Una conocida crítica literaria ha asegurado que el espacio de la Quinta Región como fondo en ciertas ficciones chilenas se está agotando en alguna de sus aristas; la relacionada, más bien, con jóvenes aplastados por el diario vivir en un futuro sin esperanzas, a veces rodeados por el puerto y encandilados por un amor, en una “sobajeada poética” que de tan manida podría ser un subgénero. Superando el estar o no de acuerdo, esto en particular semeja una obsesión, un voluble academicismo más que una propuesta acerca de cómo deberían conducirse unas temáticas u otras cuando tienen lugar en un sitio específico.

De modo que el imaginario de Valparaíso funciona en varias novelas recientes como escenario de una generación que perdió las expectativas cuando ni siquiera se posicionaban sus cimientos, lo cual no tiene por qué ser inadecuado. El protagonista de esta novela es también un estudiante universitario de Valparaíso, la persona utilizada para narrar es también la primera singular, el verbo también es el pretérito. Pero eso no significa que el libro sea igual o demasiado similar a otros, pues se distingue, sobre todo, por su estilo y la perspectiva desde la cual se observan los sucesos. Los detalles producen las variaciones significativas.

La carrera de Filosofía que estudia el narrador o las experiencias dentro de la Facultad de Humanidades poco importan en su andar, casi no sabemos la razón por la que decidió estudiarla ni para qué. Antecedentes no hay, no son importantes. Sus aprendizajes, más bien la relevancia que tienen ciertos aforismos y pensamientos se cuela por los resquicios de su prosa, sobre todo cuando se quiere referir al dolor que fecunda su intención de contar, a la naturaleza del recuerdo o a las implicancias de la muerte de su primo, quien se suicidó en el faro de Playa Ancha, se fugó o fue asesinado en simultáneo dentro de su memoria y la de Ana María, su tía, propiciando la ficción.

Compuesto por reflexiones moteadas por algunas citas, en El faro de Felipe González asistimos a la debacle o la glorificación de tres personajes importantes que giran siempre alrededor de “Feli” y son definidos por él, el protagonista-autor-narrador, nombrado apenas —y estratégicamente— una sola vez. Constanza, primero un amor fallido y una inesperada y sabia amiga después; Rodrigo, ese muerto primero y fugado al mismo tiempo; y Alejandra, su pareja, quien se sitúa como un rotor del argumento y adalid de un posible deus ex machina del que ya había pistas. Jaime es un cuarto elemento que solo se podría resumir en el hueco otorgado a la admiración por los métodos en el arte de escribir, otro de los temas que se tocan.

La capacidad de darse a entender sin subestimar al lector, abordando materias espesas en el buen sentido, si cabe, contribuye a convertir este texto en una especie de elogio de las desgracias y sus efectos. Aunque es temeraria, ya que ello implica deshacer aun más las esquirlas de una trama que a ratos tiene que avanzar como sea, la ralentización existe en nombre de un par de verdades que se transforman en literatura sobre preguntas universales sin respuesta.

El momento desde el que se narra se aleja con claridad de aquellos otros libros donde los que relatan lo hacen inmiscuidos y empapados por la cronología de las vivencias. Aquí, parece que Feli ha comprendido bastantes actos y sus consecuencias en el camino, y todo ese bagaje se convierte en fragmentos que prefiguran una exploración en un dolor antiguo y unívoco del ser y sus accidentes.

Estos encabezados breves, armados con palabras muy bien elegidas, esconden símbolos diseñados para comprender el pasado e iluminarlo mediante intermitencias, aunque en su belleza evidencien de forma inevitable el contraste con el título que se escogió para la obra.