Las convenciones del tiempo
los mantuvieron unidos.
Fue una época
(muy larga) en que
al corazón,  que antes se entregaba libremente,
se le exigió, como formalidad,
que renunciara a la libertad: una consagración
conmovedora y condenada al fracaso.

En cuanto a nosotros,
por suerte nos apartamos
de esas exigencias,
como solía recordar
cuando mi vida se fue a la mierda.
Así que lo que tuvimos tanto tiempo
fue, más o menos,
algo voluntario, vivo, nuestro.
No fue hasta mucho después
que empecé a pensar de otro modo.

Todos somos humanos:
nos protegemos
lo mejor que podemos,
incluso llegamos a rechazar
la claridad, a engañarnos
y aceptamos. Como en
la consagración de la que hablaba.

Y sin embargo, en este engaño
hubo verdadera felicidad.
Así que creo que repetiría
esos errores del mismo modo.
Tampoco me parece que sea
crucial saber
si esa felicidad
se basa en una ilusión:
es real, a su manera.
Y en cualquier caso, acabará.

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