En noviembre de 2019, algunos bolivianos decidieron desconocer las elecciones presidenciales donde Evo Morales fue reelecto (una vez más) y se lanzaron a las calles a bloquear el paso de todos los ciudadanos.

La llamaron “la revolución de las pititas”, porque utilizaron pitas para marcar sus bloqueos y advertirle a quien quisiera ejercer su derecho a la libre circulación que si lo intentaba, tendría problemas.

Durante un mes, estos grupos de choque mantuvieron cerradas las calles y carreteras de Bolivia exigiendo la salida de Morales por un supuesto fraude electoral, a estas alturas descartado por estudios académicos de Estados Unidos.

Sin embargo, el bloqueo se mantuvo y la policía boliviana no actúo para restablecer el orden porque un “líder cívico”, Luis Fernando Camacho, pagó a altos oficiales para amotinarse. Esto, contado entre amigotes, por él mismo y con orgullo. 

Evo Morales renunció tras la pérdida de apoyo de las fuerzas armadas y en su reemplazo ascendió Jeanine Áñez, quinta en la línea de sucesión.

Su llegada fue aplaudida por varios líderes sudamericanos, partiendo por el propio Iván Duque, que hoy desprecia los bloqueos de carreteras que sufre su país.

“La Cancillería de Colombia, a nombre del Gobierno colombiano, reconoce a Jeanine Añez como presidenta interina de Bolivia y la acompaña en su propósito de avanzar hacia una pronta realización de elecciones libres, transparentes y con observación internacional”, ha anunciado en Twitter el Ministerio de Exteriores un día después del final de los bloqueos.

Colombia se suma así a países como Estados Unidos y Brasil. Otros, como Venezuela o Uruguay, denuncian en cambio un “golpe de Estado” contra el ya ex presidente boliviano Evo Morales.

Ese apoyo a las protestas callejeras y a la presidenta que estas impusieron sin pasar por las urnas, podría ser un recordatorio triste si en el futuro es Duque el que sale por la puerta de atrás, por sus propias protestas.