En estos tiempos pocas tragedias son escritas. Se sostiene comúnmente que esta ausencia se debe a la escasez de héroes entre nosotros, o a que el hombre moderno ha sacado la sangre de sus vísceras encargadas de la fe por el escepticismo de la ciencia, y el heroico ataque sobre la vida no puede alimentarse en una actitud de reserva y circunspección. Por una razón u otra, estamos impelidos a mantenernos debajo de la tragedia o mantener a la tragedia sobre nosotros. La inevitable conclusión es, desde luego, que el modo trágico es arcaico, adecuado solo para los de elevado rango, los reyes o los dignos de realeza, y donde esta afirmación no se hace en tantas palabras frecuentemente se encuentra implícita.

Creo que el hombre común es tan apto para la tragedia en su más elevado sentido como lo son los reyes. Encarar esto debe ser obvio a la luz de la psiquiatría moderna que basa su análisis sobre formulaciones y clasificaciones como los complejos de Edipo y Orestes, por ejemplo, que fueron encarnados por hombre de la realeza, pero que aplican a cualquiera en situaciones emocionales similares.

Más simple, cuando no se trata de la cuestión de la tragedia en el arte, no dudamos en atribuir al acomodado y al superior el mismo proceso mental que al inferior. Finalmente, si la elevación de la acción trágica fuera solo propiedad de caracteres con alcurnia, es inconcebible que las masas humanas deban atesorar la tragedia sobre todas las otras formas, y mucho menos sean capaces de comprenderla.

Como una regla general, para la que pueden existir excepciones desconocidas para mí, pienso que el sentimiento trágico es evocado en nosotros cuando estamos en presencia de un personaje que está listo para abandonar su vida, si es necesario, para asegurar una cosa: su sentido de dignidad personal. De Orestes a Hamlet, de Medea a Macbeth, la lucha subyacente es la del individuo tratando de ganar su posición “correcta” en su sociedad.

A veces él es alguien que ha sido despojado de ésta, a veces es alguien que busca conseguirla por primera vez, pero la herida fatídica que desencadena la espiral inevitable de eventos es la herida de la indignidad y su fuerza dominante es la indignación. La tragedia, entonces, es la consecuencia de la compulsión total del hombre para evaluarse con justicia.

En el sentido de haber sido iniciado por el héroe mismo, la historia siempre revela lo que ha sido llamado el “error trágico”, una falla que no es peculiar a los caracteres elevados o grandiosos. Tampoco es necesariamente una debilidad. El error, o fisura en los personajes, es realmente nada más –y no necesita ser nada más– que la inherente renuencia a mantenerse pasivo ante lo que es concebido como un desafío a la dignidad propia, imagen o correcto estatus. Sólo los pasivos, solo aquellos que aceptan su suerte sin represalias activas, son “inmaculados”. La mayoría de nosotros estamos en esa categoría.

Pero hoy hay entre nosotros, como siempre ha habido, aquellos que actúan contra el esquema de cosas que los degrada, y en el proceso de acción todo lo que hemos aceptado por temor, insensibilidad o ignorancia, es sacudido ante nosotros y examinado; y de este ataque total de un individuo contra el cosmos aparentemente estable que nos rodea -desde este examen total del ambiente “inmutable” –viene el terror y el miedo que se asocia clásicamente a la tragedia. Más importante aún, a partir de este cuestionamiento total de lo que antes no había sido cuestionado, aprendemos. Y tal proceso no está más allá del hombre común. En las revoluciones de todo el mundo, estos últimos treinta años, ha demostrado una y otra vez esta dinámica interior de toda tragedia.

La insistencia en el rango del trágico héroe, o la llamada nobleza de su carácter, no es más que un aferramiento a las formas externas de la tragedia. Si el rango o la nobleza del carácter fueran indispensables, entonces se deduciría que los problemas de aquellos con abolengo son los problemas particulares de la tragedia. Pero seguramente el derecho de un monarca para capturar el dominio de otro ya no despierta nuestras pasiones, ni son nuestros conceptos de justicia lo que eran para la mente de un rey isabelino.

Sin embargo, la calidad de esas obras que nos sacuden proviene del temor subyacente de ser desplazado, el desastre inherente a ser arrancado de nuestra imagen escogida de qué y quiénes somos en este mundo. Entre nosotros hoy este temor es fuerte, y tal vez más fuerte, de lo que alguna vez fue. De hecho, es el hombre común que conoce mejor este miedo.

Ahora bien, si es cierto que la tragedia es la consecuencia de la compulsión total de un hombre a evaluarse justamente, la destrucción de éste en el intento presenta un error o un mal en su ambiente. Y esta es precisamente la moralidad de la tragedia y su lección. El descubrimiento de la ley moral, que es en lo que consiste la ilustración de la tragedia, no es el descubrimiento de una magnitud abstracta o metafísica.

Lo trágico correcto es una condición de vida, una condición en la que la personalidad humana es capaz de florecer y realizarse a sí misma. Lo incorrecto es la condición que suprime al hombre, pervierte el fluir de su amor e instinto creador. La tragedia ilumina, ilustra –y debe hacerlo, puesto que apunta el dedo heroico al enemigo de la libertad del hombre. El impulso para la libertad es la cualidad que exalta en la tragedia. El interrogatorio revolucionario del entorno estable es lo que aterroriza. De ninguna manera el hombre común está excluido de tales pensamientos o acciones.

Visto bajo esta luz, nuestra falta de tragedia puede ser explicada en parte por el giro que la literatura moderna ha tomado hacia la visión puramente psiquiátrica de la vida, o la puramente sociológica. Si todas nuestras miserias, nuestras indignidades, nacen y se crían en nuestras mentes, entonces toda acción, y mucho menos la acción heroica, es obviamente imposible.

Y si la sociedad por sí sola es responsable de los calambres de nuestras vidas, entonces el protagonista debe ser tan puro e impecable que nos obligue a negar su validez como un personaje. De ninguna de estas miradas puede derivarse la tragedia, simplemente porque ninguna representa un concepto equilibrado de vida. Por encima de todo, la tragedia requiere la mejor apreciación por parte del escritor de la causa y el efecto.

No puede ocurrir ninguna tragedia cuando su autor teme cuestionar absolutamente todo, cuando considera que cualquier institución, hábito o costumbre son eternos, inmutables o inevitables. En la visión trágica, la necesidad del hombre de dar cuenta de sí mismo plenamente es la única estrella fija, y lo que sea que cubra su naturaleza y la rebaje, está listo para el ataque y la examinación. Lo que no quiere decir que la tragedia debe predicar la revolución.

Los griegos podrían investigar el origen celestial de sus costumbres y retornar para confirmar la justicia de las leyes. Y Job podía enfrentar a Dios en cólera, exigiendo su derecho y terminando en sumisión. Pero por un momento todo está en suspensión, no se acepta nada, y en este dibujo y desgarramiento del cosmos, en la misma acción de hacerlo, el personaje gana “tamaño”, la estatura trágica que es falsamente unida a la realeza o a la alcurnia en nuestras mentes. El más común de los hombres puede tomar esa estatura en la medida de su voluntad de lanzar todo lo que tiene en la disputa, la batalla para asegurar su lugar legítimo en el mundo.

Hay una concepción errónea de la tragedia con la que he sido golpeado en reseña tras reseña, y en muchas conversaciones con escritores y lectores por igual. Es la idea de que la tragedia esta necesariamente aliada al pesimismo. Incluso el diccionario no dice nada más sobre la palabra que ésta significa una historia con un final triste o infeliz. Esta impresión está tan firmemente fija que casi dudo en afirmar que en verdad la tragedia implica más optimismo en su autor que la comedia y que su resultado final debe ser el reforzamiento de las más brillantes opiniones del espectador sobre el animal humano.

Pues si es cierto que en esencia el héroe trágico está decidido a reclamar todo su derecho como personalidad, y si esta lucha debe ser total y sin reserva, entonces esto demuestra automáticamente la voluntad indestructible del hombre para alcanzar su humanidad.

La posibilidad de la victoria debe estar ahí en la tragedia. Donde el pathos rige, donde finalmente desemboca el pathos, un carácter ha luchado una batalla que él no podría haber ganado posiblemente. Lo patético se logra cuando el protagonista es, en virtud de su insensatez, su insensibilidad, o el aire mismo que emite, incapaz de lidiar con una fuerza mucho superior.

El pathos es verdaderamente el modo para el pesimista. Pero la tragedia requiere un mejor equilibrio entre lo que es posible y lo que es imposible. Y es curioso, aunque edificante, que las obras que veneramos, siglo tras siglo, sean las tragedias. En ellos, y sólo en ellos, se encuentra la optimista creencia, si se quiere, en la perfectibilidad del hombre.

Creo que es hora de que nosotros, que no tenemos reyes, tomemos este ovillo brillante de nuestra historia y lo sigamos al único lugar al que posiblemente puede conducirnos en nuestro tiempo: el corazón y el espíritu del hombre promedio.

ARTHUR MILLER

27 de febrero de 1949

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