Lo extraño, dijo él, era la manera en la que todos gritaban a la medianoche. Yo no sé por qué gritaban a esa hora. Nosotros estábamos en el muelle y ellos en el embarcadero y a medianoche se ponían a gritar. Nosotros solíamos iluminarlos con el reflector para calmarlos. Eso siempre funcionaba. Los iluminábamos con el reflector dos o tres veces y ellos se callaban. Una vez que yo estaba como oficial en el embarcadero, un oficial turco se me acercó hecho una furia porque uno de los marineros lo había insultado. Así que le dije que al tipo lo enviaríamos de vuelta al barco y allí sería severamente castigado. Le pedí que me lo señalara. Así que él señaló a un ayudante del artillero, un tipo totalmente inofensivo. Dijo que lo había insultado horriblemente, varias veces; me hablaba con la ayuda de un intérprete. Yo no podía imaginarme cómo el ayudante del artillero podía saber tanto turco como para insultar. Lo llamé y le dije:
—Y por si acaso, deberías haber hablado con alguno de los oficiales turcos.
—Yo no he hablado con ninguno de ellos, señor.
—No tengo ninguna duda de ello —le dije—, pero lo mejor es que vayas a bordo del barco y no vuelvas a bajar en lo que queda del día.
Luego le dije al turco que había mandado al hombre a bordo y que lo trataría con extrema severidad. Ah, con el máximo rigor. Eso le gustó. Nos hicimos grandes amigos.
Lo peor de todo, dijo, eran las mujeres con los bebés muertos. Era imposible hacer que las mujeres renunciaran a sus bebés muertos. Había bebés que llevaban seis días muertos. Ellas no querían soltarlos. No era posible hacer nada. Al final, había que entregárselos. Además, había una vieja, el más extraordinario de los casos. Se lo conté a un médico y me dijo que yo estaba mintiendo. Los estábamos sacando del muelle, tenía que sacar de allí a los muertos y esta vieja estaba acostada sobre una especie de camilla. Dijeron:
—¿Quiere echarle un vistazo, señor?
Tuve que echarle un vistazo y justo en ese momento la mujer murió y se puso totalmente rígida. Como si hubiera estado toda la noche muerta. Estaba totalmente muerta y absolutamente rígida. Se lo dije a uno de los médicos y él me dijo que eso era imposible.
Todos estaban en el muelle y no era como si hubiera habido un terremoto o algo parecido, porque ellos nunca supieron nada del turco. Nunca sabían lo que el turco estaba por hacer. ¿Recuerdas cuando nos ordenaron que no saliéramos a llevarnos a nadie más? Fui a echarle un vistazo esa mañana. Estaba muerto de miedo. Tenían toda clase de baterías y podrían habernos matado a todos. Nosotros teníamos que entrar, avanzar pegados, soltar el ancla y luego bombardear el barrio turco de la ciudad. Nos habrían borrado del mapa. Pero nosotros habíamos destruido la ciudad. Solo nos lanzaron unas cuantas municiones de fogueo. Kemal bajó y echó al comandante turco. Por abuso de autoridad o algo parecido. Se le subieron los humos. Hubiera sido un horrible desastre.
Te acordarás del puerto. Había muchas cosas bonitas flotando en el agua. Fue la única vez en la vida que algo me afectó tanto como para soñar con ello. A uno le preocupaban menos las mujeres que estaban dando a luz hijos que las que estaban con sus hijos muertos. Ellas parían como si nada. Es sorprendente que murieran tan pocas. Uno las cubría con algo y las dejaba que siguieran pariendo. Solo elegían los lugares más oscuros de la bodega para parir. A ninguna le importaba nada, una vez que hubieran salido del muelle.
Los griegos también eran simpáticos. Cuando los evacuaron se llevaron a todos los animales que pudieron, les rompieron las patas delanteras y los arrojaron al agua poco profunda. Todas esas mulas con las patas delanteras rotas tiradas en el agua. Todo era muy agradable. Te juro que todo me pareció tremendamente agradable.

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