Desde que el mundo es mundo, el propósito del teatro, como el de todas las otras artes, consiste en divertir a la gente.
Este propósito le confiere siempre su especial dignidad: no le es necesaria otra función que la de divertir; pero es ésta una condición indispensable. No se lo ennoblecería en modo alguno haciéndolo, por ejemplo, un mercado de la moral; sino que más probablemente se lo degradaría, como le ocurre cada vez que no se logra hacer que la moral divierta, divierta justamente a los sentidos —cuestión de la que, por cierto, la moral no puede sacar ventaja alguna.
También sería equivocado imponerle la obligación de enseñar, o bien, enseñar cosas más útiles que el saber que se mueve agradablemente, tanto del cuerpo como del espíritu. El teatro debe poder ser una cosa del todo superflua, lo que quiere decir, entiéndase bien, que por lo superfluo también se vive. Menos que ninguna otra cuestión la recreación tiene necesidad de justificación.
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