Cuando Lolita y Humbert pasan junto a un horrible accidente, que ha dejado un zapato yaciendo en el arcén, al lado de un coche salpicado de sangre, la nínfula comenta: «Ese era exactamente el tipo de mocasín que estaba intentando describirle a aquel imbécil de la tienda». Este es exactamente el tipo de humor negro en el que destaca Cecily von Ziegesar, autora de la serie de novelas para adolescentes Gossip Girl, un superventas. Von Ziegesar escribe en el lenguaje de la juventud contemporánea: las cosas molan o son superfashion o una auténtica mierda. Pero el lenguaje es un señuelo. La inhumanidad de la juventud es el tema de doble filo de Ziegesar, el objeto de su burla… y de su comprensión. Ella entiende que los niños son una especie que se guía por la búsqueda del placer, y que la adolescencia es una última y deliciosa bocanada (la luz es más dorada justo antes de que caigan las sombras) de egoísmo y atontamiento lícitos. Y sabe también —como lo han sabido los autores de los mejores libros infantiles— que a los niños les gusta leer lo que no entienden por completo. Von Ziegesar se lanza al tour de force de hacer una sátira mordaz de los jóvenes al tiempo que los entretiene. Su lector tipo es una chica adolescente, pero el lector que parece tener en mente mientras escribe es un adulto instruido e incluso leído.

En el comienzo del primer libro, Blair Waldorf —que tiene casi diecisiete años y vive en un ático en la esquina de la Quinta Avenida y la calle Setenta y dos con su madre divorciada, Eleanor; su hermano pequeño, Tyler, y su gata, Kitty Minky— está enfurruñada en su habitación. Blair, según la describe una compañera de clase, es «la chica más engreída y presumida de todo el último curso o quizá del mundo entero» y una antiheroína de primer orden: malhumorada, mezquina, bulímica, codiciosa, siempre intrigando y, por supuesto, morena. La heroína rubia, Serena van der Woodsen (que vive en una dirección de la Quinta Avenida aún mejor, justo enfrente del Metropolitan Museum posee una belleza incandescente, es extremadamente amable y, al final, hay que decirlo, bastante aburrida. La serie es de la terrible Blair, que inspira los mejores despliegues cómicos de Ziegesar.

Blair está enfadada porque el nuevo novio de su madre, un promotor inmobiliario judío llamado Cyrus Rose, «un gordo inútil y totalmente insoportable», y su madre están desayunando en la cocina con batas de seda roja a juego. Cuando iba vestido, Rose «tenía el aspecto de alguien que te ayudaría a elegir un par de zapatos en Saks: calvo, con un pequeño y poblado bigote y una tripa apenas disimulada por el brillante traje cruzado azul. Hacía tintinear las monedas del bolsillo incesantemente. […] Daba grandes risotadas». ¿Cómo? ¡Solo estamos en la página seis y ya ha salido un judío gordo y ordinario! Pero ¿es que Von Ziegesar no sabe que los estereotipos antisemitas ya no están aceptados en la literatura juvenil? Pues claro que lo sabe. Cyrus Rose es solo uno de los muchos ejemplos de su alegre incorrección política. Una señora mayor a la que han invitado a dar una charla en la ceremonia de graduación del instituto de Blair es otro de ellos:

Se suponía que la «Tiíta Lynn», una señora que, básicamente, había fundado las Girl Scouts o algo, iba a hablar. La Tiíta Lynn se estaba apoyando ya en un andador de metal en la primera fila. Llevaba un traje de chaqueta color marrón caca y audífonos en las dos orejas, y parecía soñolienta y aburrida. Cuando terminara de hablar —o se cayera muerta al suelo, lo que llegara antes—, la señora McLean entregaría los diplomas.

Solo alguien con el corazón de piedra se quedaría serio ante esto. El modo en que Von Ziegesar nos implica en su empático examen de la crueldad juvenil es el logro waughiano de estos libros extraños y complejos. Y en Blair ha encontrado un poderoso puntal para su hazaña.

Von Ziegesar ha equipado a esta chica con un exceso de los impulsos menos atractivos pero quizá más necesarios de la naturaleza humana: los impulsos que nos dan todo el empuje que podamos tener. A diferencia de sus predecesoras Becky Sharp y Lizzie Eustace, que se abren paso a codazos, implacablemente, en la sociedad aristocrática acaudalada, ella ya tiene todo el dinero y toda la posición que alguien pueda querer. Blair es ahínco puro y duro, persiguiendo incansablemente un objeto, cualquier objeto, sin saber nunca cuándo hay que parar. Sin embargo —y, de nuevo, a diferencia de sus prototipos—, Blair nunca hace daño a nadie más que a sí misma. Tiene pensamientos malintencionados sobre todo el mundo, pero no los pone en práctica. Es en su propio pie donde da invariablemente la bala. Sus objetivos inmediatos —perder la virginidad con su novio, Nate Archibald, y entrar en la Universidad de Yale— la eluden. Siempre aparece algo que impide que lo haga con Nate, y la entrevista con Yale es una catástrofe más allá de lo imaginable.

Nate es una especie de Vronsky fallido, con una madre que, como la de Vronsky, es una gran dama, y un padre capitán de barco, «un excelente marino y extremadamente guapo, pero muy poco dado a los abrazos». (Una pena que a Tolstói no se le ocurriera un padre así para V.) Puede que Nate «pareciese un semental, [pero] en realidad era bastante débil». Esto se debe a que va fumado la mayor parte del tiempo. Vive en una casa adosada en la calle Ochenta y dos y va al último curso en el St. Jude, un instituto privado que parece inspirado en el Collegiate School, del mismo modo que el Constance Billard, al que van Blair y Serena, está inspirado en el antiguo instituto de Von Ziegesar, el Nightingale-Bamford.

A diferencia de los institutos privados reales de Nueva York, no obstante, que otorgan un buen número de becas a estudiantes con pocos ingresos procedentes de minorías, los institutos privados de Ziegesar están libres de minorías casi al cien por cien. (Y digo casi por Carmen Fortier, una chica becada del Bronx que aparece mascando chicle en la página 86 del primer libro de la serie y a la que no se vuelve a ver nunca más.) Esta ausencia flagrante, claro está, es necesaria para el programa de provocación de Von Ziegesar. No hace ninguna concesión. No hay coles de Bruselas escondidas en las nubes con krispies que nos da. Está escribiendo un cuento de hadas transgresor, no un libro meritorio que entre en una lista de lecturas recomendadas. «Bienvenidos al Upper East Side de la ciudad de Nueva York, donde mis amigos y yo vivimos y vamos a clase, jugamos y dormimos… a veces con algún otro del grupo»: esta es la ráfaga inaugural de Von Ziegesar, en la voz de un personaje anónimo llamado Chica Cotilla, que sigue diciendo: «Todos vivimos en pisos enormes con nuestras propias habitaciones con cuarto de baño y línea de teléfono privada. No tenemos ninguna limitación ni de dinero ni de bebida, ni de nada que se nos ocurra, y nuestros padres casi nunca están en casa, así que disfrutamos de vida privada a mogollón. Somos listos, hemos heredado la belleza clásica, llevamos ropa fantástica y sabemos pasárnoslo bien».

Von Ziegesar entiende que los príncipes y princesas de los cuentos de hadas precisan el contrapunto de los mendigos y el vulgo, y por eso, de sus seis personajes principales, solo tres —Blair, Serena y Nate— pertenecen al mundo de los asquerosamente ricos. Del resto, dos viven en el lado equivocado de Central Park, y otra, en Williamsburg. Dan y Jenny Humphrey comparten un apartamento ruinoso del West End con su padre, Rufus, «un célebre editor retirado [que] había publicado a poetas de la generación beat poco conocidos», signifique lo que signifique esto, que se pasea por casa en calzoncillos y con una barba gris de tres días y cocina tajines incomibles con recetas sacadas de Paul Bowles. Pero no deja nada que desear por lo que respecta a los abrazos, y resulta ser, de hecho, el único padre atento de la serie. (También es padre soltero: su mujer se largó a la República Checa con «un conde calvo y salido» unos años antes.) Rufus odia «el pretencioso Upper East Side», pero manda a Jenny al Constance Billard y a Dan a un instituto privado llamado Riverside Prep porque, «tal como él lo veía, tenías dos opciones en esta ciudad»:

O te gastabas un ojo de la cara para mandar a tus hijos a un colegio privado, donde aprendían a comprar ropa absurdamente cara y ser esnobs con su padre, pero también a hablar en latín, a memorizar a Keats y a calcular algoritmos mentalmente; o los mandabas al colegio público, donde podía ser que no aprendieran a leer, ni se graduaran, y se arriesgaban a que les pegasen un tiro.

De dónde saca Rufus el dinero para la matrícula de los colegios privados —y para la ropa de diseño que compran Dan y Jenny con la tarjeta de crédito de su padre cuando sus vidas se cruzan con las de los chicos del East Side— es una pregunta que queda sin responder. Von Ziegesar tiene preocupaciones más importantes que escribir libros con sentido. Junto con las beaterías de lo políticamente correcto, desafía también las indecencias de la cultura de consumo. La ropa absurdamente cara es el motor de su parodia de esta época de compras incesantes. Apenas hay alguna página en la que no aparezca el nombre de un diseñador de moda. Los chicos no llevan vestidos y abrigos, pantalones y zapatos: llevan vestidos de Diane von Furstenberg, zapatos de Stephane Kélian, abrigos de Hugo Boss, camisas de Marc Jacobs… Si el libro tiene algún valor social que lo redima, este es en cuanto que curso de reconocimiento de marcas. Después de leer los libros de Gossip Girl, nunca vuelves a entrar en unos almacenes sin sentir un pequeño arrebato de orgullo al reconocer los Christian Louboutin, John Fluevog y Michael Kors, que son para su mundo lo que Marcel Proust, Henry James y Theodore Dreiser son para el público de letras para el que escribe Von Ziegesar con el pretexto de estar haciéndolo para jóvenes que aún no han hecho la selectividad. Los libros están llenos de alusiones literarias: hay citas de Wilde, Hemingway, Shakespeare, referencias a Goethe y a Tolstói, y capítulos titulados «El rojo o el negro» y «De qué hablamos cuando no hablamos de amor».

Dan Humphrey es una caricatura del típico nerd poeta sumido en la angustia existencial. Su amiga Vanessa Abrams queda tan impresionada con un poema suyo, titulado «Putas», que lo envía sin que él lo sepa al New Yorker, donde es inmediatamente aceptado por el editor —reverenciado, aunque imaginario— que evalúa las propuestas que llegan a la revista, Jani Price. Cuando se publica el poema, Dan, que antes pasaba el tiempo después de clase en su cuarto, «leyendo morbosa poesía existencialista sobre el amargo sino del ser humano», se convierte en una estrella. Lo corteja un agente. Una banda de rock lo contrata para que les escriba las letras. Empieza a comprar en Agnès B.

Su hermana, Jenny, es una tímida estudiante de primer año de instituto que «prefería ser invisible», y podría haberlo logrado «si no hubiese tenido unos melones tan increíblemente enormes». Es una especie de representante de las chicas de trece o catorce años que leen los libros de Gossip Girl y que se identifican con la adoración inocente que les profesa a las chicas guays de último curso. Pero salvo por los melones, no es demasiado interesante.

Vanessa es «un bicho raro en el Constance, la única chica en todo el colegio que tenía la cabeza casi afeitada, llevaba jerséis negros de cuello alto, leía Guerra y paz de Tolstói una y otra vez como si fuese la Biblia [y] no tenía ninguna amiga en el Constance». Sus padres hippies, Arlo y Gabriela, viven en Vermont, en una casa hecha con neumáticos reciclados, y han permitido a Vanessa que viva en Williamsburg con su hermana mayor, Ruby, que toca el bajo en una banda de rock, con la condición de que reciba «una buena educación». Cuando describe una visita que los padres hippies hacen a Nueva York, Von Ziegesar cumple con su pacto con la juventud de no dejar pasar ni una oportunidad de expresar el asco que esta siente por lo viejo, lo feo y lo que se sale de la norma. Viste a Arlo, «flaco y acelerado», con un poncho peruano y una falda de cáñamo por el tobillo («Sí, exacto, una falda») y a Gabriela, de trenzas canosas, con unos trapos chillones, y los manda a un exclusivo acto benéfico en Nueva York. Cuando Vanessa les pregunta dónde se celebra, Gabriela responde: «En un sitio que se llama The Frick. Está en la Calle Quinta, creo. […] Tengo la dirección apuntada en alguna parte». Chistes privados y ligeros como este aparecen esparcidos a lo largo de todos los libros, como el azúcar glas que le ponen a veces al bizcocho inglés. Las manos de Von Ziegesar nunca descansan.

Por descontado, el pastel en sí tiene la inmaterialidad de la bollería industrial: los libros de Gossip Girl son lo más ligero de la lectura ligera. Todos giran en torno al doble deseo de los chicos de último año de Von Ziegesar: pasarlo bien y entrar en la universidad. El conflicto que pudiera existir entre ambos deseos en el mundo real no existe en el mundo de Gossip Girl. Nadie abre nunca un libro (están demasiado ocupados comprando en las tres «B»: Bendel, Bergdorf y Barneys, o colaborando en comedores de pobres para poder ponerlo en la solicitud de ingreso), y (con una excepción, un chico malintencionado llamado Chuck Bass, que «apenas sabía ortografía, no había leído un libro entero en su vida y creía que Beowulf era un tipo de piel que se usaba para el forro de los abrigos») todo el mundo entra en la universidad. No es que sea un gran argumento, hay que admitirlo, pero el descaro de Von Ziegesar confiere a las atontadas actividades de sus personajes un interés auténtico que nos lleva a pasar una página tras otra.

Von Ziegesar utiliza la técnica narrativa de la voz interior con todos los personajes principales, pero cuando entra en la mente elloica de Blair Waldorf cruza una especie de límite. Blair es al mismo tiempo una caricatura más burda y una persona más real que el resto. Su egoísmo y su odio desmedidos tienen un halo de esa verdad que dice que detrás de la máscara somos todos iguales. Y en sus murmullos internos, llenos de malevolencia, se esconden algunas de las frases más divertidas de la serie. Cuando su madre se casa con Cyrus Rose, por ejemplo, y le propone a Blair que reconsidere su negativa a adoptar el apellido de este, la voz interna de Blair suelta un gruñido: «¿Blair Rose? Gracias, pero no. Parecía el nombre de un perfume hecho especialmente para el Kmart». Esta negativa es un desafío inusitado. En casi cualquier otro aspecto, es una niña obediente, incluso bastante dócil. Está rabiosa y siente vergüenza por el matrimonio de su madre con el empalagoso de Cyrus (y por su embarazo a los cuarenta y siete años), pero confina esta furia a sus pensamientos. Es siempre perfectamente educada con Cyrus, que es un bobalicón perfectamente amigable. Tampoco se pone a dar patadas y gritos cuando su bonita habitación es requisada como cuarto para el bebé y tiene que mudarse a la de su hermanastro, Aaron: una habitación fea y ecológicamente respetuosa (tiene una cómoda de caoba con el sello de crueldad cero) que huele tan fuerte a su perro, Mooky, que Kitty Minky se mea por toda la cama en gesto de protesta. Blair se limita a meter sus cosas en una bolsa y mudarse a una suite del Plaza. ¿Alguna vez la indefensión de los niños y el poder del dinero se habían fusionado de un modo tan perfecto? Este movimiento da pie además a una de las mejores escenas de la serie.

Blair, instalada ya cómodamente en el Plaza, llama a Nate y le dice: «Mueve el culo y ven aquí ahora mismo». Nate accede, pero como está con sus amigos fumando porros, enseguida se olvida de la llamada. Blair espera y espera. Llama a Nate y nadie lo coge. (Ha ido dando tumbos hasta el Battery para coger el barco de su padre y navegar hasta las Bermudas, y se ha olvidado el teléfono.) Blair lleva lencería de seda negra de La Perla, y ha pedido champán y caviar en tostadas. Se come una, luego otra, y llama a su padre, Harold Waldorf, al sur de Francia, «que es donde vive desde que él y Eleanor se separaron porque se había hecho gay, hace casi dos años». En Francia es de noche, y «Blair se lo podía imaginar perfectamente, con solo unos bóxers azul rey puestos y su amante —François o Eduard o como se llamara— dormido y roncando suavemente a su lado».

«¿Bear? ¿Va todo bien? ¿Te han dicho algo ya esos gilipollas de Yale? ¿Te han cogido? —le preguntó su padre en cuanto oyó su voz.»

Blair piensa que «hablar con su padre era exactamente lo mismo que hablar con alguna amiga suya». Mientras Blair se termina el caviar y abre el champán, Harold le dice por decir: «Te lo mereces todo». Ella se ve empujada a preguntarle: «Si me lo merezco todo, entonces, ¿por qué no me han aceptado todavía los idiotas de Yale?».

«Oh, Bear —suspiró su padre con esa voz masculina pero maternal que hacía que tanto los hombres como las mujeres se enamorasen de él al instante—. Ya lo harán, maldita sea. Te aceptarán.»

No revelaré si Blair entra o no en Yale. Me gustaría seguir contando historias de Blair hasta que se acabaran, como las tostadas de caviar. Apenas hemos tocado el plato. Pero creo que ya he dejado bastante claro qué es lo que pretenden ella y su creadora. La serie de televisión basada en los libros de Gossip Girl apareció reseñada en el New Yorker por Nancy Franklin (26 de noviembre de 2007). Comparto por completo la mala opinión de Nancy (¿o debería decir Nanci?) respecto a la adaptación. Solo se parece al original en los nombres y en el perfil de los personajes. «“No sé qué haría sin Barneys”, suspira Serena, como si la tienda le hubiera salvado la vida.» Sin la réplica rápida y burlesca de Von Ziegesar impulsándolos, los episodios resultan flojos y burdos: un salto de Barneys al Kmart.

Entre los muchos errores que comete la serie de televisión, tal vez el más flagrante sea el de elevar el estatus de los padres del libro, que pasan de ser emblemas de la ineptitud paterna a personajes por derecho propio. En la versión televisiva, se nos pide que sigamos las historias de los padres junto a las historias de sus hijos: Lillian van der Woodsen y Rufus Humphrey, por poner un ejemplo particularmente desafortunado, son empujados a un idilio trilladísimo. Lo que hace que la literatura infantil clásica resulte tan atractiva (para todas las edades) es su lealtad inquebrantable al mundo del niño. En los mejores libros infantiles, los padres jamás comparten los focos con sus hijos; si es que no mueren en la primera página, interpretan los mismos papeles tristemente secundarios que interpretan los padres reales en las vidas imaginativas de sus hijos. Que los padres de Von Ziegesar sean ridículos a la par que insignificantes a los ojos de sus hijos no hace sino reforzar la veracidad astuta de su cómico cuento de hadas.

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