Si hay algo claro sobre el presidente de Estados Unidos es su vocación por la mentira. Desde mucho antes de convertirse en una figura política, el empresario jugó a torcer la verdad de sus declaraciones de renta e incluso terminó con una bancarrota millonaria por su maquillaje a la realidad.

Hoy, cuando faltan 33 días para la elección que definirá su reelección o salida deshonrosa de la Casa Blanca, anuncia que tiene la enfermedad que según él, es una patraña. Pasó meses de resatarle importancia a la magnitud de la pandemia de coronavirus y a hacer confinamientos. Aunque la evidencia lo ha forzado (con muchos trabajos) a ceder en sus férreas posiciones, sigue celebrando multitudinarios mitines con la cara descubierta y burlándose de su oponente en las presidenciales, Joe Biden, por usar mascarilla.

Ahora, el presidente estadounidense ha sufrido en carne propia los efectos de la COVID-19, al anunciar que ha dado positivo junto a su mujer, Melania Trump.
La duda obvia ¿realmente está enfermo o es esta una más de sus estrategias de campaña en momentos donde parece con el agua al cuello?

Estados Unidos está inmerso en plena carrera para las presidenciales del 3 de noviembre. Los actos de campaña comenzaron hace meses, y pese a la recomendación de evitar concentraciones, Trump ha seguido celebrando mítines multitudinarios, a veces en contra de la ley.

A mediados de septiembre, el candidato a la reelección celebró un acto en Nevada a puerta cerrada, donde miles de personas se reunieron en las instalaciones de una fábrica en la localidad de Henderson, pese a que las leyes locales estipulaban que no se podían realizar concentraciones de más de 50 personas.

No ha sido el único. Al presidente le gustan las grandes reuniones, y en el debate presidencial del pasado martes, su oponente demócrata se lo recriminó, explicando que su campaña había optado por las reuniones pequeñas para garantizar la distancia de seguridad, y que no le gustaban los grandes mítines. “Menos mal, porque de todas maneras nadie se habría presentado”, se burló el mandatario.

Durante toda la campaña, una de las burlas favoritas de Trump ha sido sobre el hecho de que Biden usa mascarilla en público. “¿Habíais visto a alguien que le guste más las mascarillas que a él?”, ha dicho en tono de sorna en un mitin esta semana.

Cuando el tema salió a relucir en el debate del martes pasado, Trump le dijo a su oponente: “Tengo mascarilla, tengo una aquí mismo, pero no la uso como él, que cada vez que lo ves tiene una mascarilla. Puede estar hablando, a 60 metros de distancia y lleva la mascarilla más grande que hayas podido ver”.

A principios de julio, Trump visitó una fábrica de test para detectar el coronavirus, y lo hizo sin protección facial. Se detuvo a hablar con los empleados e incluso cogió algunos de los hisopos que se usan para tomar muestras y simuló usarlos.

La consecuencia fue que parte de la producción de ese día tuvo que ser destruida al haber sido expuesta a posible contaminación.

También las recomendaciones médicas del presidente para hacer frente a la enfermedad han sido, como poco, cuestionables. En mayo, relevó que estaba tomando hidroxicloroquina para prevenir la COVID-19 y afirmaba que era un “buen medicamento”.

Sin embargo, la comunidad científica respondió con numerosos estudios que afirmaban lo contrario y demostraban que la eficacia de ese medicamento no estaba probada. Con todo, Trump dijo que la iba a seguir tomando “por curiosidad”.

Pero la guinda llegó cuando el líder republicano recomendó inyectarse lejía como método para “limpiarse” del virus. “Veo el desinfectante que lo elimina en un minuto, un minuto. ¿Y hay alguna manera de que podamos hacer algo así mediante una inyección en el interior o casi una limpieza? Como ve, entra en los pulmones, hace un gran número en los pulmones, por lo que sería interesante verificar eso”, declaró.

Los fabricantes de desinfectantes tuvieron que hacer público un comunicado en el que instaban a los consumidores a no beber lejía “bajo ninguna circunstancia”, y los servicios de emergencia de Nueva York detectaron un aumento de intoxicaciones con esos químicos tras las palabras del presidente.

Unos hechos que Biden recordó durante el pasado debate. “Este es el hombre que recomienda inyectarse lejía”, le dijo, y Trump explicó que se había tratado de un sarcasmo que había sido sacado fuera de contexto.

La víctima

El primer debate presidencia, que terminó como el más cochino de la historia de Estados Unidos, no pareció favorecer a Trump, su “positivo” parece un poco más que sospechoso.

Declararse enfermo ahora lo podría hacer ver como una víctima que sin duda se salvará, el superhombre que venció al Covid como lo hizo Bolsonaro para después ratificar sus premoniciones sobre que se trata de una gripecita.

A pocos días de las elecciones, la cuarentena también podría ser un aliado para un hombre que parece ser su principal enemigo. Es, al mismo tiempo, una buena excusa para alguien que no quiere debatir y que podría permitirle controlar su carácter impulsivo.

Eso sí, tendría que hacer un cuarentena de Twitter.