Todas las reputaciones, excepto la de los enteramente imbéciles, bajan y vuelven a levantarse; los hombres capaces son alabados dos veces, primero por razones equivocadas y luego, tras un ciclo de vilipendio, por las verdaderas razones. Así, por ejemplo, el doctor Johnson era admirado en su tiempo como un juez espantoso, y se le admira ahora como un partidista humorístico, extravagante y delicioso; así también, Byron fue admirado por la juventud de su tiempo como tipo cansado y de edad, y ahora lo admiran los mayores -tales, por ejemplo, como el autor de estas líneas- como prototipo de la juventud romántica. Entre estas grandes reputaciones, que están destinadas a retornar, puede citarse a Macaulay, el historiador, cuya resurrección yo predico sin vacilaciones y espero con profundo gozo. Pero cuando Macaulay vuelva a levantarse, tendremos la misma libertad para alabarlo que para alabar a Johnson y a Byron. No nos parece necesario suponer que Johnson tenía razón en la guerra de América, o que los notables versos de Byron Una lágrima sean buena poesía; ni seremos tampoco tan absurdos como para pretender que Macaulay tuvo una visión justa del siglo XVII.

La verdadera gloria de Macaulay, por paradójico que pueda parecer, fue que adoptó un criterio injusto, o lo que se denomina criterio injusto. Es decir, su verdadera gloria fue que era un com batiente del siglo XVII, y por lo tanto vivió en él. Puede ser mejor entender a ambos bandos en la Guerra Civil que entender a uno, mas es inconmensurablemente mejor entender a uno de ellos que no entender a ninguno; lo cual es una descripción precisa de la situación del historiador constitucional racionalista al estilo del impecable Hallam. ¿Podemos imaginarnos al señor Hallam gritando «¡a la carga!», con los valientes de Carlos en el vestíbulo de los Comunes? ¿Podemos imaginarlo gritando «¡privilegio!», con los puritanos dentro de la Cámara? ¿Podemos imaginarlo gritando algo? Dudo, incluso, de que gritara cuando se publicó su Historia de la Edad Media. Macaulay habría gritado con una de las multitudes. No: gritó, de hecho, con esa multitud. Lanzó su grito abiertamente, como el grito de una multitud, y no le importó que ese grito suyo llegara con doscientos años de retraso, y que toda su multitud hubiera pasado ya a formar parte del polvo olvidado de los muertos. Él vivió efectivamente en ese periodo; vivió fieramente, fanáticamente, brutalmente, abominablemente, si así lo quieren sus opositores, pero vivió allí. Era como cualquier whig indignado, y eso proporciona una luz más clara sobre el siglo XVII que un pedante corriente y sin indignación.

La versión que Macaulay da de Carlos 1 puede ser injusta, y probablemente lo es; pero la historia de Macaulay, si no relata su vida, por lo menos explica su muerte. En la historia de Macaulay vemos a un príncipe italiano orgulloso, malvado, intrigante, venenosamente pío y morbosamente romántico, que buscaba, con toda clase de pequeñas artimañas de las que ofrecía la diplomacia del siglo XVII, una forma de engañar y destruir una simple y honrada protesta pública. Vemos, en otras palabras, algo que posiblemente es de lo más limitado y parcial; pero vemos lo que veían los puritanos. ¿Y qué es lo que vemos al leer las historias solemnes, racionales, imparciales, que se enorgullecen de no inclinarse ni a la derecha ni a la izquierda? Vemos a un monarca fantasmal que oprime sin ninguna razón a un pueblo fantasmal que se rebela sin ninguna razón. Vemos a hombres que luchan por pergaminos y frases que no tienen ninguna vida; vemos, como en un mundo de sombras, a hombres que asesinan y torturan por motivos que parecen tan pedantes como la ortografía de una palabra griega. Aquí no hay ni rastro de la exaltación amarga, de la honrada exageración que hace posible que hombres buenos realicen obras malas.

Una multitud imposible se reúne en torno a una ejecución imposible. Un ser humano de dos piernas coge una herramienta inmensa, horrible, afilada, como un gigantesco cuchillo de cocina, y con ella corta las arterias de otro ser humano de dos piernas que tiene la cabeza apoyada contra un trozo de madera; y no conseguimos tener la menor noción de cómo pudo ocurrir algo así. Macaulay nos podría ayudar a entender. Yo sé que hay mucha gente excelente que cree con gran firmeza en lo que llaman la búsqueda de la verdad. La verdad me parece a mí una condición del alma, posible a la vez en un profesor universitario alemán y en un campesino de Sussex. Un hombre que busca la verdad, me temo que se parece a uno que parte con una mochila y equipo de escalador para descubrir su propio centro de gravedad. Pero, se pueda o no descubrir la verdad objetiva por medio del uso científico del intelecto, estoy completamente seguro de que es inútil hablar de la verdad en la educación, en la enseñanza de cosas tales como la historia. Es posible enseñar la verdad solamente en terrenos tales como la aritmética y las ciencias físicas; y hasta cierto punto en terrenos tales como atar un arco, o patinar o tragar sables. Pero si deseamos enseñar a nuestros hijos cualquier cosa que vaya más allá, la verdad indiscutida es imposible. Si nos contentamos con enseñar cosas tales como que la jirafa es un mamífero o que tres pies equivalen a una yarda, claro que podremos enseñarlas con exactitud. Y en ese caso estamos libres de toda duda y toda controversia, de toda filosofía, teología, ética o estética.

Dejemos al niño existir enteramente entre estos hechos indisputados. Cuando el tiempo le pese en las manos, cuando anhele el pulso y la danza de liviana lírica, dejémoslo repetirse a sí mismo que tres pies son una yarda. Cuando el cielo de su espíritu se oscu rezca, cuando las dificultades caigan sobre él y le destrocen el alma, dejemos que se consuele y tranquilice recordando que, a pesar de todas las tormentas pasajeras, la jirafa sigue siendo mamífero. Si esto lo satisface, dejémoslo satisfecho. Pero si tenemos la menor intención de enseñarle cosas como historia o filosofía, religión o moral, arte o literatura, abandonemos totalmente la esperanza de que podamos enseñarle la verdad, en un sentido completo y real. No podemos enseñar la historia con justicia. Es intrínsecamente imposible. Es imposible por esta sencilla razón: que, siendo todo ser humano insondable, nadie puede decidir realmente hasta qué punto estaba en lo cierto o estaba en el error. Había más honradez en Titus Oates* y más maldad en Bayardo de lo que podremos ir extrayendo hasta el fin de los tiempos.

Cualquiera que crea que puede dar a un niño un panorama puro, imparcial, de lo que fue el siglo XVII, puede intentar un experimento paralelo. Que trate de dar a un solo niño una lección sobre el carácter de su tío José; que establezca una «clase» de una sola persona, y enseguida que vea manera de describir todos los ricos humores e indescriptibles matices que todos reconocemos en ese tío en particular. Luego, que se pregunte cómo va a describir la verdad definitiva sobre una guerra que tuvo lugar hace doscientos ardió entre dos ejércitos de tíos-José; una guerra en que un apresó a cinco en que noventa se lanzaron sobre un en que se mezclaron millones de hombres, y cada uno de ellos era un problema inagotable. No se puede ser justo en la historia. Entusiásmese, compadézcase, sea sereno, observe, pero no se imagine que posea lo que se llama la verdad. Aplauda, admire, reverencie, denuncie, execre. Pero, recuerde aquello de «no juzguéis, para que no seáis juzgados».

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