Con casi todos los votos contados, el pueblo de Chile ha elegido abrumadoramente descartar su vieja constitución, escrita y puesta en práctica bajo la dictadura militar de Augusto Pinochet. El 78 por ciento de los chilenos votó ayer “Sí” por una nueva constitución, preparando el camino para una nueva era en la historia del país y una posible ruptura con las estructuras consagradas por el dictador fascista.

Miles de jubilados ciudadanos se agolparon en el centro de la ciudad de Santiago, especialmente en la Plaza Baquedano (ahora conocida comúnmente como Plaza Dignidad en honor a los manifestantes asesinados allí el año pasado). La palabra “renacimiento” fue proyectada en altos edificios alrededor del centro de la ciudad.

La constitución de 1980 fue escrita en gran parte por el asesor de Pinochet, Jaime Guzmán, y consagró en la ley las ideas neoliberales del economista estadounidense Milton Friedman y su equipo de economistas del “Chicago Boy” que dictaron la política económica del país durante décadas, lo que dio lugar a una sociedad volátil y a un rápido aumento de la desigualdad de la riqueza.

El pueblo chileno también eligió la opción más radical para su nueva constitución, ya que el 79% optó por una convención constitucional en la que los propios ciudadanos serán elegidos para redactar el documento en lugar de dejarlo en manos de un panel de expertos legisladores.

“Ayer Bolivia, hoy Chile, mañana Ecuador”

La histórica votación se produce sólo días después de otra abrumadora victoria electoral progresista en Bolivia, donde los ciudadanos rechazaron al gobierno conservador de Añez, que llegó al poder en noviembre en un golpe militar respaldado por Estados Unidos. En su lugar, los votantes entregaron al Movimiento al Partido Socialista un enorme mandato para revertir los intentos de Añez de privatizar la economía y devolverla al camino socialista seguido por el Presidente Evo Morales (2006-2019).

“Ayer Bolivia, hoy Chile, mañana Ecuador. Es posible que los movimientos populares ganen. América Latina lo ha demostrado en numerosas ocasiones en los últimos 20 años”, señaló Ollie Vargas, que cubrió los acontecimientos en Bolivia para MintPress. Ecuador está actualmente inmerso en protestas nacionales contra el gobierno neoliberal de Lenín Moreno, que llegó al poder prometiendo continuar las políticas progresistas y antiimperialistas de Rafael Correa, pero que en cambio acechó a su país por la derecha y hacia Washington, D.C. una vez más.

Al igual que en Bolivia, la fuerza de la opinión pública era tan inmensa que el gobierno, dirigido por el hombre más rico de Chile, Sebastián Piñera, concedió inmediatamente. “Hasta ahora, la constitución nos ha dividido”, dijo, añadiendo que el voto marcó “el comienzo de un camino que debemos recorrer todos juntos”. “A partir de hoy debemos trabajar todos juntos para que la nueva constitución sea el gran marco de unidad, estabilidad y futuro”.

Un año de lucha

Aunque Piñera pueda parecer magnánimo hoy en día, se vio obligado a aceptar un nuevo referéndum constitucional por más de un año de lucha popular continua y generalizada. Millones de chilenos protestaron contra su gobierno, y su represión causó 36 muertos, más de 11.000 heridos y más de 28.000 detenidos, cifras enormes si se tiene en cuenta que la población de Chile es relativamente pequeña.

La chispa de la revuelta nacional fue un aumento de 30 pesos en la tarifa del metro de Santiago, pero rápidamente se convirtió en una protesta general sobre la dirección que Piñera estaba tomando en el país, continuando con el desacreditado modelo neoliberal que ha estado en vigor desde los días de Pinochet. Como decía el lema popular: “No se trata de 30 pesos, se trata de 30 años”.

La larga sombra del fascismo

Si bien las protestas populares empujaron a Pinochet a renunciar oficialmente a la presidencia en 1990, lo hizo desde una posición de poder, continuando como comandante en jefe de las fuerzas armadas durante otros ocho años. No se eliminaron los funcionarios que había elegido en el ejército, la policía, los tribunales, la administración pública y otros cargos influyentes, ni las leyes o la constitución que aplicó. Como resultado de ello, la sociedad chilena todavía está empañada por la dictadura, con aquellos que están en la cima de la sociedad desmesuradamente leales a Pinochet.

Piñera, un magnate conservador y multimillonario, a menudo, consciente o inconscientemente, ha imitado a Pinochet. Cuando estallaron las protestas, envió tanques a las calles para aplastarlas, declarando “Estamos en guerra con un enemigo poderoso e implacable que no respeta nada ni a nadie”, haciéndose eco del infame eslogan de Pinochet.

¿Una nueva esperanza?

Las progresivas victorias en Bolivia y Chile han planteado la posibilidad del amanecer de una era mejor en América Latina. En 2011, la gran mayoría de los sudamericanos vivían bajo administraciones declaradamente de izquierda, todas ellas abiertamente hostiles a la agresión y al imperialismo. Sin embargo, a lo largo del decenio de 2010, muchos perdieron el poder, a veces en parte debido al declive económico de todo el continente, otras veces (como en el Brasil en 2016 o en Bolivia el año pasado) gracias a golpes de Estado apoyados por los Estados Unidos.

El referéndum del domingo es el comienzo de un proceso que redactará una nueva constitución que se presentará al pueblo para una votación popular a mediados de 2022. Mientras tanto, Chile sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo, y el descontento público con la vida sigue siendo alto. Sin embargo, en un año con tan malas noticias, los acontecimientos del fin de semana en Chile representan sin duda un paso positivo para todos aquellos que valoran la democracia y la voluntad del pueblo.

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