Vía Escuela de Ateneas


Hubo un tiempo en el que las plegarias humanas iban dirigidas a la Diosa Madre, como divinidad de divinidades que dominaba un mundo de sociedades agrícolas.

Los distintos cultos populares a las Diosas se habían organizado a través de uno primigenio y elemental: el poder de dar vida. Desde este punto de vista la fertilidad de la tierra y la fecundidad femenina es una misma cosa para las sociedades primitivas, dando respuesta a las preguntas existenciales sobre el misterio de la creación.

“Las culturas más antiguas de la humanidad llegaron a la conclusión de que la vida surgía, se perdía y volvía a aparecer en un ciclo incesante (como les daban a entender las estaciones del año, las distintas fases de la luna, la muerte y el nacimiento…).
Entendieron que todos los elementos componentes de la naturaleza sin excepción (plantas, árboles, rocas, montes, agua, viento, sol, luna, estrellas, mar…) eran seres vivientes como el ser humano mismo, puesto que todos esos elementos tomaban parte de igual manera en el ciclo de vida, muerte y regeneración. En el marco de este pensamiento animista, concluyeron que la naturaleza en su conjunto era una mujer/madre generadora de vida y crearon la gran metáfora que ha marcado el pensamiento del ser humano hasta nuestros días. Hoy en día está plenamente documentado que esta metáfora de natura/mujer es patente en todo el arte neolítico a través de miles y miles de imágenes”.  

Josu Naberan“La vuelta de Sugaar”.

La venus de Willendorf, representa a la fertilidad y data del neolítico. Esta representación de la gran diosa madre es una de las imágenes asociadas a estos cultos ancestrales, pero hay muchas más. 

La gran Diosa o La Diosa madre, llamada con infinitos nombre locales – pero todos referidos a la divinidad femenina que todo lo creó – estuvo presente casi con exclusividad en la mente mitológica de los seres humanos desde el 30.000 al 3000 a.C. Algunos de esos nombres son: 


En América Precolombina: La Pachamama andina;  Mapu para los mapuches; Ixchel para los Mayas; Coatlicue para los Aztecas. 

En África: La diosa Mawu

En Asia:  Nin-hursag en Sumeria. Arinna  para los hititas. Hepat en Babilonia. Isthar en Mesopotamia. Shakti la energía femenina divinizada del budismo. 

En Europa: Isis en Egipto cuyo culto se extendió en el mundo grecorromano. Rhea en Creta. Kubaba en Turquía. Cibeles en Grecia… 

En Mesopotamia la sexualidad era un acto religioso. En la cuna de las civilizaciones se pensaba que si la vagina era la “puerta de salida”a este mundo, también era la puerta de entrada para volver al infinito y a través del acto sexual, tanto hombres como mujeres alcanzaban la trascendencia y creaban puentes con la Diosa.

La Diosa Isthar, una de las diosas más importantes para el pueblo sumerio, representaba el sexo, la fertilidad y el amor. Su culto podría haber implicado rituales sexuales en los templos erigidos en su honor. 

En un proceso que llevó miles de años, las culturas paganas y politeístas comenzaron a dar más importancia a dioses belicosos y masculinos que desplazaron a la Gran Diosa. 

El judaismo es la primera religión monoteista que atribuye a Yavéh la capacidad generadora de la Diosa (crear y dar vida) siendo éste el primer Dios que sustrae el poder femenino para depositarlo en el otro lado.

Las religiones monoteístas ponían el poder en un sólo ente todo poderoso y omnipresente. Dar a este único dios forma andrógina, era indispensable para reforzar la supremacía del hombre sobre la mujer. 

Concebir religiones monoteistas con un único dios de sexo masculino, sirvió a las nuevas civilizaciones la justificación del derecho a la autoridad absoluta masculina sobre la mujer y el resto de los seres vivos del planeta…y “así en la tierra como en el cielo”… gobernar el mundo.

Este proceso de masculinización de los dioses, fue un proceso largo y difícil en una época en que los poderes religiosos ejercían el poder moral, político y judicial de las sociedades. Ese largo proceso, en el que el poder de la diosa dejó de equilibrar la balanza de lo masculino y lo femenino, fue el momento en el que el imaginario colectivo fue restando poder y posibilidades a las mujeres.