El desplazamiento de una arqui-política hacia una arqui-economía ha sido, sin duda, lo que ha permitido a Nancy pensar una política. No lo político (la esencia de la política, la arqui-política), ni siquiera solamente la política (como instancia separada), sino justamente una política. Ciertamente no un programa: para un pensador de la finitud y de las singularidades plurales, toda política estibada en una finalidad comete el funesto error de querer producir un Sujeto absoluto, una comunidad completa, una identidad pura, etc. Fue a causa de que el nazismo buscó producir un Estado total que le fue crucial exterminar todo aquello que pudiera contravenir a esa totalidad unificada. Contra una política programática, lo que se requiere es una política que deje un sitio a aquello que no se programa, no se inscribe de antemano, sino que se da, aquí y ahora, como mundo. Lo que tiene que ir primero es «una adoración girada hacia la singularidad».1
Adorar… En la estrucción… ¿De qué política podría estar tratándose aquí? De una política que, justamente, sin reactivar una nueva finalidad, sin retomar el proyecto de una forma total, podría permitir romper con la ley de la equivalencia. Para Nancy, esta ruptura podría ser asumida por una política democrática. Lo que sigue es comentar este último término; si esto es posible. «Democracia contra la República», «disenso», inicialización de la política a partir de la «parte de los sin-parte», Nancy declara estar de acuerdo con las tesis de Rancière, pero considera que es necesario agregarles esta cuestión prejudicial: ¿qué o quién se separa y se opone cuando hay disenso?2 Sin idea del con, ¿cómo pensar la desvinculación de un contra? Sin cuestionamiento simultáneo sobre el ser-en-común, el sentido del dis —prefijo que significa separación, apartamiento, dirección opuesta y por consiguiente negación— se torna opaco. Ahora bien, democracia es el nombre de aquello que nos obliga a pensar juntos el dis(senso) y el con(senso). Democracia nos obliga a pensar el dis —la distancia, el intervalo— de modo ontológico antes de pensarlo en términos políticos. ¿No nos encontramos aquí con algo que forma parte del orden de una arqui-política? No, en la medida en que el intervalo, primeramente, es ontológico y en segundo lugar debe encontrar un lugar en y mediante una política: «La condición de la afirmación inequivalente es política en el hecho de que la política debe preparar su espacio. Pero la afirmación por sí misma no es política».3
Lo cual quiere decir que democracia no es ante todo un término político, algo que se siga de un modo de gobierno o de una atención a un objeto particular, el viviente por ejemplo y lo que implica de «biopolítico». No es una forma política, sino el nombre de lo que debe tomar en consideración, en la política, lo que no es político. Encontramos aquí nuestros análisis anteriores sobre el sentido, el afuera, y finalmente la inequivalencia. Son estos intervalos lo que la democracia tendría que volver posible a partir de la idea que ella se hace del hombre, un hombre que «pasa infinitamente al hombre» (Pascal). Rousseau sabía que la democracia es en primer lugar una idea del ser humano, y para Nancy el contrato social tiene en consideración más una civilización, una manera de proyectar el hombre en común, que una política.4 La democracia es precisamente la puesta en conjunto de lo común y lo infinito, de lo que se agrega o lo que se disgrega — sabiendo, lo hemos visto a lo largo de este ensayo, que es porque hay disyunción (ontológica) que hay agregación. Sin lo infinito, lo común se vuelve equivalencia, sustitución e interconexión; pero sin lo común, lo infinito se vuelve pura trascendencia, espiritualismo. Arqui-economía y religión pura son aquí puestas en paralelo.5
Es por esto que Rousseau, y otros pensadores o dirigentes políticos después de él, han querido transformar inmediatamente una arqui-política del hombre-común en política que las revoluciones, como diría Deleuze, han «girado mal». Hay desastre cuando un voto arqui-político es confundido con la política, cuando estamos prisioneros en una visión de la política como producción de una Identidad (nacional, republicana, humana). Política designará por consiguiente la práctica que impediría tal identificación y tal confusión. Para Nancy, la política no debe poner en forma una arqui-política de la identidad, debe procurar que esta forma identitaria no tenga lugar. Aquí se anudan el aporte teórico de la deconstrucción del cristianismo y la cuestión de la democracia: no es una forma identitaria común lo que se trata de producir, sino un intervalo que se debe dejar-ser: «La política democrática renuncia a figurarse a sí misma: permite una proliferación de figuras afirmadas, inventadas, creadas, imaginadas».6
Se puede comprender a partir de aquí el empleo por parte de Nancy del término de comunismo. Contrariamente a Badiou que habla de una «hipótesis» comunista, Nancy escribe que no se tiene que «verificar» el comunismo por medio de una acción política, porque el comunismo es un «hecho», un «dato»: «Desde el comienzo, somos en común. Por consiguiente, tenemos que devenir lo que somos: el dato es el de una exigencia, y ésta es infinita».7 Lo común y el comunismo que designa, se habrá comprendido, son ontológicos, o más bien existenciales, término preferible en definitiva (es a nivel del existir, y no del ser, donde lo común se da, se presenta, comparece, etc.). En este sentido, el comunismo existencial es la verdad de la democracia:
1. comunismo no define aquí de ningún modo un estado que tendría que advenir después del socialismo o en el fin de los tiempos — no es una hipótesis, sino una tesis actual, infinitamente actual. Pero esta verdad no tiene que ser encarnada por ningún comunismo, pues la verdad no es un programa, es lo que escapa de todo programa. Entonces, y entonces solamente, se podría aliar a Pascal, a Rousseau y a Marx;
2. el adjetivo «existencial» permite dejar sitio a lo infinito, dicho de otro modo, impide que lo común se cierre sobre sí mismo, como inmanentismo o sistema regulado de equivalencias. Se sabe en efecto que el comunismo real, soviético o chino, en nada ha impedido el capitalismo. Viene a la memoria la famosa fórmula de Lenin: «El comunismo es los soviets más la electricidad» — si tan sólo Lenin hubiera pensado este más… Más mediante el cual la política afirma su tarea: mantener la apertura sin llenarla con una Forma, dejar ser «el sentido como afuera abierto justo en medio del mundo, justo en medio de nosotros y entre nosotros como nuestro común compartir»8. Es esta constancia o este mantenimiento lo que podrá preservar las formas de vida (arte, amor, amistad, pensamiento).
Si hay, sin duda, una política de Nancy, es en el sentido en que ésta ha de permanecer en primer lugar separada: no todo es político, no todo debe serlo recalca Nancy. Sin esta separación, no habrá acción política posible. Pero ¿cuáles son las consecuencias de tal separación? En sus últimos textos, Nancy insiste en la necesidad de una «voluntad» política, lamentando que el concepto no siga siendo ya asociado al mal.9 Sin embargo, el concepto de voluntad sufrió de todos los rayos de la deconstrucción, de Heidegger a Derrida. Pero es más allá de esta deconstrucción a donde Nancy se dirige. Ciertamente, saluda en los acontecimientos de 1968 el motivo de la interrupción y la disrupción — contra toda idea de previsión, de programa y de «figura» revolucionaria. 10 Y reconoce que los pensamientos en términos de «momento insurreccional» o de «hostigamiento continuo» —se podría agregar el «momento comunista» de Rancière—11 son «justos» en el hecho de que aceptan que la política, para decirlo con las palabras de Sylvain Lazarus, es «rara y secuencial». Todos estos pensamientos, nos dice Nancy, reconocen por consiguiente que el Estado no puede desaparecer; pero agrega que es ahora necesario «dar un paso más».12 Si la «tarea» de la política es ahora la de «permitir la apertura de las esferas» del arte, del pensamiento y del amor, es en este sentido en que la disrupción, antes que ser política, acontecimental, es aquello que tiene que ser instituido. Se trata de reconocer políticamente el afuera como aquello que se mantiene en medio de la democracia, aquello que firma su ausencia de arché — en este sentido: «Ni Dios ni amo. Democracia vale por anarquía».13 Volvamos a decirlo: sin esta toma a cargo de lo inconmensurable mediante una política, la igualdad corre el riesgo de volverse tendencialmente equivalencia. Es por esto que Nancy habla de «democracia nietzscheana», y define la democracia como «aristocracia igualitaria».14 Sólo tal definición puede hacer justicia a la extensión existencial, ahí donde «nada se equivale».15 Sólo ella puede permitir fundar la igualdad sobre la singularidad.

* Extracto de Frédéric Neyrat, Le communisme existentiel de Jean-Luc Nancy, Nouvelles Éditions Lignes, 2013, pp. 56-62.
1 Jean-LucNancy, L’Équivalence des catastrophes (Après Fukushima), París, Galilée, 2012, p. 66.
2 J.-L. Nancy, Politique et au-delà, entrevista con P. Armstrong y J. E. Smith, París, Galilée, 2011.
3 J.-L. Nancy, Vérité de la démocratie, París, Galilée, 2008, p. 48.
4 Nancy cita a menudo el capítulo VIII del Contrato social, donde Rousseau explica que el contrato social tiene la vocación de producir «un ser inteligente y un hombre». Para Nancy, el contrato social es antropológico (antropoiético) antes que ser político.
5 A menos que intercambien secretamente su lugar, haciéndose la arqui-economía esfera financiera infinita cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia está en ninguna parte, mientras que la religión, deconstruida, significaría la finitud.
6 J.-L. Nancy, Vérité de la démocratieop. cit., p. 49.
7 Ibid., pp. 24-25, nota al pie de página 1.
8 Ibid., p. 36.
9 Cf. J.-L. Nancy, Politique et au-delàop. cit., pp. 26-36 y p. 47.
10 J.-L. Nancy, Vérité de la démocratieop. cit., p. 28.
11 «Un momento no es simplemente un punto que se desvanece en el curso del tiempo. Es también un momentum, desplazamiento de equilibrios y la instauración de otro curso del tiempo. Un momento comunista es una configuración nueva de aquello que lo “común” quiere decir, una reconfiguración del universo de los posibles». Jacques Rancières, «Communistes sans communisme?», en Moments politiques, París, La Fabrique, 2009, p. 226.
12 J.-L. Nancy, «Démocratie finie et infinie», en Démocratie, dans quel état?, obra colectiva, Montréal, éditions Écosociété, 2009, p. 57.
13 J.-L. Nancy, Vérité de la démocratieop. cit., p. 57.
14 Ibid., respectivamente p. 43 y p. 61.
15 Ibid., p. 47.
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