El próximo domingo, tras un año de gobierno interino, los bolivianos eligen a un nuevo presidente. La incertidumbre es máxima. Varios candidatos podrían ser reacios a aceptar los resultados si les son adversos. ¿Hay riesgo de que se desate la violencia en las calles? Y si gana el MAS, el partido del expresidente Evo Morales, hoy en el exilio, ¿podrá gobernar?

Por Yanina Welp

Entre octubre de 2019 y octubre de 2020 cambió todo y no cambió casi nada. Tras unas elecciones fallidas, que acabaron con el presidente y candidato a la reelección Evo Morales en el exilio (primero en México y ahora en Argentina), un controvertido gobierno interino y grados de polarización y violencia alarmantes, la crisis sanitaria generada por la pandemia terminó de completar un cuadro cuanto menos dramático.

A la vez, no cambió casi nada: si miramos la disputa electoral que quedó interrumpida hace un año, la que se produce doce meses después vuelve a tener como principal protagonista al Movimiento al Socialismo (MAS, alianza de partidos y movimientos, izquierda y centroizquierda), aunque el candidato ya no es Evo Morales. Repite también el que lidera las preferencias en la oposición, el expresidente Carlos Mesa (Comunidad Ciudadana, alianza de partidos de centroizquierda y centro), aunque el verdadero clivaje está entre ubicarse a favor o en contra del MAS.

El fin de la ‘era Evo Morales’

En Bolivia, las reglas electorales establecen que a menos que una candidatura a la presidencia obtenga la mayoría absoluta o un 40% de los votos y un margen de diferencia del 10% o más con la siguiente, se pasa a una segunda vuelta. El 20 de octubre de 2019, en el país andino se deshojaba la margarita en torno a si habría o no segunda vuelta.

Evo Morales y su vicepresidente Álvaro García Linera estaban en el poder desde 2005. En ese lapso habían reemplazado la Constitución y adaptado las reglas por distintas vías para promover sus reelecciones. Pese a que la Constitución de 2009 les impedía una nueva postulación y un referéndum en 2016 había bloqueado la posibilidad de la reforma, una “curiosa” interpretación de la Convención Americana de Derechos Humanos les había llevado a defender el “derecho humano a la reelección”. El Tribunal Constitucional Plurinacional de Bolivia lo había admitido.

Morales había ido consolidando su poder en las elecciones previas, sin necesidad de llegar a una segunda vuelta. En 2005 el MAS obtuvo el 53,7% de los votos, en 2009 el 64,2% y en 2014 el 61,4%. Sin embargo, perdió el referéndum de 2016, mientras numerosos conflictos de distinto orden habían ido limitando sus bases de apoyo.

Aun así, en octubre de 2019 no había dudas sobre una cuestión clave: el MAS seguía siendo el favorito. La duda se centraba en si el apoyo era suficiente para ganar en primera vuelta. De pasar a una segunda, la situación se volvía mucho más compleja ya que cabía esperar una alianza de todas las demás fuerzas contra el MAS. 

Presidencia interina

Nada de eso ocurrió porque el proceso electoral quedó truncado. El 10 de noviembre de 2019, tras semanas de conflicto extremo, el presidente Morales se fue del país y renunció al cargo. Dos días después, la entonces vicepresidenta del Senado Jeanine Añez (Unidad Demócrata, derecha), asumió la presidencia interina. Su función principal era reencauzar la dinámica política y convocar elecciones.

Sin embargo, Añez se embarcó en una guerra personal contra el MAS y decidió sacar rédito de la oportunidad personal que se le había abierto de forma tan imprevista, presentándose como candidata a la presidencia. En un ambiente sumamente enrarecido y polarizado, la movida fue percibida como muy dañina para el sistema. En un seminario coorganizado por el Albert Hirschman Centre on Democracy expertos de diferentes perfiles ideológicos coincidieron en señalar que la postulación de Añez había sido “tóxica”. Lo cierto es que además de tóxica, fue inútil.

El Tribunal Supremo Electoral había anunciado las elecciones para el 3 de mayo, pero debido al avance de la pandemia las pospuso hasta el 6 de setiembre y en medio del crecimiento de contagios y muertes volvió a reprogramarlas para el 18 de octubre.

Tras meses de conflicto político agravados por la crisis económica asociada a las medidas tomadas para controlar la pandemia y por la disputa por la definición de la agenda electoral, Añez, a quien las encuestas daban un apoyo insignificante, optó por renunciar.

Evo Morales no ha podido presentar su candidatura a la presidencia ni al Senado, ya que fue impugnada por residir fuera del país desde hace más de un año (la disputa legal por este tema continúa abierta).

Hubo elecciones internas para escoger la fórmula presidenciable del MAS, que se dirimió en Buenos Aires. El más fuerte era David Choquehuanca, exministro de Asuntos Exteriores (2006-2018) y líder indígena del Altiplano cuyo fuerte apoyo social en algunas zonas había crecido en los años previos hasta que Morales lo alejó del epicentro del poder.

¿Qué dicen las encuestas?

Los siete candidatos a la presidencia son: Luis Arce (MAS) Carlos Mesa, Fernando Camacho (Creemos, alianza de partidos de derecha y centro derecha), Jorge Quiroga (Libre 21, derecha), Chi Hyun Chung (Frente para la Victoria, líder pentecostal, conservador), Feliciano Mamani (Pan-Bol, izquierda) y María Bayá (ADN, fundado por el dictador Hugo Banzer).

Según la última encuesta publicada por Ciesmori, Arce quedaría en primer lugar (42% de los votos), delante de Carlos Mesa (33%) y Camacho (16%), es decir, Arce obtiene más del 40%, pero sin los diez puntos de diferencia que determina la ley para evitar la segunda vuelta. Esta encuesta se publicó en el último día autorizado por la ley para publicar sondeos, otras conducen a similares escenarios.

Esta semana Libre 21 y ADN retiraron sus candidaturas para llamar al voto útil contra el MAS. Aunque por el escaso apoyo que generaban el efecto es mínimo, considerando el estrecho margen que separa a Arce de Mesa podría jugar a favor de la segunda vuelta.

Desde 2002 no había debates, 18 años sin discusión pública entre candidatos en la campaña. Esta vez hubo dos en octubre, uno organizado por la Federación de Asociaciones Municipales de Bolivia (FAM), en Santa Cruz, al que asistieron todos los candidatos, aunque no tuvo mayor interés más allá de unas cuántas anécdotas. El segundo tuvo lugar en La Paz, organizado por la Asociación de Periodistas de Bolivia (APLB); esta vez Arce no asistió (tenía un compromiso previo, en un canal de TV) y tampoco asistió Camacho, pese a que lo había anunciado.

Incertidumbre

A pocos días de las elecciones la incertidumbre es máxima y no tiene mayor base en la pandemia. El Tribunal Supremo Electoral ha anunciado medidas de bioseguridad. Tradicionalmente la participación electoral en Bolivia es muy elevada y nada sugiere que vaya a disminuir esta vez.

Los debates mostraron que varios candidatos podrían ser reacios a aceptar los resultados si les son adversos. La violencia evidenciada tras la crisis de octubre, que luego se atenuó pero no solo no se ha detenido sino que ha derivado en el surgimiento de grupos paramilitares alimenta la inquietud.

¿Habrá segunda vuelta? Si gana el MAS, ¿podrá gobernar? ¿Logrará Bolivia superar ese impasse que la tiene ubicada en el espacio más difuso que divide o confunde una democracia con un régimen híbrido o directamente autoritario?

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