El crédito no ha estado casi nunca tan barato como ahora en Estados Unidos. La Reserva Federal presta dinero a los bancos a cambio de migajas, a un tipo de interés cercano a cero. Pero eso mismo que constituye un incentivo para que los ricos pidan prestado a fin de hacerse más ricos todavía demuestra ser también un obstáculo para los pobres y los no tan ricos, a quienes ciertamente les encantaría tomar prestado para no hundirse aún más en la pobreza. Una vez más, la operación de «rescate de la economía del país» se traduce en un permiso para que los ricos acrecienten su riqueza. Y en cuanto a los pobres, ¿a quién le importan?.
Tal como nos informa Graham Bowley en el New York Times del 3 de octubre, son las grandes empresas estadounidenses (Microsoft, Johnson & Johnson, PepsiCo o IBM) las que han empezado a tomar abundantes fondos a crédito. Difícilmente iban a perderse semejante oportunidad de amasar efectivo a coste casi nulo y almacenarlo hasta que llegue el momento en que la economía «regrese a la normalidad», es decir, cuando las inversiones comiencen a reportar de nuevo las rentabilidades correctas y apropiadas. Como señala Richard J. Lane, analista de Microsoft, a una empresa «le resulta actualmente más barato tomar prestado dinero nuevo en el mercado de deuda que recuperar su propio dinero del extranjero». Y, así, los grandes usuarios de dinero que pueden permitírselo toman prestado efectivo para almacenarlo y, si lo ponen de nuevo en circulación, es con la idea de readquirir sus propias acciones o de financiar nuevas fusiones y adquisiciones (hostiles en su mayoría). Son prudentes y no se precipitan construyendo nuevas fábricas o contratando más mano de obra. Hasta el momento, las grandes compañías han acumulado en sus arcas un impresionante tesoro oculto de 1,6 billones de dólares sobre el que asentar sus reales. Y según opina Michael Gapen, economista de Barclay Capital, lo más probable es que tengan intención de usar ese dinero barato (y lo usen) para obtener tecnología sustitutiva de mano de obra y para recortar empleos.
En resumidas cuentas, tampoco ahora se ha producido el tan cacareado «efecto de goteo» (trickle-down effect). Hasta el momento, es la consecuencia contraria la que, desgraciadamente, parece haberse hecho efectiva. Según Bowley, los préstamos y créditos a bajo interés «han perjudicado en el fondo a muchos estadounidenses, sobre todo a jubilados cuyas rentas del ahorro han caído en picado» como los tipos de interés en general, hasta niveles muy próximos a cero. Pero los pensionistas que se han visto obligados a consumir anticipadamente una parte significativa de sus ahorros de toda una vida son sólo una de las categorías de personas que han sufrido las más aciagas y dolorosas consecuencias tanto del colapso del crédito como de las actuales políticas (tan en boga) de reactivación del mismo. La mayoría (si no la totalidad) de los casi quince millones de personas desempleadas en Estados Unidos (así como el número no precisado de adultos y niños que supuestamente dependían de los salarios e ingresos de esos trabajadores) conforman otra de las categorías. Y aún hay otra compuesta por los pequeños negocios o empresas, pues el crédito barato se resiste tenazmente a «gotear» siquiera hasta ese nivel. Para todas esas categorías, la obtención de préstamos continúa siendo una misión de imponente dificultad que les exige embarcarse en una lucha a contracorriente con muy escasas (por no decir nulas) probabilidades de éxito. Muchos de esos individuos y empresas se enfrentan a la perspectiva de la bancarrota: la mayoría no pueden siquiera soñar con expandirse y crear empleos, lo que arroja más sal a las heridas de los que ya están desempleados (o subempleados). Todas las medidas emprendidas en nombre del «rescate de la economía» se convierten, como tocadas por una varita mágica, en medidas que sirven para enriquecer a los ricos y empobrecer a los pobres.
Mientras escribo estas líneas, la iniciativa de la actual administración estadounidense a la que el Congreso ha opuesto una más que enconada resistencia y contra la que mantiene una lucha más encendida es la derogación de los recortes fiscales para los super ricos aprobados en su momento por George W. Bush (la controvertida suma de los cuales asciende en torno a unos 700 000 millones de dólares). Uno de los inversores de más éxito de todo el mundo, calificado a menudo con el sobrenombre del «legendario inversor Warren Buffet» y clasificado una y otra vez entre las personas más acaudaladas del planeta (según su biografía en Wikipedia, la segunda más rica del mundo en 2009, y actualmente, la tercera), ha anunciado al parecer que «hay una guerra de clases, de acuerdo. Pero es mi clase, la clase rica, la que está librando esa guerra… y la estamos ganando».
Cuánta razón demuestra tener ese legendario inversor…
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