PREFACIO Y PROPOSITO

 

 

“Por tanto, si se quiere investigar las fuerzas determinantes que –consciente o inconscientemente, y con harta frecuencia inconscientemente– están detrás de estos móviles por los que actúan los hombres históricamente y, que constituyen los verdaderos resortes supremos de la historia, no habrá que fijarse tanto en los móviles de los individuos, por muy relevantes que ellos sean, como en aquellos que mueven a grandes masas, a pueblos en bloque y, dentro de cada pueblo, a clases enteras; y no momentáneamente, en explosiones rápidas, como fugaces hogueras de paja, sino en acciones continuadas que se traducen en grandes cambios históricos.”

Federico Engels[i]

La idea originaria del presente trabajo tendía a estudiar en particular los factores económicos que intervinieron en el descubrimiento y la conquista de nuestro país. Pero la investigación del substrato histórico fué diseñando y terminó por imponer el plan de inquirir primero en el fenómena general, en la vasta causalidad europea.

A la sazón Europa vivía en el punto divisorio entre dos épocas, la medieval y la moderna. Ansiaba proyectarse más allá de sus límites, convulsionada por el desarrollo de nuevas fuerzas productivas, por el proceso de aparición de una nueva clase, la burguesía comercial, vitalmente interesada en la empresa conquistadora.

Bien se sabe que el descubrimiento de América no fué debido, en el fondo, a la obra milagrosa e a la sensacional fortuna de un marino alucinado. No fué un acto de la providencia que premiara con un continente desconocido la porfía de ese ex vendedor de libros de estampas, extraño y trashumante vagabundo, solitario y paradógico, cubierto de miseria, que vislumbraba las Indias de las especias y los palacios de jade del Gran Khan desde la profundidad de sus sueños o desde el puente de su carabela, en combinación con la ayuda magnánima de una reina, el hada maravillosa de este cuento fantástico.

Aquella no fué acción de Dios, ni simple hazaña novelésca de un sujeto genial, como tampoco, proeza de un Estad o de una nación entera. La concibió, en sus raíces profundas el genio de toda una sociedad en transición, el avance tempestuoso de su evolución material, la revolución que transformaba el espíritu de Europa. Sobre las cenizas feudales, éstaera movida por el empuje que dimanaba del resurgimiento dela vida urbana, ligada a la resurrección y prosperidad del mercader, cuando la sabiduría antigua rompía a hablar en boa alta, tras un silencio forzoso de mil años.

El descubrimiento y la conquista de América fueron el fruto con cáscara de oro y pulpa de sangre humana que maduró al sol de la necesidad social, a compás con la germinación burguesa, la cual, no sólo comenzaba a disecar las arcaicas nociones geográficas, sino que amenazaba marchitar todo el paisaje feudalista. Para apurar su putrefacción, requería fortalecerse, conquistando nuevos mercados; enriquecerse a expensas de las nuevas tierras, e hizo del saqueo de América, Asia y África la fuente nutricia de la acumulación primitiva del capital.

Empero, su triunfo resultó fragmentario, pues, si bien la burguesía europea aprovechó la grandiosa aventura convirtiéndola en el más soberbio negocio entre los negocios ultramarinos, no es menos cierto que los españoles introdujeron en sus colonias indianas el declinante régimen feudal, al par que en la metrópoli se frenaba el desarrollo burgués y se entrababa la evolución capitalista.

Esta revisión a vuelo de pájaro nos persuadió de que si deseábamos comprender el significado cabal de la conquista, el contenido material e ideológico de la sociedad implantada por España, el proceso formativo de la nacionalidad chilena y, entre numerosas otras cosas, si queríamos desentrañar la motivación de ese capítulo, habitualmente olvidado, de cómo los capitalistas alemanes Fugger y Welser, los más poderosos de aquel tiempo, intentaron conquistar y colonizar Chile y Venezuela, respectivamente–, debíamos echar una mirada retrospectiva y ensayar una silueta, aunque sólo fuese a grandes luces y sombras, de la estructura fundamental de la sociedad europea de dicha era. A cada paso dado, se hizo más evidente que nuestra labor pecaría por su base si no conocíamos esos substanciales aspectos americanos que provenían del vientre civilizado, si no establecíamos la filiación, feudal o tímidamente burguesa de las semillas trasplantadas del Viejo Mundo que aquí fructificaron, adaptadas a las nuevas condiciones; si no enfocábamos al burgués y a la burguesía en mantillas; los balbuceos del capitalismo moderno, que participaron y, sobre todo, se vigorizaron tanto con los metales preciosos arrancados a América.

Emprendimos, entonces, la restauración de un bosquejo de ese mundo, grávido de mundosnuevos, de ambición y de potencia. Nos ceñimos al método de escudriñar en sus contradicciones y dinamismo, de prestar ojo alerta a los fermentos que revolvían la levadura de esa sociedad, a las fuerzas activas que la impulsaban a descubrir y apoderarse de América.

Y aquello que comenzó como simple y breve preludio europeo de nuestro ensayo, se convirtió en el centro de gravedad, en el tema de este Libro.

No cabe duda que tal tema representa una dimensión muy honda de la historia patria. Sentó las premisas de la colonia, de la república, de la nacionalidad.‑ Fue un parto dramático, de donde emergió un turbio amasijo de masacres, de pillaje, de cambio y creación sobre la destrucción. Animado por ese fuego elemental, se calentó la marmita donde hirvieron y se conjugaron los cromosomas que fraguaron no sólo a Chile y América Latina, sino a todo el coloniaje en el mundo.

No es éste un intento original ni tampoco pretende dejar exhausto el tema. A la verdad, constituye una mera sinopsis, simple esbozo de investigación, en muchos puntos abordada ya con brillo por otros. Puede valer, a lo sumo, como esquemática ficha de identidad de ciertos tipos y vivencias europeos que más tarde se vaciaron en América. Su limitada intención trata de rever ese encadenamiento del tiempo, que nos ata como un invisible cordón umbilical a aquel universo fogoso, que se abalanzó con sed violenta de posesión al asalto de América, empujado por la energía sensual y espiritual que comunicaba a su vida el motor flamante del capitalismo en ciernes.

En estas páginas nos retrotraemos vara alumbrar con una fugaz lucecilla el antiguo cuadro de ese mundo, que dominó a América por el terror, entró a saco y cuchillo en las sociedades autóctonas y quiso crear colonias a su imagen y semejanza, así como los conquistadores feudales habían aprendido en su infancia que el bíblico Dios creó al hombre para que fuera su siervo, tuviese te en El y le adorara.

Con la arcilla plástica de este continente virgen, mojada en los regueros de sangre de los diezmados indígenas, los acumuladores del capital, con su mentalidad y sus actos de desenfrenados piratas y de asesinos santificados, con su espíritu atropellador e imperial, consumaron su empresa predatoria, modelaron la fisonomía del rojo amanecer, americano. Cimentáronlo sobre el aniquilamiento de las realidades económicas y de las fórmulas políticas nativas, substituyéndolas por una copia híbrida del destartalado feudalismo europeo en cruel amalgama con regresiones esclavistas. Su propósito era aclimatar en América las instituciones predominantes de la Edad Media, empotrando, en primer término, su piedra angular, su organización ecuménica, la Iglesia Católica.

Justamente por aquel tiempo, sabemos que la burguesta provista de la máquina de demolición del capitalismo mercantil, del oro omnipotente y del arma de fuego, comenzaba a practicar profundas grietas en las vetustas fortalezas señoriales. Hacía caducar los moldes y formas de vida del feudalismo en los principales países de Europa, especialmente en Italia, Holanda e Inglaterra. Y en esa hora primera de su prolongada agonía, mientras en esas tierras se empezaba a cavar su sepulcro, España y América hispánica –su hija a lafuerza– desempeñarán el papel de testarudos bastiones feudales.

Sobre esos fundamentos de trasnochada factura, levantóse el andamiaje de nuestra estructura económica, social y política. Tal es el punto de partida de donde arrancó la calle por la que transitaron el origen, la gestación y el alineamiento de la contienda de nacionalidades y de la formación y lucha de clases en nuestro país. En ese momento se inició el trasplante de instituciones que hoy no sólo continúan despidiendo esporádicos reflejos, sino que, construyendo un cauce valedero por centurias, siguen ejerciendo influencias determinantes en la vida chilena de mediados del siglo XX. La acción del tiempo –y toda su riqueza de combates humanos y de mudanzas sin fin– no ha terminado, por ejemplo, de desatar uno de los nudos gordianos de nuestro retraso económico: el latifundio, versión actualizada de las encomiendas semifeudales y semiesclavistas de los albores de la colonia. Sus tenaces supervivencias continúan sustentando una muralla china del pasado, que bloquea el avance más rápido de Chile y confiere a la revolución agraria un sitio de primera importancia en nuestro desenvolvimiento social.

Estos son algunos problemas que la corta peregrinación europea del presente estudio puede insinuar levemente. Y sólo en esté sentido debe tomarse: invitación para un trabajo de mayor aliento, en el cual se desarrolle con propiedad el asunto que primitivamente nos habíamos propuesto.

Empero si en estas páginas campea el empeño de mostrar un retrato del cuerpo social que vino a fecundar a América, ellas han sido escritas, y en primer término, porque asomarse al nacimiento de nuestras cosas, examinar el embrión de donde deriva el fenómeno chileno, seguir el cuadro de su crecimiento, rastrear, en fin, las huellas del pasado, puede ayudar en la búsqueda del camino actual, que conduzca a una lograda plenitud; puede tener un valor operativo para que nuestro país marche a ritmo en una atmósfera sin cesar renovada.

Y quizás, antes que nada, porque puede ayudar a insistir en el concepto de que Chile, desde su cuna –y así lo será siempre– fue parte integrante, factor de una totalidad, y no un arrogante todo insular en sí mismo, no un país Robinson Crusoe, el islote situado fuera de la órbita de los movimientos del mundo, ajeno a sus grandes leyes, independiente de sus corrientes esenciales.

Y es por esto por lo que en la obra, presente se comenta en especial ese episodio –al cual podríamos llamar típico– que trata de la aludida y fracasada intentona de los banqueros augsburgueses Fugger de apoderarse de Chile, antes de que Pedro de Valdivia clavara sus ojos en esta tierra. Antes y después del establecimiento de los españoles, nuestro país siguió tentando la codicia del capitalismo europeo; y así la historia cuenta que un siglo más tarde, el prominente judíomarrano Simón de Cáceres, establecido en Londres, que había intervenido en la ocupación de Jamaica, y era consejero del Gobierno británico respecto al intercambio mercantil con los Barbados, presentó a Oliverio Cromwell un plan de conquista de Chile por un ejército israelita.[ii]

Semejantes intentos acontecieron hace tres y cuatro siglos. ¡Cómo no ha de ser más cierta hoy, y más estrecha todavía mañana, la interdependencia de todo el orbe, en la hora de la aviación en masa y de la comunicación instantánea, en medio de la más sorprendente revolución de la ciencia y sobre la base de la más humana transformación del estatuto social!

Pues toda la historia de América es la historia de su progresiva incorporación a ese proceso unitario. Que América ni aún en las edades más remotas fué ajena al resto del mundo, lo demuestra el origen misma del hombre que la pobló. Si sien su procedencia fué materia fundada en la arena movediza de contradictorias teorías y conjeturas, Hrdlicka ha expuesto las hipótesis más probables a juicio de la moderna ciencia arqueológica [iii] Estima que no existe posibilidad alguna de que el hombre se haya originado en América; que llegó hace unos doce a quince mil años, según los cálculos más aceptados, en sucesivas oleadas, las cuales penetraron por el Norte, atravesando en éxodo el Estrecho de Behring o las Islas Aleutianas. Aquellos primeros inmigrantes del viejo mundo, que no traían consigo más bagaje que el fuego, su rudimentaria embarcación, un animal doméstico (cierto tipo de perro), y el arpón o la lanza, distaban mucho de constituir un tipo humano homogéneo, aunque pertenecían a ramas diferenciadas de un común tronco racial, análogo al de los pueblos pardoamarillentos de Asia y Polinesia. Su desplazamiento a este hemisferio habíase operado cuando atravesaban por un grado de desarrollo que no salía del estadio paleolítico, o etapa antigua de la Edad de Piedra, caracterizada por los objetos pétreos toscamente tallados.

Un momento prehistórico posterior de inigualada transcendencia desde nuestro punto de vista, encierra el divorcio entre los dos hemisferios del globo terráqueo. Este se produce con el advenimiento de la barbarie, singularizada por los primeros atisbos de la alfarería.. Entonces los, caminos de las dos mitades del mundo se bifurcaron. Asia y Europa comenzaron a dejar a la zaga a América y Oceanía.

Pero, ¿cuál es la causa determinante de que nuestro hemisferio tuviera un desarrollo más paulatino y tardío que e, del llamado Viejo Mundo? Debese a las condiciones materia, les más propicias, a la existencia de ciertos elementos naturales. En aquel instante del período de la, barbarie, la domesticación y cría del ganado y el cultivo de los cereales son el requisito y el vehículo para la ascensión a un estado social superior. Y es lógico que esta etapa más alta en la escala del progreso floreciera, mucho más temprano en el Hemisferio Oriental, posedor de una fauna más rica y diversa y de una variada flora de cereales cultivables.

En este medio geográfico, rodeado por una naturaleza favorable, el hombre del Viejo Mundo deviene hombre bárbaro porque ya no provee a sus necesidades exclusivamente por proceso espontáneo o mediante la, piedra, el arco o la flecha. Los medios materiales y la necesidad desarrollan en él al cazador y al domesticador, al pastor de rebaños y al incipiente agricultor, que trabaja en forma rudimentaria la tierra y ya no se alimenta sólo de vegetales silvestres. Al lograrlo, el habitante europeo y asiático antes que el habitante americano, se pone punto final al desarrollo paralelo y más o menos pareode ambos hemisferios. Y así como el abismo marítimo separa en el espacio a los dos grandes continentes terrestres, se abretambién entre ellos un abismo diferencial en cuanto a evolución, que cada siglo anterior al descubrimiento tornó más ancho y profundo. Toda la vida propiamente histórica del Nuevo Mundo es, a grandes rasgos, dictada por el imperativo de achicar ese abismo, de descontar la ventaja y conseguir una uniformidad universal de desarrollo.

Ese hacer de América no el vecino desafecto del mundo, sino gigantesco trozo integrado a su columna vertebral, carne y hueso del hombre y del mundo mismo, adquiere hoy una vigencia más ardiente que nunca. Para conseguirlo hay que desechar esa imagen artificial de América mirando como espectador, desde lejos, sintiéndose seguro porque pone de por medio el foso de los océanos. Poseer y difundir la conciencia de que América es protagonista de las comunes penurias, playa humana que la marea del universo baña tanto en la bajamar como en la pleamar, en un vivo y perenne juego de contrastes e influjos recíprocos. ¡He aquí una tarea del hombre este Hemisferio! Diálogo en que la voz americana no es ya, como al nacer, una voz de obediencia ciega, pasiva, colonial aporte de colaboración, que enriquece el acervo , del mundo, el “país común”, con un carácter singular, con inflexiones propias, con un vernacular estilo americano, a la vez compuesto, que conjuga el espíritu de las esencias de sus diferentes naciones.

Nuestra constelación continental desempeña hoy y acrecienta cada día la importancia de su papel en vista a la definición del mundo de postguerra. Está llamada a decir una palabra en esa entrada a la “época del hombre común, en el siglo del pueblo”, según el pensamiento del Vicepresidente de los Estados Unidos, Mr. Henry Wállace. El conjunto latinoamericano con ello no sólo pagará a Europa parte de la viejadeuda que tiene contraída, no sólo será contribuyente indispensable a la reconstrucción de una mejor humanidad, sino que, al calor de esta epopeya, nuestros países apurarán su formación, afirmando su personalidad y libertad económica, dando la democracia una base más sólida y un contenido más genuino.

Pero ese nuevo día sólo alboreará a condición de que su aurora no nos sorprenda durmiendo ni seamos el desertor de la escena contemporánea. Todo aquello se cumplirá en la medida en que nos libremos del complejo aldeano, en que haga camino en nuestro ser nacional la lúcida y militante conciencia de que ser hijos de Chile y hombres de América exige rechazar en el drama mundial él papel del villano. Hay que arrojar por la borda ese peregrino y presuntuoso creer lugareño de que constituimos un pequeño mundo paralelo al resto del mundo, de que podemos marchar sin él y aún contra él.Nada tan deplorable f malsano como ese exclusivismo lunático, esa embriaguez producida por el licor barato de la vanidad chovinista. Nubla las cabezas con los deletéreos vapores y las ensoñaciones descabelladas de un inefable universo uninacional. Ese espejismo, ayuno de todo crítico y saludable realismo, operando sobre una base semicolonial y al influjo de los agentes interesados en tapar el camino del futuro, engendra la abundante secuela de políticos diminutos, caudillejos de barrio, practicantes del ombliguismo, verdaderos subproductos de la historia, que infestan ciertos‑ círculos e imponen en ellos una tesitura mediocre, un tono de zarzuela.

Para ellos es terapéutico un baño en el mar de nuestra Propia historia, página pequeña, pero página que no podemos arrancar de la historia universal.

Pocas aventuras del espíritu son tan apasionantes como emprender el viaje de regreso a las regiones del pasado, penetrar un poco en el viejo corazón arrugado de experiencias de nuestra historia, romper la corteza de lo actual para tocar la materia de nuestros tiempos primitivos. Allí no encontraremos un llano frío, cubierto por la apacibilidad de la muerte, sino una zigzagueante tempestad, los rayos siempre activos de nuestra ascendencia, la fuerza y los ecos de nuestros orígenes. Y sentiremos, sobre la tierra fértil de ese inmenso cementerio de profundos hechos desaparecidos, florecer nuestros tiempos, el valle sobre el cual vivimos, nutrido siempre por las corrientes subterráneas del ayer.

Resulta tonificante asomarse a ese extendido ayer del mundo, en que lo viviente ocupa sólo un momento sobre el haz de la tierra, y la historia trata apenas un período increiblemente breve de la vida de la humanidad. En esa larga edad obscura e ignorada, impulsada a tientas por la necesidad humana de subsistir y reproducirse, por la producción y reproducción de la vida inmediata, lo que prima es la cruenta lucha por el alimento, por la vivienda y el abrigo, por propagar la especie. Y ésta, expresándose en las formas más salvajes, genera la fuerza motriz que empuja, lentamente, al hombre a través de infinitos tropiezos, en un proceso de milenios y milenios, hacia la historia, en que la raza humana vivió sin existir divisiones de clases, dominio de clases o explotación del hombre por el hombre. Y esto sirve para hacer comprender a los vivos que probablemente a la humanidad le queda por avanzar todavía un trayecto tras el que nuestra orgullosa historia aparezca como una prehistoria salvaje, desgarrada por guerras peores que los peores cataclismos de la naturaleza.

Tal es la historia como drama entre los dramas, conflicto de acción continua, al cual nadie se puede restar. Biografía inconclusa del mundo, del hombre, de la sociedad; testimonio escrito del antepasado colectivo, índice, concatenación y memoria de cómo se forjó la vida del pueblo, moviéndose entré los vaivenes de las luchas por la libertad y la justicia; entre las cambiantes fortunas de la revolución y de la contrarrevolución. La historia o los hombres en movimiento. La historia de las masas, su principal y, sin embargo, anónimo arquitecto, trabajando día y noche con los materiales de construcción proporcionados por las condiciones de la vida real.

La historia, soberbia y humilde, retrato del hombre, producto de sus grandes y pequeños fabricantes, y fábrica todopoderosa que a su turno los crea y recrea, está inundada de torrentes y de baños de sangre, está repleta de momentos cumbres y de instantes miserables, de agrios contendientes, de vida y de muerte.

Y, a pesar de todo, nada hay tan terriblemente conmovedor como esa vitalidad del hombre que hace que siempre la historia, su vida, corra, sin fatigarse, la eterna carrera de postas. Quiere entregar más luminosa a las generaciones que vienen la tradicional antorcha, su mensaje de eterno pasadero, anhelante de poner su planta dos metros mis allá de su abuelo.

Este inmenso y perpetuo tema sinfónico, orquestado a la luz en apariencia dormida de un viviente pasado, ejerce sobre el hombre la atracción de una oferta para pulsar las cuerdas más íntimas del misterio de los siglos y revelar así su propio enigma, propender al conocimiento de su pueblo, de su país, de sí mismo, y conociendo el pasado, hacer su destino.

Dentro de esta titánica grandeza se comprende cuán pequeña resultará esta obertura europea, la así llamada “Noche Medieval”, de donde surge la aurora de América.

 

 

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Capitulo I

PAISAJE DEL MEDIOEVO:

LA MATERIA Y EL CIELO

 

La vida social es esencialmente PRÁCTICA. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran la solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica.

(Carlos Marx)

 

La «Noche de la Edad Media» tuvo, a despecho del sombrío calificativo que la escolta, y al igual que todas las épocas, sus días y sus noches. También durante ella la humanidad marchó, aunque con lentitud, hacia adelante. Naturalmente, poseía una iluminación sui generis, que en la actualidad sería intolerable, pero que en aquel tiempo cumplió su misión. Por otra parte, las más densas y aterradoras tinieblas del Medioevo -y las vivió en exceso- irradiarían hoy como un mediodía esplendoroso en comparación en el «Nuevo Orden» de Hitler.

La Edad Media fue lo que tenía que ser. Y no porque estuviera atada a los insondables designios de la predestinación divina ni porque así lo dispusiera una vasta y cruel casualidad, sino porque el equilibrio de las fuerzas que operaban en su seno determinó ciertas formas económicas, políticas, religiosas, y cristalizó definidos momentos estáticos, tendientes a inmovilizar el ritmo de la existencia. La finalidad perseguida por la clase dominante medieval -similar a la de todas las clases dominantes- fue ahogar en ella los gérmenes de transformación y rebelión, pulverizar el generador de energía y movimiento, detener la evolución social y fijarla en un punto muerto, haciendo del feudalismo el régimen imperante por los siglos de los siglos, o «para los próximos diez mil años», según una expresión del presente. En esta empresa, históricamente condenada al fracaso, obtuvo un éxito temporal, pues el feudalismo dominó sobre el mundo europeo un largo milenio y sus vestigios aún subsisten, se han diseminado y han echado fuertes raíces en otras regiones de la tierra, inclusive en Latinoamérica.

La sociedad feudal fue la heredera de la sociedad esclavista. Y en los siglos de emergencia de la primera etapa del feudalismo, la Iglesia cristiana constituyó un elemento de positivo avance. Desempeñó la misión fundamental de albacea del testamento de la antigüedad. En el indescriptible caos que estalló y siguió al hundimiento inmenso del Imperio Romano, salvó los restos del naufragio que merecían, a su juicio, ser preservados. En medio de ese nuevo diluvio humano, el cristianismo fue, en cierto sentido, el Arca de Noé, donde se conservaron encerrados los monumentos más representativos de la cultura clásica.

¿Cómo pudo sobrevivir el cristianismo en medio de la catástrofe general y protagonizar el papel supremo en la reconstrucción del mundo?

Estábale reservado ese grandioso destino, ya que era, precisamente, uno de los fermentos de disgregación y renovación que habían contribuido con más tenaz ímpetu a dislocar y cavar la ruina del orden antiguo. Fue una joven ideología funesta para un sistema en crisis, en que las relaciones sociales que imponía estaban en desacuerdo con las emergentes fuerzas productivas, generadas en su seno, y con los nuevos elementos aportados por las tribus bárbaras, que golpeaban desde hacía varias centurias a las puertas del Imperio.

El cristianismo prendió primero en las grandes masas […]

[“…] para salir a la luz del dia. Ese partido de la revuelta, que se conocia con el nombre de los cristianos, tenia tambien una fuerte representacion en el ejercito; legiones enteras eran cristianas.”(2)[*]

 

 

 

Capitulo II

LA CLASE MEDIA ENTRA EN ESCENA

 

La burguesía es por sí misma producto de un largo desenvolvimiento, de una serie de revoluciones en los medios de producción y de comunicación.” [1]

El laberinto de los mapas contemporáneos, tan complicados por los numerosos y bruscos cambios que se operan en estos años de transición, parecería una estructura sencilla si lo comparásemos con, las cartas geográficas medievales. En ellas el continente europeo dá la impresión de un verdadero “pandemonium”, lleno de divisiones y subdivisiones, correspondientes a millares de señoríos. En todos aquellos países la producción feudal se caracterizó “por la división del suelo entre el mayor número posible de sujetos.” [2]

Tal desorden era exponente del caos impuesto por el latifundio originario de la antigüedad, pero que alcanzó su apogeo en la Edad Media, de la cual fue cédula fundamental, en su calidad de base económica del feudalismo.

Anidaba en cada latifundista un pichón de monarca, un reyezuelo engreído rodeado de su pequeña corte, emplazada en el corazón de su dominio: el castillo fortaleza, la iglesia catedral o la abadía. Su poderío no se medía por el valor de sus rentas, sino por la extensión de sus tierras y el número de habitantes que vivían dentro de sus lindes. Eran estos sus siervos económicos, sus vasallos políticos y los guerreros que luchaban bajo su pabellón. En medio de semejante panorama, durante la época inicial de la Edad Media, la autoridad real fue más bien ficticia, teórica, y allí hunde también sus raíces la permanente refriega por el suelo y el aumento dela cifra de los siervos y colonos que asoló aquella era.

Hoy algunos vocean en Chile la consigna “Ni hombre sin tierra ni tierra sin hombres”. En el Medioevo circulaba una parecida en la forma, pero animada por un opuesto sentido: “Ni señor sin tierra ni tierra sin señor.” [3] Era el lema, el santo y seña de la época.

Pues no sólo los siervos carecían de ella, aunque, de modo nominal, algunos tuviesen derecho a una parte. Entre los desheredados figuraban también muchos nobles. Tal hecho minaba la piedra miliaria, vulneraba la esencia misma del feudalismo y plagaba Europa de segundones.

Este sustrato empobrecido de la aristocracia, desposeído de bienes, acosado por las deudas, ardía, en rencor hacia sus hermanos más afortunados de clase, que se habían engullido su porción. Condensábase el odio, amenazando desbordar los moldes establecidos. Los señores ricos y, en especial, “el centro internacional del feudalismo”, la Iglesia, temían el estallido de la ira acumulada.

Entonces un rayo divino no iluminó el camino de Damasco, pero sí el de Jerusalén. Esta extraña luz reveladora encomendó al Papado unir a la cristiandad entera, a fin de que, superadas las diferencias internas, fuese a combatir por el rescate del Santo Sepulcro, en poder del Islam.

Híbridos cuerpos expedicionarios de místicos y bandoleros, formando un ejército cruel, emprendieron una de las guerras de fondo económico más colosales de toda la historia.

Bajo el emblema pontificio, se puso en movimiento ese fogoso océano humano, de bajas, y elevadas pasiones, de fe y sed de riquezas, en cuyas ondas borrascosas Pedro el Ermitaño iba predicando sobre su jadeante borrico, mezclado al ardor del saqueo, y la Iglesia, con sorprendente naturalidad, sostenía un diálogo cordial con la sangre.

¿Cuáles, eran los móviles que empujaban a los diversos grupos participantes? ¿Un simple afán de cumplir con el mandato de la Santa Cruz? ¿No había entre los objetivos que lanzaban a la aventura a ésta trashumante caravana un acicate más fuerte? ¿Qué perseguían, por ejemplo, los castellanos dueños de vastas posesiones señoriales? Otras posesiones y el incentivo de un espléndido botín oriental.

¿Qué querían los señoressin tierras? Amaban lo que no tenían. Deseaban tierras sin señores, bienes mostrencos, aunque fuese a la fuerza. Y, como a los demás, les impulsaba la perspectiva de coronar sus futuros dominios con el engaste del pillaje en gran escala.

¿Por qué motivos la Iglesia asumía con tanto fervor su papel de empresario y General en Jefe de las Cruzadas? ¿Qué sublime trofeo ambicionaba?

En verdad, alentaba designios más ambiciosos que todos los otros sectores. Buscaba su “espacio vital”. Quería extender las fronteras del mundo cristiano, imponer su credo a las poblaciones de grandes comarcas dominadas por los musulmanes y liberar del sacrílego imperio islámico la tumba de Jesucristo. Aspira a fundir, bajo su férula, en un solo todo, las iglesias oriental y occidental, aprovechando la aparente decadencia del Imperio Bizantino.

Empero, hay algo más. La riqueza llama a la riqueza. Como la Iglesia es el primer latifundista del orbe, no es raro que apadrine y bendiga guerras en que la cruz se funde con la espada, cuando de este maridaje van a derivar nuevos territorios agregados a su ya ingente patrimonio.

La Iglesia no echa al olvido que personifica el poder más extenso e influyente de la tierra. Siendo la primera fuerza social, es su imperativo velar por la preservación del orden. Abomina de los elementos de disgregación y disturbio que germinan en la vida medieval y pretenden trastornar la correlación vigente.

Porque bajo la luz reverberante de la caballería, había algo podrido. Tras el bello rostro legendario del Rey Arturo, de las proezas de Ricardo Corazón de León, raspando el barniz de la Mesa Redonda, se descubría un trasmundo lóbrego y egoísta, pares perezosos y pendencieros, pequeñas guerras locales de “gangsters” calados con armaduras. Semejante fuente de intranquilidad incrementaba su caudal hervoroso con esos gentiles hombres sin tierras, con los siervos levantiscos al acecho del desorden y los inquietantes asomos de. herejía que comenzaban a despuntar entre los pastores de los Alpes.

Las Cruzadas fueron el lenitivo, la, gigantesca puerta de escape. Puerta falsa, sin duda, pero que, al fin y al cabo, servía para, aliviar al enfermo por algún tiempo. Una típica sangría medieval.

La Iglesia llevó a la práctica con asombrosa audaciala teoría de la sublimación. En una tarde de las postrimerías del siglo XI, el Papa Urbano II, autoridad suprema desde Noruega hasta España, desde Irlanda a Bulgaria, arengó a la ciudad francesa de Clermont .Incitó al gran gentío que le escuchaba a alistarse para una próxima cruzada con este edificante y animoso discurso, que no puede tildarse, por cierto, de gazmoño: “Dejad que aquellos que hasta ahora han sido ladrones se hagan soldados. Dejad que aquellos que antes reñían con sus padres y parientes luchen contra los bárbaros como debieran. Dejad que aquellos que hasta ahora han sido mercenarios de corta paga ganen eterna recompensa”. Tras esta perorata, el justo varón impartió su bendición a la multitud, como si hubiese pronunciado alguna santa parábola.

Entonces se agregó a la bullente y turbulenta soldadesca el convidado de piedra, la cenicienta de la sociedad, el personaje que cosecharía mayores ventajas en la aventura: el comerciante.

¿Quién es este plebeyo que viene asentarse a la, noble y majestuosa mesa de los bizarros soldados de Dios? En medio de este reparto de papeles, tan místicos y puros; ¿cuál puede asignársele? ¿De dónde procede el grosero intruso ?

Es un resucitado que re‑cobra penosamente el soplo vital, pues el comercio y los mercaderes habían desaparecido casi por entero en el siglo VIII. ¿Quién, podría olvidar la catástrofe? Entre la calda de Roma y la invasión del Islám, las ciudades tradicionales de Europa continuaron siendo centros mercantiles que extendían por el norte su red hasta la hoya del Rhin,, traficando de preferencia en vinos de’ Oriente, papiro y especias. Pero la ruina que no causaron los bárbaros, fue consumada por los musulmanes, al tapia Occidente, cerrando la; cuenca del Mediterráneo para los cristianos.

Al decaer el intercambio, declinó la vida urbana a un punto casi increíble de pobreza y de monotonía. Las ciudades que lograron substraerse en algo al colapso general, fueron los asientos obispales, que languidecían también, semiabandonados. El oro desapareció de lea circulación, siendo substituido en las reducidas funciones del cambio por la pieza de plata carolingia. Los únicos comerciantes sobrevivientes en aquel momento crepuscular fueron algunos mercaderes judíos radanitas, provenientes de tierras infieles, llamados a mantener una ligazón esporádica entre Oriente y Occidente. Arrostrando innúmeras privaciones y riesgos, importaban damascos y brocados, esmaltes y marfiles, incienso para los sagrados oficios, pimienta preciosa, gengibre, artículos casi todos destinados a satisfacer el amor al lujo de una clientela aristocrática.

En dicha sociedad continental, hermética, el comercio era una actividad condenable, “peligrosa para el alma, pues la aparta de sus fines postreros”, sin decir ya nada del “abominable pecado de la usura”. Mas en ese régimen rural, que consagraba la tierra como el alfa y omega de la riqueza, una vívida excepción resplandecía: Venecia bizantina, ciudad exclusivamente mercantil que imperaba sobre las ondas del Adriático y del Egeo, escoltada en un principio sólo por algunos puertecillos del Sur de Italia. El latifundio y su correlativo, la servidumbre, se desconcían en aquel bullicioso emporio de artesanos, mercaderes y navegantes que ocupaban apenas unos pequeños brillantes islotes en medio del mar oscuro y general del feudalismo.

El triste cuadro de las viejas ciudades deshabitadas recuperaba cierta efímera animación a raíz de las grandes festividades religiosas, que congregaban al clero, a los peregrinos y a los siervos. Sus antiguas murallas servían en tiempos de guerra de asilo a la población comarcana. Aquellos días eran azarosos. Los n Musulmanes habían ocupado casi toda, apaña y pretendían irrumpir en Francia; por el norte merodeabán los normandos, y cada señor ambicionaba la tierra y los siervos del otro. Para conjurar esta inseguridad, se levantaron las moles de los castillos. Llamóseles burgos y la gente de los contornos, los villanos, los burgueses, tenían que trabajar en su edificación y pagar contribuciones para mantener la guarnición apostada en ellos.

A la sombra de estos muros protectores, los errabundos mercaderes vinieron a negociar y a pernoctar. Allí instalaron su primitiva tienda, su posada y su invernadero. Y así fueron paulatinamente formando, junto a los poblados episcopales y a las señoriales fortalezas, un suburbio nuevo, un barrio propio, un burgo, que día a día cobró mayor importancia, hasta transformar len un apéndice suyo a la Iglesia y al castillo originarios. Esta es, en pocaspalabras, la cuna de la ciudad de la era moderna.

¿De dónde procede el habitante del burgo?

Viene de abajo, de la llanura, pie la servidumbre. Empero, ya no es el siervo de la gleba adscrito “como buey sin cuernos” a la tierra señorial. Algunos desertaron del campo enganchándose en los barcos italianos y escandinavos. Solían mirar hacia el burgo llenos de esperanzas. Un expresivo proverbio germánico corría entonces de boca en boca “el aire de la ciudad hace libre al hombre”. Gran número de localidades había conquistado cláusulas similares a las arrancadas por Lorris a Luis VII: “Y cualquiera que haya vivido un año y un día en la parroquia de Lorris quedará libre y no será molestado”, por el señor de la tierra de dónde venía. En las cercanías de esos villorrios, en hitos semejantes a los que hoy señalan el kilometraje a los automovilistas, antaño un letrero a veces decía: “Venid al pueblo y seréis libres”.

La libertad fue el primer privilegio logrado por la burguesía, que mejoró a unan cuartas personas de esa clase. Se trataba de una libertad nada platónica, sino de un instrumento jurídico y práctico, que no sólo le servia para desarrollar el comercio; concedíale libertad para trasladarse a cualquier sitio, portando sus mercancías, libertad para testar, libertad para contratar, libertad para traspasar su fortuna, etc. En la Edad Media, la libertad, como casi todos los privilegios, fue territorial y abrazaba a los habitantes de un determinado lugar.

La ciudad moderna es, además, hija de una contradicción por partida doble. La mayor parte de las villas nacen como ciudades rurales, si cabe la expresión, en las que, luego, por diferenciación profesional, surgen los núcleos artesanales y comerciales. Mercaderes e industriales se yuxtaponen a los centros poblados existentes. Sólo en puntos estratégicos, focos de, intenso tráfico, emergen las ciudades predominantemente mercantiles. Pero fue la lucha de clases, aflorada primero en el campo, entre siervos y señores la que, dio origen a los iniciales apéndices mercantiles, a la revitalización de las ruinosas y abandonadas ciudades de la antigüedad y a la fundación de nuevos centros poblados. Esta antinomia generó, a su vez, la segunda contradicción: la lucha entre la ciudad y el campo, ese antagonismo entre la ciudad y el campo que comienza con la transición de la barbarie a la civilización, de la tribu al Estado, de la localidad a 1a nación, y ha recorrido toda la historia de la civilización hasta el día de hoy”.[4]. Tal contraposición, que resurgió lentamente en la Edad Media, fué uno de sus principios superadores. En contraste con la antigüedad esclavista que floreció especialmente sobre Atenas y Roma, sobre la urbe y sus terrenos colindantes, en donde la ciudad fué el centro rector, aunque, al fin de cuentas, arrebatara a1 campo el torrente sanguíneo que encendí, su combustión vital, el árbol sombrío de la Edad Media se arraigó en el agro e hizo de el su vena yugular. Como un parásito, alimentóse de la decadencia de la, agricultura, y creció a expensas de la caída vertical de la, industria y del comercio, agravada por la dispersión demográfica en tiempos en que la población agraria se calculaba diez veces más numerosa que la urbana. Este mismo fenómeno, hace al siervo sin tierra emigrar a las ciudades donde encuentra, tierra (nuevas poblaciones rurales) o trabajar en la industria o el comercio (nuevos centros mercantiles).

La economía natural y cerrada del señorío feudal excluye al comerciante, vehículo de la producción de fuera, pero no al artesano, que produce dentro. Desaparece casi por completo el intercambio, más no la producción industrial, aunque disminuída notablemente por el eclipse de aquel. Cuando en el proceso de la división del trabajo, el artesano se dedica a una sola rama, se ha dado una zancada transcendente. La economía urbana desarrolla, a este artesano, que antes desempeñaba simultáneamente el papel de vendedor, de comerciante, encargado de llevar el producto de su labor al mecanismo de la circulación.

Al comienzo, los señores, por lo general, promovieron el progreso de las ciudades, pero al mismo tiempo aspiraron a ejercer su hegemonía sobre ella. Les interesaba su auge porque la intensa actividad despertada por la renovación de las transacciones, incrementa sus ingresos por capítulo de alcabalas, peaje y otras clases de gabelas, que van a colmar las arcas señoriales. Pero los burgueses no están dispuestos a dejarse arrebatar el comando ciudadano y cuidan con mucho celo su autoridad sobre el naciente movimiento municipal. Luchan a veces contra todos los señores que amenazan despojarlos de sus privilegios.

En otras, la Iglesia sostiene a los burgueses contra los nobles y en ciertas ocasiones los últimos les asisten contra los obispos y abades.

Constituye éste un significativo episodio, pues empiezan a bifurcarse por la violencia los caminos del campo y de 1a incipiente ciudad. Frente a la estática propiedad territorial, cimentada sobre el dominio señorial, toma forma un tipo peculiar de dominio, que sólo reconoce como sus antecedentes el trabajo y el cambio. Es una categoría embrionaria de capital, que pugna por independizarse de la propiedad feudalista predominante.

En el ínterin se opera en la ciudad un hecho decepcionante. Aunque se muestre desde lejos como sinónimo de igualdad, la verdad es que las nuevas diferencias se tornan en ella progresivamente más irritantes. Las razones materiales son las que determinan el nacimiento de la desigualdad económica; que origina la desigualdad social y política. Casi siempre, los primeros osados que se aprovecharon de la contradicción entre el campo y la ciudad, escogieron y ordenaron el mundo naciente a su favor. La concentración de la propiedad territorial, la formación de las cuantiosas fortunas mobiliarias, son las bases materiales sobre las cuales organizan una policía comunal bajo su mando y toman el control de las posiciones directoras. Así van asumiendo caracteres renovados la, división y explotación de clases en la ciudad.

Basta, verbigracia, con echar una ojeada a los gremios medievales, poseedores del privilegio exclusivo para trabajar en determinado oficio, lo cual encierra por sí sólo un favoritismo para el productor. Pero dentro del gremio mismo, quien disfruta de las granjerías es el maestro, afiliado a la burguesía, dueño del taller, de la materia prima y de las herramientas, el cual, excepción hecha en los comienzos, cuando el gremio es abierto, explota a los aprendices, oficiales, compañeros, que carecen de toda participación en las utilidades.

Estos paternales maestros entornan la puerta para que puedan alcanzar el privilegio de penetrar en el recinto cerrado de los gremios sólo algunos de los advenedizos, en calidad de aprendices. El maestro sostiene que dominar el oficio es un complejo misterio, cuyo cabal conocimiento exige, a veces, la vida entera. Todo está perfectamente calculado para exprimir a los nuevos.

La edad Media es la época de las aureolas. El gremio forma una gran familia patriarcal. El maestro encarna el retrato redivivo del sabio patriarca Abraham, padre de todos los aprendices; por cuya ventura vela. El carácter de la relación entre maestro y aprendices invistió al primero no sólo de la autoridad sobre las horas de trabajo de los últimos, sino sobre toda su vida privada, convirtiéndolo en el amo y juez de cada una de sus acciones.

El símbolo liberador de las ciudades se va volviendo opaco y falaz. Y la errante masa humana rechazada por las gildas, dá origen a turbas de jornaleros, que luego serán el caldo de cultivo de los rebeldes y de los bandidos.

Y, a pesar de su contradicción, la ciudad y el campo coinciden en la pequeñez, en la escala menor, en la falta de vuelo, de aliento resonante y vigoroso. Predominaban en la campiña los métodos más retrasados de explotación de la tierra. El intercambio no rebasaba los límites de un trueque restringido. En la ciudad misma la industria artesanal, con una división del trabajo rudimentaria, se sofocaba dentro de marcos estrechos. Y es sabido que el artesano debía dominar todas las fases de la elaboración del producto y además venderlo.

Las ciudades darán un gran salto cuando lleguen a la segunda fase de la división del trabajo, a la diferenciación entre la industria artesanal y el comercio interior. ¿Cuáles eran las vallas que el comercio precisaba derribar para adquirir una personalidad autónoma? Estaba amordazado por los inconvenientes derivados, en primer término, de la inexistencia de un mercado consumidor. La población urbana era reducida y se vinculaba muy poco entre sí. El dedalo feudal no invitaba muy calurosamente a la relación humana a través de la peligrosa distancia. El “standard” de vida de la gente era en aquel entonces harto más pobre de lo que se puede suponer. Los caminos estaban infestados por el más extenso le impune bandolerismo, causas derivadas a su vez del derrumbamiento del sistema económico y social romano. Tenebroso estado de cosas, con centenares de principados, sobre los cuales no había autoridad central efectiva que pusiera a raya sus desmanes. Con frecuencia, los propios barones eran señores de horca y cuchillo y asaltantes que despojaban a los que se aventuraban por los caminos. Todo esto contribuía a que la vida en las poblaciones fuese sobremanera apática y reducida a las más primarias necesidades.

El aumento del comercio exterior, el desarrollo de la cultura, el afán de lujo, fenómenos todos inherentes al crecimiento de las ciudades, harán más tarde imposible la satisfacción de las urgencias ascendentes de sus habitantes por medio de la venta que los mismos artesanos efectuaban de sus objetos. El viento de la necesidad terminó por desgajar del añoso árbol artesanal una rama exclusivamente dedicada al comercio, sobre todo al exterior, ya que el interior continuó siendo en gran parte función del artesano hasta bien entrada la Edad Moderna. Las exigencias de la producción determinaron la resurrección mercantil; pero, a su turno, el auge de los comerciantes impulsó la producción: Los listos mercaderes hicieron su agosto sacando partido de las múltiples limitaciones locales, encareciendo los productos, especulando a destajo. Pero estos mismos excesos engendraron el desquite: coadyuvaron a la destrucción de esos escollos que llenaban las bolsas de los comerciantes.

Los mercaderes jugaron, ignorándolo, un papel revolucionario de visible influencia, al ser los primeros en supurar el localismo de la vida medieval. Los punteros marcan en el cuadrante la hora en que el mercado diminuto, donde los campesinos suelen congregarse en los días festivos, a la sombra de los conventos, para vender gallinas, huevos y otras menudencias por el estilo se torna arcaico y estrecho. Hasta las angostas e insignificantes ferias, entre las cuales sólo se destacaba la de Saint Denys, llega una inundación comercial de productos de un amplio radio regional. Los traficantes van de aldea en aldea. Junto a la mercadería llevan una confusa idea de unión de su clase. Para protegerse de los merodeadores que acechan en las rutas, se hacen acompañar de una escolta armada. Y aparecen las gildas, en un principio, verdaderas organizaciones colectivas para el tráfico y el cambio. Surgen luego atisbos de producción ‘organizada, derivada, de una tercera división del trabajo: cada pueblo se dedica de preferencia a la elaboración de una rama singular de la producción; lo cual confiere al intercambio un papel cada vez más poderoso.

En la Edad Media, el comerciante profesional, interregional o internacional se pasa al regional, que en un principio es un merocomerciante de ocasión, productor que vende su mercancía en el mercado o en la feria de la localidad.

Como un telón de fondo permanente se agrava el forcejeo de burgueses y señores; los burgueses lidian sin tregua, primero, por obtener, luego por ampliar, y en todo momento por mantener o defender los privilegios conseguidos. Propágase de villa en villa la idea de unir a las ciudades para, la conservación de sus derechos amenazados. Las corporaciones forman bloques, refúndense las hermandades, las hansas. El difuso sentido de clase se acendra y galvaniza a medida que se agrava la lucha contra el feudalismo. Las contradicciones internas de esta naciente burguesía, en que cada villa trabaja por sí misma y a veces en desmedro de la otra, siguen latentes y se ahondan.

El desarrollo comercial, el incremento de la densidad de población, la gestación burguesa, la acumulación del capital en manos de los miembros de las gildas, repercuten también sobre el campo, lo cual es importante teniendo en cuenta, que se trata de un mundo principalmente al servicio de la agricultura. Tales factores serán premisas del adelanto manufacturero, que rompió la marcha y alcanzó mayor volumen con la industria textil. En cada, burgo había un grupo de tejedores que prosperaban gracias “al creciente intercambio, por la, creciente acumulación y movilización del capital a través de la circulación acelerada”. Estos tejedores urbanos empezaron a trabajar pronto para, el mercado internó e internacional y las menguadas aldeas donde se habían establecido se multiplicaron hasta transformarse en muchos casos en las ciudades más renombradas de cada país. Con el transcurso del tiempo, la manufactura desempeñará un papel de singular magnitud. Cierra el imperio de “esas relaciones sociales, que constituyen, el capítulo final de la etapa prehistórica de la sociedad moderna”, según afirma Márx en la “Crítica a la Economía Política”.

La manufactura influyó notablemente sobre el cambio de las relaciones de propiedad. Aunque no consiguió independizarse de los gremios hasta muy avanzada la Edad Moderna, imprimió poco a poco un ímpetu nueva al capital, ayudando la tarea de los comerciantes, cuyo capital se caracterizó desde sus albores por su dinamismo.

La manufactura fue hasta cierto punto el asilo donde se ampararon los hombres rechazados por las gildas, que les cerraban sus, puertas o pretendían hacerlos trabajar por una paga irrisoria. En ella bullía el embrión de una nueva concepción económica y social. “En las gildas la relación patriarcal entre el jornalero y el maestro se mantuvieron iguales; en la manufactura su lugar fué ocupado por la relación monetaria entre trabajador y capitalista una relación que en el campo y en los pequeños pueblo retenía un tinte patriarcal, pero que en las grandes y verdaderas ciudades manufactureras pronto perdieron casi por completo su contextura patriarcal. Con el andar del tiempo, el comercio y la industria crearon la gran burguesía; en las gildas se concentró la pequeña burguesía, que ya no dominó en las ciudades como antes, sino que tuvo que inclinarse ante el poder de los grandes comerciantes y manufactureros”.[5]

La ciudad y sus hijos son la imagen del movimiento continuo, del intercambio infatigable, del centelleo del oro, del comercio que surca los mares desde el Levante hasta las Islas Británicas, que une las florecientes ciudades italianas con los emporios de la Liga Hanseática.

La efervescente movilidad mercantil requiere un nuevo y ágil derecho, que rompa las normas económicas y caballerescas, fabricadas a su amaño por la Iglesia y los señores. Exige una legislación que se pueda aplicaren Asia y en España, que se adapte tanto a los usos de Marsella como de las ciudades eslavas, del cual sea posible extraer el común denominador para todas las plazas del orbe conocido. Conquista entonces su propia ley, el derecho mercantil. El orden burgués en formación no puede vivir confinado en el minúsculo trueque feudal. Ya no se trata simplemente de cambiar dos vacas por una coraza. El tejido se ha enredado: hay que hacer circular y repartir de un extremo a otro del mercado asiático-europeo una avalancha de diferentes mercancías. El oro alcanza un triunfo consagratorio en su prodigioso destino: se convierte en signo universal de cambio. Pero el dinero sonante, metálico, no basta. Se va más lejos. Adviene un vasto despliegue del crédito, que culminará en aquel entonces con la invención de la letra de cambio.

Los burgueses no se consideraban aún como una clase al modo de hoy. Sentíanse participantes de un señorío colectivo, que se diferenció y a veces se opone a otros señoríos colectivos, con intereses contrarios y privilegios que entran en conflicto. Por regla general, sobre todo en los inicios, las ciudades semejan verdaderos feudos colectivos, cuyos titulares son los ciudadanos libres del término. Y, a la manera de los señores feudales, pelean contra los demás ya sean individuales o colectivos. Aunque no se puede perder de vista el particularismo y exclusivismo del mundo feudal, no debe por ello olvidarse que inconscientemente se estaba gestando un proceso formativo de clase. Primero nació el burgués y mucho después la burguesía como clase orgánica.

Tal es el origen y la hoja de antecedentes del personaje enrolado en las Cruzadas para, cumplir sus propósitos por la senda de Dios.

¿Qué móvil guía al mercader por este camino? ¿Marcha acaso a ofrendar su vida para rescatar la tumba de Cristo, que vertió su preciosa sangre para redención de los hombres? ¿Trátase del pago, a mil años plazo, de la deuda que la humanidad contrajo por ese sumo sacrificio y que el comerciante va a cancelar, enfervorizado, en un rapto de desconocida devoción? ¿O va a conquistar tierras para la Iglesia y los señores feudales laicos? Ni lo uno ni lo otro. Va cínicamente en pos de sus propios negocios, con imaginación y falta de escrúpulos.

El árduo problema del abastecimiento y de una línea de retaguardia móvil, que siempre obsesiona a los beligerantes, fue resuelto en las Cruzadas por los mercaderes. Iban tras los guerreros con avituallamientos y pertrechos bélicos. Eran proveedores particulares y satisfacían las necesidades de la larga ruta a precios usurarios. Para no ser menos que sus socios de primera fila, no desdeñaban el pillaje en ese mundo de faz fascinante, al cual entraban a saco.

El suntuoso estilo de vida de los potentados de Oriente encandila a los europeos. Los comerciantes sacan partido del deslumbramiento y espíritu imitativo, contagiando a la nobleza occidental con la pasión del lujo, el amor a los trapos y a la joyería pagana. A raíz de las cruzadas ascendió verticalmente en Europa la demanda de artículos de ostentación.

Tanta importancia revistió el aspecto comercial de las Cruzadas y, por lo tanto, el comerciante, que la tercera bordeó las costas de Palestina sin pretende siquiera aproximarse a la Ciudad Santa. Renunció ala extasiada contemplación de los lugares bíblicos y a la liberación del Dios cautivo, magnetizada por el hechizo comercial que irradiaban las excitantes y coloridas mercancías de los puertos levantinos. Prefirió Antioquía y Esmirna a Jerusalén, y la pompa del manto de brocado al humilde traje talar.

Esta epidemia de fausto y boato –junto a las sempiternas guerras feudales– contribuyeron a destruir la vieja nobleza y a crear una nueva, que adoraba los nacientes valores burgueses y, en especial, el oro y la plata. “La nueva nobleza –hija de su tiempo– veía en el dinero la potencia de las potencias” [6]

Y la cuarta cruzada, iniciada en 1202, traicionó enteramente su significado religioso, desbordada por, el interés mercantil. Olvidó la prometida Sión y se transformó en una guerra veneciana contra los griegos cristianos, sus competidores en el tráfico con el Cercano Oriente. Los cruzados; endeudados con los navieros de Venecia, les pagaron asaltando a los húngaros, también rivales de sus acreedores. Más tarde‑, entraron a saco en Constantinopla. Entonces, la capital adriática instauró en el Helesponto un imperio latino que tuvo más de un siglo de vida.

La historia dio a los comerciantes la razón. La Iglesia y los fieros caballeros araron en el mar. Volvieron grupas con la derrota en el alma y la rebosante epopeya inicial terminó, en sus, aspectos político y religioso, como una tragedia de errores, rubricada con el desastre de San Luis en Túnez el año 1270. Jerusalén, “la ciudad que no necesitaba sol ni luna, que alumbren en ella; porque la claridad de Dios la tiene iluminada. Y sus puertas no se cerraban cada día, porque allí no habrá noche…”[7], quedó sumida en una obscuridad e muerte y con las puertas cerradas para los cristianos. Fué reconquistada por Saladino, siguiendo la misma suerte de Damasco; Aleppo, San Juan de Acre, Sidón, Beyrut. El minarete humilló a la torré, la media luna a la cruz y el estandarte verde del Profeta tornó a ondear sobre las almenas de Oriente.

Empero, la trascendencia mercantil de las Cruzadas no fué tan efímera; por el contrario, perduró y dio frutos apenas soñados. Remeció, carcomió y trizó los cimientos del orden feudal. Agrandó el mundo, descubrió en él nuevas dimensiones. El Mediterráneo fué arrebatado al señorío mahometano, afirmando el dominio cristiano sobre sus aguas mediante la posesión de las estratégicas islas de Cerdeña, Sicilia y Córcega. Su cuenca se convirtió en el gran lago europeo, en la arteria vital de la circulación del corazón comercial del Occidente. El cerco marítimo islámico quedó deshecho, aunque los venecianos no tardarían mucho en imponer su monopolio sobre las costas de Levante.

Las Cruzadas calzaron al comercio botas de siete leguas y aceleraron el ritmo del desarrollo manufacturero. Bajo su impulso, Oriente y Occidente se fundieron en un flujo y reflujo de mercaderías. La cifra de la población, se elevó en progresión geométrica en las ciudades, sobre la base del abandono del campo.

De nuevo el mercader surcó tierras y mares. El punto de cita de la caravana del comercio errante fueron las ferias que comenzaron a surgir en todos los países de Europa en el siglo XI para perdurar hasta las postrimerías del siglo XIII.En épocas fijas del año, los comerciantes, apodados “pies polvorientos”, hacían un alto en el camino hasta por seis semanas y se aprestaban a representar el espectáculo. Su teatro era un solar privilegiado, dotado de la franquicia de paz, cuya perturbación se sancionaba con penas severas. Los feriantes poseían un salvoconducto que los ponía a cubierto de cualquier represalia que se quisiera ejercer por faltas cometidas fuera del recinto indicado.

Las ferias de mayor fama fueron las de Champaña, que atraían mercaderes de casi todo el continente, en especial italianos, flamencos y provenzales. Los primeros divulgaron en ellas la costumbre de “suscribir un pagaré a la orden a determinado plazo”precedente directo de la letra de cambio. Además, fijábanse las ferias como un lugar ordinarrio de la mayoría de las cancelaciones y allí también se hicieron los primeros pagos por compensación.

La feria era el símbolo ruidoso de un mundo en transformación. Se condensaba en ella el ritmo de una nueva vida. Aparecía y fulguraba como miniatura multicolor del universo inquieto de la burguesía comerciante.

Durante algunos días –que eran a la vez el carnaval de la región– el tráfago de los contornos se vaciaba en la feria. Sobre el trasfondo de los barracones ambulantes, vibraba todo un ambiente de acción dramática, ahíto de regateos, de vitalidad a torrentes. Era la exposición bulliciosa de lo antifeudalista: ternura y blasfemia, pala brotas perfectamente iconoclastas, empedernida desvergüenza.

Su traviesa y revuelta humanidad se componía de aldeanos, comerciantes, forasteros y labradores, pícaros charlatanes e hidalgos tronados, menestrales y espadachines, caballeros en busca de aventuras y adiposos burgomaestres, vagabundos, taberneros, truhanes anhelantes, aprendices, compañeros y maestros, pastores y marineros. Una turbamulta truculenta e incesante de mendigos, con autorización para jugar a la berlanga y a los dados. Instalaba allí sus reales una embajada de la Corte de los Milagros o una “troupe” de titiriteros. Toda la escala cromática de la aventura tenía a la feria por plaza de reunión.

Y los musicantes, juglares y trovadores tocaban sus trémulas mandolinas, recitaban y cantaban emocionalmente en la madrugada de los idiomas modernos. Revoloteaban los rítmicos poemas de François de Villon, los Cantos de Gudrún, fragmentos de los Nibelungos, viejas y frescas fábulas. Se representaban los pasatiempos vernaculares, las farsas, los misterios, los autos sacramentales, las pantomimas, las moralidades de la Edad Media sobre un Improvisado tabladillo. Eran los barruntos de un gran teatro popular.

Junto a las festivas y desternillantes farsas de “Maitre Pathelin” y de la “Torta y el Paté”, entonaban el “Dies Irae” y la “Canción de Rolando”. El romance emergía a borbotones del pueblo, pudriendo el convencional y herrumbroso latín de los eruditos y de los clérigos, rompiendo su envejecida cota de mallas. Esa turbulenta y revolucionaria descomposición era la parturienta que alumbraba el amanecer del castellano, del francés, del italiano, etc.

Y entonces, a la caída de la tarde, en las ferias solían subir al cielo antiguas baladas, cadenciosos versículos en “lingua volgare,” y emotivos aires de epopeya. Soplaba el cuerno de batalla. Y los hombres plañían melodiosa y dulcemente en los recuerdos. Revivían “La Muerte de los Doce Pares’“, “De Zaragoza a Roncesvalles”. Alegorías, endechas, letrillas satíricas, restallantes como un látigo, que atacaban a. fuego rasante la corrupción del clero.

Todo el potencial lírico y épico que brota de la tierra. Evocaban cuando “los sarracenos huyen ante Rolando como el ciervo de los perros” y el juramento del sobrino de Carlomagno: “Antes morir que dejar humillada a Francia”.

Pero son los pobres los que están en la gloria y se enardecen cuando cantan “La Canción del Miserable”:

“Así perecen necesariamente de hambre los inocentes,
Con. quienes llenan a diario su vientre los grandes lobos
Que amontonan a miles y a cientos
Los falsos tesoros: el grano, el trigo,
La sangre, los huesos que han arado la tierra
De las pobres gentes, cuyo espíritu clama:
“Venganza a Dios y ¡ay de los señores!…”

 

cuando corean el “Canto a la Igualdad”, glosando el discurso de Adán

“Los reyes poderosos, los condes, los duques,
El conductor del pueblo y el soberano
Cuando nacen, ¿de qué están vestidos?
¡De una sucia piel!”

Se oía la ronca voz de la trompa, guerrera, fluían rondeles, letrillas, serranillas, que, aunque asumieran en muchas ocasiones una forma o argumento religioso, estaban empapadas de resentimiento y reclamo contra la crueldad de los poderosos, rezumando odio de clases.

Nadie se resta al hormiguero trepidante y seductor. Ya no es el reducido y opaco mercado basado en el trueque de productos agrícolas y en la artesanía menor. Ahora, hénos frente a una institución soberana, un pequeño estado independiente, regido mediante leyes propias, por cuya observancia vela una policía autónoma.

Cuando el calendario marca la iniciación de la feria, la comarca vive entusiasmada. Durante semanas, desde el alba al anochecer, su llama crepita en el centro de las transacciones, estimulando la venta de finos paños, de orfebrería delicada, de aperos de labranza, de utensilios domésticos. Un desfile de baratijas, de frágiles figulinas, desde los objetos más esenciales para la vida cotidiana hasta las más superfluas chucherías.

Pero el día radiante, estelar de la feria es el de clausura. Parece raro que su apoteósis coincida con la despedida. ¿Acaso la multitud quiere agotar en las pocas horas que quedan todo el goce que pueda depararle el curioso e incomparable espectáculo viajero? El apogeo final se debe a una razón de naturaleza diversa. La feria alcanza su “clímax” el último día porque sólo entonces resuena en ella la sugerente música del oro y la plata, el bimetalismo indiscutible en todo el orbe.” “En el ámbito nacional de la circulación, puede servir de medida de valor una sola mercancía; pero en el mercado universal hay una doble medida de valores: el oro y la plata”. Un signo de anunciación capitalista, pues “desde el punto de vista histórico, el capital se levanta frente a la propiedad territorial bajo forma de dinero, de fortuna monetaria o de capital usurario”.[8]

Es la jornada dedicada en forma exclusiva a las operaciones en dinero o en otros instrumentos de cambio, durante la cual se levanta la prohibición de practicar la usura.

En el Norte de Italia y en Flandes florecen los primeros grandes centros comerciales. Los venecianos, a partir del siglo X, invaden la costa dálmata y, contraviniendo la prohibición papal, raptan jóvenes cristianas, que venden como esclavas a los serrallos del Asia Menor. Sin embargo, son las especias las que los colmarán de riquezas. Sus barcos hacen escalas en Siria, de donde parten las mercancías hacia China y la India, a la vez que sus bodegas se abarrotan de productos exóticos.

Trípoli, Salónica, Adrianópolis, Constantinopla y Trebizonda son sus puertos regulares de arribada. Llevan al Oriente tejidos de lana, madera, esclavos, antimonio, coral, mercurio, arsénico, estaño, plomo, cobre y, en especial, metales nobles. Y retornaban con sus navíos cargados de caña de azúcar árabe o persa, cristalería, porcelana, tapicería, madera de sándalo de la India, alcanfor de Sumatra y Borneo.

Venecia es la perla‑madre en el esplendoroso collar del Adriático. Para conservar intacto e indiviso dicho cetro no vacila en plagar su historia de conflictos con otras ciudades italianas, en particular con Génova y Pisa. La supremacía de los mares le impone como tributo un desangre continuo.

En el litoral flamenco brillaba el puerto de mayor importancia internacional de aquella época, Brujas, viviente y tumultuosa, donde, sobre un fondo tentacular de. mástiles, arboladuras y cordajes, mercaderes florentinos y venecianos, hanseáticos, catalanes, bretones, gallegos, portugueses, escandinavos, etc., traficantes de las más remotas latitudes, ataviados con pintorescas vestimentas y hablando lenguas diversas, atienden en sus “fondacos”, factorías o bazares; consagrándola como una auténtica metrópolis comercial, toma de contacto entre los comerciantes de Europa septentrional y del Mediterráneo. Además, Brujas está señalada en las cartas de marear y en los libros de los sobrecargos como el puerto de partida en la travesía, siempre a la gruesa ventura, hacia los parajes de la península escandinava y de la estepa, eslava.

Fin ese tiempo de mercaderes y peregrinos, los mercaderes viajaban tanto como los segundos, pero conseguían utilidades más pingües, en una caminata sin fin, cuya meta era cada uno y ninguno de los puntos del trayecto. El vaivén, el círculo invariable de sus vidas era arriar y desplegar velas, plantar y levantar sus tiendas.

Ellos estaban cumpliendo involuntariamente una gran función: alumbrando el capitalismo, pues “la circulación de, mercaderías es e1 punto de partida del capital. La producción de mercancías y su circulación desarrollada, es decir, el comercio, constituyen los factores históricos que hacen nacer el capital.”[9]

De regreso del Asia Menor, instalaban sus tiendas plegadizas y portátiles en Segovia, Villalón, Medina de Rioseco y Medina del Campo, la principal feria de España, “donde el dar y tomar a cambio ha pasado de cincuenta millones de escudos”[10]. Luego veíaseles en Marsella, Narbona, Montpellier. Por ejemplo, París se erigió en plaza de operaciones de traficantes italianos. Gracias al impulso de los forasteros, cobró alto vuelo el comercio de exportación de vinos de Burdeos, que generó los “Roles del Olerón”, uno de los primeros monumentos clásicos del Derecho Marítimo.

Después de recorrer las villas de Lombardía, franqueaban los Alpes, ordinariamente por el paso del Brenner, en dirección a Alemania meridional. Ponían en agitación el extenso valle y alcanzaban hasta las ciudades del Hansa Teutónica, entre otras, Lübeck, Nuremberg, Rostock, Danzig, Hamburgo. Justamente a fin de facilitar este tránsito, se construyó en el siglo XIII el primer puente colgante, sobre los desfiladeros de San Gotardo. El espacio encerrado entre los brazos de los ríos Escalda, Mosa y Rhin fue famoso escenario de un incesante ir y venir de mercaderes.

Pronto tornaban a levar anclas. Un salto sobre el mar, hasta Inglaterra. Ponían pié en el “Steelyard” de Londres, y reanudaban la marcha, rumbo a las ferias de Saint‑Ives, Westminster, Bristol, de donde volvían con cargamentos de lana –a la cual los ingleses llamaban el “Vellocino de Oro”, “La Diosa de los Comerciantes”–, trayendo, además, partidas de cuero, pieles y estaño.

Los comerciantes del Hansa soltaban a su turno amarras en dirección a Bergen, donde las sagas escandinavas cantaban las odiseas de sus marineros que en los siglos XI y XII llegaban hasta Groenlandia e Islandia. Los tudescos se instalaron en Estocolmo y luego echaron mano a las ricas pesquerías de Schonen, traficando también en maderas, cobre, hierro; carnes y granos. Más tarde, abalanzáronse sobre Riga y Reval, y penetraban en Polonia. Y tan pronto como el primer sol hacia brillar sobre la noche blanca de la estepa la luz tenue y auroral de la primavera, y comenzaba el deshielo en los ríos de Rusia, llegaban a ella, coincidiendo su arribo con la resurrección de la vida de la tierra. Allí donde todavía gemía la glacial ventisca, se encontraba el, límite septentrional de su universo Novgorod, cien millas al sur del lugar donde hoy se levanta Leningrado. Su furente vital eran las minas de plata, reputadas las más ricas de ese tiempo. Aquel extremo del mapa comercial de Occidente despertaba de su sueño de invierno con un dinamismo de soberbio centro internacional. Los forasteros traían paños, especias, sederías de Bengala, en policroma profusión, y regresaban con sus carros atestados de cereales, pieles, seda, miel, fibra de lino. De paso por el Principado de Moscú, trocaban por frutos naturales flamantes telas, armas y joyas.

En el siglo XII los pechenegas implantaron su dominio en las márgenes del Mar Caspio, cortando la primordial ruta que entroncaba el Hansa teutónica con Bizancio, Rusia con el Califato de Bagdad. Este fue un contratiempo muy serio para los mercaderes de entonces.

Y si Novgorod y Moscú son los hitos fronterizos que dicen: “Aquí acaba el mundo”, bien sabemos que para los traficantes de hoy como de ayer, el fin del mundo y las fronteras solemnes y aterradoras son incómodos prejuicios si tras ellas les llama y atrae el imán de las ganancias. Entonces, intrépidas cabalgatas, mitad mercantiles, mitad exploradoras, formaron una sutil corriente comercial, ansiosa de filtrarse a la tierra prohibida.

Al otro lado del muro divisorio se extendía “La Horda de Oro”, el imperio mongol‑tártaro, fundado por Temuchin, Genghis‑Khan, apodado por sus enemigos “El Azote de Dios”, “El Poderoso Asesino”, y por sus súbditos “El Acero más fino”, “Él Hombre Supremo de la Tierra”.

Contradictorio destino el de este, nómada, cazador, pastor; un genio militar, según algunos de sus biógrafos, superior a Napoleón, precursor de la “guerra relámpago”. Nacido y sepultado en el desierto del Gobi, fué dueño de la mitad del mundo. Sus dominios reclinaban la cabeza en Pekín, donde había destronado al Hijo del Cielo. El corazón de su imperio estaba en Karakhorum, “arena negra”, la caliente capital devorada por las dunas y el viento. Refrescaba sus pies en las aguas del Volga, después de vencer al Zar Blanco de Rusia, en una época en que ésta se revolvía dividida en sesenta y cuatro señorios. Sus terroríficos jinetes inspiraron a un erudito mahometano este epitafio: “Vivieron, asesinaron, cargaron su botín y partieron” y hacían sollozar a nuestra conocida Reina Blanca de Castilla, clamando por San Luis: “¿Dónde estás, Hijo Mío?”.

Creó ejércitos que pasearon en triunfo el estandarte de las nueve colas hasta el Adriático y las puertas de Viena. Era analfabeto y, sin embargo, dio un código a cincuenta pueblos construyendo un imperio tres veces secular, cuyas últimas plazas fuertes en Rusia sólo vino a perder en 1555, a manos de Iván el Terrible, campeón de la independencia de su patria y de la unificación nacional.

Este bárbaro y sus sucesores fueron un puente de sangre que unió más firmemente a Europa con el Oriente. Era feroz, sanguinario y… suave y generoso cuando razones políticas lo aconsejaban. Bajo su imperio los cristianos pudieron visitar libremente la Tierra Santa y entrever el País de las Maravillas, vislumbrar un mundo de sueños hechiceros, donde se reverenciaba, el ocultismo y la astrología. Fabuloso imperio del Catay, Reino del Preste Juan, Califato de Bagdad, el libro vivo y entreabierto de “Las Mil y Una Noches”, el halo legendario de Harun‑alRaschid, contemporáneo de Carlomagno.

Su corte era un hervidero. de príncipes rusos, de predicadores nestorianos, señores turcos, embajadores de los sultanes sarracenos, sacerdotes budistas, mercaderes bizantinos, dignatarios armenios.

Rubruquis, un monje de Brabante, parte hacia el Este de Asia a mediados del siglo XIII. Plano Carpini, Ascelin, intentaron el mismo viaje. Las intrigadas incursiones europeas quieren trabar contacta con el monumental misterio asiático. “Este mundo prodigioso debe ser de carne y hueso” les cuchichea el aguijón de su instinto práctico. Es preciso descorrer el velo. En el año 653 ya habían llegado a China algunos misioneros cristianos, cuando el país del té conocía la fabricación del papel y la impresión con tipos de madera. Conforme a las instrucciones del Papa, querían convertir a los mongoles, que profesaban el “sumanismo”, una especie de paganismo primitivo.

Mas todo aquello fue apenas un hilillo que se perdió, sorbido por la inmensidad de arena de la lejanía. Un valeroso expedicionario salió de la ciudad comercial por excelencia, Venecia. Se llamaba Marco Polo y pertenecía a una familia de mercaderes. Sigue el rastro, de sus adelantados y Carpini y Rubruquis, avanzando por la que hoy es carretera de abastecimiento para los ejércitos de Chiang‑Kay‑Shek, la célebre “ruta de seda”; a través del Cathay. Ese camino, que actualmente huellan las llantas de los camiones cargados de material bélico, en tiempos de Marco Polo sólo ofrecía a los guías pisadas de camellos. El joven veneciano llegó en 1272 a la capital de la China, donde entabló una cálida amistad con el Gran Khan. En su homenaje, un famoso puente en las afueras de Pekín fue bautizado “Puente Marco Polo”. El 7 de Julio de 1937 las tropas niponas encendieron precisamente sobre su calzada la agresión contra China.

Marco Polo fue un comerciante ultranovelesco, poseído por la aventura, el signo de la época. De resukas de su odisea, firmas venecianas y genovesas mantuvieron durante tres siglos lazos constantes con China y extendieron su giro hasta las Molucas. La pimienta, el índigo y el gengibre se abrieron más ancho acceso a Europa, a raíz de su expedición. Personalmente se cuidó de ganara manos llenas. Después de deslumbrar a su ciudad natal con un oriental despliegue de joyas, lo apodaron “Messer Millioni”.

Pero su fama deriva preferentemente de la publicación de su libro de viajes, que inflamó la fantasía europea durante varias centurias. Un relato maravilloso, mitad verdad, mitad mentira, que los juglares cantaban por todos los ámbitos del Occidente, conmoviendo y dejando estupefactos a ricos y pobres, despertando en ellos un hambre violenta de ver esas tierras mágicas y mitológicas. Para el alma europea la narración del veneciano fué un verdadero terremoto espiritual que; tras los muros caídos del misterio, prometía un paraíso en la tierra, un jardín donde todo era extraña felicidad.

Doscientos años después, un obscuro visionario genovés devora un volumen ajado, lo subraya: y acota con ambiciosos comentarios. “Los Viajes de Marco. Polo, un veneciano, en el Siglo Trece”. Embebíase en la nómenclatura enigmática de los países que desfilaban por sus páginas, y aceptaba Como dogma de fé más que como datos científicos sus asertos y descripciones geográficas. Leyendo este libro, afirmóse en su propósito de llegar, navegando hacia el Poniente, en un viaje de circunvalación, hasta las tierras del Gran Khan. Ese hombre era Cristóbal Colón, y el ejemplar por él glosado está en Sevilla.

En 1453, Constantinopla cayó en poder de los turcos y el acceso al Oriente, en particular para los genoveses, que son enemigos jurados de los venecianos, aliados a su vez con los nuevos dueños de Bizancio en su guerra contra los griegos, quedó clausurado. Era más que nunca imprescindible encontrar una salida al Asia cruzando e1 Atlántico, el “Mar Tenebroso”. El 3 de Agostó de e 1492, Colón se hizo a la vela, en busca de los dominios del Gran Khan. Pero la aguja magnética enfilaba sus pobres carabelas hacia la fascinación de lo desconocido y habría de llevar al alucinado navegante a descubrir América por equivocación, en el error más sensacional y afortunado que registra la historia.

En el Diario de Ruta de su primer viaje, copiando casi textualmente a Toscanelli, Colón escribe, aludiendo a su objetivo de encontrar las tierras del Gran Khan

“La información que yo había dado a V.V. A.A: de las tierras de India y de un príncipe que es llamado Gran Can, que quiere decir en nuestro romance Rey de los Reyes, como muchas veces él y sus antecesores habían enviado a Roma a pedir doctores en nuestra santa fé, porque les enseñasen en ella…”[11]

De tal suerte, el Gran Khan tiene algo que ver con nuestro continente y el comercio y la indagación de nuevos derroteros y mercados por la burguesía en ascensión fueron las fuerzas motrices cardinales que hicieron posible el magnífico hallazgo.

La burguesía encarnó la palanca de Arquímedes que faltaba para poner en, movimiento, la humanidad, para extender, integrar y modelar el planeta. Personificó al mensajero y al joven Dios forjador de un nuevo internacionalismo antifeudal, precursor y paladín de los más grandiosos descubrimientos.

 

 

Capitulo III

GRANDEZA Y MISERIA DE LA PRIMAVERA BURGUESA

 

“Florencia, que es a la vez la ciudad de los banqueros y de los fabricantes de telas, vio a las masas obreras arrebatar el poder, tras cruenta lucha, a las clases capitalistas.

No será exagerado decir que en las márgenes, del Escalda, lo mismo que en las del Arno, los revolucionarios quisieron imponer a sus adversarios la dictadura del proletariado.”

HENRY PIRENNE [12].

 

Durante casi todo el Medioevo, cada ciudad –creación del burgués en favor del burgués– constituye la vértebra suelta de una nueva clase sin espíritu de clase. La ciudad trata, al campo como a un siervo, al cual esquilma a conciencia, sin compartir con él ninguno de sus privilegios y ganancias, conforme a una, actitud que implica el rechazo del menor atisbo democrático.Cada población se desenvuelve a despecho del resto de la vida urbana, encastillada en un paxtficularismá excluyente. Ya hemos visto cómo el desarrollo de las fuerzas productivas, en especial, el auge del comercio internacional, al fomentar una más constante relación entre las villas, va poco a poco galvanizando las capas ciudadanas, infundiéndoles sentido de clase y uniformidad de miras, y va moldeando lentamente las formas del que en un principio fuera confuso sueño burgués de dominar la sociedad de esa época.

Las nacientes oligarquías urbanas perciben con disgusto el enorme y convulsivo campo de Agramante del panorama europeo, seccionado en mil pedazos por las alambradas feudales. La confusión inextricable que siembran las guerras y guerrillas crónicas entre los señores, corroen como un violento absceso la humanidad occidental, aplastando el clima propicio al progreso mercantil, haciendo llover sobre los villanos impuestos exorbitantes, agobiadores derechos.

Europa parecía agonizar en un largo Miércoles de Ceniza. Naufragaba el hombre en un mar de calamidades, hambrunas, depredaciones, epidemias, hecatombes y torturas en público. El “abracadabra” subraya el paisaje de vidas diezmadas, de tormentos y lamentaciones. El telón de fondo de toda esa escenografía tenebrosa era la peste negra, que entre 1343 y 1350 devoró un tercio de la población europea.

Tal amalgama de rapacidad, desgracias, caos y crueldad, envuelta en una continua oleada de sangre, era la nota dominante en 1a hora cero de la aparición del mundo burgués.

Dentro de aquel templo de la discordia, la mayoría de los príncipes laicos y eclesiásticos acuñaban moneda por cuenta propia y disminuía su valor intrínseco, para reemplazarlo por una aleación deleznable.

“El oro como medio de circulación se diferencia del oro tomado como padrón de precios y cesa, pues, de ser el equivalente de las mercancías cuyo precio realiza. La historia de esta confusión constituye la historia de las monedas en la Edad Media y hasta el siglo XVIII”. [13]

En Alemania, donde circulaban setecientas monedas de distinto cuño, hubo feudales, como Bernardo de Ascania, que, suspendieron el curso forzoso del numerario hasta tres veces por año, a fin de incautarse del metal noble que contenía. En Francia alrededor de trescientos señores habíanse arrogado por sí y ante sí la facultad de sellar moneda. Algo análogo, aunque en menor grado, aconteció en España, hasta el reinado de Alfonso XI de Castilla, quien introdujo la moneda oro. Tan duro azote no afligía con la misma virulencia zonas, donde el feudalismo no imperaba, verbigracia, Venecia, cuyo “gros,”, alcanzó vigencia internacional, o. en tierras como Sicilia, donde circularon las “augustales” de oro, acuñadas en 1231 por Federico II, calificadas por Pirenne como “la obra maestra de la numismática medieval”.

Son de imaginar los efectos producidos por ese perturbador cafarnaun de la moneda, que impedía al comercio hablar un idioma común en las esferas local y exterior, y refrenaba su expansión. Tornóse, por esto, aún más Inminente el choque del mercader contra esas barreras e interdicciones, que bloqueaban su camino. “Es la lucha de la ciudad contra el campo, de la industria contra el terrateniente, de la economía basada en el dinero contra la economía natural”.[14]

La burguesía entra en, acción para disputar la hegemonía, en el cuadro social a la nobleza tradicional. Como título de triunfo dispone de algo más fuerte, e imponderable que la caballería andante. Se sirve de una nueva, corruptora y persuasiva deidad, que comienza a encaramarse en el altar del mundo. Será consagrada divinidad entre divinidades, alma y potencia de esa era que recién empieza a levantar su cabeza.

A su lado, suena a hueco la vanagloria feudal, y la conmovedora gama de las virtudes heroicas, contempladas en las tablas medievales, huele a ingenua, y vanidosa falsedad. Todos esos altisonantes sentimientos, todo ese vivir quimérico, están condenados a morir, porque el personaje que ahora llega maneja en sus manos el rayo fatal y creador, que fabrica y aniquila grandezas, que forja, glorifica y fulmina los ejércitos: el oro.

Corresponde a Italia el honor de haber sido, el epicentro de este movimiento. “La primera nación capitalista fué Italia. La desaparición del feudalismo medieval, la aurora de la era capitalista contemporánea son señaladas por una gran figura. Es un italiano, el Dante, a la vez el último poeta de la Edad Media y el primero de los tiempos modernos”.[15]

Las Cruzadas han erigido a Italia en puente de unión del Oriente arábigo y bizantino con la cristiandad. Ella asume el rango de primera nación mercantil de la época y, a través de algunas de sus ciudades, impone un pesado monopolio al mercado occidental. Allí ya florecen en el siglo XII la sociedad en comandita, el seguro marítimo, la letra de cambio, el préstamo a interés, con garantías prendarias e hipotecarias, el crédito en variadas modalidades, la contabilidad por partida doble, sin la cual –sostiene Werner Sombart– el capitalismo no es concebible. En la península de los Apeninos se fundan escuelas para instruir a los mercaderes en la lectura; escritura y cálculos aritméticos, impartiéndoles los rudimentos culturales al servicio de sus negocios. Esos planteles, que se estrellaron contra la oposición eclesiástica, eran atendidos por maestros designados por la burguesía municipal, y pueden estimarse como el punto de arranque de la enseñanza laica en la Edad Media. Asímismo, a partir del siglo XII, el comercio internacional enriqueció a muchos de los burgueses mercaderes, particularmente del norte de Italia. Debido a que la propiedad territorial continúa siendo la inversión más segura, en aquella, centuria y en la siguiente adquieren gran parte del terreno en que están enclavadas las ciudades. En pocas palabras, Italia penetraba de lleno en la acumulación primitiva del capital, y tal es la base de que dispone la burguesía para intentar el gran salto sobre el poder político.

“Todo el poderío del Renacimiento, desde mediados del siglo XV fué en esencia, un producto de las ciudades, y, por lo tanto de la burguesía, y lo mismo cabe decir de, la filosofía, desde entonces renaciente; su contenido no era, en substancia, más que la expresión filosófica de las ideas correspondientes al proceso de desarrollo de la pequeña y medía burguesía, hacia la gran burguesía”[16]

Venecia, la “esposa del mar”, reinaba sobre el Adriático, se proyectaba hasta el Levante, atendía factorías en el Mar Negro y en Bizancio. Una estadística de 1423, levantada por e1 Dux Mocenigo informaba que la ciudad insular, “la presea del mundo”, disponía de 3.000 “navigli”, 300 “navi” y 45 galeras, con una tripulación de 36.000 marineros. La cifra de la circulación comercial alcanzaba a 10 millones de ducados, que producían una renta de 4 millones. Sabellico, pintando el barrio de los mercaderes, “nos lleva a la Plaza de San Giacometto, junto al Rialto, llena de compacta muchedumbre, donde los negocios de todo un mundo no se delatan con estridentes palabras ni con gritos, sino con murmullos múltiples; donde en los pórticos que‑ rodean la plaza, y en las calles contiguas, se situaban centenares de cambistas y plateros, sobre sus cabezas, tiendas y almacenes sin fin; allende el puente, nos describe el gran Fondaco de los Tudescos, en cuyos portales viven y acumulan sus mercaderías y ante los cuales echan el ancora, uno tras otro, los novios; más arriba, la flota del vino y del aceite, y paralelas a la orilla, las bóvedas de los tratantes; después, desde el Rialto hasta la Plaza de San Marcos, la barraca de los perfumistas y leas hosterías” [17]

Milán, en contacto con Flandes, enriquecíase a ojos vistas. Pero fué más propiamente en Florencia donde se abrieron, las puertas del nuevo ciclo. Poseía fuerza real para lanzar el grito de la magnifica insurrección. Un encuadramiento de trescientas fábricas de tejidos de lana, de ochenta establecimientos bancarios, doscientos mil habitantes, el núcleo industrial de Italia. En las vecindades del “Mercato Nuovo” había al comienzo del siglo XV 72 casas de cambio.

Florencia, en esa su edad de oro, se convirtió en la capital del mundo accidental y fue su primer estado moderno. Las condiciones estaban en sazón y la Constitución de 1267 tocó “a requien” por la caída del feudalismo, dentro de las lindes de la ciudad. Las modernas corporaciones son el vehículo para conquistar el gobierno urbano. La burguesía no vacila en comprar “condattieris” para rubricar su razón con la fuerza. Los opulentos Médicis y Fregoso caminan del brazo por las márgenes del Arno con los “gonfalonieros” de la espada. Lo demás, depende de la audacia. Cuándo la burguesía dá su sensacional golpe de Estado, excluye totalmente a la nobleza del Gobierna, prohibiéndole intervenir en la cosa pública. Revolución en Florencia, que arrebata el control de una clase para entregarlo a otra más avanzada. Se declara que ser legítimo florentino exige como requisito trabajar y estar inscrito en un gremio. Queda estatuido un nuevo baldón el estigma de ser noble, ocultado como una enfermedad vergonzosa. El nacer caballero de alcurnia marca con el hierro de la desdicha en la ciudad donde e1 dinero otorga el único abolengo. El origen distinguido constituye en la Florencia de vísperas del Renacimiento la condena de vivir a perpetuidad corno un paria. Sólo un recurso le queda para acogerse a la amnistía social: borrar la causa del delito, la mancha infamante que le reduce a la condición de réprobo, de muerto político, de enemigo del Estado. Tendrá que abjurar de su clase, renegar de su origen, porque “no hay otra nobleza que el mérito personal”. La burguesía florentina, no acepta la renuncia platónica; exige que el noble queme sus blasones encalleciendo sus aristocráticas y ociosas manos. No le devolverá la confianza ni la ciudadanía hasta verlo fehacientemente transformado en tejedor, en batanero, en soplador de vidrios, en zapatero, en comerciante, y una vez que haya sido admitido en el gremio respectivo.

El Gobierno se apoyaba en las corporaciones de burgueses, maestros y aprendices; en los gremios de la manufactura y apuntaba sus fuegos al mismo corazón del, latifundio feudalista. Así, por ejemplo Giovanni Médicis estableció una, elevada contribución a la propiedad territorial.

Desde esa ciudad fabril asciende, como un reto al cielo, el grito de Pico de la Mirándola: “Seremos lo, que queramos ser”. Florencia la radiante cuna del poder burgués, es también el primer la vivo de su pensamiento, donde exaltó hasta el genio sus facultades. Patria del Renacimiento, plazafuerte del Humanismo, la ciudad del Baptisterio, con sus puertas “dignas de servir de entrada al Paraíso”, de sobrecogedores museos, de ricas bibliotecas, fue el lugar elegido, entre frescos y temples soberbios, para la resurrección de los dioses paganos y de la cultura clásica. En ella floreció el jardín de Proteo, una vibrante polifonía, friso luminoso que ocupan el Dante, Miguel Angel, Bocaccio, Petrarca, Maquiavelo, Galileo, Toscanelli, Leonardo da Vinci, un centenar de estrellas renacentistas.

Florencia es la primera república donde el agorero y escalofriante “memento mori” calla apagado por la jocunda melodía del “Acuérdate de Vivir”, la ciudad del “uomo universale”, del alba capitalista, donde Leonardo exclama: “Nuestra vida se halla supeditada al cielo, pero el cielo está subordinado a la razón”, y se minaba todo el anda miaje de la Edad Media, con esta atrevida advertencia, propia de la impetuosa primavera burguesa: “El que quiera ser feliz que se apresure, porque nadie está seguro del mañana”. Luego, Pico de la Mirándola añade en enfático desafío a la muerte y a los filólogos bizantinos: “Viviremos eternamente, no en las escuelas de los cazadores .de sílabas, sino en el círculo de los sabios donde no se discute sobre la madre de Andrómaca y sobre los hijos de Níobe, sino sobre los hondos fundamentos de las cosas divinas y humanas”.[18]

Unicamente en esa atmósfera podía desenvolverse una personalidad tan animada de inquietud genial, una naturaleza tan multifacética como la de Leonardo da Vinci. Es él quien recomiénda al género humano: “No aceptéis ningún milagro a crédito buscad siempre las causas”. Precursor más universal, tal vez no haya existido. “Leonardo da Vinci era no sólo un gran pintor, sino también un gran matemático, mecánico o ingeniero, a quien las variadas ramas de la física deben importantes descubrimientos”.[19] El autor del “Tratado de la Pintura” y el teórico del perspectivismo es el vidente que diseñó numerosos inventos usados en la moderna maquinaria bélica, y las exigencias de la guerra estimularon en mucho su genio inventivo.[20] Construyó pontones, minas, morteros carros de asalto. Fué un audaz ingeniero zapador. Ideó el primer tanque, que describe como “testudos de doble cubierta, movidos por caballos interiores, con troneras en la coraza”. Se le saluda asimismo como el padre de las chimeneas contemporáneas, de las puertas de cierre automático, del asador movido por aire caliente.

Fué el visionario proyectista de los hidroplanos, del paracaídas; de la campana para buzos y del submarino. “La boca de tubo explica al respecto a través de la cual se respira sobresaldría del agua, sostenida por corchos o pellejos inflados”. Fabricó pólvora, creó hornos de cristal, máquinas aserradoras, husos, artefactos para esquilar, modeló molinos. El péndulo el espejo cóncavo, el perfeccionamiento de las balanzas, deben igualmente mucho al angustiado florentino, quien también trató de aprovechar prácticamente la fuerza propulsora del vapor.

Pero su sueño glorioso era volar. Y como el mundo de sus obsesiones, de sus intuiciones prodigiosas tendía a ser el mundo de la realidad, de lo posible, planeaba febrilmente, dibujaba sus “Estudios pana el Vuelo”, diseñaba el aparato antepasado del avión. “A fin de aprender a volardeberás aprender ante todo –aconseja– a entender losvientos.”

Fundador de la hidrostática, pionero de la ciencia hidráulica, gran anatomista, fué un apasionado investigador de los, misterios del cuerpo humano. Medio siglo antes que Copérnico sostiene la inmovilidad del sol y en 1500 declara falsa la hipótesis india de América. Amante de la cartografía, boceta un globo terráqueo, en el que incluye el recién descubierto continente.

En cierto sentido, sosias de Roger Bacon, quien a fines del siglo XIIIcreara los fundamentos de la ciencia experimental, Da Vinci escribe, tras terminar, augusto ya en su madurez, su autorretrato. Los que evitan la certidumbre absoluta de las matemáticas, forzosamente vivirán en confusión y jamás serán capaces de silenciar el clamor incesante de los sofistas.”

Con las primeras luces del amanecer capitalista, estallan el Humanismo y el Renacimiento, que surgiendo desde el fondo de los palimpsestos, horadan la autocracia espiritual de la Iglesia, resucitan la antigua adoración del cuerpo, proclaman el despertar del retorno a la naturaleza, a la plenitud del instinto, pugnando por liberar al hombre del horror al hombre, ese fruto podrido de la fanática misantropía de la Edad Medita, con toda su cohorte de dioses crueles y antifísicos. Después de un en mudecimiento milenario, la resonante garganta de la cultura antigua torna a cantar el himno de su resurrección, bañado en una apasionada fluencia de todo lo viviente, porque sólo “lo que exalta la vida es verdadero”, como una epopeya del espíritu que se agita por reintegrar al hombre su totalidad y su humanización.

El culto a la vida terrenal despierta de su sueño obligatorio y disuelve como sublimado corrosivo los “tabues”, ayunos, abstinencias, flagelaciones, ansias de morir todo ese “pathos”, en contrapunto con lo humano. La estatuaria greco‑romana exhuma su cuerpo, su corazón enterrado, recobra aliento y su palabra de piedra vitalizada reflorece una concepción dionisíaca, gozosa, embriagada por una pánica pasión, en comunión estremecida con las potencias naturales. Tras su eclipse milenario. sobre el papeleo de copistas y “scrittori”, la llama olímpica vuelve a encenderse, para reflejar una luz reanimada y fulgurante sobre el azul de Italia y propagar pronto sus chispas incendiarias a Francia, Holanda, donde resplandecerá con hermosa energía, y a Alemania, donde en 1457 sé publica el primer libro impreso, el “Salterio”, y donde Maguncia, Haarlem y Estrasburgo se disputan la gloria de ser la cuna del invento de Johannes Gensfleish zum Gutenberg, cuyo medio milenario, cumplido en 1940, pasó inadvertido, bajo el estruendo de. la guerra.

Fué aquel uno de los momentos más grandiosos, de la escena del mundo. Y aun el mismo desastre de la caída de Constantinopla en poder de los turcos, redundó en mayor brillo para el renacer europeo, pues la huída de los eruditos del crepúsculo bizantino enriqueció la cultura de Occidente con un caudal inestimable.

La clase media precisaba dar libre curso al pensamiento científico, arrebatarlo a las garras de la teología, ya que le era vital cortar el lazo corredizo con que la Iglesia pretendía ahorcar su evolución. En esta lucha, la ciencia natural fué su aliada práctica, especialmente la mecánica, que encerraba tan ricas posibilidades de aplicación material. Por esto, Engels puede resumir que “paralela con la ascensión de la clase media se produjo un gran florecimiento de la ciencia la astronomía, la mecánica, la física la anatomía, la fisiología fueron cultivadas de nuevo. Y la burguesía, por el desarrollo de su propia producción industrial, requería una ciencia que descubriera las propiedades físicas de los objetos naturales y los modos de acción de las fuerzas de la naturaleza. Hasta ahora la ciencia había sido la humilde doncella de la Iglesia, a la cual no se le permitía sobrepasar los límites impuestos por la fe, y por esta razón la ciencia no era en absoluto ciencia. La, ciencia se rebeló contra la Iglesia; la burguesía no podía desarrollarse sin la ciencia y por lo tanto, tenía, que sumarse a la rebelión”.

Ansiaba quebrantar el despotismo de la metafísica medieval, para cuya omnisciencia el mundo se compone de substancias autónomas, fijas, en esenciá inmutables, concatenadas en uniones y divisiones simplemente aparentes, que no modifican ni penetran la dimensión interior de las cosas eternas. Ellas, a través de todos los, cambios que nuestros ofuscados sentidos pretenden percibir, permanecen siempre iguales a sí mismas. El mundo está, parado. El desarrollo, “el oleaje movedizo de la existencia” son meras ficciones. El verdadero cambio reside en una especie de hálito, de fluído incoercible, invisible, espiritual, “algo así como la piedra filosofal”. “En contradicción con la dialéctica, que mira el mundo como un sistema de fluyentes procesos, conectados internamente entre sí por el curso general del desarrollo, la ciencia medieval lo mira sólo como una acumulación mecánica de cosas independientes e inalterables. No es de sorprender que ese, edad sea famosa por su elaborada e inútil escolástica, y su lógico fin sea un caos de palabras”, según expresión de Shirokov.

Tal filosofía era producto y útil instrumento de las clases poseedoras. La estricta ordenación jerárquica de esas épocas guardaba directa, correlación con la ideología Clases inamovibles, que Dios había dispuesto así en su infinita sabiduría. La ciencia enmudecía secuestrada en el fondo de los conventos para que su impertinente curiosidad no alterara el estatismo ambiente. Cosmogonía de una tierra plana, detenida, en torno a la cual gira modestamente el sol. Siglos después, cuando la burguesía se alistaba para asestar los golpes decisivos a sus enemigos y se encontraba, al borde de la gran revolución, Rousseau pudo decir, con todo el desafiante aplomo de una clase que está a la ofensiva: “El feudalismo es contrario a la naturaleza”.

Así era en verdad, mas esto no obedecía en última instancia a una ideología antinatural, sino a las limitaciones retrógradas de la práctica social, al bajísimo nivel de la técnica y de la agricultura, a la estratificación del lugar asignado a las clases, a las barreras con que chocaba la producción, El interés de los feudales les inducía: a eternizar ese estado de cosas y a esto se debe que todas las manifestaciones de los grupos dominantes tendieran a presentar el cuadro medieval como un panorama perfecto, acabado, en el cual la humanidad no podría introducir mejoramiento alguno, ya que había sido delineado por una potencia sobrehumana.

Pero, a pesar de todos los decretos celestiales que ordenaban al mundo permanecer quieto, inmóvil, estábase gestando en su seno una profunda ruptura íntima, grandes mudanzas, que se prevalieron, en un comienzo, de métodos feudales de expresión. Estos cambios no estaban inervados por el pensamiento puro como la burguesía hoy trata de explicar sino por nuevas exigencias de índole económica y social. Los pasos iniciales de la manufactura, sumados al desarrollo del capitalismo mercantil, requerían a su vez desenvolver nuevas formas de navegación, de defensa armada, una nueva ciencia militar. Necesitaba un mundo como espacio libre para la conquista y anhelaba vivir la vida en la tierra y no en un cielo hipotético. Su ley no era ya emanación dictatorial de la teología, sino de la necesidad, y la, ciencia fué el arma práctica que la civilización urbana del Renacimiento blandió para satisfacerla.

En ese momento auroral de la burguesía, ella precisaba héroes del pensamiento y de la acción, titanes, constructores, fundadores, pioneros de un mundo en trance de transformarse de pies a cabeza. Y gestó a estos colosos en sus propias y ardientes entrañas. De ese mar de fondo, emergió la pléyade arrogante y espléndida, la generación de la juventud burguesa, hirviente en impaciencia creadora. Un poliedro de cien caras, en donde figuraban gallardos capitanes, artistas geniales, investigadores revolucionarios, imaginativos navegantes, osados conquistadores, astutos y fríos banqueros, políticos del estilo de Nicolás de Maquiavelo, el cual según Engels, “no sólo es estadista, historiador, poeta, sino también el primer escritor militar digno de mención de los tiempos modernos”, que se jacta con cinismo de pura estirpe, renacentista: “Es verdad que enseñé a los tiranos cómo se conquista el poder; pero también enseñé al pueblo cómo se derriba a los tiranos”.

“Fué la más grande revolución progresista que la humanidad había vivido hasta entonces, una época que necesitaba gigantes y engendró gigantes: gigantes en poder de pensamiento, pasión y carácter, en multilateralidad y sabiduría. Los hombres que fundaron el moderno dominio de la burguesía eran cualquier cosa menos burguesamente limitados. Muy por el contrario, el carácter aventuroso de la épocas se reflejó más o menos en ellos. No vivió entonces ningún hombre de importancia que no hubiera hecho extensos viajes; que no, hablara cuatro idiomas, que no brillara en varias materias.”

“Los héroes de esa época no estaban todavía servilizados por la división del trabajo, cuya acción limitadora, tendiente a la unilateralidad, percibimos tan a menudo en sus sucesores. Pero lo que era más peculiar es que casitodos participan activamente en las luchas prácticas de esos tiempos, toman partido y pelean, aquél con la espada, éste con la palabra y con la pluma, muchos con ambas. De ahí esa plenitud y fuerza de carácter que hace de ellos hombres completos. Sabios de gabinete son la excepción: o bien gente de segundo o tercer grado, o prudentes filisteos que no se quieren quemar los dedos”: [21]

Penetrada en sus profundidades, junto al auge de las nuevas formas económicas, la sociedad entera se iba volviendo antifeudal. Pero esta transformación no marchaba a compás con las modificaciones de, la estructura política. Los señores mantenían el aparato estatal en sus manos e imponían, a las fuerzas productoras la horma del zapato chino.

Salvo en las ciudades italianas, la burguesía carece por sí sola de fuerza para adueñarse del poder político: Se allega, entonces al monarca –cuya autoridad era, por aquel tiempo, debil, socavada como estaba por los señores feudales–, pues comprende que su victoria está acorde con la erección de una sólida autoridad centralizada, de un Estado nacional fuerte.

El rey pacta la alianza, naturalmente, en su interés Con ella, se vigoriza y se convierte en el poder principal, ya que sitúa tras la corona las reservas del comercio y de la industria, del dinero. Acumulará energías paró, frenar con rigor a los díscolos aristócratas, que durante siglos se han burlado del poder real.

Por su parte, los burgueses esperan que una monarquía poderosa ponga coto a la anarquía reinante; que les proteja otorgándoles carta blanca para sus empresas mercantiles; que unifique los dispersos y raquíticos principados; que suele a fuego la espina dorsal de las naciones modernas, que cree las condiciones para el desarrollo de un mercado amplió y único.

El poder ordenador de la monarquía centralizada impondrá la pacificación interior, construirá puentes y carreteras, abolirá los derechos de peajes, pontazgos y portazgos, derribará las aduanas locales, establecerá un sistema nacional de pesas y medidas y la unidad monetaria. Esto capacita al soberano para disponer en escala creciente de los recursos nacionales y afrontar los dispendiosque exigen los grandes ejércitos y escuadras.

Al refugiarse bajo los pabellones monárquicos, los burgueses erígense, a veces en sus consejeros, casi siempre en sus banqueros, por cierto a buen interés. Ambas partes advierten, además, que el dinamismo social ha planteado problemas nuevos de gran calado. Empuja, por ejemplo, a hacerse presente en la lid a un sospechoso tercero en discordia. La burguesía, aun antes de haberse impuesto, es “como él brujo que no puede dominar las fuerzas infernales que ha desatado con sus sortilegios”.

En efecto, la elevación burguesa había impulsado la aparición de elementos originales, de fuerzas productoras destinadas a trastornar los planes de las clases dominantes. En la segunda mitad del siglo XIV se hacen presente las capas asalariadas. Surgen, en primer lugar, en las ciudades, donde la burguesía tiene el centro de su vitalidad.

Abarcan apenas un reducido sector de la producción, en tiempos en que la clase de los campesinos independientes y 1a organización corporativa de las ciudades, paralelas al feudalismo, oponen muchas vallas al balbuceante desarrollo capitalista, cuando prevalecia en las agrupaciones urbanas una industria ínfima, en esa hora en que la rueca, el telar, el martillo de herrería, empezaban recién a abrir camino a la manufactura, en el momento de transición en que la producción dista mucho de poseer un perfil definidamente capitalista, pero que está en vías de con quistarlo.

Varios movimientos subversivos anunciaron un álgido período de luchas sociales. La “Jacquerie” de, la Isla de Francia,, acontecida a mediados del siglo XIV, en que la miseria arrojó a las musas desesperadas al choque sangriento contra la aristocracia territorial, había sido precedida por la insurrección de los Flandes Marítimos, que se prolongó desde 1323 a 1328, caracterizada como “un verdadero intento de rebelión social dirigido contra la nobleza, con el objeto de arrebatarle la autoridad judicial y financiera… Provocó motines que al poco tiempo se, convirtieron en rebelión abierta contra el orden establecido. No se trata de poner fin a los abusos de poder. El espíritu de independencia de los robustos campesinos de aquel territorio, se excita en la lucha hasta el punto que consideraron a todos los ricos y a la misma Iglesia como sus enemigos naturales. Fué tal la peste de la insurrección–dice un contemporáneo– que los hombres sintieron asco de vivir”.[22]

Hubo que recurrir al propio rey de Francia para ahogar en sangre la revuelta, incitada por los artesanos de Ypres y Brujas.

Cinco decadas más tarde estallará en Inglaterra otra violenta rebelión, con análogo desenlace adverso a la de los Flandes de Occidente. Como aquella, fué resultado de la unión pasajera de las muchedumbres pobres de las ciudades y de los campos, y en ambas se dieron también confusas aspiraciones a derribar 1a sociedad establecida.

Empero, en las villas industriales de los Países Bajos, del Rhin y del Norte de Italia estuvo el teatro de los movimientos fundamentales, con un fondo más claro de clase. La réplica de los gremios, sobre todo de los textiles, contra los regidores gobernantes municipales reclutados entre el nuevo patriciado de los mercaderes más ricos alcanzó en aquellos puntos relieves de intensa y amenazante exasperación.

En Florencia, sin ir más lejos, estalló en 1378 la histórica revuelta de los “ciompis”. Tras un encarnizado duelo callejero, la victoria correspondió al populacho, a la plebe descamisada, a los “flacos”, antecesores del proletariado moderno, encabezados por el harapiento cardador Michele di Lando. Salvestre de Médicis –gonfaloniero de justicia, el jefe de la familia más encopetada y dirigente de la burguesía florentina– inclinase con astucia de zorro viejo ante esa muchedumbre maloliente, que empuña, el timón de la ultrarrefinada ciudad cumbre de aquel tiempo. En forma silenciosa preparará la caída de los advenedizos, recurriendo de preferencia al cerco económico. Todo el mundo sabe cuán decisivo es su poderío financiero. Se trata del banquero más opulento de Italia septentrional. Y, pese a sus sutiles e incesantes maquinaciones, el inexperto “populo minuto” logra gobernar tres años, lo cual encierra el triunfo de un, heraldo de tétrica significación para la burguesía.

La discordia entre “grandes” y “pequeños” se hizo fenómeno general y el triunfo correspondió a los últimos en Utrecht, Colonia, y Lieja, donde los representantes de los oficios ungiéronse jefes del gobierno municipal e instauraron constituciones favorables a sus designios. Pero los potentados citadinos, “corredores o exportadores”, no podían tolerar el rudo dominio de la “mísera plebes”. Ansiosos de desbaratarlo, pactaron momentánea alianza con los mermados empresarios independientes contra las trabajadores, en especial contra tejedores y bataneros, los más combativos y empecinados, quienes “para lograr que triunfaran sus reivindicaciones sólo podían contar con la fuerza” y a ella recurrían. “Durante todo el transcurso del siglo XIV se les ve sublevarse’ y adueñarse del poder, y abandonarlo únicamente cuando, acosados por el hambre después del bloqueo o diezmados por una matanza, se ven obligados a ceder ante la coalición de sus adversarios… En 1320‑1332, las buenas gentes de Yprés suplican al Rey de Francia que no destruya la muralla interior de la villa en que residen y que los protege del “vulgo”. La lucha adquiere una vez más apariencia de guerra de clases entre ricos y pobres” [23] Similares contiendas, que sacudieron casi todas las ciudades donde la industria de exportación superaba a la industria local, inducen a Pirenne a sostener que “los revolucionarios quisieron imponer a sus adversarios la dictadura del, proletariado”, en un tiempo en que éste sólo atinaba a emitir sus primeros vagidos.

Los “horribles tejedores”, “que trastornaban su trabaio, perjudicaban sus negocios, y cuyas aspiraciones comunistas los asústaban, lo mismo que llenaban de espanto al príncipe y a la nobleza”, fueron mirados con medroso recelo por los empresarios autónomos, y la diferencia que los separó de los gremios es una de las claves que explican el fracaso final del movimiento. La armonía no era mayor en las filas mismas de las organizaciones corporativas. Cuando el gremio de tipo jerárquico se estancó, debido a la estabilización de la producción y desapárecieron para el aprendiz las posibilidades de ascender al rango de maestro, se marchita por entero la relación “patriarcal”, de familia, que anudaba a este último con los primeros, para ser reemplazada por un antagonismo entre patrones y asalariados, que arrastra a los aprendices a actitudes de fuerza, a exigir violentamente mejoras de salario, a reivindicar su derecho a intervenir en la dirección gremial.

Plantéanse verdaderos conflictos sociales. Y la comunidad de intereses, la identidad de exigencias impelen a los asalariados a asociarse en entidades de combate, que desplegaron activísima vida en varias localidades. Pero si la formación de los “compagnonnages” en Francia y los “gessellenverbande” en Alemania, unificaron a los trabajadores contra los maestros, impulsaron, de rechazo, a éstos a constituir otros organismos de lucha y a adoptar drásticas resoluciones para contrarrestar el belicoso rival. Los asalariados de la ciudad no supieron o no pudieron atraer a su lado a las capas campesinas pobres, distanciados como vivían entre sí por un abismó en cuanto a urgencias materiales, y a mentalidad, en días de hermético exclusivismo.

En cambio, sus enemigos fueron capaces de aglutinar las corrientes más poderosas y de ahogar en sangre los conatos rebeldes de las capas pobres de la ciudad. Los maestros de los alborotados gremios acudieron, junto con los pudientes comerciantes, con los prestamistas de la burguesía, a solicitar la ayuda de los príncipes y de la nobleza en contra de los revolucionarios. Esta santa alianza aplastó mediante el terror toda las insurrecciones en que tan fértil se mostró el siglo XIV.

Precisamente porque fue Italia el país donde el modo de producción capitalista hizo saltar los primeros cerrojos del castillo feudal, se anunciaron antes en ella los gérmenes promisores de la putrefacción burguesa. Largas columnas de hombres rudamente desarraigados de la tierra por la desocupación del achacoso feudalismo en el norte de la península dramatizaban el nuevo estado de cosas. Eran “proletarios sin lumbre ni techo”, que no podían ser absorbidos por la manufactura naciente, con la rapidez con que quedaban disponibles”.[24]

En Florencia, la industria textil destinada a la exportación creó, aparte de los artesanos, una’ categoría peculiar de trabajadores que recibían la materia prima de los comerciantes mayoristas, a los cuales entregaban el objeto elaborado mediante un salario fijo. Esta situación incrementa la llamada acumulación primitiva, que no es sino “el proceso histórico que distingue al productor de los medios de producción”.[25] Guardando en varios aspectos notoria analogía con los obreros bajo el capitalismo industrial, diferían en forma substancial de ellos, por el hecho de que no se congregaban en grandes fábricas; más propiamente eran trabajadores a domicilio. Formaban una tumultuosa masa volante, apodada “uñas azules”, a la cual se agregaba la gemebunda y enconada legión de los veinte mil mendigos, que en los días del máximo esplendor florentino, deambulaban por las calles, imprimiendo una discordante nota de desdicha, enfermedad y miseria. La desocupación azotaba como un mal endemico la ciudad, de suerte que los patrones mercaderes no temían que, ante los abusos y bajos salarios, sus asalariados abandonaran el trabajo, ya que tenían a mano el substituto en las condiciones más leoninas. Empujados por su difícil situación, los trabajadores solían recurrir a las huelgas, arma ya conocida por aquel tiempo, ensayada por primera vez en 1245, año en que estalló en Doaui una, recordada con el nombre de “takeham”.

Y así Florencia, que escribió un prólogo vibrante al comercio y a la industria burgueses a la gloriosa exaltación del capitalismo en mantillas, irguióse como el escenario tenebroso donde hizo su estreno la sombra negra del capitalismo, esa masa incendiaria, “monstruo repulsivo de mil cabezas”, que se resistía a ser su dócil escudero, su servidor obsecuente, en el cual comenzaba a dibujarse el espectro del acerbo contendor.

Habíase desvanecido el armonioso tiempo viejo, cuando, bajo el signo de la aureola medieval, en pleno régimen feudal, el siervo “llega a miembro del municipio, lo‑mismo que el pechero llegaba a la categoría de burgués bajo el yugo del absolutismo feudal”.[26] Se vive la hora violenta en que “si en general, la burguesía en sus luchas contra la nobleza, pudo pretender que representaba a las diversas clases laboriosas de la época, junto a cada movimiento burgués estallaba también un movimiento de la clase precursora del proletariado moderno”.[27]

El ingrato fenómeno se generaliza en casi todo el Occidente europeo. Como obedeciendo a una “extraña sincronización”, sin quererlo, los proletarios brotan a millares. En Inglaterra, los grandes barones feudales, sin derecho alguno que les asista, burlándose de la Corona y del Parlamento, expropian a, los campesinos, les arrebatan sus tierras y se apoderan arbitrariamente de los bienes comunales. Como resultado de tales abusos, una enorme multitud errante, nuevos proletarios; fueron arrojados a la desolación de los caminos rurales y empujados a las ciudades en busca de trabajo y asilo.

Más tarde, a la Reforma daría un impulso de drama inaudito la explotación del campesinado. Al decretar Enrique VIII el cisma, al cerrar Tos conventos y confiscar los bienes eclesiásticos, dejó en e1 aire a la gran población que vivía labrando dichas tierras y creó proletarios al por mayor.

Los burgueses detestaban este fondo anónimo e hirviente, temían a esas hordas desarrapadas y retadoras, que venían pisándole insolentemente los talones. Y una de las razones que más fuertemente les inducía a desconfiar de esas famélicas y ‑adustas turbas urbanas y rurales se fundaba en el hecho riesgoso de que éstas comenzaban ya a luchar por loes objetivos específicos de su clase en formación. Por tal motivo ayudaron a reprimir, con tan sanguinaria saña, las revueltas de campesinos en Inglaterra, Francia y Alemania y los numerosos levantamientos de artesanos y de obreros manufactureros, e hicieron un alto en su pleito fundamental con la aristocracia. “Pues mientras la burguesía y la nobleza se tenían agarradas de los cabellos, la guerra campesina alemana señaló proféticamente futuras luchas de clases, llevando a la escena no sólo a los campesinos sublevados –lo que ya no era nuevo–, sino, detrás de ellos, a los precursores del proletariado actual, con la bandera roja en la mano y la exigencia de 1a comunidad de bienes en los labios”.[28]

Por ese tiempo, el proletariado era una masa fetal, revolviéndose en el vientre de la época, siendo la burguesía, la clase media –que encarnaba el grupo social más capacitado y más directamente interesado en derribar al feudalismo y destruir el poderío eclesiástico– la clase dirigente de la revolución. Sin embargo, su prédica antifeudal, prontamente encendida por los mercaderes y por las numerosas universidades de entonces, interpretaba también algunas fundamentales penurias del campesinado y demás capas modestas de la población que igualmente padecían el azote feudalista. Pero 1a diferencia arrancaba de que la plebe enarbolaba reivindicaciones particulares, que la caracterizaban en su lucha. Paralelo a este duelo conjunto, en tanto la pequeña nobleza, como la burguesía y la plebe, combatían por ciertas reivindicaciones comunes –tales como la brega contra el poder temporal de la Iglesia y los desmanes de los grandes señores–, los sectores pobres grababan su impronta añadiendo exigencias singulares, tales como la nivelación de las haciendas, pues dentro de une, sociedad en verdad cristiana, los patricios, los burgueses y los campesinos debían ser materialmente iguales.

Es la herejía plebeya y campesina, que yendo en los primeros siglos de la Edad Media a la zaga de la herejía burguesa, adquiere luego personalidad independiente en los siglos XIV y XV, y levanta la cabeza por sí sola, como aconteció esencialmente en las revoluciones campesinas de Alemania, cuyo fracaso estuvo en parte principal determinado por la división y antagonismo respecto a la burguesía, la cual en aquel entonces precisaba el soporte de la monarquía. “La burguesía incipiente –y este es el momento esencial de la acumulación primitiva– no podía prescindir de la intervención continua del Estado para prolongar .la jornada de trabajo, para “reglamentar” el salario esto es, rara conservar el trabajo en él grado de dependencia deseado, abrumándole bajo el yugo del salario, mediante leyes de un terrorismo grotesco, leyes que iban dirigidas en el Occidente de Europa –a fines del siglo XV y durante el siglo XVI– contra el proletariado sin casa ni hogar, contra los padres de la clase obrera de hoy, castigados por haber sido reducidos al estado de vagabundos y de pobres, la mayor parte de las veces a consecuencia de una violenta expropiación”.[29]

La burguesía, que en sus albares, apenas escapada a la opresión feudal, se autogobernaba en la Comunidad Urbana, en el Municipio, pasa a ser República autónoma en algunos puntos, pero sobre todo “tercer Estado contributivo de la Monarquía” cuando comienza a despuntar la manufactura. En la balanza de ese equilibrio inestable, ocupa el platillo, opuesto a la nobleza feudal. El poder monárquico conjuga los intereses de amplios grupos sociales y, bajo su imperio, advienen a la existencia las formas nacionales, plásmanse las lenguas, se aproxima el siglo de oro de las letras de los nuevos Estados centralizados y hasta surgen iglesias con sellos nacionales.

Suena entonces la hora que anuncia la apertura del n Más impúdico reinado del dinero. Los comerciantes son los hijos dilectos de la burguesía, y los usureros sus próceres descollantes. Ella erige el dinero en medio y fin de la época y a través de él consolida su gravitación sobre todos los tramos sociales.

Gran proporción del dinero que desemboca en las arcas reales emigra para subvenir a los gastos de la guerra. Se estructura un nuevo tipo de ejército, provisto de una, impresionante invención: el arma de fuego, que revolucionó tanto el arte bélico, como si hoy, por ejemplo, se inventara un rayo mortífero, o cañones proyectores de rayos que fulminaran aviones y tanques, o balas impalpables, o se aplicara a fines de guerra el fraccionamiento del átomo, y. la ofensiva química se colocara á un nivel sólo al alcance de la especulación más fantástica, y se dejara pálidos a los actuales lanzallamas y a los cañones de granadas luminosas.

La pólvora –cuyo secreto fué sustraído a las árabes e hizo su mortífero “debut” en la Europa de comienzos del siglo XIV– arrojó lastimeramente por tierra a los caballeros de aparatoso blindaje. El trastorno que introdujo en la ciencia bélica trajo consigo una re‑adaptación completa de los conceptos militares, económicos y políticos. Y dá a los banqueros una intervención cada vez mayor, pues la producción de crecientes cantidades de la detonante y terrorífica substancia, la fabricación abundante de armas de fuego, requiere sobre todo la sociedad del dinero omniponte.

El arma de fuego pronuncia la inapelable condena a muerte de la romancesca y altanera caballería, protegida de cota de mallas e infatuada por sus frágiles oropeles, y demuele los torreones otrora inexpugnables de los castillos señoriales. Las estocadas maestras del noble esgrimista son ridículamente impotentes frente al mosquete burgués, que vomita la muerte a cien metros de distancia. Se toca aquí precisamente el drama de Don Quijote, quien es para Marx “el épico de la decadencia de la caballería, cuyas virtudes en el nuevo mundo de la burguesía en ascensión se habían vuelto absurdos y locuras”.[30]

La infantería y la artillería ascienden al primer plano, son las armas nuevas por excelencia, que condicionan la constitución de otra estrategia y táctica milibares, de una doctrina bélica revolucionaria. El ejército que entra en combate no ofrece la impresión de incomprensible galimatías que daban las fuerzas armadas en las precedentes centurias. Ahora se distribuye a los soldados en ordenación original de unidades tácticas, se implantan los comandos –cuyos miembros no intervienen, como antaño, en el cuerpo a cuerpo de la batalla–, sino que se limitan exclusivamente a planear y dirigir las operaciones y movimientos. Introdúcense en las filas equipos, armamentos, uniformes –por imperativo de la economía fiscal y con fines de disciplina y desarrollo de una psicología de cuerpo.

Se multiplican los efectivos militares. Las irregulares y reducidas mesnadas de los señores van siendo aniquiladas por el ejército real. La expresión máxima del ejército del Medioevo corresponde a1 de Eduardo III, que en 1347 logra reunir 32.000 soldados bajo sus banderas. A partir de la utilización de la pólvora las cifras suben en forma vertical. Tres siglos más tarde, Austria posee un ejército doce veces más numeroso, que, hoy día, a la luz de nuevas condiciones históricas, aparece a su turno superado en una progresión todavía más aplastante por los ejércitos contemporáneos.

La modificación de las armas no sólo arrojó al museo de antigüedades la flecha, la lanza y la espada, sino que removió hasta los tuétanos la idiosincrasia del ejército, el carácter de toda la maquinaria bélica, toda la ciencia militar, todo el concepto tradicional de hacer la guerra; revisó las concepciones sobre la paz, de ‑acuerdo con lo que Napoleón enuncia en su “Tratado de leas Guerras del César”: “La naturaleza de las armas decide la composición de los ejércitos, de los sitios de campaña, de las marchas, posiciones, órdenes de batalla, trazados y perfiles de las plazas fuertes, lo que establece una posición constante entre el sistema de guerra de los antiguos y de los hombres modernos.”

Empero, la luna de miel entre el Rey y la burguesía para hacer la guerra a la nobleza feudal fué breve. Duró lo que el soberano demoró en someter a la última. Cuando su Majestad consiguió convertir a los señores en sumisos cortesanos –después de haberlos despojado de su base material y de reducirlos a la indefensión– decidió entenderselas con la burguesía, su aliado de ayer, su enemigo de hoy y arregló la baraja para la nueva fase del juego. Estudió detenidamente la táctica del ataque a su socio. Para vencerlo, no sólo se unió a los nobles, pus contendores de la víspera, sino que dividió a la misma burguesía, atrayendo a los comerciantes y a los usureros. Forjó así el frente único de las fuerzas más retardatarias contra el sector avanzado de la burguesía, contra el campesinado y el incipiente proletariado, solidificando sobre su ruina los pivotes de la monarquía absoluta de derecho divino. Su potencia fué el exponente de los intereses coligados de la nobleza territorial, menor y medía, y del ala más rica de la burguesía, que se ponía de hinojos ante el soberano, a cambio de poseer campo libre para sus especulaciones.

 

 

 

Capitulo IV

LA MULTIPLICACION DEL MUNDO

 

“El período de treinta años que se extiende de 1492 a 1522, ha sido considerado la época más grande de la historia de la humanidad.”

DIEGO BARROS ARANA[31]

 

La Tierra como una explanada inmóvil, como el gran paralelogramo cuyos confines caen cortados a pico por las aguas del Mediterráneo y del Caspio, y de los Golfos Arábigo y Pérsico, se ha hecho pequeña para el ímpetu juvenil de la burguesía.

Ella necesita ubicar el sitio exacto que ocupa el mundo de los hombres en el cosmos y precisar su importancia en el concierto planetario, pues ya posee algunos vehementes indicios sobre el error de la concepción “Aristóteles‑Ptolomeo”, que lo proclama el centro del universo. Reinicia, la celeste epopeya de medir la distancia, la densidad y la masa de las estrellas. Tiene que desentrañar y verificar la constante dinámica que lo enlaza al sol, a la luna, a la bóveda iluminada, y arrojar, aunque suene a paradoja, un haz de luz sobre el misterio azul de las esferas. Se agita por descifrar el enigma capital de la astronomía, la corriente y las leyes científicas que gobiernan el propio “motor de Dios”, tras el cual se parapeta, en último recurso, la rígida omnisciencia mística.

Debe hacer crecer la tierra. Requiere un planeta ancho y profundo que se le entregue sin reservas, de cuerpo entero, y sea físicamente capaz de ofrecer campo abierto al vuelo de su misión. Le urge sacar a la luz la fisonomía total del mundo, tomar contacto con nuevos cielos, mares lejanos y mercados desconocidos. Desea arrancar a la inmensidad secreta vastos y remotos continentes y doblegar la resistencia de las fuerzas de la naturaleza.

En ese momento culminante, la burguesía se yergue como un crítico e imperioso revisor y transformador de todas las nociones sobre lo terrestre y lo celeste, que no vacilará en ahogar, en el fondo del Atlántico, el anacrónico mundo plano de los teólogos, y en reemplazarlo por el globo gigante, achatado en los polos helados, describiendo y en el espacio sideral su curva planetaria. Cumple la función de una histórica potencia fecundante, apta para hacer parir a la tierra nuevas tierras y descorrer el lienzo multimilenario que oculta cielos con asombrosos asteroides, océanos inmensos, extraños pueblos y culturas insospechadas.

Hurgando en la cultura antigua –esa aliada imponderable de labios sellados por la Iglesia– desempolva y refresca la hipótesis, expuesta ya por Anaxágoras (434 A. de J.), y que dos centurias más tarde Aristarco de Samos concebía y defendía como la única verdadera en ese dominio el sistema heliocéntrico. Así era y así sería para desencanto de los que desean su domicilio terrestre como ombligo y corazón del universo. Triste noticia para los dominadores medievales. Los arrogantes hombres circulan dentro de la órbita del sol lejano, inmensa bola de metal incandescente.

Se penetra también en la resurrecta noción de que la redondez de la tierra era casi unánimemente aceptada en el siglo primero de la era cristiana. Además, por aquellos tiempos se ha progresado, en la medición de los espacios celestes hasta el extremo de llegar a calcular, con errores relativamentepequeños; el dato astronómico fundamental –motivo de obsesión aún para los científicos modernos; no hace muchos años exactamente verificado– de que la distancia que separa la tierra del centro del sol asciende a cerca de ciento cincuenta millones de kilómetros.

En el intertanto, el problema de sacudir el torturador vasallaje que a la sazón imponen los pueblos turco y tártaro en la búsqueda de las especias continúa en pie, agravado. Se ha visto cómo, a raíz de las cruzadas, un nuevo espíritu empapó el plasma europeo, embrujándolo con el vago sortilegio de las especias, sinónimo vaporoso de Oriente, que, en realidad, tenían una aplicación bien prosaica.

“Resulta para nosotros difícil –observa Róbinson (Western Europe, P. 350)– explicarnos ese entusiasmo por las especias, por las cuales nos interesamos mucho menos hoy en día. Uno de los empleos que antaño se daba a las especias era el de preservar los alimentos, que entonces como ahora, no podían ser transportados rápidamente, estando frescos, de un lugar a otro; ni se conocía tampoco entonces el sistema de conservarlos en hielo. Además, las especias servían pura hacer más pasables al paladar los alimentos en mal estado”.[32]

El bastardo mercader, poseído, según la Iglesia, por un evidente demonismo, ha contribuido a corromper el alma cristiana, reduciendo a girones el procesional ideal de la humildad, propagando como una epidemia la maléfica disipación, el lujo desbocado, contagiándolo todo con la moda de las extravagancias orientales, no obstante el continuo anatema que fulmina el boato y la ostentación, la desvergüenza profana, con la amenaza de la precipitación en los infiernos. Por ejemplo, Agnello, el tiranuelo de Pisa, (1364), acostumbraba cabalgar portando un cetro de oro en la mano derecha y se exhibía a los ojos de la muchedumbre desde el balcón de su palacio –escaparate de su vanidad– “como se exponen reliquias”, recostado sobre tapices y almohadones de brocado.[33] Y Cósimo I envía a Pietro Aretino una remesa de dinero perfumado. Las que otrora fueran recatadas y virtuosas damas, hogaño suspiran frívolamente por el ámbar, caen seducidas por la capitosa perfumería pagana, viven en la molicie, gustan del mórbido almizcle y del agua de rosas.

De esos países de ensueño vienen los fosforescentes topacios, el mayestático diamante azul de Marzingar, en luminoso contraste con las perlas blancas, la colección de zafiros, la plata, el oro, el inquebrantable marfil, la canela, el áloe y el té aromado de Ceilán. Ellas viven bajo el encantamiento de la pedrería deslumbradora, bajo el influjo del atavío encendido y voluptuoso, dominadas por la fragancía y fantasías suntuarias que nimban toda mercancía proveniente de esas apartadas latitudes. Sedas rumorosas de la China, géneros hilados por los telares del Ganges, pimienta, nuez moscada, clavos de olor, el índigo, el gengibre, la porcelana finísima, los damascos esplendorosos. Marcos de maderas preciosas, brasil evocador, sin olvidar que de la corteza de la flora asiática brota la apreciada, resina de goma. El Oriente significa ensalmo y compendia, como abigarrado símbolo, la magnética fuente originaria de los paraísos artificiales, del mundo vedado, sumergido en los delirios del opio, en las fantasmagóricas visiones que desbordan las drogas heroicas, y aún el mismo incienso litúrgico que arde en los templos procede de esas tierras infieles.

Lo peor reside en que todos los artículos importadas se pagan a precios astronómicos. Los encarece sobremanera el riesgo que implica su obtención. Los mercaderes han de atravesar los desiertos de Arabia, enfrentar a los beduinos, crueles piratas terrestres, que señorean sobre las tórridas rutas, y pagar impuestos a los Emires de Hedjaz, a los Sultanes de Egipto y de Siria. Conforme a un cronista de fines del siglo XV, las especias indias debían pasar, a lo menos; a través de una docena de intermediarios antes de llegar a manos del consumidor. Cada revendedor multiplica el precio, como que piensa enriquecerse velozmente. El afán de lucro y la fiebre especulativa no reconocían fronteras, pues “en los históricos comienzos del modo de producción capitalista –y toda “parvenu” capitalista pasa por esa fase– la sed de riqueza y la avaricia son las pasiones dominantes”.[34] Por esto, el valor de las especias en el mercado anda por las nubes. Un grano de pimienta cuesta igual que un gramo de plata y en varias ciudades sirve de medio de cambio, substituyendo en las básculas a los metales nobles. Y tal volúmen alcanza su demanda que Venecia compra anualmente al Sultán de Egipto 420.000 libras de pimienta.

El anhelo de Europa a este respecto lo sintetizará Colón en una frase de “Las Profecías”: “Mi objeto era buscar el Levante por el Poniente”, inspirado por el plan de Paulo del Pozzo Toscanelli, expuesto al genovés en la correspondencia que le dirigió: “Pasar a donde nacen las especerías y a, la fuente de donde nace el oro, navegando al Occidente”. Resulta sugestivo que este astrónomo florentino perteneciera a una familia dedicada a la compraventa de las especias, que personalmente comerciara en ellas y estudiara, febril, el planeta para encontrar en él algún derrotero marítimo que lo condujera directamente a las regiones que las producían.

Este es el intenso deseo de gran parte de los traficantes, sentido con tanto mayor imperio cuanto que es urgente burlar, acorralar y cegar el insaciable monopolio veneciano sobre el Levante y alcanzar por otro lado las Indias multimillonarias. La República de los Canales quiere convertir el Mediterráneo en su lago particular y arranca a los extranjeros la porción más suculenta de las ganancias. La poderosa flota del Dux obliga a trasbordar todas las mercancías procedentes de Oriente en las bodegas aduanas del Rialto, donde, previo pago de elevados aranceles, las adquieren en almoneda los comerciantes del resto del Occidente.

En el intermedio, la dogmática vigencia de las antiguas nociones geográficas se ha agrietado en las cabezas humanas. Pónense en boga descabelladas cartas de marear medievales, dibujadas y consumidas por el hambre de lo fantástico y lo desconocido que asaetea a comerciantes, marinos y aventureros. En ellas se señalan las islas de las Siete Ciudades o de las Antillas, de Brasil, Stokafixa, la Mano de Satanás y un sinfín de tierras salidas de cabezas calenturientas.

La brújula envalentona a los navegantes, que ya no yerran entregados a la azarosa claridad o impenetrabilidad de las noches marítimas.

Circulan múltiples leyendas sobre travesías hechas a tierras desconocidas desde tiempos prehistóricos por titanes de la aventura. Nárrase en los puertos escandinavos la odisea del temerario Erik Randa, que habría descubierto hacia el año 985 Groenlandia; del animoso Bjoern, que en 1001 arribara al Vinland; de Madoc Owen, el cual remontara alrededor de 1170 la desembocadura del río San Lorenzo. En 1147 los árabes almagrurinos, argonautas errantes de Lisboa, desplegaron velas hasta leas Azores y las Canarias. En 1281 los hermanos genoveses Vivaldi zarparon de su puerto natal en un par de galeras. Enfilaron rumbo al Este, buscando la India, al igual que su compatriota Cristóbal Colón habría de hacerlo dos siglos después. Nunca más se supo de ellos. Identica suerte corrió Teodosio Doria, quien se adentró en la mar en 1292. Noventa años más tarde, los hermanos Zeni tientan también sin fortuna, análoga escalofriante aventura. Asimismo se asegura que el piloto polaco, Juan Szkolny, al servicio del rey danés Christián II, había tocado los umbrales del Labrador en 1476. (El investigador peruano, Luis Ulloa, sostiene que este navegante, supuestamente polaco, noruego o danés, no era sino Cristóbal Colón, quien, bajo aquel nombre falso, habría llegado a Islandia y Groenlandia, en el llamado viaje “Ultra Tile”, realizando el “predescubrimiento de América”).

Flotaba, en resúmen, sobre Europa como un presentimiento de nuevos mundos. En los veinte años que precedieron a la hazaña colombina se tiraron cuatro ediciones de la “Geografía” de Ptolomeo –el “best‑seller” de aquel tiempo–, seguida de cerca en cuanto a popularidad por su “Almagesto”.

Los portugueses fueron los que, iniciaron la carrera de los descubrimientos. Bajo el inspirado signo de Don Enrique el Navegante, instaláronse en las Costas de Oro y Marfil e hicieron suyas las Islas de San Miguel y Santa María, Terceira, Graciosa y San Jorge Fayal. El centro de estudios navales que el Infante fundara en Sagrés fulgió como una magistral escuela de náutica, superando alas academias catalana y mallorquina de cartografía. Introdujo en el arte de navegar el compás, aprovechando los nuevos aportes de la astronomía. Don Enrique murió en 1463, dejando a sus súbditos establecidos en el litoral mauritano, en las Azores, en las bocas del Senegal. Falleció, empero, sin ver cumplidos uno de sus más caros sueños: la llegada de los portugueses a la India, dando vuelta al Africa, desafiando la afirmación de Ptolomeo, en boga por aquella, fecha, de que, tal empresa era descabellada, porque el continente negro se extendía hasta el mismo Polo Sur.

Pero antes se debía surcar el Ecuador, línea prohibida y terrible, donde el mar hervía, quemando a todo ser que se aventurara sobre su infierno líquido. En 1471, Diego Cam osó atravesar la raya ecuatorial y tornó del mar de fuego sin una quemadura, en medio del pasmo atónito de la gente. Se avanzaba paso a paso, tactando el misterioso camino. Quince años transcurrieron antes de que Bartolomé Díaz doblara el temido Cabo de las Tempestades, cuyo nombre Juan II cambió elocuentemente por el de “Cabo de Buena Esperanza”: Era preciso, en efecto, alentar una muy acerada esperanza, pues tras tantos decenios de esfuerzos, muertes, galeras perdidas y tremendas peripecias, sólo se había recorrido la mitad de la ruta a la India. Restaba todavía por explorar toda la costa oriental africana, poblada de mortíferas asechanzas, antes de tocar la maravillosa meta.

Tantas dificultades para encontrar la India por la vía del Este, vigorizaron el propósito de buscarla por el oeste, creyendo que la distancia era más corta por esa dirección. “Ingeniosamente ha dicho D’Anville que el mayor de los errores de Ptolomeo (la suposición de que Asia se extendía hacia el Oriente más allá del 180° de latitud), guió a los hombres en el mayor descubrimiento de nuevas tierras”.[35]

Fué en Portugal, alrededor de 1470, donde Colón concibió el proyecto que lo haría una de las celebridades mayores de la historia. El descubridor pone un apremiante empeño en atribuir la idea de su viaje a la Divina Providencia. “Ya dije –afirma en el Folio IV de “Las Profecías”– que para la execución de la empresa de las Indias, no me aprovechó razón ni matemática, ni mapa mundo; llanamente se cumplió lo que dijo Isaías: “Nuestro Redentor dijo que antes de la consumación de este mundo se habrá de cumplir todo lo que estaba escrito por los Profetas, el Evangelio debe ser predicado en toda la tierra y la ciudad santa debe ser restituida a la Iglesia. Nuestro Señor ha querido hacer un gran milagro con mi viaje, a la India. Preciso es apresurar el, término de esta obra, lumbre que fué del Espíritu Santo, porque por mis cálculos, de aquí hasta el fenecer del mundo sólo restan ciento cincuenta años”. En la misma obra cita en su apoyo la Atlántida de Solón y un pasaje profético contenido en un coro de “Medea” de Séneca: “Con el correr de los años vendrá un tiempo en que el océano desatará las ligaduras de las cosas, se abrirá de par en par el orbe de la tierra y la diosa del mar descubrirá nuevos mundos”.

Detrás de este despliegue premonitorio de adivinaciones místicas o citas poéticas, Colón escondía un terrenal secreto. Sin conocer al dedillo los últimos adelantos geográficos y astronómicos, poseía; sin embargo, algunos respecto de los cuales se esforzaba en simular una ignorancia teatral.

Contemporáneo de Regiomontano, cuyas efemérides había estudiado; de Rodrigo Faleiro; del célebre cosmógrafo Martín Behaim, creador del astrolabio, que residió algunos años en Fayal; de von Reichenau, miembros prominentes todos de una gavilla ansiosa de comunicar a los exploradores sus deducciones, hoy aparece claro que Colón supo de ellas. Estaba al cabo de los escritos árabes sobre la materia, de los relatos del Caballero Tafur; de Juan de Mandevilla; del judío Benjamín de Tudela; de los viajes de Rubruquis, Piano Carpini, Bartolomé de Cremona, Ascelín y Marco Polo, cuyas expediciones a los dominios del Gran Khan confirmaron la hipótesis helénica de que el Mar Caspio es sólo un mar interior y no uno de los extremos del mundo, como se suponía. A través de esos relatos, divulgase en Europa la creencia de que los países señalados en el Extremo Oriente por Marco Polo, el Cipango (Japón), por ejemplo, se encuentran de Europa; a menor distancia que la real.

El Gran Almirante ha leído con avidez “De Imagine Mundi”, del Cardenal Pedro d’Ailly, de donde tomó todos sus conocimientos sobre los conceptos de Aristóteles, Strabón y Séneca concernientes a la posibilidad de ir a la India por el Occidente. Allí también afianzó su idea sobre la altura del paraíso terrenal y leyó la descripción de los ríos que macen del jardín edenico. Y, al margen de este libro, Colón dejó una prueba escrita –característica de esa época y de la clase en ascensión de donde provenía– de su pasión por el oro, la plata y las piedras preciosas. En la exposición que Pedro Allíaco hace de la producción de diversos países de Europa, Chistóforo Colombo llama la atención, –su propia atención– sobre los metales, las ágatas, las perlas, las gemas y los corales.

En el “Opus Majus” de Roger Bacon halla nuevos datos sobre las doradas tierras del sol naciente. Pero hay una influencia en su vida, que, tal vez por ser la más fuerte y decisiva, más se empecina en silenciar. Es la de Pablo Toscanelli, el famoso astrónomo y geógrafo, quien, mediante la medición de la altura solar por el astrolabio, corrigió las tablas del sol y de la luna y las cifras de la altura solar de diversas puntos terrestres. En 1474 escribió al Confesor de Alfonso de Portugal, explicándole su proyecto de llegar por el mar hasta la India. “El Almirante Mayor”, a la sazón en aquel país, tuvo noticias de la carta, e inició, a su vez, correspondencia con el sabio florentino,quien le envió un mapa aclaratorio, nuevos antecedentes, terminando su confiada respuesta con esas frases entusiastas: “Estad seguros de ver reinos poderosos; causará gran alegría, al Rey y a los príncipes que reinan en estas tierras lejanas abrirles el camino para comunicar con los cristianos, a fin de hacerse instruir en la religión católica y en todas las ciencias que tenemos.” Colón, en pago, jamás pronunció el nombre de su inspirador.

El iluminismo profético del descubridor se agudizó con los años. Su fanatismo no era oriundo de Italia, comerciante, republicana, renacentista, sino hijo del contagio mental de la Iglesia de España. La idea de su viaje chocó reciamente con la concepción religiosa medieval predominante en la, Península. “¿Era toda la tierra habitable? ¿Hervían los mares del Sur? ¿Había hombres de un solo ojo, un solo pie, con rabo? ¿Dónde estaba la isla gobernada por mujeres? ¿Qué parte de la, tierra estaba cubierta de agua? ¿Que parte seca? ¿A qué distancia de las costas occidentales de Europa se hallaban las orientales de Asia? Estos eran las problemas que preocupaban a ese mundo tan activo”.[36] Ciertos miembros de la Junta encargada por la Corte de los Reyes Católicos: de dictaminar sobre la factibilidad de los propósitos colombinos, juzgábanlos necios y peregrinos y oponíanles, entre un alud de argumentos basados en las santas escrituras, esta réplica, que estimaban aplastante: “¿Hay alguien tan desatinado que crea en la existencia de los antípodas, hombres que están con sus pies contra los nuestros y caminan con las piernas hacia arriba y la cabeza cargando? ¿Que existe un lugar en la tierra, donde, invertido el orden de las cosa, los árboles crecen para abajo y llueve, graniza y nieva, para arriba? El disparate de que la tierra es redonda es el origen de la absurda fábula de los antipodas, que se mantienen con los pies en el aire, y semejantes personas van, de desatino yen desatino, derivando del error inicial otros nuevos.”

Colón respondía, a su turno, con especiosos sofismas, con alambicadas interpretaciones de pasajes bíblicos, de textos grecorromanos adaptados y aceptados por la Iglesia. Pues, siendo en su meollo una encarnación burguesa, la resultante humana y espiritual de su pujante instinto descubridor, del despertar de universal curiosidad que trajo consigo el florecimiento de una, nueva clase, cuya prenda de victoria estaba aparejada al triunfo de una nueva concepción del mundo, a la radical mutación de todas las tablas de valores feudales, revistió, sin embargo, su persona de formas medievales.

Ofrecía su aspecto exterior la impresión de un monje taciturno, extraviado en el éxtasis de sus visiones, arma corporal de Dios, deleitado, a la manera de un huraño y redivivo San Juan de Patmos, en la anunciación de predicciones apocalípticas, profético mensajero del Juicio Final, siglo y media antes de sobrevenir. Percibiendo por una obscura intuición que probablemente jamás logrará ganar a los teólogos a su plan con una argumentación profana, fundamentada en mapas, en deducciones científicas, hace gala de una apasionada casuística, elabora una retorcida exégesis de los libros, sagrados, tratando de imponer su proyectada empresa como un hecho previsto en las escrituras, corro una especie de raro y milagroso mandato divino.

El imperio místico fué tornándose más absoluto en su paradógica morfología íntima a medida que transcurrían sus días y, ya sensacionalmente caído, sentía el drama de su vida como el del Cristo Crucificado. Inmovilizado en Jamaica, por la enfermedad y el fracaso,escribe estas palabras de elegía bíblica, desbordantes de su misión casi divina: “¿Quién nació, sin quitar a Job, que no muriera desesperado?”… “Yo he llorado fasta aquí a otros; haya misericordia agora del Cielo, y llore por mí la tierra” [37]

“La lettera rarísima” y “Las Profecías” constituyén dos reveladores monumentos psicológicos, piezas de sombría convicción para ese alucinante proceso humano de fanatismo del Gran Almirante de la burguesía. Se levanta ante el mundo como una dolorosa figura de transición, en la cual no pudieron conjugarse armónicamente la fuerza innovadora que emergía del alma de la época y le impelía a descubrir, y la caparazón escolástica aún vigente. Fué la ecuación frustrada, la unidad imposible entre la ideología reinante y los factores sociales que lo empujaron a la gloria.

Porque ¿quiénes financiaron, al fin de cuentas, la expedición descubridora? La burguesía comerciante de España, y probablemente también, en cierta parte, la del Norte de Italia.

Su costo aproximado fué de unos dos millones de maravedíes. Un millón ciento cuarenta mil se consiguió en préstamo de los fondos de la Santa Hermandad, recogidos entre los mercaderes de las diversas ciudades de la Península, que entregaron en sus nombres el acaudalado comerciante y virtualmente Ministro de los Reyes Católicos, el judío converso Luis de Santángel, y el tesorero de la Santa Hermandad y amigo del descubridor, el genovés Francisco Pinelo.

Algunos sostienen que el saldó lo proporcionaron los traficantes genoveses Doria, Catana, Riberol, Di Negro, Oria, Capatal, Spínola, y el banquero de Florencia De Juanoto Berardi. Pero otros disienten respecto al origen italiano de, éste aporte, lo cual no es del todo aceptable, puesto que consta el crédito de Berardi, por valor de ciento ochenta mil maravedíes, y la designación de Jerónimo Rufaldi y Amerigo Vespuchi, como albaceas suyos, que debían recibir el pago.[38] Los que niegan esto, en cambio, afirman que cubrió casi todo lo que falbaba –medio millón de maravedíes– el más rico mercader y naviero de Palos de Moguer, Martín Alonso de Pinzón. En el juicio seguido más tarde, los herederos de éste alegaban que Colón ofreció en pago a su comanditario la mitad de las ganancias, y el Padre de las Casas concilia diciendo que “sin duda es de creer que le debía prometer algo, porque nadie se mueve sino por su interés y utilidad”.[39]

Es este mismo acucioso socio capitalista, el que, junto con hacer desistir a Colón de su desesperado plan de tripular la flota descubridora con penados de derecho común, sabe atraer a la gente marinera con argumentos propios de un burgués, que conoce la, magia del oro sobre los corazones y las voluntades de los hombres de esa época: “Amigos míos –les decía– andad acá; íos con nosotros en esta jornada, que andáis acá miserando. Ios esta jornada, que, según fama, habemos de fallar las casas con tejas de oro, e todos vernéis ricos é de buena ventura”.[40]

En Colón, que era todo una alianza monstruosa de lo antagónico, el fanatismo sin tasa se fundió a la avidez loca, bajo el signo del Señor.

El primer día que pisó tierra de América, al ver en Guanahaní –actualmente isla Watling, posesión británica situada en el archipiélago de las Lacayas– a los indígenas, confía a su diario: “Deben ser buenos servidores”. Contemplando 1a abundancia de algodón, rápidamente concluye que, por razones de transporte, resultaría más conveniente, desde el punto de vista comercial, venderlo al Gran Khan. Luego se apresura a manifestar a. los Reyes expresiones que valen por toda una definición de los objetivos prácticos de la conquista: “Es cierto, señores príncipes, que donde hay tales tierras que debe haber infinitas cosas de provecho”.[41]

Al descubrir Haití, tras decretar que ha; llegado a Cipango, declara con fruición, más fundada en el ansia que en la realidad, que “hay mucho oro y especiería y almáciga y ruibarbo.”

Una semana después de su Llegada, Colón se siente enamorado de lea feraz naturaleza americana. Viendo “Cabo Hermoso”, poetiza en su diario: “Y llegando yo aquí a este cabo vino el olor tan bueno y suave de flores y árboles de la tierra, que era la cosa más dulce del mundo.” En la línea siguiente el lirismo se revela ya menos puro: “Y aún creó que ha ellas muchas yerbas y muchos árboles que valen mucha en España para tinturas y para medicina de especería.” De pronto, el sentimiento panteísta le abandona por completo y vuelve a cáer en su obsesión: “Iré donde está el ‘rey y que trae mucho oro.” Luego se sincera, en una clara confesión de propósitos: “Verdad es que fallando adonde haya oro o especería en cantidad me deterné fasta que yo haya de ello cuanto pudiere, y por esto no fago sino andar para ver de topar en ello”[42] Y el 23 de Diciembre de 1492, ya perdida la paciencia, eleva su súplica al cielo: “Nuestro Señor me aderece, por su piedad, que halle este oro, digo su mina”[43]

“El oro –confiesa a la Reina Isabel– es excelentísimo; del oro se hace tesoro; y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo y llega su poder a echar las ánimas al paraíso.” De seguro existen pocos acápites que pongan como éste tan de relieve ese rapaz concubinato de lo burgués y lo feudal que retratan al que lo escribió su enriquecimiento personal no le era del todo indiferente. El 10% de los metales nobles, de las piedras preciosas, de las especias y cualquier objeto susceptible de comercio le pertenecían, según contrató, amén de las concesiones territoriales. El escudo de armas, del hijo de los míseros cardadores genoveses ostentaba “ondas de mar con un continente y veintinueve islas de oro, sobre un fondo azul de cinco islas de oro, la punta del escudo empalmada en oro.” Embriaguez y sinfonía en oro. Y como la extracción de oro no arroja las cantidades deseadas, vende corro esclavos a los indios.

Refiriéndose a los primeros indios americanos esclavizados y usando un lenguaje rebañiego, Colón dice: “Y después envié, y trujeron siete cabezas de mujeres entre chicas y grandes” (Pág. 62, “Relación y Cartas”). La población de la Española –que ascendía en la fecha del descubrimiento a tres millones y medio de habitantes– quedó reducida, a consecuencia de esta política de exterminio, al cabo de diez años, a treinta y cuatro mil indígenas, o sea, de cada cien pobladores primitivos sólo quedó uno con vida. Podía hacerlo, “porque los indios no tenían alma cristiana.”

Colón andaba preocupado por la suerte del “ersazt” que ha descubierto ante la escasez de oro: La esclavitud de los indios. Y cuando le vienen á, ver personas principales de Santiago, inquiere por su gran negocio: “Estaba en pleno apogeo –le contestaron– pues había gran demanda en Castilla, Aragón, Portugal, Sicilia, de modo que un hombre, aun mediano, valía ocho mil maravedías”.[44]

En 1497 escribe a su hermano Bartolomé: “No hay otro bien salvo servir a Dios, que todas las cosas deste mundo son nada, y el otro es para siempre.” Leyendo estas líneas, Fray Bartolomé de las Casas no se resiste a exclamar: “Cosa es de maravillar, y, si fuera otra materia que no requiriera lloro, de reir, que escribía a su hermano sobrecargar los navíos de esclavos…” Paralelo al tráfico humano, Colón; en comunicación al “Beatisimo Pater” Alejandro VI, promete mantener durante cinco años “cincuenta mil infantes y cinco mil jinetes para rescatar el Santo Sepulcro, calculando que las tierras descubiertas o por descubrir le darían ciento veinte quintales de oro anuales”.

Los rasgos medievales de su estructura interior, jamás le permitieron aceptar que había descubierto un nuevocontinente. Hay algo de intensamente conmovedor en este hombre empecinado en negar hasta la muerte su creación, su obra maestra, la razón de su inmortalidad, el drama del padre que desconoce el verdadero rostro del hijo que le colma de gloria. “Diez días más y estoy en el Ganges.” “He descubierto y ganado mil cuatrocientas islas y trescientas treinta y tres leguas de tierra firme de Asia.” Afirma que la Isla Española (Cuba) es Cipango (Japón). “Iré hasta ella, que es muy grande y de gran trato, y hablan en ella oro y especerías y naos grandes y mercaderes”.[45] Sus propósitos son emocionantes. Pronto llegará a Paria, estrechará con solemnidad la diestra del Gran Khan en su palacio increíble, y será ungido señor de las áureas, minas de Ofir.

Entre sus documentos más importantes, Colón guarda la carta‑credencial en que los Reyes Católicos le acreditan como su enviado directo ante la Corte del Gran Khan, al cual llaman “Serenísimo Príncipe”. Y lleva en la tripulación al intérprete Luis de Torres, de quien se decía que hablaba hebreo, caldeo y árabe, para que pudiera entenderse con el monarca de Cipango, cristianizarlo y someterlo a la Corona de Castilla. Al noveno día de desembarcar en América escribe: “Y según yo fallare recaudo de oro o especería, determinaré lo que he de facer.” Más todavía, tengo determinado de ir a la tierra firme y a la ciudad de Guisay, y dar las cartas de Vuestras Altezas al Gran Can, y pedir respuesta y venir con ella”.[46]

Hay algunos miembros de su expedición escépticos, dudosas de que este continente bárbaro, poblado de desnudas tribus salvajes, sea la patria del famoso refinamiento Orienta.

Colón les aplica una multa de diez mil maravedíes “por cada vez que dijesen lo contrario de lo que agora dirían y cortada la lengua; y si fuere grumete o persona de tal suerte, que le darían cien azotes y le cortarían la lengua”, acorde con el método de negar la evidencia, aplastándola bajo el, terror.

Mas, en ese interludio, la acción de Portugal no ha mermado. Vasco de Gama ha hecho, por fin, la mitad del camino que faltó a Diego Cam para llegar a la India. Manuel El Afortunado le provee de medios. Doblando el Cabo de Buena Esperanza, bordeando la costa de Mozambique, echó anclas en Calcuta seis años después que Colón pisara tierra americana. Esa empresa es la corona de los esfuerzos lusitanos, y Vasco de Gama regresa en 1499 a Lisboa con una prodigiosa carga de tesoros indostánicos. Al tocar las Indias Orientales consuma un descubrimiento estimado entonces, en cierto sentido, harto más substancial que el de Cristóbal Colón. Los aventurosos comerciantes estaban en la razón, sobre todo si se piensa que en el primer viaje de Vasco de Gama se ganó 6.000% del capital invertido. A la inversa, las expediciones colombinas –mi radas a través de este ángulo– habían decepcionado la primitiva sobreexcitación y esperanza de oro sin fin que encendieron las noticias iniciales del descubrimiento.

La muerte del siglo XV es iluminada por un sinnúmero de prodigiosas travesías y magníficos hallazgos de nuevas tierras. El año en que Vasco de Gama desembarca en Calcuta, Sebastián Cabot, “al servicio del Rey Enrique VII de Inglaterra”, pone pie en Terranova. Dos expediciones; una portuguesa y otra española, bajo las órdenes de Alvarez Cabral y Pinzón, descubren el Brasil.

El mismo Colón ha hecho en 1498 toma de posesión de tierra firmé centro americana. Juan de ?a Cosa, que formó parte de la tripulación del segundo viaje del Almirante, dibuja el continente. Fué también piloto de Alonso de Ojeda en la expedición de 1499, en la cual iba Américo Vespucio, que más tarde efectúa otras expediciones, por encargo de Lorenzo de Médicis y del Rey Manuel de Portugal, y cuyo relato latino lo llena de celebridad. Pedro Martyr, el publicista más incansable que tuviera el descubrimiento colombino, usa por primera vez, el 20 de Octubre de 1494, la expresión “nuevo mundo”, en carta que envió a Borromeo.

En 1500, Leonardo da Vinci sostiene que los territorios descubiertos por Colón corresponden a un continente nuevo, distinto de las Indias. En Europa se dan a la estampa curiosos mapas, libros anónimos, que a diapasón con los rápidos avances de la geografía física, de la geología, de la historia natural, están indicando que se trata de un nuevo mundo. Sin embargo, su malhadado descubridor se aferra, con los ojos cerrados, a su vieja ilusión, y desaparece convencido de que ha abierto a Europa el camino de las Indias.

En 1507, Martinus Hylacomilus, en su “Introducción a la Cosmografía”, propone el nombre de América para el continente que descubrió Colón. Tal denominación se usa ya en el anónimo “Globus Mundi”, hecho que repite el alemán Waldseemueller en su carta geográfica. En 1522 el mapa “Ptolomeo” insiste en el mismo nombre, consagrando por los siglos la consumación de uno de los despojos más dramáticos de la historia. El genio tenso, tenebroso y destrozado del descubridor le siguió más allá del sepulcro. De la atmósfera densamente trágica de su, existencia escapa el acento romántico, propio de una vida esclava de sus ensueños y no intérprete de los hechos, fluye la sombra ciega y amarga del padre que desconoce al hijo de sus vigilias, hasta culminar en el epílogo del hijo que no llevará el apellido del padre. El nuevo continente no se llama Colombia, sino América.

Pero fuera de la funeral pasada de Valladolid, en aquel día de la Ascensión de 1506, la vida –cuyo ritmo apresura la sangre fresca de la burguesía– no se ha detenido a descansar un minuto. Aumenta sin paralelo el frenesí de los descubrimientos y se encona la lucha entre los perros de presa. Los venecianos levantan en armas a los musulmanes de Egipto, Arabia y Persia, contra los portugueses, que fundan un rosario de factorías comerciales en las costas del Océano Indico, en Timor, en Macao, Mozambique, Java, abarcando las Molucas, China e India. En 1509, el gran triunfo naval en Diu, logrado por Alburquerque, desvaneció los planes de Venecia, cuyo monopolio ha sido reducido a trizas.

Cuando Vasco Núñez de Balboa proyectó sobre el Océano Pacifico la primera mirada europea, la quijotesca y quimérica porfía colombina recibió el golpe de gracia. El Gran Océano había sido avistado desde su borde oriental y occidental.

Ahora faltaba darla vuelta al mundo, para rematar la tarea de ofrecer una visión integral del planeta humano, y, de paso, dirimir el pleito entre los reyes de España y Portugal sobre la línea de demarcación, fijada por el Papa, que repartía entre ambos las tierras descubiertas. Tal fue la obra, póstuma del portugués Fernando de Magallanes, motejado de traidor por Camoens, porque se puso a las órdenes de la Corona Español, Zarpó de Sevilla en 1519, con cinco naves. El 13 de Noviembre de 1520 penetró en el estrecho que lleva su nombre. “Los tripulantes de una embarcación que había despachado con fines de explotación, regresaron anunciándonos –refiere Pigafetta– que habían visto el cabo en que concluía el Estrecho, y un gran mar, este es el Océano. Todos lloramos de alegría. Este cabo se llamó “.`El Deseado.” porque, en efecto, desde largo tiempo ansiábamos por verlo”.[47] La expedición dio la vuelta a la tierra, aunque su capitán no saboreara la apoteosis del regreso, muerto por los indígenas en Filipinas. A duras penas, un cascarón desventrado, con la arrogancia del registro “Victoria”, tripulado por treinta espectros; pero con un cargamento precioso, recaló en el puerto de partida como testimonio del primer viaje alrededor del globo terráqueo, que duró 1.124 días.

En 1524 Juan Verrazano, que navega bajo el pabellón francés, ansioso por dar tierras a Francisco I, toca el Cabo Bretón, más tarde las costas de Nueva Inglaterra y es posible que penetrara en la bahía donde hoy, se levanta Nueva York.

Los mercaderes han encontrado, surcando los mares, las llaves de las puertas de oro. Dos nuevos continentes, América y Africa, afloran de lo desconocido para agregarse al mundo y al mercado internacional, aunque, sobre todo en el último, la, exploración no traspase las costas. Con el Asia de la leyenda se inaugura una era, de contactos estrechos, admirablemente prácticos.

El foco del universo comercial se desplaza desde el Mar Latino hacia el Atlántico. El sol de Venecia y demás ciudades italianas cae en su ocaso. En esa hora, apasionante, la historia tendrá por hijos favoritos a España y Portugal y luego también a Inglaterra, Francia y Holanda. Baja asimismo el telón del brillante acto mercantil que tuvo por escenario predilecto el Mar Báltico. Él teatro se ha vuelto inmenso. Abarca la suma de los océanos y cuatro continentes, dos de los cuales, vírgenes, serán brutalmente desflorados por el conquistador.

Despuéblanse las ciudades interiores. Los hombres, en inquietante éxodo, se vuelcan sobre los puertos. Presas del fetichismo del mar, quieren vadearlo cuanto antes, pues sólo la excitante aventura ultramarina pondrá término a la áspera miseria del terruño. Aquel que logra alistarse en el navío que parte hacia el lejano país indiano cree a pies juntillas disponer de un pasaje para la tierra cuajada de minas de oro y plata y de piedras preciosas. Brotan como hongos organizaciones de navegantes y mercaderes, de donde casi nunca permanecen ausentes algunos coloridos pájaros de cuenta, duchos en fantasiosos cuentos del tío, en una época en que la extravagancia imaginativa se permitía todas las licencias inherentes a un mundo que todavía carecía de límites y contornos; en proceso de plasmación, y disponía por eso mismo, de una clientela, más crédula que en nuestros días.

Famosa fué la empresa conocida por el pintoresco título de “Misterio y Compañía de los aventureros y mercaderes para el descubrimiento de regiones, dominios; islas y lugares desconocidos”, que financia a navegantes, soñadores y piratas, en ese tiempo en que estas categorías solían identificarse.

La demostración ya clásica de esta identificación la proporcionan los históricos filibusteros de los tiempos de Isabel de Inglaterra, que asaltando bancos y posesiones españolas –tanto en épocas de paz como de guerra– trajeron a su país riquezas estimadas en doce millones de libras esterlinas.

El ejemplar más intrépido de estos corsarios es sin duda, el amigo intimo de la Reina‑Virgen, Sir Francis Drake. En su segunda expedición –financiada por acciones, y de la cual era socia la propia Isabel–, después de tres años de correrías, desvalijó las poblaciones costeras de Sudamérica, incluso de Chile; abordó al asalto los galeones españoles, vació las bodegas de la Flota del Tesoro y regresó en 1580 a su patria, habiendo multiplicado por 120 el capital inicial de 5.000 libras esterlinas. La Reina canceló las deudas de la Corona con su participación en este robo. Los demás accionistas invirtieron las ganancias en la fundación de “Compañía de las Indias Orientales” en 1600, la más poderosa de todas, cuyo monopolio comercial sobre la India sólo fué abolido en 1813 y sobre China en 1833 o sea, mantuvo el privilegio de imponer precios a capricho durante más de dos siglos sobre casi la mitad de la población humana. Por esto, Louis M. Hacker afirma que “podría casi decirse sin exageración, que aquel viaje del pirata Drake en su buque “Golden Hind”, estableció la base del poderío imperial de Inglaterra en la India.”

Surgieron entonces en abundancia estas compañías por acciones. La primera conocida en Inglaterra, llamada “Moscovita”, pues operaba en los poblados rusos, adquiriendo cera, cáñamo, pieles, a la vez que buscaba un paso por el norte hacia China y las Islas de las Especias, fué fundada en 1555. Otras tenían por giro declarado el comercio de esclavos, la explotación de arenas auríferas, la búsqueda del marfil o de colorantes, etc.

En la conquista y colonización de América Sajona estas compañías jugaron un papel eminente. Los primeros intentos de Humphréy Gilbert, en 1583, en Terranova, y de Sir Walter Raleigh, en Virginia, de establecer colonias inglesas fueron acometidos en nombre de esta clase de empresas y con su dinero. El famoso viaje de los peregrinos del “Mayflower”, que se invoca como la partida de nacimiento de la sociedad norteamericana, fué financiado por una compañía mercantil de responsabilidad limitada.

Se había hundido a fondo el pié en el acelerador de la disgregación medieval. “El descubrimiento de América y la circunnavegación del Africa ofrecieron a la burguesía naciente un nuevo campo de actividad. Los mercaderes de la India y de la China, la colonización de América, el mercado colonial, la multiplicación de los medios de cambio y de mercancía, imprimieron un impulso, hasta entonces desconocido, al comercio, a la navegación, a la industria, y aseguraron, en consecuencia, un desarrollo rápido del elemento revolucionario de la sociedad feudal en decadencia”[48]

Y, aunque las trompetas anunciadoras del capitalismo, ya derribaban Jericós feudales a fines del siglo XIIIen las ciudades italianas, su partida oficial de nacimiento tiene por fecha el siglo XVI, en que han declinado y ruedan trastrocadas todas las antiguas perspectivas, variadas la composición, el tamaño y la forma del planeta, en vías de desatarse la grandiosa revolución, del mercado.

Fué entonces cuando se abrió de par en par el pórtico de la historia del capital, bajo el influjo de la “acumulación primitiva”, iniciando “la conquista del mundo de la riqueza social”; al decir, de Marx.[49]

 

Capitulo V

EL CAPITAL PONE PRECIO A LO HUMANO Y LO DIVINO

 

“La burguesía ha jugado en la historia un papel altamente revolucionario.

Allí donde ha conquistado el poder ha pisoteado las relaciones feudales patriarcales u idílicas. Todas las ligaduras feudales que ataban el hombre a “superiores naturales” las ha quebrantado sin piedad para no dejar subsistir otro vinculo entre hombre y hombre que el frío interés, el duro pago al contado. Ha ahogado el éxtasis religioso el entusiasmo caballeresco, el sentimentalismo del pequeño burgués, en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio.”

MARX‑ENGELS[50]

 

El canto del cisne de la Edad Media declina con un melodioso acompañamiento de monedas y muere en un marco dorado, pues entonces surge y relumbra hasta el frenesí la Quimera del oro. El ámbito de 1a medianoche medieval se estremece partido por el grito del Vellocino, por el delirio del Eldorado: Oro, he aquí el fantasma que traza su firma de. señor y dueño, con tinta de sangre humana, sobre el frontispicio de la era moderna.

Se vivía bajo el signo de una nueva astrología. Oro hasta la demencia. Oro para vivir y oro para morir. Tal resuena el alarido rapaz, quemante, atronador. La consigna de Europa. Y América, recién nacida, es el continente, el vientre del oro, el símbolo, el río, el esclavo de oro. Su posesión es la posesión del oro.

¿Cómo aconteció todo esto?

Aunque fraile, Copérnico tenía un oficio que amaba en su corazón de titán: contemplaba de noche el cielo.

Desde su capilla‑observatorio, instalada junto al Mar Báltico, en Frauenburg, estudiaba hasta el amanecer los astros y las estrellas. La astronomía era debil lazarillo de los navegantes; pero ya, comenzaba a desplegar sus alas el conocimiento científico de la naturaleza. Los comerciantes y los manufactureros precisaban una física evolucionada, instrumentos de investigación, la exactitud matemática, el desarrollo, del método para impulsar sus máquinas, sus navíos y sus negocios.

De facto, se comportaban .como revolucionarios, pues estaban derribando la añosa catedral de la escolástica, demoliendo la erudición ya ruinosa de los sofistas medievales, limpiando el terreno para construir una ciencia de aplicación práctica.

Copérnico mismo, de natural tímido y reacio al combate, fué un formidable innovador a pesar suyo. Movilizó el mundo hablando del movimiento del mundo. Sostuvo y demostró en “De las Revoluciones de los Orbes Celestes” que el sol estaba inmóvil y que era la tierra la que giraba como un simple satélite a su alrededor. Tan inmensa resultó la importancia de su descubrimiento, que Tycho Brahe, el clasificador de las estrellas, hizo de Nicolás Copérnico el ditirambo más absoluto e incondicional de aquel tiempo: “Vale más que el oro”. Como asustado por la magnitud desacostumbrada del elogio, lo justificó, explicando: “La tierra no produjo un hombre comparable a. Copérnico en el espacio de tres siglos. Pudo detener el sol en su carrera por los cielos y hacer circular la tierra inmóvil; ha hecho girar alrededor de ellos a la luna y ha transformado el aspecto del universo.”

El poeta e inquisidor de la bóveda celeste, de vivir, habría comprendido toda la intensa significación de la alabanza, porque, si bien de noche se embebía en descifrar el iluminado misterio planetario, consagraba sus días a hacer astronomía humana, analizaba el nuevo y radiante sol al alcance de la mano, el rey de los astros terrestres: el oro. El sacerdote, el político, el revelador del rostro del verdadero cielo y de su real dinamismo, también fué técnico del sistema monetario. Y, haciéndolo girar todo en torno al metal precioso afirmaba en su “Tratado de la Moneda”, que “uno de los peores azotes que conducen a la decadencia de los reinos principados y repúblicas es el deterioro de la moneda.”

El feudalismo rezaba; “Ni: señor sin tierra ni tierra sin señor”. En esta hora, de sus estertores, el capitalismo naciente borró con arrogancia de la pizarra de la historia esa divisa, para reemplazarla por un aforismo que llevara impreso su propio y ambicioso sello: “El dinero no tiene dueño”. Expresaba así gráficamente la decadencia del vínculo personal entre señor y vasallo, característico del Medioevo. En dicho erial –infecundo para. el feudalismo y luego reverdecido por el nitrato de una nueva clase– empezó a rutilar una potencia joven, “la potencia de las potencias”, el capital‑dinero, que haciendo abstracción de personas determinadas, saltando por encima de la sangre y los blasones, dá el poder a quien quiera lo posea.

El capital‑dinero es hijo de una distinguida pareja del comerció y de la usura, que antes del desarrollo de la burguesía eran las dos únicas formas de capital existentes.

Vimos ya al comerciante proveer al señor feudal, satisfacer su sed de lujo, colmándole de mercancías orientales. Era el socio que compartía con el príncipe, barón, obispo o abad, los tributos arrancados a los siervos. Era el parásito que vivía en simbiosis con otro parásito.

La esposa ilegítima del comercio –más tarde legitimada de hecho por la bendición eclesiástica– se llamaba usura. Santo Tomás de Aquino predicaba: el cobro de intereses constituye pecado, porque “él tiempo pertenece a Dios” y no hay derecho a vender las cosas ajenas ni menos las divinas. Formalmente, la Iglesia anatematizaba a los usureros, al mismo tiempo que profería amenazas y despachaba bulas de excomunión contra los deudores morosos, remisos en cancelar las caprichosas tasas de intereses a los banqueros amigos. Ya en el siglo XII, los Caballeros Templarios –orden religioso‑militar, enriquecida gracias al saqueo en las Cruzadas– fueron los prestamistas más acaudalados y sórdidos.

Sobre el banco de madera de los primeros usureros alineábanse balanzas, lingotes, pues “cuando sale de la circulación interior de un país, el metal moneda abandona las formas locales que había revestido para recobrar su forma primitiva de barra o lingote”.

En la feria medieval, el prestamista lucía su mercadería: montículos de bruñida moneda. Se oía el constante entrechocar del dinero que cambiaba de manos. Pero ya estaba en camino un procesó largoy complejo. En la esfera de la circulación la partitura inicial de pobres acordes se va transformando en una copiosa sinfonía para gran orquesta. Menudea la suscripción de los instrumentos de crédito, el perfeccionamiento de contratos internacionales privados, la negociación de empréstitos a los soberanos la cancelación de deudas, la apertura de cuentas corrientes, toda clase de compromisos mercantiles. El tosco banco de laurel del usurero es la célula matriz, en trance de transfiguración, del imponente banco moderno. Una compacta telaraña de oro y de efectos comerciales teje su red, contando con sucursales en Pisa, Hamburgo, Lübeck, Gante, Amberes, la ciudad‑cumbre del siglo XVI, Londres, París, etc.

Cae el crepúsculo sobre las ferias. En esa plazoleta de Brujas, donde un voluminoso letrero decía: “Van Der Bourse, Mercader”, nació la primera Bolsa del mundo, que recogió el apellido del comerciante. Esa fué la sentencia de muerte a corto plazo de las ferias, que, debiendo su vida a las restricciones que sofocaban el intercambio, de cayeron con el mercado libre. El incremento del crédito, el avance de la letra de cambio; la venta de las mercaderías por muestras, que hacía innecesario que se las trajera en especie en resúmen, el desarrollo comercial, selló el destino de las ferias y dio paso a su sucesora la bolsa, unión de comerciantes, donde se tramitan toda suerte de operaciones, y que marcha del brazo de los bancos.

Las bolsas y los bancos se convierten en el nuevo cielo terrenal y desfilan por su firmamento, de oro los astros mayores y menores, todas las constelaciones humanas Papas; Emperadores, Reyes, condes y priores. La suma de la púrpura mundana en amarillos aprietos forma la Selecta clientela de los prestamistas, de los comerciantes en dinero, elevados al rango de banqueros. Pero estos deudores constituyen un prosaico bolsillo roto, por cuyos agujeros el dinero se escurre para ir a naufragar en el mar sin fondo de las guerras endemicas y en el fastuoso estilo de vida señorial.

Naturalmente, quienes pagaban más cara toda esa bacanal de sangre, ocio y despilfarro, toda esa onda presuntuosa, de desmedida magnificencia, eran los siervos, cuya explotación y torturas subían de punto porque sus amos clamaban a la tierra por dinero y más dinero.

Pero había de llegar el día en que la esquilmada vaca lechera del campesinado amaneciera enferma y con las ubres resecas. Entonces la nobleza, territorial tuvo que comenzar a desprenderse de sus dominios, que sólo había pensado dar en garantía nominal al usurero. La servidumbre revolvióse más hondamente en la crisis de la muerte y las víctimas escogidas de su decadencia, los campesinos, vagaron a la deriva por los caminos, ansiosos de huir de la miseria, incorporándose a la ciudad, como proletarios, vendiendo su fuerza de trabajo por un salario a los nuevos capitalistas.

Los problemas creados por este fenómeno no fueron de menospreciar. La multitud de labradores desplazados que se dejaban caer sobre las ciudades suscitó dificultades enormes, ya que su asimilación por la manufactura capitalista no podía realizarse con la celeridad con que llenaban sus calles de la noche a la mañana. Esa oleada sin destino fijo fue el fértil almácigo de delincuentes y mendigos.

El célebre Enrique VIII, “notable casuísta católico, antes de ser asesino de mujeres”, deparó una muerte tan horrorosa como la de Ana Bolena a setenta y ocho mil de sus compatriotas, acusados de vagancia. Las reinas de Inglaterra eran flores de aristocracia y por ello murieron decapitadas en la Torre de Londres; en cambio, los vagabundos eran ex labriegos desamiparados y como tales no merecieron más que una horca roñosa en la plaza de cualquier anónimo villorrio.

Los nevados paisajes montañeses de Suiza servían de escenario a edificantes cacerías. Venerables y cristianísimos altos burgueses salían a matar pordioseros, “gente sin hogar ni ley”, practicando el piadoso deporte homicida con fines de seguridad social.

Desbordó el vaso la contradicción de lea pobreza junto a la abundancia de oro. Tanto es Así que un siglo después del descubrimiento de América, una cuarta parte de los parisienses vivía de la caridad pública, siendo análogo el cuadro general de Europa.

El embrujo del oro había engañado al hombre, que estaba pagando un terrible precio por su ilusión. ¿Cómo se produjo esta falacia?,

La primera fase medieval acusó una extrema indigencia en metales nobles, que vino a subsanar en parte la conquista musulmana de España, debido a la explotación de varias minas. Luego, Europa central, cuyos yacimientos auríferos más señalados se encuentran en Alemania, Bohemia, Hungría, Inglaterra y el Norte de Francia, poseyó las fuentes más ricas. En el siglo precedente al descubrimiento de América, disminuyó la producción por defecto del trabajo minero y bajaron también sus reservas porque el oró y la plata emprendían fuga al Oriente, en pago de las apetecidas especias. Es el momento en que descuellan los reyes tramposos, los monederos falsos coronados.

Mas todo cambió de golpe cuando los españoles descubrieron e iniciaron la conquista de México y del Perú. La esperanza arrebatada de todas las clases sociales se vuelca, entonces sobre el Nuevo Mundo. El oro y la plata ultramarinos son la panacea universal, la llave para reinar sobre la tierra y el cielo. El arribo de las primeras remesas de metales preciosos del Hemisferio Occidental abre las’ más fantásticas perspectivas. Sombart llega a sostener “que el Estado moderno nació en las minas de plata de México y del Perú y en los placeres auríferos del Brasil.”

Para lograr el oro, no había límite ni medio vedado. Los conquistadores entraron a sangre y fuego en las nuevas tierras. El capitalismo quedó tatuado “ad aeternum” con la marca de la violencia, pues “esta acumulación primitiva juega en la economía política más o menos el mismo papel que el pecado original en la teología. Adán mordió la manzana y el pecado recayó sobre toda la especie humana

“En la historia real de la conquista, el esclavizamiento, el asesinato y el pillaje, en una palabra, la fuerza bruta, juega, como se sabe el primer papel. El idilio no se ha conocido sino en la dulce economía política, según la cual; el derecho y el trabajo han sido siempre los únicos medios de enriquecerse. En realidad, los métodos de la acumulación primitiva no tienen nada de, idílicos”.[51]

Africa se convirtió en una mina de esclavos. La ausencia de montañas protectoras en la costa, hizo fácil la penetración de los invasores europeos. Alrededor de 15 millones de negros fueron vendidos en América en el transcurso de cuatro siglos; pero cada esclavo subastado debe multiplicarse por cuatro, pues tal era la proporción de cadáveres que quedaban tendidos en la selva coma balance de las redadas, o en el fondo de los océanos; muertos durante las terribles travesías de los barcos negreros. Se calcula que Africa perdió cerca de cien millones de sus hijos debido al comercio esclavista.

Tan substancioso era el negocio que los perros cazadores mordíanse, coléricos, por obtener el monopolio. Inglaterra y Holanda sostuvieron por ello dos guerras y en el Tratado de Utretch, suscrito en 1713, la primera impuso una cláusula que le concedía por treinta y tres años el derecho exclusivo de transportar esclavos a las colonias españolas de ultramar.

En el umbral de la historia americana la conquista europea cortó a filo de espada la evolución de las sociedades nativas. Cae sobre los aborígenes coma una avalancha de un mundo más desarrollado en todos los órdenes y, por ende, más poderoso. Esta invasión, a diferencia de otras que como ellas dieron origen a nuevas naciones, no opera sino debilmente con efecto asimilativo. Su resultado es el aniquilamiento de las formas de vida propias del vencido.

Pronto aquélla ilusión aborigen de que hablaba Colón en carta a Luis de Santángel, del 15 de Febrero de 1493, del “venir a ver la gente del cielo –refiriéndose a los europeos–, venid, venid y veréis gente que han venido de la región etérea”[52], sufre una horrible transformación.

De repente, los indígenas ven con estupor precipitarse sobre sus seres e instituciones un cataclismo, que en los instantes del desconcierto inicial no atinan a atribuir sino a deidades malignas, a fuerzas nebulosas de la naturaleza, que arrasan, con la furia de una inexorable vorágine, todo su aparato social, remueven sus cimientos económicos, desarbolan su estructura familiar y religiosa,

Así el destino de la colonia fue levantarse sobre un campo continental de ruinas, sobre cementerios de culturas que no pudieron resistir el embate de elementos más avanzados en la escala del progreso humano.

La conquista y el coloniaje, al imponerse sobre la destrucción violenta de las sociedades establecidas, producen un salto en el vacío, arrollan, derrumban y aplastan, arrancando de cuajo y borrando lo existente, ahogando en ciernes las posibilidades de la evolución natural. Fueron, en el fondo, una sangrienta, inmensa y productiva empresa emprendida y consumada por exponentes de una sociedad que pasaba ya por el dintel de pillaje y rapiña de la acumulación primitiva del capital.

Despuntaba el alba moderna y en el carcomido seno feudal, revestido de hábitos y símbolos místicos, que pretendía sobrevivirse mediante la Contrarreforma y el terror negro, habían empezado a palpitar con energía expansionista los gérmenes burgueses. La palanca humana, el puño armado de ese proceso, estaba llamado a destrozar sin piedad la existencia social de las tribus americanas, que, en el más adelantado de los casos, no superaban el estado medio de la barbarie.

Los conquistadores señorearon en el mundo recién abierto en forma absoluta y monopolista. Implantaron el repartimiento. Gozaban de privilegios para robar y estafar a pueblos y continentes enteros. Y la riqueza de los mercaderes europeos creció y se multiplicó al calor de los ingentes tesoros arrancados a los nuevos territorios. Implantaron en ellos precios a sus antojos é hicieron del saqueo una norma respetable. Sobre tales piedras sillares prohibitivas, anegadas en sangre, se levantó cada vez más alto el edificio de los capitalistas, que en une época en que el maquinismo no había impuesto todavía su triunfo continuaban siendo en primer lugar comerciantes y secúndariamente industriales.

En ese momento todo comenzó a tener precio en la feria mundial.

El Estado se vendió a los hijos de la fortuna, a los tratantes de negros y a los traficantes en especias, a los asesinos que portaban el lauro dorado, al astuto mercader transformado en banquero. Por aquel entonces se inició la danza de la deuda pública, consuma modestia en relación a las cifras de diez ceros de la actualidad. Fue enajenado el Estado, cualquiera que fuese su forma política, mediante el préstamo hecho por los bancos particulares, que, en buen romance no prestan nada, “pues –conforme las palabras de Marx–, su capital, transformado en efectos públicos de fácil circulación, sigue en sus manos como si fuese numerario… Desde su creación, los grandes bancos, engalanados de títulos nacionales, sólo son asociaciones de traficantes privados, que se establecen al lado de los gobiernos y merced a los privilegios que éstos les conceden, hasta llegan a prestarles el dinero, del público.”

Y el oro compró también a la Iglesia, sobornó a los Papas, fue adorado como el nuevo Dios. Confería a su Poseedor la irreverencia más ilimitada respecto a, las cosas sagradas. El banquero florentino Cosme de Médicis, aun con anterioridad al descubrimiento de América gustaba ya de jactarse: “Hubiese querido tener por deudores a Dios padre, al Dios Hijo y al Espíritu Santo para meterlos en mis libros de cuentas.” Eran, de verdad los únicos que faltaban, aunque no sería decoroso negar que estaban endeudados hasta las orejas por intermedio de sus representantes en la tierra. Su Santidad, en mora, en garantía de pago, tuvo qué entregarle Assise, una de sus principales plazas fuertes.

El oro hace a los banqueros iguales a los, Pontífices. Lorenzo el Magnífico casa tranquilamente a su hija Magdalena con el vástago del Papa Inocencio VIII. Su propio primogénito, en cancelación, es ungido cardenal la los diecisiete años y luego ascenderá al trono de la cristiandad, con el nombre de León X. Cuando por obra y gracia del oro, se ciñó la mitra, en el fondo polvoriento de las olvidadas Escrituras, debe haber rechinado los dientes de ira la Epístola de Santiago a las Doce Tribus de la Diáspora, comprendiendo cuán vana e inútil había llegado a ser, ella, que en su texto original; exclamaba, execrando la opulencia “Ea, ya ahora, ¡oh, ricos!, llorad por vuestras miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas. Vuestro oro y, plata están corrompidos de orín; y su orín os será en testimonio, y comerá del todo vuestras carnes como fuego. Os habéis allegado tesoro para los postreros días. He aquí él jornal de los obreros que han segado vuestras tierras, el cual no les ha sido pagado de vosotros, clama; y los clamores de los que habían segado, han entrado en los oídos del Señor de los Ejércitos. Habéis vivido en deleite sobre la tierra, y sido disolutos habéis cebado vuestros corazones como en el día de sacrificios. Habéis condenado y muerto al justo; y él no os resiste”.[53]

A pesar de la Epístola; la banca estaba sentada en la silla de San Pedro. Signo del tiempo, queErasmo de Rotterdam puso bajo la luz de sus rayos en “El Elogio de la Locura”: “Mirad a vuestro alrededor; los papas, los reyes, los jueces, los magistrados, los amigos, los enemigos, los grandes y los pequeños, todos tienen un sólo móvil: la sed de oro.”

El metal precioso pudrió y empapó de hipocresía toda la sociedad. “No hay comerciante, militar ni juez que no crea que haciendo una ofrenda de un escudo, después de haber robado miles, lava todas las suciedades de su vida; que los perjurios, las impurezas, los excesos, las querellas, las muertes, las perfidias, las traiciones, son compradas trato hecho con e1 cuelo”.[54]

Luego, desnuda la osamenta Moral de la Iglesia, aseverando que “no piensan que el nombre de obispo significa trabajo, vigilancia, solicitud. No conocen más que los derechos pecuniarios; pero los conocen bien”.

Empero, la fama del blanco donde se clava la flecha de su irritación humanista está encarnada por el individuo a quien juzga culpable de todo, la manzana putrefacta que contamina al resto de la humanidad: el mercader. “Los más grandes y miserables locos –denuncia– son los comerciantes. Si hay alguna cosa más vil que su profesión, es la manera cómo la ejercen: la mentira, el perjurio, el robo,la astucia; la mala fe son sus medios, y sin embargo, se creen personajes porque tienen los dedos cargados de anillos, de oro. Esto no impide que tengan apologistas. Hay pequeños monjes que les rinden público homenaje para disfrutar una parte de sus raterías”. “Yo creo que toman por perfume las excrementos de su mente”.[55]

Repugna de “los teólogos, especie orgullosa e irascible, que, podría congregar todas sus fuerzas contra nosotros, agobiarnos con sus conclusiones y obligarnos a cantar la palinodia bajo pena de ser declarados herejes. Es el arma fulminante con la cual aniquilan todo lo que les disgusta. Son los más ingratos de todos mis sujetos”.[56] A pesar de lo cual, el tratadista del “Libre Arbitrio” cuya fama era tal que Europa se conmovió más con la noticia de que iba a escribir contra Lutero que con la batalla de Pavia, volvió como el hijo pródigo en la noche de la gran tormenta a la casa de la Madre Iglesia, rindiendo a ella su genio sin heroísmo, después de haber tenido en jaque a los monjes de toda Europa y de osar pedir a Carlos V la libertad de su prisionero Francisco I; de ser llamado por Lutero: “Erasmo, oh tú, nuestro honor y nuestra esperanza”, y de que un‑ escritor interrogara, henchido de admiración: “Porque ¿cuál es el hombre cuya alma entera no ocupe Erasmo, no instruya Erasmo, sobre la cuál no reine Erasmo?“.

Fermentó en Erasmo esa antítesis destructora. Es el sacerdote que hace mofa de la Iglesia y se escuda tras ella en los días de la batalla. Sembró los vientos de la revuelta y luego se espantó ante el ciclón en parte por él desatado; cantó a las flores del libre pensamiento y se demudó ante sus frutos agrios.

Erasmo abomina de todo aquel que conturbe la paz de su vida, donde se guarece el espíritu puro, químicamente enrarecido. Sólo habla y escribe en latín, desdeñando la lengua vulgar, aunque en su lecho de muerte, vencido el control racional, recuerde el idioma popular de su desapacible y humillada infancia. Desprecia a los juglares y cronistas plebeyos, que llenan con blasfemias explosivas la cabeza de las muchedumbres. Erasmo dice y escribe cosas peores, pero lo hace en latín, en estilo selecto, más allá del alcance multitudinario.

Y, aunque dista mucho de ver en la Iglesia la comunidad mística en Dios, la acata como venerando refugio y amparo contra las erosiones del subsuelo social. Con su obra, atizó la hoguera de donde salió el colosal incendio de la Reforma. Y cuando se le llamó a asumir la subsecuente actitud, confiesa una claudicante cobardía, en la carta que envió desde Lovaina, el 30 de Mayo de 1519, a Martín Lutero: “No soy, corno dicen, el portaestandarte de esa facción. Yo le he dicho solamente que se abstenga de vociferar con tanto odio delante del pueblo queestaba en su interés, como corresponde a personas cuyo juicio debe tener la mayor responsabilidad; que, por otra parte, tuvieran a bien reflexionar si convenía agitar delante de un pueblo tumultuoso materias que serían refutadas mejor en los libros escritos, o mejor debatidas entre, eruditos, donde el autor pudiera por sus propios labios hacer conocer sus opiniones y su vida. No han ganado nada con esos consejos. Tan locos están con sus discusiones oblícuas y escandalosas”.[57]

Erasmo fué un apaciguador. “Me parece –sostenía– que se gana más por la moderación y las formas que por la pasión. Las bestias feroces se endulzan con los buenos tratos”.[58]

En pago a su medrosa mansedumbre, no tardó en desencadenarse la más devastadora y descomunal de las guerras religiosas, que aventó su posición de burgués conciliador, temeroso del ímpetu de su propia clase, sujeto por compromisos demasiado estrechos al feudiadismo reinante, a la Iglesia Romana, aunque fuese su crítico más despiadado, pero allende la comprensión de la canalla andrajosa.

Su primitivo admirador y luego furioso adversario, Lutero, seguido por los príncipes y la alta burguesía; insurgió contra Roma. Y luego predicó la guerra a muerte contra los campesinos, la plebe y el proletariado embrionario, que, bajo la inspiración de Tomás Münzer, logra imponerse, sobre todo en Turingia, y dar forma y contenido al movimiento.

Entonces Lutero, a quien Münzer apodaba, entre otros remoquetes, “El Doctor Mentiras”, “la carne plácida de Witemberg”, lanzó esta arenga: “Contra, las bandas asesinas de campesinos ladrones. Hay que despedazarlos, degollarlos y apuñalarlos, en secreto y en público; y los que queden que sean muertos como se mata a un perro rabioso. Por esto, queridos señores, oidme y matad, degolladlos sin piedad y aunque muráis, ¡cuán dichosos seréis!, pues Jamás podríais recibir una más feliz muerte. Nada, de falsa piedad con los campesinos. Dejad que les hablen los arcabuces; sino será mil veces peor”.[59]

Münzer, jefe de la rebelión plebeya, el más grande revolúcionario de aquel tiempo, que fundara en el alborear del siglo XVI organizaciones de mineros y campesinos, no se limita a creer que los males de la sociedad derivan de la degradación de la Iglesia, de su fausto simoníaco; es radicalmente contrario a todas las clases poseedoras. “Los príncipes y los señores –tronaba– son la hez de la usura; del probo y del bandidaje; se apropian de toda la creación; los peces en el agua, las aves en el aire y las plantas sobre la tierra les pertenecen. Y, además de esto, predican a los pobres: “no robarás”, mientras ellos roban lo que pueden y explotan al campesino y al artesano; cuando cometen la menor falto, los mandan colgar y a la postre vendrá el Doctor Mentiras para dar su bendición y decir “Amén”.[60]

Llama a las multitudes a la acción “para que vean y entiendan todos cómo son nuestros amos, aquellos sacrílegos que de Dios han hecho un hombrezuelo pinta o”. “El mundo entero –augura– tendrá que sufrir un gran trastorno: empezará tal revuelo, que los sacrílegos serán precipitados de sus sitios y los humildes enaltecidos”. Su simbólico lema es “Tomás Münzer con el Martillo” y, dirigiéndose a los pobres, clama: “Escucha: he puesto mis palabras en tu boca y te he colocada hoy por encima de las gentes y de los imperios, para que arranques, rompas, disperses y destruyas, y para que plantes y construyas. Una muralla de hierro está levantada entre los reyes; príncipes, curas y el pueblo. Que vayan a pelear aquellos la victoria milagrosa será el ocaso de tos tiranos Impíos y brutales”.[61]

La división de Alemania, su dispersión localista, impidieron que burgueses, campesinos, y plebeyos se unieran a través del país. Sacando partido de esta situación, la nobleza, en alianza con sectores burgueses, arrasó el movimiento, masacrando con odio espantoso, alrededor de ciento treinta mil campesinos.

Sobre esta caterva de príncipes, católicos y luteranos, que hicieron triste gala de una ferocidad tan poco evangélica, pesa una enorme responsabilidad histórica. Ellos son los primeros culpables cronológicamente hablando, del gran drama alemán. Al aplastar a sangre y fuego las guerras campesinas –“el acontecimiento más radical de la historia alemana”, según juicio de Marx[62]–, mutilaron el futuro de la nación. Pues dicho movimiento –bajo la inspiración de sus ideólogos más clarividentes, Münzer, Hipler y Gesmaier– enarbolaba la única plataforma que aseguraba el desarrollo normal de ese país. Luchaban por la unidad de Alemania, por la institución de un gobierno centralizado, que aniquilara la dispersión feudalista.

La derrota de los campesinos dejó al país a la zaga de Francia, España, Inglaterra y otros países europeos, donde se realizó la unificación nacional. Alemania continuó siendo desdichada presa de la anarquía señorial, madre de los “junkers” de hoy, que entonces lanzaron al país a esa infernal hoguera conocida por el nombre de “Guerra de Treinta. Años”, la cual dejó a la nación alemana al margen del progreso del concierto europeo y detuvo el magnífico avance que había caracterizado a la burguesía germánica de principios del siglo XVI, que contaba con exponentes tan rotundos y mundialmente famosos como los Fugger y los Welser.

Sobre el abigarrado fondo de la oposición, plebeya, compuesta por los habitantes de los poblados desprovistos de derechos ciudadanos, por jornaleros, por el “lumpenproletariado”, por “todos los restos degenerados de la vieja saciedad feudal y corporativa”, sigue diseñándose el proletariado, en sus comienzos un hacinamiento sudoroso, en que se amalgamaban los antiguos campesinos arrojados de sus tierras los compañeros incorporados a la manufactura, etc. Se ha visto que los plebeyos generalmente intervienen en las luchas sociales a remolque de la oposición burguesa. Pero lea excepción más poderosa de cuantas se lean referido corresponde a estas guerras campesinas alemanas, en que no sólo arremetían contra la lujuria del Papado y de la Alta Curia en Alemania, sino que pretendían abalanzarse sobre toda la organización feudal, guiados por una formulación programática, vaga y encendida, que no tenía asidero firme en las condiciones, reales de aquella sociedad.

Otro fenómeno reflejo de los trastornos que hacían vacilar los fundamentos del, orden feudal y precipitaban la informe presencia de una nueva clase en la arena de las luchas sociales, lo marca la aparición de los primeros filósofos del comunismo utópico en la época moderna.

Ya antes, en el siglo XIV, Juan Wycliffe había expuesto a los ingleses sus ideas comunistas. También Inglaterra –donde la acumulación primitiva del capital entraña la expropiación por la fuerza de millares de campesinos y su transformación en proletarios, y que sintió ensangrentado su suelo, bajo el reinado de Enrique VIII, por tan crueles masacres de labriegos, vio al mismo tiempo la preponderancia de Tomás Moro en la propia Corte.

Es el padre de la “Utopía” (1516), producto, refinado de los cambios que estremecían el subsuelo económico y político, y en su forma, versión de una sociedad imaginaria, perfecta y feliz, una sociedad comunista, donde no existían la propiedad privada ni las diferencias de clases sociales. Y el pensador que escaló tan altos destinos, perdió de mala manera su cabeza en la Torre de Londres.

Un siglo más tarde, refloreció la sangre del mártir de la fé. En Italia, Campanella recoge en “La Ciudad del Sol” la ideología fundamental del gran decapitado. Y los tiempos ulteriores han visto revitalizados, bajo formas más realistas y científicas, los ensueños comunistas de ese “santo” revolucionario del Vaticano.

La burguesía y su herramienta invencible, el dinero, habían enfermado de gravedad a la Iglesia, infectando el corazón del feudalismo europeo. Después de alargarle el veneno tentador, la fustigaron por haber ingerido la pócima fatal.

Primero, la burguesía corrompió al Papado hasta lo inaudito. Tan tiránica era la dictadura del oro en él Vaticano, que Aeneas Silvius, quien más tarde ciñó la tiara pontificia bajo el nombre de Pío II, escribía: “Nada se puede conseguir en Roma sin dinero”.

Funck‑Brentano asegura que desde Sixto IV hasta Pablo IV no hubo un sólo Papa legítimamente elevado al trono de Pedro. Todas las elecciones estaban manchadas de simonía.

Los Pontífices del Renacimiento no eran sólo Santos Padres de toda la cristiandad; eran, particularmente, muy solícitos padres de sus propios hijos carnales. En la Sodoma y Gomorra romana reinaba a discreción el nepotismo, que beneficiaba a su parentela con toda suerte de dignidades y granjerías, ansiosos de disponer e una camarilla afecta, antes que nada en el Cónclave Cardenalicio.

El Papado descollaba por su generosidad. América, sin ir más lejos, es un donativo pontificio.

El 4 de Mayo de 1493 –el nuevo continente no había celebrado aún el primer aniversario de su descubrimiento– Alejandro VI, Rey de las Cristianos y padre de Lucrecia y de César Borgia, “el virtuoso del crimen”, dictó su célebre bula, abierta‑ con el encabezamiento habitual de “Alejandro, Obispo, Siervo de los Siervos de Dios”, por la cual trazaba “la línea alejandrina”, dividiendo las tierras recién incorporadas al mapa‑mundi entre España y Portugal, como quien reparte una torta de cumpleaños. Una línea meridiana dividió el globo de polo a polo. La partición divina declaró propiedad de la Real Casa de Visou toda tierra, mar e isla descubiertos al occidente del Cabo Bojador, o sea, le adjudicó el Brasil, y las Indias Occidentales comprendidas dentro de la distancia de trescientas sesenta leguas al Oeste de las Islas de Cabo Verde; él resto, toda la parte occidental, pertenecía a España, que ablandó el corazón del partidor humedeciéndolo con una emocionante y bella, marejada de oro de Indias. Dicha repartición, a ojo de varón santo, fué solemnemente sancionada por el Tratado de Tordesillas el 7 de Julio de 1494.

Francisco I, Rey de Francia, quedó, vomitando despecho al verse excluido de la repartija sagrada de la tierra. Arrastrado por este impuro sentimiento, manifestó interés en examinar los títulos jurídicos en cuya virtud habíase adjudicada América. “Quisiera ver –argüía el envidioso monarca– el testamento de Adán donde, aparece esa donación a España y Portugal.” Es de suponer que no, pudo hojearlo, porque el Papa guardaba tan precioso documento con mil candados, bajo siete llaves.

Por otra pare, las reservas de Francisco I eran irrazonadas, pues las cosas se estilaron en un plana de elevad, y estricta legalidad, observándose con celoso rigor todas las reglas de derecho. Prueba de ello es que los españoles habían procedido a notificar jurídicamente a los indios americanos la toma de posesión de sus tierras, exhibiendo sus títulos de dominio. Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa, por ejemplo, leyeron en alta voz, en castellano, el requerimiento que los reconocía dueños, notificando, así, en, su calidad de ministros de fe, a los indígenas, atónitos y sobrecogidos al ver a ésos hombres extraños, temibles y gesticulantes, recitar un galimatías incomprensible.

Los hechos eran, por lo demás, muy claros. Adán y Eva son los padres comunes de toda la especie humana. En los cinco mil años corridos desde la creación del universo, su semilla se había multiplicado hasta lo infinito y diseminado sobre toda la faz de la tierra. Dios ha designado a Pedro el Apóstol, Caudillo de la estirpe humana, Señor del Mundo. Investido de esta condición, “hizo donación destas islas y tierra firme del Mar Océano a los católicosreyes de Casilla”.

Para que en el espíritu indígena se disipasen las puntillosas y postreras dudas sobre la legitimidad de este obsequio y la conveniencia de aceptarlo como emanado de la divinidad, se agrega en el requerimiento un párrafo henchido de persuasiva suavidad, citado por Jacobo Wassermann: “Si no lo hicierais y en ello dilación maliciosamente pusiereis, certificoos que con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y os haré guerra por todas las partes y maneras que pudiere y os sujetaré al yugo y obediencia de la. Iglesia y de su Majestad, y tomaré vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos y como tales los venderé. Y tomaré vuestros bienes y os haré todos los males y daños que pudiere, como a vasallos que no obedecen y que no quieren recibir a su señor. Y protesto que las muertes y daños que dello, se recrecieren sea, á vuestra culpa y no de su Majestad ni destos caballeros que conmigo vinieron. Y de como os lo digo y requiero, pido al presente escribano que me lo de por testimonio signado.”

Es sabido que el excelso partidor era una persona honesta a carta cabal. Maquiavelo, su contemporáneo, emite a su respecto en “El Príncipe” un juicio sabroso “Alejandro VI nunca hizo ni pensó en otra cosa que en engañar a los hombres y siempre halló oportunidad para hacerlo. Jamás hubo hombre que prometiese con más desparpajo ni que hiciera tantos juramentos sin cumplir ninguno; y, sin embargo, los engaños siempre le salieron a pedir de boca porque conocía bien esta parte del mundo”. Pero a fuer de verídicos, es menester reconocer que vivía en el temor de Dios, a su, manera. Elegido Padre de la Fe en los mismos días en que Colón partía de Palos de Moguer, pagó ciento cincuenta mil ducados, algo así como cuarenta millones de francos de antes de la guerra, comprando cardenales. En cuanto cargaron su cabeza con la pesada corona de la Cristiandad, nombró Arzobispo de Valencia. y Primado de España a su hijo César. En 1493 –César tenía diecisiete años– le designó Cardenal. Alejandro Farnesio entregó al Papa su hermana Julia como concubina, a trueque del capelo cardenalicio. Y el celestinesco prelado figurará más tarde en la galería de los Santos Padres con el nombre de Pablo III.

Cuando Alejandro VI decretó la excomunión del monje florentino Savonarola, en 1493, éste, replicó: “Las excomuniones están baratas en nuestros días: cuatro libras. Las obtiene el que quiera contra el que le molesta”. “Os juro –escribía a los reyes y príncipes de: Europa– que ese hombre no es Papa; afirmo que no es cristiano. No cree en Dios.” ,

Su Santidad Julio II –respecto del cual las notas marginales a “El Príncipe”, atribuidas a Napoleón Bonaparte, dicen: “Por suerte que ya no hay Papas como éste, que arrojó al Tiber las llaves de San Pedro para utilizar sólo la espada de San Pablo”–, dió en prenda la suntuosa tiara de Pablo II al banquero de Siena Agóstino Chigo, en 40.000 ducados. Lleno de gratitud, mandó excomulgar primero a los enemigos del noble prestamista, especialmente a sus competidores en la usura y a sus deudores insolventes. Pero después hizo encarcelar á Chigo por negarse a devolverle gratuitamente la tiara. Vivía en óleo de santidad. Como el exuberante español Rodrigo Borgia, también este ligur Giuliano della Rovere, su sucesor, amaba la sangre y la tauromaquia. Y como no quería ir muy lejos, convirtió el patio del Vaticano en redondel para corridas de toros.

Infessura trazaba con estos brochazos el cuadro moral del clero: “Tal era la vida de los sacerdotes y de los miembros de la curia (Corte Romana.) que apenas si se encontraba uno que no tuviera una concubina, a lo menos una cortesana, para mayor gloria de Dios y de la Fe Cristiana”.[63]

Burckhardt añade otro testimonió: “Todo respeto humano ha desaparecido. ¡ Cuántos estupros! ¡Cuántos incestos! ¡Cuánta torpeza entre los hijos y las hijas! ¡Cuántas cortesanas en el Palacio de San Pedro! Y verdaderas bandas de alcahuetes: un lupanar es más decente”. “La, mayor parte de los conventos se han convertido en casas de tolerancia.” Según datos estadísticos, el gremio de las rameras contaba en Roma de 1490 con 6.000 afiliadas.

Los monjes dominicos, convertidos en vendedores‑viajeros de indulgencias, pregonaban por ciudades y caminos de Alemania que “en el momento mismo en que la moneda sonaba en el fondo de la alcancía, el alma liberada volaba del Purgatorio al Paraíso”.

Miguel Angel pintaba, esculpía, observaba y componía estos. melancólicos versos:

“Aquí del cáliz se hacen cascos y espadas.

La sangré del Cristo se vende por cucharadas”.

Inocencio VIII estableció una tarifa papal para el perdón de los homicidios. César Borgia, hijo de Papa, estaba exento de esta multa, con lo cual ahorraba bastante, pues, según comunica a Venecia en 1500 su enviado, Pablo Capello: “Todas las noches se encuentran en Roma cuatro o cinco asesinados, obispos, prelados y otros, de modo que Roma entera tiembla y nadie está seguro de no ser asesinado por el duque”.[64]

El oro había consumado su‑ obra maestra: la corrupción de la Iglesia. Pero si la, acumulación primitiva del capital pudría y minaba las columnas del templo, no descuidaba, por cierto, las otras facetas. “El oro y la plata americanos anegaron a Europa y penetraron como un ácido corrosivo en todos los poros, grietas y vacíos de la sociedad feudal”.[65]

Aquella fué una época revuelta de sanciones y consecuencias. La imprenta en pañales daba a la estampa después la Biblia y algunos, textos sagrados –incluso en los idiomas profanos– las cotizaciones del oro y la plata, las fluctuaciones del cambio.

La burguesía, insolentarla con el oro “diabólico”, puso en tela de juicio y desgarró los valores feudales tenidos por sagrados; relajó y descompuso las instituciones medievales, quebró las tablas de la ley escolástica, precipitó la ruina monumental de toda una era.

Y, mientras Europa escuchaba el rugido de la tempestad y Lutero leía sus “Noventa y Cinco Tésis” e incitaba a la matanza de campesinos alemanes, al grito de “Golpea, traspasa y mata al que quieras”, en América la degollina de indígenas marchaba viento en popa.

Más qué importaba, si la cifra de la plata europea extraída subió de 45.100 kilogramos anuales antes del descubrimiento, a 346.400 un siglo después; si Alejandro de Humboldt calcula que Europa hubo de recibir,, por capítulo de metales preciosos, en tres centurias, 5.445.000.000 de pesos, de los cuales son aplicables a España 4.746.200.000. Hasta 1660 habrían pasado por España 18.000 toneladas de plata y 200 de oro. En los tres siglos que siguieron al descubrimiento Europa vio quintuplicarse los 550.000 kgs. de oro que poseía en 1500 y multiplicarse por trece las 7.001) toneladas de plata con que contaba en la misma fecha.

Los conquistadores transportaron a, América presentes griegos tan magníficos como la tuberculosis, el cólera, la, peste bubónica, el sarampión, la malaria. Al importar negros esclavos, introdujeron como artículo de contrabando la enfermedad del sueño, la elefantiasis, etc. Los indios retribuyeron a los europeos tanta exquisita amabilidad regalándoles el tabaco y, sobre todo, según la mayoría de las opiniones, la sífilis. “Parece –escribe Madariaga– como si el siniestro microbio de la sífilis hubiese cobrádo nueva virulencia al descubrir lo que para él era el nuevo continente de la raza blanca”.[66] El hecho es que se generalizó con tal furia en la Europa de 1500 que contagió “desde las más bajas cortesanas, hasta los nobles, reyes y papas; no perdonó a nadie.” Se pretendió curarlo con un pavoroso tratamiento de vapores mercuriales, hasta que nuestros conocidos banqueros, los Fugger de Augsburgo, creyeron descubrir el “Neosalvarsán” de aquella época Ardiendo en deseos de prestar un gran servicio a la humanidad y de paso realizar un pingüe negocio, importaron de América el remedio infalible: ‘ la madera del guayaco o guayacán, que vendían a, precios exorbitantes. Tuvieron un célebre agente de propaganda. Nada menos que al segundo humanista de Europa, la sombra de. Erasmo, a Ulrich von Hutten, a quien Engels define como “el representante teórico de 1a nobleza alemana”[67], el cuál escribió, además de sus famosas “Cartas de Hombres Ignorantes”, en loor al sublime, salvador y carísimo específico de los Fugger, con una elocuencia superior a la de los mejores avisos de la prensa norteamericana, un desgarrador a la vez que esperanzado opúsculo, en que ofrecía una milagrosa curación el “Libellus de Guaici medicina et morbe Gallico”. Esgrimía en él argumentos fuertes: habiendo sufrido personalmente todos los horrores del mal serpentino, sanó gracias al guayacán. No obstante, este comercio de nuestros capitalistas no duró mucho, pues pronto se descubrió que algunos vegetales europeos eran tan eficaces o tan ineficaces para el caso como la anunciada madera, americana, y costaban harto más baratos.

Pero la, venganza de América no paró allí. Desató también los nudos de la más aguda crisis económica, sumergiendo algunas naciones en la ruina y haciendo terriblemente difícil la vida de los pueblos. El capitalismo vino al mundo “vomitando sangre y lodo de pies a cabeza” y contradicciones por los cuatro costados. Junto a los fogosos advenedizos, a los nuevos millonarios, aumentó hasta lo indecible la miseria de las masas, ya depauperadas.

Los galeones españoles, atestados de oro y plata, tendieron un puente de barcos sobre el Atlántico, vaciando la riqueza mineral de América en las arcas europeas. Los economistas y gobernantes peninsulares sustentaban el criterio de que el oro por sí mismo, por su calidad intrínseca, constituía algo más que un simple barómetro de la prosperidad reinante. Ya no significa un signo convencional de cambio. Adquiere carácter de fetiche. Es la riqueza en sí. España había escalado la cima de su poderío y creía ser el país más rico de la tierra, porqué era el que extraía mayor cantidad de metales nobles de las entrañas de montañas y ríos de América, donde se habían descubierto recientemente las portentosas minas de Zacatecas. Guanajuato –en México– y la de Potosí –en Bolivia–, que elevaron verticalmente, la producción. Eh un siglo, la explotación aurífera se duplicó y la argentífera se quintuplicó, gracias al magnífico e inagotable vientre metálico de las Indias. España se adormecía arrullada por el áureo espejismo. “Mientras el cielo se empeñaba en llover oro y plata para saciar la sed ardiente de nuestros antepasados –expresa el economista español Colmeiro– prevalecía la doctrina que consideraba los metales preciosos como la suma de todas las riquezas temporales de la vida, la sangre de todos los pueblos y naciones y el nervio de todas las potestades de la tierra”.[68]

Cegada por el brillo de ese mito –harto comprensible en un momento en que el oro es idolatrado como una fuerza autónoma y soberana, independiente de las propias condiciones materiales que le asignaban su papel en sociedad–, España extravió su camino económico. Dicha política suicida fué la divisa que los Habsburgos sostuvieron hasta la ruina. Descuidaron la industria, ahogaron en su cuna la vida manufacturera, dejaron languidecer la producción interior, para comprar con el oró, que afluía como un río torrentoso a las manos de la Corte y de la Iglesia, mercancías en el mercado extranjero.

Además, la intolerancia y crueldad inquisitoriales interfirieron en el plan económico, alentando toda regresión encaminada a matas el capitalismo incipiente, azuzadas por, la nobleza y la Iglesia, que acapararon la mayor parte de las tierras reconquistadas a los árabes y estaban, por lo tanto, profundamente interesados en consolidar la supervivencia del feudalismo, desplazado en esos mismos instantes de otros campos europeos, especialmente de Italia, Flandes y las ciudades hanseáticas. Les dominaba el afán de obligar a España a desandar el tramo que había avanzado impetuosamente por lasa rutas del capitalismo mercantil. Moros y judíos –artesanos, agricultores individuales, comerciantes– de tan amplio significado económico y cultural, fueron desterrados por centenares de miles o murieron carbonizados entre las llamas de los autos de fe. Con ello se intentaba también quemar o expulsar de la Península el auge industrial logrado bajo la dominación musulmana. Y lo consiguieron, en forma más segura que lenta. Así Sevilla, por ejemplo, que a comienzos del siglo XVI contaba con 16.000 talleres de tejidos, apenas cuenta 300 bajo el reinado de Felipe V. La población de la Península, que había subido a 30.000.000 bajo la égida musulmana, descendía, dos siglos y medio después del descubrimiento de América a ocho millones, como resultado de esta política, que a la larga, hacía morir al pueblo literalmente de inanición, y asestó a España un golpe del cual aún no ha podido reponerse del todo.

Remató la falencia hispánica la implantación del mercantilismo, sistema conveniente a los países económicamente evolucionados y carentes de reservas metálicas, pero funesto al máxima para España, que se hallaba en el caso diametralmente inverso. La política de comprar en el extranjero en lugar de propender al fomento de la producción nacional, significó para ella una tremenda hemofilia, una interminable sangría de oro que la dejó exangüe, pobre, a la zaga de otros países del continente, y hace exhalar a un contemporáneo este quejumbroso comentario: “¡Qué mucho que el reino más rico en minas esté apestado de miserias!”

España era sólo el puente enchapado en oro. En efecto, el oro y la plata hacían en España una corta estación, una breve pausa, pues emigraban rápidamente a tierras extrañas, no sólo en pago de las mercaderías adquiridas a los mercaderes de Francia, Holanda, Inglaterra o Alemania, sino debido también a las depredaciones de los corsarios, a la cancelación de deudas, amortizaciones e intereses que los Habsburgos debían hacer, a los Fugger, los Welser y a los banqueros flamencos e italianos, de quienes eran deudores crónicos.

Muchos dineros iban también a desembarcar a Roma, a raíz de una succión que afectaba a todos los países cristianos, y motivó en Alemania el argumento luterano de más fuerza. Rabelais escribía a propósito: “Por virtud de los decretales, el oro es sutilmente sacado todos los años de Francia, a Roma, 400.000 ducados y más visto que Francia es la única que mantiene a la Corte Romana”, terminando con este juramento humorístico: “Estoy dispuesto a sostener mis opiniones hasta el fuego exclusive”. Pero, en verdad, era la sangre dorada de España –robada por la violencia a las venas de América– la que circulaba por el cuerpo europeo con abundancia inusitada. Y si el padre de Pantagruel afirma que Roma le chupaba el oro a Francia, también es cierto que Francia lo sorbía primero de la médula de España. En pocos años, a partir de 1533, se exportaron de la Península a Francia cien millones de francos oro y doscientos de plata. Treinta y cinco millones de escudos emitidos en España en 1595 emprendieron tan veloz y unánimemente el vuelo al extranjero, que tres años después no quedaba muestra de ellos en territorio español. Escritores hispánicos del siglo XVII calculan en 1.500 millones de pesos de oro y plata las riquezas que salieron de su país, rumbo a otros reinos, desde el descubrimiento de América. Y frente a esto Saavedra Fajardo puede estampar con entera justicia en sus “Empresas Políticas” una verdad amarga “España, en general, está pobre desde que le vino de India más, dinero, y no es culpa de las Indias”.[69]

La caudalosa orgía de metales preciosos produjo una desvalorización vertical de la moneda. A mediados del siglo XVI había en Europa doce veces más circulante que una centuria atrás; el poder adquisitivo del dinero era cuatro veces menor y aún más bajo en ciertos países. Sobrevino un pavoroso “complot” de la vida cara. Sopló una desorbitada racha de especulación, desencadenando una de las más grandes “revoluciones de los precios” conocidas. España dió, naturalmente, la señal de partida en la carrera de la carestía. El trigo costó en pocos años de cinco a seis veces más. Era el país más caro de Europa, siguiéndole, en escala descendente, Francia, Alemania, Inglaterra.

¿Quiénes ganaron y quiénes perdieron con la revolución de los precios y la, crisis consiguiente?

Los agiotistas multiplicaron su fortuna con acelerado ritmo. Los banqueros especulaban con la exportación de numerario, nadaban sobre las ondas de la riqueza y treparon a la cumbre de la sociedad.

En cambio, los reyes, cuyas entradas eran fijas, se vieron con el dogal al cuello. Tenían que afrontar el pago de los gastos públicos, siempre en aumento, debido, en parte, a un estado bélico casi permanente. (Durante setenta años, del siglo XVI hubo guerras que comprometieron a los principales países europeos: Los Habsburgos destinaban anualmente dos o tres millones de coronas para dominar, a los rebeldes flamencos, sin contar campañas más importantes y las costosas acciones contra los indígenas americanos, en especial las guerras de Arauco). Las salidas fiscales tornábanse cada día más dispendiosas, porque el Estado moderno iba cobrando formas, complicándose, agrandando, el aparato administrativo y exigiendo, lógicamente, mayores gastos. Para premunirse de recursos, los gobernantes tenían por fuerza que recurrir a los prestamistas, quienes les concedían empréstitos a cambio de suculentas concesiones políticas y económicas; condimentadas con tasas usurarias.

Los terratenientes, que alquilaban sus dominios, percibiendo una renta más o menos estable, fueron también hondamente lesionados por el trastorno del orden habitual.En algunos países las rentas de arrendamientos se desvalorizaron en nueve decimos. Los emolumentos, pensiones y censos de origen feudal bajaron en proporción similar. La inflación monetaria redujo a una cifra, irrisoria el valor de todas las rentas de que vivían las pródigas y ociosas clases dirigentes tradicionales. El cultivo de la tierra producía un, rendimiento mucho menor que el comercio. Se apresuró la decadencia agrícola, acreciendo el éxodo de los campesinos hacia las ciudades y su transformación en proletarios.

Fué así cómo la gran burguesía de entonces propinó otro duro golpea la nobleza, alta, media y pequeña, y se hizo cada vez más indispensable a los reyes. Y este resonante triunfo sobre el feudalismo sólo lo obtuvo sacando partido de las nuevas circunstancias, pues “los caballeros de la industria no lograron suplantar a los caballeros de la espada, sino explotando acontecimientos de los cuales estos últimos no eran responsables”.[70]

Es evidente que el peso de los empréstitos, los sacrificios y la penuria provocada por la carestía de la vicia, no gravitaban, en última instancia, sobre los hombros monárquicos ni aristócratas. Como ocurre siempre, se descargaron sobre las espaldas trabajadoras. Mientras subía rápidamente el costo de la vida, los salarios y otras remuneraciones permanecieron estacionarias o aumentaban con exasperante parsimonia y en cantidad ínfima, al par que nuevos tributos venían a gravar aún más abusivamente los bolsillos y los estómagos exhaustos de la gente laboriosa. Sin organización que les permitiera resistir la brutal traslación de la crisis, los trabajadores encontráronse enteramente a merced de sus patrones. Al cerrar el siglo XVI, el poder adquisitivo de un trabajador francés era tres veces menor que en la centuria precedente, y el de un español aún más bajo.

De tal manera, impulsada por el saqueo sin paralelo de la riqueza del Nuevo Mundo, la caldera del capitalismo liquidaba en amplias zonas el feudalismo. Pero el combustible humano lo proporcionaban, al fin de cuentas, el trabajador europeo y el indígena americano. En ese taller de fundición simultáneamente ardían la revolución comercial y la guerra por el mercado mundial, creando unos cuantos millonarios y millones de pordioseros y ladrones., Un gigantesco horno crematorio, donde se consumía en el hambre y el infortunio el noventa por ciento, pie la sociedad, y florecía sobre su miseria la capa de los altos burgueses, que tuteaban a los papas y amenazaban, a los emperadores. Eran los antecesores y la lejana anunciación de los Rockefeller y los Ford.

 

 

 

Capitulo VI

LOS BANQUEROS Y CARLOS V

 

“No se contentaban los de Italia y Alemania con los buenos negocios qué hacían sacando partido de las necesidades de la corona, sino que arrendaban los maestrazgos, los obispados, las dignidades, los estados de los señores y las encomiendas; trataban en lana, sedas, hierro, acero, pan y toda clase de mantenimientos, y hasta del salvado querían sacar substancia.”

MANUEL COLMEIRO[71]

 

Los soberanos del dinero ascienden hasta la cima de la sociedad como virtuales monarcas sin corona.. El cetro económico es detentado por los banqueros, auténticos príncipes en el arte de la especulación en grande escala, los “magos de las finanzas” de aquella era.

Son los administradores a los cuales el sumo pontífice confía el cuidado de todos sus haberes y la percepción de los, nuevos impuestos eclesiásticos. Manejan los asuntos financieros de toda Europa. Desempeñan el cargo de consejeros de los Reyes, acuñan sus monedas, recaudan sus tributos, dominan el transporte marítimo y terrestre, tienen sucursales en veinte ciudades del Viejo Mundo.

En un cuadro de general indigencia, este puñado de millonarios describe la apasionante trayectoria de su enriquecimiento a expensas del derrumbé de la economía feudal. Son los campeones de una época en formación, los nuevos ricos, que hacen más pobres a los pobres y también a los antiguos ricos.

Los bucaneros del agiotismo contemporáneo, los dicta dores de la banca mundial de mediados del siglo XX remontan su edición original, no del todo rústica –a decir verdad, fastuosamente empastada en oro– a esos “piratas” de Roma, Florencia y Siena, de Lyon, Brujas y Amberes, de Francfort y Milán, de Augsburgo y de Londres, que se bañaron en la pila bautismal del capitalismo bancario, siendo ungidos más tarde con el óleo de padres de la finanza internacional.

¿En dónde y cuándo se construye su cuna? Aunque la historia indique la “Casa Di San Giorgio”, fundada en 1407, en Génova, como el primer banco de la época moderna, su punto de arranque es, sin duda, anterior. Ya hacia 1280 existía en los Países Bajos un banco de préstamo.

¿Cuál ha sido el proceso formativo de los banqueros? Para ellos, la circulación del dinero como capital constituye un fin en sí; su valor no tiene lugar sino en ese círculo vicioso sin cesar renovado y agrandado. “En su calidad de representante consciente de éste movimiento, el poseedor de dinero deviene capitalista. Su persona, o mejor dicho, su bolsillo, es el punto de partida y el punto terminal del dinero”.[72]

Hace tiempo que el cambista medieval tan típico de la bulliciosa feria, y cuya banca es rota –bancarrota– en señal de quiebra, ha hecho mutis por el foro. Enriquecidos algunos “cambitores” por operaciones de crédito que versan casi exclusivamente sobre préstamos en dinero, devienen banqueros. Sin embargo, esa elevación es excepcional: Por lo común, llegan a esta, categoría. los más afortunados mercaderes, que aplican el exceso ocioso de sus capitales a préstamos con alto tipo de interés, el cual solía subir, respecto a los clientes en apuros y de escasa solvencia hasta un 100%.

En Italia llámanse Peruzzi, Puci, Frescobaldi, Bardi, Strozzi, y antes que nadie los Médicis, la casa de banca más fuerte en el siglo XV, todos ellos de Florencia, seguidos de cerca por Agostino Chigi, quien dispone de veinte mil , empleados y cien barcos mercantes; por Bindo Altoviti, propietario personal de un ejército de 3,000 mercenarios. Descuellan también los Salimbene y los Gallarani, de Siena; los Centurioni, de Génova, y los Soranzo, de Venecia.

En Bohemia aumentaban la lista los Thurzo, oriundos de Lentschau, y en Francia el banquero de Dieppe, Juan Ango, quien en 1330 declaró por cuenta propia la guerra a Portugal.

En Alemania, los Hochstadter abrieron la primera Caja de ahorros, donde el artesano y el campesino avariento acudieron a depositar sus caudales, reunidos centavo a centavo, atraídos por el magnetismo que irradiaba el 5% de interés. El banquero aprovechó este dinero, que había abandonado la proverbial media de lana del labriego, para monopolizar la madera, el trigo, el cobre y el mercurio, Todo marchó a velas desplegadas hasta que un competidor demasiado opulento lo llevó a la ruina. Augsburgo, su plaza de operaciones, no le resultó propicia. Allí proyectaba una molesta sombra sobre el banquero de los banqueros, el Creso del sigilo XVI, Jacobo Fugger, quien lo arrastró al desastre, produciendo uno de los primeros pánicos finan cueros, amenizado por el iracundo coro de gemidos y destempladas maldiciones de los labradores estafados, que pusieron el grito en el cielo contra el banco, el nuevo monstruoso ladrón.

Tal fué el “debut” de una realidad que luego se tornaría en página frecuente y tenebrosa de la historia financiera.

Los Ihmof y los Haug son también dos nombres relevantes de la banca germánica; pero diminutos en comparación con los Welser, con sede igualmente en Augsburgo, que extendieron a Carlos V un préstamo de 143.000 florines (treinta y siete millones de francos al cambio actual), a trueque de la llamada “Carta Latina”, una letra en blanco que les permitía especular en cualquiera de, sus dilatados dominios. El emperador autorizó, además el matrimonio de su propio sobrino, hijo del Rey de Bohemia, el Archiduque Fernando, con Filipina, la hija de Bartolomé Welser. Mas la suprema ambición de éste finca en poseer un reino particular en América. Y lo obtuvo, pues Carlos V, muy comprometido con sus banqueros alemanes, le cedió la gobernación de Venezuela.

Empero, existía a la sazón una casa de banqueros cincuenta veces más poderosa que los Peruzzi y cinco veces más rica que los Médicis. Una familia cuya fortuna se calcula, en los mismos tiempos en que Pedro de Valdivia dirige angustiadas cartas a Carlos V, demandándole un pequeño auxilio en mil doscientos millones de pesos chilenos. Son los Fugger, y algunos historiadores abogan por que se bautice “post morten” aquella época con el nombre de “La Epoca de los Fugger”.

Los Fugger fueron los astros de la banca y ejercieron influencia preponderante sobre el ánimo y la política de los Papas, reyes, príncipes y ciudades que figuraban entre sus deudores.

Provenían del villorrio de Grabeules, cercano a Augsburgo. La más antigua raíz conocida de su árbol genealógico es el viejo Jacobo, mitad mercachifle, mitad labrador y hacia el término de sus días traficante en telas. Sus herederos, Juan y Ulrico, recibieron junto a la, herencia paterna, la orden de establecerse en la ciudad, más favorable al desenvolvimiento comercial, en días en que “Augsburgo era el gran emporio de telas de seda italianas, de las especias de la India y de todos los productos de Oriente”[73] y poseía numerosas fábricas de géneros finos.

Acaecía esto en las postrimerías del siglo XIV. Juan y Ulrico inauguraron allí la importación de algodón del Cercano Oriente, consagrándose, a la vez, al teñido y elaboración de sus mercancías.

Los nietos del rústico Jacobo llegaron a ser potentados en la ciudad. Como buenos advenedizos, quisieron olvidar las callosas manos del abuelo, creyendo haber oído sonar la hora de ennoblecer la estirpe. Compraron, al efecto, escudos de armas, con flores de lys y gamos dorados sobre campo azul. La nueva dinastía tenía que asegurar más que nunca la sucesión. Jacobo II, jefe, de los tejedores augsburgueses, contribuyó en la medida de sus fuerzas a resolver el problema. Engendró siete hijos y fué el autor de Jacobo III, honra y prez de la casa y protagonista de esta historia.

En un comienzo, nuestro héroe intentó defraudar su destino: renunció a la existencia mundana. Amaba la teología con aguda disposición, estudiaba con ahínco a Santo Tomás; hablaba de humildad y había formulado los votos solemnes de castidad, pobreza y obediencia. Se ordenó sacerdote en Herrieden y allí vivía sumergido en la meditación y en la soledad monástica. Pero en ese día que siempre llega en los relatos, vino a turbar, su retiro sur hermano Ulrico. Cuatro de ellos habían muerto y la luz predestinada a la casa amenazaba extinguirse, a pesar de que el diligente Ulrico supo extender el radio de acción de los negocios de la familia. Operaciones por millares de florines, invertidos en especias, sedas, géneros levantinos, que difundían la nombradía de los Fugger, creándoles por doquier un legendario prestigio de riqueza sin fin. Sus factorías, sucursales y corresponsales trabajaban con un dinamismo y productividad que provocaban la negra envidia de sus competidores rezagados. Sus almacenes fructifican en las ciudades bálticas; en Flandes, donde Gante fulgura en el ápice de su gloría, y Amberes refulge como el más bello florón de la corona mercantil, como el centro comercial más prominente del orbe; España, Portúgal, el Reino de Nápoles y el Orienté cuentan también con activas sucursales, gracias a Ubico, tan sesudo, emprendedor y precavido.

Jacobo, entonces, relajó los votos, colgó el hábito y abandonó el mundo de la especulación escolástica por el de la especulación financiera. Será el fraile arrepentido quien hará de su casa la más rica, gigantesca y famosa de la época. El secreto de su engrandecimiento reside en qua relegó las telas y las especias a un plano secundario, como un jalón superada. En lo sucesivo, el giro principal de la firma cubrirá las finanzas, extenderá empréstitos sólo posibles al banquero que va más lejos de lo que nunca otro prestamista fué. Todo soberano, príncipe, prelado o barón en falencia, todo comerciante en aprietos, recurre a Jacobo, dispensador de la salvación pecuniaria, siempre que se le rindan sólidas cauciones, por ejemplo, prendas suficientes, hipotecas sobre inmuebles valiosos. Demuestra una sugestiva predilección por las minas, especialmente por las situadas en las montañas del Tirol, cuya explotación le proporciona pingües beneficios.

Jacobo Fugger fué uno de los primeros que se rió en las propias barbas de los venecianos, quebrando su monopolio sobre las rutas del Oriente, al aprovechar prestamente, con genuino espíritu práctico, el derrotero hacia la India descubierto por Vasco de Gama. Envió a Calcuta, navíos que regresaban repletos de mercancías, y arrojaban por viaje hasta, el 6.000% de ganancia líquida. Pero sus planes más codiciosos, convergían sobre España, natural puerto de partida de las expediciones hacia el Oriente y, sobre todo, a América, la columna suroccidental de Europa, por donde pasaba el meridiano del imperio colonial, la tierra prometida para los mejores negocios del siglo.

Tan excelso es su poderío, que los reyes suelen destacar ante Fugger embajadas, como si fuese el soberano de un fabuloso país, y el Papa León X, quien le adeuda más de la cuenta, le besa con el ósculo pontificio y le nombra conde palatino. En 1517 el Santo Padre idea un medio original para pagarle: ordena al Arzobispo de Mainz la organización de una “cruzada”, dirigida, por un “clérigo agitador, que vende indulgencias”, precedido por clarines, tambores y timbales, que van atrayendo a los pecadores ansiosos de redención. Integra el equipo angélico de la cruzada un representante de los Fugger, quien percibe directamente el dinero.

Sin embargo, Fugger distingue favoritos entre todas las casas reinantes europeas. Los Habsburgos son sus más generosos y bien amados clientes. Sus relaciones con Maximiliano –cuyos dominios comprenden Austria, Estiria, Carintia, el Tirol, y luego los Países Bajos, el Artois y el Franco‑Condado; amén de la corona del fraccionado imperio alemán–, son tanto más estrechas cuanto más dilatado es su reino, y además, porque este fué uno de los monarcas ultradespilfarradores de la historia. Fugger le otorgó, entre otros, un empréstito de 170.000 ducados, compensado por la cesión de nuevas minas, privilegios, impuestos y señoríos.

Para mayor grandeza y lustre de su casa, el siempre tronado Maximiliano cifraba su fe y, esperanza, más que en la diplomacia y en las, guerras, en una singular arma política, en la cual creía a pies juntillas, pues suprimía, inconvenientes inherentes a los medios mencionados. Era un fervoroso partidario y cultivador de los matrimonios por razón de estado. Su acción concordó con este pensamiento. Casó a su nieta María con Luis de Hungría, hijo de Wladislaw, y a su nieto Fernando con la hermana de Luis. Así sumó a sus dominios Bohemia y Hungría. En su más caro designio ansiaba dominar toda Europa gracias a las alianzas matrimoniales, enlazándola en un super‑estado, anudando países mediante casamientos. Encargó a Durero que hiciera un grabado en que se representara artísticamente el triunfo y la apoteosis de la “fecunda Casa de Austria”, gracias alas bodas reales. El acierto maestro de esta política fué el matrimonio de su hijo, el Archiduque Felipe el Hermoso, con Juana, heredera de los Reyes Católicos. El joven esposo residía en los Países Bajos. Estos eran, por lo tanto, interesante y prometedor campo de acción para los Fugger, deseosos de cultivar con finura persuasiva y monetaria la amistad del futuro Rey de España.

El 26 de Noviembre de 1504 la Reina Isabel muere en Medina del Campo. Felipe no vacila en preparar “Toda clase de instrumentos bélicos, hace levantar levas en Alemania, apresta una armada, y dispone todo, lo que podía necesitarse corno si fuera a emprender una guerra declarada”.[74] Desembarca desapaciblemente en 1506 en La Coruña, al mando de un ejército de 3.000 soldados alemanes y arroja del trono, poco menas que a la fuerza, a su suegro Fernando quien se ve obligado a replegarse a Aragón y luego al Reino de Nápoles. Así comienza el reinado de los Austrias en España y con ellos la penetración alemana en amplia escala.

No resulta exagerado afirmar que Juana amó a Felipe hasta la locura digna de la Casa de Orates, pues, en realidad, “padecía la, enfermedad que en los ricos, se llama vapores de cabeza y en los pobres locura”.

García Lorca cantaba, en su “Elegía á Doña Juana 1a Loca”: “Princesa enamorada sin ser correspondida”, pero el apuesto Felipe no tenía, francamente, madera de poeta; evocaba con mayor precisión a los personajes del cura de Meudon y su vida puede representarse como una corta e intensa carrera emulatoria de los “hechos y grandezas del muy renombrado Pantagruel, Rey de los Dipsodas, hijo del gran Gigante Gargantúa”. Abreviando, el marido sólo adoraba con, locura la buena mesa; la gula era su mayor pasión, su verdadero escudo de armas.

Pareja tan armónica y de tan compatibles caracteres, llegó a una solución aún más radical que el divorcio o la nulidad de matrimonio. Ella remató su ya pronunciada demencia y el esquivo galán fué a pasar la postrera indigestión a la muerte, que no a la tumba, pues la Reina, durante largo tiempo, no consintió en que se le diera, sepultura y se dedicaba, taimada, amorosa y solícita, a repetir sus exequias. Así Felipe moría en Burgos a poco de llegar a España, antes de cumplir veintinueve años, dejando un hijo llamado Carlos, de siete años de edad.

Una loca en el trono, aunque fuese hija de Isabel, no era posible.

En 1516, su vástago enfermizo y lejano, fué llamado a la sucesión real. Todavía no conocía tierra española, aunque había transcurrido una década desde el deceso de su padre. Seca figura de adolescente magro, “con la boca un poco imperiosa, los grandes ojos plenos de fuego y los rasgos un poco fuertes”[75], tenía un desarrollo retardado y hubo qué recurrir a diversos métodos para estimular su crecimiento.

“Según un testimonio de Don Diego de Manrique, obispo de Badajoz, que en 1516 hallábase en Bruselas, no sabía hablar ni una palabra en castellano”.[76] En este muchacho taciturno, en opinión de sus enemigos, “astuto y abominable”, sus aficiones, sus consejeros, sus silenciosos sueños son extranjeros. Y sus banqueros, alemanes. Los Fugger habían trabado conocimiento con él, siendo aún niño y cuidaron celosamente esa relación porque sabían que significaba un capital precioso, que a la larga se manifestaría, en frutos lozanos, prometedores de dorado jugo.

Será Carlos I de España, pero ese título se desvanecerá, obscurecido por el de Carlos V, Emperador de Alemania. Fué la testa coronada más recargada de la tierra. En la Corte francesa murmurábase, que la larga enumeración de los dominios de Carlos obedecía a una vanidosa farsantería, lo cual era simple maledicencia despechada, pues nadie cumplió entonces en el mundo tan fielmente la divisa que Carlos adoptó como suya: “Más lejos aún”. Confluían bajo su mando el reino de Castilla, con las colonias de ultramar; Navarra, Aragón, con sus anexos, las posesiones de Sicilia, Cerdeña, Nápoles y Rosellón, y los dominios borgoñones, que comprendían Flandes y el Artois. Señoreaba en la Torre de Babel, gobernando comarcas en donde se hablaba alemán, francés, castellano, catalán, vasco, italiano, lenguas eslavas; reinaba sobre la mitad de Europa y la mitad de América.

Proclamado rey, resolvía los problemas españoles desde Flandes. Se hallaba bajo la influencia de sus consejeros flamencos, en especial del Señor de Chievres o Xevres, llamado, por su valimiento sobre el ánimo del muchacho coronado, el “alter rex”. Así, a la distancia, designaba gobernador a su privado Carlos de Chauls y llenaba los cargos más importantes de España con extranjeros. Los supremos dispensadores de dádivas, y los grandes martilleros de empleos públicos, que casi siempre vendían al mejor postor, eran Xevres y Salvaggio, a quien Carlos nombró Gran Canciller de Castilla.

Los españoles trinaban. El favoritismo y la ausencia, de decoro en ese gobierno por emisarios y correspondencia campeaban por sus respetos. Numerosas ciudades elevaron reclamaciones e intentaron constituir una Hermandad de Municipios, para poner, unidas, coto a tanta inmoralidad y al desvalijamiento operado por extraños.

El 19 de Septiembre de 1517, el joven rey avista por primera vez la costa ibérica. Llegaba a un país en que los derechos de los individuos y de las asambleas jerárquicas, “garantidas por las cartas, ligaban y contrabalanceaban el poder del monarca… Esta monarquía no estaba suficientemente amalgamada por la conquista; estaba, por el contrario, compuesta de una cantidad de provincias de origenes diversos, agrupadas pero no confundidas… provincias con costumbres diferentes, leyes divergentes, caracteres. opuestos, y gozando, sin embargo, de privilegios de la misma naturaleza”.[77]

Sus mismos títulos eran, distintos respecto a sus posesiones. En el país vasco, por ejemplo, sólo era simple barón y señor hereditario, mientras que sus posesiones en América constituían verdaderos dominios de la Corona.

Escolta su llegada una nube de comerciantes, impresores y banqueros extranjeros, que forraran una especie de séquito extraoficial del soberano. Las dignidades de la Corte, los puntos neurálgicos del comercio, de las finanzas, de la marina mercante pasan a mano de la “camarilla flamenca”. Se sienten defraudados no sólo los Grandes de España, sino todas las clases sociales. En los primeros años de su reinado, el hombre fuerte del gobierno fué su gran chambelán, Xevres, junto a su gran‑caballerizo, Maingoal de Lanoy, favorito de reconocida mediocridad, quien logró ser el elemento decisivo en las negociaciones más transcendentales del país, sin olvidar a palaciegos tan influyentes como Croy, Nassau, Buren, Mercurio de Gatinara y Jofré de Cotannes, Adriano de Utretch, su ayo, pronto se tocó con el capelo cardenalicio, y su Camarlengo fué designado gobernador de Valencia.

“Era tan absoluta la confianza que el rey había hecho: de Mr. Gebres y demás privados flamencos, que éstos, escudados en ella, lo disponían todo a su arbitrio, monopolizando todos los destinos y favores, y saqueando. España por cuantos medios pudo discurrir su avaricia, y llegando su fuente hasta el extremo de hacer alarde; insultando a los españoles, a quienes llamaban sus indios porque tan impunemente les permitían enriquecerse. La extracción de dinero para Flandes llegó a ser tan escandalosa que agotó la moneda, en particular la de oro, tanto que a vista de alguna moneda del dicho metal, se hacían extremos de admiración cantando públicamente por las calles:

“Doblón de a dos norabuena estedes,

Pues con vos no topó Xebrés”.[78]

dístico que aun los españoles de hoy aprenden de memoria desde su infancia.

Xevres, elevó el impuesto de alcabalas y logró imponerlas parcialmente a la nobleza, que había estado libre de contribuciones. Además, consiguió que el Papa dictara una bula obligando al clero peninsular a pagar aL gobierno durante tres años el diezmo de sus bienes y frutos. El Episcopado protestó. Así la “camarilla flamenca” aumentó la exasperación de la aristocracia y de la Iglesia españolas y preparó el campo para la rebelión futura.

Pero la lluvia de tributos agobió más; que a nadie y más que nunca al pueblo. A propósito, circulaban de. boca en boca estos versos:

“Que a cada hombre casado pague un ducado.
Por su persona. Otro por su mujer.
Dos reales por cada hijo e hija.
Un real por cada mozo o moza.
Cinco maravedís por cada oveja o carnero,
Ciertos maravedís por cada perro
Y tanto por las tejas del tejado”.

En esta punta de lanza, los Fugger ocuparon un sitio extraordinario. Dentro del tropel de forasteros que se precipitó sobre España “al olor del oro y la plata de México y del Perú”, fueron los que sacaron tajadas más suculentas. Con el tiempo, los procuradores de las Cortes de Madrid dirían, quejumbrosos: “los Fúcares (los Fugger), familia poderosa de negociantes alemanes, que hicieron asiento con Felipe II y otros reyes posteriores, estancaron el azogue al tiempo que arrendaron el Maestrazgo de Calatrava, y tomaron todos los oficiales de hacer solimán y los obligaron a trabajar por su cuenta, privándoles de la libertad de despedirse y trabajar para otros, cuyo monopolio hizo subir el precio de esta materia prima tres veces más de lo que solía valer. Así, pues, no faltaba razón a Sancho de Mancada cuando decía que los extranjeros negociaban en España de seis partes las cinco” (“Restauración Política”).[79] La mayor parte del comercio de España pasó a sus manos, y los traficantes foráneos, especialmente alemanes, que habían contratado empréstitos con Carlos V, no se limitaron a administrar los dominios dados en prenda, sino a saquear, con la venia regia, la Península. El comercio languideció, las ferias perdieron su papel tradicional, despobláronse ciudades, que, cómo Burgos y Medina del Campo, desempeñaban el papel de centros mercantiles. Castilla la Vieja fué pasto de la usura, demolianse sus castillos y se arruinaban sus murallas, para edificar, “con el dinero de los españoles”, soberbias mansiones; obras pías y mayorazgos en Alemania e Italia. “La unión estrecha que existía entre los negociantes extranjeros y el príncipe se volvió –me parece– también funesta, porque les procuró un permiso extraordinario para la exportación de todos los artículos de España, exportación que las leyes prohibían a los indígenas. Acapararon así en su provecho la exportación de la lana de la seda y del hierro en España; y, por otro lado la pretensión que tenían de hacer bajar pronto el precio de todas las mercaderías en el país, les facilitó también la importación de mercaderías extranjeras”; escribe el historiador alemán Leopoldo Ranke.

Los capitalistas extranjeros desvalijaban España como país ocupado. El rey los defiende de las acusaciones de los nativos, previendo que de un momento a otro deberá afrontar una prueba de fuego: la lucha por la corona imperial de Alemania. La ayuda de los Fugger y los Welser le resulta vital en este asunto, porque llegar a ser emperador alemán significa, según el diccionario de la época, comprar a precio de oro tal dignidad. Tras veintiséis años de gobierno, muere en 1519, su pródigo abuelo Maximiliano, y deja planteada la batalla por el trono electivo de Alemania.

Tres reyes en plena juventud encabezan las principales monarquías europeas y los tres aspiraban a multiplicar su poderío, a romper en su favor el infecundo equilibrio continental –base de la política internacional de aquellos siglos– ganando la corona del Imperio Germánico. Son Francisco I de Francia, Enrique VIII de Inglaterra y Carlos I de España. Los candidatos organizaban su campaña, electoral a la moderna, animada por un cohecho desembozado y costoso.

Tras la ruina de los sueños imperiales en el siglo XIII,remachada por los derechos y privilegios reconocidos en 1356 a los príncipes electores, Alemania había entrado lenta y dificultosamente por el cauce de una unificación más aparente que real por obra de los Habsburgos; pero, de cualquier modo, su autoridad era del todo ficticia en lo referente a las grandes ciudades comerciales del Hansa o del sur del país, sin imponer tampoco mayor respeto a los Arzobispos de la cuenca del Rhin ni a los príncipes de Baviera, Sajónia o del Brandeburgo. En el fondo el caos feudal seguía teniendo despedazada entre sus garras la unidad germánica, a pesar, de los intentos de Maximiliano de arreglar ese rompecabezas y de su tentativa en la Dieta de Worms, desplomada como un castillo de naipes por el viento de la división.

Tal era, la realidad esquemática que debían afrontar los pretendientes a la corona imperial. El camino hacia el trono estaba pavimentado por el oro del soborno. Los electores eran personalidades honorables, especialmente asequibles y propensas a la seducción de una coima colosal. Eran nobles príncipes, cuatro civiles y tres religiosos, Cuyos votos se cotizaban entonces más alto que los mismos sufragios en el cónclave cardenalicio. Los encarecía también el hecho de fluctuar, indecisos, sobre el equilibrio inestable de la atomizada nobleza territorial teutona.

Frente a tal espectáculo, Marx exclama: “Como en el panteón romano, se encontraban los dioses de todas las naciones, así en el sacro imperio romano alemán se hallan los pecados de todas las formas políticas”.[80]

El 28 de Julio de 1519 se efectuó la desinteresada elección. Y el mozo de rostro imberbe, ausente en España, fué proclamado Carlos V, Emperador de Alemania. El precio del triunfo fué de 850.000 florines, o sea, alrededor de 220 millones de francos, según el cambió vigente con anterioridad a la guerra. El dato sirve para la composición de un interesante cuadro costumbrista, que simboliza el genio de esa fase histórica.

Imperio Germánico, Imperio del Soborno. Era un índice de la potencia del dinero, el espejo y el estilo de la época. Y era, sobre todo, fiel reflejo de la riqueza e influencia de la banca, exponente de su participación decisiva en los destinos europeos; en la repartición de tronos y granjerías. La realidad documentada sostiene con énfasis que Carlos jamás hubiera sido emperador de Alemania de no mediar el dinero de los Fugger, que aportaron para ese cohecho sublime 543.585 ducados; de las casas Grelterroth, Formary y Virvaldis, que prestaron 165.000, y de los We1ser, quienes entregaron 143.333, según consta en un acta titulada “Lo que ha costado la elección imperial de Carlos V”, conservada en el Archivo de Augsburgo.

Par obra y gracia del oro, el Sacra Imperio Romano pareció resurgir de sus cenizas y el poder de Carlomagno revivir en el hijo del calavera y la demente. Sólo debido al soborno y a la materia prima del soborno, a los préstamos de los banqueros alemanes, erigióse en el soberano más poderoso del planeta. Y la extensión de su imperio a diversos países y continentes impulsó la transformación de sus banqueros en financistas internacionales. Fugger, su principal socio capitalista, recibe en garantía de pago por los empréstitos que le permitieron ganar “la batalla de Alemania”, del puerto de Amberes, como sabemos, el más importante de ese tiempo, los señoríos alemanes de Wallenstein, Kirchberg, Pfaffenhoven, etc.; en España, las minas de mercurio de Almadén, las de plata de Guadalcanal e incluso los ingresos de la Corona “por concepto de las órdenes de caballería de Santiago, de Alcántara y de Calatrava”, además de las rentas de los maestrazgos por un siglo entero.

Pero ellos no estaban satisfechos. Los banqueros alemanes pensaban en América.

 

 

Capitulo VII

LUCHA, PROGRAMA Y MUERTE DE LOS COMUNEROS

 

“De las grávidas sombras de las nubes,
de los esqueletos feudales,
de los huesos amontonados. de los reyes,
de los escombros de la vieja Europa,
de las momias pulverizadas,
de las ruinas de las catedrales,
de los palacios derruidos,
de las tumbas de los prelados…
el rostro de la Libertad,
el rostro fresco, integro…
el mismo rostro eterno de la Libertad
avanza hacia nosotros y nos mira.
El rostro de tu madre, ¡América!
que se vuelve hacia ti
como el destello elocuente de una espada.
No te olvidamos, Madre.
¿Por qué te rezagaste?‑.

WALT WHITMAN[81]

 

Carlos, que se consume de impaciencia por ir a Alemania a asumir sus funciones imperiales, parte dejando a España en llamas. Antes de abandonarla, ya se enaltece con el título de “Majestad”, sin precedentes en la tradición monárquica española, y que huele, a sus desconfiados súbditos a pompa forastera, a ostentoso disfraz del autocratismo. Emprende el Viaje desechando todos, los ruegos de los españoles, quienes han amenazado “que si el rey abandonaba a España, ellos a nadie obedecerían, ni cumplirían las órdenes de nadie, ni pagarían contribución alguna.” El monarca, antes de marcharse, quiere imponer un castigo ejemplar a quienes así humillan su majestad, pero desiste, aconsejado por sus favoritos alemanes y flamencos los cuales, vivamente interesados en su pronta partida, le aseguran que no había peligro alguno, “que los valencianos se apaciguarían con sólo enviar un alcalde cualquiera, y que las cabezas del alboroto pagarían su merecido a muy poca costa”.[82]

Pero Carlos necesita desesperadamente dinero. No puede llegar a 1a Alemania corrompida de sus príncipes electores con la, bolsa vacía. A objeto de que apruebe nuevos impuestos, convoca a las Cortes en Santiago de Galicia. Allí no sólo proyecta obtener fondos, sino también abortar de un golpe fronda toledana, capitaneada por Juan de Padilla, Lazo, Pérez de Guzmán, etc., que se niega a aprobar nuevos tributos y siembra por toda la Península simientes sediciosas.

En verdad, Toledo no duerme. Ha enviado una circular a numerosas ciudades castellanas, abogando por una acción solidaria; encaminada a solicitar al Rey que permanezca en España, que no se saque el oro de ella, que se prohiba el nombramiento de metecos para los cargos públicos y que, caso de ser inevitable el viaje, deje gobernadores españoles. En lo tocante a la petición de dineros formulada por el monarca, el Ayuntamiento de Toledo estima que es inadmisible.

Los temores de Xevres de que “le avían de matar por lo malquisto que estaba” estuvieron a punto de cumplirse en Valladolid, donde había prendido el ejemplo toledano. Estalla un motín, durante el cual el populacho no sólo intentó asesinar al más funesto de los favoritos del Rey, sino que éste mismo apenas pudo salir de la ciudad por la violencia de las armas.

Mensajeros toledanos y salmantinos en Tordesilla presentan al enfurecido Carlos un pliego de peticiones, reclamando, con toda audacia, un rey de España para España, que vigile el escurridizo oro peninsular, los libre de la rapacidad germánica, cese de exigir más tributos, respete las atribuciones de los ayuntamientos.

La respuesta fué una explosión de cólera imperial. La historia muy pronto demostraría que aquella fué una mala respuesta.

Cuando en el último día de Marzo se inauguraron, por fin, las Cortes, conocidas bajo el nombre de “Santiago Coruña”, advirtióse a, primera vista cuánto camino habían recomido el descontento y la subversión. Ya en la sesión de apertura se propinó un bofetón sonoro al Rey y sus allegados. Los procuradores de Salamanca, Córdoba, León, Valladolid, Toro, Jaén, Guadalajara, Segovia, Madrid, Cuenca y Soria niéganse a prestar juramento de fidelidad al Rey si antes éste no cede a sus peticiones.

En Coruña se celebran grandes procesiones, en que los revolucionarios fieles ruegan a Dios, con magnífico descaro, que “alumbre el entendimiento y enderece la voluntad del rey para bien regir y gobernar estos reinos”.[83]

En Toledo el pueblo se apodera del Alcázar, expulsa al corregidor y erige un gobierno propio.

Carlos retrocede ante el giro de las cosas. Expide provisiones reales; en las cuales jura y promete que “mientras estuviese ausente, no daría oficio ni beneficio alguno a extranjeros y dejaría gobernador que lo, representase, prohibiendo, además, la saca de dinero y caballos”.

Y Su Majestad perjuró. A despecho de toda la gigantesca y arrebatada presión, el soberano se embarca el 20 de Mayo de 1520, rumba a Alemania. Deja en su reemplazo, como Virrey, al flamenco Adriano de Utretch, el mismo que más tarde, en especial gracias a su apoyo, será Sumo Pontífice. Un sobrino de Xevres, también extranjero, Guillermo de Croy, ocupa la silla de los Primados de España, el Arzobispado de Toledo, foco de la rebelión.

Esta partida –sincronizada con cuantiosos embarques de oro a Alemania, obtenido por medio, de esquilmadores tributos– lleva al pueblo la aflictiva confirmación de aquella desoladora sospecha primera: “el rey medía a España por sola su comodidad, que como a una heredad apartada no atendía más que a vendimiarla” y mirándola con supino desdén, se iba, dejándola en un lamentable abandono.

Pero el origen del fuego data desde antiguo, arranca sus raíces de la misma política de Isabel la Católica, al insuflar, en congruencia con los deseos de Maximiliano de Austria, forma práctica a sus empeños de fundir los destinos de su casa a los Habsburgos. Por eso, había casado a su Juan y a su Juana con los hijos del Emperador de Alemania, Margarita y Felipe. Tenía “in mente” al pactar estos matrimonios un plan semejante al de Maximiliano, pero contemplado desde el otro lado de la moneda, escrutándolo a través del ángulo de las conveniencias de España y de su monarquía. Como es usual en las familias reales de ayer y de hoy, aquellos fueron matrimonios de Estado, aunque parecían más exactamente enlaces superestatales, cruzamientos maestros de estrabegia política y dinástica, que darían a luz muy en breve el imperio más anchuroso de las últimas centurias. Ni Maximiliano ni Isabel –como sabemos– erraron en sus cálculos. El nieto común llamóse Carlos V.

Pero esta fría e impecable jugada de aldance, internacional, mermó y dió mate a la independencia hispánica. Hemos visto ya, con el cortejo y ejército en son de guerra de Felipe el Hermoso, desembarcar mercaderes, condestables, factores, favoritos, un enjambre de palaciegos extranjeros, dispuestos a vaciar el colmenar de oro de España, y en la cúspide de este primer destacamento de la quinta columna alemana, llegar, como es de suponer, los banqueros. Las ciudades castellanas reciben de mal grado esta oleada de paracaidistas, que se adueñan rápidamente de las imprentas del país, influyen de modo determinante sobre los negocios y tienen acceso libre y preferente a los cargos públicos.

El conflicto, en un comienzo soterrado y sordo, se ahonda y hace explosión bajo el, reinado de Carlos V. Vuélvese más agudo porque ya no tiene por causa meramente la pugna entre españoles y extranjeros; que sólo atinan a sacar cuanto antes copiosas cosechas de España, sino una lucha más general, dentro de cuyos linderos queda también comprendida esa peculiar discordia el choque entre el representante inflexible de la monarquía absoluta con las libertades comunales vigentes en la Península desde la Edad Media. Estas libertades populares, aunque rudimentarias, se oponían al absolutismo del poder real, colocaban por encima de él las “conveniencias de la nación” y para contrarrestar los excesos monárquicos hasta llegaban a reconocer el derecho de rebelión.

Carlos V quiso llevar hasta la meta la empresa iniciada por sus abuelos maternos, los Reyes Católicos, que habían unido, bajo la égida de una dinastía feudal Castilla, Aragón, Navarra.

Su finalidad tendía. a aplastar toda resistencia democrática, las libertades que eran su expresión e instaurar un gobierno indiscutible. Las barreras contra las cuales va a estrellarse este afán son los municipios y las Cortes. Los primeros organismos regíanse con independencia y habían conquistado fueros que estatuían sus derechos frente a las incursiones de los privados señoriales y servían de refugio ante la prepotencia absolutista. “Los municipios, mientras tuvieron base democrática, fueron un elemento poderoso de la reconquista, a la cual contribuyeron con sus milicias y con sus recursos pecuniarios; representaron también el contrapeso del poder nobiliario, siendo los aliados naturales del rey. Desnaturalizada la institución, son presa de los bandos de la nobleza municipal y caen en manos del centralismo, qué acaba con sus libertades”.[84]

Pero en país alguno de Europa existía a este respecto en aquella época una institución tan dotada de atribuciones como las Cortes Españolas. Los ocho siglos de guerra de reconquista contra los, musulmanes permitieron a las villas, en el fragor y los vaivenes de la contienda, arrancar a los señores fueros, cartas‑pueblas, en que consagrábanse sus derechos. Los núcleos de población se desarrollaban en particular porque reunían en sí el doble carácter de baluarte defensivo contra los ataques moriscos y las depredaciones de los nobles abusivos. Los municipios dependientes de la corona tienen representación en las Cortes, junto a los demás Estados, la aristocracia territorial y el clero, y su función no es tanto colaborar con el monarca, sino regular y moderar sus excesos de poder, violatorios de la legislación foral o de los intereses de las clases representadas, aparte de votar los impuestos.

“Las Cortes limitaban el poder real, porque eran la acción reunida de todas las clases sociales; pero en particular representaban la influencia de la clase popular, por cuanto los nobles y el clero tenían aparte valía política y social, por sus riquezas y por la fuerza de la tradición”.[85]

El poder de las Cortes estriba principalmente en que el Rey puede legislar sin ellas; pero no imponer nuevas contribuciones, servicios de emergencia, monedas o alcabalas. Fiscalizaban los gastos, eran una valla contra los despuntes absolutistas.

Las Cortes y los Municipios conocieron simultáneamente el esplendor. Eran brazos de un mismo movimiento democrático, que en los siglos XIII y XIV, y especialmente bajo el reinado de Juan I, alcanzaron la cima de su brillo y poderío.

Ya para su ascensión al trono, Carlos V quiso desconocer la autoridad de las Cortes, tratando de evadir el juramento de acatar las leyes que debía prestar ante las Cortes de Castilla, Aragón y Cataluña. Después de un acalorado forcejeo, que llega a, su punto critico con la resolución de las Cortes de plantear al empecinado el dilema de prestar juramento o de no ser jamás, reconocido como rey de España, el joven monarca cede para preparar mejor su desquite.

Apenas instalado en el solio, va poniendo al desnudo sus verdaderos propósitos, a diapasón con la penetración alemana, qué clama al cielo. Se procede a1 desalojamiento de los castellanos y a vender al extranjero todo lo vendible, singularmente cargos públicos y dignidades. Las Cortes impetran en vano que no se honre con ellas a los forasteros, pues, el Rey, a quien éstas han recordado que “es el primer servidor de la nación”, desdeña sus llamadas al orden y declara, tratando de poner punto final a las enojosas cuestiones: “Yo tengo a los alemanes por mis fieles servidores; os ordeno tratarlos en consecuencia y tener con ellos las mejores relaciones”. Así, los Fugger y los Welser poseen carta blanca, se sienten hombres de confianza de Su Majestad y se desplazan con entera comodidad por la. Península, arruinando el comercio español. Destacan observadores a los puertos de partida hacia América, a fin de que, les mantengan informados sobre el movimiento de los galeones, e intrigan ante el monarca para que éste les haga tradición de reinos del Nuevo Mundo en pago de sus débitos. En respuesta,, las Cortes, extraordinariamente recelosas, reclaman a la Corona que establezca prohibición perentoria de otorgar a los validos extranjeros derechos sobre las tierras descubiertas o por descubrir en América, aparte de solicitar que el intercambió comercial con las Indias sea privilegio de los españoles.

Muchos procuradores en las Cortes de Santiago Coruña se pasaron al lado del Rey, convencidos por un medio de persuasión en cuyo empleo Carlos y sus consejeros eran artistas: el soborno. Si habían garlado, tocando ese instrumento, el Imperio Alemán, con mayor facilidad consiguieron comprar unos cuantos representantes de las ciudades.

Pero no todos ellos disfrutaron mucho de sus treinta denarios. No se ahorcaron como Judas, a sí mismos; pero a más de alguno lo ahorcó el pueblo, cuyos derechos tan mal había defendido. Tal sucedió, por ejemplo, en Segovia, donde el procurador Tordesillas pronto pendió de un madero, rodeado por dos alguaciles. Salamanca aplicó idéntica justicia al corregidor y al francés Jofré de Cotannes.

El 20 de Octubre de 1520 las Comes envían una proclama al Rey, “exigiendo la garantía de sus derechos, el cese de los abusos”. La réplica no se hace esperar: decreta la destitución de los diputados a Cortes de todos sus derechos personales. Y el 31 de Octubre se declara la guerra a los comuneros.

Estalla el campo minado. El incendio de la ‑insurrección abrasa a Toledo, Soria, Valladolid, Ávila, Segovia, Zamora, Salamanca, Medina, Toro, León, Palencia, Burgos, Badajoz, Jaén, Ciudad Rodrigo, etc. La mayoría de las ciudades españolas se adhieren al movimiento de las Comunidades de Castilla, llevando a la cabeza villanos, labriegos, clérigos o nobles que inspiran fe a la causa comuneros.

En Avila se constituye su dirección máxima, la Junta Santa, compuesta por señores y plebeyos. Forja una fuerza militar independiente y designa jefe de su ejército a Juan de Padilla, quien se apresta a atacar a Ronquillo. La Junta Santa plantea también su pensamiento político, expone su programa y lanza manifiestos a la nación, de los cuales son en extremo decidores los del 26 de Septiembre y 14 de Noviembre de 1520. Además, Burgos y Valladolid hacen una exposición completa, de la plataforma ideológica de las finalidades del Movimiento de las Comunidades en 108 capítulos..

En carta enviada al Rey sintetizan algunas de sus reivindicaciones y quejas: “Desamor del rey al pueblo y poca gana de aprovecharles, puesto que proveía a extranjeros de dignidades, beneficios y oficios, privando de ello a los españoles; extracción abusiva de la moneda; extranjería de muchos prelados, que se hallaban ausentes de sus sillas, o de muchos prebendados y dignidades eclesiásticas; revocación de lo acordado en las Cortes de Coruña, que motivaron el otorgamiento del nuevo servicio; quebranto en la gobernación de las leyes y costumbres de Castilla, y vejación y perjuicios que resultaban de ir o enviar por el despacho de los negocios a las tierras extrañas donde residía el rey”[86], aparte de insistir, sobremanera, en que no se concedieran a extranjeros granjerías o derechos sobre las tierras de América.

Invocan en su favor ala Reina Juana, quien se ha negado a condenar el movimiento. Van a visitarla a Tordesillas, y ella acoge a la delegación comunera con afectuoso espíritu.

Cuando la victoria parece aproximarse, afloran con violencia a la superficie de las Comunidades las disensiones que habrían de desbaratar y hundir su frente de lucha. Los nobles, que se han acoplado a la rebelión por odio al absolutismo feudal, retroceden, aterrorizados: ven que el pueblo domina por doquier sin contrapeso, dando a la refriega un cariz asaz peligroso. En Burgos mandan un tal Juan, simple espadero, y Bernardo Roca, sombrerero, y los plebeyos clamaban “que los traidores a la patria habían de ser quemados; habían de divertir a los pueblos en la horca puesto que contra la voluntad dellos habían concedido al rey el servicio”.

Las ciudades buscan la alianza de los campesinos, con indecible espanto de los señores. Por esto Osorio, prominente noble de Burgos, “a una sola cosa juzgó que debía oponerse can todo cuidado. A un cierto Francisco Mazuelo, hombre bastante elocuente, le habían dado comisión para que en nombre del pueblo escribiese una carta a los montañeses, que dijimos están situados entre Burgos y el Océano, en la que tratase de atraer aquella gente, a quien se juzga pobre, pero esforzada, valiente y pródiga de su vida, a emprender la guerra por la libertad para consolidar los principios de democracia que habían sentado los burgaleses; que los demostrase al mismo tiempo cuánto les interesaba unir sus armas con una ciudad vecina y aliada, reunir un gran ejército, atacar al Virrey y dar un ejemplo a las demás ciudades y provincias; que no resultaría pequeña gloria a los burgaleses y a todo el país de lamontaña cuando luego se les llamase los autores de la libertad y los que habían abolido las exacciones.” Y el asustado aristócrata concluye afirmando que Mazuelo “más charlatán que elocuente añadía en su carta otras mil cosas revolucionarias y pérfidas.” Personalmente conciliador, ansioso de abortar el movimiento y de entregarlo inerme al absolutismo, Osario “comenzó a exhortan a los más revoltosos que se la presentaron (la carta), afirmándoles con juramento que acarrearían una gran conflagración a la ciudad porque los montañeses, rústicos y fuertes, una vez que probasen los placeres de la ciudad, no se les podría contener. No sólo les apartó del propósito de enviar la carta, con halagos y varias razones, sino que persuadió a la mayor parte para que enviasen dos de los principales de la ciudad al virrey Adriano y consejo real”.[87]

Semejante estado de ánimo enardecía aquí y allá al común, “que alcanza tanta autoridad que luego ya manda y gobierna como quiere.” En Medina del Campo, acaudillados por un tundidor de paños, apellidado Bobadilla, yérguese en amo de la situación, y las propias mujeres envalentonan a los hijosdalgos y pecheros, al grito de “Varones, manteneos firmes; esposos, pelead, defended de estos ladrones la artillería; nada os importen vuestras casas y bienes; que se arruinen, que se quemen, que ardan enhorabuena; nosotras, con tal que seais libres, con tal que salvéis la patria, con nuestras telas, con el huso y la aguja os daremos de comer; por Dios y por la Virgen María, no consintáis hoy que las ruinas de las ciudades aliadas y la dura esclavitud de los infelices pueblos sean obra de un crimen vuestro.”

En Valladolid, la convulsión no le va en zaga e igualmente un belicoso espíritu de clase anima a los revoltosos, “que ya de ningún modo consentirían los padres de la patria que la ínfima plebe fuese vejada más de lo justo, sino que entre los más poderosos y los más pobres esta blecerían, uña cierta armonía, en la que nada se viese que disonase, nada incongruente, nada que estuviese reñido con la justicia.” Insurge, además, contra el clero comercializado y lucha para que “los predicadores ignorantes, a quienes llaman cuervos; no maltratasen a los labradores aldeanas, pues las indulgencias no se han de tomar con terror, por motivos interesados, sirio que deben concedersecon piadosas exhortaciones.”

Aunque la nobleza comienza a defeccionar ante la avasallante hegemonía del estado llano, éste no se amedrenta, esforzándose por hacer más férrea su unidad, ante las acciones decisivas que se avecinan. En Septiembre de 1520 las Comunidades suscriben un Pacto de Hermandad y sintetizan sus objetivos en las siguientes palabras: “Para que estos reinos no sean oprimidos ni agraviados por persona, alguna y sean conservados en sus libertades.”

Por su lado, los enemigos de los “populares” no conciliaban ni era pequeño y silencioso el odio feroz que rezumaban, gemelo de la furia desbordante con la que los poderosos de Europa entera aplastaron los movimientos rebeldes de la plebe. Casi simultáneamente en los extremos del continente, se escuchaban los azuzamientos de Lutero a matar campesinos, y en España esta incitación de Alvaro Zúñiga contra los comuneros: “¿Por qué dudáis, esforzadísimos varones? Acometed con la espada a esos labradores, caleros, mamposteros, sombrereros, herreros, menestrales bajos, en fin; a ese vulgo vil que se retira poco a poco; heridles en las espaldas si no vuelven cara; aprendan los que están acostumbrados a servir que jamás podrán mandar. ¿Qué víctima puede ser más agradable a Dios que el quitar la vida (con derecho o sin él) a los que mueven las guerras civiles, a los que se arman contra la nobleza y los supremos magistrados y sirven de jefes a la hambrienta y vil plebe y que los inducen abiertamente, instigándolos a buscar la igualdad de bienes? ¿Qué muerte afrentosa, qué tormentos crueles no deben aplicarse a los que se preparan a salir de sus miserias y pobreza con la destrucción de los bienes, con la violación de las leyes más santas y, por decirlo así, con la ruina de casi toda España a los que se han persuadido que siendo la hez del pueblo pueden, destruyendo la nobleza, llegar hasta los supremos honores y principales magistraturas? No perdonéis, pues, a ninguno, esforzadísimos soldados. Herid a los enemigos del género humano, destrozada esta abominable peste; despedazad a esta bestia de tantas cabezas, y sirva de ejemplo en la posteridad que la maldad más execrable fue reprimida con muerte de sus autores.” .

Se suceden las escaramuzas con varia fortuna. Sonríen a los rebeldes engañosas victorias. Captura del Fuerte de Torre Lobatón y prematuros cánticos triunfales que se hielan en oraciones de agonía e himnos de muerte, a raíz del desastre final de Villalar. Hay un lúgubre espectáculo, un terrible y varonil cuadro funerario, frente al estrado de la plaza del mercado. Hacia el cadalso marchan los jefes revolucionarios, Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, quienes representan a los pocos nobles que se mantuvieron fieles hasta el trágico epílogo de las Comunidades de Castilla. Cuando el heraldo dá lectura pública al bando, pregonando que se les condena al degüello por “traidores”, Juan Bravo lo interpela, transido de airado patetismo, con la exclamación: “Miente el alcalde. Mientes tú y quien te manda, decir; traidores no, más celosos del bien público, sí, y defensores de la libertad del Reino”. Fué acallado por Padilla, con las palabras aquietadoras de: “¡Ah, mi amadísimo Bravo! Ayer fue el día en que debimos morir come convenía a hombres nobles y valientes; pero ya hoy como verdaderos cristianos, como piadosos.”

Sus cabezas son las primeras en rodar a, la roja cesta del verdugo pues, un baño de sangre gigante las sigue en el camino a la muerte, pretendiéndose decapitar así para siempre la libertad de las ciudades españolas, que se hallaban en trance de evolución de las libertades medievales a las libertades modernas:

La burguesía española entró en agonía. Perdió demasiada sangre y sobre todo posiciones como para poder influir en América Hispana, donde de triunfar hubiera podido introducir una modalidad más avanzada de colonización, semejante tal vez a la anglo‑sajona. Sobre el derrumbe de las Comunidades de Castilla, la, autocracia de los Austrias dió carta blanca al feudalismo para que impusiera yen sus posesiones, de ultramar el repartimiento, y más tarde, la encomienda, bajo el signo de la cruz, o sea, un mundo sin libertad y democracia a la manera burguesa. Esto puede contribuir a explicar en su orígen algo del por qué de la diferencia en la trayectoria evolutiva y en el nivel de desarrollo que existe entre los Estados Unidos y los países latinoamericanos.

El 16 de Julio de 1522 vuelve a España el Emperador.

Carlos I regresa, transformado en Carlos V. Ya no parece, el rey de España, sino el jefe de una invasión extranjera, compuesta por 4.000 soldados alemanes, acompañados por bandadas de rapaces consejeros áulicos, de banqueros flamencos y germanos, que vienen a proseguir a más y mejor el escamoteo del oro hispano y preparar el asalto sobre América.

El rey resplandecía. Era el hombre más poderoso de la tierra. El espejismo del oro distaba mucho de desvanecerse aún. Y acallaba los lamentos escapados a los patíbulos con la inalterable grandeza de su majestad y la amplitud colosal de sus dominios. Estaba arruinando a España, sin poseer quizá conciencia de ello; pero, de todos modos; celebraba sus funerales con un entierro de primera clase. “Si después del reinado de Carlos I la declinación de España, tanto en el aspecto político como social, exhibía todos los síntomas de una ignominiosa y prolongada putrefacción, tan repulsiva como en los peores tiempos del Imperio Turco, por lo menos bajo el emperador las antiguas libertades fueron sepultadas en una tumba magnífica. Fué el tiempo en que Vasco Núñez de Balboa plantó la bandera de Castilla sobre las playas de Darién, Cortés en México y Pizarro en el Perú; cuando la influencia de España reinaba suprema en Europa, y la imaginación meridional de los iberos se excitaba con la visión de Eldorados aventuras caballerescas y monarquías universales. La libertad de España desapareció balo el sonido de las armas, chaparrones, de oro y la terrible iluminación de los autos de fe”.[88]

Estando España ensangrentada y de rodillas, los banqueros alemanes tienen el campo despejado. El oro huye de la Península en torrentes secretos. Por el paso fronterizo de Fuenterrabia fíltránse doscientas mil coronas y ciento cincuenta mil ducados en metálico, que van a buscar reposo por un momento en las arcas de los Fugger.

Bajo la superficie dorada de esos años de ilusoria riqueza, el poder de la banca germánica se vigoriza en proporción directa a la extenuación de la economía hispana Devoran las reservas de la, nación duras campañas militares que asolan la mitad de Europa, pero deparan a Carlos V, el Carlomagno de treinta años, regocijos tan intensos como la derrota en Pavía y el subsiguiente cautiverio en Madrid de su sombra nefasta, Francisco I, inicios falaces de una política belicosa que; el tiempo demostró estéril y que, unidos a los ataques de gota, que desde los cuarenta años le obligaban a viajar en litera, indujeron a Carlos V a abandonar antes de morir sus muchos tronos y glorias mundanas.

En 1525 fallece Jacobo Fugger, a los sesenta y seis años de edad. Fué harto menos prolífico que su entusiasta padre. No deja hijos, pero deja millones, posesiones inmensas y dos sobrinos, Antonio y Raimundo. Si el tío ha sido predilecto banquero de Maximiliano de Habsburgo; de Felipe el Hermoso y de Carlos V, los sobrinos se agarrarán a la, seductora cadena, para continuar desempeñando el papel de socios capitalistas de los reyes, de preferencia, de Carlos V y de su hijo Felipe II. El testamento del difunto Jacobo les encarga mantener junto a las dinastías reinantes, una dinastía paralela de Fugger. Y España, el país que es centro del mundo, debe ser el núcleo de las operaciones de los banqueros más acaudalados del orbe. Su influencia y sus privilegios se elevan hasta donde nadie alcanzó Obtienen autorización para acuñar moneda en todos los dominios del Emperador.

Empero, transcurre un laborioso, lustro antes de recabar el permiso para abalanzarse, sobre posesiones concedidas en América; antes de que los Fugger planeen su proposición para “descubrir, conquistar, poblar y fortificar las islas y la tierra firme desde el Estrecho de Magallanes hasta la gobernación de Francisco Pizarro.”

 

 

 

Capitulo VIII

LOS CAPITALISTAS MAS RICOS DEL MUNDO INTENTAN CONQUISTAR CHILE

“Lo que se sienta, para servicio de Dios é de S. M. é bien de estos Reynos é para hacer honra é provecho de Antonio y Géronimo Raimundi, fúcares alemanes, con Vido Herll, en nombre de los dichos fúcares, sus mayores, es lo siguiente:

Que S.M. por les facer merced les concede la conquista, de la tierra que es pasado el estrecho de Magallanes hacia la Equinoccial, como dice, desde el comienzo hasta confinar Con los términos y límites de la gobernación de Pizarro, que es en la Provincia del Perú e Chincha.”

Proyectos de capitulación y asiento de los Fúcares alemanes, para el descubrimiento de las yslas y tierras que hay desde el Estrecho de Magallanes hasta Chincha, el año 1530.

(ARCHIVOS DE INDIAS)[89]

 

En aquella época circulaba por toda, Europa un vocablo internacional: “Fucar” (Fugger), sinónimo de potentado. Su fama sobrevivió a la grandeza de la, estirpe y aún hoy existe en Madrid una calle “Del Fúcar”, así llamada en su Memoria y loa.

Hacia 1530 los Fugger esplendían en el cénit de una vasta gloria. Aquel año, invitaba al balance retrospectivo. ¡Cuántas innovaciones había experimentado la fortuna, de su linaje desde los tiempos lejanos del rústico Jacobo! ¡Qué magnífico impulso había cobrado el comercio germánico en España desde aquellos mezquinos días, anteriores al descubrimiento de América, en que la “Magna Societas Alemanorum” realizaba a duras penas un incipiente y raquítico intercambio mercantil con la Península, y el físico tudesco Jerónimo Münzer refería, con un dejo de melancolía en su “Viaje por España y Portugal en los años 1494 y 1495” cuán escasos traficantes compatriotas había encontrado en su jira!

Los Fugger y los Welser, aupados por la desaparición de la dinastía de los Trastamaras y su reemplazo por los Habsburgo, han prosperado –según hemos visto– hasta alzarse como los emperadores de las finanzas de Carlos V, en los banqueros‑reyes, en torno; a cuya órbita ruedan muchas constelaciones de mercaderes menores.

América les obsedía con el hechizo centelleante del oro. El globo entero les parece digno de ser aprisionado dentro de las soberbias mallas de su comercio. Canalizan al principio la voracidad de este sentimiento de apropiación y poderío, financiando en los años 1519 y 1525 las expediciones a las Islas Molucas, emprendidas bájo el mando de los comendadores Hernando de Magallanes y García Loaisa, a quienes facilitaron diez mil ducados.

En 1534 efectuaron también una respetable inversión armando la flotilla de Simón de Alcazaba, quien, con títulos reales, hízose a la mar para llevar a cabo la conquista de Chile, con tal adversa fortuna, que fué asesinado por sus subordinados, haciendo perder a los Pugger los capitales en los cuales habían depositado usurarias esperanzas. Tampoco lees sonrió una suerte más halagüeña en lo tocante a los préstamos a Magallanes y Loaisa, que les fueron tachados, negados y se debatieron en un engorroso juicio. En el item 12 del proceso que hubieron de deducir contra,, los alzados tramposos, se hace constar “quel dicho Jacome Fucar y compañía, de uno, dos, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años a esta parte, han sido y son mercaderes tratantes, así en estos reinos como fuera dellos, en negocios muy gruesos, e que han interesado e interesan en cada año con su dinero a catorce por ciento, antes más que menos, y que si no hubieran puesto en la dicha armada los diez mil ducados, hubieran interesado y ganado con ello en cada un año a razón de los catorce por ciento, y que tanto han perdido o dejado de ganar”.[90] Este pleito, cuya sentencia definitiva sólo vino a pronunciare en 1543, fué perdido por los Fugger.

Pero desde mucho tiempo atrás estaban decididos a pasar a 1a posteridad y a multiplicar sus haberes en la doble calidad de banqueros y de conquistadores. No les basta lo que poseen. El conformismo era una afrenta para Jacobo, el patriarca de la tribu elegida de los magnates augburgueses. Les suena a imperdonable insensatez dejar escapar la oportunidad de llevar a feliz puerto su mágna a la vez que plausible ambición ayuntar al dinero, y gracias a él, un reino propio, incorporarse con legítima majestad a la nómina de los gobernantes temporales, concluir la suma alianza, conjugar la reunión orgánica del oro y la tierra, la fusión copulativa de esos dos valores, equivalencias y símbolos, fuentes de podexío y fuerzas máximas de la época. Y una vez asumidas sus funciones, hacer traspirar la tierra y a los hijos de esa tierra para la acumulación del oro, exprimir hasta la gota final el zumo de la ínsula, con una visión do capitalistas, para quienes todo es medio e instrumento de una finalidad enriquecedora.

En el calendario de los Fugger, 1530 está marcado con el signo de la cumbre y de éxitos espectaculares, aunque no es menos efectivo que lo preside también un exagerado acorde con el antiguo y nada platónico contrato innominado del “do ut, des”, la ley del toma y saca, según la castiza expresión corriente. Porque, conforme consta de los documentos contenidos en el archivo de la familia Fugger, debieron, en compañía con los Welser, conceder a Carlos V empréstitos desusadamente elevados, entre otros, uno por la friolera de 600.000 ducados para la Cruzada. Pero ellos no eran ángeles y exigieron y obtuvieron, en cambio, que les fuera cedido el cobro de las contribuciones del país, las minas de cobre, amén de otros minerales, y, además, los cargamentos de los buques que arribaban procedentes del Nuevo Mundo, sin despreciar, por cierto, la percepción de las rentas de la Cruzada, otorgada por Clemente VII a Carlos V.

Los Fugger creen que ha madurado el momento en que él rey –comprometido hasta el alma– no podrá negarse a nada que ellos pidan. Con tesón sutil e inagotable han llevado a cabo una minuciosa preparación artillera, una refinada y sostenida guerra de nervios llena de promesas juradas e incumplidas, de vencimientos fatales postergados por prórrogas indulgentes y graciosas, de delicados sondeos en el ánimo de Su Majestad.

Entonces, tras hablar con el monarca, Vido Herll, su factotum en España, avanza a la meta con la suprema proposición: encargar a los Fugger y sus súbditos el descubrimiento, población y pacificación de las islas y tierras que hay entre el Estrecho de Magallanes y el pueblo de Chincha.

La presentación, en su capítulo primero, detalla que los Fugger, en su afán de servir a Su Majestad, se obligarán, a su exclusivo costo, a poner a la vela, en aptitud de navegar, en uno de los puertos permitidos de esos reinos, tres o cuatro navíos o carabelas, con la tripulación, artillería, pertrechos bélicos y avituallamiento indispensables para acometer la empresa. Autorrecomendándose con impersonal, fervor, agregan que, con todas sus fuerzas y cuidados, descubrirán y pacificarán el conjunto de islas y tierra firme que hay desde el Estrecho de Magallanes hasta Chincha y Achicala Melares, dentro de los límites de los dominios de Su Majestad, siempre que no hubieren sido encomendados ni concedidos a persona alguna hasta la fecha, prometiendo, además, no, tomar cosa alguna de lo que perteneciera al Serenísimo Rey de Portugal, por la partición hecha entre Castilla y dicho país.

Y para servicio de Dios y de Su Majestad, bien de estos reinos y “para honra é provecho de Antonio y Gerónimo Raimundi, fúcares alemanes”, se acuerda con Vido Herll, en nombre de los dichos Fugger sus mayores, lo siguiente

Que Su Majestad, por hacerles merced les concede la conquista de la tierra que se extiende desde el Estrecho de Magallanes hacia la Equinoccial, “desde el comienzo hasta confinar con los términos y fronteras de la gobernación de Francisco Pizarro”, abarcando a lo ancho doscientas leguas medidas de mar a cordillera. Igualmente, englobará su gobernación todo lo descubierto y conquistado dentro de los ocho años subsiguientes a la subscripción de dichas capitulaciones reales, incluyendo las islas.

Las concesiones no pueden ser más desmedidas. Aunque el nuevo mundo es, en gran parte, un gigante desconocido, los lineamientos generales del contrato transfieren a los Fugger, dentro de la ambigüedad geográfica obligada del acuerdo, todo lo que una vez definidos los contornos sudamericanos corresponderá a Chile, además de extensos territorios de Argentina, Bolivia y Perú. Y como si tamaña magnanimidad fuera mezquina, añádese esa cláusula, que les autoriza a apoderarse de cuanto encuentren durante ocho años dentro de los novecientos kilómetros de profundidad, contados cosa adentro, en un territorio de varios miles de kilómetros de longitud.

Los Fugger especifican en su petitorio que el Rey, tomando en cuenta los grandes gastos, el trabajo personal y los capitales que tienen que invertir en la tarea, debe concederles, a manera contractual, una serie de privilegios.[91]

En primer término, los Fugger y sus herederos, indefinidamente, tendrán derecho para nombrar los gobernadores de su reino, sean miembros de su familia o funcionarios suyos, con un salario de“dos cuentos de maravedis” anuales.

A esta petición el Consejo de las Indias, con acuerdo y parecer del Presidente del Consejo Real, el Arzobispo de Santiago, responde accediendo a otorgarles el derecho pedido por dos vidas y que los nombrados puedan designar dos personas para sucederles, a fin de que el Rey escoja entre ellas una para gobernador.

Esta concesión parece a los Fugger restrictiva e inaceptable. Vuelven a la carga, directamente ante. Su Majestad, y consiguen que ésta les conceda la gobernación y capitanía general de las tierras que hallaren y conquistaren, no por dos, sino por tres vidas. Antonio Fugger será el primer gobernador, virtualmente soberano absoluto del desconocido reino. Tal amo vitalicio tendrá autoridad para designar a sus herederos en el distante trono americano. Y este sucesor también gozará de la facultad de nombrar la persona que gobierne más allá de su vida. Obedeciendo a un último vestigio de pudor externo, se estampa en el dadivoso documento que dentro del año subsiguiente a cualquiera de estas designaciones, deberá notificarse de ella al Emperador, el cual, por otra parte, tendrá forzosamente que aceptarla y reconocerla como válida.

Los gobernadores gozarán de un sueldo de tres mil ducados, de los cuales mil serán sacados de los frutos de la, tierra, y esta remuneración empezará a correr desde el día en que la; flotilla de los Fugger sé hiciere a la vela, rumbo a Chile, llevando en suma quinientos hombres, por lo menos. Su Majestad les propone, en cambio, que no tenga el gobernador del inexplorado reino sueldo fijo, sino un 4% del aprovechamiento y rentas de esas tierras e islas.

Los Fugger solicitan del Rey les conceda facultad para, proveer todos “los oficios de justicia é capitanías, é regimientos y escribanías” que fueren indispensables, alegando que el sistema de dar esos puestos a súplica de personas que tienen vara alta en la Corte o de venderlos al mejor postor, es causa de que los oficios sean mal proveídos y peor servidos y de que no sé fomente la honradez de la gente. Convertidos nuestros proyectados conquistadores y civilizadores yen apóstoles y cruzados de la honestidad humana, abundan en otras razones en contra de esa forma inmoral de llenar los cargos, que redunda en “deservicio” de Su Majestad, y le proponen que acepte su derecho exclusivo para designarlos ellos mismos, aun cuando se comprometen a enviarle por correo información bastante sobre la calidad de las personas que nombraren, para, que el monarca compruebe y aquilate cuán pundonorosos son los funcionarios de loas Fugger. Arguyen también, en un gesto de conmovedor y espléndido renunciamiento, que si ellos insisten en tal punto se debe a que lo consideran “más importante al Servicio de S. M. que útil a los dichos Fúcares”. Estos persuasivos argumentos convencieron al Consejo de Indias, que también les otorgó privilegio para remover a los agraciados y hacer justicia en ellos cuando sé extralimitaran en sus funciones.

Piden asimismo que Su Majestad les haga condescendiente merced de la octava parte de las islas y tierra firme que descubrieren y pacifícaren, a título perpetuo, con señorío y jurisdicción omnímoda, tanto en lo civil como en lo criminal. La respuesta morigera la amplitud de la petición concediéndoles la calidad de propietarios personales de la “quinceava parte del territorio conquistado”; los hace comparables en su señorío a los Grandes de Castilla y confiere a Antonio Fugger y a, sus sucesores, uno en pos de otro y a perpetuidad; el título de Adelantados de las hierras que conquistaren, poblaren y pacificaren, además del de Alguaciles Mayores, percibiendo los sueldos fijados por 21 arancel.

Es su deseo que durante veinte años persona alguna pueda adentrarse sin su licencia en las tierras que les pertenecieren, pues opinan que este hecho turba la calma, y ha causado en las pasadas conquistas gran daño a los nativos y perjuicios a Su Majestad. Aquí la autoridad peninsular cede sólo a medias. Decide que ninguna persona pueda ir en las dos décadas siguientes a explorar, descubrir ni conquistar dentro de la zona reservada a los Fugger; pero sí podrán entrar en ella comerciantes “para tratar y rescatar con cristianos o con indios en pueblos de cristianos, siempre que las personas que así las llevaren no sean de las prohibidas ni lleven cosa prohibida”.

Pretenden, asimismo, que se les exima de todo tributó en lo primeros ocho viajes, pagando en los posteriores a su Majestad sólo el diezmo. Tras un porfiado regateo, se acuerda que estarán exentos de todo impuesto durante los seis viajes iniciales, y que en los primeros diez años pagarán el 10% del oro extraído, la sexta parte de “rescates y cabalgatas”, y cumplido el decenio, la quinta parte.

Se autoriza a los beneméritas Fugger para transportar trescientos esclavos, adquiridos en las posesiones portuguesas del Africa, siempre que los lleven a las tierras de su conquista y de que un tercio sea del sexo femenino. En este tráfico ejemplar están exentos de todo tributo, granjería que perderán en, el caso de que vendieren a dichos esclavos, además de anularse, en tal evento, su propiedad sobre ellos.

Su Majestad dará del tesoro real cuarenta mil maravedís, en pago a un piloto, y veinte mil a un maestro calafate y carpintero. Además, el Rey no otorgará licencia para que pase a los dominios de los Fugger persona prohibida, “ni, que se use oficio de abogado y procurador”, que vaya a alborotar su reino, encendiendo rebeldías, pretendiendo defender otros derechos que los únicos y absolutos de los conquistadores alemanes.

El Rey sólo poseerá jurisdicción sobre los puertos y cabeceras de provincias. Hasta el año 1,550, los alemanes tendrán el monopolio para contratar –eufemismo de despojar– con los indígenas. Solamente una décima parte del oro extraído pertenecerá a Su Majestad. Y “para los beneficios y dignidades eclesiásticas” serán nombradas las personas que propongan los Fugger.

Durante doce años no pagarán almojarifazgo, impuesto sobre las mercaderías importadas y exportadas.

Vido Herll obligase, en nombre de sus mandantes, a tener, dentro de un año contado desde la fecha de esta capitulación, en uno de los puertos permitidos, tres o cuatro navíos o carabelas, “con la gente, mantenimiento, artillería í munición necesaria para pasar el Estrecho é seguir la dicha conquista en la forma é manera declarada”, y los ocho años para la exploración exclusiva de estas tierras empezarán a correr desde 1532.

Igualmente se comprometen a transportar quinientos hombres en los tres primeros viajes que hicieren alas tierras é islas que descubrieren y conquistaren.

“Lo cual todo ha de ser enderezado para servicio de Dios é conversión de los judíos a nuestra Santa Fe Católica”.

Y, tras decir “cumpliré lo contenido en esta capitulación como en ella se contiene, é así lo firmo de mi nombre”, suscribe el documento Vido Herll.

Más los Fugger estiman que la Corona se comporta tacaña. Quieren mayores concesiones que las solicitadas por el mismo Herll, a quien virtualmente desautorizan, por corto en el pedir. Y para ello van a conferenciar personalmente con Carlos V. “A V. S. C. C. M., Antón Fúcar y Compañía dicen: que Vido Herll, su factor; que reside en España, dió una petición en el Vuestro Consejo de las Indias, en que declaró los capítulos y condiciones con que ellos se han de encargar de la conquista y descubrimiento y población de las tierras e yslas de las Indias, que hay desde el Estrecho de Magallanes hasta la tierra de Chincha y Chiquilus Melares; conforme a lo que se ha platicado, porque el dicho su factor no estaba bien informado del negocio, y los del Vuestro Consejo respondieron a ellos y concedieron lo que les pareció, de lo cual el dicho factor no fue contento”.

“Y pues en todo se conforman con la razón –agregan con aire cargado de reproche, dolidos y ofendidos por la injusticia, con que se les trata– y no piden sino justas y razonables cosas que se les han concedido a otros, suplican a V. M. se las mande conceder a ,ellos, atentos a que esta su conquista y descubrimiento ha de ser muy lejos de Vuestros Reynos de España y más peligroso el viaje y el Estrecho que han de pasar, que ninguna de las conquistas que hasta agora se han hecho y donde ponen su hacienda a mucho más riesgo que otros ningunos. Y en seyendo con cedidas las dichas cosas, luego principiarán a hacer los aparejos y gastos que para semejante empresa son necesarios, en lo cual, demás del servicio que harán á, Dios, Nuestro Señor, por servir a V. M., emplearán buena parte de su hacienda”.[92]

Después de semejante preámbulo‑exhortación y de magnificar su desprendimiento y contribución, insisten en que la exclusividad para conquistar esas tierras se prolongue a doce años, que la aquiescencia regia les reconozca derecho a incorporar a su, fortuna privada la décima parte de los territorios descubiertos, que se les invista de autoridad sobre las islas, descubiertas por Hernando de Magallanes, que se les pague salario por la tenencia de las fortalezas que construyan.

Y estos humanitarios hombres de pro, que siempre andan, por el camino de la santidad con Dios a flor de labios, “suplican piadosamente a Su Majestad les haga merced de darles licencia para que puedan tomar el oro y otras cosas é joyas que se hallaren en las sepulturas de los indios muertos, agora de aquí en adelante, lo cual sea suyo de los dichos Fúcares y subcesores libremente, sin que por ellos ayan de pagar derechos ni otra cosa alguna a Vuestra Majestad y a sus oficiales pues será para ayuda de los grandes gastos que han de hacer en dicha conquista…”

Pero bajo la máscara ornamental de los regodeos, dudas, cavilaciones e irresoluciones, algo más grave se oculta. Es el obscuro temor, que no se atreve a mostrar frente a frente su verdadera cara.

El Rey está dispuesto a ceder a sus peticiones:

¡Desgracia!

A la hora undécima les acomete el pavor a América. Les paraliza el miedo de embestir a ciegas sobre lo desconocido, les acobarda la incierta, perspectiva de invertir cuantiosos caudales en una tierra de enigma. Pues, a decir verdad, la empresa no es negocio tan claro ni formal, ni tan matemático como las operaciones bancarias.

Les asustan los imponderables, la realidad quizás encabritada en la cual sea imposible cabalgar, el extraño poder de ese mundo ajeno a las especulaciones de los reyes del dinero. Por otra parte, Antón Fugger no es, a Dios gracias, el anacrónico y tosco Jacobo, el tejedor lugareño, que recién comienza a abrirse paso en la aldea y a colocar las primeras piedras de la excelsitud de la casa. Antón Fugger es famoso y reverenciado en toda Europa como un Nabad, archimillonario incalculable. Las atrevidas jugadas sobre lo desconocido que habían caracterizada a sus antecesores no rimaban ya con la pulida prudencia, con la segunda naturaleza pusilánime, bañada en burocrática astucia y delicadeza de esa última generación de banqueros que prefieren las negociaciones a plazo fijo. La sangre se desplaza fría y morosamente por las venas de Antonio y Jerónimo Raimundo Fugger. Son preciosas flores de invernadero del capitalismo comercial y no quieren arrostrar tampoco mortificaciones, sacrificios físicos, tener el alma pendiente de un pelo, perder tal vez la vida en comarcas ignotas y salvajes. Prefieren de buen grado el riesgo de los otros y recoger las redes con la pesca maravillosa obtenida gracias al sudor y a los sufrimientos del prójimo.

El albur de las empresas azarosas; las avénturas y desventuras de conquistadores y pioneros les atemorizaban antes de seducirles. Desconfiaban del misterio desaforado. Retraíanse, cohibidos, ante la espesura e inmensidad virginales cuyo fin no columbraban; temían las incógnitas que exigían una letra en blanco. Al fin y al cabo, eran mercaderes en efectos tangibles y no en mundos invisibles y distantes. Rehuían el encuentro cara a cara con el azar, les aterraba entregarse y depender del versátil demonio de lo fortuito y habían ahogado en su, interior al jugador que lo apostaba todo, o gran parte de su riqueza, a un golpe de suerte. La verdad fue que el tapete verde del Gran Océano y de la selva aborigen arredró a los banqueros, en días en que se malgastaba a troche y moche, en que según 1a letrilla gongorina, “tahures muy desnudos con dados ganan condados”, y cuando la soldadesca de Pizarro apostaba, tendida sobre las calles del Cuzco, en un juego de baraja, la imagen del Sol de los Incas,tallada y vaciada en oro macizo.

A ciencia cierta, el negocio de la conquista de Chile resultaba infinitamente más aleatorio que prestar, por ejemplo, cincuenta mil coronas con un rédito del 18%, adornado con solventes garantías hipotecarias. En estos casos, hasta resulta una suerte que las deudas no sean canceladas dentro del plazo, puesto que así un nuevo bien raíz ingresará a la colección innúmera de sus inmuebles.

Además, confirma su reticencia y frialdad un “venticello” inquietante. Los tesoros de América no son vaciados en España en. la abundancia con que la embriagada fantasía dominante en los primeros años subsiguientes al descubrimiento lo auguraba a los cuatro vientos.

Y ellos son mercaderes demasiado listos para caer víctimas del engaño colectivo.

Y, pensándolo dos veces, es terriblemente peligroso el salto mortal que transforma a los prestamistas en conquistadores. Habría que domar o exterminar a los indígenas, edificar desde los cimientos un orden y, una sociedad a imagen y semejanza de la europea, en medio de los enemigos agazapados, de la violencia que el nuevo continente exuda por todos sus poros, de las emboscadas y el riesgo constante de morir con los zapatos puestos. Y tener que, hacer la guerra a los indios enteramente por cuenta propia –pues el rey se niega a ayudarles en este sentido– no es, en efecto, una broma; según toda apariencia de razón, es un negocio a la gruesa ventura, con expectativas muy poco halagüeñas. ¡Bah! Ellos no poseen temeraria y ruda pasta de aventureros; son los soberanos de la banca y prefieren continuar especulando a su guisa en ese conocido dominio, donde ejercen tanto imperio como Carlos V sobre el suyo, antes de penetrar en aquella maraña, donde quién sabe cuánto es sólo ilusión y quimera. Pero como no pueden confesar de plano, tras tan majadera insistencia, los móviles verídicos de su desistimiento, buscan el pretexto. La cortina de humo se llamará “falta de acuerdo”. Y un día de 1531 Vido Herll comparece, ante el Consejo de Indias y, turbado, titubeante, muy contrito, intenta explicar y justificar jurídicamente la defección. “Vuestra Majestad no había sido servido de concederles los capítulos como de acá iban apuntados, y que, por esto no eran contentos de entender con la negociación, y que él en su nombre –de los Fugger– hacía dejación de ello”… denunciando formalmente el pacto.

Así fué cómo los Fugger fracasaron en su sueño de fundir el oro al poder territorial. Así fué cómo los Fugger no se atrevieron a hacer postura en esa partida y perdieron nuestro país. El terror a lo incierto los detuvo cuando los navíos se aprestaban a soltar amarras.

Y así fué como Chile ganó en ausencia esa jugada. Espantó a los concesionarios alemanes con su faz aún no revelada, con sus contornos informes, con sus regiones desconocidas e inesperados choques con un azar terrorífico y felino. Los magnates prefirieron su palacio en Augsburgo, el “Fuggerhaus”, embellecido por los frescos de Altdorfer, a los rigores de un país que entonces sólo se diseñaba como una temible interrogante sobre el inmenso horizonte inexplorado.

Y así Chile tuvo como primer gobernador no al alemán Antón Fugger, sino al extremeño Pedro, de Valdivia. Y así Santiago de Chile llamóse Santiago y no fué bautizado con algún extraño nombre recogido del almanaque gótico. O, más simplemente, Santiago existió en su tiempo y lugar, habiendo sido posible que jamás naciese.

Chile pudo haber sido una nación del todo distinta. Y no lo fué porque para los Fugger Chile se metamorfoseó, de improviso, en sinónimo angustioso del caos primitivo, sobre todo de un caos cuya ordenación podía resultar demasiado costosa. Hablando en su estilo, Chile, sencillamente, era un pésimo negocio.

En cambio, para Diego de Almagro, el desventurado, su esfinge en la lejanía era un horizonte magnético e inédito, la promisora “terra incognita”, bajo la cual se escondía la más fabulosa mina de oro, el Eldorado prodigioso.

Y para Pedro de Valdiviá fué su gobernación, donde “Me voy, poco á poco, que aunque he tenido poca gente, si toviera la intención que otros gobernadores, que no es parar hasta topar oro para engordar, yo pudiera con ella haber ido a lo buscar y me bastaba; pero por convenir al servicio de V. M. y perpetuación de la tierra, voy con el pié de plomo poblándola y sustentándola”[93]

Y Valdivia en ella luchó, fundó, masacró, arrasó, dominó, amó y pereció, como un genuino conquistador de tipo español.

 

 

Capitulo IX

LA COLONIZACION ALEMANA EN VENEZUELA

 

“Así han despoblado más de cuatrocientas leguas de terreno matando de cuatro a cinco millones de personas, de modo que apenas ha quedado quien conserve la lengua en varias tribus y naciones, sino los pocos que se han retirado a montes y bosques, o se han ocultado en cavernas. Había regiones pobladísimas porque sus provincias eran ricas en oro y frutos, y un valle de cuarenta leguas de largo, sumamente ameno, pero ahora sólo es ya desierto y aun así los alemanes siguen haciendo estragos hoy mismo cuanto permiten las circunstancias. Podría contar un largo número de sucesos espantosos; sólo indicaré algunos por los cuales se juzgará los demás.”

(DEL VENERABLE OBISPO DE CHIAPA, DON BARTOLOME DE LAS CASAS)[94]

 

En conocimiento de la frustrada tentativa de con quista y colonización de Chile por parte de los Fugger, es probable que una pregunta quede flotando en el pensamiento del lector, sugerida por una mezcla de perplejidad e interés histórico: ¿Qué formas, caracteres y contenido habría revestido tal plan, de haberse llevado a cabo?

El texto mismo de las capitulaciones –mondado de la fraseología con que los Fugger glorifican su propio papel y realzan la magnitud de los sacrificios que dicha empresa les supondría– refleja mucho del espíritu que les impulsaba a emprenderla; evidencia esa capacidad que les roía. como un voraz gusano, la sed abrasadora de poder, su ardor por alcanzar desusados privilegios. En esta búsqueda de la intención no son, por cierto, desdeñables los curiosos incisos alusivos al pillaje en las tumbas indígenas y a la esclavitud negra.

Pero ese camino presenta una encrucijada peligrosa, porque el documento precitado puede resultar tan excelente punto de partida, como pésima base de interpretación ulterior, tomando en cuenta que deja entregada la composición y pintura del cuadro de la imaginaria conquista a los caprichos de la especulación mental, abandonando el campo a un método que da ilimitada y soberana libertad a la fantasía. Y así se arriesga desnaturalizar la historia en un juego incontrolable de conjeturas, mejor ubicado en el reino de la utopía personal que en un ensayo realista.

Por fortuna, la historia tiene para este enigma una respuesta práctica, fundada en el peor de los casos, en un elemento menos subjetivo que el desborde de las suposiciones, adivinanzas a profecías, tan difíciles si no imposibles de avaluar en su justeza y verosimilitud. Ese algo más sólido que la ficción, siempre atrabiliaria y discutible, es la realidad misma.

Esta realidad la proporciona la historia de Venezuela, en cuyas páginas iniciales consta la primera y única conquista de tierras de América efectuada por alemanes, específicamente por los émulos de los Fugger, los banqueros Welser, también de Augsburgo –por lo visto, verdadero Wall Street de aquellos tiempos. Ellos transportaron al terreno de lo concreto un proyecto análogo a aquel que los Fugger delinearon e intentaron materializar, sin éxito, respecto a Chile.

En su primera mitad son historias gemelas; más en la, segunda se quiebra el paralelismo, pues, como sabemos, los conatos de los Fugger naufragaron en tierra española, averiados y hundidos por la irresolución y el miedo, al paso que los Welser entraron y consumaron su obra en el Nuevo Mundo.

El nombre de los Welser caminó largos años junto al de los Fugger, y ambos se enlazan igualmente, y por las mismas razones, al de Carlos V, aunque sus vínculos con los Habsburgos fuesen de mayor antigüedad y sus conexionas con España dataran de antes del descubrimiento de América.

La circunstancia de que la Casa Welser tuviera abiertas en la Península varias filiales a cargo de sagaces corresponsales, particularmente en Sevilla y Zaragoza; donde controlaba el meneado del azafrán, constituyó para ellos un principio feliz, que explica por qué fueron los primeros alemanes en informarse sobre la fausta nueva del descubrimiento de Colón, así como del arribo de la expedición, de Vasco de Gama a Calcuta.

Con estas noticias no tardaron en alejarse de Venecia, a, la sazón en enconada pugna con la Sublime Puerta. Ya no sentían necesidad de su confianza. La proeza de llegar directamente a la tierra de las especias, tras un viaje de circunvalación del Africa, había marcado con el signo de la decadencia y de la muerte a corto plazo el monopolio mediterráneo impuesto por la flota del Dux. En cambio, multiplicaron entonces sus relaciones mercantiles con Portugal y España, países privilegiados, entre los cuales Su Santidad había repartido las nuevas tierras incorporadas al mundo y desde los cuales era posible llegar sin intermediarios a las fuentes productoras de la especería.

Fueron recibidos con amable solicitud en la Corte lusitana, al amparo de las benévolas cartas credenciales que traían del Emperador Maximiliano y de su hijo el Archiduque Felipe el Hermoso, seas clientes más famosos y derrochadores. Y en 1503 su Agente General en Portugal, Simón Seitz, subscribió un amplio contrato con el Rey Manuel. Allí no solamente acapararon, entre otros, el negocio de la pimienta, la especia par antonomasia, sino que obtuvieron también grandes extensiones rurales en las Islas Canarias, al tiempo que su actividad comercial cubría, como un abanico progresivamente desplegado, Alemania, Austria, Hungría, Italia, Francia, Inglaterra, Rusia y el Oriente.

Pero la fama de, su blanco era el monarca más poderoso.

Amberes fue el escenario ideal elegido para anudar la amistad de estos banqueros con Carlos V. La entrevista, con ribetes de; acontecimiento, tuvo lugar en el invierno de 1517, a raíz de la primera visita que el Rey, acompañado de unos cuantos de sus favoritos flamencos, hiciera al puerto. Allí recibió rendido homenaje y monetarias muestras de aprecio de parte de los We1ser.

Estos, a la manera de una potencia temporal, tenían representantes diplomáticos acreditadas en la Corte. Sus primeros embajadores en España fueron Enrique Ehinger y Sebastián Schepperlin, quienes, en nombre de la, razón social “Antón We1ser y Compañía”, extendieron a favor de Carlos V dos letras, una, por 110.000 ducados, pagadera en Francfort sur Mein, y otra por 58.000 coronas, para ser cobrada en Augsburgo. Dicho préstamo, concedido el 11 de Enero de 1519, sirvió para satisfacer parcialmente el precio de compra del trono alemán.

Menudearon en lo sucesivo los, empréstitos de los Welser. A veces eran directamente, discutidos y arreglados por Carlos V y Bartolomé Welser, quien, por ejemplo, el 22 de Febrero de 1525 arribó a Amberes para ponérsele al habla y concluir en persona el cuantioso asunto de la “Carta Latina”, metiendo un pié en el estribo para cabalgar muy pronto sobre concesiones en América. Que no había mucho equívoco en esa esperanza lo demostró el hecho de que en ese mismo año ya hubieran establecido grandes factorías en las islas de Santo Domingo.

En 1526 casó Carlos V con Isabel. Para sufragar los gastos de la boda el esposo tuvo que contratar un nuevo empréstito con los Welser; y, según Herrera, dió, en pago “a los Belzares alemanes facultad para, contratar en las Indias como si fuesen naturales de estos reinos”. Pero ellos querían una concesión más digna de su codicia. Le pidieron que les cediera Venezuela.

Y Carlos V consintió.

Existe entre los historiadores –salvedad hecha de los alemanes Haibler, autor del libro “Una colonia alemana en Venezuela”, y de Panhorst, que escribió la obra “Los alemanes en Venezuela durante el siglo XVI”– unanimidad en aceptar como el motivo cardinal que impulsó a Carlos V a hacer esta concesión, la necesidad de compensar o de pagar, siquiera en parte, las crecidas deudas contraídas con esos banqueros augsburgueses.

Dos años más tarde, la llamada “Carta de 1528” otorgó, sobre la firma oficial vigente en aquella época de “Yo la Reina –la Regente Juana–, con fecha 27 de Marzo, a los alemanes Enrique Ehinger y Jerónimo Sayler, “nuestros vasallos”, y en el hecho agentes de los Welser, la autorización para conquistar y establecerse en Venezuela.

Luego, los primitivos, titulares traspasaron sus derechos a Ambrosio de Alfinger y George Ehinger, este último hermano de uno de los cedentes, representantes premunidos de mandato en forma, por los Welser.

“La Carta de 1528” es un documento que difiere poco de Las capitulaciones que algo después se conferirían a los Fugger sobre Chile. El encargado de la conquista –reza en su parte declarativa– será “por todos los días de su vida” Gobernador y Capitán General de las tierras conquistadas con un tratamiento anual de doscientos mil maravedises por el cargo cié Gobernador y de cien mil por el de Capitán General.

Se estampa igualmente que los dos titulares recibirán la delegación honorífica de “Alguaziles Mayores de S.M., para ellos, sus herederos y sus sucesores para siempre jamás”.

Encontrábanse, asimismo, facultados para reducir a la esclavitud a los indios rebeldes, pero debían pagar a la Corona la quinta parte del valor de los esclavos.

Con fecha 23 de Octubre de 1528 se designó gobernador de Venezuela a Ambrosio Ehinger o Alfinger, quien, hallándose a la sazón a la cabeza de la factoría de los Welser en Santo Domingo, embarcóse aquel mismo año a asumir su nuevo cargo en tierra finase.

1528 marca, precisamente, la iniciación del dominio de los Welser sobre Venezuela.

No transcurrió largo tiempo antes de que los Welser pararan mientes sobre cuán arriesgado era actuar en dicho negocio por interpósita persona. Debido a esto, en 1530, estando Carlos V de paso por Augsburgo, la sede de sus negocios, concedió la solicitada audiencia a Enrique Ehinger y Jerónimo Sayler, quienes le “rogaron” que los derechos que había tenido a bien concederles sobre Venezuela fueran atribuidos y reconocidos directamente a Antonio y Bartolomé Welser. El 15 de Febrero de 1531, el Consejo de Indias dictó una ordenanza en cuya virtud reconocía a los aludidos como los titulares de “la soberanía de Venezuela”.

Todas estas concesiones y cambios habíanse acordado y resuelto sin que a la Corona importara, al parecer, un ardite los que podrían llamarse “derechos adquiridos” de los conquistadores españoles sobre los, territorios transferidos. En situación particularmente desmedrada quedaba

Juan Ampués –que en 1527 había fundado. Santa Marta, la primera ciudad española de Venezuela occidental–, el cual, escasos meses después de haberlo asumido, se vió des pojado por los alemanes del gobierno de la provincia de Coro.

Y así Ambrosio Alfinger, asesorado por su compatriota y Teniente General Bartolomé Sailler, procedió a tomar posesión de Venezuela, inaugurando en ella el gobierno alemán.

Juzgada desde el punto de vista económico, su administración estuvo caracterizada por un aislacionismo hermético, consagrado legalmente por el monopolio absoluto que la Corona les reconoció por ordenanza del 13 de Noviembre de 1534. También obtuvieron la exclusividad para traficar en esclavos, y el derecho para expulsar del territorio de su jurisdicción a cualquier persona cuya permanencia pudiera parecerles molesta para la tranquilidad de su obra.

Los desvelos de los nuevos gobernantes no tendieron exactamente a procurar la grandeza y progreso de sus dominios. El propósito de Alfinger y de sus sucesores germánicos era exprimirlos en el menor tiempo posible.

Bartolomé de las Casas, Oviedo, Castellanos, Herrera, cuanto cronista o historiador de aquélla época escribió sobre este episodio, del cual fueron vivientes testigos, están contestes, sin que la más leve sombra de discrepancia los contradiga al respecto, en que la colonización alemana, en Venezuela fue la más, perfecta maravilla de bestialidad, una verdadera filigrana china de horror. Con ella, la misma Noche de San Bartolomé se transforma en inocente aurora.

El Obispo de Chiapa y Defensor de Indios, Fray Bartolomé de las Casas, escribe, historiando las hazañas de Alfinger y sus secuaces

“El Rey nuestro señor inducido por falsos informes concedió a cierta compañía de alemanes bajo pactos designados en un contrato el gobierno, la posesión y el usufructo de las provincias del Reyno de Venezuela, cuya extensión es de las más grandes de América. Sus naturales eran gentes muy sencillas y más pacíficas que las de algunos otros países, incapaces de hacer mal a nadie antes que se las exasperase a fuerza de crueldades. Los alemanes la ocuparon con más de trescientos hombres; pero como su objeto era solamente robar el oro sin reparar medios, se valieron de tales que a su visa parecían buenos los españoles, pues se condujeron como tigres, abandonando todos los respetos debidos a Dios y al Rey y aúna la humanidad”.95

Con desprecio no igualado hacia el hombre y la naturaleza, arrasaron la tierra y liquidaron sus habitantes, haciendo gala de un espeluznante sadismo.

Las terroríficas imágenes con que dejaron marcada la huella de su paso, lo insensato, y descomunalmente macabro de su obra, las masacres, que fueron su método favorito de trabajo cotidiano, la inmolación en gran escala de seres y de cosas, en que perseveraron por dondequiera que estuvieron, con un despiadado y vandálico corazón de hiena, llenan de sangre y llanto las narraciones de los cronistas contemporáneos suyos y han hallado eco en los historiadores modernos.

Refiriéndose a Ehinger, Oviedo cuenta: “Salió al Valle de Upar, donde, sin hacer reparo que se hallaba fuera de los límites de su gobernación, por pertenecer aquel distrito ala jurisdicción de Santa Marta, lo corrió todo, talando, robando y destruyendo a sus miserables habitadores, y sin que la hermosura de tan alegre país fuese bastante a templar la saña de su cruel pecho, convirtió en cenizas todas las poblaciones y sembrados, valiéndose a un mismo tiempo de las voracidades del fuego y de los incendios de su cólera con extremo tan atroz que en más de treinta leguas que en él halló pobladas, no encontró después el capitán Cardoso casa en pie en la entrada que hizo el año siguiente”.[96]

Este “Miser Ambrosio”, dulce dechado de villano y de inefable matarife humano, nadaba en la beatitud del crimen. Era cirujano experto en cortar á los indígenas en pedazos, para que les sirvieran de ejemplar escarmiento. Bañado –como de costumbre– por la impía fiebre del oro, salió en busca del ansiado país feérico, donde el metal qué lo enloquecía, se daba a manos llenas. Describiendo un pasaje de esta expedición, de las Casas apunta: “Acordó este tirano infernal de ir a la tierra adentro, con codicia y ansia de descubrir por aquella parte el infierno del Perú; para, este infelice viaje llevó él y los demás, infinitos indios cargados de tres o cuatro arrobas, ensartados en cadenas; cansábase alguno o desmayaba de hambre y del trabajo y flaqueza, cortábanle luego la cabeza por la mollera de la cadena, por no pararse a desatar los otros que iban en las colerras de más afuera y caía la cabeza a una parte y el cuerpo a otra; y repartían las cargas de éste sobre las que llevaban los otros…”[97]

Para la devastación y el saqueo perpetrados por los ejecutores de lea, voluntad de los Welser en Venezuela recurrían a métodos torturantes, llenos de artimañas y chantajes. Uno de ellos –forma primitiva del campo dc concentración– que trasluce con fidelidad su espíritu colonizador, lo dá esta transcripción de Fray Bartolomé de las Casas:

“Llegado el caso de retirarse del país, el gobernador alemán tomó de aquí ocasión para una crueldad enorme. Hizo formar con estacas un grande corral bien cercado; mandó que todos los indios del pueblo fuesen recluidos allí; luego les intimó que daría por esclavos a los que no comprasen su libertad por el precio que quiso designar en oro; prohibió llevarles comida y bebida para que oprimidos de hambre y de sed se resolviesen pronto al rescate; los que, tenían o esperaban tener oro, salieron a buscarlo dejando cerrados en prendas la mujer, los hijos, o persona de su afecto; los que carecían de medios, murieron allí rabiando de hambre y de sed. Conseguida la libertad por los primeros, permitió a los soldados españoles perseguirlos, prenderlos y obligarles a segundo rescate bajo amenaza de muerte, y en el desorden de las tropas españolas y alemanas hubo indios que necesitaron hacer tercer rescate.”

“Casi todo el país –añade– quedó despoblado habiendo habido muchos lugares de los cuales uno tenía más de mil familias. Véase cómo se cumplía –comenta– la voluntad del Rey para propagar la fe cristiana”.[98]

La segunda entrada que hizo al interior el seráfico Alfinger dió lugar al primer acto de canibalismo registrado en las crónicas sobre Venezuela. Encontrándose en las riberas del Río Magdalena, estrujándolo todo hasta la rápida ruina y muerte, resolvió poner a buen recaudo su oro, calculado en treinta mil pesos, que había saqueado laboriosamente y que en cada, pepita estaba teñido por más de una gota de sangre indígena. Envió a depositarlo en sus arcas de la Ciudad de Coro. Pero los veinticuatro hombres despachados al efecto con la preciosa carga se extraviaron en el camino y; desesperados y terriblemente famélicos, al pie de un árbol, que en su delirio se les antojó excepcional, enterraron el oro, así perdido para siempre. Y como sus energías se iban apagando a ojos vistas, a causa del hambre y de tantas otras privaciones, decidieron escapar a la muerte entregándose a la antropofagia. De esta manera y en tales circunstancias, se comieron a los escuálidos indios de ambos sexos que habían sobrevivido a las penalidades del espantoso viaje y del cruel servicio.

Hombre, vivienda, plantío, todo era arrasado al punto a su paso, sin cuidarse, por otra parte, de levantar ningún mísero asiento. Tal fue la política constructiva que siguieron en Venezuela todos los gobernantes alemanes y de ahí “resultó la perdición y la ruina total de esta provincia, pues conociendo sus soldados que no llevaban intención de poblar en nada lo que conquistasen… pues sólo habían de tener utilidad lo que cogiesen de encuentro, sin que los detuviesen la piedad ni los atajase la compasión, como furias desatadas talaron y destruyeron amenísimas provincias y deleitosos países… pero como los alemanes; considerándose extranjeros, siempre se recelaron de que el dominio de la provincia no les podría durar por mucho tiempo, más atendieron a los intereses presentes, aunque fuese destruyendo, que a las conveniencias futuras, conservando”.[99]

La mutua aversión entre alemanes y españoles fue agudizándose. Muchos soldados peninsulares desertaban y volvían apresuradamente a Coro. Esta fuga era menos imputable al cansancio, intranquilidad y descontento producidos por esa interminable visión de espanto que surgía al paso de su cabalgata, y los tenía cercados de temibles enemigos en un campo hostil, que a la antipatía y rencor que les inspiraba Alfinger. Su dura naturaleza, propensa a la instantánea irritabilidad, recurría invariablemente a castigos draconianos y feroces, aun por los motivos más fútiles. Numerosos hidalgos de pro fueron ahorcados, azotados o públicamente afrentados en aras de ese tipo de disciplina a la prusiana, de sumisión servil exigida por ese tronitronante Júpiter germano, apodado por Oviedo, Castellanos y Herrera, “el cruel entre los crueles”.

Cuando el Dr. Navarro abrió un sumario, los soldados españoles desertores, tras jurar que no tenían culpa en el desamparo de lea provincia y que estaban dispuestos a perder la vida por su Rey, alegaban briosamente que a fuer de buenos españoles no podían soportar la ignominia de vivir sujetos al tirano gobierno de los Belzares, teniendo expuestas las vidas y leas honras al arbitrio violento de un gobierno extranjero …”[100]

Sabidos son los propósitos substantivos de esclavizar para enriquecerse a sí mismos y a sus amos que obsedían a los conquistadores alemanes. Para lograr este fin, no se limitaron a caer sobre los indígenas, puesto que demostraron con los hechos ser también verdaderas tarántulas locas por sorber el aro y la vida a los mismos desamparados caballeros hispánicos. En el puesto de Coro, empleados y colonizadores peninsulares clamaban a grito herido contra los tudescos; quienes fijaban los precios a capricho, encareciendo en forma inverosímil las armas, la sal, las telas, toda suerte de mercaderías. Según consta en documentos conservados en el Archivo General de las Indias, estaban tan poseídos por la demencia de la acumulación de oró, que un caballo que comúnmente solfa costar en la Española de veinte a veinticinco pesos de oro sonante, lo vendían los alemanes en Venezuela al precio de trescientos a cuatrocientos pesos oro.

Hay, en verdad, algo de pequeñamente grandioso en la flamígera tendencia destructiva de éstos fatídicos aniquiladores. Trazar su etopeya, el retrato de su extraño estado de espíritu, de su aberración, de su “instinto contra natura”, definir los principios rectores de sus actos y desvaríos, es tarea que corresponde a un psicólogo habituado a los platos fuertes; excitantes, a los platos con sangre. Aunque ellos caigan dentro de la clasificación genérica de “productos de época”, esto sólo es justo hasta cierto punto, pues, conforme a la opinión de todos los cronistas, nuestros titanes eran por entero inigualables, brutalmente excepcionales. Y “entraban más pienso que sin comparación cruelmente que ninguno de los tiranos que hemos dicho –expone de las Casas, pintándolos a lo vivo– y más irracional y furiosamente que erudelísimos tigres y que rabiosos lobos y leones.Porque con mayor ansia y ceguedad rabiosa de avaricia y más exquisitas maneras e industrias para haber y robar plata que todos los de antes, pospuesto todo temor a Dios y al Rey, y vergüenza de las gentes”.[101]

Y también en el pasado la vara alta ante los poderosos de la Península permitió durante varios años a los banqueros germanos y a sus palafreneros robar a España y luego cubrirse con un manto de absolución e inocencia. La, historia ha dejado expresa constancia de que los tribunales de la Corona distaron notoriamente de proceder a la defensa y tutela de los intereses españoles con la diligencia y celo recomendables. Sin tocar el tema fundamental de la entrega de Venezuela a los alemanes, analizado en otras páginas, no cabe duda de que la burla reiterada, no ya meramente a las estipulaciones del contrato, sino a las más elementales, normas de respeto a la vida y a las formas externas de una mínima honestidad, constituyó el alma del “modus operandi” empleado por los comisionados de los Welser en América.

El inventario de los destrozos de carácter material causados por ellos daba motivo a un escándalo mayúsculo, respecto de cuya investigación el Consejo de Indias hizo en mucho la vista gorda. De las Casas, criticando acremente el benévolo proceso incoado por este organismo contra los gestores alemanes en Venezuela, lo acusa de que ni siquiera se preocupó de avaluar correctamente las pérdidas pecuniarias, aparte de empeñarse en pasar en sospechoso silencio el robo cometido por los alemanes de más de tres millones de castellanos de oro. Haciende un cálculo “a grosso modo” del daño emergente derivado del exterminio sistemático de los indígenas, lo estima en otros dos millones de castellanos. Pero todo fué deliberadamente acallado en el juicio, amén de gran número de otros crímenes. Bajo una montaña de papeleo y, fingiendo olvido, fué sepultado el gigantesco y serio proceso destinado a inquirir en sus justas proporciones y a castigar como se merecía la ruina y el desangre de todo un país, por las mortandades, la esclavitud y la rapiña sin tasa.

Se calcula que vendieron más de un millón de indígenas como esclavos en los mercados de Santa Marta, Jamaica en las Islas de San Juan y –lo que es más grave y revelador del favor que gozaban los culpables ante las, autoridades peninsulares– en la propia Española, donde tenía su sede el Tribunal Superior de la Real Audiencia. Dicho organismo gozaba –por lo demás– de jurisdicción sobre todas las provincias nombradas y sus nobles oidores estaban tan perfectamente informados del tráfico esclavista practicado por los agentes alemanes, que ellos mismos eran asiduos clientes, buenos amigos y probados cómplices suyos, y acostumbraban comprar indios a tarifas cordialmente rebajadas “para que les sirvieran en concepto de esclavos marcados con el yerro del Rey”[102]

No interesaba a los alemanes fundar pueblos, establecer los basamentos de una nueva sociedad. Su único objetivo, era –según, testimonios de la época– robar el oro del país, a cualquier precio que fuese, empleando medios tan odiosos “que los españoles parecían gentes de bien al lado de estos nuevos especuladores”. Ellos se precipitaron, como representantes directos de los más ricos capitalistas de la época, a robar el máximo de oro del Nuevo Mundo, aunque fuese asesinando aborígenes por millones. Vieron la tierra “sin amor”, como país alquilado, sobre el cual se lanzaron “a aprovecharse mientras durara la ocasión”.

Naturalmente, nada más lejos de suponer que los conquistadores españoles fueran seres angelicales. En aquella época de rebatiña general, en la hora terrorífica de la acumulación primitiva del capitalismo, todas las potencias europeas saqueaban a destajo, todo era objeto de botín, todo se cotizaba en el mercado, aun la vida. La violencia se santificaba cada vez que las conveniencias requerían la bendición divina y hasta el Papa la usaba. En nombre de la eternidad y del Reinó de los Cielos, se transformó la tierra en un infiero para las multitudes de infelices víctimas de esta cruzada de destrucción y muerte, de vampirismo y de oro a raudales. Pero había algo más. Y, tal vez la razón principal del estruendoso fracaso de los alemanes en América estribe en que vieron en ella sólo un campo de pillaje, sin atinar a darse cuenta que también, entre la sangre, se estaba produciendo el parto de una nueva sociedad en una parte nueva del mundo.

Y quizás por eso fue tan desastroso el epílogo de esa gran calamidad y hubo tanta desventura, en el fin individual de cada uno de los protagonistas de ella.

Alfinger, que tanto mató, no podía morir de muerte natural. Expiró bajo los golpes de una macana indígena y de un flechazo que le atravesó la garganta, provocándole un envenenamiento que le mantuvo en agonía atroz durante tres días. No se descartaba del todo que su final miserable fuera obra de algún español, pues “por algunos allí se presumía aquel golpe no ser índica mano”.

Incluso un miembro de la magnífica familia, Bartolomé Welser, y también Felipe von Hutten, pagaron tributo con sus cabezas al hierro de la venganza, del vasto resentimiento, de la sed ardiente de represalias que sus antecesores habían inculcado en indios y españoles. Por orden del aventurero peninsular Juan de Carvajal –quien, falseando los pliegos que sólo le nombraban teniente‑general, se autodesignó gobernador– fueron degollados por un verdugo negro, con un tosco machete habitualmente dedicado a otros menesteres y a gentes de inferior condición. El hecho de que el autor de estas ejecuciones las cancelara más tarde con su propio cadáver parece que no fue consuelo suficiente para los banqueros de Augsburgo.

Caminos parecidos siguieron Seinssenhoffer, Remboltt y Jorge Hohermuth, llamado Jorge de Espira, el capitán de la mala estrella, fascinado por el embrujo de Eldorado; quien se extinguió asaetado por las enloquecedoras fiebres palúdicas, deshecho, por ese mismo trópico que los alemanes habían pretendido agotar, talando y desolando, para vencerlo y reinar sobre él.

En este anticipo fragmentario del Juicio, Final, hubo uno de los actores, de los astros tenebrosos de esta conquista, que pareció escapar a la “vendetta” americana. Falleció en España, pero ¡cuán distante de la paz y del contento! Fué el que de regreso a Europa publicó “La Bella y Agradable Narración del primer viaje de Nicolás Federmann, el Joven, de Ulm”.

Pero las prolongaciones de esa historia fueron para el joven, ya envejecido, indeciblemente desagradables. Vióse arrastrado a los tribunales y preso por querella de los propios We1ser, quienes le demandaron por robo de ciento quince mil pesos en oro y piedras preciosas y “por haber arruinado el país y las gentes que le habían sido confiadas”.

Sin embargo, el especioso Federmann no era hombre de rendirse sin lucha y, como un Sansón en miniatura amenazó derribar el templo de los Welser, aunque él pereciera bajo sus escombros. Los pulverizaría poniendo al descubierto los inmorales manejos; ocultos y trapisondas de los banqueros, sus más peligrosos y recónditos secretos, los cuantiosos y reiterados fraudes a los intereses de la Corona. Mas fué la muerte quien vino a dar la sentencia definitiva y ella encontró al pecador “arrepentido”.

Pero el desquite tenía que seguir más arriba y más a fondo. En el juicio de residencia substanciado en 1545 por el Licenciado Juan Pérez de Tolosa, se formularon cuarenta y seis capítulos de interrogatorio y acusación contra la administración de los Welser en Venezuela. Cada uno habría podido dar margen a un sonado proceso. Entre ellos se les enrostraba que después de dieciocho años de gobernación alemana de las poblaciones sólo quedaba en pie la ciudad de Coro, fundada por los españoles antes de su llegada, la cual, por lo demás, dejaron los enjuiciados convertida en feria de esclavos.

Se les imputó que en dicha gobernación todo lo hicieron en propio y particular interés, sin mirar el servicio de Dios y de Su Majestad. Se les acusó también de prohibir el comercio a los españoles, a los cuales hacían vivir “como esclavos cautivos” suyos. Bajo este régimen de monopolio y prohibición los españoles no podían obtener las cosas que necesitaban sino endeudándose con los Welser. Y quedaban así de tal manera obligados a ellos, que no podían abandonar esa tierra erigida en círculo dantesco, aparte de que tampoco les repartían el oro que les correspondía.

El interrogatorio de testigos para la pesquisa secreta de la gestión alemana en Venezuela confirmó que ésta había defraudado a la Corona en más de treinta mil ducados; que, en especial, Ambrosio de Alfinger había destruído y despoblado muchas regiones de la provincia, de tal manera que a ciento cincuenta leguas no se encontraba “indio con indio” ni se podía caminar por ese yermo gris fabricado por el vandalismo welseriano, sin padecer las privaciones del hambre.

Aquella hazaña del campo de concentración establecido en pleno valle de Upar también formó un capítulo de acusación. Se les demostró, además, que el interés principal de su ganancia lo fundaba su codicia en la esclavitud de los indios, que empujó a las tribus a retirarse hacia el interior de los llanos, más allá del acceso de la conquista, “restando tantos vasallos al Rey y tantas alas a la Iglesia”.

Por esto, nada de insólito hubo en el decreto del Consejo de Indias, fechado el 13 de Abril de 1556, que desposeía a los Welser de sus derechos sobre Venezuela, reintegrando la colonia a la autoridad directa de la Corona.

Empero, el fin último de los Welser tampoco fue aquel se oyeron otros moribundos redobles; cruzaron otros tardíos destellos suyos y hubo nuevos altibajos, antes de que desaparecieran en esa obscuridad y silencio en que la historia pierde de vista a los hombres, como prefacio en este caso, a la caída definitiva en la ignominia.

Y en el siglo XVII, mientras los Fugger, desde su resplandeciente mansión de Augsburgo, que también fue teatro de su muerta gloria, continuaban comerciando alrededor de los reyes, los Welser quedaron arruinados por completo.

Más aun les estaba reservada la, prueba de la suprema desnudez. Y ellos, que habían creído brillar como millonarios y gobernadores “ahora, pana siempre y eternamente”, fueron a confundir sus huesos, como sombras turbias y tortuosas, como estafadores de alta escuela, con la penumbra de los calabozos.

Evocando la muchedumbre innumerable de cadáveres que habían dejado en Venezuela, su quemante desazón de dominio, el ardor obscuro y sin término de acapararlo todo, la pasión enfermiza de oro, y viendo cómo su estrella y sus vidas se habían hundido, arrolladas, en el gran mar de sus propios aterradores hechos, de sus ambiciones, de sus gigantescos sueños, desvaneciéndose en la anónima miseria y en las últimas tinieblas, una mirada retrospectiva de cien años hubiera podido leer en el frontis de esa cárcel –“Finis”, tumba de la casa fabulosa, el no ser del Antes fulgurante y hermoso– el viejo y común epitafio de que “todo, todo había sido en vano”.

 

 

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EPILOGO

EN QUE SE ENCUENTRAN EL PASADO Y EL PRESENTE

 

“ POR otra parte, tenemos derecho sobre ese continente, donde los Fugger y los Welser poseyeron otrora dominios y factorías. Nuestro deber consiste en reconstruir ese patrimonio, que una Alemania degenerada dejó dispersarse. Ya pasó el tiempo en que debíamos ceder el paso a España o a Portugal, y desempeñar en todas partes el papel de segundones”.

HITLER[103]

En estos días la historia está de cumpleaños y los ha celebrado como una persona de rango.

Han transcurrido cuatro siglos y medio desde cierta famosa escena de una mañana de primavera desarrollada a orillas del Mar Caribe. El “cameraman” de la historia fotografía, nervioso, 1a, instantánea en que Rodrigo de Triana, instalado en el castillo de proa de su carabela, tras avizorar en el horizonte una arenosa colina, grita: TIERRA, vocablo. superlativamente más hermoso, mágico e importante para la agotada tripulación que toda la música celestial. Cuatro siglos y medio desde el momento –un poco mezquino y discordante, dentro, de la grandiosidad suprema y solemne de las circunstancias– en que el Almirante de la Mar Océana, “el gran mareante” –de quien hoy se habla de nuevo y con insistencia de canonizar, para que tome asiento eterno a la vera de Dios–, autodecretó haber sido el primero en ver diseñarse en lontananza la islita de Guanahani. Ya a las diez de la noche del 11 de Octubre –con luna y el cielo despejado–dijo más tarde haber divisado en la lejanía misteriosas fogatas, luces movibles, indudablemente llevadas por la mano del hombre. Al estallar el alba, después de entonar el Te Deum y de bautizar “indios” a los aborígenes, pues estaba, seguro de haber llegado a la India, procedió, con encantadora prosopopeya, a atribuirse la recompensa. No reclamaba para sí el privilegio de ser el primer europeo testigo ocular de la aparición de América sobre la inmensidad marina sólo por platónico amor a la gloria. En su corazón bullía un sentimiento complejo y devorador. Le poseía el ansia de apoderarse de todo, la misma avidez y rapacidad sin fin que caracterizaron ala conquista. Ese genial aventurero, mezcla de místico lleno de visiones, de enigmático anacoreta laico y de bribón avariento, fué el instrumento contradictorio y el símbolo humano que el destino de esa época del capitalismo naciente eligió entre todos los seres de este mundo para que cumpliera la colisión de multiplicar la tierra conocida.

El 23 de Mayo de 1493 los Reyes Católicos firmaron el albalá que concedía a Colón los diez mil maravedís anuales de premio. El descubridor, por su parte, guardóse, con sumo recato, el magnífico jubón, de seda que había prometido a guisa de personal recompensa. Mas la, historia, supremo juez que a veces arregla las cosas cuando ya no tienen remedio, remató el pintoresco episodio con un fallo casi salomónico en indemnización del, despojo material de que había sido víctima, devolvió al burdo marinero el honor de poseer mejor vista que Colón. Pero parece que a Triana no le interesaba tal reconocimiento ni la justicia más allá da la vida, y se marchó al Africa, donde, desengañado, abjuró de 1a fe cristiana.

Unos minutos más de historia, cincuenta años de calendario gregoriano, y cumple cuatro siglos, redondos como el mundo, Santiago del Nuevo Extremo.

Miremos la hora y atrasemos el reloj en cuatrocientos años.

El conquistador de Chile, “rostro alegre, la cabeza, grande, conforme al cuerpo, que se había hecho gordo, espaldudo, ancho de pecho, hombre de buen entendimiento, aunque de palabras no bien limadas”[104], tiene hoy el rostro triste. El es gordo, pero el villorrio es flaco. Pobre caserío maltrecho, apenas nacido, ya muerto y resucitado. La ciudad orgullosa de su millón de habitantes, con sus arrestos de urbe tentacular, con grandes sueños alucinantes, con sus escasosrascacielos y sus innúmeros conventillos, era entonces un chicuelo zarrapastroso, sucio y magro de tres años, al cual donosos cronistas llaman “la ciudad en forma de ajedrez, porque su planta es trazada, a compás y a cordel”. Un puñado de techumbres de totora, empalizadas pajizas. Empero; su traje naturales espléndido. Decoración de módica oleografía suiza: la floresta agreste, la cordillera salvaje y virginal y une, aldea que duerme en el corazón del valle.

En la paz silenciosa de la tarde, el conquistador escucha a ratos la voz fluvial y luego torna a sus propios pensamientos. Cavila porque el país continúa siendo para él un gigantesco y rudo, desconocido, delgado, de alta estatura, gran incógnita desapacible, apenas despejada hasta las márgenes del Cachapoal. Sabe lo que ve, lo que todos sus soldados conocen. Levántase su gobernación bajo la curvatura de los transparentes cielos del sur. Al oriente, imperan las empinadas montañas blancas y azules, los Andes, sólo superados en altura por los Himalayas, y ese río color de vainilla que serpea ante sus ojos con pereza de siesta estival, va a arrojar sus aguas, sucias en el Gran Océano, límite occidental de sus dominios, que frente a algún punto de ellos se hunde hasta la profundidad colosal de 22.750 pies. Intuye que su reino es esbelto, angosto como un cinturón extendido sobre una mesa, aunque todavía ignora que será un país más largo que cualquiera de Europa. Tiene al norte una montura mineral de páramos y ásperos desiertos y al centro vibra como una sábana viva, verde y palpitante.

Pero le tortura el misterio del más Allá. Mucho menos el más allá del hombre que el más allá del Cachapoal. Es un hijo legítimo del Renacimiento y le acosa la pasión de poseer y agrandar el mundo, sabiendo que el cielo hay que conquistarlo en la tierra. Es el misterio del Sur. Un misterio sin místicas aureolas ni tinieblas metafísicas, un misterio relativo, pero temible y obsesionante, vulgar y sublime. ¿Qué hay al otro lado de la Araucanía? ¿Acaso el fin de su capitanía no es el fin del mundo? Bien sabe que el extremo austral de la tierra está entreabierto por el estrecho de Magallanes. He ahí su meta. En esas desoladas, lluviosas y níveas regiones, el planeta se aproxima a su término, es, caótico como en ninguna otra zona del globo, se quiebra en mil pedazos, parecido a un espejo de hielo, roto a la llegada de septiembre, para reaparecer de súbito como una constelación de fiordos e islas derramados sobre las aguas, antes de disolverse por completo y perderse en la disputada Antártica, en esos ignotos parajes, más familiares al Almirante Byrd que a Pedro de Valdivia.

Pero no le bastan las nociones ambiguas, esa geografía paisajista e imprecisa. Pesa sobre el la misión de arrancar a Chile del enigma y la incertidumbre de su propio territorio y dibujar su mapa, exacto. Delinear sus penínsulas y bahías, el relieve conciso de sus alturas y la concavidad de sus abismos, su perfil sinuoso, sus desgarraduras terrestres, su volcanismo y, sobre todo, avasallar de una vez para siempre la soberbia indígena. Porque conquistar es vencer, esclavizar, conocer, definir y, en especial, fijar límites con la punta de la espada, dibujar las fronteras y poner un gran rótulo: “Ocupado”, que sirva de muro infranqueable a los competidores anhelantes de, hincar la garra. Su deber es plasmar la forma de Chile e imponer a Cristo y a los encomenderos, al Rey y a su muy solícito Capitán General, don Pedro de Valdivia.

Teme a los perros de, presa que merodean alrededor de sus dominios. Su obsesión y sus planes son recorrer por sí mismo, o por intermedio de alguno de los suyos, la larga y accidentada lanza terrenal hasta el Estrecho, sometiendo a su jurisdicción toda el territorio del país.

Le atormenta el espectro de Simón de Alcazaba, gentilhombre de la casa de Su Majestad, en cuyo favor la Reina Juana autorizó, el 26 de Julio de 1529 la siguiente capitulación: “Primeramente, vos prometemos de dar por 1a presente vos damos licencia, para conquistar, pacificar y poblar las provincias e tierras que hobiere en las dichas doscientas leguas más cercánas al dicho lugar de Chincha”[105]

En lenguaje moderno, ésta es nada menos que la autorización real para la conquista de Chile.

El documento concluía: “Que esta primera, armada partirá, Dios queriendo, el año venidero de quinientos y treinta. Fiat”.[106]

Al parecer Dios se atrasó en su deseo, pues la expedición –a cuyo financiamiento también habían contribuido los Fugger, nuestros conocidos banqueros alemanes–, formada por la nave capitana “La Madre de Dios” y “San Pedro”, sólo vino a zarpar de Sanlúcar de Barrameda el 21 de Septiembre de 1534, para tocar la boca, del Estrecho el 17 de Enero de 1535. La gente no bebió agua en cincuenta días ni la había en la nao, y los gatos y los perros bebían vino puro”.[107] Atravesando tribulaciones sin cuento, Alcazaba había alcanzado la frontera sur de su reino. Sería el conquistador de Chile.

Mas el 13 de Septiembre de 1535 Carlos V. recibió una carta de Diego Caballero, quien le comunicaba en uno de sus párrafos: “…Había veinte días que hice relación de lo sucedido en el viaje de Simón de Alcazaba, de cómo no pudo pasar el Estrecho, por comenzar el invierno, y que se volvió doscientas leguas hacia el Río de la Plata para invernar y que allí le mataron ciertos capitanes suyos, y que la nao capitana se había perdido en la costa, y la otra aportó a este puerto, y que de doscientos y ochenta hombres que habían ido en la armada, no volvieron más de ochenta”.[108]

El invierno y este asesinato se interpusieron en el camino de Alcazaba y variaron la historia de Chile, permitiendo que cupiera a Valdivia su gran destino.

Pero el temor a la competencia seguía royéndole.

Por ello, apenas arriba, en 1a, pequeña nave “San Pedro”, el marino genovés Juan Bautista Pastene, enviado del Perú por el Gobernador Vaca de Castro en auxilio del sufrido Valdivia, éste agrega a la expedición “El Santiaguillo” y designa a Pastene su “Teniente General en la Mar”, ordenándole izar velas, rumbo al Estrecho. Valdivia y su gente tienen una, noción vaga de la distancia y piensan que tras una discreta navegación los expedicionarios contemplarán “el abrazo de los dos océanos”. Comparten el mismo error de Colón, influido por la fantasía de Marco Polo, ceñido a las concepciones del astrónomo y geógrafo florentino Toscanelli, el cual sostenía que la longitud de Europa y Asia sumaba cerca de dos tercios del globo terráqueo, doscientos treinta grados, y que por ende, la distancia marítima hasta las Indias sólo podría alcanzar, a lo sumo, ciento treinta grados.

Con tal maestro, el descubridor de América afirmaba antes de su primera travesía que el Atlántico era una fajo de agua comparativamente angosta, que el mundo ¡tenía dimensiones harto más reducidas que las reales, y carecía de toda idea aproximada sobre la proporción en que están repartidos los continentes y los océanos.

Antes de un mes regresan los frágiles cascarones. Su pomposo “Teniente General en la Mar” no ha avistado el objetivo; ni siquiera se adentró en los encapotados mares del Sur. Ha llegado apenas hasta Valdivia. La frontera austral de su gobernación está más lejos de lo que suponía. Tal vez el conquistador muera untes de explorarla e incorporarla de hecho al Reino. Su inquietud aumenta. En lo sucesivo, la angustia de la muerte será la sombra viva de su espíritu. “Muchos testigos hablan de que en el último tiempo de su vida se sentía el gobernador de Chile agobiado de prematura vejez y hablaba a menudo de la muerte, como de cosa próxima”.[109]

Alguien interrumpe sus penosas divagaciones. El aposento desnudo y callado se puebla de bullicio con 1a llegada de la cháchara de Juan de Cárdenas y Criada escribano mayor de Indias, Secretario de Valdivia. Hombre trivial y fanfarrón, tomó en vida algunas providencias necesarias para que la posteridad le atribuyera la propiedad literaria y la riqueza conceptual de las cartas del conquistador, y convenció de ello nada menos que a don Diego Barros Arana.

Y ahora al trabajo. Es un día excepcional. Valdivia dicta lentamente y el copista se ensaña convenciendo al papel de su magnífica caligrafía de época, caracteres góticos y letras cursivas que de súbito caracolean y estallan en un desbordante follaje de arabescos.

“Invictísimo César; el peso de esta tierra y de su sustentación y perpetuidad y descubrimiento, y lo mesmo de la adelante, están en que en estos cinco o seis años no venga a ella de España ni de las provincias del Perú quien me perturbe”.[110]

Una pausa para que el pensamiento recobre aliento y culminar el párrafo con el remate de una imagen sombría, cuajada de presagios siniestros: “A V. M. aquí se lo advierto y suplico, porque caso que viniera gente por el estrecho…, si nos viesen litigar sobre la tierra, esta tan vidriosa que se quebraría, y el juego no podría tornar a entablar en la vida”.[111]

En su alma guerrera fermenta el temor, una desconfianza tensa, absorbente y profunda. Languidece su fe en la justicia y equidad infalibles de la Corona.

Pronto cumplirá un cuarto de siglo de luchas bajo las banderas de Su Majestad. Y un día –no lo olvidará jamás– Carlos V, el monarca pelirrojo, que apenas chapurrea el castellano, pasó frente a él, rígido caballero en su cabalgadura austríaca, como en el retrato del Ticiano en la batalla de Mühlberg. Su Majestad, el rey más poderoso de la tierra, el sucesor de Carlomagno. Fué en Valenciennes, cuando revistaba sus tercios alemanes, flamencos y españoles. Una visión de cinematógrafo. El era un joven obscuro, tan anónimo como las piedras ardientes del paisaje, pero un día el Rey sabría de su existencia, de su nombre y de sus hazañas en una esquina meridional del mundo. Fué apenas un instante; mas siempre le acompañó el recuerdo de ese rostro seco e impalpable, ya desfigurado por el tiempo y el exceso de evocación.

¡Cuántas penurias en las campañas de Flandes y de Italia! Los fieros combates en el Milanesado. Tiempos heroicos de Próspero Colonna y del Marqués de Pescara. Cómo no recordar la que sus ojos han visto: cuando en Pavía uno de sus compañeros de armas puso la lanza y el pié sobre el pecho de Francisco I, que yacía desarmado en tierra, y le intimó rendición. Inefables horas de sacrificio y de pólvora. Pero, ¿dónde está el brillante laurel de la gloria? Ni fama ni fortuna, y la perspectiva melancólica de consumir la vida en una vegetación apagada, doméstica y tranquila, deambulando entre las eglógicas callejuelas de su Castuera natal. Y a la hora del ángelus, cuándo el atardecer extremeño dice “alto” a los labradores, sentarse junto al vecino gotoso y murmurador y esperar la llegada de la vejez y la llamada de la muerte desempeñando las rutinarias y opacas funciones de amaestrado marido de doña Marina Ortiz de Gaete su destino no es ese.

No puede enmohecer. Necesita un campo virgen donde quemar las energías que le encienden en un incendio abrasador.

Corría 1535 cuando Jerónimo de Alderete pasó por Sevilla, reclutando, al son de trompetas y tambor batiente; una leva de pobres diablos y soldados en paro forzoso, estómagos y corazones hambrientos de pan y de grandes horizontes. Pedro de Valdivia, el guerrero veterano de las principales batallas en Europa, se dice: “Ahora o nunca”.

Y enrólase para ir a librar la batalla decisiva de su vida: la batalla de América. Será el desquite. Ganará celebridad y hacienda a manos llenas y su nombre retomará a la patria nimbado de oro como el de Hernán Cortés o el de Francisco Pizarro.

La conquista de Venezuela es su bautizo americano. Allí lucha a regañadientes bajo las órdenes de los alemanes. Son los comisionados de la casa bancaria Welser, que asesinaron de cuatro a cinco millones de indígenas en tiempo record, según el testimonio de Fray Bartolomé de las Casas. Un año más tarde, “en prosecución de mi deseo pasé al Perú”.[112] La vida comienza a sonreírle: lugarteniente de Pizarro, minas, indios encomendados. Pero la zozobra sigue abrumándole. El vasto panorama del imperio de Atahualpa y Huáscar ya tiene dueño. Y Valdivia nó ha, nacido para esposo fiel ni para segundón. “Aunque Francisco de Pizarro le diese de comer, como en efecto se lo daba, no había de ser más de un vecino particular” y “como hombre que tenía los pensamientos grandes”[113], se lanzó tras su propia Capitanía. Por eso viene después Chile, el último acto, la apoteosis final, la, gloria reacia y esquiva, que se deja atrapar y seducir. Una larga odisea, henchida de peligros y de servicios, a Su Majestad Imperial.

Y en el sobre, que debe hacerse con trozas de viejas cartas, con las tiras remendadas de las pocas hojas que han sobrevivido a los embates y a los incendios de los indios, el Secretario dedica sus floripondios más flamantes a dibujar la dirección: “Al Sacratísimo e Invictísimo César, Emperador de los Romanos, Rey de Alemania, de Spaña de las Dos Sicilias, de Jerusalén, etc., nuestro soberano señor y monarca.” Es un destinatario que, a pesar de que algunos de los títulos son frutos de una imaginación medieval, necesita en verdad varias cabezas para lucir todas sus coronas simultáneamente. El ha acuñado y consagrado una frase célebre, que desde entonces, circula par los textos como prototipo de lugar común: “En mis dominios no se pone el sol”.

Y, sin embargo, sabemos que hay alguien en Europa que no se amedrenta ante el sol universal del Emperador. No es rey ni papa. No es un hereje luterano ni una precursora de la Pompadour. Mientras Valdivia habla de la desolación acoplada al hambre y se despide como el “muy humilde súbdito y vasallo de S. M., que sus sacratísimos pies y manos besa”, él, en cambio, reclama guarismos millonarios y le envía cartas‑ultimátum, que saben a protesto de cheques: “Hemos adelantado a los Agentes de Su Majestad una gran suma de Dinero, que nosotros mismos hemos tenido que conseguir en gran parte de nuestros amigos. Es bien sabido que Su Majestad Imperial no hubiera podido ganar la Corona Romana sin contar con mi ayuda, y esto se lo puedo probar con el testimonio de los mismos Agentes de Su Majestad entregados en sus propias manos. En este, asunto no he perseguido, mi propio provecho. ¿No lo cree usted así? Si hubiese abandonado a la Casa de Austria y me hubiese interesado en apoyar a Francia, hubiese obtenido más dinero y hacienda, tal como entonces se me ofreció. Vuestra Real Majestad sabe bien cuán grave desventaja hubiera resultado entonces para Su Majestad y la Casa de Austria”…[114]

¿Quién es el temerario que osa escribir tamañas irreverencias y desacatos, esta verdadera carta‑bomba al hombre más encumbrado de aquel tiempo? Bajo un velo de fría cortesía, no exenta de dureza, se revela en ella que las arcas reales también padecen la cotidiana tragedia de la, vida hogareña, la de las cuentas impagas, y la requisitoria de cancelación no deja de ser bastante descarada y directa. ¿Quién es el insolente? Ni siquiera como consuelo circula por las venas del impúdico la más mínima gota de sangre azul; todo su torrente sanguíneo corresponde al corazón, las arterias y al grosero aparato circulatorio de un prestamista.

Resulta más un símbolo que un hombre. Es la esplendorosa eminencia gris, un astro joven que asciende por el cielo de los hombres para eclipsar el sol de Carlos Quinta es el nueva “Pontifex Maximus”. Su Majestad el Oro, Su Majestad el Dinero, Su Majestad el Comerciante. Su Majestad el Banquero. Astutos mercaderes, portavoces de la potencia, urbana, del naciente capitalismo comercial, que aprietan cada día algunos centímetros del nudo corredizo en torito a la garganta del feudalismo medieval, y se transforman en socios capitalistas de la monarquía absoluta, a condición de ganar concesiones tras los cortinajes cortesanos.

Personalmente, el osado es propietario de las más ricas minas de Europa, acreedor también del Papa, de los Reyes de Inglaterra, de Portugal y de la Reina de Holanda, fallido concesionario de Chile. ¿Quién es este personaje? Una trinidad y un solo Dios. Jacobo, Raimundo y Antonio, Fugger, el tío y los sobrinos, la casa de banca Más fuerte del orbe.

Rabelais, ensalzando, en carta enviada desde Roma, su singular grandeza, les denomina “los comerciantes más ricos de la cristiandad”. Ellos, así como reprenden, también se permiten perdonar a Carlos V, condonando con indulgencía algunas de sus deudas. En 1535, en magnificente gesto, meditado con cálculo mercantil, queman, en un día helado, en presencia del Emperador, a guisa de combustible, maderas preciosas y un manojo de documentos en que constan cuantiosos créditos en contra suya.

Y Su Cesárea Majestad se muestra en ocasiones incapaz de contener el orgullo con que le embargan los Fugger. Cuando Francisco I pretende deslumbrarlo enseñándole su tesoro real, Carlos responde, displicente, dándose pisto con sus banqueros:

“Tengo en Augsburgo, un comerciante que os compraría todo esto pagándolo a buen precio y dinero sonante”.[115]

Ese linaje, de tan alta gloria y sumo poderío, no ha sido del todo devorado por el tiempo, aunque sí su carcoma lo ha estragado a un punto casi irreconocible. Los decadentes ejemplares que aún subsisten ofrecen la imagen de fantasmas tocando sobre la caja de resonancias de su apellido, a la expectativa de ser llamados a desempeñar un papel honorífico en la dominación del mundo quepersigues el gran capital alemán.

Son las ramas secas y quebradizas de una dinastía sin corona destronada hace siglos, con su propio pretendiente, suspirando por el reintegro a los millones perdidos y por la gobernación eventual y lejana. Pues así como un irreal Conde de París agita hoy las tumbas con las flores de lys para volver a reinar sobre Francia, en Alemania los Fugger también viven del resplandor desvanecido de antaño, sin poder resignarse a olvidar por entero los abortados “derechos” de su estirpe sobre un país distante de América.

Elevados en la pasada centuria a la dignidad de Príncipes del Imperio los Fugger son hoy una familia de nobles oxidados, caricaturas desvaídas, imposibles de parangonar con la talla monumental de fresco renacentista de los fundadores de la casa, con el estupendo titanismo que movía, hace cuatrocientos años, a esos tejedores, tintoreros, prestamistas y conquistadores en proyecto de ultramar.

Hagamos girar a la inversa el compás del tiempo. Ha terminado en la vieja, linterna mágica la evocación de, estampas luminosas. Pedro de Valdivia murió paladeando; muy a pesar suyo, oro derretido. Sobre el Cerro de Santa Lucía está inmóvil, de pie, convertido en un blanco monumento. Allí ha sido petrificado testigo o víctima de las lluvias y del viento, de los romances vespertinos, de los geométricos tañidos del reloj‑campanario de San Francisco, del estruendoso cañonazo del mediodía. Ha vivido la sucesión de la obscuridad, de las soñolientas bujías, de los mecheros a gas, de las ampolletas eléctricas, y ahora mira el anuncio fluorescente en verde pálido del cine vecino. Así como cualquier hombre miraría, si pudiera despertar por un momento” de la Muerte y volver a ver de nuevo, aunque fuese a hurtadillas, la vida, para saber cuál ha sido el destino de sus nietos, la suerte de su familia, de su estirpe diez generaciones más tarde, la supervivencia de su estela, sus huellas, su inmortalidad sobre la tierra, así Valdivia hoy contemplaría la ciudad. Se han operado en ella –hablando a la moda– “cambios graves y profundos”.

Los conquistadores de opereta, que, aprovechando la utilería del Teatro Municipal, vistiendo trajes de época, formaron la comparsa pintoresca que quiso reconstituir la escena de la fundación de Santiago el 12 de Febrero de 1941, habían visto más que todas las anteriores generaciones, “habían vivido muchas vidas”. Esos soldados de chocolate y fundadores de ocasión, que poseen humor para una parodia histórica, no llevan una existencia demasiado cómica ni son del todo felices. Con el té del desayuno siempre beben las noticias de un mundo en trance de vida o de muerte. Las distancias ya no son las distancias de entonces ni el tiempo es el tiempo de Pedro de Valdivia. Y este país apartado, cuya conquista iniciara, ya no ocupa el último ángulo desconectado y solitario, donde no llegaban, sino después de largos meses o años, descoloridas, perdidas y viejas, las cartas, ecos y rumores de Europa. Su vieja Europa. El vivió una de las épocas más intensas y hermosas. Recuerda por su armadura cubierta de historia y de herrumbre, su ubicación en el marco del Renacimiento. Una sucesión de apasionados cuadros apagados, como si la luz interior que les diera vida hubiera muerto hace varios siglos, transformados por la pátina del tiempo en recuerdos borrosos, en lagunas mentales, en tonalida des esfumadas y lejanas. El acento de la vida es rudo porque también se ha extinguido la iluminación sentimental que irradiaban las cosas de la época. El período abierto en el Renacimiento, la ascensión de la burguesía, cierra en Europa su ciclo definitivo después de cuatro siglos. ¡Cuánto contraste entre la cuna y la tumba! El nacimiento es brillante y alegre –aunque no puede faltar, como en todos los alumbramientos, un poco de sangre– y la muerte no, es precisamente melancólica, sino simplemente feroz. El espectáculo resulta tan sorprendente que nunca hubiera podido siquiera concebirlo en sueños, como nos otros tampoco podríamos imaginar ni remotamente lo que veríamos si nos asomáramos a echar una ojeada sobre las calles de Santiago del año 2343. Pues “aunque un hombre pudiera –y estamos muy lejos de ello– captar en su espíritu todo el pasado y el presente del mundo y prever su porvenir inmediato, no sería capaz de adivinar las formas lejanas del porvenir, la historia futura de un mundo cuyo desarrollo no tiene fin”[116] Debe parecerle un desconcertante tejido de ruidos, monstruos desconocidos y brutalidades incoherentes. Tal vez un mundo loco, un trepidante horno de fundición, donde, en medio de las sacudidas telúricas, la historia moldea, con la efervescente materia prima de las ruinas y los cadáveres de una época: el rostro, el cuerpo, los brazos, la fuerza y el espíritu de la época próxima. A ratos este paisaje crepuscular trae al plano de la memoria el recuerdo de la Europa Negra de la Edad Media. Parece el círculo cerrado de un mundo que se estrangula patéticamente. Tal sería el raciocinio de ese valeroso fantasma del ayer asomado al balcón de la historia.

Aquel hombre supo en sus días de combate lo que, numerosos chilenos de hoy ignoran: que nuestro país estuvo a punto de ser propiedad alemana. Hay muchos que no atribuyen a este hecho sino el carácter inofensivo y sin sentido que se atribuye a los quiméricos y descabellados sueños de antaño, sin proyecciones presentes ni, futuras, desconociendo que sobre las raíces en apariencia muertas del pretérito, a veces retoñan y florecen las tragedias y los crímenes de esta noche y de mañana.

En la actualidad se esbozan, ideas de conquista mañosamente fundumentadas en las antiguas tentativas. En efecto, se sacan a la luz del día amarillentos pergaminos, invocados como pruebas documentales justificadoras de sus demandas de dominación. Y ese capítulo, casi totalmente relegado al olvido, de los conatos de los, Fugger y los Welser, de los supuestos derechos alemanes sobre América es exhumado de los anaqueles de los archivos

del Reich y aireado mediante una sugestiva propaganda. Y, aunque hoy se está escribiendo la historia en otro plano, en diferente tiempo, con significado diverso y quizás más hondo; la, cadena que los ata no se ha, roto. Entre aquel episodio y los actuales intentos de reivindicación colonial, no hay, en el fondo, solución de continuidad. Los anuda el misma nexo que enlaza a la raíz primitiva con sus venenosos frutos tardíos, a cuatro siglos plazo. Un producto de senectud violenta, de podredumbre, de decadencia, artificialmente sazonado con el brillo espasmódico de la agonía. Las qué hoy vivimos son las escenas del desenlace en la representación de un mismo y secular conflicto, englobado en el drama fundamental de la humanidad.

De esta manera, a medida que el imperialismo germánico pasa a su última expresión, a “su etapa más agresiva y chovinista”, el apetito de colonias crece y hace más frecuentes y sistemáticas las alusiones a sus “derechos sobre América”.

Este sueño pangermanista ha suscitado desde antiguo una abundante literatura en los círculos imperialistas alemanes. En 1895 la “Alldeustcher Verband”, organización dirigida por el Dr. Hase, publicó un bullado folleto “La Grande Alemania de la Europa Central en 1950”.

Dicho sueño era pequeño. En 1911, Otto Richard Tannerberg editó en Leipzig su obra “La Grande Alemania, la Obra del Siglo XX”. Su lema es: “el pueblo alemán lucha por el imperio del mundo”.

Respecto a Sudamérica, Tannerberg afirma: “Alemania toma bajo su protección las Repúblicas de Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay, la, parte meridional de Bolivia y la zona meridional del Brasil, donde domina la cultura alemana”.

“La América Meridional –prosigue– nos dará un zona templada, un terreno de colonización, donde nuestros inmigrantes podrán fijarse correo agricultores. Chile y Argentina conservarán su lengua y autonomía. Pero exigiremos que en las escuelas el alemán sea considerado como la segunda lengua. En el sur del Brasil, en Paraguay y en Uruguay, regiones de cultura alemana, el alemán será la lengua nación”.[117]

Wilhelm Sievers, catedrático de la Universidad de Giessen, da en 1903 a la estampa un libro titulado “Sudamérica y los intereses, alemanes”, donde escribe: “Si el imperio alemán quiere readquirir su situación de una de las potencias directoras de la tierra, debe tratar de alcanzar influencia donde es posible obtenerla, esto es, en América del Sur; ya sea bajo la forma de anexión, como en Kiao Tcheu, o en la forma de un apoyo económico, industrial y aún militar, si fuera preciso, en los Estados sudamericanos contra las crecientes ambiciones de los Estados Unidos.”

En “Reines Deutschum” (Germanismo Puro); Friedrich Lange sostiene que “los Estados interiormente divididos como la República Argentina o el Brasil, y poco más o menos todas las repúblicas mendigas de América del Sur deberían ser llevadas por la blandura o por 1a fuerza a oír palabras muy significativas”.

A raíz del grave conflicto que en 1902 estuvo a punto de encender la, guerra entre Alemania y Venezuela, el “Berliner Tageblatt”, en su edición del 14 de Diciembre de aquel año, alegó la legitimidad de los derechos de los Welser sobre ese país, americano, hablando de Venezuela, como de “la más antigua de las colonias alemanas”.

Muchos de estos programas o intenciones resultan hoy liliputienses en relación a los designios hitlerianos. En el día invernal del 24 ‑ de Febrero de 1943, agobiado ya por las derrotas sufridas en el frente soviético e invadido por signos funestos y presentimientos terribles, el Reich‑Canciller no llegó a celebrar con sus fieles el décimo aniversario de su ascensión al poder. Recluido tal vez en su “nido de águilas” de Obersalzberg, bajo el tormento del pánico que comienza a perturbarlo, sintióse incapaz de encarar en esa hora del derrumbe a aquella multitud parda sólo habituada a embriagarse con el “champagne” de las fáciles victorias. Encargó entonces al secundario Esser, Secretaria de Estado, que leyera su proclama y explicase con disculpas heroicas su ausencia en ese acto ritual del calendario fascista. A pesar de la bancarrota inminente, Hitler notifica en ella al mundo que no ha‑ renunciado a sus planes de dominarlo. “El nazismo –exclama– se convertirá en algo común a todas las naciones, aun aquellas de nuestros enemigos. Estado por Estado, cada uno de los países del mundo, mientras todos se encuentran empeñados en la lucha contra nosotros, se verán cada vez más impelidos a la adopción y empleo de los principios nacionalsocialistas para la conducción de la guerra que ellos han provocado”.

A comienzos del verano de 1933, el Führer ya expresó: Edificaremos en el Brasil una nueva Alemania. Allí tendremos cuanto necesitamos”.[118] Antes, de diez años de haberlo dicho, estaba en guerra con ese país, todo un subcontinente virgen, dotado de fabulosas reservas, potencialmente, una de las naciones más ricas del orbe.

Asímísmo, Hitler agredió y sé halla en guerra con México, viejo tema favorito de sus divagaciones, sobre el cual gustaba departir con Sir Henri Deterding, Presidente del trust petrolero “Royal Dutch”. Le seducían su petróleo y sus minas de plata. Deterding le explicaba “que México era, uno de los países más ricos del mundo, con la población más holgazana y andrajosa y que para hacer algo deese país, lo mejor era injertarle ¡el pueblo más laborioso e industrial del mundo: los alemanes”. Hitler hablaba de“Ese Eldorado de México. Ahí tiene un país que necesita que lo conduzca gente competente y que revienta bajo sus amos actualés”.[119]

“Hay un país –escribe la “Deutsche Revue”– el único donde nada, es despreciable sino los hombres; un país con una hermosa capital, con un espléndido puerto, con un buen suelo. Ese país sólo reclama un protectorado europeo para que se le haga entrar en el orden anhelado: es la Argentina.”

El “Hamburger Fremdenblatt” del 20 de Mayo de 1941 reducía estos planes a una formulación tan clara como escueta: “Mandemos 80 millones de alemanes a América y harán de aquella tierra un paraíso.”

El mismo hombre que reivindica la “propiedad” de Fugger sobre nuestra tierra, nos recordó el 1º de Enero de 1942, cuando sus divisiones retrocedían en todo el frente oriental europeo. A pesar de que Hitler estaba muy, atareado culpando a1 “General Invierno” de sus fracasos, nos dedicó en su “Mensaje” un gentil saludo de Año Nuevo: “Las colonias que nuestros antepasados adquirieron por contrato, compra o canje nos fueron, arrebatadas bajo falsos pretextos.”

Las circunstancias suelen recomendar que el amo se agazape en la penumbra. Envía entonces a primer plano al gobierno de Franco. En Junio de 1940 el Consejo de Ministros del “Caudillo” declaró que “las justas demandas de España no se limitan a Gibraltar, sino que se extienden a otros países conquistados y labrados con nuestra sangre”. Y en su discurso del 8 de Diciembre de 1942, pronunciado al inaugurarse el Tercer Consejo Nacional de la Falange, habla del ”imperativo de nuestro destino universal” y agrega que “debemos prepararnos para el gran dominio que el mundo nos ofrece con el mismo sentimiento ecuménico que llevó a, la vieja, monarquía camino del Imperio”, o sea el camino de Carlos V, pero hasta cierto punto al revés.

El 12 de Octubre de 1940 el diario oficial nazi “Volkischer Beobachter”, siguiendo la consigna de usar la palabra España como la máscara inocente que oculta la cara de Hitler, escribía en su artículo editorial: “Madrid o Wáshington, Europa o Estados Unidos, ¡tal es la cuestión que debe enfrentar América Latina en 1940! La Europa de mañana, con la cual América. Latina deberá comerciar, será totalitaria bajo la égida del eje. Estar cerca de ésa Europa a tiempo, es, de aquí en adelante, una tarea imperativa de América Latina, especialmente desde que España juega un papel en la nueva constelación occidental, que os ideal para convertirla en un puente y en una fuerza de ayuda.”

Rafael Sánchez Mazas, en aquel entonces Secretario General de la. Falange Española hoy miembro de su Junta Política, declaró en un discurso publicado el 22 de Abril de 1939, en el periódico oficial “Cara al Sol”, editado en Nueva York: “La Falange desde su centro, desde su corazón, está naciendo y creciendo, como el espiral, del Imperio. Al menos un tercio del gran trabajo, del trabajo total de Falange, reposó, sobre vosotros en el Servicio Extranjero.”

En la misma publicación, el 11 de Marzo de 1939 se habla en un lenguaje más simple, bajó los símbolos del yugo y de las flechas: “Es indispensable que los buenos españoles que viven fuera de España, sin distinción de clases, se impongan a sí mismos la obligación de ayudar al engrandecimiento de España.” ¿A expensas de quién quiere agrandar el fascismo España?

La respuesta está en “Cara al Sol” del 22 de Abril de 1939: “…América Española de nuevo torna sus ojos hacia nosotros y de nuevo al otro lado del Atlántico se ponen de rodillas por el triunfo de Franco. La raza ha escuchado una vez más la voz de Dios, y la Hispanidad, atenta á su histórica misión, está de nuevo sobre la marcha… Ahora se impone el trabajo de la Falange de unificar los deseos de esos millones de españoles que, lejos de la Madre Patria, sienten en sus cuerpos una nostalgia física… y gritar al mundo nuestro derecho a la hegemonía sobre un tercio de latierra.”

Los señoritos de la Falange Española son entre nosotros los mejores agentes del Eje, parque especulan con el idioma y la sangre. Condimentan un plato sentimental de comunidad racial y apelación a un catolicismo de guerra, que en ellos más depende de Berlín que del Santo Padre. Valdivia hubiese detestado a esos petimetres, precisamente porque amaba a su España, su lengua, su altiva independencia,. “Afable y humano con todos; mas tenía dos cosas con que obscurecía, todas esas virtudes, que aborrecía a los hombres nobles, y de ordinario estaba amancebado a una mujer española, a la cual fue dado”.[120]

Ellos forman la turbia banda del Consejo de Hispanidad, foco principal del espionaje totalitario en América Latina, que intenta revitalizar el Consejo de Indias, órganismo que rigió los asuntos del poder colonial español en América, y del cual sólo restan un fascinante museo y. un rico archivo. Su “espacio vital” es el grande imperio perdido de ultramar de que hablan los legajos en esas salas de Sevilla. Es el remedo de esa repartición que tuvo desdichada ingerencia en la escandalosa cesión de tierras americanas a los alemanes en el siglo XVI, que fue servil instrumento de la monarquía de los Habsburgo, ahogó en ciernes el desarrollo industrial de España, cavó su más desoladora ruina económica, causó el retraso de la nación dentro del concierto continental y dio nueva vida a frase: “Europa acaba en los Pirineos”.

Hemos visto que el conflicto hizo crisis en la segunda década del siglo XVI. El pueblo español se levantó entonces velando por los fueros de las, ciudades libres. Deseaba liberar a su tierra humillada de la “camarilla flamenca”. Ardió la, mecha y estalló el grandioso barril de pólvora de la insurrección de los comuneros de Castilla. Y cuatro siglos más tarde de nuevo hirvió la ira y ese mismo pueblo acudió a la cita de vida o muerte con las mismas grandes cosas: la libertad, la independencia de España contra la invasión germano-italiana y la rebelión de los resabios podridos de aquella misma casta que había subastado y empobrecido a su patria. Otra vez se pagó un tributo de oleadas enormes de sangre. En una y otra ocasión, el pueblo español fue el trágico actor que, protagonizó episodios patéticos de lucha y dramas internacionales. Ambas con tiendas fueron pasajes que preludiaban una gigantesca epopeya, de argumento y reparto mundial y ambas también repercutieron en América.

Como sabemos, los comuneros de Juan Bravo y Juan de Padilla lucharon con denuedo, entre otros objetivos, para que no se otorgara a los extranjeros –especialmente a los alemanes– privilegios sobre las posesiones ultramarinas. Si la victoria hubiese. sido suya, nunca los Fugger ni los Welser habrían Venido opción o derecho alguno sobre Chile y Venezuela, respectivamente. La disputa siguió pendiente y atravesó el Océano. En América se libró la batalla decisiva de esa guerra perdida por los comuneros en la Península. Y aquí la ganaron los indígenas, la naturaleza indómita de Venezuela y la resistencia de los soldados españoles; víctimas de la rapacería de los Welser.

La silenciosa necrópolis histórica donde duermen arrumbados esos planes, muertos en el litoral, en los secos llanos, en los precipicios andinos o que naufragaron en tierra antes de legar, anclas hacia, Chile, enciende vivos fuegos fatuos. ¿Qué habría ocurrido hoy, por ejemplo, en medio del actual panorama internacional, de haber prosperado los intentos de colonización de los Fugger y de los Welser?

Cien preguntas de este tipo pueden brotar, llenas de curiosidad ardiente. Y, sin embargo, más cautivante que este discurrir imaginativo, son los, altibajos de la realista respuesta: qué en el telar de la historia está tejiendo la lanzadera de la guerra. Durante siglos este problema ha quedado inconcluso, sin resolver, como la trama de Penélope; pero no cabe duda que la puntada final la dará el presente conflicto. De la derrota del nazismo derivará la lápida definitiva sobre sus planes americanos, sobre la anhelada traducción práctica de los sueños de los banqueros augsburgueses. De su victoria saldrían las premisas de su cumplimiento, de la imposición de un “Nuevo Orden”, que llevaría a la realidad no sólo los designios evidenciados a principios del siglo XVI por los acreedores de Carlos V, sino del imperio totalitario sobre todo el universo, del cual se han dibujado ya mapas en que la América Central y la América del Sur aparecen divididas en cinco Estados vasallos del Tercer Reich.

Ni esta interrogación ni esta respuesta no son ni serán dictadas por un mago o por un simple capricho de la existencia.

Pues la tentativa de los banqueros germanos no fué un capítulo escrito por azar, que fluyese milagrosa y misteriosamente de la nada y a la nada volviera. No fué una, comedia inaudita ni una tragedia inconclusa, que la historia representara en horas de tristeza o de humor. Fué el florecer del árbol “siempre verde de la vida”, alimentado por los jugos absorbidos del subsuelo de la sociedad. Su fruto maduró cuando se abría la alborada del poder de la burguesía, que, afanosa, trabajaba en el crisol de Europa, fundiendo y refundiendo con violencia el metal siempre incandescente, dolorosamente maleable, de la historia. Sucedió al sonar en el gran reloj la hora de, la apropiación primitiva del capital, cuando América recién nacía como inmensa presa, como hemisferio de conquista y rapiña, cuando apenas comenzaba la suma de su territorio ala geografía del mundo conocido.

En el fondo del ayer siempre palpita la célula germinal del mañana. Y ese problema antiguo de cuatro siglos, anillo de un encadenamiento universal, será también resuelto, junto a tantos otros problemas aún más fundamentales, en el campo de batalla.

Así la palabra “fin” de la historia de las ambiciones sobre América de los Fugger y los Welser y de sus exhumadores modernos sólo será escrita el día en que caigan pulverizadas las columnas del imperialismo que las sustentan, cuando desaparezca esa fuente que aún les dá sustento, y lanza a sus ejércitos a morir matando.

Vivimos ya en esa su última noche de agonía, en que aúlla, sangra, grita y estertora, pugnando por salvar su causa perdida, aunque el mundo se derrumbe.

Pero el mundo vive junto al umbral de la puerta de une, nueva época. La empuja con su sangre, para que, al aclarar, se abran las batientes fraternales de una sociedad` realmente humana.

 

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NOTAS

Nota i Pág. 40 de “Ludwig Feuerbach y el Fin de la Filosofía, Clásica, Alemana, de Federico Engels.

Nota ii. Pág. 211 de “Historia de los Marranos”, de Cecil Roth.

Nota iii. Pág. 11 de “Prehistohia Chilena”, por Ricardo E. Latcham.

Nota de marxists.org *:   Como hemos indicado más arriba, el texto del Capitulo I a nuestra disposición es sólo fragmentario. Aunque en el texto figura aquí una nota, dicha no aparece en las notas incluidas con el documento digital de base obtenido de la U. de Chile. Esta cita proviene de la introducción de marzo de 1895 de Friedrich Engels a Las luchas campesinas en Francia de 1848 a 1850 de Karl Marx. 

Nota 1. Pág. 18, “Manifiesto Comunista”, por Marx y Engels.

Nota 2. Pág. 210, tomo IV de “El Capital”, por Carlos Marx. Edición francesa.

Nota 3. Pág. 161, Tomo I, obra citada.

Nota 4. Pág. 43, “La Ideología Alemana”, por Marx y Engels.

Nota 5. Pág. 5, obra citada.

Nota 6. Pág. 212, Tomo IV, “El Capital”, de Carlos Marx.

Nota 7. Apocalipsis 22.

Nota 8. Pág. 161, Tomo I, “El Capital”, de Carlos Marx.

Nota 9. Id.

Nota 10. Pág. 300 de la “Historia Económica de España”, de Manuel Colmeiro, citando a Luis Valle de la Cerda.

Nota 11. Pág. 97, “Cristóbal Colón y el Descubrimiento de América”, A Humboldt.

Nota 12. Cap. V.I, de la “Historia Económica y Social de la Edad Media”, por Henry Pirenne.

Nota 13. Pág. 131, Tomo I, “El Capital”.

Nota 14. Pág. 196, “Anti‑Duhring”, por Federico Engels.

Nota 15. Pág. 15, Prefacio a la edición italiana de 1893 del “Manifiesto Comunista”, por Federico Engels.

Nota 16. Pág. 45, “Ludwig Feuerbach y el Fin de la Filosofía Clásica Alemana”, por Federico Engels.

Nota 17. Págs. 57‑EB, “La. Cultura del Renacimiento en Italia”.

Nota 18. Pág. 163, obra citada.

Nota 19. Pág. 2, “Dialéctica de la Naturaleza”, por Federico Engels, edición en inglés.

Nota 20. Pág. 51, “Introducción a la Filosofía y al Materialismo Dialéctico”, de John Lewis.

Nota 21. Págs. 2‑3, de la “Dialéctica de la Naturaleza”, por Federico Engels.

Nota 22. Cap. VI, “Historia Económica y Social de la Edad Medía”, por Henry Pirenne.

Nota 23. Ídem.

Nota 24. Pág. 212, Tomo IV de “El Capital”, por Carlos Marx.

Nota 25. Pág. 207, obra citada.

Nota 26. Pág. 44, “El Manifiesto Comunista”, por Marx y Engels.

Nota 27. Pág. 37, “Del Socialismo Utópico al socialismo Científico”, por Federico Engels.

Nota 28. Pág. 1 de la Introducción a la “Dialéctica de la Naturaleza”, por Federico Engels.

Nota 29. Pág. 203, del Tomo IV de “El Capital”

Nota 30. Pág. 85, Primer Tomo, “Carlos Marx, Obras Escogidas” (Edición en inglés), “Reminiscencias de Marx”,de Paúl Lafargue.

Nota 31. Pág. 117, Tomo I, de la “Historia General de Chile”, por Diego Barros Arana.

Nota 32. Pág. XLVIII de “El Descubrimiento del Océano Pacífico”, por J.T. Medina.

Nota 33. Pág. 14, de “La Cultura del Renacimiento en Italia”.

Nota 34. Pág. 44, Cap. IV, Tomo II, “El Capital”.

Nota 35. Pág. 22, Tomo I, “ Cristóbal Colón y el Descubrimiento de América”, por Alejandro Humboldt.

Nota 36. Pág., 115, “Vida del Muy Magnífico Don Cristóbal Colón”, por Salvador de Madaríaga.

Nota 37. Pág. 535, obra indicada.

Nota 38. Pág. 7, “Autógrafos de Cristóbal Colón y papeles de América”.

Nota 39. Pág. 263, “Historia de Cristóbal Colón por Enrique de Gandía.

Nota 40. Pág. 267, obra citada.

Nota 41. Pág. 305, obra indicada, de Madariaga, citando a Navarrete. Vol. I, Pág. 70, 10‑27 de Noviembre.

Nota 42. Pág. 38, 19 de Octubre de 1492, “Relaciones y Cartas”.

Nota 43. Pág. 120, 23 de Septiembre de 1492, “Relaciones y Cartas”.

Nota 44. Pág. 323, obra indicada de Navarrete, tomando a Las Casas, que cita carta de Colón a los Reyes. Libro I, Cap. CXXX, vol. 63, paginas 221‑22.

Nota 45. Pág. 43, “Relaciones y Cartas”.

Nota 46. Pág. 42, Id.

Nota 47. Pág. CCXII, “El Descubrimiento del Océano Pacifico”, por J. T. Medina.

Nota 48. Pág, 17, “El Manifiesto Comunista”.

Nota 49. Pág. 43, Tomo IV “El Capital”.

Nota 50. Pág. 18, “El Manifiesto Comunista”.

Nota 51. Págs. 205‑206, Cap. XXIV, Tomo III, “El Capital”.

Nota 52. Pág. 189 y 200, “Relaciones y Cartas”.

Nota 53. Pág. 328, “El Cristianismo”, por Karl Kautsky.

Nota 54. Pág. 256, “El Elogio de la Locura”, por Erasmo de Rotterdam.

Nota 55. Pág. 232, obra citada.

Nota 56. Pág. 257, obra citada.

Nota 57. Pág. 85, obra citada.

Nota 58. Pág. 85, obra citada.

Nota 59. Págs. 41‑42, de “Las Guerras Campesinas en Alemania”, por Federico Engels.

Nota 60. Págs. 48‑49, obra citada.

Nota 61. Págs. 49‑50, obra citad,.

Nota 62. Pág. XV, “Pare, la Crítica de la “Filosofía del Derecho”, de Hegel”, por Carlos Mar‑X.

Nota 63. Pág. 134, “El Renacimiento”, de Frantz Funck‑Brentano.

Nota 64. Pág. 100, “La Cultura del Renacimiento en Italia”, por Burckardt.

Nota 65. Pág. 126; “Anti‑Duhring”, por Federico Engels.

Nota 66. Pág. 437, “Vida del Muy Magnífico Señor Don Cristóbal Colón”, por Salvador de Madariaga..

Nota 67. Pág. 79, “Las Guerras Campesinas en Alemania”.

Nota 68. Pág. 437, “Historia‑ de 1a. Economía Política en Español por Manuel Colmeiro.

Nota 69. Pág. 438, obra citada.

Nota 70. Pág. 208, Tomo IV de “El Capital”.

Nota 71. Pág. 257, de “Historia de la Economía Política de España”.

Nota 72. Pág. 169, Tomo I de “El Capital”.

Nota 73. Pág. 8, “La Guerra de los campesinos en Alemania”.

Nota 74. Pág. 22, “El Movimiento de España”, por Juan Maldonado.

Nota 75. Pág. 119, “La España bajo Carlos V”, por Leopoid Ranke.

Nota 76. Pág. 8, Tomo III, “Historia de España y de la Civilización Española”, por Rafael Altamira.

Nota 77. Pág. 112, “La España bajo Carlos”

Nota 78. Pág. 288, “El Movimiento, de España”.

Nota 79. Pág. 267, “Historia de la Economía Política en España”.

Nota 80. Pág. XVII, “Para, la Crítica de la “Filosofía del Derecho de Hegel”, por Carlos Marx.

Nota 81. “España, 1873‑1874”, por Walt Whitman. Traducción de León Felipe.

Nota 82. Pág. 60, “El Movimiento de España”.

Nota 83. Pág. 13, Tomo III, “Historia de España y de la civilización Española”, por Rafael Altamira.

Nota 84. Pág. 348, Tomo III, “Historia de España y su influencia en la Tistoria Universal”, por Antonio Ballesteros y Beretta.

Nota 85. Pág. 330, abra citada.

Nota 86. Pág. 14, Tomo III, “Historia de España y de la Civilización Española”.

Nota 87. Pág. 78, “El Movimiento de España”.

Nota 88. Pág. 24, de “España Revolucionaria”, en el volúmen “Revolución en España”, de Marx y Engels.

Nota 89. Pág. 226, Cap. II, Doc. XXXVII, Tomo III, “colección de Documentos Inéditos para la Historia, de Chile”, colectados y publicados por J. T. Medina.

Nota 90. Pág. 324, Tomo II, XXI, obra citada.

Nota 91. Pág. 221, Tomo III, obra citada.

Nota 92. Pág. 238, Tomo, III, obra citada.

Nota 93. 4 de Septiembre de 1545, Carta de Pedro de Valdivia a Carlos V.

Nota 94. Págs. 170‑171, Tomo I, Artículo XV, “Colección de las Obras del Venerable Obispo de Chiapa, Don Bartolomé de las Casas, defensor de la libertad de los americanos.

Nota 95. Pág. 170, obra citada.

Nota 96. Pág. y obra citada.

Nota 97. Pág. 48, “Historia de la, Conquista y Población de la Provincia de Venezuela”, por José de Oviedo y Baños.

Nota 98. Pág. 171, obra citada de las Casas.

Nota 99. Págs. 172‑173, obra citada.

Nota 100. Pág. 46, obra citada de Oviedo y Baños.

Nota 101. Pág. 145, obra, citada.

Nota 102. Pág. 173, obra citada de De Las Casas.

Nota 103. Pág. 63, “Hitler me dijo”, por Hermann Rauschning.

Nota 104. Pág. 39, “Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575, seguida de varios documentos”, por Góngora y Marmolejo.

Nota 105. Pág.197, “colección de Documentos Inéditos para la Historia de Chile”. (Tomo II). Colectada y publicada por J. T. Medina.

Nota 106. Pág. y obra citada.

Nota 107. Obra citada, LXII.

Nota108.Obra citada, “Archivo de Indias”, LXII.

Nota 109. Pág. XII, “Cartas de Pedro de Valdivia que tratan del Descubrimiento y Conquista de Chile”. Edición facsimilar dispuesta y anotada por J. T. Medina. Nota preliminar, donde se cita a Crescente Errázuriz, “Historia de Chile”. Pedro de Valdivia. Tomo II. Págs. 363‑366. Santiago de Chile.

Nota 110. Obra citada. Carta enviada desde La Serena el 4 de Septiembre de 1545.

Nota 111. Carta citada.

Nota 112.Carta citada.

Nota 113. Pág. 5, “Historia de Chile”, por Góngora y Marmolejo.

Nota 114. Pág. 10, Tomo III, “Historia de España y de la Civilización Española”, por Rafael Altamira.

Nota 115. Pág. 28, “El Renacimiento”, por Franz Funck‑Brentano.

Nota 116. Pág. 57, “Hegel y Marx”, por René Maublanc.

Nota 117. Citado en “A 5ª. Columna No Brasil” por Aurelio Da Silva Py.

Nota118. Págs. 67‑68, de “Hitler me dijo”, por Hermann Rauschning.

Nota119. Pág. 63, obra citada.

Nota120. Pág. 39, de la “Historia de Chile”, de Góngora y Mermolejo.