De la abrumadora cantidad de mensajes en redes sociales, hay una suerte de meme especialmente divertido, cargado de sarcasmo, que sirve para arrancar esta discusión.

Más allá del jab político de fondo, la posibilidad (acertada o no, a juicio de cada uno) de tener “cuarentena escalonada, cuarentena especial, cuarentena obligatoria, cuarentena obligatoria con excepciones y cuarentena estricta” abre muchas preguntas de fondo, entre ellas: ¿qué diablos está pasando, de qué me perdí?

Aunque el miedo a perderse algo del eterno ciclo informativo ya era una especie de condición con cierto reconocimiento antes de la pandemia, la crisis desatada por la expansión del COVID-19 la ha convertido en un asunto vital: esa pieza de información que no vi a las 11:00 p.m., justo antes de irme a dormir, puede probar ser vital para enfrentar los días venideros, que llegan cargados de incertidumbre y potenciales peligros.

Claro, la forma más fácil de luchar contra este escenario es no desconectarse del ciclo informativo. Antes del advenimiento de la web social, esta ya era una posibilidad existente en las cadenas de noticias de 24 horas: CNN solucionaba, de cierta forma, la necesidad de información constante para quien tuviera un apetito voraz de realidad editada.

Así que, en cierto sentido, el hábito ya se había instalado, ya existía un proveedor de información constante (y de angustia, por momentos). Pero la universalidad de los teléfonos inteligentes y de las redes sociales establecieron una nueva escala para este fenómeno, que por estos días se conoce popularmente como ‘doomscrolling’.

En su definición más sencilla, ‘doomscrolling’ es la práctica de navegar en busca de información, pero hacerlo consistentemente, como si no hubiera un final (¿acaso internet lo tiene?); el término tiene una connotación peyorativa porque, más que proveer datos, hay una necesidad casi compulsiva de no despegarse de una realidad tan flexible y cambiante, como aterradora. El tuit de los tipos de cuarentena va justo a este punto. Y de nuevo emergen preguntas como: ¿qué ha pasado, qué viene mañana, qué se puede hacer hoy, hasta cuándo no podría hacer esto?

En una época de por sí angustiante y estresante, el consumo desaforado de información puede reforzar estas sensaciones; y esto contando con que la fuente de los datos sea creíble. Mejor dicho, la infoxicación (término acuñado para definir la intoxicación informativa) puede probar ser incómoda (cuando menos) o peligrosa (cuando más), consecuencias que se agravan severamente cuando la fuente que sacia esta sed infinita es Fox News o similares.

Ahora, el ‘doomscrolling’ también se alimenta de uno de los pilares de plataformas sociales o algunos medios informativos: el scroll infinito está ahí para ofrecer justo eso, una cantidad ilimitada de datos. Pero el punto lógico acá es que más no es necesariamente mejor. En este caso es sólo más, mucho más.

¿Qué hacer? La respuesta más inmediata y rotunda es abogar por una desconexión total. Pero esta puede ser una solución a medias porque el mundo moldeado por el COVID-19 ya introduce desconexiones y aislamientos como normas obligatorias. Las redes sociales y las posibilidades tecnológicas de hoy han jugado un papel vital para mantener relaciones en una época de distanciamiento social.

Hay estudios que incluso han encontrado que el uso de redes sociales (más que su consulta pasiva) puede proveer sensaciones de bienestar y participación activa en contextos sociales.

Entonces, si la desconexión absoluta puede no funcionar, ¿qué opciones quedan?

Karen Ho es una periodista de Quartz, un medio digital que se especializa en economía y tecnología (principalmente, aunque el sitio hoy tiene fronteras bastante más amplias). Desde hace unos meses empezó una especie de campaña en Twitter para invitar a sus seguidores a que se desconectaran en las noches de las malas noticias de un tiempo particularmente malo. De fondo, lo que Ho hacía era proveer un mensaje de alerta para cortar con la motivación detrás del ‘doomscrolling’.

Lo que Ho propone es obvio, pero puede resultar sorprendentemente eficiente: póngase horarios para enterarse de cómo el mundo parece estar yéndose al carajo. Como con otras tareas del día, navegar redes sociales o medios de comunicación para enterarse de qué está pasando debería tener espacios determinados en el calendario diario. Los comentarios a los mensajes de Ho en Twitter ofrecen una ventana de optimismo sobre esta técnica que, de nuevo, es más que obvia, pero que puede resultar eficiente para algunos.

Esta desconexión por momentos puede ir acompañada de algunos refuerzos, que son bien conocidos y comunicados por quienes trabajan en la naciente rama del bienestar digital. Primero, sálgase de sus perfiles de redes sociales, o sea, cierre sesión. Claro, la próxima vez que abra la aplicación va a ser un poco más “difícil” entrar a su cuenta. Pero ese es justamente el punto: un poco de fricción extra puede ayudar a desincentivar el consumo innecesario y, de paso, puede ayudar a evitar el ‘doomscrolling’.

Otra de las técnicas usadas en este campo es activar la función de escala de grises para los teléfonos inteligentes. Sí, todo se verá un poco mal y aburrido, incluso. Pero, de nuevo, es justamente el punto: el diseño de colores está pensado para incentivar el uso y el retorno de los usuarios. Los íconos de las aplicaciones siempre están en color por una razón.

Otro de los consejos más sencillos e inmediatos, no sólo para combatir el ‘doomscrolling’, sino en general para tener una relación menos tóxica con el teléfono, es desactivar tantas notificaciones como sea posible. El constante flujo de vibraciones, sonidos y despliegues gráficos es una fuente inagotable de distracción y, en general, de interrupciones. Esto no sólo puede impactar la productividad, sino comenzar a generar una suerte de ansiedad informativa.

De fondo, lo que un fenómeno como el ‘doomscrolling’ dice no es que la información sea mala o que hay que huirle a los datos. De ninguna forma. Lo que parece indicar es hacia un Norte en el que haya una relación más equilibrada entre la necesidad (y casi la obligación ) de estar bien informado en tiempos difíciles y el resto de ejercicios y prácticas que componen la vida diaria en la época del COVID-19.