La palabra «crisis», en japonés, está compuesta por dos caracteres, que significan «peligro» y «oportunidad». Las crisis suelen poner de manifiesto los fallos que arrastramos. Tenemos la oportunidad de mejorar, quedarnos igual, o empeorar, en muchos sentidos.

Esta pandemia ha demostrado que la educación puede seguir funcionando desde casa. Los recursos digitales, las posibilidades de comunicación, la variedad de materiales, los distintos soportes en que realizar las actividades… hacen que muchos docentes, familias y alumnado hayan descubierto el enorme potencial de lo digital. Ha sido un aprendizaje duro y relevante, a partes iguales. Hasta aquí bien. Sin embargo, existen multitud de grupos de poder, desde la enseñanza privada, hasta las grandes editoriales, pasando por las grandes corporaciones de Internet, el neoliberalismo, las ideologías más conservadoras y el populismo autoritario, que están frotándose las manos ante el enorme negocio que se les avecina. Si el conocimiento es empaquetable, estandarizable y transmisible a través de medios digitales, entonces ¿para qué necesitamos tantas escuelas, o tantos docentes? Demos a las familias una simple tablet, preparemos materiales digitales, test estandarizados, y un equipo centralizado de docentes para resolver dudas de manera telefónica o telemática. No se plantea en ningún momento qué pasa con las familias más desfavorecidas, el alumnado con más dificultades de aprendizaje o con discapacidad. No interesa tampoco ponerse en la piel de ese alumnado cuya única comida diaria es la que le dan en la escuela. Quedan marginadas así todas las situaciones particulares de cada comunidad, cada contexto, sus problemas, sus inquietudes, sus preocupaciones, sus intereses. El neoliberalismo es así. Quien no llega, es porque no le da la gana. Todo depende del individuo (dicen), salvo cuando se trata de rescatarles. Para eso, sí queremos la contribución de todos, a través del Estado. Hipocresía máxima, la suya.

La única salida posible, como apunta Michael W. Apple, es formar alianzas. Los sindicatos de profesorado tienen que dejar de creer que el profesorado es el «proletariado», para tener una perspectiva más amplia, de justicia social. Solo uniéndose a las familias y al alumnado, podremos construir un muro infranqueable para los poderes económicos. La pandemia puede ser un gran negocio, pero no se lo vamos a permitir.