta en absoluto. Ha sido decretado que no sirve para nada, que no tiene ningún poder, que no incide en absoluto sobre la vida del universo. Como la humanidad parece enferma, solo se consideran útiles a las cosas que se cree que pueden curarla.

El pensamiento solitario no aparece más que como un melancólico y estéril fruto de soledad y de esfuerzo; y hay dos cosas odiadas hoy en día con arrogancia: la fatiga y el esfuerzo. Se procura combatirlas y aniquilarlas en cuanto se vislumbra una tenue huella. Se forman grupos, para defenderse de la oscuridad y del silencio, de la presencia agotadora y penosa de la soledad. Se forman grupos para viajar, para existir, para tocar y cantar, para crear obras. Se forman grupos incluso para hacer el amor; resulta agotadora y penosa, y demasiado emparentado con la soledad, la famosa y antigua relación de una sola mujer con un solo hombre.

El deseo de defenderse a cualquier precio de la soledad y del esfuerzo, se ve claro sobre todo en dos expresiones de la vida actual: en las obras creativas y en las relaciones entre mujeres y hombres.

Entre las edades del ser humano, la preferida en la actualidad es la adolescencia, pues se trata de la edad en que se despierta a los placeres de la vida adulta y, a la vez, todavía no se ha llegado al trabajo de los adultos. Es también la edad en que las culpas son perdonadas. Así, el mundo actual parece un reino de adolescentes, mujeres y hombres se disfrazan de adolescentes, tengan la edad que tengan. En este sueño de adolescencia, hombres y mujeres se asemejan y se identifican, y así da la sensación de que quieren ser la misma cosa: el mismo ser ambiguo, lánguido, descarriado y suave, indefenso y tierno, con ropas de colores y harapos y cabelleras sueltas; sumergido en un eterno abandono, perdido en una eterna peregrinación, sin propósitos y sin tiempo. Una mezcla de virgen, prófugo, monje y princesa. Quieren parecer hombre y mujer a la vez, pero también ricos y pobres, y mezclar en ellos y compartir múltiples destinos; tampoco existen para él las estaciones, pues mezclan en sus ropas el verano y el invierno.

En la unión en grupo para hacer el amor, en el rechazo al secreto de la relación entre dos, hay aún un sueño de adolescencia. En este puede verse el deseo de que la relación más dramática de las existentes, la relación entre hombre y mujer, pierda su dramatismo y se convierta en algo inocente, que se parezca tanto como sea posible a un juego de muchachos, sin propósito, sin duración y sin esfuerzo, ligero, efímero y laxo.

En cuanto a las obras de creación, expresan del mismo modo un deseo de no esforzarse, de no trabajar, de no sentir dolor, de no derramar sangre; las novelas y los versos áridos y confusos que se escriben hoy en día, muestran con claridad que para escribirlos no ha sido necesaria ni la sombra de un auténtico esfuerzo, y que quien los ha escrito se ha limitado a reflejarse en su aridez y confusión; las obras de arte que se venden en las galerías y en los museos, compuestas de auténticos mangos de escoba y de auténticos cubos de plástico, los cuadros hechos de una simple capa de color, no han requerido más que lo que requiere una rápida búsqueda en la cocina o una veloz pincelada parecida a la que da quien pinta una habitación.

Al llevar el arte el peso de la realidad más efímera y miserable, el ser humano actual intenta expresar el vacío y la desconfianza que lo rodea, vacío del que no extrae más que una escoba, una bola de cristal o una mancha de pintura; pero expresa también su voluntad de ahorrarse la sangre, el trabajo, el tormento y la soledad de la creación.

En realidad, esfuerzo y soledad aparecen como los más temibles enemigos de la vida, porque la humanidad entera está oprimida por el esfuerzo y la soledad. El ser humano del pasado no lo sabía; podía vivir ignorando la desgracia de su especie. El ser humano de hoy no ignora ya nada de lo que ocurre a sus semejantes bajo el sol; y por eso no puede ya soportar la convivencia consigo mismo, odia su imagen y siente sobre sus extremidades el peso de una conciencia universal e intolerable. Su liberación consiste en suprimir de su espíritu toda inclinación hacia el dolor y el esfuerzo; y con ellos, cualquier sentimiento de culpa, cualquier solitario terror. Su liberación consiste en refugiarse en un estado de adolescencia eterna, de extrema irresponsabilidad y libertad; ocultar sus complejos, sus inhibiciones, sus neurosis; después de haberlas explorado durante mucho tiempo, desembarazarse de ellas, como de sombras o de pesadillas; considerarlas inútiles, y considerar inútil, junto a ellas, el mundo del espíritu.

El haberse desembarazado de complejos y de inhibiciones no lo vuelve más orgulloso o feliz, porque el ser humano de hoy en día no tiene en su interior un lugar donde ser feliz o sentirse orgulloso. Además sabe que el mundo de las angustias y de las pesadillas no se ha disuelto, sino que simplemente se ha desterrado y se acumulan en el umbral de entrada. Los instrumentos para defenderse de estas presencias ocultas se le han enseñado, y él los utiliza. Se trata de la droga, la colectividad, el ruido, el sexo. Son las expresiones múltiples de su libertad. Ni orgullosa ni alegre, y tampoco desesperada, porque no tiene memoria de haber esperado nada, privada de pasado y de futuro, porque no tiene propósitos ni recuerdos, esta libertad del ser humano de hoy busca en el presente no una felicidad frágil que, al no poseer fantasía ni memoria, no sabría cómo utilizar, sino una sensación instantánea de supervivencia y de elección.

Anulado el espíritu, el ser humano actual no tiene a su disposición nada excepto esta elección imperiosa, ocasional e instantánea. Lo que esta toma del presente es como el mango de escoba o los barreños de las actuales obras de arte: un objeto en realidad banal y vulgar, pero un objeto, elegido y atrapado al vuelo en el vacío; un signo de que todavía es posible una elección, que un objeto puede ser aún llamado único, pues ha sido elegido no se sabe por qué entre los millones de objetos idénticos que dan vueltas en los vórtices del espacio.

Febrero de 1970

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