Hay muchos, orgullosos de tener el valor de decir la verdad, felices de encontrarla, cansados, quizá, del fatigante trabajo de darle forma manejable, impacientes de verla en posesión de aquéllos cuyos intereses defienden, a quienes no parece necesario usar de particular maña para divulgarla. Así el esfuerzo de su trabajo se desvanece. En todos los tiempos se usó la astucia para difundir la verdad, cuando la sofocaban o la desfiguraban.

Confucio falsificó un viejo y patriótico calendario histórico. Sólo sustituyó ciertas palabras. Donde decía: «El soberano de Kun hizo matar al filósofo Wan, por decir esto y aquello». Confucio, en lugar de «matar», ponía «asesinar». Si decía que el tirano tal, de los tales, cayó víctima de un atentado, ponía «ajusticiado». Con esto, Confucio inició una nueva forma de juzgar la historia.

Los que en nuestros días en lugar de «pueblo» dicen «población» y en lugar de «suelo» dicen «propiedad territorial», evitan dar crédito a muchas mentiras: porque despojan las palabras de su marchito misticismo. El término «pueblo» significa cierta unidad e indica intereses comunes; debería, por tanto, usarse sólo cuando se habla de diversos pueblos, único caso imaginable de comunidad en intereses. La población de un territorio dado tiene intereses diversos, y hasta opuestos, esta verdad pretenden sofocarla. También los que dicen «suelo» y hacen perceptible a las narices y los ojos el campo que describen y hablan de su olor de tierra y su color, favorecen la mentira de los potentados; porque, en el terreno, la fertilidad no tiene importancia y menos el amor o el cuidado que el hombre le prodiga. Lo importante en verdad es el precio del trigo y el precio del trabajo. Los que sacan utilidades de la tierra no son los mismos que sacan los granos y el olor de tierra que emana de los campos, se ignora en las Bolsas, que huelen a cosas bastante diferentes. «Propiedad territorial» es, al contrario, el termino justo; con él es menos fácil embrollar.

En donde reina la explotación, el término disciplina debe sustituirse por obediencia, ya que la disciplina es también posible sin los potentados, por lo mismo, tiene más nobleza que la sumisión. La expresión dignidad humana es mejor que el término honor, así el hombre solo no puede desaparecer con tanta facilidad del campo visual. Se conoce la clase de ralea que suele adelantarse a defender el honor de un pueblo; y con cuanta prodigalidad los saciados dispensan honores a quienes los sacian, sufriendo hambre.

La maña de Confucio se puede usar aún hoy. Él sustituía los juicios injustos, sobre ciertos acontecimientos nacionales, por otros justos.

El inglés tomas Moro, en una utopía, describe un país cuyas condiciones de vida eran justas: ¡bastante diverso del suyo, pero semejante en muchas cosas, menos en las condiciones de vida!

Lenin, amenazado por la policía del zar, quería describir la opresión y los abusos de la burguesía rusa en la isla de Sajalín. Escribió «Japón» en lugar de «Rusia», «Corea» en lugar de «Sajalín», y el escrito no fue prohibido, ya que el Japón era enemigo de Rusia. Muchas cosas que en Alemania no se pueden decir sobre Alemania, son lícitas, cuando se habla de Austria.

Muchas mañas son posibles para eludir la suspicaz vigilancia del Estado.

Voltaire combatió la creencia en los milagros de la Iglesia, escribiendo un poema galante sobre la Doncella de Orleans. Describió milagros que sin duda sucedieron para que en el ejército, la corte y entre monjes, Juana permaneciese virgen. Con la elegancia de su estilo, al describir aventuras eróticas, inspiradas en la vida lujosa de los poderosos, inducía a éstos a abandonar la religión, que les proveía de medios para tal vida disoluta. Además, consiguió la oportunidad de hacer llegar por vías ilegales sus trabajos a aquéllos a quienes estaban destinados; sus lectores pertenecían a las clases dominantes, pero lo divulgaban y toleraban su difusión, traicionando así a la policía que protegía sus diversiones.

El gran poeta Lucrecio dice de modo explícito que pone gran confianza en la belleza de sus versos, para la difusión del ateísmo epicúreo.

La alta calidad literaria puede, en forma efectiva, constituir la pantalla para ciertos escritos. Pero, a menudo, despierta también sospechas. Este caso se da, por ejemplo, cuando se sirve de la vilipendiada novela policiaca para introducir, como quien no quiere la cosa, la descripción de condiciones deplorables. Descripciones similares justificarían, sin duda, la novela policiaca.

El gran Shakespeare redujo el tono literario, por razones bastante menos importantes cuando, a conciencia, imprimió aquella forma débil e ineficaz al discurso con que la madre de Coriolano afronta al hijo a punto de atacar la ciudad paterna. Ella quería que Coriolano detuviese la marcha de su plan, no a causa de argumentos válidos o de profunda emoción, sino por cierta inercia que lo hacía ceder a una vieja costumbre.

En Shakespeare encontramos también un ejemplo de verdad difundida con maña, en el discurso de Antonio junto al cadáver de César. Antonio reitera que el asesino de César, Bruto, es hombre honorable, pero a la vez narra su delito que describe en forma más eficaz a la usada para describir al reo; el orador se deja vencer por los hechos mismos, dándoles mayor elocuencia que «a sí mismo».

Un poeta egipcio, que vivió hace cuatro mil años, se sirvió de método similar. Era época de grandes luchas de clases. La clase dominante se defendía con gran trabajo de su múltiple adversario —la parte de la población dominada hasta entonces. En el poema, un sabio se presenta en la corte reinante, exhortando a la lucha contra el enemigo interno. Larga, insistentemente, describe el desorden causado por la insurrección de las clases oprimidas. La descripción dice:

¿No es así? Los nobles llenos de dolor, los humildes, de gozo.

Cada ciudad dice: arrojad a los fuertes de nuestro medio.

¿No es así? Las oficinas públicas abiertas; los registros tomados; los esclavos se vuelven amos.

¿No es así? El primogénito de notables no se reconoce; el niño de la señora se convierte en hijo de su esclava.

¿No es así? Los ciudadanos atados a ruedas de molino. Salen los que nunca vieron el día.

¿No es así? Despedazan los cofres de ébano para sacrificios; con la preciosa madera de Sesnem hacen lechos.

Mirad, en una hora la residencia sometida.

Mirad, los pobres se enriquecen. Mirad, el que no tenía pan, ahora posee granero; cuyas provisiones son bienes de otro.

Mirad, cómo beneficia al hombre el alimento.

Mirad, el que no tenía trigo, ahora posee graneros; los que pedían trigo a los pobres, ahora lo distribuyen.

Mirad, el que no tenía yugo de bueyes, ahora posee manada; el que no tenía buey para arar, posee rebaños.

Mirad, el que no podía construirse un cuarto, posee cuatro paredes.

Mirad, los consejeros tratan de refugiarse en los pajares; el que no osaba descansar sobre la muralla, ahora tiene lecho.

Mirad, el que nunca construyó barca para sí, ahora tiene naves; no pertenecen al propietario que va a verlas.

Mirad, los que tenían vestidos, ahora se cubren con harapos; el que nunca tejía para sí, ahora tiene lino finísimo.

El rico duerme sediento; el que antes pedía las gotas de sus vasos, ahora posee cerveza fuerte.

Mirad, el que no sabía nada de música, ahora tiene arpa; el que no cantaba, ahora estima la música.

Mirad, el solitario, que dormía sin compañera, ahora encuentra mujer; los que se miraban el rostro en el agua, ahora poseen espejo.

Mirad, los que dirigían los negocios del país, caminan sin encontrar qué hacer.

A los grandes no les entregan mensajes; el que antes los llevaba, ahora manda a otro…

Mirad, hay cinco hombres, mandados por sus amos.

Ahora dicen: caminad; nosotros llegamos.

Es evidente que esta descripción presenta el desorden que parecía muy deseable a los explotados. Pero sería difícil inculpar al poeta. Su condena del desorden es explícita, aunque no resiste…

En un panfleto, Jonathan Swift propuso, para traer el bienestar al país, salar a todos los niños de los pobres y venderlos como carne. Hizo cálculos exactos, que demostraban cómo se podía economizar, siempre y cuando se prescindiera de escrúpulos. Swift se hacía tonto. Defendía con mucho celo y precisión cierto modo de pensar que detestaba; aplicándolo en este ejemplo desenmascaraba toda la infamia. Cualquiera podía ser más inteligente que Swift, o al menos más humano, sobre todo los que hasta entonces no consideraban las consecuencias que resultan de ciertas opiniones.

La propaganda para que las personas razonen y piensen por cuenta propia, en cualquier campo que se haga, siempre sirve a la causa de los explotados. Esta propaganda es altamente necesaria. Bajo los gobiernos que prodigan abusos, razonar se considera cosa vil.

Se juzga vil lo útil a los explotados. Asimismo se considera despreciable la ansiedad continua por comer hasta saciarse; se condena el desprecio a los honores prometidos a los defensores del país, donde aguantan hambre; las dudas ante el conductor que lleva a la ruina; la aversión al trabajo que no nutre a quien lo hace; rebelarse contra la imposición del comportamiento insensato; el desinterés por la familia, que no necesita interés. Se insulta a los hambrientos por su voracidad, a los que nada tienen que defender por su cobardía, a los que dudan de su opresor por las dudas sobre su propia fuerza, a los que quieren hacerse pagar el trabajo que realizan por su pereza, etc.

Bajo gobiernos similares, pensar, en general, se considera cosa vil y desacredita. No se enseña a pensar y donde el pensamiento se manifiesta, se persigue. No obstante, siempre hay campos donde se puede señalar, sin peligro, los buenos efectos de la razón; campos donde la dictadura la necesita.

Se puede mostrar, por ejemplo, los éxitos de la razón en el campo de la ciencia militar y la técnica. También para remediar las insuficiencias de la reserva lanar, gracias a la organización y la invención de sustitutos, se necesita la razón. El empeoramiento de los alimentos, el adiestramiento de los jóvenes para la guerra, exigen razón; esto se puede describir. En cambio puede evitarse con maña la exaltación de la guerra, del impensado fin de tanto esfuerzo cerebral; el razonamiento que deriva de la pregunta: «¿Cuál es el mejor modo de llevar la guerra?», puede llevar a la pregunta: «¿Tiene sentido esta guerra?»; y se puede llegar también a la pregunta: «¿Cuál es el mejor medio de evitar una guerra insensata?».

Cierto, en la práctica resulta imposible formular tales preguntas en público. ¿Es imposible disfrutar del modo de pensar que se propaga, es decir, hacerlo eficaz? Al contrario: es posible.

Para que en época como la nuestra sea posible la explotación, que permite a la parte de la población (más pequeña) explotar a la otra (más grande), es indispensable una actitud particular de la población, actitud fundamental que debe extenderse a todos los campos.

Un descubrimiento en el campo de la zoología, como el del inglés Darwin puede, de un momento a otro, convertirse en peligro para los explotadores; no obstante, sólo la iglesia se ocupó de ello, mientras que la policía de nada se dio cuenta.

En estos últimos años los experimentos de los físicos llevan a ciertas conclusiones en el campo de la lógica, que sin duda representan peligro para toda la serie de dogmas al servicio de la explotación.

Hegel, el filósofo estatal de Prusia, que acometió difíciles búsquedas en el campo de la lógica, procuró a Marx y a Lenin, los clásicos de la revolución proletaria, métodos de incalculable valor.

Las diversas ciencias se desarrollaron con bastante complejidad, pero en forma desigual y el Estado es incapaz de vigilar cada punto. Los precursores de la verdad pueden escoger un campo de batalla relativamente inobsevado.

Todo depende del hecho de que se enseñe un modo justo de razonar, una forma de razonar que interrogue por cada cuestión y cada acontecimiento, desde su lado transitorio y mutable. Los poderosos son muy hostiles a los grandes cambios. Quisieran que todo permaneciera como está, posiblemente durante mil años; ¡que la luna se detuviese, que el sol no girase más! Entonces ninguno tendría hambre ni pretendería comer por la tarde. Después de que ellos disparen, el enemigo no debe poder disparar, su golpe debe ser el último. Considerar las cosas dándole importancia a su lado transitorio, es buen sistema para reanimar a los explotados. Mostrar que en cada cosa, en cada estado de cosas, surge y crece una contradicción: también es hecho que se necesita oponer a los vencedores.

Parecido modo de razonar (esto es, la Dialéctica, la doctrina del ser en devenir) se puede ejercitar en sectores de investigación que, durante un tiempo, escapan a los potentados.

Se puede aplicar a la biología y a la química. Pero también describiendo el destino de una familia se puede aplicar, sin dejarlo notar mucho. La relación de cada objeto con muchos otros, que cambian continuamente, es pensamiento peligroso para las dictaduras y puede expresarse de muchos modos, sin dar pretexto a la policía. Una descripción minuciosa de todas las circunstancias, todos los procesos en que se encuentra implicado un hombre que abre una tabaquería, puede ser golpe serio para la dictadura.

Todos los que piensen un poco, encontrarán por qué. Los gobiernos que conducen las masas humanas a la miseria deben evitar que en la miseria se piense en los gobiernos. Entonces hablan mucho del destino. El destino —no los gobiernos— es responsable de la miseria. Se arresta a quien trate de descubrir las causas de la miseria, antes de que desenmascare al gobierno. Aún es posible oponerse, en general, a los discursos sobre el destino; se puede mostrar que el hombre hace su destino.

También a esto se puede llegar de diversos modos. Por ejemplo, se puede relatar la historia de una granja, digamos una granja de campesinos islandeses. Todo el pueblo dice que la granja está maldita. Una campesina se tiró en el pozo, un campesino se colgó. Un buen día hay un matrimonio: el hijo del campesino se casa con una muchacha que aporta como dote algunas tierras. Y la maldición desaparece. El pueblo no está de acuerdo al juzgar este feliz acontecimiento. Unos lo atribuyen al excelente carácter del joven campesino; otros, a las tierras que la joven aportó como dote, y que permiten a la granja producir.

Hasta con una poesía que describe un paisaje se puede hacer algo, si se incorporan a la naturaleza las cosas creadas por el hombre.

La maña se necesita para que la verdad se difunda.