Sé como es el ángel del suicidio. La he visto varias veces. Anda por ahí.
No es como las figuras de ángeles que encuentras acá y allá, las de pinturas clásicas, con sus rizos y larguísimas pestañas, o las de las postales de navidad, figuras cursis y blancas. Se da mucha importancia en estas representaciones a los pies, que siempre están desnudos, supongo que para demostrar que los ángeles no necesitan zapatos: caminantes sobre clavos y brasas, todos ellos, corazones de aspirina, cabezas de semilla de diente de león, cuerpos de aire.
No así el ángel del suicidio; ella es densa, pesada de antimateria, una estrella oscura. Pero a pesar de las diferencias, tiene algo en común con esos otros.
Todos los ángeles son mensajeros, y ella también; lo que no quiere decir que todos los mensajes sean buenos. Los ángeles varían según lo que tienen que decir: el ángel de la ceguera, por ejemplo, el ángel del cáncer de pulmón, el ángel de los ataques, el ángel destructor. Este último también es un champiñón.
(Ángeles de nieve, los has visto: la fría, vacía forma de ti misma, la silueta que una vez rellenaste. También son mensajeros, vienen del futuro, dicen quizá lo que eres: sólo el modo en que la luz cae sobre un espacio dado).
Los ángeles vienen en dos modelos: los otros, y los que cayeron. El ángel del suicidio es una de las que cayó, atravesando la atmósfera hasta la superficie de la tierra. ¿O habrá saltado? Con ella nunca se sabe.
En todo caso, fue una caída muy larga. De la fricción con el aire, la cara se le derritió como la piel de un meteoro. Por eso el ángel del suicidio tiene el rostro tan liso. No tiene cara que contar. Tiene la cara de un huevo gris. Indefinida; aunque el brillo del caído perdura.
Dijeron, toda la pandilla, no quiero servir. El ángel del suicidio es una de esas: una camarera rebelde. Rebelión, eso es lo que tiene que ofrecerte, a ti, cuando la ves llamándote por la ventana, a cincuenta pisos de altura, o en el borde de un puente, o teniéndote algo, algún emblema de liberación, sustancia química suave, metal rápido.
Las alas, claro. No le creerías ni una palabra si no fuera por las alas.
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