Todo permite presagiar que la historia pasará y, con ella, también el ser en detrimento del cual se edificó; el ser se asentaba sobre sí mismo, la historia lo sacó de su ser y lo asoció a sus convulsiones; de hecho, representa el terreno en el que el ser no ha cesado de desmoronarse, de envilecerse. Este drama que forzosamente ha afectado a la historia desde el principio, ¿cómo no habría de marcarla ahora que se acerca a su término? ¿Y cómo no habría de marcarnos a nosotros, siendo como somos testigos de una fiebre de último acto que, reconozcámoslo, por lo demás no nos disgusta? En eso nos parecemos a los primeros cristianos, ávidos de lo peor. Para gran decepción de éstos, lo peor no llegó, pese a los vaticinios de los que rebosaban los escritos de la época. Cuanto más se multiplicaban tales escritos, como para urgir a Dios y obligarlo a ceder, más devastado e indeciso se encontraba este último y más se enredaba en sus escrúpulos. En pleno desconcierto, los fieles tuvieron que rendirse a la evidencia: el nuevo advenimiento no tendría lugar, la parusía había sido diferida; ni atisbo de salvación o de condena en el horizonte. En estas condiciones, ¿qué les quedaba sino esperar, entre la resignación y la esperanza, tiempos mejores, los tiempos del fin? Nosotros, más afortunados que ellos, hemos conseguido nuestro propio fin, está a nuestro alcance y, para precipitar su venida, no precisamos en absoluto de la intervención de arriba. De semejante oportunidad, por torpes que seamos, raro es que no saquemos algún provecho. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Mediante qué proceso, tras unos siglos tranquilizadores, nos encontramos en el umbral de una realidad que únicamente el sarcasmo vuelve tolerable? Desde el Renacimiento, la humanidad no ha hecho más que esquivar el sentido último de su caminar, el principio nocivo que en él se manifiesta. El Siglo de las Luces, en particular, ha hecho una contribución no despreciable a esta empresa de obnubilación. La idolatría del Porvenir, en el siglo siguiente, vino a confirmar las ilusiones del precedente. Y, en una época tan desengañada como la nuestra, esa idolatría sigue obstinándose en desplegar sus promesas, pese a que pocos creen aún en ellas. No es que dicha idolatría esté agotada, pero nos vemos obligados a minimizarla, a despreciarla, y eso por prudencia, por miedo. Y es que ahora sabemos que es compatible con lo atroz, que incluso conduce a ello o, por lo menos, que suscita con igual facilidad la prosperidad y el horror. Puesto que con cualquier teoría y con cualquier descubrimiento nos hundimos cada vez un poco más, ¿qué seguimos teniendo en común con la ralea «ilustrada», con los maniacos de lo Posible? Los contemporáneos de Newton se extrañaron de que un espíritu de su calibre se rebajase a comentar las visiones del Apóstol. Muy al contrario, a nosotros nos resultaría incomprensible que no lo hubiese hecho, y cualquier sabio que se negase a ello nos merecería desprecio. Además, ni siquiera necesita detenerse mucho en las revelaciones incriminadas; las vive a su manera, y prepara una nueva versión, más convincente y eficaz que la antigua, pues está despojada de pompa y poesía. A fuerza de trabajarla y de perfeccionarla, distingue tan nítidamente sus contornos que experimenta cierto apuro al hablar de ella. Como la conclusión de los tiempos le parece un lugar común, lo extraño a sus ojos no es que sea concebible sino que tarde en producirse. Hace todo cuanto puede para que culmine, para acelerar su irrupción: ¿qué culpa tiene ese final si duda y titubea? No menos impacientes, también nosotros desearíamos que al fin viniese ella a liberarnos de esta curiosidad que nos oprime. Según nuestro humor, adelantamos o retrasamos su fecha; mientras tanto, respirando en lo irrespirable, dilatándonos en lo que nos ahoga, estamos llenos de pensamientos que, por luminosos que sean, nos hacen ya formar parte de la noche en la que van a sumirse.
Tal vez esté cercano el día en que, incapaces de seguir soportando esta masa de miedo que hemos acumulado, flaqueemos bajo el peso con que nos aplasta. Esta vez, el fuego del cielo será nuestro fuego y, para huir de él, nos precipitaremos hacia las profundidades de la tierra, lejos de un mundo desfigurado y expoliado por nosotros mismos. Y moraremos debajo de los muertos, y envidiaremos su reposo y su beatitud, esos cráneos despreocupados, de vacaciones para siempre, esos esqueletos plácidos y modestos, por fin emancipados de la impertinencia de la sangre y de las reivindicaciones de la carne. Bullendo en la oscuridad, conoceremos al menos la satisfacción de no tener que seguir mirándonos de frente, la dicha de perder nuestros rostros. Expuestos a las mismas tribulaciones y a los mismos peligros, seremos todos iguales, y, sin embargo, también más extraños los unos para los otros de lo que nunca lo hemos sido.
Eludir nuestra suerte: ¿por qué empeñarnos? No es que haya que perder la esperanza de encontrar un final de recambio. Aunque debería ser verosímil y tener alguna posibilidad de realizarse. Por ser el hombre lo que es, ¿podemos admitir que le sea dado apagarse en la calma de la ruina, en medio de los beneficios de la caducidad? Ya se dobla sin duda bajo el fardo de los milenios, pero parece improbable que le toque llevar su carga hasta el final, hasta la extenuación de sus fuerzas. Muy al contrario, todo autoriza a prever que el lujo de la chochez le estará prohibido, aunque sólo sea debido al ritmo al que vive y a su inclinación a la desmesura. Envanecido por sus dones, el hombre se mofa de la naturaleza, perturba su marasmo, crea en ella un follón ora inmundo ora trágico que se vuelve decididamente insoportable. Que el hombre se largue cuanto antes, tal es el deseo que la naturaleza formula y que el hombre, si lo quisiera, podría satisfacer en el acto. Así ella lograría librarse de este sedicioso cuya sonrisa misma es subversiva, de este anti-viviente al que alberga por fuerza, de este usurpador que le ha robado sus secretos para someterla, para deshonrarla. Pero él ya estaba destinado a caer en la esclavitud y en la ignominia por sus propios delitos. Al traspasar con sus conocimientos y con sus actos los límites asignados a la criatura, ha atentado contra las propias fuentes de su ser, contra su fondo original. Sus conquistas son obra de un traidor a la vida y a sí mismo. De ahí proceden su aire de culpabilidad y su actitud poco clara, de ahí viene ese remordimiento que trata de disimular con la insolencia y el ajetreo. Si se intoxica de ruido, es para rehuir, para esquivar la inculpación que el más breve repliegue sobre sí mismo le obligaría a oír irremediablemente. La creación descansaba en un estupor sagrado, en un admirable e inaudible gemido; sacudiéndola con su frenesí, vociferando como un monstruo acorralado, el hombre la ha obligado a volverse irreconocible y ha comprometido su paz para siempre. Hay que incluir la desaparición del silencio entre los indicios anunciadores del fin. Hoy, la Gran Babilonia ya no merece desmoronarse por su impudicia y sus desenfrenos, sino a causa de su estruendo y de su barullo, de las estridencias de su chatarra y de los desquiciados que no aciertan a saciarse con ello. Ensañándose con los solitarios —los últimos mártires—, los persigue, los tortura, interrumpiendo en cada momento sus meditaciones, infiltrándose como un virus sonoro en sus pensamientos para minarlos, para degradarlos. ¿Cómo, en su exasperación, no iban a desear verla derrumbarse sin demora? Esta nueva prostituta contamina el espacio, mancilla seres y paisajes, expulsa de todas partes la pureza y el recogimiento. ¿Adónde ir, dónde quedarse? ¿Y qué seguir buscando en el guirigay de un planeta babilonizado? Antes de que quede hecho añicos, quienes más hayan sufrido en él, aquellos a quienes ha atormentado, tendrán por fin su revancha: serán los únicos en bendecir el desenlace, los únicos en saborear la suspensión del estrépito, ese breve y decisivo silencio que precede a las grandes catástrofes.
Cuando más poder adquiere el hombre, más vulnerable se vuelve. Lo que más ha de temer es el momento en que, con la creación totalmente yugulada, festeje su triunfo, apoteosis fatal, victoria a la que él no sobrevivirá. Lo más probable es que desaparezca sin ver cumplidas todas sus ambiciones. Es ya tan poderoso que cabe preguntarse por qué aspira a serlo aún más. Tanta insaciabilidad revela una miseria sin remedio, una magistral decadencia. Plantas y animales llevan las marcas de la salvación, igual que el hombre las de la perdición. Esto es válido para todos y cada uno de nosotros, para la Especie entera, deslumbrada y fulminada por el fulgor de lo Incurable. Ésta se perpetúa a través de las naciones, abocadas como ella a la servidumbre, mediante el simple automatismo del devenir. En el fondo, todas ellas son sólo rodeos que da la historia para acabar estableciendo una tiranía de gran envergadura, un imperio que englobará los continentes. Ya sin fronteras, sin más allá…, y por lo tanto sin libertad ni ilusiones. Es significativo que el Libro del Fin se concibiese en un momento en que los hombres, y los propios dioses, tenían que inclinarse ante los caprichos de Roma. Como la arbitrariedad había degenerado en terror, sólo les quedaba a los oprimidos la esperanza de que algún día los liberase un acontecimiento de dimensiones cósmicas, cuyas grandes líneas e incluso detalles se pusieron a imaginar. En el imperio futuro, los desheredados procederán de igual forma; el género visionario, y a veces siniestro, suplantará para ellos al resto de los géneros, pero, contrariamente a los primitivos cristianos, no odiarán al nuevo Nerón, o más bien se odiarán a sí mismos a través de él, harán de él un ideal aborrecido, el primero de los condenados, por no tener ninguno de ellos la osadía de erigirse en elegido.
Ni nuevo cielo, ni nueva tierra, ni siquiera un ángel para abrir el «pozo del abismo». Además, ¿acaso no tenemos nosotros mismos esa llave? El abismo está dentro de nosotros y fuera de nosotros, es el presentimiento de ayer, el interrogante de hoy, la certeza de mañana. La instauración del futuro imperio, al igual que su dislocación, se efectuará en medio de conmociones sin equivalente en el pasado. A estas alturas, aunque quisiésemos, nos resultaría imposible enmendarnos y, en un ramalazo de sabiduría, desandar el camino. Tan virulenta es nuestra perversidad que, en lugar de atenuarla, las reflexiones que le dedicamos, así como nuestros esfuerzos por superarla, la afianzan y la agravan. Predestinados al engullimiento, representamos, en el drama de la creación, el más espectacular y el más lamentable de los episodios. Dado que en nosotros se despertó el mal que en el resto de los seres vivos dormía, nos correspondía perdernos para que ellos pudiesen salvarse. Las virtualidades de desgarro y de conflicto que todos poseían se hicieron realidad y se concentraron en nosotros, y a nuestra propia costa hemos liberado a las plantas y a los animales de los elementos funestos que yacían aletargados en ellos. Un acto de generosidad, un sacrificio que hemos consentido sólo para lamentarlo y agriarnos. Celosos de su inconsciencia, que es el fundamento de su salvación, desearíamos ser como ellos y, furiosos por no lograrlo, planeamos su ruina, porfiamos para que se impliquen en nuestras desgracias y así endosárselas a ellos. Estamos resentidos, sobre todo, con los animales. ¡Qué no daríamos por despojarlos de su mutismo, por convertirlos al verbo, por infligirles la humillación de la palabra! Puesto que nos está prohibido el encanto de la existencia irreflexiva, de la existencia como tal, no podemos tolerar que otros gocen de él. Desertores de la inocencia, nos ensañamos contra cualquiera que aún la conserve, contra todos los seres que, indiferentes a nuestra aventura, se apoltronan en su bienaventurado entumecimiento. Y en cuanto a los dioses, ¿no nos hemos levantado contra ellos por la rabia que nos daba ver que eran conscientes sin padecer, mientras que para nosotros conciencia y naufragio se confunden? Hemos comprendido el secreto de su poder, pero no hemos podido acceder al de su serenidad. La venganza era inevitable: ¿cómo perdonarles que poseyeran la sabiduría sin exponerse a la maldición que le es inherente? No por haber desaparecido ellos hemos renunciado a la búsqueda de la felicidad: la hemos buscado y seguimos buscándola precisamente en lo que nos aleja de ella, en la confluencia del conocimiento y de la arrogancia. Cuanto más cerca están de identificarse estos dos términos, más se esfuman los vestigios que conservábamos de nuestros orígenes. En cuanto nos arrojaron de la pasividad en la que residíamos, en la que nos sentíamos como en casa, nos precipitamos al abismo del acto, sin posibilidad de evadirnos de él ni de recobrar nuestra verdadera patria. Si el acto nos corrompió, también nosotros corrompimos al acto: de esta degradación recíproca había de resultar ese desafío a la contemplación que es la historia, desafío del mismo calibre que los acontecimientos y tan lamentable como ellos. Lo que vimos imaginariamente en Patmos lo veremos realizado algún día, percibiremos nítidamente ese sol «negro como un saco de crin», esa luna de sangre, esas estrellas cayendo como higos, ese sol retirándose «como un libro que se enrolla». Nuestra ansiedad contesta como un eco a la del Vidente, del que estamos más cerca que nuestros predecesores, incluidos quienes escribieron sobre él, y particularmente el autor de los Orígenes del cristianismo, quien tuvo la imprudencia de afirmar: «Sabemos que el fin del mundo no está tan cercano como pensaron los iluminados del siglo primero, y que este fin no será una catástrofe súbita. Ocurrirá por frío, dentro de miles de siglos…». El Evangelista semialfabetizado vio más allá que su sabio comentador, apegado a las supersticiones modernas. No hay de qué extrañarse: a medida que nos remontamos hacia la alta Antigüedad, nos topamos con inquietudes semejantes a las nuestras. La filosofía, en sus principios, más que el presentimiento, tuvo la intuición exacta de la consumación, de la expiración del devenir. Heráclito, nuestro contemporáneo ideal, ya sabía que el fuego todo lo «ha de juzgar»; incluso contemplaba la posibilidad de una deflagración general al término de cada periodo cósmico, de un cataclismo repetitivo, corolario de cualquier concepción cíclica del tiempo. Por nuestra parte, dado que somos menos audaces y menos exigentes, nos conformamos con un único fin, porque carecemos del vigor que nos permitiría imaginar y soportar más de uno. Es cierto que admitimos una pluralidad de civilizaciones, y otros tantos mundos que nacen y mueren; pero ¿quién de nosotros admitiría un indefinido recomenzar de la totalidad de la historia? Con cada uno de sus acontecimientos, que además nos parece necesariamente irreversible, damos un paso más hacia un desenlace único, al ritmo de un progreso cuyo esquema adoptamos y cuyas futilidades, por supuesto, rechazamos. Progresamos, sí, incluso galopamos, hacia un desastre preciso y no hacia ninguna mirífica perfección. Cuanto más nos repugnan las fábulas de nuestros inmediatos predecesores, más cerca nos sentimos de los órficos, que situaban la Noche en el origen de las cosas, o de un Empédocles, que confería al Odio virtudes cosmogónicas. Y aún coincidimos más con el filósofo de Éfeso cuando asegura que el universo está regido por el rayo. Como ya no nos ciega la Razón, por fin descubrimos la otra cara del mundo, las tinieblas que en él residen, y, de existir una luz que a cualquier precio nos aparte de ellas, será, sin duda, la de algún relámpago definitivo. Otro rasgo que nos acerca a los presocráticos es la pasión por lo ineluctable, que ellos concibieron en el despertar de nuestra civilización, durante el primer contacto con los elementos y los seres, cuyo espectáculo tuvo que sumirlos en un maravillado espanto. Al final de los tiempos, nosotros concebimos esa pasión como la única manera de reconciliarnos con el hombre, con el horror que éste nos inspira. Resignados o hechizados, lo vemos correr hacia lo que le niega, temblar en la ebriedad de su anonadamiento. El pánico —su vicio, su razón de ser, el principio de su expansión, de su prosperidad malsana— se ha apoderado tanto de él, tan íntimamente lo define, que perecería en el acto si se le arrebatase. Por sutiles que fuesen los primeros filósofos, no podían adivinar que el universo moral plantearía problemas tan indescifrables y aterradores como el universo físico: el hombre, en la época en que ellos «florecían» aún no había dado muestras de tales aptitudes… La ventaja que tenemos sobre ellos es la de saber de qué es capaz o, más precisamente, de qué somos capaces nosotros mismos. Pues este pánico, a la vez estimulante y destructor, lo llevamos dentro todos nosotros, marca nuestras fisonomías, estalla en nuestros gestos, nos atraviesa los huesos y nos hace hervir la sangre. Nuestras contorsiones, visibles o secretas, se las comunicamos al planeta; éste ya tiembla como nosotros, padece el contagio de nuestras crisis y, al mismo tiempo que el mal sagrado se apodera de él, nos escupe, nos maldice.
No hay duda de que resulta fastidioso tener que enfrentarnos a la fase terminal del proceso histórico en el momento en que, por haber liquidado nuestras viejas creencias, carecemos de disponibilidades metafísicas, de reservas sustanciales de absoluto. Sorprendidos por la agonía, nos codeamos, desposeídos de todo, con esta halagadora pesadilla, experimentada por todos aquellos que tuvieron el privilegio de hallarse en el meollo de una insigne debacle. Si, además del valor de mirar las cosas de frente, tuviésemos también el de suspender nuestra carrera, aunque sólo fuese por un instante, ese respiro, esa pausa a escala planetaria, bastaría para revelarnos la amplitud del precipicio que nos acecha, y el espanto que resultase pronto se convertiría en oración o en lamento, en una convulsión saludable. Pero no podemos pararnos. Y si la idea de lo inexorable nos seduce, y nos sostiene, es porque, a pesar de todo, incluye un residuo metafísico, y porque constituye la única manera todavía disponible para acceder a algo que se asemeje a lo absoluto, algo sin lo cual nadie sabría sobrevivir. Algún día —quién sabe— podría faltarnos hasta este recurso. En el apogeo de nuestro vacío, estaríamos así abocados a la indignidad de un total desgaste, peor que una catástrofe repentina, honorable ésta a fin de cuentas, e incluso prestigiosa. Tengamos confianza, apostemos por la catástrofe, más adecuada a nuestro carácter y a nuestros gustos. Demos un paso más, supongámosla ocurrida, considerémosla un hecho consumado. Parece verosímil que ocasione supervivientes, unos cuantos agraciados que habrán tenido la buena fortuna de contemplar su desarrollo y de aprender la lección. Su primera preocupación será seguramente la de abolir el recuerdo de la antigua humanidad, de todas las empresas que la desacreditaron y la perdieron. Ensañándose con las ciudades, querrán rematar su ruina, borrar su huella. A sus ojos, un árbol raquítico valdrá más que un museo o un templo. Fuera escuelas; a cambio, clases para olvidar y para desaprender en las que se celebrarán las virtudes de la inatención y las delicias de la amnesia. La aversión inspirada por la visión de cualquier libro, frívolo o grave, se extenderá al conjunto del Saber, que se mencionará con apuro o pavor como si se tratase de una obscenidad o de una plaga. Meterse en filosofías, elaborar un sistema, abrazarlo y creer en él, parecerá algo impío, una provocación y una traición, una complicidad criminal con el pasado. A nadie se le ocurrirá utilizar las herramientas —execradas todas ellas— si no es para barrer los escombros de un mundo derruido. Cada cual tratará de modelarse a imagen de los vegetales en detrimento de la de los animales, pues reprochará a estos últimos que presenten aspectos evocadores de la figura y las hazañas del hombre; por la misma razón, se abstendrá de resucitar a los dioses, y más aún a los ídolos. El rechazo de la historia será tan radical que se verá condenada en bloque, sin piedad, sin matices. Lo mismo ocurrirá con el tiempo, asimilado a un lapsus o a una anomalía.
Recuperados del delirio del acto, los supervivientes, al entregarse a la monotonía, se afanarán por encontrarse a gusto y por instalarse en ella a fin de esquivar los envites de lo nuevo. Cada mañana, recogidos, discretos, murmurarán anatemas contra las generaciones precedentes; pero entre ellos no habrá ningún sentimiento sospechoso o sórdido, ningún rencor ni deseo de humillar o de eclipsar a nadie. Aun siendo libres e iguales, pondrán por encima de ellos a quien, en su vida y en su pensamiento, no conserve ninguno de los vicios de la humanidad engullida. Lo venerarán todos y no cejarán hasta parecérsele. 
Cortemos por lo sano estas divagaciones, pues de nada sirve inventar un «intermedio reconfortante», fastidioso procedimiento de las escatologías. No porque no tengamos el derecho a imaginarnos esta nueva humanidad, transfigurada al salir de lo horrible; ¿quién nos dice, sin embargo, que una vez alcanzada su meta, esa nueva humanidad no volvería a caer en las miserias de la antigua? ¿Y cómo creer que no se hastiaría de la felicidad o que se libraría de la atracción del desmoronamiento, así como de la tentación de interpretar ella misma un papel? El tedio reinante en el paraíso suscitó en nuestro primer antepasado una apetencia de abismo que nos costó este desfile de siglos cuyo final entrevemos ahora. Esta apetencia, auténtica nostalgia del infierno, no dejaría de arrasar a la raza que nos sucediese y de convertirla en digna heredera de nuestros defectos. Renunciemos, pues, a las profecías, hipótesis frenéticas, no nos dejemos engañar más por la imagen de un porvenir lejano e improbable, atengámonos a nuestras certezas, a nuestros nada dudosos abismos.
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