Hace tan sólo un año aún estaba tan bien ―olvidadiza, imprecisa, pero no aterrorizada― que disfrutaba de un paseo por las calles del oeste de Londres

Ahora bien, la sola idea de la despedida que tiene por delante ahora mismo no le altera. La hora que ha pasado en la pista de squash supone que se halla envuelto por la suave euforia que sigue al ejercicio físico. Bendito opiáceo autosecretado, la beta-endorfina que sofoca toda clase de dolor. Suena por la radio una beatífica partitura de Escarlatti para clavicordio, que tintinea en una progresión de acordes que nunca llega del todo a resolverse, como si le llevara adelante, hacia un destino que lúdicamente se alejase de él a medida que él avanza. En todo este tramo, donde Euston cambia de nombre para ser Marylebone Road, los semáforos están sincronizados al estilo de Manhattan, y se ve transportado como por ensalmo gracias al constante avance de los discos en verde, un surfero en la cresta de una ola perfecta, de información simple: ¡adelante!, e, incluso, ¡sí! La larga cola de turistas –sobre todo adolescentes– que se ha formado a la entrada del Museo de Madame Tussaud parece incluso algo menos fútil que de costumbre. Una generación criada con los atronadores efectos especiales de Hollywood aún ansía presenciar con la boca abierta las estatuas de cera, como los campesinos dieciochescos en una feria de atracciones. La muy vilipendiada Westway, irguiéndose sobre los pilares de cemento sucio, sobre la cual asciende veloz al nivel de la segunda planta, ofrece sin previo aviso un horizonte de nubes que ruedan y se amontonan sobre un tumulto de tejados. Es uno de esos instantes en los que ser el dueño de un coche en la ciudad, el dueño de este coche, es una delicia. Por vez primera en varias semanas ha metido la cuarta. Quizá meta quinta. Un rótulo en un panel indicador, sobre los carriles del sentido en que transita, anuncia el oeste, el norte, como si allí mismo se iniciara, como si se extendiera más allá de los barrios residenciales de los alrededores, todo un continente, y la promesa de un viaje de seis días de duración.

Por espacio de casi quinientos metros dispone para él solo de ese trecho en el paso elevado. Durante unos segundos sin fin cree haber captado la visión de sus creadores, un mundo más puro y más favorable a las máquinas que a las personas. Una curva rectilínea lo lleva más allá de unos recientes edificios de oficinas, de cristal y acero, en donde ya se ven las luces encendidas a primera hora de la tarde de febrero. Atisba algunas personas tan precisas como los modelos arquitectónicos, cada una de ellas ante su mesa, ante su pantalla, a pesar de que es sábado. Ése es el futuro límpido que se pintaba en los tebeos de ciencia ficción de su infancia, hombres y mujeres con monos ceñidos, sin cuello ―sin bolsillos, sin cordones sueltos, sin camisas por fuera―, que vivirían una vida más allá de toda suciedad y de toda confusión, ajena al desorden en pugna con el mal.

Pero desde un mirador privilegiado, en lo alto del paso elevado de White City, justo antes de que la calzada descienda a tierra entre viviendas de ladrillo rojo, ve las luces de cola que se apiñan allá delante e inicia la frenada. A su madre nunca le importaron los semáforos, los largos retrasos. Hace tan sólo un año aún estaba tan bien ―olvidadiza, imprecisa, pero no aterrorizada― que disfrutaba de un paseo por las calles del oeste de Londres. Los semáforos le daban ocasión de examinar a los conductores y pasajeros de otros coches. «¡Fíjate en ese. Tiene la cara llena de granos.» O sencillamente se mostraba solidaria: «¡Otra vez en rojo!».

Era una mujer que consagró su vida a las tareas del hogar, a las rutinas cotidianas de la limpieza, quitar el polvo, pasar la aspiradora, que en otros tiempos eran corrientes y que hoy en día son tareas que sólo emprenden algunos pacientes con trastornos obsesivos-compulsivos. A diario, mientras Henry estaba en el colegio, ella limpiaba la casa a fondo. Obtenía sus mayores satisfacciones de una fuente de rosbif perfectamente asado, del brillo de una serie de mesitas que se encastraban unas en otras, de una pila de sábanas rayadas como los pirulíes, bien planchadas y dobladas con toda su tersa lisura, de una despensa bien provista, o bien de una mañana dedicada a tricotar todavía una chaquetita más para un nuevo bebé de una de las ramas más lejanas de la familia. Los lados invisibles, el reverso, los bajos y los interiores de todas las cosas estaban siempre inmaculados. Después de cada utilización, fregaba el horno a fondo. El orden y la limpieza eran expresión de puertas afuera de un tácito ideal de amor. Un libro que él hubiera leído volvía a su sitio, a la estantería del rellano del piso de arriba, tan pronto lo daba por terminado. El periódico podía estar en el cubo de la basura a la hora de comer. Las botellas de leche vacías que dejaba para el repartidor estaban tan limpias como la cubertería. Cada objeto tenía su cajón, su estante o su gancho correspondientes, incluidos sus diversos delantales y los guantes de goma amarillos que colgaban de una pinza de la ropa junto al avisador para cocer huevos, que tenía forma de huevo. Seguramente gracias a ella se siente Perowne como en su casa en un quirófano. También a ella le hubieran gustado los suelos negros y encerados, los instrumentos quirúrgicos de acero dispuestos en hileras en paralelo sobre bandejas esterilizadas, y la sala de entrada al quirófano con sus rutinas devocionales; hubiera admirado todas esas sutilezas, los gorros limpios, las uñas bien cortadas. Tendría que haberla llevado de visita cuando ella aún estaba en condiciones. Nunca se le había pasado por la cabeza. Nunca se le había ocurrido que su trabajo, sus quince años de preparación, tuvieran nada que ver con lo que ella hacía. Tampoco se le ocurrió a ella. Él apenas lo sabía entonces, pero creció pensando que ella tenía una inteligencia limitada. Acostumbraba a pesar que carecía de curiosidad. Pero no era cierto. A ella le gustaba una conversación a corazón abierto con sus vecinas. A sus ocho años, a Henry le gustaba dejarse caer en el suelo detrás de los muebles y oír sin ser visto. Las enfermedades y las operaciones eran temas importantes de la conversación, sobre todo las relacionadas con los partos. Fue entonces cuando oyó por vez primera la expresión «en la mesa de operaciones», así como «en manos del médico». «Lo que ha recetado el doctor» era una invocación poderosa. Esa manía de escuchar sin ser visto tal vez fuese la que puso a Henry en su camino de médico. Luego le llegaron las descripciones pasajeras de las infidelidades, o los rumores a propósito de ellas, y de la ingratitud de los hijos, y de la irracionalidad de los mayores, y de lo que habían dejado en herencia los padres de quien fuese, y de cómo una determinada muchacha, muy simpática, no conseguía encontrar un marido decente. Era preciso pasar por la criba a las personas buena y separarlas de las malas, y no siempre  era fácil decir a la primera quién era qué exactamente. Con absoluta indiferencia, las enfermedades afectaban por igual a los buenos y a los malos. Más adelante, cuando él cumplió con sus deberes paternos y trató de interesarse por el curso de licenciatura que hizo su hija Daisy sobre la novela del siglo xix, reconoció allí los motivos dominantes de la vida de su madre. No había ni ápice de mezquindad en las cosas que le interesaban. Jane Austen y George Eliot tenían sus mismos intereses. Liliam Perowne no era ni estúpida ni trivial, su vida no era un infortunio, y él no tenía ningún derecho, de joven, a mostrarse condescendiente con ella. Pero ahora era ya tarde para las disculpas. Al contrario que en las novelas de Daisy, los momentos del cálculo preciso y del reconocimiento escasean el la vida misma; las cuestiones debidas a interpretaciones erróneas no pocas veces quedan sin resolverse. Y tampoco es que esa falta de resolución sea acuciante. Sencillamente se difuminan con el paso del tiempo. Un buen día ya no recordamos con claridad, o morimos, o son las cuestiones las que mueren y otras nuevas ocupan su lugar.

Él apenas lo sabía entonces, pero creció pensando que ella tenía una inteligencia limitada. Acostumbraba a pesar que carecía de curiosidad

Por otra parte, Lily tenía otra vida que nadie pudo haber predicho entonces, y que tampoco podría ni remotamente suponer ahora. Era nadadora. Una mañana de domingo, el 3 de septiembre de 1939, mientras Chamberlain hacía su discurso radiofónico desde Downing Street, anunciando que el país acababa de entrar en guerra contra Alemania, a sus catorce años estaba Lily en una piscina municipal cercana a Wembley. Allí recibió sus primeras lecciones de natación de una atleta internacional que entonces ya tenía sesenta años, y que había nadado con el equipo británico en la Olimpiada de Estocolmo en 1912, la primera competición en la que hubo pruebas de natación femenina. Había descubierto a Lily en la piscina, se había fijado en ella, le ofreció clases gratis y la adiestró en la natación a crol, un estilo nada femenino. Lily participó en los campeonatos locales a finales de los años cuarenta. En 1954 compitió en los campeonatos regionales de Middlesex. Fue segunda, y la minúscula medalla de plata, engastada en una placa de madera de roble, siempre estuvo presente en la repisa de la chimenea mientras Henry crecía. Ahora mismo se encuentra en una estantería de su habitación. Aquella plata fue su máximo logro, aunque siempre supo nadar de un modo maravilloso, con tal rapidez que hendía el agua en una ola profunda y sinuosa.

Enseñó a nadar a Henry, cómo no, aunque el recuerdo que él más atesora de la faceta nadadora de su madre es uno en el que data de cuando él tenía diez años de edad, y que se remonta a una visita de su clase a la piscina municipal. Sus compañeros de clase, él entre ellos, ya se habían cambiado y estaban listos, ya se habían duchado y habían pasado por el lavapiés. Tenían que esperar sobre las baldosas de la orilla a que terminase la sesión de los adultos anterior a la suya. Pronto no quedó más que una figura en la piscina, una nadadora con un gorro de goma, con un adorno de pétalos que tendría que haber reconocido antes. Toda la clase admiraba la velocidad con que recorría la calle, el surco que dejaba en el agua a su paso, que nacía justo donde terminaba su espalda, y su manera de volver la cabeza para respirar sin romper la línea que trazaba en el agua. Cuando él fue consciente de que se trataba de ella, quiso convencerse de que lo había sabido desde el principio. Su exaltación aumentó al ver que no tenía que decirlo en voz alta. Alguien dio la voz: «¡Si es la señora Perowne!». En silencio, la vieron llegar al final de la calle, a sus pies, y realizar un vistoso giro debajo del agua, una gran novedad en aquella época. Aquella no era tan sólo una mujer que quitaba el polvo. Él la había visto nadar a menudo, pero aquella vez fue completamente distinta, pues todos sus amigos estaban presentes y pudieron admiran su naturaleza sobrehumana, que él compartía con ella. Ella sin duda se dio cuenta de la situación, y en el último de los largos hizo una demostración de velocidad endemoniada, dedicada solamente a él. Batió los pies como una máquina, sus brazos esbeltos y blancos se alzaban y entraban en el agua como cuchillas, la ola que formaba  se hinchió más aún, el surco que dejaba en su estela fue más profundo. Su propio cuerpo se plegó a la forma de la ola que creaba, en una S ondulante, a escasa profundidad. Para mantenerse a la velocidad que llevaba habría sido necesario correr al máximo por la orilla de la piscina. Se detuvo cuando llegó al final y se puso en pie, apoyando ambas manos sobre el borde antes de salir del agua de un salto. Debía de tener cuarenta años entonces. Se quedó allí sentada, con los pies aún dentro del agua, y se quitó el gorro; ladeó la cabeza y sonrió con timidez hacia donde estaban los chiquillos. Uno de los profesores inició el solemne aplauso que imitaron  los alumnos. Aunque aquello fue en 1966 ―los chicos empezaban a dejarse el pelo largo, las chicas iban a clase en vaqueros―, aun prevalecía en el ambiente parte de la formalidad de los años cincuenta. Henry aplaudió con los demás, pero cuando sus amigos se apiñaron a su alrededor el orgullo le tenía tan atragantado y era tanto su alborozo que no pudo responder a sus preguntas, y sintió un gran alivio cuando pudo arrojarse a la piscina, donde le fue fácil ocultar sus sentimientos.

Sencillamente se difuminan con el paso del tiempo. Un buen día ya no recordamos con claridad, o morimos, o son las cuestiones las que mueren y otras nuevas ocupan su lugar

En las décadas de los veinte y los treinta, desaparecieron grandes trechos de terreno agrícola al oeste de Londres ante la arremetida de la construcción de viviendas a gran escala y a toda velocidad, y ni siquiera a día de hoy esas calles de casas respetables, algo adustas, de dos plantas, se han despojado del aire de brusquedad que tienen. Casi todas y cada una de esas casas idénticas tienen un aspecto inquietante, provisional, como si supiera con qué rapidez podría la tierra volver a ser de labranza o pastos. Lily vive ahora a pocos minutos de la casa que tuvieron en Perivale. A Henry le agrada pensar que en el neblinoso paisaje de su demencia de vez en cuando es perceptible una cierta sensación de familiaridad que con suerte la sosiega. A tenor de lo que se estila en las residencias de ancianos, Suffolk Place es diminuta; son tres casas que se han unido derribando tabiques para que sean una sola, con el añadido de un anexo. En las fachadas, los setos de aligustre aún delimitan los jardines tal como eran antes de la remodelación, y sobreviven dos arbustos de retama. Uno de los tres jardines se ha cubierto de cemento, de modo que ahora hay sitio para que aparquen dos vehículos. Los contenedores de basura, mucho mayores de lo habitual, sujetos tras una verja metálica, son los únicos indicios de que allí hay una institución.

Perowne aparca y saca la planta del asiento de atrás. Se detiene un instante antes de tocar el timbre; hay en el aire un sabor dulzón y vagamente antiséptico que le recuerda sus años de adolescente en esas mismas calles, y también un estado general de anhelo, un hambre de que empezase la vida que, vista desde esta distancia, se parece bastante a la felicidad. Como de costumbre, es Jenny quien le abre la puerta. Es una muchacha grandullona, irlandesa, vestida con una bata de cuidaros azules, que tiene previsto empezar sus estudios de enfermería en septiembre. Henry recibe por su parte una consideración especial debido a su condición de médico; le pondrá tres bolsitas en el té que luego lleve a la habitación de su madre, y tal vez un platillo de galletas o de lenguas de gato. Sin que ninguno de los dos sepa gran cosa del otro, han adoptado una forma un tanto bromista de tratarse.

―¡Vaya, si es el buen doctor!

―¿Y qué tal está mi bella moza?

En un lateral del angosto vestíbulo de la casa, típica de los suburbios, teñido de una tonalidad amarillenta por los cristales emplomados de la puerta, se encuentra una cocina de luces fluorescentes y encimeras de acero inoxidable. De allí emana un aroma pegajoso, residuo del almuerzo que los residentes tomaron dos horas antes. Tras llevar toda una vida expuesto a ella, Perowne tiene un tenue aprecio o, cuando menos, una completa falta de repugnancia por la comida de hospital o de colegio. Al otro lado del vestíbulo hay una puerta más estrecha que conduce a las tres salas de estar, conectadas entre sí, de las tres casas. Le llega el sonido embotellado de los televisores en las otras salas.

―Le está esperando ―le dice Jenny. Los dos saben que neurológicamente eso es imposible. Incluso el aburrimiento queda fuera del alcance de su madre.

Empuja la puerta y entra. Ella está justo delante de él, sentada en una silla de madera, ante una mesa redonda, cubierta por un mantel de felpilla. Hay una ventana a su espalda, por la cual se ve la ventana de la casa contigua, a tres metros de distancia. Hay otras mujeres dispuestas alrededor de la sala, sentadas en sillas de respaldo alto, con brazos de madera torneada. Unas miran la televisión, o más bien miran hacia donde se encuentra la televisión montada en lo alto de la pared, fuera de su alcance. Otras tienen la mirada perdida al frente. Se agitan e incluso parecen mecerse cuando entra él, como si suavemente las golpease el aire que ha desplazado la puerta. Se produce una respuesta animada, general, a su saludo, «Buenas tardes, señoras», y muchas lo observan con interés. En esa fase ninguna puede estar segura de que no sea uno de sus propios parientes cercanos. A su derecha, en la más alejada de las tres salas, se encuentra Annie, una mujer de cabello gris, alborotado, que irradia  de su cabeza en púas erizadas. Sin que nadie le preste apoyo avanza arrastrando los pies hacia él a una velocidad considerable. Cuando llegue al final de la tercera sala de estar, se volverá en redondo y desandará sus pasos y seguirá caminando de un lado a otro durante todo el día, hasta que alguien la conduzca hacia la comida o la cena, o la guíe a la cama.

Su madre lo observa atentamente, complacida y ansiosa al mismo tiempo. Cree que conoce su cara; puede tratarse del médico, o del hombre que va de vez en cuando a hacer algún trabajo de reparación. Espera alguna indicación que la sitúe. Él se arrodilla al lado de ella y la toma de la mano, una mano lisa y seca y liviana.

―Hola, mamá; hola, Lily. Soy Henry, tu hijo Henry.

―Hola, cariño. ¿Adónde vas?

―He venido a verte. Ahora iremos a sentarnos en tu habitación.

―Lo siento, cariño. Yo no tengo habitación. Estoy esperando a irme a casa. Tomaré el autobús.

Como no ha logrado recordar su existencia, a Lily no le sorprende el verse en su habitación. En el acto olvida que ni siquiera conocía su existencia

A él le duele que ella diga eso, aun cuando bien sabe que se refiere a la casa en que vivió cuando era niña, donde cree que la está esperando su madre. La besa en la mejilla y la ayuda a levantarse, percibiendo los temblores que le causa en los brazos el esfuerzo, o el nerviosismo. Como siempre le ocurre en los primeros momentos de consternación que le supone el volver a verla, le escuecen los ojos.

Ella emite una débil protesta.

―No sé adónde podemos ir.

A él le desagrada tener que hablar con la animación forzada que emplean las enfermeras en los hospitales, incluso a los pacientes de edad que no padecen una afección mental. Anda, métete esto en la boca, ¿quieres? Sin embargo, lo hace, y lo hace en parte para disimular sus sentimientos.

―Tienes una habitación estupenda. En cuanto la veas, seguro que te acuerdas. Anda, vamos por aquí.

Tomados del brazo caminan despacio al atravesar las otras salas de estar, haciéndose a un lado para dejar pasar a Annie. Le tranquiliza ver que Lily esté bien vestida. Las cuidadoras sabían que iba a visitarla, desde luego. Lleva una falda rojo oscuro, con una blusa de batista a juego, medias negras y zapatos negros de piel. Siempre ha vestido bien. La suya debió de ser la última generación a la que los sombreros le importasen como un asunto diario digno de tenerse en cuenta. En el último estante de su armario ropero  había hileras e hileras de sombreros, todos oscuros, casi idénticos, envuelto cada uno en una crisálida olorosa de naftalina.

Cuando salen al pasillo, ella se encamina hacia la izquierda y él tiene que ponerle la mano sobre el hombro para guiarla.

―Es aquí. ¿No reconoces la puerta de tu habitación?

―Yo nunca he estado por aquí.

Él abre la puerta y le hace pasar. La habitación mide dos metros y medio por tres, y tiene una puerta acristalada que da a un jardincillo. La cama está cubierta por un edredón con una funda de flores, y varios juguetes de peluche que formaban parte de su vida mucho antes de que se iniciara la enfermedad. Algunos de los ornamentos adicionales ―un petirrojo en un tronquito, dos ardillas de cristal cómicamente exageradas― se hallan en un armario con puertas de cristal, en la esquina. Hay otros colocados sobre una cómoda, junto a la puerta. En la pared, cerca del lavabo, hay una fotografía enmarcada de Lily y de Jack, el padre de Henry. Están de pie en una extensión de hierba. En el encuadre se ve por muy poco el asa de un cochecito de niño, en el que presumiblemente yace Henry ajeno a todo. Ella está muy guapa, con un vestido blanco, veraniego, y tiene la cabeza ladeada con un punto de timidez burlona que él recuerda bien. El joven fuma un cigarrillo y viste una chaqueta cruzada y una camisa blanca sin abotonar del todo. Es alto, algo encorvado, y tiene las manos grandes, igual que su hijo. Sonríe generosamente, sin que nada lo perturbe. Siempre es socorrido tener pruebas concluyentes de que los viejos han probado suerte en eso de ser jóvenes, aunque también hay un elemento de irrisión en la fotografía en general. La pareja parece vulnerable, parece fácil que cualquiera se ría de ellos por dar la impresión de que no han sabido que su juventud es tan sólo un episodio, o que ese objeto sabroso y humeante que Jack sostiene en la mano derecha contribuirá ―la teoría es de Henry― a su súbita muerte, acaecida en ese mismo año.

Como no ha logrado recordar su existencia, a Lily no le sorprende el verse en su habitación. En el acto olvida que ni siquiera conocía su existencia. De todos modos, titubea muy nerviosa, sin saber dónde ha de sentarse. Henry le indica la silla de alto respaldo que hay junto a la puertaventana, y él se sienta en la cama, frente a ella. Hace un calor sofocante. Tal vez aún tenga la sangre agitada por el partido de squash, por la ducha con agua caliente, por el calor del coche. Se daría por satisfecho si pudiera estirarse ahora en la cama de muelles duros y ponerse a pensar en el día y, tal vez, adormilarse un poco. Qué interesante parece de pronto su vida, vista desde los confines de esta habitación. En ese momento, sentado sobre el edredón, con el calor que hace, siente una pesadez tal en los ojos que no puede evitar que se le cierren. Y la visita no ha hecho más que empezar. Para reanimarse, se quita el jersey y le enseña a Lily la planta que le ha traído.

―Mira ―le dice―. Es una orquídea para tu habitación.

Cuando sostiene la flor tendiéndosela, y la frágil flor blanca cabecea entre los dos, ella hace un gesto repentino, poniéndose a la defensiva.

Ella se desmadeja pasito a paso. Ahora ha perdido el concepto mismo del regalo y, con él, el placer de recibirlo. O de darlo

―¿Para qué es eso?

―Es tuya. Seguirá floreciendo durante todo el invierno. ¿No es bonita? Es para ti.

―No es mía ―dice Lily con firmeza―. No la he visto nunca.

La última vez tuvo la misma desconcertante conversación. La enfermedad avanza por medio de minúsculos derrames imperceptibles, que se producen en los pequeños vasos sanguíneos del cerebro. Por acumulación, los infartos producen un declive cognitivo al destruir las redes neuronales. Ella se desmadeja pasito a paso. Ahora ha perdido el concepto mismo del regalo y, con él, el placer de recibirlo. O de darlo.

―La pondré donde la veas bien ―dice él, adoptando de nuevo el tono de la enfermera siempre alegre.

Ella a punto está de protestar, pero su atención se pierde. Ha visto algunas piezas de porcelana decorativas en un estante, sobre la cama, detrás de su hijo. De súbito se muestra conciliadora.

―Tengo platos y tazas en abundancia. Siempre puedo llevarme uno cuando salga. Lo que pasa es que el espacio entre las personas es tan mínimo… ―alza dos manos temblorosas para mostrarle una minúscula fisura― que apenas hay sitio para pasar. Hay demasiadas apreturas.

―Estoy de acuerdo ―dice Henry, y se acomoda de nuevo en la cama―. Hay demasiadas apreturas.

Los daños causados por los coágulos en los pequeños vasos sanguíneos tienden a acumularse en la sustancia blanca, y destruyen la capacidad de conexión que posee la mente. Entretanto, mucho antes de que el proceso se complete, Lily es capaz de soltar discursos inconexos, monólogos sin ton ni son, con una seriedad conmovedora. No tiene ninguna duda de lo que dice. Tampoco piensa que él sea incapaz de seguir lo que le dice. La estructura de sus frases está intacta, y el estado anímico con que da inflexión a sus diversas descripciones tiene perfecto sentido. A ella le complace que él asienta y sonría, que de vez en cuando meta la cuchara en lo que dice.

Ella no lo mira mientras reúne sus pensamientos dispersos, sino que mira más allá de él y trata de concentrarse en un asunto que la elude, y mira con fijeza por una ventana en la que se abre una panorámica ilimitada. A punto está de decir algo, pero sigue guardando silencio. Sus ojos verdes claros, hundidos en las cuencas de piel castaña clara, muy finamente plegada, tienen una cualidad mortecina, apagada, como piedras polvorientas bajo el cristal. Transmiten la impresión exacta de no entender nada. Él no puede darle noticias de la familia; la sola mención de nombres para ella desconocidos puede ser motivo de alarma. Así pues, aun cuando no entienda nada, él a menudo le habla de su profesión. Lo que a ella le mueve es el sonido, el tono emotivo de una conversación amistosa.

Está a punto de describirle una paciente, la chica de los Chapman, y de contarle cómo ha salido adelante, cuando Lily de pronto toma la palabra. Su estado anímico es de angustia, incluso un si es no es quejumbroso.

―Y tú sabes que ésta… ya sabes lo que digo, Tía, lo que se pone la gente en los zapatos para que les… ¿sabes lo que te digo?

―¿Betún? ―Él jamás entiende por qué le llama Tía, ni tampoco sabe cuál de sus muchas tías carnales es la que le ronda.

―No, no. Se lo ponen por encima de los zapatos y se lo frotan con un trapo. Bueno, da lo mismo, se parece un poco al betún. De la misma especie. Teníamos siete platos y sabe Dios qué más, todo puesto en la calle. Teníamos de todo, menos lo necesario, porque estábamos en lugar equivocado. ―De improviso, se echa a reír. Empieza a verlo con mayor claridad.

―Si coges la imagen y le das la vuelta y le quitas la parte de atrás, como hice yo, es de lo más agradable. No era más que eso. ¡Y hay que ver cómo nos pudimos reír!

Ríe con alegría, como reía antes, y él también se echa a reír. No era más que eso. Ahora se ha alejado a saber adónde, al describir lo que podría ser un simple recuerdo desintegrado de una fiesta en la calle, y una pequeña acuarela que debió de comprar en un rastrillo.

Algún tiempo después, cuando llega Jenny con algo de merendar, Lily se queda mirándola sin reconocerla. Perowne se pone en pie y despeja la mesa baja para que haya sitio. Nota la suspicacia que manifiesta Lily ante quien ha tomado por una perfecta desconocida, así que, en cuando Jenny se marcha, y sin dar tiempo a que Lily diga nada, exclama:

―Hay que ver, qué encanto de muchacha. Siempre tan servicial.

―Es una maravilla. ―Lily está completamente de acuerdo.

El recuerdo de quien quiera que estuviese en la habitación comienza a esfumarse. El pie que él le ha dado para que se explaye, puramente emocional, le resulta irresistible, de modo que comienza a perorar mientras él extrae las seis bolsitas de té de la tetera de metal.

En momentos como ése, cuando se nota toda su destreza en las rutinas establecidas desde antaño, cuando se la ve recatada con su ropa a juego, una señora de setenta y siete años perfectamente presentable, con unas piernas asombrosas para la edad que tiene, piernas de atleta, bien puede él imaginar que todo ha sido un error, un mal sueño

―Siempre llega corriendo, aunque sean tan estrechos los pasillos. Lo que quiere es venir en una de esas cosas alargadas, pero no tiene dinero para el billete. Yo le envío dinero, pero ella no lo tiene en mano. Quiere oír música, así que le dije que lo mismo le daría formar una banda y tocar ella sus canciones. Pero me preocupa, ya lo creo. Le dije una vez: ¿por qué pones todas las rodajas en un cuenco cuando no hay nadie de pie? Eso no lo puedes hacer tú sola.

Él sabe a quién se refiere, pero espera a que diga algo más.

―Tendrías que ir a verla ―dice él al cabo.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que trató de hacerle entender que su madre había muerto en 1970. Ahora se le hace más llevadero el respaldar la falsa ilusión en que ella vive sumida, limitarse a mantener en marcha la conversación. Todo sucede en el presente. Su preocupación inmediata es impedir que se coma una bolsita del té; en la visita anterior le faltó muy poco. Las apila en un platillo que coloca en el suelo, pegado a su pie. Sirve una taza llena hasta la mitad y la deja a su alcance, y le ofrece una galleta y una servilleta. Ella la extiende sobre su regazo y, con esmero, coloca la galleta en el centro. Se lleva la taza a los labios y da un sorbo. En momentos como ése, cuando se nota toda su destreza en las rutinas establecidas desde antaño, cuando se la ve recatada con su ropa a juego, una señora de setenta y siete años perfectamente presentable, con unas piernas asombrosas para la edad que tiene, piernas de atleta, bien puede él imaginar que todo ha sido un error, un mal sueño, y que saldrá de su minúscula habitación y se marchará con él al corazón de la ciudad, a cenar una buena bullabesa con su nuera y sus nietos, a quedarse con ellos una temporada.

―La semana pasada ―dice Lily― iba en el autobús, Tía, y mi madre estaba en el jardín. Le dije que podía venir a pie, ya verás la que te espera, y luego resulta que se pone a cuadrar todo lo que tiene. No se encuentra nada bien. Los pies. Iré dentro de un minuto, no puedo evitar el perderle un jersey.

Qué raro habría sido que la madre de Lily, una mujer altiva, nada maternal, supiera que la niña que tenía pegada a las faldas un buen día, en un futuro muy remoto, en una fecha de ciencia ficción, el siglo próximo, hablaría de ella a todas horas, deseosa en todo momento de estar con ella. ¿Se habría ablandado un poco si lo supiera?

Ahora que Lily está compuesta, hablará por los codos durante todo el tiempo que pase él con ella. Es difícil saber si de veras es feliz. Unas veces ríe, otras describe sombrías disputas e injusticias, y en su voz asoma la indignación. En muchas de las situaciones que al hablar conjura, protesta y reconviene a un hombre que no ve que aquello tenga ni pies ni cabeza.

―Le dije que cualquier cosa que fuera tomarse una libertad y me dijo que le daba igual. Puedes dárselo a quien quieras, y le dije que no dejase que se echase a perder en el fuego. Y todas las cosas nuevas que van a tener que recoger.

Si se torna demasiado agitada con lo que está contando, Henry la corta en seco y ríe sonoramente.

―¡Mamá, eso sí que tiene gracia! ―le dice de modo que le oiga con claridad. Como es sugestionable, ella también se ríe, y así cambia su estado de ánimo, y lo que relate después será más alegre. Por el momento, ahora está de ánimo neutro; habla de un reloj, otra vez de un jersey, otra vez de un espacio demasiado estrecho para atravesarlo; Henry, a la vez que sorbe el té fuerte, marrón, a medias la escucha y a medias se adormece con el calorcillo de la pequeña habitación sin ventilar, y piensa que en treinta y cinco años, tal vez menos, ése podría ser él, despojado de todo lo que hace y de todo lo que tiene, una figura encogida, extraviada delante de sus propios hijos, que esperan a marcharse y a volver a una vida de la que él no tendrá ni el menor punto de comprensión. La tensión arterial elevada es buen indicio para pronosticar derrames. Doce con dos de máxima y seis con cinco de mínima la última vez. La sistólica debiera ser algo más baja. Total de colesterol, cinco con dos. No está bien del todo. Los niveles elevados de lipoproteína A tienen al parecer una estrecha relación con la demencia vascular. Dejará de comer huevos, tomará sólo leche semidesnatada con el café, y un buen día también tendrá que renunciar al café. No está aún listo para morir, y tampoco está listo a morirse a medias. Desea que esa sustancia blanca, dotada de una prodigiosa concentración en mielina, que es la que facilita infinidad de conexiones neuronales, siga estando intacta, como una pradera nevada y sin pisar. Nada de queso. Será implacable consigo mismo en la búsqueda de una salud ilimitada, para rehuir al destino de su madre: la muerte mental.

―Le puse savia al reloj ―le cuenta ella― para que se humedeciera.

Pasa una hora, y entonces se obliga a despertar del todo y se pone en pie, tal vez demasiado deprisa, porque siente un mareo repentino. No es buena señal. Extiende ambas manos hacia ella, sintiéndose a la vez inmenso e inestable, muy por encima de su diminuta figura.

―Vamos, mamá ―le dice con toda la delicadeza que puede―, ya es hora de que me marche. Y me gustaría que me acompañases hasta la puerta.

Henry piensa que en treinta y cinco años, tal vez menos, ése podría ser él, despojado de todo lo que hace y de todo lo que tiene, una figura encogida, extraviada delante de sus propios hijos, que esperan a marcharse y a volver a una vida de la que él no tendrá ni el menor punto de comprensión

Infantil en su forma de obedecer, ella lo toma de las manos y él la ayuda a levantarse de la silla. Él recoge las cosas en la bandeja y la deja en el pasillo, junto a la puerta; se acuerda entonces de las bolsitas de té, en un platillo semioculto bajo la cama, y también las deja fuera. Ella podría habérselas zampado todas. La guía por el pasillo apaciguándola en todo momento, sabedor de que ella se adentra en un mundo que le es ajeno. No tiene ni idea de por dónde encaminarse nada más salir de la habitación. No dice nada de ese entorno para ella desconocido, pero sí se aferra con más fuerza a su mano. En la primera de las salas de estar hay dos mujeres, una con el cabello blanco como la nieve recogido en trenzas, la otra completamente calva, que miran la televisión con el sonido apagado. Desde la sala de estar intermedia se aproxima ahora Cyril, ataviado como siempre con un elegante pañuelo al cuello y una chaqueta de sport, y hoy con un bastón de caña y una gorra de cuadros. Es el gentleman de los residentes, un hombre de modales dulces, encallado en una fantasía muy particular, muy definida: cree que es el dueño de una grandísima finca, y que su obligación es ir de visita y tratar a sus arrendatarios con escrupulosa cortesía. Perowne nunca lo ha visto en un momento de infelicidad.

Cyril se quita la gorra y saluda a Lily.

―Buenos días, querida. ¿Tobo bien? ¿Alguna queja?

A ella se le tensa el gesto de la cara y aparta la mirada. De pronto se muestra agitada, tratando de decir a Henry algo que parece importante.

―Si sigue sin llover, se rizará del todo otra vez. Ya se lo dije, ya le dije que la tenéis que regar, pero nada, ni caso.

―No te apures ―le dice él―. Yo me ocupo de que la riegue, yo se lo diré. Te lo prometo.

Tiene que concentrase en la despedida, pues sabe que ella va a pensar que se marcha con él. Una vez más él se verá de pie en la puerta, obligado a darle la explicación para ella incomprensible de que pronto volverá a verla. Jenny, u otra de las cuidadoras, tendrán que distraerla mientras él se larga.

Vuelven juntos por la primera sala de estar. A las señoras de la mesa redonda con el mantel de felpilla les sirven el té y unos sandwiches de pan de molde sin corteza. Él las saluda, pero ellas parecen demasiado distraídas para responder. Lily está más contenta, apoya la cabeza contra su brazo. Cuando salen al vestíbulo ven a Jenny Lavin junto a la puerta: ya eleva la mano para alcanzar la doble cerradura de seguridad y sonríe hacia ellos. En ese momento, su madre le da unas palmaditas en el dorso de la mano, livianas como plumas, y dice:

―Esto de aquí sólo parece un jardincito, Tía, pero es de verdad de la buena la campiña, se puede pasear en millas a la redonda. Cuando caminas por aquí te sientes elevada, muy elevada al otro lado del mostrador. No me las puedo arreglar para darles a todos platos sin cepillo, pero Dios cuidará de ti y de todo lo que tengas que disfrutar, porque es una carrera de natación. Ya te las apañarás para pasar.

TRADUCCIÓN DE MIGUEL MARTINEZ-LAGE