Este texto contempla sucesos importantes de la saga Mi lucha de Karl Ove Knausgård. Se les podría llamar spoilers, pero no creemos en su daño. 

Seis

En una de las cientos de anécdotas que pueblan la saga vemos a un adolescente arrastrando una piedra gigante al centro de un salón, inconsciente, ebrio, llevando a la práctica la obsesión del afuera en el adentro y o viceversa, también una de sus manías y una relación que hace constantemente al explicarse. Las cosas se dirigen hacia afuera —o se abren— o se ensimisman —o se cierran—. Knausgård decidió abrirse en más de 3500 páginas.

En otra ocasión se raja la cara como un papel o ataca con una copa a Yngve, su hermano, sin medir las consecuencias en el mismo estado en el que hace las peores aberraciones de su existencia atolondrada. Cuestiona su ética al escudriñar en las imágenes y los hechos, su necesidad de exponerse, y así el títere que representa tampoco tiene cabeza. Como sucede con cualquiera que quiere resignificar el pasado con los símbolos del futuro, todo toma sentido, la mayoría es poético, sus reflexiones casan con sus acciones. Las antiguas culturas nórdicas castigaban de la peor manera a los marginados, nos dice: los alejaban del grupo, no les daban la cara ni los miraban un segundo. Es su temor.

Con los lujos que se puede dar un escritor que tiene que terminar su larga historia, en Fin, un título ya mucho más comercial que los anteriores, el escritor hace un ensayo sobre Mi lucha, su homónimo y la inspiración que significa como declaración de principios. Concluyendo que no existe un libro tan tabú como aquel, haciendo un parangón con su propio atrevimiento, Hitler aparece en su esplendor y Karl Ove especula sobre la biografía del líder edulcorándolo con reflexiones sobre la violencia y ese cuestionamiento según el cual las vidas humanas empezaron a tener menos valor en un momento de la historia. ¿Cómo un hombre en apariencia tan miserable, profundamente golpeado, ridículo aun, generó una guerra mundial tan sangrienta? ¿Por qué una sola persona y su delirio provocó que millones de judíos, tras el barullo de rieles y gritos a su llegada a Birkenau, Auschwitz y otros campos, de pronto callaran de miedo en barracones repletos?

Para el autor, ya sea bajo la forma de una Segunda Guerra, el Holocausto o el enaltecimiento de una idea mítica de Alemania, las consecuencias efectivas del relato de Hitler se convirtieron en el relato del siglo XX, todo provocado desde un solo carisma. Cuando se quiere comunicar algo enraizado muy dentro el lenguaje parece ser el límite, así como la realidad, una deducción a la que el protagonista y Geir, su mejor amigo y editor, llegan constantemente. Pero cuando la realidad tampoco tiene límites la única frontera es lo que se narra desde el presente, y el hecho de narrar ya es literatura.

Hay que estar en guardia, dice Knausgård, cuando los recuerdos se convierten en narración. “Simplemente no creo que los sucesos en este mundo de cuerpos puedan afectar de ninguna manera a nuestros elementos trascendentales; no lo creería aunque un cascote de metralla alcanzara mi cuerpo empírico”, escribe Hellmuth Falkenfeld en una carta a Ludwig Marcuse celebrando la filosofía trascendental, medio sordo por las balas después de una contienda. A principios del siglo pasado apenas se podía concebir que todo lo alcanzado en el plano intelectual pudiera ser maltratado por la vara de la vida más allá de las palabras, pero si el mundo cambió así, desde “la periferia de lo humano”, es lógico que también pueda hacerlo la vida de alguien decidido a recordarla, contarla e interferir en ella desde su propia periferia, incluso usando para su obra el título de un libro que conminaba a exterminar.

La distancia que hay entre realidad y ficción se acorta dramáticamente y vemos a un escritor conocido, aun famoso, que duda de sí mismo y que sin embargo, pregona, ya no está tan atormentado por triunfar. Es perseguido por los medios y su pasado se puede traspasar con facilidad; es un hombre que tiene que hacerse cargo de las calumnias que le cargan sus familiares del mundo verdadero y sobre todo del dolor de Linda, atrapado en su agresividad, sumiso en eso que él llama atarse a alguien al implicar lo más íntimo, tal como se sometía a su padre.

El yo de su esposa, demandante en su gama de estados, se suspende en los químicos por meses, sube al falso olimpo de la manía y pierde las nociones, mientras él, en ese encierro, se repliega en las implicancias de escribir, en la culpa y en el hecho de que, aunque lo creado sea ficción, el juicio a menudo es insobornable. Karl Ove vive la polaridad en sus carnes, comprueba lo amargo de la alegría y la esperanza, empieza a entender por qué se es una cosa y la otra en lo sucesivo, en lo cíclico y en lo oscilante. Duda de la estabilidad, si es aquella en la que Linda lo coge de la mano de forma infantil y sincera o esa en la que no tiene energías. Mientras todo suceso en su vida es crítico, aporrea el valor de lo social y también se deja manejar por sí mismo, se sublima, se resguarda, se deja flotando para ser libre transando para ello su consideración con los demás.

 

Karl Ove Knausgard: The New Yorker Interview

Cinco

El movimiento es un motor y la escritura de ficción el objetivo. Tybakken, Trømoya, Håfjord, Norwich, Reikiavik, Upsala, Kristiansand, Bergen, Malmö, Oslo y otros son sitios por los que, en poco tiempo en realidad, pasa el noruego. Si dividimos sus cincuenta y un años por todos los lugares en los que germinó cada futuro el resultado no es una vida; son muchas, y todas reflejadas en su ficción.

El panorama es difícil y esto sucede en uno de esos sitios, en la lluviosa Bergen, donde entra a una Academia de Escritura y se percata de que no es tan bueno. Hay personas que están escribiendo que son mejores que él, y Jon Fosse, el maestro, puede derrumbarlo con un par de expresiones hirientes. Siempre hay alguien leyendo y escribiendo mucho, y así se hunde en Hamsum y una infinidad de escritores nórdicos, en V.S. Naipaul, y en García Márquez y Julio Cortázar, expandiendo su campo de acción, su propia técnica y declaración de intenciones al darse cuenta que lo que siente no es otra cosa que admiración, envidia. Al mismo tiempo confirma en medio de ese salazón de estrellas que en el mundo de los escritores se entrega muchísimo aunque se puede no recibir nada a cambio, o solo golpes.

Al plagiar y reconocerlo en Tiene que llover, el escritor se sumerge en el riesgo de ser humillado y que quede registrado en su texto, constituyendo el paralelo de reconocer un crimen pero con consecuencias literarias; para Fosse no es escritor de ficción, y por lo tanto, no es escritor. “Ninguna otra cosa sería suficiente, nada podría satisfacer esa sed”, dice respecto a la literatura de ficción. Dentro de este suceso como contexto definitivo, sale con su hermano Yngve y su círculo al Café Opera, dañado por no poder hacer su propia vida y amigos, forma con él parte de una banda, y al mismo tiempo piensa que su hermano mayor no es suficiente. El otrora maestro rural descubre los límites de la ley y hace de una rutina el no recordar nada después de sucumbir al alcohol, que adora.

Superando el amor intempestivo y dramático por Gunvor, uno de los futuros que fecunda y crece hasta burbujear como el fermento de sus vicios es el de Tonje, que en realidad no conoce todo lo que es Knausgård, que empieza a contemplar su vorágine en la vida conyugal, las dudas y la culpa tiñendo el amor estable que desean llevar y que se escapa por los resquicios. Tonje está antes que Linda en su historia, pero él también es capaz de ser concreto como si lo estuviera viviendo hic et nunc. Él no quiere dañarla, aunque sabe que es incapaz, más allá de que la inmensidad del dolor puede ser suavizada, dice, según el tiempo.

El curso de los hechos es frenético, y existe la posibilidad de un futuro restallante, pero el narrador —inmaduro también en su propio crecimiento como tal y condescendiente ante lo que los demás quieren— parece decirnos que tarde o temprano comienza lo feo, y lo feo es una atrocidad que marcará su biografía. Desde ahí empieza su destierro en una isla pequeña del oeste de Noruega donde el silencio de las aves posadas se parece mucho al de lo vivo antes de morir en los barracones del Holocausto.

Cuatro

Hay otra isla importante en la saga y un pueblo en ella: Håfjord. El movimiento sigue siendo su motor. Con dieciocho años, seguirá la historia de su padre, y se hará profesor reemplazante en un lugar donde todos se conocen. Mientras las laderas del fiordo se cubren de nieve en invierno con días y noches sin distinción y de amarillo incandescente en verano, el protagonista empieza a vivir por fin solo, se hunde en la música y en escribir, y descubre que se puede bailar sin ser visto, con ímpetu y desaliento, como lo hacía Foster Wallace al mezclarse con los carismáticos.

Después de haberse empapado de alcohol y mirar los sucesos desde ahí, como su padre, un ser con una existencia en medio de su existencia, y de pasar al adormecimiento del hachís en Kristiansand, en una adolescencia donde aquel ya se ha marcha y su madre es quien lo controla, sin lograrlo, decide enfocarse y madurar, irse, arriesgarse, desconociendo lo que quería de sí mismo al notar cómo necesita compañía. Superando la mitad de su gran novela se da cuenta que quiere ser parte de una generación, en medio de un poblado pesquero.

Pero tiene un jefe, horarios —que no cumple— y un trabajo. Ha de funcionar en la sociedad en un sitio apartado de sus mecanismos y enseñar materias, a la vez, a muchachas menores de edad en una posición de poder. Lo van a visitar a casa porque nadie se cierra a nadie, lo despiertan frecuentemente al golpear su puerta de aquello que quería que fuera un letargo creativo y termina siendo un letargo a secas. Una de ellas marcará su impulsividad y el dolor de no conocer el sexo. La eyaculación precoz dirige su comportamiento íntimo en una vida sexual que apenas roza, las dudas y la inseguridad antecedente y consecuente más, y ese manojo de afirmaciones y negaciones sobre sí mismo y todo lo demás es un libro, o seis, en el que la vida se convierte en una magnitud capaz de manipularse, “algo que no duele tanto, pero que tampoco es tan bueno”.

Tres

Así como los rincones de Viena cobijaban a un hombre empobrecido que cambiaría el siglo XX, la isla de Trømoya vio crecer en los setenta a un noruego que sería novelista. Cuando había sol, que escaseaba, salía en su bici a buscar a alguien con quien estar, usualmente su amigo Geir, con el que descubre un basural con sillones viejos, revistas porno y unas botellas en donde meten sus miembros y Karl Ove se estanca. No soportaba encerrarse cuando el día era esplendoroso.

Los Geir se repiten en el transcurso de la narración, y cada uno se hace más importante que el anterior, es el símbolo del nombre, su relevancia. Geir se pronuncia muchas veces, en la madurez, la adultez, la adolescencia y la niñez, pero no el nombre del padre, que solo se dice una vez. Este se mantiene velado en un refugio cargado de miedo, en eso que llamamos infancia.

Esta es ese refugio al que se llega idealizando la inocencia o dándole luz, probablemente la etapa de su vida más teñida por los filtros que traicionan la verdad. La memoria, en otro lado, es un perro tonto al que le tiras un palo y te trae cualquier cosa, como decía Ray Loriga, y lo que puede llevarte en un destello es íntegro y reconfortante o algo que piensas diáfano pero que en realidad está cargado de juicios. Es imposible recurrir a la infancia sin haber recurrido a ese perro a lo largo de los años, con o sin ayuda; si nadie le hablara a nadie de su infancia solo quedaría un brochazo de imágenes intercaladas, algo que el narrador hace, en libros posteriores, con esa otra infancia que es la que genera, Vanja, Heidi y John. No tendrán ellos pocos recuerdos del momento en que la conciencia apenas existe, aquella que te llama a lavarte los dientes después de comer o levantar tu plato de la mesa, y que aparece en degradé y de un modo directo y proporcional al crecimiento.

Al igual que el principio del primer libro y el final del segundo, sea en presencia o en ausencia, el tercero está teñido por esa presencia arisca que lo obliga a comerse una manzana tras otra frente a su escrutinio. Los ruidos del bosque, el color grisáceo del agua, la duda casta sobre si es la madre o el padre quién manda en la casa de sus amigos, las chuches del supermercado o la ingravidez de esa mujer llamada Sissel, una madre como una centinela de su tranquilidad o una testigo muda, conforman ese caleidoscopio que es una sola infancia, pero que a la vez es la de todo el que quiera. El temor de Dios también es una de las inflexiones de ese caleidoscopio, sin duda algo tan antiguo como la historia de Abraham. Si desde pequeños se escucha sobre ese personaje en un lugar donde vamos a aprender del mundo, todos los actos se tintan con su influencia, como el pequeño Karl Ove queriendo ser implacable en su bondad.

La infancia es el inicio, aquello en lo que, como insiste el narrador, todo sucede por primera vez, sin que nos percatemos de que los sentimientos también son antiguos, que es transversal ese soplo que sobreviene en alguna parte del abdomen al escuchar la voz de un amigo que viene a buscarnos. Por ello, la vida de cualquier persona occidental que se ponga a escribir la suya es la vida de nosotros trasladada a esa época y a ese espacio, en los setenta y en Trømoya. También es el mismo líquido el que brota de alguna parte del alma.

Dos

Resulta impactante constatar que se puede saber más de la vida de un desconocido que no conocerás nunca que de un conocido con el que has compartido más tiempo del que quisieras. De cierta forma, es lo que consiguió Knausgård con su saga al seguir el sendero de ese referente ultradetallista y modernista que es Proust. Estamos ante seis libros que nos dicen no solo quién es, sino por qué.

Contar la experiencia universal a través de lo local y narrarlo todo, la limpieza diaria de una cocina, el clímax de una obra de teatro de Ibsen, las disquisiciones en el ostracismo voluntario (“qué deprisa vuelve a echar raíces una vida”), la sangre del padre en el suelo de la casa de la abuela, el desafío de internarse en el núcleo más profundo de una relación amorosa. ¿Existe mejor manera para saber cómo funciona el contexto de un personaje y de qué modo lo golpea? El protagonista se enamora una, dos, tres, cuatro veces —esta última rebasa la saga y la ficción— y su experiencia demuestra en todos los momentos que la vida persigue los mismos patrones. Es como si la entropía se impusiera, a pesar de la ínfima voluntad de un hombre, o en contra de ella. La naturaleza de lo muerto y lo oscuro es omnipresente.

Se obsesiona llamando a casa de Hannah, preguntando por ella a quien levante el teléfono. Se rinde a la mirada destemplada de Tonje al recibir una llamada que lo paraliza. Y se va a Suecia, solo, un país del que no soporta su ingenua aceptación del progresismo y su frívola mesura de lo cotidiano, donde se hunde en su propio averno, como en su adolescencia, no mide consecuencias, se involucra, se derrumba la esperanza, la persistencia, el egoísmo, Linda, tiene hijas, un hijo y se va de vacaciones a Canarias, cumpliendo el estereotipo de cualquier europeo del norte.

La necesidad de ajustarse a los designios de los demás, de Linda sobre todo, de asumirse reactivo y de querer siempre estar en otra parte son los pilares de la voluntad del narrador, entrampado en obligaciones que no quiere y en una tierra que no siente suya, llena de personas políticamente correctas y obedientes, incluso en sensaciones que no necesita sentir. Califica al enamorarse como algo que funciona desde el exterior para transmutar su adentro mutilado, cediendo su voluntad, provocando una inmersión y una atadura demasiado parecida a todas las otras inmersiones y ataduras del trayecto existencial, se regale o no el albedrío, se eviten o no los conflictos.

“Nacemos diferentes y las condiciones de vida igualan nuestras vidas”, sentencia. Su biografía remite a los mismos factores de estas, pero disfrazadas con sus propias cuitas. En los accesorios de esos trajes están los detalles, la savia de lo particular.

Uno

En El Quijote aparece uno de los discursos del antihéroe más reconocidos de la obra de Cervantes. En él se plantea un paralelismo entre los soldados y los hombres de letras, llegando el hidalgo caballero a la conclusión, mientras los demás cenan, que para llegar a ser lo segundo se puede pasar por mucho, pero no se pierde la vida.

Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago y otras cosas a éstas adherentes, que en parte ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el estudiante, en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida.

El autor de la saga Mi lucha hace varias menciones al libro, es uno de sus referentes. Así como ese hombre hipotético del que hablaba el Quijote, el noruego se planteó, después de poco andar en el mundo literario, arriesgarse a ser alguien que escribiera ficción sobre sí sin importar lo que pudiera pasar. Este afán le insistió desde que era niño, al descubrir la lectura, y después un pubescente, cuando leía sobre barcos y héroes, luchas y victorias, y escapaba de la implacabilidad de su antagonista, aquel que lo humillaba y que pasó sus últimos días humillado, durmiéndose en su propia orina. Se fue dando cuenta de adulto que podía perder en metáfora aquello a lo que refería el caballero andante al aludir a la integridad de lo marcial. Eso que al mismo tiempo era el absoluto material de su obra: su vida.

Pasa que los distintos lapsos y sus decisiones se cierran hacia adentro, siguen más allá de la ficción sin ningún acuerdo posterior con el lector, traspasando las novelas. El escritor culmina su proyecto desbordante de amor, casi ingenuo y dócil, declarando que lo único que quiere de la vida es vivirla, porque ella es más bien algo que no consiste en la cantidad de días acumulados, sino en lo que la cruza de principio a cabo, aquello intangible cuya manifestación se hace además insoportable —la literatura misma.

Finalmente, y como sea, Karl Ove Knausgård se convierte en un objeto de odio por un tipo de público que vio en él a un hombre que llegó demasiado lejos, y en un paladín de la literatura contemporánea para quienes vieron en su obra el espejo de la existencia.

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