Valparaíso, dijo Campos en la presentación —virtual, por supuesto— de su nuevo libro, es una ciudad asociada a la bohemia y el descontrol alcohólico. El Carnaval de los Mil Tambores es un emblema de esta idea, un evento en el que cada año van miles de visitantes de fuera y de dentro del país, principalmente capitalinos, a ensuciar y orinar lo que ya ensuciaron y orinaron otros visitantes. Da la impresión de que en esta ciudad de subidas y bajadas, la gama de lo que se puede hacer ya fue recorrida por otros, pero aun así es novedosa.

Como todo lugar con una población flotante, que se renueva cada año, un sitio que nunca se asienta del todo pero que debe seguir funcionando, el puerto tiene ese espíritu impreso en sus costumbres. Es donde el protagonista estudia Filosofía mientras vive en una pequeña habitación, atrapado en un triángulo compuesto por sus amigos Vanessa y Marcelo, una pareja que se compone y descompone ante su mirada analítica.

Como vagando entre sus tugurios y cerros, donde igual pueden verse ascensores descompuestos cubiertos de maleza o condominios laberínticos construidos por arquitectos con apellidos franceses, los personajes se desenvuelven entre el voyerismo y la necesidad de demostrarse intensificada al interior de Valparaíso y sus alrededores. La ciudad, dice el narrador, “se ha vuelto un poco monstruosa (…) a veces no se reconoce bien qué se está construyendo y qué permanece en pie”. Allí, las relaciones sociales también se afean en su incompletitud, atrapadas entre sus fauces se derriten como si fueran parte de una pintura de Bacon.

El mundo interior del narrador exuda con axiomas repentinos en fragmentos con cierta cadencia, cerrándose y abriéndose con una rapidez capaz de otorgar, no obstante, cautela. Ni idea tiene de comportarse en una fiesta porque su grupo ni siquiera sabe hacerlas y no dice lo que piensa, se siente humillado y se desenvuelve en ello; es consciente del cinismo que lo circunda.

Es la oscuridad el fondo que rodea el titilar del puerto y que no es más que el mar, el marco simbólico del submundo que sustentan estudiantes universitarios que no tienen un espacio físico alrededor, sino inestabilidad y duda, precariedad. Apegado de forma honesta y sui generis al pasado, quien narra exhibe la nostalgia de una época que en realidad no dejó nada bueno y que no le dio tiempo a conocer a nadie de verdad o de forma íntegra, como reconoce el mismo personaje y a su vez Marguerite Duras en el epígrafe. Un momento de su vida que lo obsesionó.

La inacción de los círculos universitarios ante una agresión sexual o un misógino que osa hacer escuela constituyen la ejecución de una acompasada tragicomedia en un ambiente en el que, se supone, existía una vanguardia de ideas que brotaron mucho más tarde en la sociedad chilena. En realidad, los personajes se usan unos a otros, el bien propio es un imperativo que no puede reconocerse por ningún motivo en voz alta y sus anécdotas —el suicidio o la muerte en esa oscuridad del primo de Marcelo en el faro de Playa Ancha— un aliciente para realzar la impostada solemnidad de jóvenes que van a ser escritores, filósofos y artistas, vale decir, “palabras que cualquiera puede adjudicarse”. Al final de esos escombros, sin embargo, se halla la confianza.

En un ámbito como este, la lealtad es un lujo que prescribe como un espejismo, pero no menos o más que en cualquier otra esfera. De forma que Nicolás Campos describe con precisión cómo esa voluntad de los estudiantes de estar en el margen, siendo punks, comunistas o hippies que se tiñen el pelo fosforescente, se deshace a medida que se incorporan como fuerza laboral a un flujo que en último término los lleva a Santiago y luego a una vida común y corriente. Parece que aprendemos por medio de esta ficción, vital e intimista, que con las experiencias se abre la mente aunque al final se encierre el mundo.

Un amigo es una niebla, editada por Overol, está cerca de ese concepto de memoria trunca en el que lo ideal se desvanece tras los hechos, haciendo bello el asumir que los años promisorios no se vivieron con esplendor.


Luis San Martín, Santiago de Chile, 1988. Es Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica. Editor de profesión, cofundó el blog literario Lo que leímos y es codirector de la consultoría de servicios editoriales y diseño Vuelo Ártico. Actualmente reside en Valencia, España.

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