The Simpsons and Philosophy: The D’oh! of Homer es un libro en el cual se analiza la filosofía y las influencias en la cultura popular de la serie de comedia animada Los Simpson, publicado por Open Court. El título es una sátira a los trabajos filosóficos chinos, como la ópera Tao Te Ching de Lao Tzu.

Por AEON J. SKOBLE

La sociedad estadounidense en general mantiene una relación de amor y odio hacia los intelectuales. Por una parte, se respeta la figura del profesor o del científico, pero, por otra, se abriga un resentimiento profundo hacia la «torre de marfil» o lo «culto»; se adopta una actitud defensiva ante las personas inteligentes o instruidas. Los ideales republicanos de los padres fundadores presuponen la existencia de una ciudadanía ilustrada y, sin embargo, aún hoy, basta enunciar el análisis menos sofisticado de la política actual para ser tachado de «elitista». Todo el mundo respeta a los historiadores, pero sus opiniones pueden desestimarse, pues «no son más válidas» que las del «ciudadano de a pie». Con frecuencia, los comentaristas y políticos populistas explotan este resentimiento hacia el saber especializado, aunque eso no les impida recurrir a él cuando lo encuentran conveniente. Un ejemplo es el candidato electoral que acusa a su rival de «elitista de la Ivy League» a pesar de que él también es un producto de esa educación o se apoya en asesores que lo son.

Del mismo modo, un hospital puede consultar a un experto en bioética o rechazar el dictamen del mismo alegando que resulta demasiado abstracto o se aleja de la realidad de la medicina. De hecho, pareciera que la mayoría prefiere sustentar sus propias opiniones citando la opinión de los expertos, pero en cambio opta por invocar el sentimiento popular cuando las ideas de los expertos contradicen sus puntos de vista. Yo podría buscar apoyo para este argumento citando a un experto que estuviese de acuerdo conmigo, pero ante el experto que no lo estuviese, siempre podría replicar «¿y él qué sabe?» o «yo también tengo derecho a opinar». Extrañamente, el antiintelectualismo arraiga incluso entre los intelectuales. Hoy en día, el estudio de los clásicos y las asignaturas de humanidades en general han perdido el favor tanto de alumnos como de profesores en muchas universidades. La tendencia en la educación superior es desarrollar programas preprofesionales y hacer hincapié en su «relevancia», mientras que las asignaturas tradicionales de humanidades se tienen por un lujo o un extra, y no por elementos realmente necesarios en la educación universitaria. En el mejor de los casos, se consideran útiles para desarrollar las llamadas «competencias transferibles», como la redacción o el pensamiento crítico.

Parece haber oscilaciones periódicas: durante los años cincuenta y comienzos de los sesenta, cuando Estados Unidos rivalizaba con la Unión Soviética en ámbitos científicos como la exploración espacial, se tenía en gran consideración a los científicos. Hoy el péndulo parece desplazarse en la dirección contraria, pues el espíritu de los tiempos consiste en otorgar validez a todas las opiniones por igual. Con todo, a la gente parece interesarle la opinión de los presuntos expertos. Un análisis superficial de los programas de debates televisivos y las cartas al editor en la prensa escrita pone al descubierto esta ambivalencia. El programa invitará a participar a un experto porque, probablemente, la audiencia esté interesada en el análisis o la opinión de esta persona. No obstante, aquellos presentadores, panelistas o miembros del público que no estén de acuerdo con el invitado argumentarán que sus propias opiniones y puntos de vista son igualmente válidos. Un periódico puede publicar una columna de opinión firmada por un especialista, alguien que esté mejor informado que el lector medio sobre un tema determinado, pero las cartas de quienes estén en desacuerdo con lo expuesto en dicha columna a menudo se basarán en la premisa implícita (o explícita) de que «nadie sabe nada realmente» o «todo es cuestión de opinión, y la mía también cuenta». Esta última justificación lógica resulta especialmente insidiosa; de hecho, si fuese cierto que todo es cuestión de opinión, entonces la mía sería tan relevante como la del experto y, por lo tanto, no podría existir el concepto mismo de conocimiento especializado.

Así pues, cabe decir que en la sociedad estadounidense se da un conflicto en lo que respecta a los intelectuales. El respeto que se tiene hacia ellos parece ir de la mano con el resquemor que suscitan. Es un problema social misterioso, aunque de gran importancia, pues pareciera que nos hallásemos al borde de una nueva «Edad Media», donde no sólo peligraría la noción de conocimiento, sino todo criterio de racionalidad. Es obvio que esto entraña consecuencias sociales significativas. Y la elección de una serie televisiva para indagar sobre esta cuestión podría resultar igualmente sorprendente cuando, a primera vista, dicho programa parece sostener con firmeza la idea de que, cuanto más estúpido, mejor. Pero, de hecho, entre los muchos aspectos de nuestra sociedad que Los Simpson ilustra de modo brillante, claramente se cuenta la ambivalencia americana con respecto al conocimiento y la racionalidad.

En Los Simpson, Homer es un clásico ejemplo de memo antiintelectual, al igual que su hijo y casi todos sus conocidos, mientras que su hija, Lisa, no sólo es prointelectual, sino precoz, en extremo inteligente, sofisticada y a menudo más brillante que quienes la rodean. Naturalmente, sus compañeros del colegio se burlan de ella y los adultos en general no le hacen caso. Sin embargo, su programa de televisión favorito es el mismo que el de su hermano Bart, una serie animada violenta y estúpida. En mi opinión, el modo en que se trata a Lisa en Los Simpson da cuenta de la relación de amor y odio que la sociedad estadounidense mantiene con los intelectuales. Antes de analizar cómo lo consigue, consideremos el problema en mayor detalle.

AUTORIDAD FALAZ Y COMPETENCIA REAL

Uno de los temas principales de cualquier asignatura introductoria a la lógica es la falacia que entraña «apelar a la autoridad». Sin embargo, muy a menudo se recurre a ella. En términos estrictamente lógicos, siempre es un error argumentar que una proposición es cierta porque la ha formulado tal o cual persona, pero el recurso a la autoridad a menudo se utiliza más bien para indicar que tenemos buenos motivos para creer en la veracidad de la proposición, si bien no es prueba de la misma. Como toda falacia que tenga que ver con la relevancia, el problema de apelar a la autoridad suele consistir en que se invoca de un modo irrelevante. En cuestiones verdaderamente subjetivas, como la elección de una pizza o de un refresco, invocar la autoridad de otra persona es irrelevante, pues esa otra persona podría no tener los mismos gustos que yo.[16] En otros casos, el error está en asumir que, si una persona posee autoridad a propósito de un tema, su competencia se extiende a otros. Es éste el caso de las celebridades que formulan juicios favorables sobre productos que no se relacionan con su ámbito de competencia. Por ejemplo, la opinión positiva de Troy McClure sobre la cerveza Duff no apela de modo válido a la autoridad, puesto que ser actor no lo convierte en un experto en cerveza (y la experiencia no es lo mismo que la competencia: Barney tampoco es un experto en cerveza). En otros casos, es una falacia invocar la autoridad porque algunas cuestiones no pueden solventarse mediante el recurso a expertos, y no porque sean de índole subjetiva, sino porque se trata de imponderables; es el caso, por ejemplo, del futuro del progreso científico. Para ilustrar este punto recordemos la célebre afirmación que hizo Einstein en 1932: «No hay indicios que hagan pensar que algún día podrá producirse energía [nuclear]».

Pero tras acumular tanto escepticismo a propósito de las referencias a la autoridad, vale la pena recordar que, en efecto, algunas personas saben más que otras sobre ciertas cosas y, en muchas ocasiones, el hecho de que una autoridad nos diga algo sobre su área de competencia realmente es un buen motivo para que le creamos. Por ejemplo, como no tengo conocimientos de primera mano sobre la batalla de Maratón, tendré que fiarme de lo que otros me digan, y es preferible que me dirija a un historiador de la Antigüedad clásica antes que a un médico si tengo alguna duda al respecto.

Lo que suele resultar fastidioso es la aplicación del conocimiento, sobre todo a ideales morales o sociales. Incluso cuando se reconoce que si, que una persona es experta en la historia de las guerras entre griegos y persas, eso no significa que dicha persona pueda proporcionarnos información de valor sobre política contemporánea.[19] Se puede ser un experto en la teoría moral de Aristóteles, pero eso no significa que se pueda decir a los demás cómo deben vivir. En cualquier caso, el tipo de resistencia a la competencia a la que nos referimos en parte se deriva de la naturaleza de la democracia, y no se trata de un problema nuevo. Ya lo identificaron los filósofos tan antiguos como Platón: en una democracia se escuchan todas las voces, y esto puede llevar a los ciudadanos a concluir que todas poseen el mismo valor. Las democracias tienden a justificarse a sí mismas mediante la confrontación con las aristocracias o las oligarquías que combaten o a las que han sustituido. En dichas sociedades elitistas, algunos presumen de saber más o incluso de ser mejores personas, mientras que los demócratas son más sabios: son todos iguales. La igualdad política, sin embargo, no implica que algunos no puedan tener conocimientos que otros no poseen, y pocos pensarían tal cosa de la mayoría de las especialidades, como la fontanería o la mecánica de coches. Nadie, sin embargo (dicen) puede saber mejor que los demás cómo vivir la vida o cómo ser justo. Así se desarrolla una especie de relativismo, que va del rechazo a la élite que en efecto podría no tener una mejor idea de la justicia que el resto, al rechazo total de la noción de estándares objetivos sobre lo que está bien y lo que está mal. Está bien lo que me parece bien, lo que esté bien para mí. Hoy, incluso en el ámbito académico existe la tendencia a criticar las nociones de objetividad y competencia. Se dice que no hay historia verdadera, sino diferentes interpretaciones de la historia. No existen interpretaciones correctas de las obras literarias, sólo interpretaciones diversas. Incluso de la física se dice que es tendenciosa y no objetiva.

Todos estos factores contribuyen a crear un clima en donde la noción de competencia se erosiona aunque, al mismo tiempo, se avisten tendencias contrarias. Si no existe tal cosa como la competencia y todas las opiniones son igualmente válidas, ¿por qué los talk shows y las listas de best sellers abundan en expertos en el amor y en los ángeles? ¿Qué sentido tiene ver esos programas o, ya puestos, leer libros? ¿Para qué enviar a los niños al colegio?

Está claro que todavía se otorga alguna credibilidad a la noción de competencia y que en muchos casos se recurre a la orientación de personas competentes. De hecho, pareciera que a la gente de algún modo le gustase que alguien más le diga lo que debe hacer. Algunos críticos de la religión adscriben su influencia a esta necesidad psicológica, pero basta el campo de la política para comprobar dicha tendencia. La gente busca «liderazgo» en las figuras políticas: tenemos un problema con la tasa de desempleo, ¿alguien sabe qué hacer para solucionarlo? Fulano sería mejor presidente que mengano porque sabe cómo reducir la criminalidad, acabar con la pobreza, conseguir que nuestros hijos sean mejores personas, y así sucesivamente. Pero en este contexto también se distingue con claridad la ambivalencia de la que hablamos. Si el candidato Smith basa su campaña en su competencia y capacidad para «hacer su trabajo», es probable que el candidato Jones lo acuse de «empollón» elitista. La misma paradoja se da cuando se toman en serio las declaraciones de las celebridades sobre cuestiones políticas, como si ser músico o actor de talento otorgase mayor densidad a las propias opiniones políticas, al tiempo que la noción de competencia en política se ve ridiculizada. ¿Con qué opiniones están más familiarizados los estadounidenses?

¿Con las de Alee Baldwin y Charlton Heston o con las de John Rawls y Robert Nozick?

Además de la competencia en cuestiones políticas, la gente a menudo añora o al menos se muestra ambivalente respecto a la competencia tecnológica. Casi todos admiten sin problema la propia incompetencia en lo relativo a la fontanería, la mecánica de coches y la cirugía y, felizmente, dejan esas tareas en manos de los expertos. Pero incluso en el caso de la medicina, puede verse otra manifestación de la ambivalencia que tengo en mente. Es el caso de la defensa de la medicina alternativa o las curas espirituales que se apoya en argumentos como «¿qué saben los médicos?». He aquí una versión popular de la actual moda académica según la cual la ciencia está determinada por valores no científicos y carece de objetividad. Como no existen defensores de la «fontanería alternativa» ni de la «mecánica automotriz espiritual», generalmente se acepta la competencia de los expertos en fontanería y mecánica, y ocuparse de estos asuntos uno mismo no es contraejemplo, pues en ese caso, antes se trata de considerarse a uno mismo como una suerte de experto que negar la existencia de maestros en el área. Además, como los fontaneros y los mecánicos no suelen pasar por expertos en otros campos, a diferencia de los cirujanos que alegan ser expertos en ética, es menos probable que se les mire con escepticismo.

¿ADMIRAMOS A LISA O NOS REÍMOS DE ELLA?

El antiintelectualismo ha calado hondo en la sociedad estadounidense, pero no la abarca por completo. Al igual que de otros tantos aspectos de la vida contemporánea, la sátira de Los Simpson se nutre de este tema. De todos los miembros de la familia Simpson, sólo Lisa puede ser considerada una intelectual, pero la serie no la retrata de modo totalmente lisonjero. En contraste con su padre, ignorante impenitente, Lisa a menudo tiene la respuesta correcta a los problemas o elabora el análisis más perceptivo de la situación, por ejemplo, cuando pone al descubierto la corrupción política en «La familia va a Washington», o cuando abandona su sueño de tener un poni para que Homer no se vea obligado a trabajar en tres lugares distintos («El poni de Lisa»). Cuando Lisa revela la verdad oculta tras el mito de Jebediah Springfield, muchos no la creen, pero Homer le dice:

«Siempre llevas razón en estas cosas» («Lisa, la iconoclasta»). En «El triple bypass de Homer», Lisa llega incluso a darle indicaciones al doctor Nick mientras éste opera a Homer, y de ese modo consigue salvar la vida a su padre. Pero en otras ocasiones, el intelectualismo de Lisa se convierte en el blanco de los chistes, como si fuese «demasiado» inteligente, o sencillamente pedante. Por ejemplo, su vegetarianismo resulta dogmático y contradictorio («Lisa, la vegetariana»), y en «Sin Duff» utiliza a Bart para un experimento científico sin que éste lo sepa, evocando ejemplos de la peor arrogancia, como el infame estudio Tuskegee. Y hace todo lo posible por entrar en el equipo de fútbol americano, pero luego se descubre que está más interesada en tener la razón que en jugar («Bart, Star»). Así pues, aunque a veces la sabiduría de Lisa se muestra en la serie como digna de valor, en otros casos se presenta como hipocresía y condescendencia.

Una crítica que se suele hacer a los intelectuales es que «no son mejores que los demás». Este embate se apoya en la idea de que, si se consigue demostrar que el supuesto sabio es «realmente» una persona normal, tal vez no haya que reverenciar sus opiniones. De allí la expresión «¡Eh, se pone los pantalones una pierna cada vez, como nosotros!». Este non sequitor claramente significa «es una persona común y corriente, como tú y yo, así que, ¿por qué tendría que sorprendernos su competencia?». Lisa comparte muchas de las debilidades de sus coetáneos: se extasía mirando la violenta serie animada Rasca y Pica junto a su hermano Bart, que no es precisamente un intelectual; adora a Corey, ídolo juvenil, y juega con Stacy Malibú, el equivalente springfieldiano de una Barbie. La serie ofrece oportunidades de sobra para comprobar que, en muchos sentidos, Lisa no es «mejor» que los demás, es decir, que no debemos creer que es realmente inteligente. Desde luego, podría argumentarse que es muy joven y que esos comportamientos son típicos de su edad, pero son tantas las oportunidades en que se nos muestra como un prodigio de extraordinaria sabiduría, que su pasión por Rasca y Pica y por Corey cobra un nuevo relieve. Lisa es descrita como la encarnación de la lógica y la sabiduría, pero al mismo tiempo idolatra a Corey y, por lo tanto, «no es mejor» que el resto. En «Lisa, la escéptica», es la única que mantiene la cordura cuando la ciudad entera se ha convencido de haber descubierto «el esqueleto de un ángel» (se trata de un engaño publicitario), pero cuando el esqueleto parece hablar, Lisa queda tan espantada como el resto. Su relación con la muñeca, descrita en el episodio «Lisa contra Stacy Malibú», también da cuenta de la ambivalencia de nuestra sociedad en lo relativo al racionalismo. Poco a poco, Lisa se percata de que Stacy Malibú no ofrece un modelo positivo y ejerce presión (y de hecho colabora) para que se invente una muñeca distinta, que estimule a las niñas a estudiar y a proponerse metas. Pero los fabricantes de Stacy Malibú contraatacan con una nueva versión de la muñeca, que se convierte en un éxito de ventas. La preferencia del público por la muñeca «menos intelectual» demuestra que las ideas razonables quedan relegadas a un segundo plano con respecto a la idea de «diversión» y de «seguir la corriente». Desde luego, esta controversia se asemeja en gran medida a la del mundo real: Barbie es objeto constante de críticas similares a las de Lisa a Malibú, pero mantiene su popularidad y, en general, nos parece que las diatribas de los intelectuales contra los juguetes son elitistas o «de otro planeta».

¿FILÓSOFOS REYES? ¡OH!

Un ejemplo más específico de cómo Los Simpson refleja la ambivalencia estadounidense hacia el intelectual se encuentra en «Salvaron el cerebro de Lisa» En este episodio, Lisa entra a formar parte de la sección local de Mensa, que ya cuenta entre sus miembros al profesor Frink, al doctor Hibbert y al Tío de la Tienda de los Tebeos. Cuando el alcalde Quimby huye intempestivamente, el grupo se hace cargo del gobierno de la ciudad. Lisa exalta el mandato de los intelectuales, una verdadera utopía racionalista, pero el nuevo programa de gobierno le vale a este

«consejo de sabios» la enemistad de los ciudadanos comunes y corrientes de Springfield (incluyendo a Homer, que dirige la rebelión de los idiotas). Sería bastante fácil interpretar esta secuencia de eventos como una sátira de la incapacidad del ciudadano medio de reconocer el mandato de los sabios a causa de su propia estupidez, pero el episodio satiriza más que eso. La noción misma de un «gobierno de sabios» es objeto de ataque por parte de la serie: los miembros de Mensa tienen algunas buenas ideas (normas viales más racionales) pero otras más bien ridículas (la censura, rituales de apareamiento inspirados en Star Trek) y, además, se pelean entre sí. Ofrecen una alternativa en cierto modo valiosa, sobre todo por su contraste con el corrupto gobierno de Quimby o el reino de la idiotez que Homer representa, y las intenciones de Lisa son buenas, pero no podemos interpretar este episodio como una defensa inequívoca de los intelectuales, pues una de las tesis que propone es que las utopías proyectadas por las élites son inestables, ineludiblemente impopulares y, a veces, estúpidas. Como sostiene Paul Cantor, «el episodio sobre la utopía comporta una extraña mezcla de intelectualismo y antiintelectualismo característica de Los Simpson. El desafío de Lisa a Springfield subraya las limitaciones culturales de la América profunda, pero también nos recuerda que el desprecio de los intelectuales hacia el hombre de a pie puede llegar demasiado lejos, y que la teoría puede perder con excesiva facilidad el contacto con el sentido común».

Es cierto que los proyectos utópicos de las élites tienden a estar mal concebidos, cuando no se trata directamente de conjuras para tomar el poder disfrazadas de buenas intenciones para con todos. Pero ¿la única alternativa es la pandilla de Homer o la oligarquía de Quimby? Los artífices de la Constitución estadounidense intentaron combinar los principios democráticos (un congreso) con algunos de los beneficios de un gobierno de élite no democrático (un senado, una corte suprema y una Carta de Derechos). Esto ha tenido resultados discordantes, pero en contraste con otras alternativas, parece haber funcionado bien. ¿Acaso la ambivalencia que nuestra sociedad demuestra hacia los intelectuales se debe a esta tensión constitucional? Desde luego que no. Tal vez se deba a ella en parte, pero es muy probable que se trate de una manifestación de conflictos psicológicos más profundos. Queremos una guía autoritaria pero también deseamos autonomía. No nos gusta sentirnos estúpidos, pero si somos sinceros nos damos cuenta de que tendríamos que aprender un poco más. Respetamos los logros de los demás, pero a veces nos sentimos amenazados y resentidos. Respetamos a la autoridad cuando nos conviene, pero en otros casos predicamos el relativismo. Obviamente, el «nosotros» aquí es una generalización; algunos experimentan estos conflictos menos que otros (y, en pocos casos, no hay cabida para ellos), pero parece una descripción apropiada de la visión de conjunto de la sociedad. No sorprende que Los Simpson, nuestro programa de televisión más satírico, la ilustre de modo tan gráfico.

Si la ambivalencia de la sociedad estadounidense hacia los intelectuales es, en efecto, un fenómeno psicológico bien arraigado, es improbable que desaparezca en un futuro cercano. Preconizarlo o incitarlo no mejorará la situación de nadie. Quienes deseen salvar a la república de la tiranía del profesor Frink y el Tío de la Tienda de Tebeos deberán encontrar maneras de oponerse que no impliquen el ataque indiscriminado al ideal de desarrollo intelectual. Quien defienda al hombre común debería hacerlo sin desmerecer las conquistas de aquellos que se han instruido. Lo contrario sería defender el derecho de Homer a vivir en la estupidez mediante una crítica a la inteligencia de Lisa,  y esa actitud no contribuye al desarrollo de una nación ni de sus individuos.