Los contenidos son esenciales para definir el gusto. Si una novela trata de lo que nos gusta o de aquellos leit motiv que nos interesan o hasta nos obsesionan, probablemente algunos de sus pasajes se conviertan en adelante en un recuerdo. 

La precaria situación de los profesores en Chile y, por extensión, de la educación como un sistema caduco es uno de aquellos temas que cautiva a la mayoría después de lo que ha pasado en el país durante estos últimos quince años. Se hace indiscutible la urgencia de su renovación mientras sus soldados, aquellos que enseñan a los trabajadores del futuro, han de estudiar aproximadamente seis años y, además de cumplir un horario normal, planificar sus clases en tiempos de paz —el descanso en casa— antes de los tiempos de guerra, que son las lecciones en escuelas mal avenidas, repletas de chicos que coquetean con el desinterés, las drogas y que antes de terminar el último par de cursos ya están tomándole el gusto al dinero en trabajos mal pagados.

Pero no basta con abordar un tema caliente para que un libro sea, en esencia y en calidad de propuesta, bueno. Que los aspectos que conforman un tema de estas características sean susceptibles de asirse bajo multiplicidad de maneras en documentales, películas, reseñas, rayados callejeros, reportajes de quince minutos en el noticiario de la noche y en un sinfín de otros soportes comunicacionales, que no vale la pena seguir enumerando, no asegura que lo popular del contenido funcione de soporte de una ficción sustancial o que, más allá, reemplace un estilo, un argumento, una estructura, una trama.

Profesor Sísifo presenta a un hombre de antemano cansado, en plena pérdida de una vocación recién estrenada, que debe lidiar con jóvenes que no tienen mucha menos que edad que él. En su relato de capítulos breves y titulados como tópicos literarios o ítems de asignaturas, donde las posiciones de autor y narrador apenas se distancian, vemos su ironía deslizándose entre anécdotas, insertos de fichas escolares de sus alumnos y una prosa simple, con las materias que se desprenden del gran tema de la educación chilena girando alrededor, solo tocadas tangencialmente por la historia para luego abandonarse una tras otra.

Mezcla de quejas de un trabajador exhausto y un parangón con la mitología griega, el libro aborda referencias e intertextualidades que desbordan la narración misma, esparciéndose de un modo desordenado y fundiéndose en fin con planos oníricos que aparecen de pronto. Se intuye por qué se elige onomástica helénica, como el mismo Sísifo, pero no se comprende la necesidad de que perviva con tanta insistencia durante el recorrido narrativo. Leemos que Aquiles, un “poeta amigo” del narrador-autor-Saldías, se contagia de VIH en una fiesta que nada tiene que ver con la trama, por ejemplo, pero no alcanzamos a conocer si el VIH define la inclusión de ese nombre helénico, en un predecible y desafortunado intríngulis relacionado con la homosexualidad. Lo que sí sabemos es que Patroclo, el compañero de armas de Aquiles en La Ilíada y a la vez otro personaje fugaz de la novela, algo tiene que ver con la analogía.

Se denomina, así, a algunos personajes con nombres de dioses, semidioses o héroes, en una forzada teogonía donde el paralelo se queda hasta ahí, sin avanzar mucho más o desarrollarse a lo largo del texto, dominando el humor como si a cada momento hubiese que bromear. Muchas de las ficciones de la literatura chilena actual son, además de cortas, fragmentarias, lo cual no es en realidad malo. Con todo, la longitud, en este caso en especial, no deja espacio al potencial de una alegoría correctamente trabajada, a la que al final se le inflige un daño y se la condena a no existir.

Se desarrolla la historia de la novela, aunque siempre con un coto que parece ser la incapacidad de que el argumento se despliegue, ingresando y saliendo personajes a veces solo para nombrarlos. Un nihilista en el rol protagónico es la amenaza para el director del colegio, el símbolo del buen ser y hacer, quien lo llama a su oficina. Este profesor exhausto se encuentra en ese escenario y en algún momento climático con su proyección en el futuro, primero en pocos años y luego en más, la podredumbre hecha persona en una vida de enseñanza que lo amansa en sus ideales y lo dirige hacia una vida donde el objetivo mayor es sobrevivir, quizás el concepto mejor logrado cuando la narración ya llega a su final montada sobre recursos unamunianos.

El contenido de la novela es atractivo, pero aquel no es el único componente de una novela, ni siquiera una fracción importante de ella. El relatar incluye muchas aristas que deben tener una comunión exacta para que un libro de ficción pueda fungir como tal, y en Profesor Sísífo ello no tiene ocasión de darse.

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