Pornografía” no es término científico. Es una palabra emocionalmente cargada y que significa una cosa para una persona y otra completamente distinta para otra persona. En el original griego significaba “escritos acerca de las prostitutas”, significado que ha sido olvidado hace tiempo y que ya no está vigente en el uso que se hace de esta voz en el lenguaje común, y en la prensa y la literatura.

En el uso legal, los términos “pornografía” y “obscenidad” se han empleado indistintamente; en el caso del primero, cuando éste se refería particularmente a la variedad de grueso calibre (hard-core); lo cual ha ocasionado confusiones, pero, en la práctica, la profesión legal usa, cual si fueran sinónimas, las expresiones “pornografía de grueso calibre” (hard-core pornography) y “obscenidad”.

Para la persona promedio, “pornografía” significa simplemente “figuras sucias”, “sólo para hombres”, “rojo” o películas “francesas”; y significa, además, según el grado de sofisticación individual y las actitudes y creencias, gran variedad de cosas, desde los escritos pornográficos genuinos (después los definiremos) hasta la literatura seria de contenido o asunto erótico; desde las llamadas revistas para hombres (girlie magazines) o revistas de chicas bonitas y excitantes (cheese-cake magazines), hasta la “Venus de Milo”, el “David” de Miguel Ángel y la “Maja desnuda” de Goya.

Para tratar más sistemáticamente de este asunto —tan amplio y vagamente definido—, dividiremos la pornografía en dos clases: la escrita y la figurativa. Esto nos servirá también para formular una definición más específica de la pornografía; formulación que nos sentimos en condiciones de hacer con respecto a la primera clase, la escrita. Sin embargo, ello no nos ha sido posible en relación con la otra variedad pornográfica, la figurativa.

Escritos eróticos

En el caso de los escritos, hemos analizado concienzudamente cientos de ejemplos de pornografía de grueso calibre y hemos hecho una comparación con otros tipos de literatura de contenido o asunto erótico, que difieren en ciertos aspectos esenciales de la pornografía (estrictamente definida). Publicamos los resultados de este análisis (Kronhausen y Kronhausen, 1959), pero trataremos de poner al tanto al lector acerca de los puntos básicos comprendidos en tal distinción.

Para facilitar la comunicación, nos valemos de la expresión realismo erótico para referirnos a todos los escritos no pornográficos de contenido o asunto erótico. De esta manera podemos incluir en nuestro distingo las obras de ficción y las que no lo son.

En el caso de estas últimas, nos referimos, por ejemplo, a los manuales de matrimonio, a los estudios psicológicos, antropológicos y sociológicos, a los textos anatómicos, fisiológicos y biológicos, y a varias publicaciones similares más. Todas estas obras, aunque de contenidos expuestos diversamente, con mayor o menor refinamiento, tienen un factor común: se ocupan fundamentalmente de la realidad, que en un caso puede ser de naturaleza psicológica, y sociológica en otro, o de naturaleza médica, en un tercer caso. Pero el hecho es que en cada uno de estos tres casos, el asunto erótico se presenta en el contexto de la realidad que exige el marco general de referencia.

Respecto a la ficción no pornográfica, nos encontramos con otro tipo de realidad, a saber, la “realidad” que presenta el mundo interior o psique de los personajes ficcionales y los procesos de interacción entre ellos. Esta clase de “realidad” hay que entrecomillarla, puesto que no se refiere a ningún acontecimiento o serie de acontecimientos de carácter histórico, ni a cualesquiera procesos que podamos verificar científicamente. Sin embargo, la “realidad” de que se trata representa el intento del autor por comunicar procesos intrapsíquicos o sociales, tal como él los “ve” o experimenta en relación con la situación ficcional que procura describir y transmitir.

Si esta clase de esfuerzo creativo origina la descripción o inclusión de escenas eróticas o sentimientos y actitudes relacionados con el impulso sexual, en el contexto de una pieza de carácter ficcional, digamos una novela o una obra de teatro, nos referimos a ello como “realismo erótico” y lo distinguimos de la pornografía.

Sentimos que está justificado proceder así en vista de que la diferencia básica entre “realismo erótico” y pornografía reside en el enfoque y manejo diferentes del problema de la realidad. En contraste con el realismo erótico, la pornografía no se ocupa de la realidad, sino que prescinde de cualesquiera consideraciones relativas a ésta a favor de las fantasías que acarician sus autores (predominantemente masculinos) y de las reacciones anticipadas de un público lector predominantemente masculino.

El propósito de los escritos pornográficos es evocar en el lector la imaginería erótica para suscitar la excitación sexual. En otras palabras, los escritos pornográficos están “destinados” a funcionar como afrodisíacos psicológicos y cumplen su cometido solamente en la medida en que logran ese propósito particular.

Para llevar adelante estos fines, los escritos pornográficos siguen un cierto bosquejo u organización general y emplean varios mecanismos específicos, que a nuestro juicio se pueden aislar y demostrar. En realidad, consideramos la presencia o ausencia de estos criterios, no aislados, sino en relación uno con otro (esto es, como agrupación o configuración de factores), como prueba fehaciente de ser o no pornográfico determinado escrito.

Antes de examinar dichos criterios, es necesario tener presente que cualquiera de las características mencionadas, o incluso varias, pueden figurar en otras formas de literatura. En la pornografía, sin embargo, todo el contenido está organizado en tomo a esos principios, y siempre con énfasis en la respuesta sexual fisiológica, para suscitar en el lector, apelando a su mironismo, la máxima estimulación erótica. Además, todos los elementos perturbadores de la realidad se evitan cuidadosamente, de suerte que rara vez se encuentra uno con embarazos indeseados, abortos, enfermedades venéreas y similares consecuencias desagradables que ocasionalmente originan las relaciones sexuales.

Pues bien: examinemos entonces la estructura u organización característica de los escritos pornográficos. Después haremos lo propio con los aspectos particulares que, como configuración, constituyen el criterio más objetivo de la pornografía.

Lo característico de la estructura de los escritos pornográficos es la producción gradual de excitación erótica en el curso del texto. Un libro o relato pornográfico puede iniciarse con una escena ligeramente erótica y poco estimulante. Progresivamente, la temperatura irá subiendo, las actividades sexuales serán más variadas y más numerosos los participantes, hasta que se llega a la descripción culminante de escenas grupales lujuriosísimas y orgías masivas; lo cual está encuadrado en el diseño general de la pornografía y es absolutamente necesario si el escrito ha de actuar en el lector como estimulante psicológico erótico (“afrodisíaco”).

Los principales criterios particulares o sub-tramas o sub-temas favoritos comprendidos en este marco general, son los siguientes (en todos ellos se pone el énfasis en la respuesta sexual fisiológica):

Seducción

Desfloración

Incesto

La figura parental permisivo-seductora

Profanación de lo sagrado

Lenguaje sórdido

Hombres supersexuados

Mujeres ninfomaníacas

Negros, asiáticos e “individuos de baja extracción”, como símbolos sexuales.

Homosexualidad (predominantemente, lesbianismo)

Flagelación

En esta lista de sub-temas de los escritos pornográficos, no figuran sino los más destacados y comunes, y los más fácilmente reconocibles. Hay, sin embargo, otras características menores de la literatura pornográfica, aunque no menos fascinantes y psicológicamente significativas, como son la mención recurrente de olores corporales eróticamente estimulantes, especialmente de las secreciones sexuales; el énfasis frecuente en el pelo púbico y/o axilar (esto depende del origen geográfico del libro); la frecuencia de contactos humanos con animales (especialmente en relación con la mujer); masturbación femenina con objetos fálicos; etcétera.

Seducción

Característico de los libros “pornográficos” es el hecho de que en las escenas de seducción la víctima es casi siempre colaboradora dispuesta. En otras palabras, las mujeres que de modo relevante figuran en los libros “obscenos” están generalmente tan ansiosas de ser seducidas como los hombres de seducirlas. En realidad, en algunas historias “obscenas” las mujeres son las agresoras y los hombres, los seducidos, caso en el cual las “víctimas” masculinas son tan fácilmente “persuadidas” como las mujeres.

Otro rasgo distintivo de las escenas “obscenas” de seducción es su brevedad, debida a la facilidad con que se logra la seducción. No encontraremos, por eso, páginas de páginas ni capítulos enteros, en un libro “pornográfico”, dedicados a los intentos de seducción que despliegan el héroe o la heroína, como sí suele ocurrir en las obras no pornográficas de ficción. En toda historia “pornográfica” es típico que el héroe encuentre a un individuo por quien se siente sexualmente atraído, y en la siguiente oración o párrafo, la pareja ya está en plena actividad sexual.

Desfloración

En los libros pornográficos, las escenas de desfloración, con fuertes elementos sádicos, juegan papel importante. Equivalen, en realidad, casi a escenas de violación. Son psicológicamente significativas porque demuestran la fusión de los impulsos erótico y sádico.

El rasgo sorprendente de las escenas desfloratorias, a veces terroríficas, de los escritos pornográficos, es que la joven violada, con prescindencia de la intensidad del sufrimiento que le inflijan, renuncia invariablemente a quejarse y guarda poco rencor, si lo guarda, hacia sus violadores.

Aun cuando las escenas pornográficas de desfloración se refieren naturalmente a vírgenes, la filosofía fundamental parece ser que no hay necesidad de violar realmente a la mujer, porque la mujer, en fantasías pornográficas, es criatura muy sexuada, fieramente pasional, a la que no es necesario forzar cuando ha perdido ya su virginidad y ha experimentado los placeres de las relaciones sexuales

Incesto

En la literatura moderna, el tema incestuoso manifiesto es tan raro como popular fue en la antigüedad. En la literatura contemporánea, con muy pocas excepciones, como la novela de Thomas Mann, The Holy Sinners, y el relato corto del mismo autor, Blood of the Wolsungs, el tema del incesto aparece sólo en forma velada o alegórica. La literatura pornográfica, sin embargo, apenas puede prescindir de las relaciones incestuosas patentes, francas y desembozadas. Tales relaciones entre parientes consanguíneos, digamos entre hermano y hermana, padre e hija, madre e hijo, se consuman sin ningún escrúpulo, ni culpa, ni conflicto emocional; y cuando los hay, si los hay, son mínimos.

El mecanismo psicológico que opera en este caso es la presencia del tabú social que actúa como estimulante mental. La experiencia psicoanalítica indica que las inclinaciones incestuosas latentes están presentes en la mayor parte de personas de nuestra cultura. Como estos sentimientos incestuosos se desfavorecen desde la más tierna infancia, la cultura logra inhibir su expresión manifiesta. Nuestra educación moral incluso logra, en la mayoría de los casos, eliminar de la conciencia los deseos incestuosos. Sin embargo, la fascinación por las relaciones incestuosas prevalece a pesar de las fuerzas represivas; y de esto dan testimonio elocuente, no sólo la experiencia clínica, sino la literatura, en general, y en particular, los libros pornográficos.

La figura parental permisivo-seductora

Inclusión acorde con el carácter fantástico de las historias pornográficas, es la de figuras parentales super-permisivas, que no solamente condonan sino hasta participan en las actividades sexuales del niño, o, de hecho, lo seducen e inician en diversas prácticas sexuales.

La presencia, en la literatura pornográfica, de figuras parentales permisivo-seductoras, no deja de tener sentido psicológico. Están en juego la situación edípica y el tabú del incesto vigente en nuestra sociedad. Existe, pues, la atracción subconsciente que despierta lo extremadamente tabuado.

Además, la figura parental hiper-permisiva corresponde a la fantasía infantil de la madre “buena” o del padre “bueno”, que aceptaría inequívocamente los intereses sexuales y escatológicos del niño; no lo regaña cuando se orina en la cama, ni le reprocha que juegue con sus heces, y no lo critica ni interrumpe cuando se masturba o practica un juego sexual.

Profanación de lo sagrado

Entre las características más obvias de los libros pornográficos está la tendencia de sus autores a mezclar lo sagrado y lo profano. Y también en este caso, intuitivamente, pisan dichos autores terreno psicológico firme. Se ha observado clínicamente que la mezcla de lo supuestamente más “santo” y más vil puede despertar atracción especial. La misma etimología de “sagrado” confirma el punto. El latín sacer, sagrado, significaba originalmente sagrado o profano, y se podía utilizar para significar lo uno o lo otro.

El valor especial que tiene esta extraña mezcla de opuestos para los libros pornográficos, reside probablemente en el aumento de tensión erótica que produce. Por el uso de lo profano en presencia de lo sagrado, dejamos con un palmo de narices, por decirlo así, a nuestra propia conciencia y a la conciencia colectiva o superego de la misma sociedad.

Muchos libros pornográficos incluyen, entre sus figuras centrales, personas relacionadas con el sacerdocio y la religión, como son monjas, sacerdotes y monjes. A estos “santos” individuos se les presenta en actividades sexuales sumamente tabuadas y que se consideran “pecados mortales”. De esta manera se magnifica el carácter objetable de los “delitos” y se combinan los pecados.

El principio básico que rige este uso pornográfico consiste en que, para mucha gente de nuestra cultura, el sexo está inextricablemente vinculado al pecado. Ahora bien: si el sexo es pecaminoso, entonces los actos sexuales cometidos en lugares sagrados, o con la participación de representantes de la religión, constituirán la mayor de las blasfemias. Así llega a ser posible que los actos sexuales tengan la significación especial de ser expresiones de la necesidad que uno puede sentir de rebelarse, no sólo contra las instituciones sociales y religiosas, sino, en última instancia, contra las inhibiciones culturales que se han convertido en parte esencial de nuestra propia estructura caracterológica. Como a los más de nosotros nos afectan, al menos en cierta medida, esas frustraciones culturales, no es difícil ver por qué tiene tanta atracción para tanta gente el elemento blasfematorio de los libros pornográficos; atrae sobre todo a quienes viven el conflicto entre sus necesidades sexuales y los valores morales y religiosos de la sociedad, de los que no han sido capaces de emanciparse completamente.

Lenguaje sórdido

El uso de palabras tabuadas en los libros pornográficos se relaciona estrechamente con la mezcla frecuente de lo sagrado y lo profano que acabamos de examinar en el apartado anterior. Su principal atracción reside en el desafio abierto al “superego” o conciencia; la violación flagrante de las convenciones sociales del discurso comedido; el alarde de la propia independencia; el rechazo de la responsabilidad social; y la afirmación del lado instintivo y primitivo de la vida, en contra de todas las fuerzas moderadoras e inhibidoras del medio ambiente.

Las prostitutas de todo el mundo, sabedoras de la magia de las palabras pornográficas, se han valido de este saber para su propio beneficio. De hecho, algunos individuos no se excitan a menos que su compañera use lenguaje ofensivo. Puesto que no muchas esposas o “buenas” mujeres de nuestra cultura están dispuestas a satisfacer este requisito, los hombres buscan prostitutas; algunas se especializan en este tipo de servicio. Sabemos de hombres que llaman por teléfono a call girls o prostitutas para pedirles que les hablen con verba sórdida; y esto a menudo les cuesta más que un coito. En tales casos, al enfrascarse la prostituta con su cliente en una conversación obscena, lo excita, ora como preludio copulatorio, ora para fines autoeróticos. Pero hay también muchas mujeres que se excitan grandemente si su compañero usa lenguaje vulgar.

Tal lenguaje lo usan también los personajes de las obras erótico-realistas de ficción, pero es mucho más característico de los libros pornográficos. Ello se debe, como dijimos, al hecho de perseguir éstos deliberadamente la excitación del lector mediante palabras “sucias”; del mismo modo en que las prostitutas que mencionamos, que son usuarias de la misma técnica, estimulan a sus clientes.

Otra característica de los libros pornográficos es la cantidad de palabras tabuadas que usan, que por lo general excede larguísimamente a la de los libros no pornográficos de ficción.

A diferencia de las obras de realismo erótico, los libros pornográficos no recurren, como regla, a maldiciones, probablemente porque la necesidad de expresar una hostilidad enardecida rara vez existe en tales libros, al paso que en la literatura realista las maldiciones se usan con el mismo propósito que en la vida real, o sea, para descargar tensión emocional y hostilidad; cosa que los libros pornográficos no se proponen.

Hombres supersexuados

Otra de las manifestaciones propias de la naturaleza irrealista de los libros pornográficos es el énfasis que se pone en el tamaño exagerado del pene y los testículos, y en las eyaculaciones copiosas. Son, como se comprende, factores que completan la figura de los personajes masculinos cuya potencia es casi ilimitada y cuyo impulso sexual demuestra constantemente su fuerza.

Los libros pornográficos superan largamente lo biológicamente factible respecto a las considerables cantidades de semen que eyaculan sus héroes hiperpotentes. Evidentemente, las fantasías relacionadas con una formidable eyaculación actúan como estimulante adicional para muchos individuos.

En todo caso, el énfasis excesivo en la potencia y anatomía masculinas es psicológicamente comprensible habida cuenta del orgullo fálico y de la naturaleza estimulante de las fantasías ereccionales y eyaculatorias. Es posible también que la angustia latente, en relación con la potencia, haya inducido a algunos pornógrafos a valerse de exageraciones reafirmantes y sobrecompensatorias.

Mujeres ninfomaníacas

Los personajes femeninos de los escritos pornográficos son justamente como la mayoría de hombres desearía que fueran las mujeres: apasionadas, sensuales, ardientísimas.

Dichos personajes carecen, pues, de los rasgos comunes de pudor, reserva y angustia sexual que caracterizan a las más de las mujeres de nuestra sociedad; rasgos de los que se ocupan con largueza las producciones ficcionales no pornográficas. Baste citar, a este propósito, la novela Lady Chatterley’s Lover, uno de cuyos temas centrales es la liberación sexual de lady Constance Chatterley, que ella finalmente logra gracias a la relación saludablemente física y emocional que ha entablado con el guardabosque.

Así como se atribuye a los hombres estupenda potencia, se encarece también la respuesta sexual femenina. Abundan por eso referencias a la excitación del clítoris, la erección de los pezones y a las copiosas descargas femeninas, que muy rara vez, si alguna, se echan de ver en el comportamiento sexual de la hembra humana.

Negros, asiáticos e “individuos de baja extracción”, como símbolos sexuales

Recogiendo la noción popular de que las razas de color son extraordinariamente viriles, sensuales y dadas a toda clase de “perversiones”, los escritos pornográficos incluyen con frecuencia en sus historias, como elemento “erótico”, a representantes de dichas razas.

Prejuicio común es que los negros tienen miembros más largos que los caucasianos; en la pornografía se refleja esta creencia. Por otra parte, y así mismo según concepciones populares de la sexualidad oriental, las mujeres asiáticas suelen figurar como símbolos sexuales en los escritos pornográficos.

Los escritos pornográficos recalcan también el olor supuestamente fuerte de la raza negra, al que atribuyen virtud excitante.

Además nos presentan personajes, principalmente masculinos, de grupos sociales bajos, a fin de mostrarnos la sexualidad desinhibida. Pero aquí también la pornografía contradice los hechos reales del comportamiento sexual en relación con las clases sociales, según lo conocemos por estudios estadísticos amplios, como por ejemplo los Informes Kinsey.

Homosexualidad

En casi todos los escritos pornográficos hay fuertes elementos homosexuales, cuando no referencias directas a los actos homosexuales y descripción detallada de ellos. Las referencias y descripciones de actividades lésbicas superan largamente a las ocurrencias de homosexualidad masculina.

El predominio de la homosexualidad femenina en la pornografía se debe casi seguramente al hecho de que el autor y el lector están prontos a fantasear respecto a una escena lésbica, puesto que la visualizan como situación esencialmente heterosexual. Además, lo pueden hacer sin que sus propios impulsos homosexuales latentes los angustien, como sí podría ocurrir si se identificaran con un acto homosexual masculino.

Frecuentemente, las escenas lésbicas son, en la literatura pornográfica, supuestamente narradas por mujeres, pero lo usual es que esta autoría femenina no sea más que un recurso en virtud del cual parezcan más “auténticas” las historias.

Aunque los escritos pornográficos, por lesbianas y para lesbianas, son rarísimos, como rara es, en general, la pornografía escrita por mujeres, hemos podido estudiar varios manuscritos pornográficos, debidos a homosexuales y para el disfrute de homosexuales. Tampoco son comunes estos manuscritos, ni generalmente son “profesionales”, como sí ocurre, más a menudo, con otros tipos de pornografía. La pornografía homosexual amateur suele consistir en unas cuantas páginas, mecanografiadas o mimeografiadas, y es algo más limitada en cuanto a la variedad de actividades sexuales descritas.

Resulta también que la pornografía homosexual tiene decidido sabor sadomasoquista. Suelen encontrarse situaciones en las que uno o más varones agresivamente dominantes, mandan a otros tantos, pasivos y sumisos, que son sometidos a diversas prácticas sexuales, generalmente con el propósito de humillarlos.

Flagelación

La flagelación, desde la más suave hasta la más sádica, es rasgo frecuente de los escritos pornográficos. Muchos argumentos o temas principales giran exclusivamente en torno a ella, lo cual tiene especial atractivo para las personas cuya vida sexual está dominada por fantasías y prácticas sadomasoquistas, y en algunos casos revela inconfundiblemente la predilección sexual del autor.

En idioma inglés, la mayor parte de la literatura pornográfica de la flagelación data de la era victoriana, a mediados del siglo pasado. En esa época, la flagelación cundió particularmente en Inglaterra. En Londres y otras partes, cientos de los llamados “salones de masaje”, casas de prostitución y clubes privados, ofrecían exclusivamente servicios flagelatorios. Muchos de estos establecimientos estaban equipados con cámaras completas de tortura y enormes arsenales de látigos, disciplinas, azotes y demás aparatos y accesorios de flagelación.

Sin embargo, la flagelación ha tenido siempre sus aficionados, no sólo en Inglaterra, sino también en el continente europeo y en los Estados Unidos, y siempre ha habido literatura pertinente para satisfacer tales gustos.

Generalmente, los períodos de florecimiento flagelatorio y literatura correspondiente, han sido épocas de severa represión sexual, como en la Edad Media o durante la era victoriana. Sin embargo, recientemente, en los Estados Unidos, se ha puesto en boga una literatura exótica colindante, que no puede clasificarse estrictamente como pornográfica, cuyo interés central es el sadomasoquismo, con fuertes elementos fetichísticos: fetichismo del calzado, el corsé, la ropa interior, el jebe, el cuero y otros similares.

[Singularidad de la literatura pornográfica]

En relación con todos estos criterios, los escritos pornográficos son únicos por el hecho de diferir, en contenido, intención y énfasis, de otros tipos de literatura. El análisis de un pasaje debe hacerse considerando en conjunto el libro del que forma parte, sin tomar la presencia o ausencia de uno o varios rasgos comunes a la literatura pornográfica, como prueba fehaciente de que lo analizado es o no pornográfico.

Se debe así mismo tener presente que en todos estos factores o sub-temas de la pornografía, el énfasis está en la respuesta sexual fisiológica. Esto concuerda con la naturaleza esencialmente mironística de los escritos pornográficos y con el propósito de estimular en el lector una viva imaginería erótica. De hecho, el mironismo prevaleciente en la pornografía es uno de los principales y más obvios criterios que nos permite separarla del realismo literario erótico, que enfatiza, no la respuesta física, sino la emocional, aun cuando incluya a veces alguna descripción fisiológica.

Arte erótico

Al dirigir ahora nuestra atención al arte erótico, descubrimos no ser capaces de distinguir claramente, como sí ocurrió, en cambio, en relación con la producción escrita, entre el arte pornográfico y el no pornográfico.

Si aplicamos los mismos principios al arte erótico, tropezamos inmediatamente con ciertas dificultades teóricas, superables en el caso de la literatura, pero hasta ahora obstáculos insuperables con respecto a la representación de lo erótico en la pintura y escultura, en las películas, o en cualquier otro medio artístico que se valga de la comunicación no verbal.

Consideremos primeramente el problema de la intención. Tocante a la literatura pornográfica, hemos tratado de demostrar, mediante pruebas indirectas, que el único propósito, o el fundamental, de tal literatura es estimular en el lector la imaginería erótica (las fantasías) con el fin de excitarlo sexualmente. Ahora bien: podríamos incluso decir, con bastante seguridad, que ésa fue, verdaderamente, la intención de ciertos artistas, como Bayros y Zichy, que dedicaron su tiempo y talento a la representación de escenas eróticas que se les había encargado para ilustrar con ellas libros que estarían comprendidos en nuestra definición de pornografía. Pero no podemos decir más, fundadamente, acerca de la intención “pornográfica” del artista. Hay relativamente pocos artistas profesionales y aficionados de los que es dable manifestar, ora porque ellos mismos lo admitieron, ora por la abundancia de pruebas objetivas pertinentes, que produjeron arte erótico solamente o principalmente para despertar excitación sexual. Por otra parte, no hay modo de hacer con fundamento tal inferencia en la mayoría de casos de artistas más diversificados que representaron escenas eróticas similares o idénticas.

Veamos un ejemplo. ¿Supondremos que artistas como Rembrandt y Picasso, para mencionar sólo a dos de los pintores más conocidos que han representado escenas copulatorias, lo han hecho sin la intención de producir en el espectador excitación erótica, mientras que otros, como Bayros y Zichy, lo han hecho con esa intención?

Y si hablamos de “intención”, ¿no estamos obligados también a tomar en consideración el problema de los motivos conscientes e inconscientes? Como se ve, el intento de distinguir el arte “pornográfico” del no pornográfico, atendiendo a la intención, no puede dar resultados definitivos.

Tampoco podemos considerar el modo en que maneja el problema de la realidad el artista como criterio válido respecto al arte “pornográfico”. Examinemos, por ejemplo, una pintura de la India que muestra en acción coital a una pareja que va sobre un elefante; el hombre, al mismo tiempo que copula, dispara una flecha a un tigre. Ahora bien: es improbabilísimo que alguna vez se haya estilado cazar tigres así; pero ¿es por eso “pornográfica” la pintura? ¿y será no pornográfica otra en que se ve a la misma pareja en posición coital más común o verosímil? Obviamente, debemos rechazar semejante razonamiento y abandonar el intento de distinguir entre arte “pornográfico” y arte “erótico realista” sobre la base de que la obra de que se trata está en mayor o menor acuerdo con la realidad.

Y aún es menos posible usar el criterio de la calidad o mérito artístico en bellas artes, del mismo modo en que no pudimos usarlo en nuestro intento de definir la literatura pornográfica. Obviamente, el que un libro esté bien o mal escrito, o bien o mal hecho un objeto artístico, no determina su carácter pornográfico, ni es indicación segura de lo que motivó realmente al escritor o al artista.

Podemos decir que un libro erótico o un objeto artístico que tenga poco mérito, o ninguno, puede haber sido creado con el solo fin de excitar sexualmente a los demás, y, por lo tanto, estaría comprendido en nuestra definición psicológica de pornografía. Sin embargo, aunque contamos, en el caso de la literatura erótica, con varios criterios de apoyo y pruebas internas adicionales, en el caso del arte erótico no contamos con esas ventajas. Por nuestra parte no quisiéramos ciertamente especular acerca de las motivaciones que tuvieron Rembrandt y Picasso para representar varias escenas copulatorias, entre ellas, un autorretrato de Rembrandt en cópula con su mujer. La motivación que tuvieron estos grandes maestros y otros igualmente reputados, acaso haya sido expresarse artísticamente con prescindencia del asunto de sus respectivas creaciones. Pero esto no es probable. Lo probable es que el elemento erótico jugara en ellos un papel importante, como les ha ocurrido a miles de artistas y aficionados menos talentosos que han plasmado figuras eróticas. La diferencia entre el arte erótico y los escritos eróticos reside aquí, nuevamente, en el hecho de que cuando escritores de talento han compuesto obras a las que conviene nuestra definición de pornografía, las tales contienen número suficiente de criterios “pornográficos” internos demostrables que son totalmente independientes de la calidad de las producciones. Como esto no ocurre en el arte erótico, no podemos usar el criterio relativo de “calidad” como substituto de los otros que faltan y que proporcionarían las pruebas adicionales que se requieren para hacer tal distinción.

Dicho esto, será útil señalar que muchos de los criterios específicos o sub-temas de la literatura pornográfica que hemos enumerado y discutido, están igualmente presentes, con asombrosa regularidad, en el arte erótico, incluidas las fotografías y películas. Por ejemplo, es sólito encontrar la exageración de los genitales, especialmente del pene. Esto se evidencia en el arte erótico de los griegos y romanos, donde suele relacionarse con el culto fálico, y en el arte erótico de la India.

Por otra parte, no puede decirse que los grandes genitales de muchos grabados en madera y rollos eróticos japoneses, reflejen meramente el culto fálico de la religión shintoista. Han de estar en juego otros factores. Se sabe, por ejemplo, que los japoneses y chinos usaron esas representaciones como medio de educación sexual; aludimos a los “libros de almohada” de la novia. Esto explicaría, al menos parcialmente, la técnica de fijar la atención del lector en la zona genital. Sin embargo, casi estamos seguros de que el énfasis en los genitales está además motivado por los mismos factores que son válidos con respecto a los escritos pornográficos. (Hay, por ejemplo, piezas de erótica china y japonesa en las que se aprecia que las parejas contemplan tales representaciones con la intención manifiesta de excitarse sexualmente).

Los siguientes temas se representan con alguna regularidad en el arte erótico: actividades sexuales entre negros y caucasianos, lesbianismo, actividades en que los participantes son niños, contactos orales y anales, orgías, actividades sexuales con la participación de monjas y curas, presencia de símbolos religiosos en relación con actividades sexuales, masturbación femenina con objetos fálicos, y gran variedad de escenas sadomasoquistas, flagelatorias y fetichísticas.

Si, a pesar de estos fenómenos paralelos, nos resistimos todavía a definir estrictamente la pornografía en las artes, ello se debe simplemente al hecho de no haber modo seguro de contar con pruebas suficientemente convincentes relativas a la motivación o intención del artista. En el caso de los escritos pornográficos, podemos obtenerlas, con más seguridad, por procesos deductivos.

Se han hecho intentos de definir la pornografía en las artes mediante la fijación de “límites” de lo permisible; y esto se ha hecho de varia manera y arbitrariamente. En las artes, lo ilógico de tal proceder se echa de ver aún más claramente que en la literatura. La censura particular u oficial de los últimos veinte años había decretado, por ejemplo, que los pechos femeninos no eran representables; luego se dijo, ante la presión de los criterios cambiantes de la comunidad, que sí eran representables, con tal de que no se mostraran los pezones. Pareja irracionalidad se aplica a la actitud oficial con respecto a los genitales y la región púbica. Las ilustraciones en las que se muestren los genitales sólo son permisibles actualmente en las publicaciones nudistas. Las revistas “para hombres” pueden mostrar la región púbica, pero no el pelo púbico ni los genitales. Y así por el estilo, ad infinitum.

Ya hemos indicado que en las artes, así como en las vistas fijas (photographic stills) y películas, ni aun la representación de escenas copulatorias nos permite saber si han sido hechas, principalmente o solamente, con el fin de crear excitación sexual; o lo que es lo mismo, si han sido proyectadas y producidas en calidad de afrodisíacos sexuales. Ni las películas “sólo para hombres” más directas se prestan fácilmente a que descubramos el porqué de su producción. Las películas de actividades sexuales que han sido producidas por científicos, por ejemplo, son a menudo indistinguibles de las que han hecho profesionales o aficionados con el manifiesto propósito de estimular eróticamente.

En resumen: hemos demostrado que la literatura puede ofrecer un número suficiente de criterios válidos que nos permitan hacer suposiciones razonables concernientes a su naturaleza pornográfica o no pornográfica. Hemos señalado también que, en relación con el arte erótico, no es posible hacer esto con el mismo grado de seguridad, y que cuando se ha hecho, lo único que se ha conseguido es crear impases absurdos.

[Efectos psicológicos]

Consideremos ahora los efectos psicológicos de la literatura y arte eróticos, puesto que las implicaciones sociales del problema, especialmente la supresión legal y extra-legal de este material y los intentos repetidos de los tribunales de llegar a una definición operativa de la pornografía u “obscenidad”, se basan en los efectos supuestos que tiene la erótica. Kinsey, et alii (1953) sugieren que esta respuesta sexual diferencial es resultado de diferencias sexuales biológicas entre hombre y mujer. Dichos investigadores consideran que la misma respuesta sexual diferencial ante estímulos eróticos, apreciable en los seres humanos, se aprecia también en animales inferiores. Se refieren, por ejemplo, al hecho de que los animales machos se excitan cuando ven copular a otros animales, pero no las hembras. El grupo Kinsey de investigadores aduce considerables y convincentes pruebas biológicas para apoyar su tesis de que la mujer sigue simplemente el patrón de los animales inferiores por lo que toca a su carencia de respuesta, o al hecho de que sea muy escasa, ante estímulos visuales y auditivos de naturaleza erótica. Recalcan los del grupo Kinsey que la mujer es más fácilmente excitable por estímulos táctiles; en otras palabras, por algún tipo de contacto físico directo, mas no indirectamente por estímulos psicológicos que impliquen imaginería y fantasía eróticas.

Además, muy rara vez la mujeres crean arte erótico y componen escritos de ese carácter; y aunque es cierto que hay libros pornográficos de autoría femenina, casi siempre han sido escritos por hombres que se escudan en pseudónimos femeninos. Lo cual no es sino otro “truco del negocio” para dar la impresión de que las supuestas autoras son tan sexualmente activas y lascivas como el verdadero autor, un hombre, nos lo quisiera hacer creer, o como él mismo en realidad lo cree.

Se sabe, sin embargo, que las mujeres producen una literatura y un arte suavemente “eróticos”, y disfrutan de tales producciones, en las que se destacan las relaciones emocionales, el amor y la ternura, todo lo cual no es eróticamente estimulante para los más de los hombres, ni tampoco intensamente estimulante para las mismas mujeres.

Tendremos, pues, que aceptar el hecho de existir en nuestra sociedad una respuesta sexual diferencial ante la erótica. Nos abstenemos, sin embargo, de opinar sobre lo que la origina; habría que ver si el origen es principalmente biológico, o cultural y psicológico. El interés predominantemente masculino por la erótica (por los afrodisíacos psicológicos) puede deberse, al menos en parte, al problema específico que enfrenta el varón con respecto a su potencia. Para copular, depende de la ereccionalidad de su pene. En otras palabras, su necesidad de estímulos psicológicos (afrodisíacos) es mayor, en este sentido, que la de la mujer, que es capaz de iniciar el coito sin excitación previa.

El mismo problema, desde luego, se le presenta al hombre en relación con la amenaza de la declinación final y pérdida de la potencia; en cambio, la capacidad copulatoria de la mujer no se menoscaba por el envejecimiento. Así como el hombre se interesa más que la mujer en los afrodisíacos fisiológicos, a fin de contrarrestar la amenaza —real o supuesta— de impotencia, del mismo modo era de esperarse que el suyo sea, como es, un interés mayor que el femenino por los afrodisíacos psicológicos.

Las mujeres de nuestra sociedad tienen así mismo mucho menos acceso que los hombres a la pornografía y están por eso menos familiarizadas con ella, lo cual tal vez explique algunas respuestas negativas concernientes a su reacción ante ese material. Más importante es el hecho de que en nuestra cultura se inculca a las niñas muy estrictamente el sentimiento del pudor y aprenden, desde corta edad, a ocultar sus reacciones sexuales. Ocultación que está sin duda implícita en muchas de las reacciones femeninas ante la pornografía, aquéllas aparentemente neutrales, de aburrimiento o de desinterés.

Desde este punto de vista, los individuos jóvenes, particularmente adolescentes en el apogeo de su capacidad sexual, deberían, en teoría, interesarse menos que los adultos por la erótica, en cuanto afrodisíaco psicológico. Sin embargo, contraviniendo manifiestamente esto, los adolescentes muestran gran interés por la erótica. Interés que puede deberse, particularmente, a la gran frustración sexual de este grupo, para el que están virtualmente bloqueados todos los desahogos sociosexuales por arbitrarias restricciones de la sociedad. Además, con una educación sexual como la nuestra, que se hace a medias, la erótica representa para este grupo, así como para los preadolescentes, el único medio de adquirir conocimientos definidos respecto a cómo se lleva a cabo, realmente, el coito en sus diversas manifestaciones. Solamente si desaparecieran estos factores sería posible apreciar hasta qué punto está difundido el interés adolescente en los afrodisíacos psicológicos.

Sea como fuere, se necesitan más estudios multiculturales sobre el comportamiento sexual y particularmente sobre la respuesta sexual femenina, antes de que podamos sacar conclusiones definitivas al respecto.

Parece haber también una respuesta diferencial ante la erótica entre los hombres de niveles sociales y educacionales bajos, y los de mayor nivel. Cuanto más ascendamos en la escala social y educacional, tanto más interés se aprecia, en general, por la erótica. El grupo Kinsey (1948) explica así este fenómeno: “El mismo hecho de que los hombres de nivel alto no consigan lo que quieren en sus relaciones sociosexuales, explicaría su gran capacidad de respuesta ante estímulos distintos del coito.” Los investigadores sienten además que los hombres de nivel alto acaso tengan mayor capacidad de visualizar situaciones (eróticas). De tales hombres, por tanto, se dice que los afecta el pensar sobre mujeres, compañeros homosexuales y varios otros estímulos eróticos de naturaleza psicológica.

Sin que la observación contradiga necesariamente todo esto, parece haber considerable diferencia entre el tipo de erótica que prefieren los hombres de alto y bajo nivel. Los de alto nivel parecen preferir la erótica de mérito artístico definido, verbigracia, pinturas y dibujos de artistas de gran habilidad y talento, así como escritos pornográficos en los que se aprecie considerable imaginación, estilo correntío y una trama que no ofenda la integridad intelectual de estas personas. Iguales principios valen para este grupo en relación con las fotografías y películas. En todo ello, como pudiera esperarse, son mayores sus exigencias artísticas e intelectuales que las del grupo de bajo nivel. Suelen estipular que únicamente prefieren la erótica que tenga innegables elementos humorísticos, esotéricos, o de otra clase, que se suman al tema erótico. Los hombres de bajo nivel parecen preferir fotografías o películas con escenas eróticas, a la representación de éstas en pintura, dibujo y escultura. Necesitan, evidentemente, un tipo más directo de estimulación y a menudo permanecen totalmente indiferentes ante la erótica “distinguida”, que evoca, en los varones de nivel alto, enérgicas respuestas.

Finalmente, tenemos que considerar la objeción que esgrimen contra la erótica los que temen que los afrodisíacos psicológicos puedan tener, o los que están convencidos que de hecho lo tienen, un efecto precipitante de actos delictivos o violentos. La mayor parte de nuestras leyes censorias se basan supuestamente en tales presunciones, y el que la erótica sea o no causal de delitos, sobre todo sexuales, es consecuentemente problema serio. Los más de los clínicos e investigadores que se han ocupado detenidamente del asunto se inclinan a creer que la pornografía no es causal de delitos sexuales. Un delincuente, o un delincuente potencial, puede concebiblemente recoger de la literatura o de las películas de crímenes alguna información sobre cómo llevar a cabo un acto antisocial, pero no será de esta manera que adquiera la tendencia o inclinación a cometer actos antisociales. Al respecto hay actualmente muchísimas pruebas disponibles.

Podemos afirmar con seguridad, habida cuenta de las investigaciones hechas, que la erótica obra como afrodisíaco psicológico y es capaz de evocar respuestas sexuales fisiológicas que pueden traducirse en conducta sexual (no antisocial).

Sabido es, claro está, que nuestra sociedad, arbitrariamente, ha declarado ilegal buena parte del comportamiento sexual. Si la erótica incitara a la contravención de pautas de conducta sexual socialmente tabuadas, se inferiría de ello que es prodelictiva. Pudiera ser que lo sea en ciertos casos individuales, aunque no hay pruebas al respecto. La experiencia psicológica general tiende, sin embargo, a apoyar la tesis de que la mayoría de individuos reaccionará ante tales estímulos de acuerdo con un patrón de conducta precondicionado, con prescindencia de la naturaleza específica del estímulo. Por ejemplo, un individuo sin ninguna experiencia flagelatoria u homosexual, al que se dé a leer literatura sobre flagelación u homosexualidad, habrá de reaccionar de acuerdo con su previa disposición psicosexual y su patrón de conducta sexual. En otras palabras, si ocurriera que se excita ante ese estímulo psicológico específico, aliviará su tensión mediante los mismos expedientes de que solía valerse, como por ejemplo la masturbación y el coito heterosexual, pero lo probable es que no lleve a cabo actos de flagelación u homosexualidad, puesto que son extraños a su disposición psicosexual y a su experiencia.

Es extremadamente dudoso que aun el estar continuamente expuesto a estímulos pornográficos, motive cambios conductuales, salvo que, juntamente con los estímulos, se produzcan contactos reales con individuos igualmente predispuestos. Sabido es que tales contactos tienen la posibilidad de afectar la conducta en áreas no sexuales, y, en consecuencia, podrían afectar también el área de comportamiento sexual. En casos así, el papel de la erótica sería mínimo en comparación con el efecto que producirían contactos reales con otros individuos que pueden ser iniciadores de la actividad sexual desviada.

En último término, todos estos problemas concernientes a la erótica dejan de ser asuntos de interés puramente científico y se convierten en materias que encierran convicciones morales, creencias religiosas, puntos de vista personales y actitudes sociales que dependen del ambiente emocional de la comunidad en que surge el problema. Aquí, desde luego, ya no estamos en el dominio del psicólogo, sino en el del filósofo social, que, si quiere, puede tomar orientaciones de las ciencias social y conductual y llegar a la formulación de los juicios de valor que están implícitos en la apreciación de esta área controvertida de la conducta humana.

Se debe también tener presente que el efecto de la literatura (en general) ha sido indebidamente encarecido. Los efectos de la literatura con tema erótico no han sido hasta la fecha objeto de estudios rigurosos, Los experimentos, relativamente escasos, que se han hecho con la literatura educativo-sexual, son los que más se acercan a nuestro problema. Parecen indicar que ocurren cambios actitudinales (en sentido liberal o más tolerante) debidos a la lectura; pero los cambios conductuales, o no son en absoluto observables, o son impredecibles en cuanto a la orientación que puedan tomar (los que leen libros liberales de educación sexual pueden llegar a tener una conducta más conservadora).

Ha de considerarse todavía otro aspecto del arte y literatura eróticos, particularmente de naturaleza escatológica y sadomasoquista, a saber, su posible función terapéutica para algunos individuos como mecanismo psicológico inofensivo de descarga o válvula de seguridad. Si bien algunos científicos han expresado dudas acerca de esta función de la erótica, otros aducen casos objetivos bastante convincentes en apoyo de esta teoría (Ellis, 1961; Jahoda, 1954; Stekel, 1952).

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