Aldwyn Roberts (1922-2000), más conocido como Lord Kitchener o simplemente Kitch, es, sin duda, una de las figuras más destacadas de la música del siglo XX. Nació en una familia pobre del pequeño pueblo de Arima, en Trinidad y Tobago, y muy pronto destacó por su capacidad deslumbrante para componer canciones. Con el tiempo, Kitch sería descrito como «el gran maestro de la música calipso» y sus canciones sonarían por todo el mundo, cantadas por él mismo o por artistas de renombre como Harry Belafonte. El calipso, más que una música, es una forma de mirar la vida. El universo de los calipsonianos es fascinante y va mucho más allá de los famosos carnavales caribeños: el calipso original fue una herramienta de denuncia social y el ritmo de sus tambores metálicos una forma de resistencia e insumisión colonial. En esta biografía de ficción, el poeta y músico trinitense Anthony Joseph nos ofrece un emocionante retrato de Kitch a través de las voces de aquellos que lo vieron crecer. Son, en su mayoría, las voces de los que nunca tuvieron voz: las sombras que habitaron los bajos fondos de Puerto España, donde el joven Aldwyn Roberts fue transformándose en Lord Kitchener.
Anthony Joseph ha escrito un libro memorable que ofrece tres elementos valiosos al lector: un retrato preciso de un hombre singular, una descripción poética y hermosa de la vida en Trinidad en la primera mitad del siglo XX y, sobre todo, un catálogo completísimo de autores y canciones que seducirán a aquellos que todavía no conozcan la maravillosa música calipso.

Este es el adelanto que nos entrega la editorial Entre Ambos:

[…]

La señorita Daphne pela frijoles en la plaza del mercado sentada sobre un cubo de hierro dado la vuelta. Delante de ella, sobre un saco, hay expuestos mangos y frutipán moteado. Habla con la mujer gruesa que vende naranjas dulces en el puesto de al lado, echa la cabeza hacia atrás, ríe, y se le caen algunos frijoles de la falda. Unos puestos más allá, Mamá Yvette vende botellas de melaza, Mamá Pearl vende bacalao, arenques ahumados, rabo de cerdo y ajo, la señora Hoyte tiene nuez moscada y corteza de mabí, el señor

Chambers vende parafina, Picton tiene maíz. Ya hay clientes caminando entre los puestos; compran ocra y pimientos dulces, pies de ternera y cangrejos vivos para el calalú del domingo.

Luego, por la tarde, cuando ya no quede nadie en el mercado, cuando ya solo languidezca el olor a tripas y a fruta podrida en los desagües y los vendedores estén guardando el género que ha quedado sin vender, una fila de largos coches pasará rodando, despacio, sobre el campo plagado de baches que hay detrás del mercado. La estación seca ha convertido el suelo en una superficie llena de grietas. Polvo. Buicks, Austins y Chryslers con forma de bala transportan a criollos franceses al hipódromo de Santa Rosa para las carreras de la tarde. Subiendo la colina, hacia el norte, el joven Bean està sentado sobre la madera desgastada de la entrada de su casa con la cabeza entre las rodillas. Marca ritmos con una rama de guayabo contra el borde astillado y hace resonar un contrabajo en la garganta que combina con notas altas. Su hermana Eileen fríe pescado por tandas en la cocina exterior

que hay detrás de la casa. A Bean le llega el olor de la harina mezclándose con el aceite caliente en la sartén. Una abeja empieza a dar vueltas a la rama. Bean se levanta, se sacude el polvo del culo y siente un golpe de inspiración mientras baja silbando por St. Joseph Street, sus zapatillas resuenan sobre la grava. Saluda al adúltero Deacon que lija bastones de cedro en su cobertizo, le dice hola a la arpía de llengua negra que tiende sábanas blancas en la cuerda que hay entre la lima y la badea, a Baboolal, el sastre manco, que sujeta la aguja con la boca.

Cruza la carretera y pasa junto al reloj. Va dejando atrás a los vendedores que arrastran sus carretillas hacia sus casas, luego atraviesa el campo polvoriento que hay más allà del mercado hasta llegar al viejo árbol de la lluvia que crece junto al paddock. Sus ramas se extienden sobre el prado donde campan los caballos. Se sienta entre las raíces que sobresalen, donde aguarda un arbusto de mimosa sensitiva cuyas hojas se cierran con el tacto. Desde allí ve a los jinetes caminar con sus caballos desde el paddock hasta la pista. Le

llega el olor a estiércol, oye las botas que pisan en el polvo. Reposa la cabeza en el antebrazo y el antebrazo en las rodillas, agarra un palo y empieza a molestar al pobre arbusto de mimosa sensitiva. Pero lo que le ronda la cabeza es un ritmo para una melodía. Observa la vida de las hormigas cortahojas en su pequeña jungla entre los arbustos. Cada

vez que toca una hoja se cierra como un abanico. El ritmo lo ha atrapado allí, junto al paddock, y ni siquiera se ha dado cuenta de cómo ha sucedido. Cada pensamiento desemboca en otro; arranca la melodía incluso antes de que las palabras puedan asomarse a la comisura de su boca, como si algo le dictara a cada instante cuál debería ser la siguiente

palabra o nota. Ahora, la canción, entera ya, se canta a sí misma en su cabeza, como si llevara todo el día afanado en su composición, como si hubiera comenzado a pensar en

ella esa misma mañana, cuando trabajaba en las siembras, o incluso desde antes; cuando atravesaba el pueblo de noche y saludaba, tartamudeando, a los cazadores que subían la

colina con antorchas y lanzas, leche de cacao y cigarrillos, mientras el sapo negro sollozaba en el campo.

Levanta la vista y mira a través de las figuras geométricas que forman las hojas y la luz para ver si acaso la canción ha caído desde la copa del árbol de la lluvia. Mueve los labios y susurra, sus oídos bloquean cualquier sonido ajeno a la melodía. Nada, ni siquiera el galope del pura sangre en la pista con su grupa que bombea, ni el polvo, ni el chasquido de la fusta, ni el susurro de la brisa de la sabana entre las hojas, ni el comentarista con su megáfono, ni el bramido del motor del Buick azul cielo, logran interrumpir la cadencia.

Mary I am tired and disgust

doh boil no more fig for me breakfast2

Sale así, entera. No necesita escribirla. Ahora vuelve a casa y la tiene que mantener en la cabeza, atraparla allí, como a un colibrí en una botella, sellarla con la repetición, coserla y atarla para que exista.

2. Mary estoy cansado y harto / no me cuezas más higos para el desayuno.

1941: Gaston Aubrey

La primera vez que vi a Kitchener fue en Arima.

Mi banda y yo solíamos tocar mucho en Arima. Había una sala de baile encima de la lavandería portuguesa, junto al viejo hipódromo, donde celebraban bodas y bautizos. Allí tocava el piano junto a los Castilians, la banda de Bertie Francis. Tocábamos un poco de Count Basie, de Glen Miller, calipso… Y, después de tocar, salíamos en busca de un restaurante chino, de algo para empapar el alcohol, o nos íbamos con las mujeres que beben junto al mercado.

Cerca de donde está el reloj había un sastre y, a veces, si pasabas por allí de día, igual podías encontrarte a Kitch. Iba siempre bien vestido y era muy alto, un chico bien plantado

de piel marrón, siempre con la camisa abierta y concorbata, y siempre cantando calipsos.

La primera canción que recuerdo haberle oído a Kitchener fue «Green Fig». Le vi interpretar esta canción en Arima, una noche de carnaval. Se colocó bajo el reloj y la luz de

una farola, y se puso a cantar y la gente empezó a rodearlo.

Mary I am tired and disgust, doh boil no more fig for me

breakfast.

La gente gritaba «¡Kaiso! ¡Kaiso!»,3 así que cantó el siguiente verso.

Y cuando terminó me dijo:

—Gus, creo que voy a ir a la ciudad. Creo que voy a ir a Puerto España para de-de-de-demostrar quién soy. Arima no mmm-me ofrece nada ya.

Lo miré y dije:

—Bean, la ciudad no es fácil, ¿crees que estás listo para la ciudad?

Entonces todavía no era Kitchener, era Bean.

—Sí, estoy listo —contestó.

—Pues si necesitas un pianista —le dije—, pregunta

por mí cuando llegues, vivo en la calle Belmont Valley

Road.

Y ocurrió que ese hombre llegó a la ciudad y subió por

Belmont y me vino a buscar. Y así empezamos a hacer música,

a partir de ahí, y tocamos muchos años juntos.

3. Género musical de origen africano que dio lugar al calipso. También

podría significar algo parecido a «¡bravo!».



El autor

Anthony Joseph (Puerto España, Trinidad y Tobago, 1966) es profesor en la Universidad De Montfort de Leicester. Escritor, poeta y músico, posee un doctorado en Escritura Creativa del Goldsmiths’ College, que obtuvo tras escribir Kitch: una biografía de ficción de un icono del calipso, seleccionada en 2019 para el premio OCM Bocas de Literatura del Caribe, y finalista de los premios RSL Encore y Republic of Consciousness. Joseph es también autor de cuatro poemarios: Desafinado, Teragaton, Bird Head Son y Rubber Orchestras, así como de las novelas The African Origins of UFOs y The Frequency of Magic. Como músico ha publicado varios álbumes muy aclamados por la crítica. Actualmente vive en Londres.

 

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