El debut cinematográfico de Jorge Navas es enigmático: el estilo remite al inicio del cine, con una difusa cercanía al expresionismo, propia de un amateur rindiéndole culto a una estética que le resultó de importancia. El tema elegido es todavía más inextricable por el cruce de géneros con el que se intenta examinarlo: la finitud de los hombres.

Lo que sucede con una niña muy pequeña llamada Heriberta, cuyo padre biológico ha muerto, es que desde la muerte de su progenitor no puede dejar de pensar que tarde o temprano ella envejecerá y morirá. Vivir es morir de a poco, como también retirarse paulatinamente de una vitalidad ligada en esencia a una belleza que hacía olvidar la muerte. Que la niña delire con tomar sangre y devenir vampiro, o eventualmente desear imitar el camino de la “condesa sangrienta” de Hungría, un personaje del siglo XIX, es parte de un duelo inconcluso y un precoz malestar metafísico, el cual tendrá consecuencias fantásticas y en clave teológica. Por ejemplo, la equivalencia entre la vida de un mosquito y la vida humana será más que una metáfora: el primerísimo plano de un insecto cumpliendo con su instinto y objetivo cósmico sobre la piel de la niña será interceptado por un golpe de la palma de la mano de la protagonista que tendrá luego una duplicación inhumana, entre cómica y trágica, en otra escala de representación y en un contexto mayor.

En poco minutos, Navas, que elige prescindir de las palabras y apoyarse en intertítulos, trabajar en blanco y negro, enrarecer el punto de vista apelando a encuadres poco ortodoxos y proponer relaciones creativas entre la medicina, los vampiros y el cristianismo, establece un par de situaciones en la vida de su personaje que acentúan la desconfianza de la niña respecto de la contingencia de cualquier existencia. De la relación con su madre y su paso por el colegio, pasando por una bizarra visita a una iglesia en plena misa, hasta el encuentro con un pordiosero que quizás es el célebre hijo del carpintero de Jerusalén, todas las circunstancias elegidas confirmarán las sospechas de Heriberta y su empecinamiento obsesivo por constatar que el tiempo es irreversible.

Iconoclasta meditación metafísica y juvenil sobre la finitud, el título, a juzgar por su desenlace, es todavía más irreverente, en consonancia con los rasgos de conducta de la niña, una personalidad tan anómala como la propia película.

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