Nosotros los hombres que tenemos más de sesenta años hemos vivido la mayoría a contrapelo. Cuando éramos jóvenes, mandaban los viejos; la gente de pocos años no tenía derecho a opinar y menos a disponer; ahora, en cambio, el papel de los jóvenes ha subido y el de los viejos ha llegado a tener poco valor.

Los jóvenes hablan como si hubieran descubierto el mundo. Antes que ellos no había nada, después de ellos puede que piensen que no existirá más que lo que hayan dejado ellos, si es que han dejado algo. Suponen, sin duda, que en el porvenir no aparecerá una juventud que les sobrepase y les olvide. La juventud tiene para lo que no está en sus intenciones una sonrisa de desdén. Por otra parte, estamos en una época bizantina de análisis minucioso y de distingos; no hay grandes sintetizadores ni grandes filósofos, y las teorías sociales, las más nuevas, han cristalizado en conceptos viejos que no se renuevan ni se transforman, como le pasa al comunismo.

En nuestro tiempo el viejo dogmatizaba y pedanteaba con impunidad. Las canas tenían un valor tradicional y patriarcal. Ahora es el joven el que dogmatiza y pedantea, sobre todo en los países que pretenden tener una nueva política.

Como no le interesa a uno la pedagogía, no es cosa de sacar a relucir, para defenderla, la frase: «En el medio está la virtud y los extremos son viciosos».

En la política y en otras actividades ha ocurrido lo mismo; por ejemplo, en los centros de enseñanza se ha pasado, de la arbitrariedad y del capricho de los profesores, a la impertinencia de los alumnos, que se consideran con atribuciones para interrumpir y estorbar. Parece que no hay por ahora forma de quedar en un término racional. O el profesor tiraniza a los discípulos, o los discípulos tiranizan al profesor.

Se vive en una época en que empiezan a mandar los jóvenes, lo cual no quiere decir que se vive en una época inteligente ni mucho menos. Ser joven o ser viejo no representa nada para ser inteligente, sí puede representar para tener decisión y arranque. Muchos viejos juntos formarán una masa asustadiza y apocada y muchos jóvenes constituirán un grupo atrevido y audaz. Con relación a la voluntad, la diferencia existe siempre; con relación a la inteligencia, no.

Los mismos planes, si se realizan, se llevarán a la práctica de una manera prudente por los viejos y de un modo violento por los jóvenes.

La violencia juvenil, aceptada como buena, es uno de los motivos de que desaparezca la cortesía en el trato humano. No es la claridad, ni la crítica implacable, la que deriva a la grosería, sino más bien un deseo de mostrarse rudo y tosco.

Esos vocablos casi sinónimos (cortesía, cortesanía, civilidad, política), existen en todos los idiomas latinos, tienen una significación parecida y el mismo origen. En unas lenguas se emplea de preferencia una palabra en vez de otra. En francés se usa, pero no mucho, courtoisie; en español se emplea poco política, en el sentido de amabilidad, y nada pulidez, que sería el sinónimo de la palabra politesse.

Todos esos conceptos tienen alguna relación con la vida y las ideas de la ciudad. Cortesía viene de cortés, y cortés, de corte. Civilidad, del latín civilis, de cives, ciudadano; política, del griego πόλις, ciudad, y urbanidad, de urbe.

La cortesía primitivamente encierra los usos de la corte, y así lo entendió Baltasar Castiglione en los diálogos de su libro titulado El Cortesano. Respecto a politesse, que parece que procede directamente de la palabra italiana pulitezza, de pulido, no sé hasta qué punto tenga carácter ciudadano.

Todas esas palabras envuelven un elogio de la ciudad y un desdén por lo rural.

Los términos antónimos de esas palabras son rusticidad, tosquedad, villanía. El ciudadano ha tenido interés en afirmar que él es un producto exquisito y el hombre del campo un ser inferior. La exquisitez del ciudadano no se ve tan clara. En la ciudad es donde se dan ahora casos de rusticidad, de falta de cortesía y de intransigencia tan completos o más completos que en el campo.

En París, los jóvenes, cuando están reunidos, muestran un aire de barbarie y de turbulencia extraordinario. En casi todos los sitios donde se reúnen masas de estudiantes, estos caracteres se manifiestan de una manera clara. Los estudiantes, sin duda, han decidido que las mujeres no deben entrar con sombrero en un restaurante universitario, y cuando se presenta alguna empiezan a gritar «chapeau!, chapeau!», y a pegar con las cucharas en los platos y en las sillas y hasta tirar éstas al suelo para hacer ruido. Sin embargo, no tiene nada de desagradable ver a una mujer con un sombrerito, ni nada de feo ni de molesto.

En cambio, ellos, en el verano, se ponen en mangas de camisa, mostrando sus brazos peludos, lo que ya es una cosa repulsiva, y dando la impresión de gente que suda, lo que tampoco es muy agradable.

En todas las partes donde hay colas a la puerta del teatro o del cine el joven se aprovecha de su agilidad para pasar al que tiene delante, sobre todo si éste es viejo o distraído. Se ve cierta mirada de desdén para el viejo.

Yo no creo que un viejo, sólo por ser viejo, merezca una atención especial. Esto era lo obligado en nuestro tiempo; pero tampoco parece legítimo que se le trate con desprecio sólo por su edad. Al menos por ahora, es indudable que un caballo viejo vale menos que un caballo joven; pero entre los hombres todavía hay viejos que pueden valer tanto como un joven y a veces más.

En los ómnibus y en el Metro se ve que el joven fuerte entra dando codazos y aprovechándose de su superioridad. Esto se veía antes mucho en Alemania, sobre todo en el Norte, en donde el hombre robusto empujaba, pisaba y se metía braceando entre la multitud como si fuera un rebaño de ovejas o de cabras.

En los centros internacionales de París donde se reúnen jóvenes de todas partes, se nota el carácter de cada pueblo.

Los judíos dan la nota de la impertinencia; tienen que distinguirse por ser atrevidos y cínicos; la gente del Norte, suecos, noruegos, hombres y mujeres es gente que sonríe; a los ingleses no se les nota. Alemanes, italianos y rusos no hay en esos centros de la ciudad. Los japoneses, muy tranquilos, muy correctos, dan la impresión de que no quieren alternar con nadie, quizá porque se consideren superiores o por lo menos distintos. Los griegos, checos y turcos, son bastante exuberantes y a veces chillones y alborotadores. También lo son los hispano-americanos. Los españoles ahora están o estamos achicados. No muestra ninguno de ellos la menor turbulencia. Debe haber actualmente en Francia cerca de medio millón de españoles, además de los militares del lado rojo internados en el Sur, y, sin embargo, no dan que hablar. Todo el mundo tiene la conciencia de que, con la guerra, nuestra fama de gente brutal ha aumentado y queremos pasar inadvertidos. El caso es que no figuran los españoles en riñas, ni en escándalos, ni en robos, como los italianos o los polacos.

La rudeza del estudiante actual de París no tiene el mismo mecanismo que la impertinencia del español joven, a quien uno conoce bastante bien. En el español la impertinencia procede casi siempre de lo que llamamos chulería, es decir, de un culto a la posición arrogante, de una aspiración a quedar bien y a ser admirado, aunque por malos medios; la grosería del estudiante de aquí nace, en general, por el contrario, de una tendencia a mostrarse rudo, bárbaro, plebeyo y brutal, aunque a veces es más infantil que otra cosa.

Yo no sé qué es mejor o peor; las dos cosas me parecen viciosas y estúpidas. Lo indudable es que mucha gente joven que seguramente en su casa es atenta y fina, se muestra, por contagio, cerril con el público, como si esto fuera una gracia.

Le decía a una señorita vasco-francesa, que me pareció por sus comentarios muy inteligente y de una gran claridad en sus observaciones, que yo no notaba entre los estudiantes de París la menor cortesía. Ella me contestó:

Sí, es cierto. Entre los estudiantes no hay apenas cortesía; da la impresión de que la han suprimido en el trato; pero, en cambio, entre los obreros parisienses, en el pueblo, la hay.

Y es verdad. En el Metro, en París, se ven muchos rasgos de amabilidad y de atención en gente del pueblo. Casi siempre, si se presenta una mujer con un niño, hay alguien que se levanta enseguida y le cede el asiento. Lo mismo pasa con una señora vieja o con un señor viejo. Se ve que el hombre del pueblo tiene como un sentimiento de solidaridad humana que no tiene el de la clase media.

En Madrid pasaba también algo de esto antes de la República. La gente de clase pobre era muy amable. Luego, no se sabe por qué, comenzó a mostrarse insolente y grosera, quizá como el niño, que cuando ve que se ocupan de él es cuando tiene que manifestarse descontento y de malhumor.

Esta amabilidad a que me refiero del Metro no existe en la entrada de un cine o de un teatro elegante. La poca amabilidad se complica muchas veces con la xenofobia.

Unas inglesas recién llegadas que entraron en un cinematógrafo en la fila de los asientos, hasta ocupar su puesto, diciendo a cada paso: I am sorry, contaban que habían producido protestas en el público y que un espectador decía:

Estas extranjeras, que no saben ni siquiera explicarse y decir «Perdón».

La insolencia del joven en España durante la República, sobre todo en las provincias del Norte, comenzaba a llamarse el «gamberrismo». El «gamberro» era el que tenía que dar la nota discordante, tirar un banco de un paseo, quitar un letrero, tomar un pito chillón, cantar una canción desvergonzada entre muchachas o presentarse en alpargatas en un sitio elegante. Entre los «gamberros» del pueblo o de la capital de provincia española y el impertinente de París no hay mucha distancia.

No se comprende bien por qué el joven de la burguesía, que tiene tanta superioridad física sobre el viejo y tanta intelectual sobre los jóvenes de clase pobre, necesite tomar una actitud de suficiencia y en parte de desafío.

Con relación a las mujeres, los jóvenes han adquirido mucha familiaridad con ellas. No se levantan para saludarlas ni tienen grandes manifestaciones de cortesía. Es posible que esto esté bien y que quite poco a poco ese aire de afectación ñoña que han tenido tradicionalmente las mujeres a consecuencia de esa ficción que se ha llamado galantería.

La manera natural es siempre lógica. La rudeza buscada y deliberada es la que hace un efecto antipático.

Como todo el mundo actualmente es dogmático y ortodoxo de una fe especial, se ve que la gente joven tiende a no oír al interlocutor y a lanzar un chaparrón de afirmaciones categóricas. Una señora madrileña le decía a un amigo mío aquí en París.

Se ve que es usted hombre a la antigua.

¿Por qué?

Porque no interrumpe usted enseguida al que habla y porque veo que se levanta usted si se le acerca una señora.

¿Y todo eso le parece a usted viejo? —le pregunté yo.

Así lo es —contestó ella.

Mucho de la falta de cortesía de los jóvenes por las mujeres depende evidentemente de que a ellas les gusta que las traten como a camaradas. En esto hay un término medio difícil de conseguir. Hay una cortesía excesiva, una forma o manera de tratamiento afectada y una naturalidad que se acerca mucho a la grosería. ¿Cuál es el punto ideal, el fiel de la balanza? Esto es difícil de saber.

Con la camaradería de hombres y mujeres, en el estudio y en el deporte, son los hombres los que triunfan, porque, naturalmente, tienen más fuerza para el trabajo intelectual y más agilidad y más resistencia física. En cuestiones científicas, entre los estudiantes de distinto sexo, en general, es un hombre el que da las explicaciones a un grupo de compañeros y compañeras, porque ha cogido la esencia de lo que se debate.

En cuestiones de deporte pasa lo mismo. Yo he visto únicamente una carrera de esquíes en Suiza, y el hombre joven tiene una actitud de superioridad y de conquistador, mientras la mujer no pasa de ser una discípula y una admiradora.

Es el caso contrario de las épocas de galantería, en donde la mujer llena de galas y de sutilezas reinaba en el camarín o en el salón. Entonces la dama refinada era la que moldeaba a los hombres y les daba un carácter, a pesar de que se cree lo contrarío, más masculino que el actual. El abate lleno de conocimientos, rizado y perfumado; el joven aristócrata y el aprendiz de poeta, vivían alrededor de la mujer y eran quizá más capaces de un hecho heroico que el joven fornido de hoy.

Actualmente el hombre fuerte y masculino ha tomado el primer papel. La mujer le admira y le sigue con una cierta humildad.

Ello tiende, naturalmente, a encauzar las corrientes de la época.

Lo que puede suceder es que la gente directora de las tendencias actuales esté en parte engañada. Se cree, en general, que el deportismo, la fuerza, lleva a la juventud a una masculinidad mayor, y en esto quizás estén equivocados.

El caso es que en nuestra época de deporte la aberración sexual es tan frecuente como antes o más, y que se da con abundancia en países en donde la salud y el tipo físico son de gran fortaleza.