A estas horas todo es incertidumbre en México. Terminan las campañas de un intenso año político y los gobiernos nacional y estatales, los partidos y las y los candidatos hacen sumas y restas para tratar de anticipar escenarios. Hasta que se cuenten los votos, nada puede darse por seguro.

Todas las elecciones son “históricas” porque consolidan, reacomodan o transforman por completo el reparto de poder. En este caso, con más de 126.000 candidatos que se disputan más de 20.000 cargos, se trata de los comicios más grandes que ha tenido un país al que tanto le ha costado avanzar en su democracia. Y en cada apertura de casillas de votación, se pone a prueba.

La mirada está centrada en la renovación de la Cámara de Diputados y en las 15 gubernaturas que están en juego, porque el presidente Andrés Manuel López Obrador apuesta a mantener, incluso aumentar, la mayoría parlamentaria que lo arropó en la primera parte de su Gobierno.

Hoy, su partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) cuenta con 253 escaños. Es el 51,4 %, mayoría simple, pero con sus aliados del Partido del Trabajo (PT) y del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), aumenta a 312. Para gobernar con comodidad hasta que termine su sexenio en diciembre de 2024, necesita ganar 334 diputaciones, es decir, una mayoría calificada de dos terceras partes que garantice el aval a todas sus iniciativas.

Por eso sus simpatizantes han convertido el “voto todo Morena” en su grito de batalla en esta elección. Confían en que el sufragio masivo en favor del oficialismo consolidará la transformación integral del país prometida por López Obrador.

Las encuestas no alientan el optimismo: vaticinan que la alianza Juntos Hacemos Historia (Morena-PT-PVEM) obtendrá solamente entre 276 y 330 diputaciones. Pero los sondeos, bien lo sabemos, suelen equivocarse, así que habrá que esperar.

Respeto al voto
Las alianzas partidistas encabezadas por Morena hoy gobiernan cinco de los 32 estados del país. Pero si los vaticinios se cumplen, el próximo domingo ganará por lo menos otros nueve: Baja California, Colima, Guerrero, Michoacán, Nayarit, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala y Zacatecas.

Representaría un avance sustancial de la fuerza política del oficialismo. De ahí las voces de alarma de la oposición que pretenden asustar y que, en sus versiones más extremas, advierten que darle más poder a López Obrador pone en riesgo a la democracia. Ni más ni menos.

Una de esas diatribas las lanzó la semana pasada el semanario británico The Economist con una portada, artículo y editorial dignos del mejor ejemplo de periodismo amarillista: sin información, ni análisis, ni sustento, solo descalificaciones y el dejo de superioridad que suelen tener este tipo de medios cuando aborda temas latinoamericanos.

Los opositores a López Obrador se regocijaron. Como suele ocurrir en la región, basta que una revista, canal o periódico poderoso de Estados Unidos o de Europa hable de algún país o político local para armar un escándalo. En este caso, abundó la preocupación impostada: “así nos ven el extranjero”, emitida con espanto, sin tomar en cuenta el origen de críticas que, por su tono, se desacreditan a sí mismas.

Pero a ese tipo de medios todavía algunos sectores ciudadanos les suelen dar peso de “verdad sagrada”. No importó que, en un inconcebible afán intervencionista, llamara a votar por la oposición o que definiera a México como “el patio trasero” de Estados Unidos. Sí, a estas alturas del Siglo 21. Es el colonialismo informativo del que tanto nos cuesta salir.

Lo que de verdad les alegró a muchos fue que se juzgara tan negativamente al presidente. Creyeron que la posición de una revista inglesa podría atemorizar lo suficiente como para inclinar la balanza electoral en favor de la oposición. Pero puede pasar lo contrario y muchos que estaban dudando el sentido de su voto, al final decidan ratificar el respaldo a Morena y al proyecto político de López Obrador porque, si los representantes de élites internacionales tan poderosas (y tan ajenos a los intereses nacionales) están así de intranquilos, quizá el presidente no esté haciendo tan mal las cosas.

La respuesta del canciller Marcelo Ebrard fue impecable: cuestionó la debilidad argumentativa, la virulencia y la visión elitista que suele creer que las mayorías están equivocadas y no saben lo que realmente les conviene.

Ahí está la clave: en el paternalismo hacia las y los votantes a los que, más bien, hay que entender y respetar.

Oscilaciones
En estos dos años y medio de Gobierno, López Obrador ha mostrado a diario su innegable intolerancia. Sus conferencias mañaneras son un espacio de permanente descalificación a todo aquel que considere su “adversario”. Lo mismo pueden ser periodistas que medios en general, jueces, políticos, escritores, organizaciones de derechos humanos, feministas, líderes sociales. No importa. En la cosmovisión presidencial, solo hay dos opciones: o estás con él o estás en su contra. La polarización es su hábitat.

Pero en este lapso, también, su popularidad ha sido incombustible y no baja del 50 %. Al contrario, dependiendo del contexto político, a veces incluso está mucho más alta.

A quienes se enojan con la realidad y como única explicación subestiman a la ciudadanía, les convendría más tratar de entender, recorrer los pueblos, los barrios, hablar con la gente, descifrar por qué una mayoría firme le sigue siendo leal e incondicional al presidente. Y matizar, porque más allá del López Obrador que se planta a diario ante la prensa, hay un Gobierno que gestiona y sigue generando confianza en gran parte de la población.

El problema es que la oposición tiene poco y nada para ofrecer. Esta semana, más de 400 personajes públicos, las y los opositores de siempre, apelaron al “voto útil” y a través de un desplegado convocaron a votar el próximo domingo por los partidos que tienen mayor probabilidad de vencer a Morena. “México se debate entre la democracia y el autoritarismo, entre las libertades y el abuso de poder, entre el conocimiento y la demagogia”, advirtieron como parte de su ya añeja campaña del miedo.

La alianza Va por México aprovechó el envión y publicó su propia diatriba contra López Obrador. La cuestión es que el bloque está formado por el PRI y el PAN, los partidos que ya gobernaron al país y que lo dejaron sumido en la pobreza, la corrupción y la violencia; y el PRD, que se olvidó que había nacido como el partido de la izquierda y se fue corriendo hasta fronteras ideológicas inclasificables, indeseables, decepcionantes.

Así, la autoridad política para contrarrestar a López Obrador escasea. Y los principales afectados son las y los mexicanos y un sistema político que sigue carente de una oposición fuerte que pueda ejercer un contrapeso, siempre deseable y necesario, al poder Ejecutivo.

Pero, a pesar de todo, la democracia mexicana sigue en proceso de construcción y el próximo domingo escribirá un nuevo e importante capítulo. Quedarán atrás las campañas, los bailes, escándalos y denuncias de los candidatos, el pleito del presidente y las autoridades electorales y las interminables acusaciones cruzadas. Sólo habrá que esperar el resultado del conteo de votos para saber qué decidió finalmente la ciudadanía.

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