Cuando mis sueños se volvieron aburridos, no pude dormir más. Fue como el trágico descenso de un artista brillante a la mediocridad. La única víctima del fracaso de mi subconsciente fui yo, su patrocinador.

De un día para otro, mis sueños no tenían gracia. Los personajes, representados por familiares, amistades y ocasionales debutantes, no tenían ninguna magia. Me sentía como el único con vida. Los entornos eran planos y repetitivos. Mismos edificios, a veces con nuevas columnas o portales. Dejé de prestarle atención a todo y el proceso del sueño empezó a fallar.

Cada vez era más común despertarme con un mal sabor de boca, levantarme a tomar agua y permanecer en vigilia. Al principio me desenganchaba del sueño a las 5 horas, ya eso repercutía en mi energía a lo largo del día. Después, en 3 horas me consideraba decepcionado. Finalmente, menos de una hora era suficiente para terminar con aquello. Ya ninguna fibra de mi cuerpo colaboraba para ayudarme a conciliar el sueño.

Estaba abatido. Probé con ejercicios. Solo sirvió para hacerme tomar siestas de una hora a lo largo del día. Deleznables representaciones de mi subconsciente. Cada vez necesitaba menos tiempo para asquearme a mí mismo con tan pobre narrativa.

Así manejé mi situación unos meses. Los psicólogos estaban totalmente perdidos. Mis síntomas eran los de alguien con una seria enfermedad de degeneración neuronal. Pero el patrón no concordaba, no había antecedentes en mi familia, ni siquiera entre mis parientes más lejanos.

Estuve de consultorio en consultorio. Nada interesante pasó dentro de ellos. Las cosas dieron un giro cuando un hombre solitario, empeñado en hacer conversación, se me acercó en una sala de espera. No causó ninguna impresión en mí. Tan es así que ni siquiera recuerdo su cara.

El hombre me contó por qué esperaba en el consultorio. Traté de ignorarlo, pero me fue imposible. Me atosigó con preguntas y terminé diciendo más de lo que debía. Le comenté mi insomnio y su verborrea empezó a centrarse en el sueño. Parecía saber mucho del tema, todo desde un punto de vista esotérico.

Se hizo hora de que se fuera, no entendí bien a dónde, y se despidió entregándome una tarjeta de un grupo de ocultistas. Me dijo que un hombre ahí sabía mucho del insomnio. Que tenía una formación académica importante, y que estudiaba métodos para curarlo. Que había ayudado a varios. Luego me quitó la tarjeta, anotó un número y un nombre, y se despidió.

No quiero ni escribir su nombre. El número me llevó a una dirección y la dirección me llevó a él. Nos citamos bien entrada la tarde en una casa de corte antiguo. Era de esas casas que, al entrar, dan la impresión de haber pasado por muchas generaciones de gente pudiente. Se sentía vacía.

Me sentó en un sillón blanco y tomó asiento frente a mí. Había un vaso con agua en la mesa junto a mi apoyabrazos. Paseé la mirada por la sala. La luz bañaba todas las superficies de madera y el brillante piso de granito.

«Entonces, ya no concibe el sueño», dijo. Las arrugas de su frente acentuaban su nada reconfortante mirada. Su calva y su espesa barba negra lo hacían ver tétrico e implacable. Como si fuera el encargado de hacer un dictamen fatal. Las ropas oscuras que tenía ayudaban a dar esta idea.

«Ya no hallo gusto en dormir», le dije, y entré en detalles sobre mi condición. No esperaba mucho del encuentro. Me vio describir mi problema y frotó su barba. Luego miró a la ventana. La luz lo disolvía. Entonces dijo:

«El inconsciente puede ser tan ruin como el más cruel de los niños juguetones. No hay dios más desalmado en el olimpo de los hombres. Sus motivaciones no tienen SENTIDO para nosotros. Ese desentendimiento puede mortificar hasta la náusea. Usted ha fallado en descifrar el viraje de los caprichos de su inconsciente. No hay tarea más difícil. Se lo digo, no la hay.».

Se levantó y abrió un gabinete de un mueble que tenía atrás. Sacó un pequeño frasco.

«¿Ve esto? Este es el látigo y la silla con el que pretenden domar a la fiera. Narcóticos. El patético esfuerzo con el que se empeñó la ciencia moderna. Abandonaron cualquier posibilidad de navegar los mares desconocidos de la mente. No son capaces de ponerse las prendas de rito y hablar el IDIOMA de los guardianes del inconsciente».

«¿Y usted sabe cómo?», pregunté, casi con sarcasmo. Mi interlocutor sonrío y se paró frente a una puerta.

«Venga», dijo. Abrió la puerta y empezamos a bajar por unas escaleras.

«Lo pondré de forma sencilla. El inconsciente no es más que un niño adicto a los JUEGOS. Solo existe para crear reglas y rituales que obran entre nuestras acciones cotidianas. Nadie gana en los juegos del inconsciente. Como los niños cuando descubren los juegos, él solo juega por la “diversión” de jugar».

Detuvo su paso y volteó a verme. La escalera crujió.

«Nuestro esfuerzo por darle propósito al mundo es el que enseña a los niños que se juega para ganar o perder. Ahí es cuando la felicidad empieza a decaer».

Llegamos a una habitación pequeña. Tenía paredes azul oscuro, la luz se ahogaba en ellas. Un catre, un escritorio y una silla de madera muy rústica conformaban el resto del lugar.

«Véame como un mediador. Yo me dedico a negociar con el inconsciente. Diseño formas de entretenerlo con nuevos rituales y así los FRUTOS de su satisfacción caen jugosos y son aprovechados por las mentes donde se hospeda».

«Un… hipnotista», dije sobrecogido por la atmósfera intimidante.

Empezó a sacar aparatos de un armario al fondo de ese mono estudio macabro. Los colocaba en el escritorio.

«Hay algo de eso, sí. Mi método es multidisciplinario».

Cuando hubo dispuesto sus agujas, correas y viales en la mesa, se detuvo a verme. Como analizando mis reacciones más discretas.

«Usted es inteligente, puedo verlo. Usted ha sentido esa presencia dominante en el fondo de su mente. Usted sabe que las explicaciones de los estudiosos son cobardes y superficiales. Por eso el hombre promedio se limita a ver su inconsciente como un acto reflejo. Un proceder de la naturaleza, arbitrario e inabarcable. En pos del conocimiento, yo me atrevo a ir más allá. Colaborando conmigo, disfrutará las mieles del inconsciente y me ayudará a verificar mis resultados. Para eso he dispuesto esta habitación… Aquí, con el debido acondicionamiento, hallará que el inconsciente puede ser más que un animal errático. Puede ser una herramienta. Una fuente de saberes. Un mundo de FELICIDAD. Y todo está a la disposición de usted gracias al método que he diseñado».

«¿Qué hace que su método sea más atractivo que una terapia convencional?», dije, como enfrentándome a algo profético. El aire se hacía cada vez más pesado, sentía que respiraba arena.

«¿Acaso le han confortado los métodos convencionales? ¿Vale la pena vivir sometido al YUGO del caos que hay en usted? … Seguiría a la merced de un capricho impredecible. ¿Siente usted que hizo algo fuera de lo normal que podría hacer un hombre en su vida para verse envuelto en su situación tan desagradable?

¿No es injusto?».

Mi garganta se secó y se contrajo.

«Aquí le ofrezco la paz que merece. El único requisito es que siga el protocolo de mi método. Esta maquinaria que ve aquí no es más que la parte final del proceso con el que, a través de meditación y alteraciones de su conducta, lo haré capaz de traer su inconsciente a primer plano. En este escritorio, su consciente y su inconsciente pasarán a ser uno. Su propia realidad estará a su merced. Sus emociones y sensaciones, todas le serán tan manipulables como en un sueño. No estará bajo un mando desconocido. Esta PLUMA escribirá con SANGRE lo que sea

que quiera usted SOÑAR, y lo soñará mientras escribe… Luego, podrá dormir. ¿No suena tentador? ¿No es el descanso que merece? Es el regalo que le hago a usted y a la mente humana. Control».

El terror enfrió mis huesos. Aquel hombre no veía en mí nada más que un portal de carne entre él y su objeto de estudio. Mi mente corría el riesgo de quebrarse en sus manos. La locura. Esa oscuridad abriéndose entre el individuo y el mundo. La impotencia más grande que yo podía imaginar… Se hacía latente.

Retrocedí unos pasos y sus manos, como dos pinzas, me sujetaron la cara. Me vio a los ojos. Su mirada era abismal. Lo agarré por el cuello de la camisa, y lo empujé lejos. Se desplomó junto al catre y el estruendo recorrió con ruido metálico, como un campanazo, toda la habitación.

Salí de allí y me lancé a la calle. Mi respiración se aceleraba. Me nublaba la vista. No volteé, pero mientras me alejaba, la presencia de la casa se extendía sobre mí. Me di unas palmadas en la cara y me las arreglé para conseguir un taxi.

En el camino a casa, los árboles y la carretera me relajaron. Me repetí a mí mismo que ya todo estaba atrás. Que ya no tenía que preocuparme más por lo que sentí en ese lugar. Había sido un evento desafortunado y pasajero. No podía juzgarme por haber probado suerte con ese hombre. Mi mala racha con los doctores y mi impaciencia me habían hecho terminar allá. No podía desaprovechar el intento.

Abrí la puerta de la casa. Coloqué mi abrigo en el perchero y vi que la mesa estaba puesta. Una botella de vino y una bandeja de quesos acompañaba los platos y los cubiertos.

«¿Cómo te fue?», preguntó mi mujer desde la cocina.

Me acerqué al marco de la puerta y me recosté mientras la veía picar las rebanadas de pan para la cena. Había olvidado lo hermosa que podía llegar a verse haciendo las tareas más sencillas.

«¿Y bien? ¿No dirás nada?», insistió.

Yo solo sonreí y seguí viéndola. Casi leyó mi mente, se acercó y me besó. La sentí entre mis brazos. Ese gesto bastó para desatar cualquier nudo que quedara en mi espíritu.

«La cena va a tardar un rato. Te llamaré cuando esté lista», dijo. Puse un disco de Bach en el reproductor. Las variaciones de Goldberg.

Me senté en el escritorio y empecé a escribir esto. Noté lo pálido que estaba. Había adelgazado mucho estos meses. No puedo dejar de frotarme los ojos, la tinta roja me molesta en ellos. «Creo que comeré después, amor, tengo un poco de SUEÑO». El catre se ve tan cómodo. Tanto azul alrededor me sofoca.


El autor es un escritor y periodista venezolano

Opina que es gratis