Yo empecé ese año la facultad de Filosofía pero todavía vivía en Moreno y cada vez más con el pensamiento en Buenos Aires, la facultad, y lo que leía. Me parece que había leído algo de Husserl y eso de la epojé fenomenológica y había entendido a mi manera el concepto de poner entre paréntesis. Yo había inventado un término: «desfulanizar». En un pueblo las personas no existen sin su contexto (familia, lugar, club al que van, etc.) pero a mí todo eso me resultaba demasiado pesado, aburrido y chato, como cuando mi papá me decía:

—Saludá, van a decir que sos orgullosa.

Me importaba un pito que me consideraran orgullosa, otro pito que no me consideraran y la historia al respecto que me contó mi papá (él, de chico, no se sacó la gorra ante un viejo y el viejo fue a protestarle a mi abuelo) me parecía anacrónica, de un tiempo en que los chicos usaban gorra nada más que para saludar. Esa historia iba en contra de mis proyectos para volver más reales a las personas, para comprenderlas en su mismidad, no ligadas a esa rutina que mata. Había que desfulanizar. Por ejemplo, en el almacén de la esquina todos eran almaceneros, la pareja joven y la mayor, todos atendían rotativamente. Pero todos también tenían aspectos de estar debilitados por el almacén, hasta los nenes, pálidos, como desangrados. El hombre joven era buen mozo pero llevaba un saco gris que vendría a ser como un uniforme inventado por él, el viejo era tuerto y no se sabía dónde miraba, la mujer joven tenía el pelo ralo y débil como si periódicamente tomara raticida y se fuera debilitando. Yo no quería verlos como esclavos almaceneros, quería desfulanizarlos, verlos en su mismidad. Conspiraba contra mis propósitos sobre todo la abuela, que era una chusma redomada. Vistos como destinos me resultaban insufribles, como si el almacén les chupara la sangre, y como se me imponía el destino de ellos, no podía verlos como entelequia o quintaesencia. Debía buscar otros seres para mi objetivo. Entonces salía a caminar a la hora de la siesta, esa hora en que no había ningún conocido por la calle (mi mamá me decía: «Qué manía esa de salir a la hora de la siesta, con ese calor»), pero yo ahí desarrollaba libremente mi tarea de desfulanizar. Por ejemplo iba a la plaza a mirar al negro Félix, que ya venía desfulanizado, no se le conocía familia ni casa ni trabajo. Y yo pensaba en el enorme misterio que encerraba, siempre parado en la plaza, firme al sol, libre de toda atadura. Y también tenía otro candidato: el ruso Adán. Las tías de mis primos tenían una quinta y en ella punteaba la tierra el ruso Adán. Pero punteaba arrodillado, como si estuviese atornillado allí; ningún ruido ni presencia lo distraía de su menester, era como si un mandato divino le ordenara puntear de rodillas. El ruso Adán era un misterio mayor que el negro Félix, no se sabía si amaba la tierra o si la odiaba; tenía unas cejas como amenazantes y una gran nariz, se parecía un poco a esos personajes de pobres que construía León Bloy, todos místicos, todos bendecidos por el Señor, que tenían como un aura divina.

Yo el año anterior había estado leyendo a León Bloy y me estaba cansando de su veta apocalíptica (nunca me sentó el Apocalipsis). Él por ejemplo atribuía el incendio de un bazar en París a la ira divina por los males del siglo. Pero me parece que el aura de Adán me venía de allí y además me quería elevar por sobre las versiones domésticas en relación con esos seres. De Adán decían en mi casa que estaba loco y que se calmaba punteando la tierra, y del negro Félix que se pasaba la vida papando moscas… ¡Qué estrechez de miras! ¡Qué visiones ramplonas! Así que cuando bailé con Guillermo Eilachart, que me gustaba un poco, por su pelo cepillo y su aire de flaquito feúcho pero simpático, lo tuve que desfulanizar porque su papá había sido amigo del mío, porque tenía un apellido vasco como el mío y porque su papá era empleado de banco como el mío. Se me presentaba muy fulanizado. Al año siguiente fui mucho a los bailes y ya no desfulanicé más.