Todos conocemos la observación de Marx de que la historia se repite primero como una tragedia y luego como una farsa. Marx tenía en mente la tragedia de la caída de Napoleón I y la posterior farsa del reinado de su sobrino Napoleón III. En la década de 1960, Herbert Marcuse dijo que la lección que nos dejaba el nazismo parecía ser la opuesta: primero como una farsa (a lo largo de la década de 1920, Hitler y su pandilla fueron tomados como un grupo de payasos políticos marginales), luego como una tragedia (cuando Hitler efectivamente tomó el poder). Obviamente, la intrusión de la mafia en el Capitolio tampoco fue un intento de golpe serio, sino una farsa. Jake Angeli, el seguidor de QAnon conocido por todos nosotros como el tipo que entró al Capitolio con un sombrero con cuernos similar al yelmo vikingo, personifica la falsedad de toda esa multitud de manifestantes. Los guerreros vikingos están asociados a los cascos con cuernos en la cultura popular, pero no hay evidencia de que esos cascos vikingos realmente tuvieran cuernos. Fueron inventados de esa forma por la imaginación romántica de principios del siglo XIX: al final, tan auténticos no eran los manifestantes.

Lo mismo ocurre con la presidencia de Trump. Cuando nuestra pandilla digital de los 4 (Twitter, Facebook, Instagram, YouTube) canceló las cuentas de Trump, muchos analistas notaron lo problemático de esta medida. Una empresa privada (ni siquiera está claro quién, qué persona) excluyó a alguien del espacio público. Esto es consecuencia de la privatización de los bienes comunes digitales, del espacio público, en el que cada vez nos comunicamos más, especialmente en una época de encierros y distanciamientos sociales. Trump se vio especialmente golpeado con esta medida, porque el principal canal para llegar a su público era a través de sus tweets. O, para citar a Russell Sbriglia (por correspondencia privada):

“¿Podría haber una mejor ejemplificación de la lógica del ‘robo del disfrute’ que el mantra que los partidarios de Trump entonaban mientras asaltaban el Capitolio: ‘¡Detengan el robo!’? La naturaleza hedonista y carnavalesca del asalto al Capitolio para “detener el robo” no fue meramente incidental al intento de insurrección; en la medida en que se trataba de recuperar el disfrute (supuestamente) robado por los demás de la nación (es decir, negros, mexicanos, musulmanes, LGBTQ +, etc.), el elemento del carnaval era absolutamente esencial para ello”.

Lo que sucedió el 6 de enero en el Capitolio no fue un intento de golpe sino un carnaval. La idea de que el carnaval puede servir como modelo para los movimientos de protesta progresistas -tales protestas son carnavalescas no solo en su forma y atmósfera (representaciones teatrales, cánticos humorísticos…), sino también en su organización no centralizada- es profundamente problemática. ¿No es ya carnavalesca la realidad social del capitalismo tardío? ¿No fue la infame Kristallnacht de 1938 -este estallido medio organizado, medio espontáneo, de ataques violentos contra hogares judíos, sinagogas, negocios y contra la gente misma- un carnaval, si es que alguna vez hubo uno? Además, ¿no es “carnaval” también la palabra para definir la parte obscena del poder, desde las violaciones en grupo hasta los linchamientos masivos? No olvidemos que Mijaíl Bajtín desarrolló la noción de carnaval en su libro sobre Rabelais, escrito en la década de 1930 como respuesta directa al carnaval de las purgas estalinistas. Tradicionalmente, para resistir a los que están en el poder, una de las estrategias de las “clases bajas” ha sido utilizar con frecuencia demostraciones aterradoras de brutalidad para perturbar el sentido de decencia de la clase media. Pero con los acontecimientos en Capitol Hill, el carnaval volvió a perder su inocencia. ¿Se repetirá entonces, también en este caso, la farsa como tragedia? ¿Será seguido por un violento (o, mejor aún, no tan violento) golpe de estado ?

Ciertamente, hay señales siniestras que apuntan hacia esa dirección:

“Una encuesta realizada el día después del asalto al Capitolio reveló que el 45 por ciento de los republicanos aprueba la acción y cree que Trump debe ser impuesto como presidente por la fuerza, mientras que el 43 por ciento se opone o al menos no apoya el uso de la violencia para lograr este fin. La extrema derecha ha creado así una base de 30 millones de personas, un número creciente que rechaza explícitamente el principio de democracia y está dispuesta a aceptar un gobierno autoritario. Tenemos la suerte de que el objeto de su veneración esté ahora paralizado por el narcisismo y el deterioro cognitivo. Sin embargo, es sólo cuestión de tiempo antes de que surja un nuevo Trump, menos delirante y más competente; el camino hacia la instalación de un régimen autoritario contra la voluntad de la mayoría del electorado queda ahora bien establecido”.

Pero Trump no solo está paralizado por el narcisismo y el deterioro cognitivo; estas dos características están en la raíz misma de su éxito. La postura básica de sus seguidores es la de un “declive cognitivo”, de negar el verdadero impacto de la pandemia, del calentamiento global, del racismo y el sexismo en Estados Unidos. Para ellos, cualquier amenaza contra el estilo de vida estadounidense debe ser el resultado de una conspiración. (La forma en que la pandemia afectó a Trump es ambigua: Trump básicamente perdió las elecciones debido al Covid, pero su movimiento también ganó fuerza por la forma en que reaccionó a la pandemia, al menospreciar su impacto total). De este declive surgió una sustancial derecha radical como movimiento, una sinergia de supremacía blanca, negación de pandemias y teorías de conspiración. Su base de clase es (como en el fascismo) una combinación de una mafia blanca de clase media baja, que tiene miedo de perder sus privilegios, y de los multimillonarios que discretamente la financian y apoyan.

¿Estaba realmente perturbado el aparato estatal estadounidense por la intrusión en el Capitolio? Así parece: “El general de mayor rango de Estados Unidos, Mark Milley, y todo el Estado Mayor Conjunto, que está compuesto por los jefes de cada rama militar, emitieron un comunicado el martes 12 de enero condenando la violenta invasión al Capitolio de los Estados Unidos durante la semana pasada y recordando a los miembros del servicio su obligación de apoyar y defender la Constitución y de rechazar el extremismo”. El FBI ahora está investigando y procesando a los manifestantes, pero quedan rastros ocultos de complicidad: como se dijo en muchos lados, imagínense cuánto más brutalmente habrían actuado las autoridades si los manifestantes de BLM (Black Lives Matter) hubieran sitiado el Capitolio… Los manifestantes no fueron derrotados; simplemente se fueron a su casa (como Trump les aconsejó que hicieran), o, quizás, a un bar cercano para celebrar su acción.

La mayoría de los manifestantes del Capitolio “volaron desde sus suburbios opulentos al Capitolio de los Estados Unidos, listos para morir por la causa del white privilege“. Cierto. Pero muchos de ellos también formaban parte de una clase media baja que ve sus privilegios amenazados por la coalición imaginaria entre las grandes empresas (nuevas corporaciones de medios digitales, bancos), la administración estatal (controlando nuestra vida diaria, imponiendo cuarentenas, aislamientos, mascarillas, control de armas y otras limitaciones a nuestras libertades básicas), las catástrofes naturales (pandemias, incendios forestales) y los “otros” (los pobres, de otras etnias, LGBT +…), que supuestamente están agotando los recursos financieros del estado y obligando al estado a aumentar los impuestos. Aquí es central la categoría de “nuestra forma de vida”: socializar en bares y cafeterías o en grandes eventos deportivos la libre circulación de automóviles y el derecho a poseer armas; el rechazo hacia todo lo que representa una amenaza para estas libertades (como las mascarillas y el encierro) y hacia el control estatal (aunque no para controlar a los “otros”). Todo lo que represente una amenaza para esta forma de vida (como las prácticas comerciales desleales de China, el “terror” de la Corrección Política, calentamiento global, pandemias…) es denunciado como un complot. Esta “forma de vida” claramente no es neutral en cuanto a la lucha de clases: es la forma de vida de la gente blanca de clase media que se percibe a sí misma como la verdadera encarnación de “lo que es Estados Unidos”.

Entonces, cuando escuchamos que el representante de esta conspiración no solo se robó las elecciones sino que nos está quitando (erosionando gradualmente) nuestra (forma de) vida, deberíamos aplicar aquí otra categoría, la del robo del disfrute. Jacques Lacan predijo ya a principios de la década de 1970 que la globalización capitalista daría lugar a un nuevo modo de racismo centrado en la figura de un Otro que amenaza con arrebatarnos nuestro goce (la satisfacción que nos proporciona meternos de lleno en nuestro modo de vida) o que posee y muestra un goce excesivo que escapa a nuestro alcance. (Basta recordar las fantasías antisemitas sobre rituales judíos secretos, las fantasías supremacistas blancas sobre la superioridad sexual de los hombres negros, la percepción de los mexicanos como violadores y traficantes de drogas …) El disfrute no debe confundirse aquí con placeres sexuales o de otro tipo: es una satisfacción mayor en nuestra forma de vida o en la paranoia acerca de la forma de vida de ese Otro. Lo que nos perturba en el Otro suele plasmarse en pequeños detalles de la existencia cotidiana: el olor de su comida, el volumen alto de su música o su risa… Por cierto, ¿no hubo una mezcla similar de fascinación y horror en la reacción que tuvieron los liberales de izquierda cuando los manifestantes irrumpieron en el Capitolio? Gente “corriente” irrumpiendo en la sede sagrada del poder, en un carnaval que suspendió momentáneamente nuestras reglas de la vida pública: había un poco de envidia en toda esa condena.

La dimensión de lo que niegan los manifestantes trumpistas es aterradora. A pesar de la vacuna, la pandemia se sigue extendiendo, con una profundización de las diferencias sociales. En cuanto a nuestro medio ambiente, “el planeta se enfrenta a un ‘futuro espantoso de extinción masiva, deterioro de la salud y trastornos climáticos’ que amenazan la supervivencia humana debido a la ignorancia y la inacción, según un grupo internacional de científicos, que alerta a las personas que aún no tienen asimilada la urgencia de la pérdida de biodiversidad y las crisis climáticas”.

En lo que deberíamos centrarnos ahora es en los elementos de una negación similar durante la toma de posesión de Biden. Este fue el comentario de la analista política SE Cupp sobre la inauguración:

“Fue casi como si nada de esto hubiera sucedido realmente. Excepto, por supuesto, que sí ocurrió. Los últimos cuatro años han representado un trauma para tantos estadounidenses, y no se desvanecerá de la noche a la mañana. Hay una sanación que hacer, y Biden tiene un largo viaje por delante. Pero, al menos durante una hora y pico en el Capitolio de los Estados Unidos, finalmente hubo un respiro muy necesario de la locura, del momento de nuestra demarcación que será para siempre 2020”.

No solo sucedió, sino que también surgió del mismo mundo celebrado en “The Hill We Climb”, el poema leído por la joven poeta laureada Amanda Gorman en la asunción de Biden. Describiéndose a sí misma como “una chica negra flaca descendiente de esclavos y criada por una madre soltera [que] puede soñar con convertirse en presidenta pero solo termina recitando un poema en el que pide que haya una  ”, dijo:

“Y entonces levantamos nuestra mirada, no hacia lo que se interpone entre nosotros, sino a lo que está frente a nosotros / cerramos la brecha porque sabemos que, para anteponer nuestro futuro, debemos primero apartar las diferencias. /… / Y dejamos nuestras armas para poder abrazarnos con brazos extendidos los unos a los otros / Buscamos que no haya daño para nadie, y armonía para todos (…) / Hemos visto una fuerza que destrozaría a una nación, antes que compartirla / Destruiría nuestro país si eso significara relegar la democracia / Y este esfuerzo casi tuvo éxito, pero aunque la democracia puede ser relegada periódicamente, nunca puede ser derrotada de forma permanente / En esta verdad, en esta fe, confiamos”.

Si el término “ideología” tiene algún significado, es este: la fantasía del establishment y los progresistas unidos, todos juntos en un momento sublime de unidad. Cuando estamos inmersos en esta unión, efectivamente parece como si Trump no hubiera sucedido realmente. Pero, ¿de dónde vinieron Trump y sus seguidores? ¿No indica su ascenso una profunda grieta en esa unidad? Si queremos tener futuro, no debemos dejar de lado nuestras diferencias, sino hacer precisamente lo contrario: centrarnos en nuestras divisiones y antagonismos, que atraviesan la sociedad estadounidense, no en la “guerra incivil” entre el establishment liberal y los seguidores de Trump sino en el actual antagonismo de clases con todas sus implicancias (racismo, sexismo, crisis ecológica).

Es por eso que los llamados a la unidad y la cura de nuestras divisiones son falsos. Trump cree en una división radical, en un nosotros contra ellos (los “enemigos del pueblo”), y la única manera adecuada de vencerlo es demostrar que su división es falsa, que él es realmente uno de “ellos”. (una criatura del “pantano” del establishment), y reemplazar esta división por una más radical y verdadera, a saber, el establishment con todas sus caras versus la amplia unidad de todas las fuerzas emancipadoras.

Entonces, ¿se repetirá la farsa como tragedia? No hay una respuesta correcta que se pueda dar de antemano. Depende de todos nosotros, de nuestra movilización política, o de la falta de ella. “¡Tené cuidado con lo que deseás!” Trump advirtió a Biden a propósito de la idea de destituirlo evocando la 25a Enmienda. Quizás el propio Trump debió haber tenido cuidado con lo que deseaba al apoyar a los manifestantes. Sin embargo, tal vez, a largo plazo, tenga un punto pertinente: lo que Biden deseaba es contradictorio, un sueño imposible, y cuanto antes despertemos de este sueño, mejor para todos nosotros. Fue fácil derrotar a un objetivo obvio como Trump. La verdadera lucha comienza ahora.

En la muy celebrada ceremonia de asunción, hubo una figura solitaria que se robó el espectáculo con solo sentarse allí, sobresaliendo como un elemento de discordia que perturbaba el espectáculo de unidad bipartidista: Bernie Sanders. Como dijo Naomi Klein, lo que importaba más que sus guantes era su postura: “el encorvamiento, los brazos cruzados, el aislamiento físico de la multitud. El efecto no es el de una persona excluida de una fiesta, sino el de una persona que no tiene interés en unirse. En un evento que fue, sobre todo, una muestra de unidad entre partidos, los guantes de Bernie representaron a todos los que nunca habían sido incluidos en ese consenso fabricado por la élite”. En su comentario de la inauguración, Bernie ya había descrito los contornos de la lucha que se viene.

Todo filósofo sabe lo impresionado que quedó Hegel cuando vio a Napoleón cabalgar hacia Jena. Fue, para él, como presenciar al espíritu universal (la tendencia histórica predominante) montado a un caballo. El hecho de que Bernie Sanders se robara el show y de que su imagen se convirtiera instantáneamente en un ícono, ocultando a todas las Gagas y las Gormans, significa que el espíritu de nuestro tiempo estaba ahí, junto a él, junto a esa figura solitaria que encarnaba escepticismo sobre la falsa normalización que se ofrecía en ese escenario. Y que todavía hay esperanza para nuestra causa”.

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