“Si te gusta y te lo puedes permitir…”. Poco más o menos, la frase forma parte del ideario vital de tres de las mayores fortunas del planeta: Jeff Bezos, fundador de Amazon; Elon Musk, padre de Tesla, y Richard Branson, dueño del imperio Virgin. El estadounidense atesora activos por valor de 184.000 millones de dólares, el sudafricano suma 151.000 millones y el británico 5.900 millones. Cuando el dinero no es impedimento, los sueños parecen más cercanos, incluidos los que se encuentran a miles de kilómetros de distancia.

En una singular réplica de la carrera espacial de finales de los 60, la terna de empresarios se ha propuesto realizar el viaje más caro -y menos ecológico- del mundo para admirar la Tierra desde donde nadie lo ha hecho sin haber cursado estudios aeroespaciales.

Elon Musk tiene entre ceja y ceja convertir su negocio espacial en una mina de oro en las próximas décadas. En ese empeño, el también fundador de PayPal, SpaceX Hiperloop, SolarCity y OpenAI ha hecho una reserva de un billete que ronda los 250.000 dólares, en la compañía de la competencia, la de su rival Branson. Por criterios de confidencialidad, Virgin Galactic no puede desvelar los nombres de sus futuros usuarios, algo que ya que se encargará cada cual de pregonarlo por sus medios. Así lo ha hecho el propio Branson, quien calificó de “experiencia única” su primer garbeo lejos de la atmósfera, mientras su nave regresaba a su casa esquivando los satélites del camino. Horas antes de emprender el vuelo, con los pies en suelo firme, sir Branson compartió a través de Twitter una foto con Musk donde presumía de amistad y de un estado de ánimo próximo a la euforia. “Me espera un gran día. Es genial empezar la mañana con un amigo. Me siento bien, emocionado y preparado”, con vistas al lanzamiento del Unity 22.

De esa forma, Branson se convirtió esta semana en el primer magnate en salir de la atmósfera terrestre, acompañado de tres empleados de Virgin Galactic: Beth Moses, Colin Bennet y Sirisha Bandla. En apenas 15 minutos, la nave Unity 22 tuvo tiempo para despegar, alcanzar una altitud de 85 kilómetros y aterrizar felizmente en una zona desértica de Nuevo México. Ahora está por ver si se considera viaje espacial semejante paseo, al no alcanzar ni siquiera los 100 kilómetros de altitud. “Solo el 4% del mundo reconoce el límite de 80 kilómetros o 50 millas como el principio del espacio, pero el New Shepard de Bezos rebasa la línea Kármán de 100 kilómetros de altitud.

Impacto ambiental

Del coste energético y de la huella de carbono de semejante aventura no reparan sus protagonistas, pero sí las organizaciones ecologistas, que señalan con el dedo a sus más directos responsables. Además de la versión de queroseno empleada (oxígeno líquido RP-1) en la propulsión y el posterior desplazamiento, se añaden toneladas de hollín, dióxido de carbono y de vapor de agua, así como cantidades asombrosas de dióxido de aluminio, perclorato de amonio con aluminio e hidrógeno líquido, entre otras partículas contaminantes. Según diversas fuentes del sector, el plan de Space X (propiedad de Elon Musk) de lanzar una nave cada dos semanas conlleva la emisión de 4.900 toneladas de carbono al año. En el lado ambientalmente más favorable de este tipo de turismo espacial destaca la reutilización de las naves, lo que evita desperdigar por el espacio basura atmosférica.

Por su parte, Elon Musk tiene motivos para frotarse las manos con la proyección de su compañía Space X. Por lo pronto, la NASA ya ha seleccionado a este gigante para construir la nave que llevará a personas a la Luna y los traerá de vuelta. Entre los primeros humanos de la lista destacará alguien de color. En el mismo concurso de la Agencia Aeroespacial de Estados Unidos se encuentra Dynetics, con sede en Alabama, que se ha quedado a las puertas del contrato.

El recién jubilado director ejecutivo de Amazon viajó este 20 de julio al espacio, el mismo día en que se conmemora el aniversario del alunizaje del Apollo 11, hace justo ahora 52 años. Lo hizo acompañado de su hermano pequeño, Mark, y del joven Oliver Daemen. Este piloto privado y futuro estudiante de física, de 18 años, está llamado a convertirse en el tripulante espacial más joven de la historia tras ganar una subasta.

 

Así afecta al planeta su contaminación

El espacio se está convirtiendo en un verdadero nicho de negocio: mientras algunas empresas fabrican y lanzan satélites comerciales cada vez más asequibles, otras prometen enviar tus cenizas al espacio o elaboran planes para extraer minerales de asteroides. Sin embargo, más allá de las ventajas económicas y científicas de este tipo de actividades, el creciente número de vehículos que parten de la Tierra para rebasar la estratosfera trae consigo otras consecuencias nada beneficiosas.

 

Los cohetes espaciales liberan en su ascenso gases contaminantes y partículas que pueden alterar las condiciones de la atmósfera. Este fenómeno, escasamente estudiado hasta la fecha, tendrá por primera vez una sección propia en la evaluación científica anual sobre la destrucción de la capa de ozono del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización Mundial de la Salud.

 

Las responsables de los perjuicios son las emisiones producidas por los propulsores de combustible sólido de las naves. Principalmente, dióxido de carbono, agua, carbono y partículas. Se ha comprobado que las de aluminio, en particular, absorben la radiación de longitudes de onda larga emitidas por la Tierra, provocando su calentamiento.

 

 

Residuo de óxido de aluminio proveniente de los cohetes de combustible sólido como los que conducen satélites al espacio
Residuo de óxido de aluminio proveniente de los cohetes de combustible sólido como los que conducen satélites al espacio | NASA

 

 

Las partículas de hollín del humo expulsado por los motores tienen también consecuencias para el planeta. Se acumulan en las capas más altas de la estratosfera, desde donde absorben la luz solar y acumulan calor, alterando las reacciones químicas para producir la degradación del ozono.

 

Aunque se tienen muchas pistas, estos fenómenos no se conocen aún en profundidad, como tampoco los efectos de otros compuestos. Uno de los procesos menos estudiados son las interacciones entre la atmósfera y los gases emitidos por los motores alimentados por metano de algunos cohetes. Como aún no se ha plasmado en modelos ni simulaciones, los expertos ignoran sus consecuencias.

 

Una de las claves para valorar con mayor precisión el alcance del problema radica en estimar la carga de gases que contienen las emisiones. Este dato podría utilizarse para predecir las consecuencias de la contaminación en un escenario futuro donde aumente el número de lanzamientos.

 

Contaminantes extraterrestres

 

Pero el problema no se acaba una vez que las naves han abandonado nuestro planeta. Los restos de armazones y dispositivos electrónicos que integran la basura espacial también pueden afectar a las capas gaseosas de la Tierra.

Un estudio publicado a mediados de la década de los ’90 demostraba que, cuando uno de estos objetos entra en contacto con la estratosfera, genera una onda de impacto que produce monóxido de nitrógeno, uno de los compuestos responsables de la degradación del ozono, aunque el fenómeno no tenía un impacto global.

Tanque de combustible de un vehículo de lanzamiento encontrado en Texas en enero de 1997
Tanque de combustible de un vehículo de lanzamiento encontrado en Texas en enero de 1997 | NASA

Sin embargo, la penetración en la atmósfera de cadáveres de satélites, partes de cohetes desprendidas en el viaje y otros desechos es un fenómeno relativamente común. Así, se estima que cada año recibimos la visita de alrededor de 80 toneladas, la mayoría de las cuales, sin embargo, no llegan a alcanzar la superficie terrestre debido a la degradación que sufren antes. Básicamente, se incendian y desintegran.

Al arder, estas piezas de ‘hardware’ liberan partículas de aluminio y otros materiales como el tungsteno, cuyos efectos en la química de la atmósfera se desconocen. Pero se estima que, incluso en pequeñas cantidades, algunos de esos elementos podrían alterarla de forma importante.

Cuando un equipo de la NASA, dirigido por el científico especializado en astromateriales Michael Zolensky, detectó un pico de concentración de grandes partículas sólidas en la estratosfera entre 1976 y 1984, pensó que se trataba de restos de asteroides y cometas. Sin embargo, al analizar muestras, encontró residuos de los motores de cohetes, pinturas provenientes de naves en órbita y partículas de aluminio de aparatos electrónicos.

Si bien tanto el Comité para Usos Pacíficos del Espacio Exterior de la ONU como las diferentes agencias espaciales y el Comité de Coordinación Interagencia para la Basura Espacial disponen desde hace décadas de guías para minimizar la generación de desechos, el nuevo informe de la ONU servirá de impulso a nuevos trabajos que permitan evaluar el impacto de las emisiones y de los desechos electrónicos en la atmósfera y tomar medidas al respecto, si es necesario.

 

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